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HISTORIA/POLÍTICA
JAVIER TRÍMBOLI

En el barro de la historia. Política y temporalidad en el discurso macrista (2021)
de Fabio Wasserman

     Quienes de aquí en más se aboquen a pensar la situación macrista en la que nos vimos envueltos obtendrán un gran provecho de este libro de Fabio Wasserman. Más aún, claro, si ese interés se afinca en la dimensión cultural de esa situación articulada desde el gobierno del Estado nacional entre diciembre de 2015 y de 2019, puesto que el libro pone el ojo en su relación con la historia, con la temporalidad. Ahora bien, se ensancha lo que comprende En el barro de la historia… cuando se percibe que esa coyuntura excede, por un borde y por otro, al momento que califica el apellido de quien fuera presidente de la Argentina, incluso rebasa a una cuestión de gobiernos. No fue un paréntesis el macrismo, tampoco la forma que enarboló de vincularse con el pasado y el futuro. Antes de que fuera reunida por un nombre y por un partido –PRO, Cambiemos, Juntos por el Cambio- se encontraba diseminada y con pólvora fresca en la sociedad, así como ahora también la sigue empapando. Podríamos decir que el asunto con el que se atreve este libro no concluyó ni concluirá por un tiempo largo, ya que el macrismo no ha sido más –tampoco menos- que una inflexión del neoliberalismo. Lamentamos, no obstante, la opacidad que recubre a este término, seguramente por el abuso etiquetador que se ha hecho de él.

     Las palabras y las imágenes con las que trabaja Fabio Wasserman expresan sin dudas una novedad, componen una figura prácticamente flamante para una intervención que, a su vez, y acorde con la obra previa de su autor y su sólida inscripción académica, se hace fuerte en la historiografía. Porque es de las redes sociales de donde En el barro de la historia… recoge casi exclusivamente las posiciones y perspectivas que, como se conoce, allí circulan tan profusa como apretadamente. Las analiza, las cuestiona y a veces también las pliega a su propio argumento. Se trata de un corpus inusual, de piezas que ni siquiera hoy, cuando todo parece tener destino de archivo o museo, hubieran imaginado una sobrevida posterior a su irrupción en pantallas de celulares. Palabras e imágenes con fecha rápida de vencimiento, perdidas a lo sumo en el vacío limpio de la web. Evidentemente Fabio Wasserman las fue recogiendo con pausa, las atesoró y finalmente las volvió otra vez públicas, de otra publicidad, en este libro. Trabaja la espuma con instrumentos teóricos complejos, provenientes fundamentalmente de la historiografía. Así se cruzan Fernando Iglesias y Reinhart Kosselleck, Sebastián Fernández o Ramiro Castiñeira y Harmut Rosa. Alta y bajamente moderno.

     Tres filones se imponen en la lectura de En el barro de la historia…, los tres con tensiones, con indefiniciones que el mismo libro no oculta, lo que le aporta al conjunto mayor riqueza. El primero de ellos es el que más a la vista se encuentra y dialoga francamente con su subtítulo. El macrismo implicó una experiencia con la temporalidad que antepuso el futuro, que lo ensalzó para advertir que los rigores del presente, si son tales en pos de lo que vendrá, bien vale soportarlos. Desde el llano y luego desde el gobierno nacional llamó una y otra vez a reeducar a la sociedad, a una parte de ella, con el objetivo de reencauzarla hacia el futuro y desengancharla de la tóxica historia. Dos temas dan ganas de señalar acá, cortitos y al pie, para próximas conversaciones. El primero es de mi propia cosecha: escribí por fórmula que el macrismo accionó alguna vez “desde el llano” y pongo por lo menos en duda tal cosa, que alguna vez haya estado allí. La otra, la cuestión de qué estuvo primero, si esa experiencia de la temporalidad o el macrismo. O cómo se imbricaron y potenciaron.

     Destaco un movimiento que le otorga mayor densidad a esta veta, movimiento que recorre el libro hasta el final. Invitado a una charla en Rosario, por la JP de la Facultad de Humanidades, en 2017, Fabio Wasserman ensaya la hipótesis que lo venía rondando: el macrismo se desentendió de cultivar una relación con el pasado, todo puesto en el reencantamiento del futuro, su “futurismo”. Interesa el planteo, se escucha con atención, pero también trae discusiones. La reelaboración suscitada, no sólo por esa conversación sino por el andar de esos días, pasa a afirmar que ese deslinde que quiso ser quirúrgico para dar lugar a una nueva y moderna derecha, se vio imposibilitado por la dinámica política misma de la Argentina, por la obligación de las efemérides y también estatal de expedirse ante determinados temas del pasado. En el barro de la política, agarró el macrismo lo que tenía a mano, o sea, la visión tradicional de la derecha o del liberalismo respecto de nuestra historia, y se embarró también en ella. Clama Esteban Bullrich por una nueva campaña del desierto y tiemblan los billetes con animales. Y, agreguemos, también los animales de los billetes.

     Es valiosa esta oscilación sostenida entre la supuesta página en blanco del futuro y el renacer en el siglo XXI de la lucha sempiterna de la civilización contra la barbarie, porque elude la simplificación, porque dificulta la catalogación fácil. Pero también por la explicitación, por la puesta en escena de una trastienda del pensamiento que no tendría por qué ser revelada, que por caso la escritura de la historia en su versión académica y dominante no permite adivinar. Alguna vez se dijo que “la vacilación afortunada” es uno de los rasgos más propios del ensayo, aquí se evidencia. No nos ahorra la perplejidad que le suscita el “objeto de estudio”, la expone y esto hace que el libro se mueva, cosa que en los tiempos que corren, adormilados y cachacientos, no ocurre con frecuencia. Mientras, digamos, el capital se reformula, se regenera y vuela.

     La segunda veta. Más que al sesgo diría que en contraste, este libro sobre el macrismo y su discurso sobre la temporalidad pone de relieve nuestra situación. ¿Nuestra? ¿Del campo popular, nacional-popular? ¿Del peronismo? ¿De la franja angosta de los millones y millones de sobrevivientes que no están del todo cómodos con lo que les toca? No. Porque Fabio Wasserman más clásicamente, o de acuerdo con lo principal del siglo XX, aunque algo menos de la Argentina –y no así de América Latina-, dice izquierda y derecha. Y la impresión es que hay una frontera quizás hasta con tramos de muro y otros de empalizada. Y recuerda que el futuro fue durante largo rato una bandera de la izquierda, una pulsión de esa tradición política y cultural. Ante ella la derecha se ponía en guardia. Aquí se habría producido un fenomenal y dramático, no puedo sino percibirlo así, trasvasamiento, que es señal de una crisis más general. Porque la derecha de hoy día –vieja y nueva, pero que se atreve a bostezar, a través de Macri, en el Tedeum por el Bicentenario- no está en falta. Más allá de la derrota electoral de 2019, que en ningún sentido fue paliza, es ella la gran constructora de esta hora del mundo. ¿O me equivoco? Los que estamos en falta somos nosotrxs. Quiero decir: fundamentalmente alrededor del futuro, abandonado por la izquierda, apropiado por la derecha, es que se puede empezar a tirar del hilo del diagnóstico que este libro propone de nuestra situación. ¿En falta?

     Mucho para discutir a propósito de todo esto, cosa que se agradece nuevamente a Fabio Wasserman y a En el barro de la historia… Por empezar, volver a esas dos palabras, izquierda y derecha. Aunque se ha vuelto cuesta arriba –y si se llega arriba no se ve nada- entender qué es una cosa y qué la otra. ¿Es el abandono del futuro, es este entrecruzamiento impensable de posiciones lo que produce la confusión, la bruma? No creo que principalmente sea así. En este libro se propone que es la búsqueda de la igualdad lo que diferencia a una posición de otra. Si estuviera en lo cierto –y a todas luces es una clave de las más verosímiles-, el problema sería aún más hondo, ya que, por ejemplo, vivimos uno de los momentos económicamente más desiguales de la historia; momento en el que además llegaron y siguen llegando al gobierno, o a los ejecutivos latinoamericanos, fórmulas políticas que votamos o nos resultan simpáticas, y nadie salta de la silla para componer el desarreglo mayúsculo. El malestar que esto acarrea, si lo medimos en acciones que estén a la altura, incluso del pensamiento, es apenas epidérmico. Entrevemos una perspectiva terrible pero mantenemos las formas y las posiciones. Sin vender humo lo planteaba Jorge Alemán en declaración, ¿a ver si adivinan?, a Página 12: “Serán (éstos, los actuales, el de Alberto digamos) procesos decepcionantes si nos retrotraemos históricamente a los procesos revolucionarios, pero no estamos en el tiempo de los procesos revolucionarios. Ni siquiera estamos en el tiempo del kirchnerismo. Estamos en el siglo XXI conociendo por primera vez un fin de época.” Un llamado al realismo que escuchamos con orejas limpias.

     El tercer filón queda tan prolijamente afuera de lo que el libro trata y pone en cuestión que se transforma en una presencia casi nítida. Afuera incluido o adentro excluido, se liga directamente con la enunciación. O con los dispositivos, otra palabra demasiado manoseada, que friccionan con Fabio Wasserman, con los que él trabaja y viceversa. En primer lugar, la historiografía académica. ¿Cuánto de la visión del pasado del macrismo –cuando manifestó una-, no dialoga incluso de mil maravillas con algunas de las piezas fundamentales de la historiografía argentina refundada en los primeros ‘80? El desinterés, que llegó a ser cerrazón, para investigar y reconsiderar qué fue la “campaña del desierto”, que sólo desde comienzos de este siglo dio un giro gracias a la intervención de una nueva camada de historiadores, dejó a disposición esa misma denominación intacta con el sentido contundente y preciso que la atraviesa. Ninguna historiadora, ningún historiador tuitearía que el del ’55 es su golpe favorito, pero en el tomo de 2002 de la Nueva Historia Argentina que compila Juan Carlos Torre los bombardeos de junio de 1955 están colocados en un pie de igualdad, como signos de la violencia desatada, con los saqueos y destrozos de las Iglesias. La Sociedad Rural tuvo su lavado de cara y se erigió como progresista en el libro que Roy Hora le dedica. El elogio poco disimulado de la Argentina liberal conservadora, con su pico en el Centenario, pero que cada tanto se extiende hasta los años treinta, o sea, muy cerca de la “caída” que provocaría el peronismo, constituye uno de los posicionamientos más seguros que reúne a las principales intervenciones que lanzan una visión más abarcadora, por fuera de la cuadrícula académica. En cuanto a ésta, digamos que hay una retroalimentación eficaz entre el “enfriamiento” de la historia, parafraseando a Furet, y la “profesionalización del campo”, que acuerda que, para abordarla, hace falta la neutralidad, la inmunización política, la desdramatización. Con una escritura que se adapte plenamente a esos requerimientos, cosa que suele lograrse con suceso. No parece exagerado decir que la historiografía académica es resultado de ese “enfriamiento” de la historia, señal de que en relación con las vidas presentes se la puede dejar de lado.

     Muy breve en cuanto a las redes sociales: enormemente presentes, enormemente desasidas de todo barro de la historia, ¿no son acaso, más que el “accidente” macrista, la fuerza que inexorablemente desgaja del pasado, descontextualiza, pretende resolver todo en una inminencia de la comunicación? ¿Varía si se celebra al Chacho Peñaloza, se lo insulta o si sencillamente se lo olvida? Ironía va, ironía viene. En el prólogo, además, se les pone nombre, son Facebook y Twitter, empresas que tienen alma -“la noticia más terrorífica del mundo” vaticinaba Deleuze-, y que a esta altura nos recuerdan que los “fierros” que hacen posible esa comunicación los maneja el neoliberalismo. O la derecha. Macri es un poroto y éste es nuestro suelo.

     Por último, más que a una defección de la izquierda o, prosaicamente, del kirchnerismo, la dificultad para conjugar el futuro es parte central de la encrucijada o, mejor, de la encerrona, en que nos encontramos desde hace mucho, aunque en el último tiempo imanta los ojos. Tan atrás como en 1874 Nietzsche planteaba que “la palabra del pasado es siempre palabra de oráculo. No podréis entenderla si no sois los constructores del porvenir y los intérpretes del presente.” Lo afirma porque le sobra conciencia de que eso ya no es así, ya se agotó. Es lo que está desarticulado y si cada tanto se interrumpe, si el horizonte se abre, aunque más no sea por un rato, es por la lucha de masas que desborda lo previsible y sacude hasta conmocionar a la sociedad.

JAVIER TRÍMBOLI

Es profesor en la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UNLP). Su último libro es Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución (2017).