Nos cuesta hablar sobre este tema. Usualmente no sabemos qué decir, no encontramos ni tenemos las palabras que consideramos adecuadas. En infinita cantidad de situaciones las víctimas deciden callar, lxs familiares negar lo sucedido, lxs amigxs seguir con sus vidas ocultando el padecimiento propio. Cuando este tema irrumpe, cuando nos golpea de frente y cuando las esquirlas pegan cerca -o nos pegan directamente-, frenamos por un instante. Sentimos angustia, pero también cierta incomodidad. Nos encontramos con un vacío abrumador.
No deja de ser, sin embargo, una problemática global y cada vez más masiva, incluso -claro está- en nuestro país. A pesar del silencio, de los estigmas y de las miradas estereotipadas, es una cuestión que siempre está muy próxima. La masividad que ha asumido a nivel mundial se pone de manifiesto en un campo significativo, como lo es el de las representaciones audiovisuales. Dos de las series más aclamadas y vistas de la última década abordan este tema, de una u otra manera. En After Life aparece retratado de forma cruda, directa y explícita, pero más interesante, sutil y profunda resulta la aproximación ensayada por The Bear.
Esta serie, a pesar de lo que afirmaron en el momento de su estreno numerosas reseñas, no tiene como tema central el universo de la cocina, y tampoco trata de manera general sobre los a menudo tortuosos y complejos vínculos familiares. Sí, es cierto que The Bear habla de relaciones, de personas intentando construir sus vidas en un diálogo tenso con aquellas que forman parte de sus círculos más cercanos. Pero el punto de origen de su trama, el tema que subyace a cada diálogo, a cada mirada perdida de Carmen «Carmy» Berzatto (su protagonista principal), es aquello que se nos cuenta al principio, y que es abordado frontalmente en el capítulo final de su temporada cinco: el suicidio repentino e inesperado del hermano de «Carmy», Michael «Mikey» Berzatto, y las formas que van encontrando sus seres queridos de afrontar este hecho.
Cada año se suicidan en el mundo aproximadamente 800.000 personas. Esto es un poco más que toda la población de La Plata, según el censo del 2022. Las cifras de suicidio consignadas en las estadísticas, sin embargo, son siempre menores a las reales. Muchas familias deciden informar otra causa de muerte cuando el que se suicidó es un ser querido, ya sea por pudor, vergüenza, o por el más “simple” hecho de que en ciertos países el suicidio sigue estando penado por la ley. Los servicios médicos, por su parte, en ocasiones colocan en los certificados de defunción causales genéricas o directamente erróneas. Por lo demás, si al menos 800.000 personas en el mundo se suicidan, muchas más lo intentan, y el número de personas con pensamientos suicidas es imposible de calcular. De manera inevitable, por lo tanto, es una problemática que nos atraviesa de una u otra manera, que nos tocó, nos toca o nos tocará de cerca. Sin embargo, prevalece en torno a este tema el silencio, el estigma, y la idea más o menos velada de que se trata de una problemática meramente individual.
La última foto [The Last Photo] fue una campaña implementada por la ONG británica “Campaign Against Living Miserably” (CALM) con la intención de abordar precisamente esta cuestión, la de los silencios, los estigmas, pero fundamentalmente el de los mitos que rodean a la problemática del suicidio. No es la primera ni la última campaña que diseñaron con esta finalidad, aunque posiblemente sea una de las más difíciles de ver. Tiene como punto de partida, como premisa, una frase: “Quien piensa en suicidarse no siempre lo aparenta”. Busca, por lo tanto, poner en cuestión ciertas representaciones estereotipadas y tranquilizadoras sobre el suicidio, que se sostienen en la idea de que aquellas personas que piensan, intentan o efectivamente se quitan la vida, son fácilmente identificables. Es decir, según estas representaciones, el suicida sería el sujeto taciturno, enojado con la vida, irremediable y visiblemente triste, solitario, apartado del mundo real. Lo que viene a plantear La última foto es que la realidad es mucho más compleja, mucho más dura, y mucho más difícil de procesar y comprender.
En este sentido, hay un cierto parecido de familiaridad con lo sostenido por Édouard Levé en su libro Suicidio, en el que relata la vida de un amigo que decidió quitarse la vida. Un amigo que parecía solitario pero también feliz, que vivía con su esposa y con su hijo. El de las novias, las amistades resilientes, las fiestas y las ciudades exóticas. También podemos plantear un paralelismo con la imagen -compleja, profunda- que plantea The Bear sobre «Mikey» Berzatto. Son escasas las ocasiones en las que, por intermedio de flashbacks, la serie nos permite vislumbrar cómo era «Mikey» en vida. Lo vemos vivaz, apasionado, decidido. «Carmy», su hermano, lo describe como una persona que te hacía sentir seguro sobre vos mismo. Alguien estridente, gracioso, magnético. Todos creían que «Mikey» era su mejor amigo, dice. Hasta que se suicidó.
Al ingresar al sitio web de La última foto una de las primeras cosas con las que te encontrás es con un video. Un video breve, en el que en menos de dos minutos se suceden pequeñas grabaciones caseras de personas bailando, jugando con sus hijxs, riendo, celebrando pequeños y grandes acontecimientos de una vida. Podrían ser -aunque la distancia geográfica atempera ese efecto- nuestros amigxs, nuestrxs padres, nuestrxs hijxs, nuestrxs vecinxs o compañerxs de trabajo. Podrían ser publicaciones de personas comunes y corrientes reflejando momentos de goce, de felicidad. Pero cada una de estas grabaciones son fragmentos de los últimos videos que subieron a sus redes sociales diferentes personas que decidieron quitarse la vida.
Más abajo tenemos las fotos. Cincuenta fotos de personas de entre 17 y 67 años. Personas con hijxs en brazos, comiendo con otra gente, presumiendo de la medalla obtenida en un triatlón, corriendo por la playa con sus mascotas, sonriendo ampulosamente a cámara. Como indica el nombre de la campaña, se trata de las últimas fotos que publicaron cincuenta hombres y mujeres que decidieron suicidarse. Cada foto está acompañada por un breve texto que busca recuperar algo, algo mínimo y eterno, de aquellas vidas que resultaron truncas. Textos escritos por madres, padres, hermanxs, amigxs. Resulta prácticamente imposible leerlos uno detrás del otro. El efecto que genera es, francamente, demoledor.
En los breves relatos se reitera, una y otra vez, una misma imagen: la imagen de personas con proyectos, sueños, deseos. Extrovertidos, amables, graciosos, tan amorosos como amados por amigxs, parejas y familias. También estos breves relatos están atravesados por la pregunta sobre el por qué. Martyn, padre de Dale, describe a su hijo como alguien seguro de sí mismo, inteligente, popular, ingenioso. Un joven del que “nadie diría que sufría de depresión”. Trudy, madre de Ben, recuerda que estaban planeando una gran fiesta familiar la última vez que hablaron con su hijo de 25 años. “Parecía feliz y nos enviaba enlaces a canciones; nada parecía fuera de lo común”. Una hija recuerda a su padre como “el alma de la fiesta, pero en su interior libraba batallas que los demás no podían ver”. La familia de Alex, de 20 años, escribe: “llevamos 10 años intentando entender por qué hizo lo que hizo y lo único que hemos concluido es lo que escribió: que no quería estar más con nosotros”.
La mayoría de los relatos no solo hablan de la foto o de sus seres queridos, en general. También intentan transmitir aquellos sentimientos y sensaciones que afloraron en el después, y eso es lo que resulta prácticamente intolerable de leer: el vacío, los recuerdos congelados, la tristeza infinita. “Lo extrañamos cada día”, dice la familia de Joel. “Las palabras no pueden describir lo mucho que extrañamos a Sophie, pero la llevaremos con nosotros por siempre”. “Siempre pensando en ti”, dice Ryan, el hermano de Daniel. El relato sobre la vida de Keith termina así: “Te amaremos siempre, Keith. Mamá, papá, Daniel y Honey-Rose”.
Es posible que el acto de ver cada foto y leer cada historia, genere un efecto tan atemorizador como paralizante. La idea de que cualquiera, literalmente cualquiera, puede estar sufriendo pensamientos suicidas y puede llevar a que ciertas personas adopten una reacción defensiva: la negación, el decir que eso no puede ser así, o “tan así”. Ante algo que nos genera miedo, siempre el camino más simple es minimizar, colocar en un exterior difícil pero seguro a aquello que nos incomoda (“es triste, pero yo me daría cuenta si a mi madre/hijx/nietx/amigx/etc. le pasa algo así”), descargar culpas en un otro lejano.
Y es posible que el proyecto busque, al menos en parte, atemorizar. O conmover, incomodar. Lo que plantea en última instancia -y es algo que, lógicamente, se encuentra abierto a discusión- es que el silencio y el estigma que rodea al suicidio es uno de los factores centrales que permite explicar por qué tantas personas aparentemente felices, que se muestran exteriormente como plenos y llenos de proyectos, terminan suicidándose. Según esta campaña, es ese estigma, es el hecho de que no sepamos y/o queramos hablar sobre el suicidio lo que hace que la enorme mayoría de las personas no pueda hablar con otrxs sobre este tema, que sienta vergüenza, que prefiera dejarlo para otro momento, que esconda su dolor.
La campaña incluye, además de las fotos e historias, pequeños recursos con datos, estadísticas, y también consejos: cómo arrancar una conversación, cuáles son las señales a las que deberíamos prestar atención, qué recursos tenemos a mano. Es precisamente en estos recursos donde quizás se pone de manifiesto el mayor problema de La última foto: su tendencia a poner el énfasis en cierto voluntarismo individual. Los consejos desplegados parecen afirmar de forma implícita que, si cada persona aprende a hablar, si cada uno se anima a preguntar más, si encontramos las palabras y métodos justos, buena parte del problema podría ir encontrando una solución. Sin embargo, todo el conjunto de estigmas, silencios, vergüenzas y estereotipos que existen sobre la problemática del suicidio son construcciones sociales, que merecen, por lo tanto, respuestas también sociales, colectivas, del universo de lo común y no de lo individual. Hasta que el estigma siga existiendo, hasta que el suicidio siga estando ubicado en el terreno de lo tabú, de lo vergonzante, es prácticamente imposible que la palabra aparezca.
En los últimos años, las políticas públicas impulsadas en nuestro país sobre esta problemática fueron prácticamente inexistentes. La principal línea de atención de asistencia al suicida es impulsada por una organización no estatal sin fines de lucro, el Centro de Asistencia al Suicida (135, desde CABA y Provincia de Buenos Aires; 08003451435 desde el resto del país). No hay ninguna señal que tienda a indicar que esta situación vaya a cambiar en el corto o mediano plazo.
Quizás campañas como La última foto nos puedan impulsar a preguntarnos por el rol que pueden desempeñar, ya no los individuos solitarios o las políticas públicas, sino las instancias intermedias, las redes comunitarias que habitamos. Tal vez sea, sin embargo, una forma errónea o injusta de aproximarse a una problemática que, como muestra La última foto, es inmensamente compleja. Posiblemente hasta que en nuestra sociedad -y no solo en la nuestra, claro- el suicidio siga siendo un tema tabú, vergonzante, asociado a la debilidad, mientras el suicidio siga atravesado por estigmas y estereotipos diversos, el silencio siga sobreponiéndose a la palabra en lo que respecta a esta cuestión, sin importar las buenas intenciones de individuos u ONG’s particulares. La pregunta es cómo cambiar esta situación, y si, dentro de sociedades cada vez más injustas, desiguales, excluyentes y violentas, es posible construir al menos “islas”, pequeños espacios en los que, finalmente, el acto de hablar pueda dejar de ser algo tan profunda y terriblemente costoso para las víctimas de un padecimiento que no para de crecer. Y que, como señalan todas las estadísticas, afecta con cada vez mayor intensidad a lxs jóvenes.
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Link para acceder a la campaña: https://www.thecalmzone.net/thelastphoto
Es Profesor y Doctor en Historia (UNLP)
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación | Universidad Nacional de La Plata
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