NOVELA
ESTER MASSÓ GUIJARRO
“«La epidemiología ha salvado más vidas que todas las terapéuticas», escribió en su tesis de grado. Y muchos médicos lo detestaban por defender eso en contra de sus grandes proyectos de clínicas privadas, laboratorios, técnicas diagnósticas y estudios especializados. […] Defendía la idea elemental —pero revolucionaria— de que muchas muertes se evitaban con agua y saneamiento antes que con costosas técnicas médicas” (Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, 1).
“El agua limpia había sido una de las primeras obsesiones en la vida de mi papá, y lo fue hasta el final […] Decía que la sola medida de dar agua potable y leche limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual” (ibíd., 36-37).
“A mí no me gusta el Cielo sin mi papá. Prefiero irme para el Infierno con él” (ibíd., 9).
«Uno de los libros más bonitos que he leído nunca». Así fue como llegó presentada a mis manos esta obra, prestada por una amiga que es también una lectora voraz y lúcida, además de hispanista y profesora de lengua y literatura. El comentario me pareció algo hiperbólico, la verdad sea dicha, pero viniendo de ella no lo tomé a la ligera.
Devoré el libro, sangré con él… Y ahora comparto su opinión. ¿Uno de los más “bonitos”? Como tal, no sé (¿qué es bonito?), pero sí, sin asomo de duda, de esos tan bellos, con una hondura difícil de contar en palabras distintas, que no se olvida (el olvido que no será) y que continúa resonando aquí y allá, con el andar de la vida, y al que se regresa como a un buen vicio, sobre el que se medita, y se ríe y se llora también.
Se llora porque El olvido que seremos es, sobre todo y tal vez por encima de cualquier cosa, un planto, una elegía por el padre desaparecido, casi un obituario lleno de poesía, de terrible dulzura. De amor. (Pero de eso hablamos después. El libro admite muchas lecturas y no puedo aquí abordarlas todas, así que esta humilde ¿reseña? será deliberada y faraónicamente injusta.)
La novela es autobiográfica en su puridad: el autor colombiano Héctor Abad Faciolince escribe un tremendísimo homenaje a su padre, el médico salubrista Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín por dos sicarios el 25 de agosto de 1987, junto a otro compañero. Él mismo ya sabía que era muy probable que lo mataran, aquello no le debió de suponer ninguna sorpresa, como aprecia su hijo en la obra. Llevaba mucho tiempo amenazado y sus acciones a menudo eran casi suicidas… Pero no paraba, un poco como si ya no le importara, acaso porque nunca se recuperó del todo de la pérdida de una de sus varias hijas. Hijo (varón) solo tuvo a Héctor, pero de eso hablamos luego.
Hoy la novela se ha traducido y publicado en mil lugares, ha sido llevada a la gran pantalla, ha sido pluralmente galardonada (tanto en lo literario como por su valor cívico) y se considera un libro “de culto” (sea eso lo que sea). Ha cautivado al gran público, y también a los lectores más selectos.
Pero, como decía, aquí tenemos que concretar. ¿Quién fue ese hombre, ese médico salubrista, ese padre de un escritor que le dedica un libro tan hermoso como, por momentos, desgarrador? Héctor Abad fue muchas otras cosas además de médico salubrista, pero aquí nos centramos en esa faceta porque, sin desmedro de otros muchos aspectos, esta cuestión fue una de las que más me sorprendió cuando leí la obra: el canto subversivo que supone a esa forma de hacer medicina que es buscar el “bien común” más que los “bienes particulares” de gente adinerada que puede pagar buenos tratamientos, esto que es en realidad el espíritu de la salud pública, y que le granjeó al padre del escritor no pocos enemigos en una Colombia convulsa y rota ya entonces por la violencia estructural. De hecho, fueron sus denuncias abiertas contra grupos paramilitares desde el Comité para la defensa de los Derechos Humanos de Antioquía, entre otras muchas actividades, las que le llevaron a morir como lo hizo, baleado una tarde cualquiera.
Y es que hay un afán social esencial en esta defensa de Héctor Abad que cobra un sentido singular en el contexto colombiano donde vivió y murió; retomando la cita con que abríamos este texto:
“«La epidemiología ha salvado más vidas que todas las terapéuticas», escribió en su tesis de grado. Y muchos médicos lo detestaban por defender eso en contra de sus grandes proyectos de clínicas privadas, laboratorios, técnicas diagnósticas y estudios especializados. Era un odio profundo, y explicable tal vez, pues el gobierno siempre estaba dudando sobre cómo repartir los recursos, que eran pocos, y si se hacían acueductos no se podían comprar aparatos sofisticados ni construir hospitales” (41).
Más aún, Abad enfatizaba lo que hoy llamaríamos los determinantes sociales de la salud, entre otras inquietudes, con una convicción inveterada sobre la equidad ligada al inevitable compromiso político: “Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico” (40).
O, en otros términos:
“Lo exasperaban las «curaciones maravillosas» y las «nuevas inyecciones», que los médicos daban a su «clientela particular» que pagaba bien las consultas. Y la misma revuelta interior la sentía contra quienes «sanaban» niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de sus enfermedades, que eran sociales” (40).
No podemos, ni es el objetivo de estas líneas, dar aquí cuenta de la larguísima lista de acciones llevadas a cabo por el médico que fue Héctor Abad, las notorias y valientes contribuciones que realizó, dentro y fuera de su país, por la salud entendida como bien común, como valor colectivo, como virtud cívica en su más puro sentido republicano clásico. Nos centramos, mejor, en cómo su amante hijo recorre algunos de sus hitos en el libro, desde cómo llevaba a las propias hijas, y por supuesto a su entusiástico alumnado, a dar clases fuera del aula y enseñar medicina social en el terreno, hasta las titánicas campañas de vacunación, ligadas a criterios hoy cruciales en cooperación como es el protagonismo femenino:
“Más adelante seguían las campañas de vacunación y las clases de higiene y primeros auxilios en el hogar, según un programa que se inventó mi papá con las mujeres más inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de «Promotoras rurales de salud»” (36).
Pero Abad no solo arriesgó su vida hablando de vacunas y agua limpia. En un país quebrado por aquella violencia estructural que mencionaba, tuvo el atrevimiento de relacionar la salud pública con esa misma violencia: “Ya en el primer Congreso Colombiano de Salud Pública […] su conferencia se llamó «Epidemiología de la violencia» y allí insistía en que se estudiaran científicamente los factores desencadenantes de la violencia” (182).
Llevó además sus revolucionarias políticas sanitarias fuera de Colombia, trascendiendo fronteras nacionales y políticas. La obra político-salubrista de Abad (porque son indistinguibles ambas facetas en su caso, tal vez en cualquier caso) es de toda una vida, de batalla, de terreno, de trinchera, de vanguardia. Una vanguardia que, sí, le costó la vida.
Curiosamente, tampoco cae el autor del libro en la hagiografía fácil, siendo su propio padre del que habla… y, sobre todo, teniendo en cuenta el obsesivo amor que Abad Faciolince expresa sin ambages acerca de su progenitor. Este es otro gran aspecto de la obra que atora desde el inicio, que enternece hasta el tuétano cuando leemos, justo al inicio: “El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios” (8), comienza el libro Héctor con esta declaración entre las primeras líneas. Más aún, se delecta en describir, hasta la sensorialidad desnuda, aquel apego profundo de criatura, de cachorro:
“Yo amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor, sobre la cama, cuando se iba de viaje, y yo les rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de la almohada. Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo” (9).
Acaso por ser el único varón entre muchas hermanas (en su casa por cierto se usaba el femenino genérico), el niño y su padre tenía una relación especialísima que duró toda la vida, una ternura infinita que a la vez hizo tan difícil el duelo tras algo tan atroz como el asesinato.
Ha llovido mucho y, acaso, para los médicos expertos salubristas y epidemiólogos contemporáneos, las apasionadas (y peligrosísimas) loas de un médico y activista colombiano hace más de treinta años tengan escaso valor, o suenen ya manidas o superadísimas (eso lo dudo, atendiendo a los males persistentes del mundo actual).
Sin embargo, creo que el poder que hallamos entre las páginas del libro que nos convoca va más allá porque nace y muere, también, en el más acá: la novela va de un padre que ama, cuida y muere, o mejor dicho, de un hijo que le llora y le ama, y le cuida tras la muerte de esta otra manera que es honrar la memoria. Porque el cuidado social que el médico Héctor Abad entendía como salud pública (esa forma de cuidado socializado, esa socialización del cuidado) nacía también, o al menos así es en la voz de su hijo –su legado-, de su condición de padre.
Porque esta es la otra gran vertiente del libro (su otra gran verdad), de la que hablaremos, siquiera epidérmicamente: “La idea más insoportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al río Medellín si él llegaba a morirse” (9), confiesa el autor aquella aterrada resolución infantil; ante lo insoportable, se toman decisiones que nos ayudan a afrontar el día a día, siempre bajo la sombra del fin.
No creo que fuera casual que el modo de entender la pedagogía, la crianza, el cuidado, del padre de Héctor fuera abierto y cariñoso, huyendo de disciplinas mal entendidas: “«Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad»” (19), dejó escrito el propio Héctor Abad, en una filosofía educativa basada en el mimo y la alegría. Y su hijo refrenda: “Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo” (19).
La exploración en el libro de este amor paterno filial y de esta pedagogía mimosa es profusa, deliciosa, conmovedora:
“—¡Muy bien! —decía mi papá con una carcajada de satisfacción, y me felicitaba con un gran beso en la mejilla, al lado de la oreja. Sus besos, grandes y sonoros, nos aturdían y se quedaban retumbando en el tímpano, como un recuerdo doloroso y feliz, durante mucho tiempo” (19).
Más aún, parecían invertirse los roles más arquetípicos de la forma de afectividad materna y paterna para el caso de Héctor y su padre:
“Yo sentía por mi papá lo mismo que mis amigos decían que sentían por la mamá. Yo olía a mi papá, le ponía un brazo encima, me metía el dedo pulgar en la boca, y me dormía profundo hasta que el ruido de los cascos de los caballos y las campanadas del carro de la leche anunciaban el amanecer” (9-1) […] Mi papá y yo nos teníamos un afecto mutuo (y físico, además) que para muchos de nuestros allegados era un escándalo que limitaba con la enfermedad” (27).
El padre de Héctor le dice en una carta, en un momento de tribulación grande para el hijo acerca de su vocación, su destino:
“«Mi adorado hijo: […] Cualquier cosa que tú hagas de aquí en adelante […] siendo simplemente Héctor Abad Faciolince, estará bien; lo que importa es que no vayas a dejar de ser lo que has sido hasta ahora, una persona, que simplemente por el hecho de ser como es, no por lo que escriba o no escriba, o porque brille o porque figure, sino porque es como es, se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor, de una gran mayoría de los que te conocen»” (228).
Asombra la incondicionalidad absoluta (frente a la rigidez paterna clásica, real o incluso auto infligida, pensemos en tantos ejemplos posibles… Carta al padre, de Kafka, se me viene en primer lugar), la comprensión, el valor, la aceptación plena del hijo sin necesidad de pedirle nada: toda la grandeza posible ya está en él.
Y estas, y no otras, son las verdaderas cosas que trata este libro. Si bien hemos querido que la salud pública aparezca en el título de este texto, porque sin duda esta como inquietud rectora guió no solo la vida del padre de Héctor sino que es un eje de la novela, en realidad esta trata, sobre todo, de otras cosas. Cosas como el cuidado, la ternura, el valor, la muerte, el honor…, el amor sobre todo. Un amor que es individual y es social, y que se traduce en el modo como Héctor Abad entendía el ejercicio de la medicina. La vocación de cuidado como radicalmente individual, familiar, y radicalmente social. Y eso tal vez sea la definición primigenia de algo como eso que hoy llamamos salud pública. Cuidado de sí. Cuidado como forma de vida, de existencia.
Así que el libro al fin habla de un niño que va de la mano de su padre en la vida, en el mundo, en la sociedad, y en una casa grande llena de mujeres (“En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor”, 8), un niño que escribe solo porque piensa que su padre le leería:
“Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra” (17).
Y, al fin, acaso para quienes también hemos perdido a un padre este sea un gran libro porque nos ayuda a creer, a saber (“Todo esto es una cosa muy primitiva, ancestral, que se siente en lo más hondo de la conciencia, en un sitio anterior al pensamiento”, 9), que él sigue ahí, porque “Y por amor a la memoria / llevo sobre mi cara la cara de mi padre”.
1 Todas las citas de la novela que se trata están extraídas de la edición digital de Alfaguara (El olvido que seremos, Madrid, Alfaguara, 2017) (288 páginas, ISBN-13: 978-9585428362). Para mayor comodidad en la lectura, solo se indica a partir de ahora página en cuerpo de texto.
2 Me refiero al largometraje “El olvido que seremos”, dirigido por Fernando Trueba (Colombia, 2020): https://www.filmaffinity.com/es/film784420.html. También se realizó una película documental denominada “Carta a una sombra”, dirigida por Daniela Abad (nieta de Héctor Abad Gómez) y Miguel Salazar (Colombia, 2015): https://www.filmaffinity.com/es/film887429.html
3 Algunos de los galardones más importantes son el premio literario de Derechos Humanos de 2012, concedido por la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA por sus siglas en inglés) y la Universidad de Duke en Estados Unidos, así como el Prémio Criação Literária Casa da América Latina de Portugal.
4 Para ello, y sin ánimo de exhaustividad, sugiero leer aquí su semblanza completa: https://es.wikipedia.org/wiki/H%C3%A9ctor_Abad_G%C3%B3mez
5 “Mi mamá decía siempre «niñas» porque las niñas eran más y entonces esa regla gramatical (un hombre entre mil mujeres convierte todo al género masculino) para ella no contaba” (11).
6 Concretamente, en su obra Manual de tolerancia (1988).
7 Versos del poeta judío Yehuda Amijai con los que comienza el libro.
8 Universidad de Granada, ester@ugr.es. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4535-4748
Es Profesora titular de filosofía moral. Universidad de Granada. Miembro de la Red ESPACyOS (Ética Salubrista para la Acción y la Observación Social), del Proyecto “Ética y Política de la Salud Pública” y del Laboratorio Iberoamericano de Ética y Salud Pública.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación | Universidad Nacional de La Plata
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