NOVELA/ CINE/ SERIE
LAURA LENCI
En los últimos tiempos las plataformas, sobre todo Netflix, han comenzado a retomar clásicos de la literatura de distintos países para adaptarlos al formato de las series. Es el caso, por poner un par de ejemplos, de Cien años de soledad y de El Eternauta. Algunas novelas nacionales o regionales emblemáticas que abren mercados.
Usar el término adaptación es una generalización que sirve para encubrir diferencias porque, en algunos casos, se trata de una traducción en el peor sentido del término. Quien traduce es alguien que escribe, muchas veces con virtuosismo y hasta genialidad cuando quien traduce crea; pero hay también traducciones que renuevan el viejo dicho “traduttore traditore”, es decir que quien traduce traiciona el original. En el caso de las series de plataformas suele haber -no siempre, pero frecuentemente- una traducción “a la garcha del lenguaje visual globalizado”, un ácido amigo que sabe de lo que habla dixit.
Y ese es el caso de El Gatopardo que lanzó Netflix este año. Tal vez porque el libro de Lampedusa es una pequeña gran joya única, pero también porque esta es la segunda versión audiovisual del libro -la primera es la notable película que dirigió Luchino Visconti en 1963- es que la serie resulta como mínimo chocante para quienes hemos disfrutado y admirado mucho el libro y la película.
La serie de El Gatopardo también se puede encuadrar en otras series de plataforma que tienen éxito en los últimos tiempos y son aquellas que “retratan” a las clases altas -la nobleza, las aristocracias- en general pero particularmente las del siglo XIX. Hay series de todos los pelajes, pero en muchas de ellas hay una mirada idílica y a veces nostálgica sobre los ricos del pasado. Y la pregunta lícita es si en esa mirada no se contrabandea la visión del presente.
Garibaldi entra en Sicilia en 1860, hecho que termina con la anexión del Reino de las dos Sicilias de los Borbones a la nueva Italia unificada, monárquica con la casa de Saboya a pesar del propio Garibaldi. Entonces la escena se abre con la Italia del Risorgimento. A partir de ahí, de esa escena, se pueden contar muchas historias y de muy diversos modos.
Si bien la invasión de Sicilia es lo que desencadena la trama, la historia se cuenta desde el micromundo de una familia, la de Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, una familia noble que se ve sacudida porque su mundo cambia y porque las formas tradicionales de dominación en lo que Gramsci llamaría la Italia meridional también están cambiando -aunque no desaparece la dominación-.
En la serie de El Gatopardo se agudizan los tópicos de las series de plataformas por, al menos, dos razones: por un lado porque la burguesía emergente aparece estereotipada en su inadecuación a las normas de una sociedad que se va desvaneciendo y, a la vez, sobre adecuada en la ambición económica y en ocupar un lugar en las jerarquías, reemplazando a la vieja nobleza pero adquiriendo algunas pautas que al recibirlas ya las cambian. En la serie estas dos clases, la que está muriendo y la que está naciendo, se muestran maniqueamente: los nobles con nobleza -si se permite la redundancia- y la burguesía ambiciosa, acomodaticia, malévola y hasta ridícula.
Pero el segundo recurso que se pone en juego es el énfasis en el amor romántico de Concetta, la hija del príncipe, por su primo Tancredi. Como la contracara del “amor puro” de Concetta aparece la figura “impura” de Angelica, la hija de un burócrata burgués enriquecido y acomodado gracias al nuevo régimen. Además se toma algunas licencias argumentales que no están en la novela original, como el asesinato de Paolo en manos de Don Calogero Sedára, el padre de Angelica, y su capataz, antes un sirviente del príncipe. Todo apuntala la mirada maniquea.
Así, el casting de la serie también muestra algunos rastros de lo dicho: un príncipe que parece un pseudo Burt Lancaster, un Tancredi que no tiene el carisma de Alain Delon pero lo intenta, una Angélica muy ordinaria que es incomparable a la soberbia Claudia Cardinale, una Concetta angelical, por no hablar de la escena del vals que bailan el príncipe y Angelica que parece una parodia de la escena original que es clave en la novela y la película. La danza en sí es al vals lo que el tango estilizado a una milonga.
La serie transforma la historia en pasado puro, casi costumbrista, borrando los indicios sutiles y centrales que se entraman tanto en la novela de Lampedusa como en la película de Visconti. La romantización -en varios sentidos del término- aplana la crítica y los puentes entre pasado y presente que permean a la novela y a la película.
La novela tiene un itinerario que nos cuenta Giorgio Bassani en el prólogo a la primera edición italiana: un noble sesentón, Giovani Tomasi de Lampedusa escribe en dos años una novela en la que estuvo pensando durante los últimos 25 años. La novela se basa en la vida de su bisabuelo y cuando la termina las dos editoriales más importantes de Italia, Mondadori y Einaudi, la rechazan. Bassani recibe el manuscrito, sin firma porque está armando una nueva colección para la editorial Faltrinelli y cuando la lee va en busca del autor, que sabe que es siciliano. La sorpresa es que esa es la primera y única novela del autor y que, además, es una novela póstuma. Lampedusa había muerto poco tiempo antes. Bassani, que fue un gran editor y un gran escritor -por favor, lean a Bassani- quedó fascinado por ese autor y esa novela que tiene
“Amplitud de visión histórica unida a una agudísima percepción de la realidad social y política de Italia contemporánea, de Italia de hoy; delicioso sentido del humor; auténtica fuerza lírica; perfecta siempre, a veces encantadora, realización expresiva: todo esto, a mi entender, hace de esta novela una obra excepcional. Una de esas obras, precisamente, para las que se trabaja o se prepara uno toda una vida.”
Hay novelas que se dejan traducir más fácilmente al lenguaje audiovisual que otras. El Gatopardo no es de las fáciles, hay que admitirlo. Hay un narrador omnisciente pero una parte de la riqueza del libro está en los soliloquios del protagonista, el Príncipe de Salina, que ve cómo su mundo, el mundo tradicional de Sicilia, cambia. En la novela el Príncipe piensa -el personaje piensa mucho más de lo que habla- “pertenezco a una generación desgraciada, a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos y que se encuentra a disgusto con unos y otros”. La escritura de Lampedusa arrastra otra dificultad para llevarla al lenguaje audiovisual: como dice Bassani, tiene poesía y tiene musicalidad propia, por eso los talentos singulares de Visconti, su sensibilidad musical y estética, lo convierten en uno de los pocos directores de cine capaces de hacer la película.
El libro y la película de Visconti son recordados por una frase que dice el sobrino del príncipe y que produjo una categoría política, el gatopardismo: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.¿Me explico?” Es Tancredi, el noble venido a menos, quien se fascina por la belleza y la nueva fortuna de Angelica. Y Angelica, nieta de un campesino e hija de una mujer bellísima pero analfabeta e inmostrable, se fascina -valga la reiteración- con los palacios, los modales y la alcurnia de la familia de Tancredi. En ese compromiso entre lo viejo y lo nuevo, en el “amor” entre Tancredi y Angelica, se materializa el gatopardismo. Una nobleza con tiznes de nueva burguesía que, a su vez, se pule con los modos y las costumbres de la vieja nobleza. Y los pobres siguen, en Sicilia, viviendo igual.
La película, entonces. Un director de cine y de ópera de la nobleza lombarda con una formación refinadísima y que conoció desde adentro la clase que representa el Príncipe de Salina, pero Luchino Visconti fue un conde, que además de conde era gay y marxista. Visconti retoma la novela de Lampedusa, que había sido publicada pocos años antes y filma una película a partir de un guión que logra traducir con notable fidelidad la escritura de Lampedusa. Novela y película que pueden ser pensadas como puentes entre el siglo XIX y el siglo XX y, por qué no, también con el XXI.
Es Profesora en Historia, enseña historia de la Argentina Raciente en la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata. Le interesan particularmente las relaciones entre historia, cultura y violencia, por eso también enseña historia de América Latina en el siglo XX en la Maestría en Historia y Memoria de la UNLP.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación | Universidad Nacional de La Plata
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