TEORÍA POLÍTICA
JUAN PABLO CUARTAS
Desde Teoría de la militancia (2018) y La organización permanente (2020), Damián Selci viene desarrollando una reflexión sobre la militancia política que articula la práctica concreta —milita en el kirchnerismo y es intendente de Hurlingham— con las contribuciones teóricas más influyentes del presente. Así, por un lado, el título del libro aquí reseñado, Plenario, surge justamente de una instancia común en espacios de militancia política peronista: hace referencia a una reunión horizontal de militantes, donde estos expresan sus inquietudes, ideas y propuestas, rompiendo temporalmente con la estructura vertical típica del peronismo. Cuando en estos encuentros se tratan temas muy grandes o complejos, que necesitan más atención, se crean comisiones para trabajarlos. El libro Plenario se organiza, justamente, siguiendo esa lógica: sus capítulos tienen el nombre de “comisiones”. Por otro lado, Selci sostiene un ojo siempre suspicaz pero no menos receptivo a esos intelectuales del momento (Quentin Meillassoux, Peter Sloterdijk, Mark Fisher, por mencionar algunos) para hacerlos pasar por su tamiz, retomando hipótesis y conclusiones que viene elaborando desde su primer libro, pero siempre desde su propia teoría y praxis militantes.
En este sentido, el autor hace que estos pensadores tomen asiento en el plenario militante. Si tienen un discurso o pensamiento con consecuencias reales, será al interior de una práctica. Es que, además de ser un despreocupado deudor de un giro lingüístico bastante vilipendiado en el análisis político (y no sólo político), Selci sigue al Lacan que dice “no hay realidad prediscursiva”; no para caer en las tentaciones caprichosas que podrían deducirse de esa afirmación, por ejemplo, la infame idea de que “todo es una construcción social”, sino para indicar una línea perspectivista que viene trabajando en esos libros anteriores y que ahora enriquece con Deleuze, con filosofías amerindias y con la discusión por el nihilismo entre Nietzsche y Heidegger. Y con el mencionado Lacan, cuyo psicoanálisis es mirado en espejo para la elaboración de esta teoría de la militancia. Ambas son praxis sin desarrollo conceptual previo que determine sus pasos a seguir: simplemente funcionan y la teorización viene después, con conceptos y objetos (ejemplo, el inconsciente) que no tienen justificación más que al interior de la práctica. De ahí la sospecha constante sobre el intelectual crítico: opera sin praxis, como si estuviera al costado de la historia, otorgando demasiado al conceder que ciertas realidades están ahí afuera, lo cual si bien pueden tratarse de constataciones fácticas inapelables, no excluye lo siguiente: esa inocente sustancialidad de la realidad social (incluso del universo físico arriesga Selci) es, en última instancia, una construcción, una decisión. De este modo, primero está la praxis y toda realidad se ilumina, aparece, en función de la línea de corte que hace en la realidad dicha praxis.
De aquí que Selci presente un balance melancólico de la teoría política, en su mayor parte europea (Agamben, Nancy, Derrida, Lefort): se levanta sobre la base de una praxis fallida, la del socialismo soviético. Hasta ahí llega, no ofrece o no colecta sus categorías desde el seno de una praxis nueva. Ya se ha llevado a cabo el trabajo de la deconstrucción de la metafísica, escaso pero importante aporte de esa teoría política, y que consistió en evacuar cualquier fundamento ontológico (metafísico) detrás o encima de la praxis política, sea la “clase obrera”, la “raza” o cualquier grupo social y cultural. Por otro lado, pensadores más recientes, inventariados en cierto movimiento llamado “realismo especulativo”, hoy en boga, realizan una filosofía que no tiene a ninguna práctica como necesaria. Hasta al idealismo alemán podían aceptárseles sus vuelos oscuros siempre y cuando se recordasen sus vínculos estrechos con la Revolución Francesa. Pero ya no más. Europa ya no ofrece una filosofía que adjunte una praxis emancipatoria, de modo que podemos olvidarnos del viejo continente. El anti-eurocentrismo de Selci no se debe, como podría pensarse, al privilegio de una sustancia que sería nacional y que estaría amenazada por fuerzas foráneas; esta es la posición de Hernández Arregui, Jauretche, entre otros. No, antes bien, no hay tal sustancia, y si hay un anti-eurocentrismo es porque no hay nada nuevo bajo el sol europeo. Selci afirma que alegremente adaptaría una praxis europea si fuera oportuna, pero, sobre todo, si existiera.
No obstante, la indiferencia de Selci con toda pretensión nacionalista es aparente. Si bien afirma que la Patria del militante no es un país, sino otro militante y que allí donde se milita es siempre la patria del militante, donde el propio terruño es menos un lugar que un vínculo, por otro lado Selci concluye que esta separación de una Patria sustancial es, no obstante, profundamente argentina. ¿Por qué? Porque tiene su principal antecedente en la separación que Perón hace entre militancia y partido: la primera no está determinada por el segundo, lo cual no implica volcarse a la horizontalidad sin más, sino que el militante sigue siendo vertical, atento a la conducción, aunque esta no venga jerarquizada de modo burocrático en el partido. El desligue del partido tiene raíces más profundas: es un desligue del Estado. Argentina, como varios de los países de la región, es un estado fallido según la nomenclatura de la CIA. Es la razón para que haya militantes: no hay Estado, o simplemente falla, y en las grietas estatales es que crece esa hierba militante. La falla inherente a la representación estatal, la falla de la metáfora (en los términos retórico-políticos de Ernesto Laclau), es suplida por la militancia, por una lógica de la metonimia, que no está ahí en reemplazo de otro, sino para convocar la responsabilidad del otro. Ante la muerte de Dios, el Estado fallido o el dictum “no hay metalenguaje”, piezas intercambiables de la “Insustancia” (uno de los nombres de Selci para el paradigma posfundacional), cualquier articulación y, sobre todo, la permanencia de esa misma ligazón, es una respuesta inexorable. Los militantes (en plural ya que no hay militante unitario) son esa respuesta. Por esta razón, para el autor de Plenario, la literatura argentina es política de principio a fin (no es un dato menor que Selci provenga de la carrera de Letras y que en sus libros los ejemplos literarios emerjan aquí y allá). La inexistencia de un Estado a la altura de su noción o de su concepto impide, en Argentina, la posibilidad de un “arte puro” que sólo puede darse bajo un Estado que no falla; en nuestro país, en cambio, la falla del Estado vuelve a las letras inevitablemente políticas. La falla de la metáfora representativa estatal hace que nuestra literatura responda en lugar de seguir un camino que le sería específico y singular: Borges tiene como antagonista a Perón, no a Lugones.
La Revolución -y para Selci la militancia lo es- implica desbancar las condiciones de la praxis de Occidente que atomiza al ser humano en individuos cada vez más inefectivos. Por eso, el intelectual con el que el libro debate, y dialoga con sumo respeto, no es uno actual, sino del siglo XIX: Marx. Selci tiene la nada modesta idea de superar utópicamente al marxismo afirmando que el hombre no se realiza mediante el trabajo. No hay “hombre” previo a su significante o, en términos del propio Selci, previo a una praxis política. El marxismo operó con elementos por fuera de su praxis, mediante una filosofía de la historia y una suerte de antropología metafísica. Con los recaudos y respetos merecidos, Selci busca superar la idea de condicionar un proyecto político a una supuesta esencia humana. La Revolución no es, como para Marx, la adecuación de esencia y existencia, o una corrección histórica entre el hombre y el producto de su trabajo; antes bien, es la “transformación de un individuo en dos militantes” (409). Consiste menos en una destrucción que en una indiferencia a lo desligado, al individuo, a la sustancia, en favor de una intensificación de lo ligado, de la relación, que no necesita destruir porque para su efectuación deshace en silencio aquel desligazón “natural” de Occidente. Implica, en pocas palabras, en la idea de que toda revolución es contra el dinero. Esto no implica dejar de luchar contra los lujos obscenos para pocos y la miseria para muchos. No obstante, no se puede sostener con la distribución más o menos justa de lo que hay. Por eso el militante vale tanto en la medida en que es barato: no requiere dinero para su compra, sólo necesita su línea ideológica y palabras, muchas palabras. El comunismo fracasó porque se limitó a reemplazar un individuo (el capital) por otro (el hombre); “la revolución militante reemplaza el individuo por al menos dos militantes”, dice Selci. No busca repartir el poder, sino traspasar la responsabilidad.
Ante la falta de un fundamento, la muerte de Dios o, simplemente, el Estado fallido, se requiere responsabilidad, pero una que sería absoluta al tomar el relevo de la ausencia de aquellos absolutos. Esta idea de la “responsabilidad absoluta” en Selci, constituye la noción central de su teoría desde Teoría de la militancia (2018) y La organización permanente (2020). El militante es aquel que responde por todo lo que ocurre, incluso o más todavía, si lo que pasa no le corresponde. “Poner el cuerpo”, mantra común en los más diversos espacios militantes, adquiere su espesor conceptual aquí. Sólo en tiempos del Antropoceno, donde el hombre se ha convertido en una fuerza geológica, la idea de la responsabilidad absoluta adquiere sus contornos más claros, pero también más urgentes. La Tierra ya no es escenario de nuestras aventuras; es la prueba empírica de la conexión cualesquiera de todas nuestras acciones. El escenario ya no se ve, sino que aquello que como actor estoy pisando es la basura dejada por otro, incluso puede ser ese otro. En este contexto, el militante tiene que hacerse cargo incluso de la lluvia, dice Selci. En tanto la cosmopolítica se impone sobre nuestras “pequeñas políticas locales” (el ejemplo de Selci es el coronavirus suspendiendo el levantamiento popular en Chile iniciado en 2019), es tiempo de abandonar los análisis de diagnóstico, por lo general, pertenecientes a intelectuales europeos, y pensar con un ojo puesto en una praxis acorde a lo que sucede en la Tierra. Pensadores como Latour advierten que ya no hay tiempo, que la guerra de Gaia, de la Tierra, contra sus ocupantes ha comenzado; no obstante, sus propuestas siguen siendo modestas. Según ellos, se trata de sobrevivir: la utopía coincide con una distopía a la cual habría que adaptarse. En una suerte de ironía trágica, nos encontramos en una situación en la que parece excesivo exigir que, en un mundo marcado por el hedonismo depresivo (Mark Fisher), sean esos mismos sujetos hedonistas y deprimidos quienes salven el planeta.
La respuesta de Selci es la organización permanente. No puede esperarse nada de modas pasajeras, menos en las voluntades de esos hedonistas del Antropoceno. Para esto, se requiere militantes, quienes respondan a la irresponsabilidad del capitalismo con “responsabilidad absoluta”. Uno se hace cargo de aquello que no le corresponde, de lo que no tiene culpa; el militante tiene una vida no-individual, por ende, no es una sino otra. ¿Cómo se logra algo que persista, una organización que sería permanente sin depender de un fundamento u otra cosa que permanezca igual detrás de los fenómenos? Siguiendo a Bruno Latour (junto con Lacan y Laclau, forma el “grupo de las tres L”, sostén capital de su teoría), Selci dice que aquello que tiene mayor permanencia, no lo hace en función de una razón intrínseca, sino por la fuerza que le prestan sus aliados, las entidades adyacentes. No hay sustancia: si existe algo, un “hay” previo al pensar, por ejemplo, ese ómnibus que inocentemente pasará por la esquina de mi casa, se debe a que hay una organización o una praxis para sostener su permanencia. Nadie es en sí, nadie es metafísicamente más fuerte.
El origen de la teoría de la militancia de Selci es, como él afirma, la derrota de los gobiernos populares en 2015 y en adelante. Es, en términos llanos y coyunturales, el problema argentino de la restricción externa. El país gasta más dólares de los que produce, con lo cual entra en el círculo vicioso del endeudamiento. En términos teóricos, coincide con el problema de la teoría de Ernesto Laclau cuando llega al gobierno: el populista opositor junta las demandas en una equivalencia metonímica que luego se metaforiza en una sola demanda, luego triunfa y, por último, el populista gobernante enloquece por el bombardeo de demandas populares hasta perder las elecciones. Falta la permanencia, la organización permanente. Aquí Selci insiste con un tercer momento: la militancia. Ésta aparece para devolver la demanda al Pueblo, a quien interpela como militante y es quien debe responder por su demanda como tal, activando otra cadena metonímica, ya no de demandas, sino de militantes, la Organización. El populismo subordina la metonimia a la metáfora; la militancia resubordina la metáfora a la metonimia.
En una especie de resumen apaisado de los objetivos de la militancia, Selci afirma que un “país militante” debe generar las condiciones para que, a la larga, la población comprenda cuando llegue una época de vacas flacas. “La bonanza debe servir para politizar la sociedad y para forzar su devenir militante, a efectos de enfrentar la futura (e inevitable) falta de dólares con el temple necesario” (416). Este punto, tan importante por ser el origen de su reflexión, es llamativo porque parece reducirse el tenor conceptual que venía trayéndose y se pusiera demasiado empírico, bien parado en el llano. En los volúmenes anteriores, la negatividad hegeliana jugaba un rol insoslayable: la antítesis, el conflicto o el obstáculo eran, al final, afirmativos; en el marco de Selci, la militancia no es un medio o solución para la ansiada utopía, sino que ya es directamente esa anhelada meta, es decir, militar es la utopía misma). No obstante, sobre el final de Plenario imagina como objetivo una “sociedad” (la palabra es de la cita de Selci) “con el temple necesario” en tiempos de poca plata en el bolsillo. La “Revolución en Argentina” es “realista”, dirá Selci, porque a diferencia de los “idealistas”, los socialdemócratas y otros que creen que los problemas se solucionan con más dólares, esta Revolución cuenta con militantes y con palabras, porque cuando el dinero falte, “la doctrina sustente al poder” (416). Selci toma nota de que una economía tan relacionada con otras no puede controlarse, de modo que hay que estar listos para cuando aquella, como un efecto de la naturaleza, haga sonar el escarmiento. Para lo cual, no basta un cambio de gobierno, vieja costumbre argentina, sino un cambio de pueblo, de individuos en militantes que respondan sin esperar al gobierno de turno. Es notable que en este punto el autor parece pedir “un cambio cultural” o de “mentalidad”, un objetivo que va de suyo con la militancia misma, pero que también recuerda a lo que repiten algunos entusiastas del gobierno argentino actual, en otra dirección por supuesto. Incluso la “comprensión” del Pueblo ante las plagas económicas recuerda un poco a la paciencia que los gobiernos neoliberales piden ante las malas noticias económicas que construyen por propia decisión y gestión.
En este punto, la sólida organización (teórica), que ya tenía un tono gris o ascético, se torna más opaca a la luz del horizonte que Selci le propone. No obstante, no se trata de una inconsistencia que preocupe. O sí, si lo pensamos como el autor, como algo que vaya pre-ocupándonos. Hoy estamos en la etapa teórica, dice Selci, porque en la práctica esta teoría de la militancia es, francamente, una locura. Y esto es lo atractivo de Plenario y de su reflexión. Estamos en el momento de pensar y de imaginar, lo que permite no ceder en nada bajo pretexto de coyunturas desesperadas o climas de estulticia total. Por esto, Selci invita a pensar y escribir: se necesita menos la teoría académica que gasta tinta en temas como “la nueva derecha” y sí más teoría desprejuiciada, que se sature de otros pensadores y que se construya al calor de los acontecimientos.
Es Doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata y la Université de Poitiers. Es ayudante diplomado de Filología Hispánica (UNLP). Trabaja en la organización y digitalización del Archivo Mario Bellatin
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación | Universidad Nacional de La Plata
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