GUAY | Revista de lecturas | Hecha en Humanidades | UNLP

NOVELA

LEANDRO STAGNO


Desierto Sonoro (2019)
de Valeria Luiselli

valeria-luiselli-desierto-sonoro-sigilo-novela-D_Q_NP_772454-MLA42582182087_072020-F

Oye, hijo mío, el silencio.

Es un silencio ondulado,

un silencio,

donde resbalan valles y ecos

y que inclina las frentes

hacia el suelo.


Federico García Lorca, “El silencio” (Poema del cante jondo, 1931)

     Lo sabemos a poco de comenzar la lectura. Viajan hacia la frontera entre Estados Unidos y México. Procuran llegar a Arizona partiendo desde Nueva York para desplegar proyectos afines aunque no por eso compatibles. La narradora nos dice que su marido propuso el viaje, él planea quedarse varios meses en el suroeste del país para documentar los despojos y el desplazamiento de los apaches chiricahuas y, en particular, grabar los sonidos que permitan hacer audibles sus presencias pasadas, en tanto “paisaje sonoro” de la resistencia liderada por Gerónimo en las últimas décadas del siglo XIX. En busca de un punto de encuentro, ella continuará sus indagaciones sobre los niños y las niñas que enfrentan juicios migratorios en las cortes estadounidenses. Como un imperativo categórico, reconoce que tiene que conformar un archivo sobre las migraciones infantiles en el lugar mismo donde comienzan una diáspora teñida de violencias y muerte. 

     El archivo sostiene la apuesta de la pareja. El vacilar de sus búsquedas está orientado por una particular forma de pensar las prácticas archivísticas y de poner en cuestión la mano que colecciona y clasifica. Coleccionar sonidos presentes para evocar los sonidos del pasado como un norte. Definir al archivo como un valle donde resuenan ideas y se producen ecos, lugar de reverberaciones y silencios que esperan ser escuchados. Sabremos luego que el archivo sostuvo a Valeria Luiselli en la escritura de esta novela y que ella ha sido hablada por la narradora. Ambas mujeres comparten la experiencia de los traslados y las migraciones, ambas nacieron en la Ciudad de México y llegaron a Nueva York para estudiar y allí se instalaron junto a sus familias. 

     Los primeros tramos de la novela nos informan que viajarán en auto y que serán de la partida “el niño” y “la niña”, tal la forma de enunciar a sus hijos. Parten el día posterior al décimo cumpleaños del niño, cuando la niña tiene cinco años. Discos, libros y mapas impresos –forma tozuda de apoyar las editoriales que los comercializan frente a la valorada tecnología del GPS-, equipos de grabación, algunas valijas y siete cajas para archivar los hallazgos y portar los documentos que ofician de punto de partida. Deberán convivir largas horas en el mínimo espacio del auto y otras tantas en hoteles de ruta. 

     Pronto lo comprueban: los niños se vuelven difíciles cuando cae el sol, son quienes marcan el rumbo desde la incomodidad que generan. Hacen berrinches en un viaje extenso asociado a un sin fin de mudanzas. Vociferan su deseo de pertenecer a otra familia. Estar juntos no es materia de discusión, aunque de a ratos no lo estuviesen. 

     La forja de un léxico familiar da sentido a la travesía, cincela identidades y define tareas asociadas a los cuidados y la supervivencia diaria. Suma risas profundas, desatadas, descaradas, aglutinantes de la argamasa. Dice Valeria Luiselli –que es hablada por la narradora-: “el lenguaje de los niños, de alguna manera, funciona como una vía de escape de los dramas familiares; nos guía hasta un inframundo extrañamente luminoso, a salvo de nuestras catástrofes clasemedieras”. Son escenas cándidas que, resguardadas en grabaciones sonoras, se transforman en materia de archivo. Monólogo interior de la narradora: ¿cómo serán escuchadas esas conversaciones familiares?, ¿acaso alcanzarán el estatus de paisaje sonoro o tan solo serán cascajos y ruinas de aquella comunidad? 

     Aunque señala nuevas limitaciones en materia de entendimiento, una comprobación le ofrece un punto de apoyo para avanzar sobre estas incertidumbres: “es imposible entender la forma en que algunos objetos triviales llegan a revelar aspectos tan importantes de una persona y es difícil comprender la súbita melancolía que generan cuando esa persona está ausente; tal vez lo que pasa, nada más, es que las pertenencias sobreviven a menudo a sus dueños y por eso podemos imaginar con facilidad un futuro en el que existan las pertenencias, pero no sus dueños”. Movida por estas convicciones, las cajas de archivo que trasladan en el baúl del auto pronto se llenan de fotos sacadas por el niño con su Polaroid, suman los mapas que él dibuja y un poema de Anne Carson sobre el viejo suéter azul y el asociado recuerdo del padre. El archivo enlaza estos objetos a los reportes de mortalidad de niños y niñas migrantes, lacónicas descripciones que procuran documentar, explicar -¿justificar?- estas muertes que hablan de vidas cortas, frágiles, rotas, devastadas.  

     La pareja duda sobre la conveniencia de exponer a sus hijos desde temprana edad a “demasiado mundo”, pero las condiciones materiales del viaje y las decisiones de crianza determinan que formen parte de sus conversaciones adultas sin mayores tamices. Los tratan como iguales desde el punto de vista intelectual, se niegan a interpelarlos como destinatarios imperfectos de un saber elevado que, según ciertos cánones, deberían transmitirles en pequeñas dosis. El niño toma la voz del padre para afirmar que Estados Unidos “es un enorme cementerio, pero solo a algunas personas les tocan tumbas como dios manda, porque la mayoría de las vidas no importan”. Lee con su madre y su hermana las Elegías para los niños perdidos, crónicas de niños y niñas que viajan en los techos de los trenes y atraviesan pardos desiertos, allí forman sonidos y se vuelven silencios. 

     ¿Presentarles esos mundos los salvaría si llegaran a perderse?, ¿sería acaso una forma de enseñarles a escuchar el silencio ondulado y a buscar los ecos que les ayudarían a cruzar el desierto a pie? A la narradora le pesa la posibilidad de que sus cachorros pasen a formar parte de las filas de refugiados, de los que mueren sedientos o son objeto de trata. Busca y calcula y ensaya un rescate, otras veces, se aleja de la escena familiar tanto como puede. Comprueba que el niño y la niña han integrado a su cotidiano los avatares de la infancia migrante, al punto tal de representar su propia pérdida en juegos escenificados en el asiento trasero del auto o en el porche de un derruido motel donde recrean un hogar. 

     Su pesquisa anterior le permite identificar la distancia que separa a sus hijos de los que el léxico familiar nomina como niños perdidos. Esa infancia otra es la de niños y niñas que se desplazan en tren o a pie, sin pasaporte ni equipaje, portadores de la ausencia de cuidados adultos y la solidaridad mercenaria del coyote. Buscan filtrarse en la porosa frontera e integrar el limbo de las burocracias migratorias para acceder a la identidad de refugiados, buscan ganarse un lugar en un país que se los niega. Y si no se pierden allí, son niños perdidos a su suerte en las amplitudes térmicas de un desierto sonoro que los ve morir. 

 

LEANDRO STAGNO

Profesor en Ciencias de la Educación y Magíster en Ciencias Sociales. Es profesor en la cátedra Historia de la Educación General en la FaHCE. Participa de diversos proyectos de investigación en la Universidad Nacional de La Plata y en la UBA.