HISTORIA
GASTÓN GALLI
Las manifestaciones del odio político nos rodean y se nos imponen obscenamente, con las redes sociales saturadas de insultos y con un presidente que a veces se lamenta de no odiar lo suficiente, y que celebra y replica el odio de sus seguidores.
Por supuesto que este tipo de odio no es nuevo y hay miles de ejemplos en la historia argentina. Algunas veces se muestra con reacciones violentas, otras veces con agresiones maduradas. Escribir un libro lleva tiempo y esfuerzo. Escribirlo impulsado por el odio requiere mantener vivo ese sentimiento durante días y meses, cocinándose a fuego lento, alimentando el resentimiento.
Podríamos hablar, por tomar un ejemplo entre cientos, de las obras del político jujeño Benjamín Villafañe, que dedicó en los años ‘20 y los ‘30 varios libros a calumniar a la Unión Cívica Radical y a su líder, con títulos tan sutiles como Yrigoyen, el último dictador, Chusmocracia o Degenerados. Pero sus odios vehementes han perdido fuerza y hoy tal vez no tenga tantos adeptos como en su tiempo.
El antiperonismo, en cambio, sigue vivo y ha dado lugar a una literatura a la que todavía hoy se añaden nuevos ejemplos. No hablo de visiones críticas o de análisis que discutan a Perón y el peronismo. Me refiero a libros que expresen odio.
El libro que quiero comentar, en su primera edición, consta de 647 páginas en cuarto, papel grueso, edición del autor con pie de imprenta de 1958 (Es probable que haya sido un éxito, ya que hubo una segunda edición en dos tomos). El título es El culto de la Infamia. Historia documentada de la segunda tiranía argentina y su autor es Eduardo Florencio Sánchez Zinny, artista plástico con inquietudes historiográficas plasmadas en varios libros anteriores a éste.
La obra se presenta como una “historia documentada” y comienza con la reproducción facsimilar de una carta del Jefe de la Casa Militar de la Presidencia de la Nación (Capitán de Fragata Francisco Manrique) transmitiendo la autorización del Presidente Provisional de la Nación, General de División Pedro Eugenio Aramburu, para “revisar la documentación relacionada con la 2da. Tiranía”. Sin embargo, el autor no siente siempre la necesidad de fundamentar sus afirmaciones en documentos o fuentes verificables.
Dos características se destacan en la obra: una es el estilo de barroca indignación en el que está escrita, la otra es la generosa hospitalidad que lo lleva a albergar en sus páginas cualquier cosa negativa que se pueda decir sobre Perón, el peronismo, los gobiernos peronistas, sus funcionarios y cualquiera que les haya prestado su apoyo.
Ya veremos ejemplos de lo primero. En cuanto a lo segundo, podemos decir que la página 87 denuncia valientemente que Perón no quería a su mamá, tal vez porque “el amor, ese sentimiento entrañable que hace del ser humano algo distinto y superior a los demás seres animados de la naturaleza y que tiene la expresión más sublime en el cariño de las madres, no conmueve el corazón del tirano.”
Las acusaciones de crímenes e inmoralidades se suceden durante 614 páginas, alternándose con críticas a la gestión, paralelismos entre Rosas y Perón, teorías sociológicas xenófobas, disquisiciones ideológicas un tanto confusas y otras muchas cosas. Hay páginas interesantes, como las que dedica a los intentos de exportar el peronismo, tema hasta hoy muy poco estudiado y que incluye, por ejemplo, la existencia de un Partido Justicialista en Ecuador, pero la falta de rigor y el estilo declamatorio hacen del libro una obra de lectura más bien ingrata y de poca utilidad que, además, sigue un criterio bastante extraño para valorar lo que relata. Así, la ya mencionada carencia de afecto filial por parte de Perón ocupa mucho más espacio que su relación con Nelly Rivas, sin duda un tema mucho más importante y uno de los cargos más serios que se hicieron contra Perón.
Llegada entonces la página 615, el autor, tal vez cansado de escribir o apurado por terminar, comienza el capítulo “Los cinco últimos años de la segunda tiranía” y en 18 páginas despacha lo que debería haber sido lo más colorido de su relato: la sequía de 1949, que se extiende hasta 1952, y genera (o agrava) una crisis económica que el gobierno nunca logró conjurar, las consecuencias del crecimiento de la industria que generó una falta de divisas para sostenerse (la hoy famosa restricción externa), el aumento de la intolerancia y la persecución a la oposición y, por último, los errores no forzados que llevan a Perón a un absurdo conflicto con la Iglesia Católica que termina por unificar a la oposición y erosionar el apoyo de las Fuerzas Armadas.
Por supuesto ese capítulo se detiene para referirse a uno de los grandes tópicos de la leyenda antiperonista, las licenciosas actividades de Perón con “las chicas de la UES”, citando ampliamente “lo expresado por un periodista”, que cuenta cómo se rodeó “de muchachas los seniles apetitos sexuales del dictador (…) Con su consentimiento Perón aceptaba que se lo llamara Pocho, que era el sobrenombre familiar de su niñez. Pocho, extremadamente pulcro, tenía vivo placer en hacer bañar a las chicas en la residencia, según se comentaba por aquellos días.” Sanchez Zinny agrega que “por respeto al lector y en homenaje a elementales sentimientos de pudor, se omiten detalles de hechos que repugna denunciar.” El lector que ha llegado a esa página ya se ha resignado a que lo que dijo un periodista de lo que se comentaba por aquellos días le parecen al autor fundamento suficiente para dar por cierto algo.
Pero hasta aquí el libro no pasa de una versión abultada y barroca de aquello que, al menos los que tenemos más de cincuenta años, escuchábamos de señores mayores que indefectiblemente afirmaban “Vos no podés hablar porque no viviste esa época.” Entonces, en la página 624, el odio que siente hacia Perón y su régimen lo lleva a una increíble pirueta para convertir a Perón en culpable de las muertes que se produjeron durante el intento de asesinarlo.
El 16 de junio de 1955 estaba previsto un desfile aéreo (a cargo de la aviación naval) sobre la Catedral de Buenos Aires como desagravio a la bandera argentina supuestamente quemada por fieles católicos en la procesión de Corpus Christi. El clima obligó a suspender el acto, pero como parte de una rebelión prevista y planeada, un grupo de pilotos llevó adelante un intento de asesinar a Perón utilizando un procedimiento tan espectacular como insensato: bombardear la Casa Rosada. Alertado de la situación, Perón se refugió en el Ministerio de Ejército para organizar la defensa. Las bombas cayeron sobre la sede del gobierno y sus alrededores, al mediodía de una jornada laboral, causando alrededor de 300 muertos y heridos. Los pilotos huyeron hacia Uruguay, mientras que sus cómplices en tierra eran arrestados.
Sanchez Zinny comienza comentando detalles del plan, delatando de pasada a los cómplices civiles, pero pronto siente el llamado de la épica: “Alrededor de las 13 se inició un violento fuego desde el ministerio de Marina, sobre la casa de gobierno. Oleadas de aviones la bombardean desde los aires, así como a las zonas circundantes.”
La rebelión en tierra fue rápidamente controlada y todo terminó en poco tiempo. Pero estaban las víctimas. Por supuesto que los heroicos pilotos que habían arrojado las bombas y se habían refugiado en la República Oriental del Uruguay (“baluarte de la libertad en el Plata”) no podían ser responsables de esas muertes. Al autor le resulta fácil encontrar otro culpable, por el simple procedimiento de hacerle hacer algo que no hizo.
“La única medida militar que toma el tirano, fue impartir órdenes para que la CGT llevara con la mayor premura hombres y mujeres a la plaza de Mayo. Los cobardes siempre buscan su salvación en la protección de los más débiles. Ahora su propósito era que una muralla de seres inermes, defendiera, con sus cuerpos, el heroísmo de quien tantas veces proclamara caer en salvaguardia de sus queridos descamisados. Otra mentira. (…) El criminal sacrificio de hombres y mujeres inocentes que expone a la muerte, fue otra criminal añagaza del pusilánime Conductor, que intenta de esta manera conmover a los aviadores para salvar su pellejo. La fortaleza de los déspotas se ablandó fácilmente ante el peligro.”
No conforme con esto, concluye: “Las bombas y la metralla de los aviones revolucionarios causaron víctimas en la concurrencia vilmente llevada a la plaza de Mayo y a las calles próximas a la Casa Rosada. Fue un cruento holocausto en aras de la libertad, pero el movimiento se frustró.”
Por supuesto que este no es el único texto que justifica el uso de la violencia para terminar con un régimen que no pocos consideraban intolerable. Tampoco es la peor muestra de odio que se imprimió en esos días. Tal vez ni siquiera sea el peor escrito. Pero es una muestra de cómo el odio es un veneno que se instala y puede no moverse. Es casi más fácil comprender a quienes en su desesperación cometieron los crímenes que quien tres años después los exalta con su máquina de escribir. Resulta triste leer cómo el autor no puede empatizar con las víctimas y tiene la necesidad de inventar una movilización inexistente para quitarles su inocencia de personas que estaban realizando su vida normal y trasladar esa inocencia a quienes les arrojaban las bombas. Probablemente en la mente de Sanchez Zinny estos hombres y mujeres eran cómplices del tirano que estaban ahí para “conmover a los aviadores.” Su odio a Perón se derrama sobre la gente que pasaba por la calle. Es significativo que el hecho que él mismo insinúa de que los golpistas no se conmovieran y siguieran arrojando sus bombas no le arranca ni siquiera una vacilación en su férrea determinación de odiar.
¿Qué habrá sentido Sanchez Zinny mientras escribía el libro, en su casa, en 1958? ¿Se sentiría parte de un triunfo que ponía a la Historia de su lado? Y después, ¿Habrá mirado las imágenes tantas veces repetidas del bombardeo, con el trolebús incendiado, la mujer con la pierna arrancada, los cadáveres quemados? ¿Alguna vez se habrá preguntado si había un límite en las barbaridades que su odio podría justificar? ¿Qué habrá sentido en 1973, cuando vio a Juan Domingo Perón vistiendo su uniforme militar, jurando ante el Congreso como presidente, elegido por miles de argentinos? ¿El odio que alimentó su pluma seguiría intacto? ¿Se habrá sentido incomprendido y fracasado? ¿Habrá leído en esos años a los historiadores cuyas investigaciones desmentían o cuestionaban las verdades que con tanto esmero había relatado? ¿Se habrá alegrado con la muerte de Perón, que buscaron los aviones en 1955 y que ocurrió apenas unos días antes de la suya propia? ¿Habrá sospechado que su odio no moría con él y que, transformado, sería una bandera política en el siglo XXI?
Justificar el bombardeo y las muertes de esa jornada ¿será odiar lo suficiente?
Veterano alumno de la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Ha escrito ensayos, intervenciones y reseñas para distintas publicaciones, algunas de las cuales dirigió.
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