MUESTRA/ARTES VISUALES
JULIA OLIVA TORRE
El sábado 23 de agosto sucedió Me acompaña a la noche, una muestra realizada por el colectivo de escenógrafas y artistas visuales Fantasía Efímera integrado por Camila Pereyra, Irene Scotti Donnantuoni y Renata Comesaña. La muestra tuvo lugar en las instalaciones de Fábrica C.I.T.A (Cooperativa Industrial Textil Argentina) con la participación de lxs artistas Agostina Cordomi, Carolina Donnantuoni, Who is Juliet (Julieta Guerrero), Wacho Ph (Juan Francisco Arias) y el colectivo Fantasía Efímera.
Desde que la fábrica dejó de funcionar a fines de 2017, CITA se recuperó como un espacio que permitió darle lugar a distintas propuestas culturales. Al día de hoy funcionan talleres de diferentes colectivos de artistas, un teatro, se realizan ferias, fiestas, eventos de cocina, muestras y más. Sin embargo, pocas veces se había utilizado la zona de la fábrica donde se encuentra la sala de máquinas para un evento abierto al público, hasta Me acompaña a la noche.
La fábrica CITA se fundó en 1952, durante el gobierno de Juan Domingo Perón como cooperativa textil. Fue a finales del año 2017 con el crítico contexto económico y la implementación de políticas neoliberales que desfinanciaron las cooperativas y la producción nacional, que la fábrica dejó de funcionar.
Hoy, siete años después, la sala de máquinas parece haber quedado paralizada en el tiempo. Las cosas en el exacto lugar donde ese día quedaron inmóviles, los telares donde dejaron de moverse en ese minuto exacto, ni uno más, ni uno menos. Caminarla y recorrer sus rincones se asemeja a cumplir el deseo de, por un rato, poder entrar en una foto que teníamos guardada hace años. En ese ínterin fuera del tiempo, o entre-tiempos, puede aún escucharse el ruido de la maquinaria y sentirse el temblor de las paredes. Hacia el final del documental C.I.T.A. (Cooperativa Industrial Textil Argentina) que realizó el colectivo de realizadorxs audiovisuales La Mula Cine en el año 2019, los trabajadores dicen “y el sueño más grande que puedo tener es que volvamos a funcionar. Los viejos y los inmigrantes en su momento cuando yo era pibe, decían que era música para sus oídos el ruido de los telares… eso quiero, volver a escuchar los telares”. Aunque el mayor de los deseos es que la fábrica vuelva a funcionar y que los trabajadores puedan recuperar sus puestos, podemos preguntarnos qué seguimos escuchando en el recuerdo de la fábrica, y más aún, qué escuchamos en el recuerdo que antes no. Como escribe Ione en la introducción de Escucha Cuántica, libro de la compositora Pauline Oliveros, “Mientras escribo y escucho ahora estos sonidos recordados… emergen en mi consciencia otros que antes no había oído”.
Es en este espacio compuesto de historia, memoria y posibilidad, donde se llevó a cabo Me acompaña a la noche. El proyecto de la muestra surgió gracias a una convocatoria que realizó Fantasía Efímera, la cual consistía en que la gente enviara material de su archivo personal. Fotos, videos, cartas, postales, con la consigna de que dejaran entrever algunas pistas de su cotidiano. Decidieron hacer la muestra dentro de la fábrica, ya que es donde tienen su lugar de taller Cripta, el cual habitan cotidianamente.
La noche de la muestra, al ingresar por la entrada de calle 115, a primera vista se encontraba el fichero que utilizaban los trabajadores de la fábrica repleto de postales con fotografías de diferentes personas que habían participado en la convocatoria, las cuales la gente podía agarrar para llevarse. Luego al seguir el recorrido podíamos ver una de las obras de Fantasía Efímera, un tendal con ropa colgada sobre el que se proyectaban distintas imágenes y videos superpuestos recolectados también durante la convocatoria. Memorias personales que en su conjunto conformaban un paisaje de memorias colectivas. Estas, aunque íntimas y cotidianas, se tornaban extrañas y deformes en la superposición de unas con otras.
Al continuar el recorrido, sobre una esquina de la sala tenía su set de vinilos Lvcio, DJ que fue invitado para musicalizar la noche. Luego, al doblar hacia la izquierda, se encontraba la obra de Carolina Donnantuoni quien viene coleccionando fotografías de cielos desde el año 2022. La colección lleva el nombre de Los mil cielos, al día de la fecha va por el cielo número 821 con la intención de llegar a los mil. Para la muestra se seleccionaron 69 de esas fotografías y se proyectaron mapeadas sobre una estructura de ladrillos apilados. En la intersección del material con las fotografías, la referencialidad del cielo de a momentos se perdía y de a momentos volvía a aparecer. En el contacto de las dos materialidades, ladrillos y fotografías, emergía eso otro que solo era posible en su encuentro. La sombra que se producía detrás, era el negativo de lo que estaba sucediendo adelante. La luz se filtraba por los huecos de los ladrillos dejando pasar fragmentos de cielo hacia el otro lado. Aún en la insistencia infructuosa de intentar coleccionar lo imposible, el cielo no se puede atrapar, su azul está en todas partes y en ninguna. “En el caos de la imagen/ te presento el Azul universal / azul, una puerta abierta al alma / una posibilidad infinita / que se vuelve tangible” escribe Derek Jarman en su libro Croma.
Siguiendo el trayecto propuesto por la muestra, estaba la obra de Who is Juliet. Un collage textil montado sobre una estructura de metal que se hallaba en la fábrica. La estructura triangular sugería la forma de una casa. Colgando de ella se encontraba el collage textil compuesto por diferentes retazos de telas, peluches, objetos y fotografías hechas por la artista. Un universo tierno y kitsch que de a ratos evocaba un aire siniestro.
Montada también sobre máquinas se hallaba la obra de Agostina Cordomi Espero me escribas pronto y me digas cuál es tu silencio. Agostina trabajó con archivo de su familia, reescribiendo y proyectando fragmentos de cartas y postales heredadas de su abuela a través de las cuales conoció a parte de su familia. Sobre una estructura rectangular se proyectaban partes de las cartas y las postales que, al no estar mapeadas, continuaban y teñían el espacio con esas letras. A su lado había fragmentos de las cartas que Agostina reescribió a mano, una manera de pasar esas historias y el gesto tan íntimo de la caligrafía de su abuela, por su propio cuerpo. Agostina dice de su obra “La obra se posiciona entre el impulso de conservar y el anhelo de conocer. Una exploración sobre cómo se hereda, se interpreta y se transforma lo que permanece. Una memoria que no busca ser fiel sino mantenerse viva”. Lo que la artista hace es involucrarse activamente en el acto de heredar. Dice Claudia González Caparrós en el prólogo del libro Poquita Fe de la poeta Robin Myers “Hay herencias buscadas fervorosamente que nos definen no por lo que logramos confirmar de nosotros a través de los genes o del relato familiar, sino por el afán con el que emprendemos su búsqueda”.
En un costado, sobre el nylon que funciona de separación entre la sala de máquinas y el depósito, se encontraban proyectadas las imágenes de Wacho Ph. La selección de imágenes se basó en fotos de su infancia y otras que recolectó para un proyecto que hizo hace un tiempo, donde la gente le mandaba imágenes de su archivo y él las intervenía para hacer stickers y pegarlos por la ciudad. Para la obra que se presentó en la muestra, las fotografías fueron sometidas a una Inteligencia Artificial y luego editadas con la intención de romper y distorsionar la imagen cada vez más, intentando aludir a un imaginario onírico y poco nítido. La pregunta por la intangibilidad de nuestros archivos hoy y de cómo constantemente estamos otorgándole nuestras imágenes a la internet e inteligencias artificiales, se hace presente en esta obra. ¿Qué puede hacer una inteligencia artificial con nuestras memorias afectivas y personales? ¿Cómo las puede interpretar y reelaborar?
Por último, al fondo de la sala, la segunda obra que presentó Fantasía Efímera era una cama sobre la que se proyectaban las imágenes reunidas en la convocatoria. La cama, el lugar por excelencia que nos acompaña a la noche. Territorio de sueños, de deseo, de cotidianeidad, de acogimiento, de amenaza, de sensibilidad. La cama, el único lugar donde permanecemos horizontal, donde miramos el techo imaginando mientras de a poco nos vamos quedando dormidos.
Me acompaña a la noche, fue una propuesta para revisitar nuestras memorias personales y colectivas dentro de un espacio cargado de historia. Los recuerdos esa noche, habían tomado la fábrica, e incluso, si agudizábamos nuestros oídos, podía aún escucharse el ruido de los telares.
Texto curatorial de la muestra, por Julia Oliva Torre
“Apagaron las luces y las cosas quedaron inmóviles, paralizadas en una atmósfera estática. Estática se le puede llamar a la ausencia de movimiento como también a la acumulación de carga eléctrica. Chispazos de electricidad que se producen en la fricción de la materia, ahí en los lugares donde aun no llega nuestra visión. ¿Qué se esconde entonces, en la quietud? ¿Qué se esconde en la oscuridad?
Si ampliamos los ojos y extendemos las pestañas hasta sentir que empujamos el aire y lo hacemos rebotar sobre ellas… Si nuestras orejas, espirales con las que escuchamos, se propagaran hasta filtrarse por recovecos recónditos y escucharan la música que tocan las partículas vibrantes del suelo… ¿Qué encontraríamos ahí donde parecía no haber nada, nada más que un posible recuerdo?
Miramos hacia arriba, el cielo que nos cubre es siempre el mismo y es siempre otro. Identificar el momento exacto en que cambia de forma, se vuelve una tarea casi imposible; cuando nos quisimos dar cuenta, se transformó de nuevo. Con nuestro archivo personal, pasa algo parecido. Las fotos, las postales, las cartas… aunque estén ahí por años en la misma caja, algo sucede en un instante preciso en el cual elegimos poner la mirada ahí. Cada vez que las guardamos y al tiempo volvemos a ellas, las fotos son las mismas y también son otras. El polvo que se acumuló, engrosó el papel del que estaban hechas, alterando la superficie de una memoria.
Así, fragmentados y ensamblados, leídos u oídos, vistos o escuchados, los recuerdos se construyen como pilas de ladrillos que el viento puede derrumbar y cimentar con ellos otra cosa; al cabo del tiempo volverá a desmoronarse. Cada relato es una ráfaga que vuelve endeble lo que parecía inquebrantable.
Los límites entre verdad y ficción son tan difusos como en ocasiones irrelevantes, porque en cuanto nuestra existencia pueda ser construida a través de realidades tanto como de ficciones, no sólo el futuro puede ser imaginable, sino que nuestro pasado también.
Es en la confirmación y conformación de pasados imaginables, distorsionados, superpuestos, maleables y fantasiosos, que están las pistas para nuestros futuros.
“Estoy rondando la noche de tu casa,
las puertas de tu percepción”,
canta Rosario Bléfari en su canción Calles.
Quizá podríamos comenzar a prestar atención a aquello que nos acompaña en la oscuridad, que nos acompaña a la noche, y escuchar entonces, qué nos susurra en las puertas de nuestra percepción”.
Todas las fotografías fueron tomadas por Eliana Fernández
es estudiante de la Licenciatura en Artes Visuales con Orientación en Grabado y Arte impreso de la Facultad de Artes de la UNLP. Es miembro del Club de la Pintura y del estudio de artes visuales “Estudio Fortuna”.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación | Universidad Nacional de La Plata
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