HISTORIA
MILAGROS AGÜERO
La mirada dispuesta a la altura de la biblioteca, recorre los lomos balanceando lentamente la cabeza de izquierda a derecha, ¿por qué detenernos ante Conversaciones del Bicentenario: Historia y política en los años kirchneristas? ¿Por qué leer este libro hoy, cuya conversación a doscientos años de la Revolución de Mayo, nos acerca un abanico de certezas y preocupaciones tan vigentes como obsoletas? Justamente, por eso. Por la incómoda tarea de acercarnos a la reflexión intelectual de un tiempo ambivalente, que aún próximo en la escala de la larga temporalidad histórica, nos resulta lejano a la luz de las problemáticas actuales.
La lectura en sí misma asume, entonces, el desafío de un abordaje a contrapelo. Es la propia ambivalencia con la que nos enfrenta la que permite bucear entre líneas de las conjeturas que allí se recogen. Por un lado, porque resulta imposible abordar el libro sin que nos agobie la sensación de un horizonte disuelto, que aún ante la confrontación de ideas funcionaba como punto de fuga común. Por otro lado, porque dado que la propia premisa de su compilación reposa sobre la problematización del quehacer disciplinar, nos sumerge de lleno en el complejo terreno de delimitar qué ‘‘tarea’’ debe asumir nuestra profesión en relación a su presente.
Dado que sus páginas no son el mero relato de la conmemoración bicentenaria, la recopilación de entrevistas que llevaron a cabo Julia Rosemberg y Matías Farías, expresa los núcleos de discusión que coronaron la primera década del siglo. Leyendo audazmente las controversias que condensó este episodio particular, los autores propusieron un diálogo con el campo intelectual que gravitó alrededor de la transformación del vínculo entre historia y política. Las preguntas se dispusieron a partir de aquella inquietud principal, trazando el tono fresco pero punzante que recorre el libro en su conjunto: ¿Existió algo así como un ‘‘discurso oficial’’ expresado en las intervenciones históricas desplegadas en los festejos? En tal caso, ¿cuál fue el diálogo entre la narrativa histórica que adoptó el gobierno kirchnerista y el campo académico, que observó asombrado la masiva y espontánea participación popular? ¿Fue la convocatoria una expresión del renovado interés por la historia? ¿Qué lugar ocuparon los historiadores en dicha coyuntura?
En definitiva, un abordaje nodal de Conversaciones… debe prestar atención a las condiciones de posibilidad en la que el fenómeno del Bicentenario se asentó. Las calles de la Ciudad de Buenos Aires durante los últimos días de mayo del 2010 expresaron una circulación social de la Historia más fluida, un pulso identitario recuperado. Tanto el evento en sí como la discusión a su alrededor se encuadran en la apertura general del ‘‘saber’’ especializado a inicios del siglo XXI, expresado en la masiva recepción de los múltiples dispositivos de divulgación promulgados por el Estado. En palabras de Javier Trímboli, un renovado apetito por la Historia por parte de la sociedad argentina, la misma que a poco de una década atrás había sentenciado la necesidad de ruptura con el pasado. Para María Pía López la multitud, como protagonista indiscutible de la experiencia callejera, encontró ‘‘su propia presencia allí como acto fundamental y fundante’’ (p. 145). El Bicentenario, entonces, se presenta como apropiación colectiva del pasado nacional, pero también es posible por la pertenencia de las clases populares en su propio presente.
Si bien los entrevistados refieren de una u otra manera a lo sucedido como reflejo del sentimiento de pertenencia a una misma comunidad, el diálogo está atravesado por el modo en que las efemérides enfrentan al mundo académico con el grandísimo problema de los ‘‘mitos’’ que edificaron la Argentina. El Bicentenario, y cada aniversario del 25 de mayo de 1810, demanda a especialistas –y especialmente a profesores y divulgadores– la dificultosa tarea de narrar el origen de la nación para una audiencia más amplia, que excede el lenguaje minucioso de la discusión entre colegas. La celebración de Mayo desplegó un sentido público de la Historia que se apoyó –y reforzó– la construcción del nacimiento de la ‘‘argentinidad’’ de la mano de la Revolución, una reunión que fue nombrada y festejada como ‘‘cumpleaños’’ de la Patria. Para Hilda Sábato, aun cuando la historia asume en Argentina un importante rol en la construcción de identidades colectivas, no puede recaer en mitos en pos de su divulgación. En sus palabras, ‘‘el buen historiador no puede ser complaciente’’ ni caer en el ‘‘facilismo’’ (p. 80). En el mismo sentido, Fernando Devoto refiere a la figura del ‘‘aguafiestas’’ (p. 187) que tiene la obligación de debilitar mitologías en lugar de afianzarlas. En definitiva, el mito aparece como la contracara de la verdad histórica. Ahora bien, ¿cómo construir comunidad sin el mito?, trasladado a circunstancias cotidianas de nuestra labor, ¿cómo enseñar la Revolución de Mayo en las escuelas sin ‘‘caer’’ en ellos? En relación a la defensa de la Revolución de Mayo como mito fundacional, Di Meglio destaca la importancia de ‘‘disputar [los mitos] y no regalarlos’’ (p. 110). Es evidente que el formato sintético de ciertos dispositivos de divulgación no agotan la discusión, pero cabría preguntarse a qué lugar se restringe nuestro oficio cuando lo situamos al margen de las experiencias que invitan a la sociedad a pensar la Historia. Horacio González advierte el insoslayable desencuentro entre el abordaje en complejidad y la incidencia del historiador en el sentido común (p. 181).
A su vez, el entrecruzamiento entre historia y política que revistió el Bicentenario, encuentra franca disonancia con el proceso de profesionalización del campo disciplinar, que desde la década del ochenta se asentó sobre su escisión.
Ahora bien, si aceptamos considerar la crisis del 2001 como un punto de inflexión, luego del cual la evocación del pasado vuelve a cuajar en el presente después de los anunciados ‘‘fines’’ que despidieron la centuria pasada, resulta pertinente interrogar si aquellas reivindicaciones aparejaron –o no– un contenido profundo y perdurable. Para Alejandro Kaufman, el kirchnerismo logró una discursividad coherente que englobó Estado y sociedad, recuperando símbolos nacionales del pasado que ‘‘habían sido sepultados por el lapso tendido entre la dictadura 1976 y la crisis del 2001’’ (p. 155). Para Omar Acha, el encuentro entre historia y política expresado en los festejos también residió en ‘‘la posibilidad de volver a narrar la historia’’ (p. 116), pero esa discursividad político-cultural se desarrolló desacoplada del modelo económico. En este sentido, encuentra profundamente desacertado el panteón que abarca desde Scalabrini Ortiz a Walsh, como las simbologías para enunciar el propio tiempo.
El libro nos acerca el interrogante sobre nuestro propio uso del pasado. Nos azora la inquietud: ¿cuál es el vínculo actual entre pasado, presente y futuro? Sus autores van tras la incógnita de por qué la historia volvió a ser significativa para encuadrar horizontes de transformación después de su ‘‘enfriamiento’’ en los noventa. Es decir, consideran al kirchnerismo como el encuentro novedoso entre los tiempos históricos. Tras su lectura, resulta inevitable preguntarnos en qué medida la historia aporta a nuestro presente de fragmentación y distanciamiento entre tiempos históricos, que otrora se encontraban entrelazados. Tal como planteó Pittaluga1, un tiempo en que el presentismo y la degradación de la palabra son los ‘‘males’’ cruciales que arrojan nuestras humanidades hacia la encrucijada.
Habrá que desempolvar la vieja pregunta ¿para qué la Historia?2 y descifrar el equilibrio entre la utilidad y los perjuicios3 de nuestra labor, para poder asumir qué nos pide este presente desde nuestros diversos campos de acción. De modo contrario, nos convertiremos sólo en simples desarmadores en un tiempo en el que poco queda para sostener un ‘‘nosotros’’.
1 Pittaluga, R. (2025). ¿Acaso puede la historia aportar a la recuperación de la expectativa?, Guay: Revista de lecturas.
2 Cernadas, J. y Lvovich, D. (eds.). (2010). Historia, ¿para qué? Revisitas a una vieja pregunta. Buenos Aires: Prometeo Libros-UNGS.
3 Nietzsche, F. (1959 [1874]). ‘‘De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida’’, en Consideraciones Intempestivas. Buenos Aires: Aguilar.
Es Profesora en Historia por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP. Actualmente se desempeña como docente en escuelas secundarias y participa del Grupo de Estudios del Pensamiento Nacional (GEPeNac).
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