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Sacate la Venda, Acomodá tus Ojos, Mirá el Espejo, Observa el Rostro de tu Madre (2025), Jonni Peppers

ANIMACIÓN

INÉS YASUDA


Sacate la Venda, Acomodá tus Ojos, Mirá el Espejo, Observa el Rostro de tu Madre (2025),

 

     Sacate la Venda, Ajustá tus Ojos, Mirá el Espejo, Observá el Rostro de tu Madre [Take Off the Blindfold, Adjust Your Eyes, Look in the Mirror, See the Face of Your Mother] es la cuarta parte dentro de una serie de obras que la animadora experimental Jonni Peppers ha llamado La Venda [The Blindfold]. Esta consiste de cinco producciones animadas interconectadas en una historia que la directora ha desarrollado desde hace más de diez años: su primer largometraje, Wasteland (2016-2019); su miniserie Secretos y Mentiras en un Pueblo de Pecadores [Secrets and Lies in a Town of Sinners, o SALIATOS] (2020); su segundo largometraje, centrado en uno de los personajes de la serie, Barber Westchester (2022); su actual largometraje, Sacate la Venda (2025) –previamente pensada como una segunda temporada de SALIATOS–; y un largometraje final llamado El Estrato de los Conos [The Cone Layer], cuyo estreno –la artista prevé– será entre 2026 y 2027. 

     Con el pre-estreno de Sacate la Venda, se explicita la conexión entre las obras anteriores como parte de un mismo universo, la conformación de una serie de momentos puestos en montaje y la articulación de un conflicto narrativo y emocional que introduce La Venda, al mismo tiempo que invita a “sacarla”. Hablar de Sacate la Venda, es, en realidad, una excusa para hablar del universo que Jonni ha elaborado a lo largo de una década.

 

Acomodá tus ojos

 

     Jonni Peppers es una animadora independiente y experimental que desde hace más de una década se ha dedicado a elaborar todo tipo de producciones animadas que se caracterizan por tener un estilo altamente caricaturesco, que roza entre lo “simple” y –entre muchas comillas– “mal dibujado”, que no es sino un juicio de lo que es considerado “alta cultura” y contra lo cual Peppers se ha rebelado. Meticulosa, creativa, autoexigente y genuina, sus obras se centran en exaltar narrativas, subjetividades y cosmovisiones emocionales en contraposición a una racionalización cohesiva y coherente. Con un estilo y movimientos que transparentan que el espectador está frente a “un dibujito” y contra toda regla que piensa a la animación como la creación de imágenes sucesivas que deben generar una ilusión realista de la vida, Jonni contrapone un universo afectivo que aborda temáticas sobre salud mental, la realidad, la conexión humana y la verdad. El humor, la belleza y la simpleza a la que alude la animación y de la cual la artista nunca se desentiende, sino que reivindica como medio necesario para construir personajes y universos confusos, complejos y aterradores. 

     Las historias de Jonni contienen una estructura antológica, con múltiples personajes, espacios y estilos. Pero hay un tono que persiste en este mundo de caricatura: todxs viven sus vidas sintiéndose, de una u otra manera, extrañxs. La alienación es una constante en La Venda; este habitar un mundo extraño y como unx extrañx se inserta en la propia materialidad del mundo que Jonni Peppers exalta a través de su técnica animada. A cada personaje protagónico le corresponde un estilo de animación diferente, desde donde se refleja su mundo emocional y psicológico. A esta experimentación técnico-artística se suma la inclusión de animadorxs invitadxs, que refuerzan un ethos cooperativo, colaborativo y plural del proceso creativo de la obra. Estas posibilidades brindadas por el medio animado son algo de lo cual Jonni siempre estuvo muy consciente.

     Un ejemplo claro sobre esta interacción entre la materialidad del mundo de La Venda y su dimensión psicológica y emocional está en su representación de la enfermedad mental, específicamente en síntomas esquizofrénicos. Encontramos personajes que tienen objetos dentro de su cuerpo que no deberían estar ahí –la salchicha en el ojo de Celisse, narrado en Wasteland desde la perspectiva de la doctora Sam Mulaney y revisitado desde la perspectiva de Celisse en Sacate la Venda–, personas siendo reemplazadas por copias hechas de arcilla, la pérdida del brazo de Barber Westchester en su largometraje homónimo, la reiterada salida de Barber de su propio cuerpo a través de su retina, para contemplar el cadáver que resulta como piel mutada, al igual que la constante pérdida y adquisición de dedos que crecen y desaparecen en todos los personajes. En Sacate la Venda, los objetos del mundo literalmente comienzan a experimentar glitches, errores en la materia. Los personajes empiezan a hablar de maneras distorsionadas e inentendibles. Todos estos sucesos corpóreos habilitados por el medio animado son, en contraposición a la neurosis, ciertos, al mismo tiempo que invitan a desconfiar de lo percibido. Dentro de su propia lógica estos fenómenos son posibles y reales, y es gracias a esa potencialidad del medio que las experiencias de otredad y alienación son contextualizadas en la historia. El efecto de esta materialidad cartoon en el mundo de La Venda genera una distorsión hacia lxs espectadorxs entre los principios de realidad –asociada como lo evidente, lo nítido o lo verdadero– y lo imaginario –asociado con lo afectivo, lo falso o lo irracional–. 

     Por un lado, todo lo que podríamos pensar como irracional, conspiranoico o falso tiene un nivel de verdad. El mundo es realmente plano para algunxs mientras que aparece efectivamente redondo para otrxs. El culto de Ascensia remite a criaturas reales, pero en realidad no son deidades sino una cadena de falsos dioses –primero alienígenas, después personas lagartijas fingiendo ser alienígenas–. La temible diosa Dacia que atormenta a los Westchester es real, pero solo como semidiosa estafadora. La alcaldesa realmente está reemplazando a las personas con copias de arcilla con intenciones conspiranoicas y los conos realmente tienen el poder de destruir al gobierno estadounidense. El espacio efectivamente no es real sino un invento porque, más allá, hay una estructura jerárquica de múltiples niveles de engaño y confusión.

     Por otro lado, Sacate la Venda nos plantea que el mundo es falso. Aquello que concebimos como realidad es falso. Nada en el mundo es autoevidente por sí mismo. Los personajes, abrumados por su incomprensión del mundo se aíslan al mismo tiempo que buscan conexiones, deambulan sin rumbo en busca de sentidos que nunca terminan de saciar su incomprensión hacia aquellas circunstancias que los rodean, a los pesares que reprimen, siguiendo adelante en sus vidas con lo único que creen conocer, aunque no comprenden. Incluso aquellos personajes que aparecen como los arquitectos de estructuras conspiranoicas se encuentran, constantemente, atrapados dentro de la misma lógica desconcertante e incomprensible.

 

Mirá el espejo

 

     Toda buena conspiración debe saber cómo atar sus hilos, trazar sus conexiones. Sacate la venda actúa como punto de intersección a partir de un montaje de diversas microhistorias y momentos en el cual los personajes de Wasteland, SALIATOS y Barber Westchester se conectan. Es difícil simplemente decir “qué pasa”, porque la narración no es lineal. La película se compone de diversos momentos que siguen las vidas de los personajes de obras anteriores. De cierta manera, uno podría decir que “no pasa nada”, solo son dibujitos animados que cuentan historias en ocasiones graciosas y ridículas, aunque en su gran mayoría cargadas por una profunda angustia existencial. La historia va continuamente moviéndose de personaje a personaje, de momento a momento, lentamente conectando pequeñas microhistorias que unen las narrativas personales de cada personaje entre sí. El humor y la ridiculez se entrelazan con expresiones de angustia existencial, pérdida y soledad.

     Sin embargo, es posible trazar algunos puntos argumentativos más amplios en los cuales se construye un momento climático final que anticipa, a su vez, la culminación del próximo y último largometraje de la serie, El Estrato de los Conos. En el estrato de La Venda, parece estar orquestándose una conspiración por parte de un círculo de poderes políticos, científicos, sobrenaturales y espías internos para mantener a lxs habitantes atomizados, desorientados e ignorantes de las fuerzas superiores que los gobiernan y los oprimen. Roy Icebreaker, un hombre que en SALIATOS fue encerrado por haber “hackeado” la cadena ESPN para hacer un reality show con gusanos ha adquirido poderes sobrenaturales y un ejército de gusanos lo libera. La temática del engaño utiliza el humor para generar un efecto de tira y afloje entre qué puede tomarse en serio o no. El argumento en sí, el relato desde el cual avanza como historia, es donde encontramos el elemento de ridiculez y entretenimiento –un lenguaje cómico que Peppers maneja de manera hilarante–.

     Es en esos momentos por fuera del argumento, aquellos que siguen pequeñas historias, que cumplen una función que hace a la narrativa emocional que le interesa trabajar a Peppers. La continuidad de la historia de Lilith después de Goodbye Forever Party en Wasteland como introspección de Peppers sobre su proceso de animación como forma de relatar su universo emocional. La escena en la que el profesor Lemmings ve una y otra vez el testimonio de Delilah en El escape final de las Discípulas de Ascensia, revelando un cruel recuerdo de trauma familiar, en el cual descubrimos que son hermanxs adoptadxs por una tétrica pareja blanca, rubia y de ojos celestes que la acusaba de manipuladora, demoníaca y delirante –nuevamente, el engaño como estructura–. Una escena cargada de culpa que conecta personajes y relatos emocionales desarrollados en obras previas y, en su silencio, magnifica su pesar. Peppers nos presenta una trasposición meta-narrativa que busca enfocarse en la empatía con la psicología de los personajes, simultáneamente Otros y propios.

 

Observá el rostro de tu madre

 

     Tras haber descubierto que el espacio es falso y renunciado a la NASA, Barber se dedica a observar fuegos en el bosque y a meditar, visitando diferentes puertas en su mente. Estas introspecciones generan constantes salidas de su propio cuerpo en el plano terrenal, y en la última termina accediendo a aquel estrato superior en donde se encuentra con una deidad a la que le pregunta si puede “contarle más sobre todo”. La entidad con forma de rueda compuesta de ojos gigantes rotatorios le pide permiso de usar sus propias memorias para contarle una “historia difícil de explicar, que no tiene sentido”.

     Es en Sacate la Venda que accedemos al mito de creación del universo, un cono de múltiples estratos donde criaturas de niveles superiores oprimen, confunden y explotan a aquellas de estratos inferiores. Arriba de todo, la Verdadera Madre creadora del universo, se encuentra encerrada en un espacio donde dos deidades menores la observan. La historia expresa una clásica cosmovisión gnóstica, que la directora ha expresado como la fricción entre dos fuerzas que no pueden ganar nunca, que precisan una de la otra. Por un lado, la imaginación –que busca liberar a la esencia de la vida– y, por otro, la representación [«depiction»] –que busca contenerla–. 

     Me llama la atención particularmente el uso de la palabra «depiction», sobre todo por lo insatisfactoria que puede ser su traducción al castellano. La traducción asociada es la de “representación”, pero la palabra que refiere a esta última es representation, no «depiction». «Depiction» alude, específicamente, a una representación dada a partir de la generación de imágenes –pictures–, que permitan seleccionar, recortar y contener visualmente aquella imaginación aforme y mutante. El problema de la representación y la elección de la palabra «depiction» es fascinante, ya que la carga opresiva de la misma tampoco es, a primera vista, evidente. Por el contrario, la representación a través de la elaboración de imágenes puede resultar no solo neutra sino incluso necesaria. Refleja un dilema dentro del proceso creativo de Jonni Peppers: sin imaginación no puede crear historias, pero si no genera una cierta limitación que le permita proyectar esas imágenes –esa capacidad de representación/«depiction»– tampoco podría crear nada. Peppers expresa las múltiples dimensiones artísticas, psicológicas, espirituales y emocionales que derivan de la tensión entre la capacidad de poder proyectar imágenes y en ese proceso contenerlas, delimitarlas. Pero como la imaginación no puede ser enteramente contenida, nunca llegan a ser su totalidad, sino un momento que está constantemente en transformación. En el rechazo a la representación –a la contención en la imagen– Jonni encuentra un gesto de rebeldía. 



Sacarse la venda

 

     Al comienzo de su carrera –y sobre todo durante la elaboración de Wasteland– Jonni desarrolló sobre cómo el uso de los “ojos de Garfield” –aquellos ojos gigantes y ovalados característicos del estilo de Jim Davis– en sus obras eran no solo un homenaje a la misma tira y caricatura, sino que formaba parte de su intención de reivindicar lo que visualmente se asocia como “baja cultura” –la caricatura–, resituado en un contexto emocionalmente climático. A lo largo de Wasteland, SALIATOS y Barber Westchester, los ojos gigantes que caracterizaban a gran parte de los personajes cumplían una elección artística específica de expresar una disonancia entre lo que se ve y lo que se siente, un proceso de extrañamiento brechtiano que roza lo cómico, que genera una conciencia del espectador a partir de un montaje de elementos visuales y animados que se exhiben extraños, que apelan a lo inconsciente. Un acceso al inconsciente a partir de la conciencia del afecto.

     A lo largo de la historia comenzamos a ver que detrás de aquellos grandes ojos de Garfield varios personajes tienen detrás otros ojos más chicos, de los cuales no parecen percatarse. Al final del largometraje, Barber y Celisse se arrancan la venda: sus ojos. Para romper con la alienación del mundo que les rodea –un mundo del cual se sienten extrañxs, un mundo que es, además, engañoso–, de la individuación que impide su capacidad de conectar, deben cambiar su manera de mirar. Cuando se percatan de que la realidad no es autoevidente, sino una construcción, se da la liberación de la venda como el primer momento de emancipación. A partir de esta última escena, vemos cómo los personajes finalmente se rebelan de diversas maneras. Celisse, quien en El último escape de las Discípulas de Ascensia había sido encerrada y esclavizada junto a Mira por los “alienígenas” a los que inicialmente les rendían culto, se libera de la celda y comienza a atacar a sus captores, develando que eran hombres lagartijas controlándolos. Roy Icebreaker, con sus nuevos poderes sobrenaturales, la lealtad de las lombrices y el poder de los conos, destruye al ejército y gobierno estadounidense. Finalmente, Barber, la primera persona en quitarse la venda, realiza este doble acto de rebelarse y revelarse, en tanto que el resultado de quitarse sus ojos muestra a la misma Jonni Peppers en el lugar de Barber: quitarse la venda implica, también, nuevas formas de autorepresentarse.

     La obra de Jonni es, desde todos sus ángulos, inconformista, como solamente una desesperada búsqueda de conexión –con unx, con otrxs, con el mundo– puede darse en el arte. La experimentación es la base de una potencia creativa que se rehúsa a aceptar su aislamiento, su contención y nunca deja de dar por sentado la naturalidad de su propia otredad. Dentro del universo de La Venda, donde la tensión entre la liberación y la contención de la esencia deriva en estructuras opresivas que afectan nuestra manera de ver y concebir el mundo y la realidad, solo es posible emanciparnos, primero, sacándonos la venda. 

 


D. INÉS YASUDA

Es Profesora de Historia y estudiante de Bibliotecología y Ciencia de la Información por la UBA. Docente de la materia Historia Social General y adscripta de Historia Contemporánea en la UBA. Se dedica al estudio de los vínculos entre las imágenes y los significados históricos en la subjetivación política.

RAN (1985), Akira Kurosawa

CINE

MATÍAS BISSO


RAN (1985)

     Volví a Ran como se vuelve ahora a las cosas, topándome con la película en una plataforma. Gracias a esa casualidad tomé conciencia de dos cosas: en primer lugar, que la película cumple 40 años de estrenada y, en segundo lugar, que el altisonante título con el cual el resumen se refería a Kurosawa, “tal vez el más importante director del siglo XX” podría perfectamente ser cierto.

     Cómo nos habían tratado estos 40 años a la película y a mí, era una de las preguntas a resolver en este nuevo visionado. La vi originalmente en el cine Cervantes, una pequeña sala ubicada en frente al Palacio Municipal de La Plata en la etapa en que fue reservada al cine arte. Lo primero que hay que decir es que la película envejeció espectacularmente bien. Las más de dos horas y media de duración, pensadas para otro mundo y otros ritmos, se revelan más que llevaderas. Ran combina una trama épica y profunda, con una estética a la vez realista y fantástica. Lo verosímil y la leyenda se entrecruzan sin desentonar nunca.

     La trama es doblemente conocida: por la difusión que tuvo la película en su momento y porque está inspirada en Rey Lear de Shakespeare. Un viejo señor feudal del Japón del siglo XVI decide retirarse y dividir su reino entre sus hijos, luego de una larga carrera de conquista sangrienta cimentada sobre la masacre de las nobles dinastías cuyas tierras lindaban con la suya, incluyendo a familiares de quienes después se convirtieron en parte de su propia familia política. Hidetora, el padre en retirada, decide privilegiar a su primogénito en el reparto para entender, cuando ya es tarde, que solamente contaba con la lealtad y el respeto del único hijo que se opuso a la división.

     El guion mantiene su vigencia, sigue cumpliendo con aquel objetivo de Kurosawa de transmitir las clásicas tensiones del poder, la familia y la condición humana. La versión de Lear, sobre la que se escribió tanto, sigue siendo genial y no es excesivo considerarla la mejor adaptación de Shakespeare a la pantalla grande, a pesar de (o debido a) la inmensa cantidad de licencias que se toma el director.

     Lo que golpea de manera inédita en este nuevo visionado es ese tipo de realismo épico que ya no se encuentra en los filmes. Ran nos permite volver a ver colas de caballos que se mueven por el viento sin ningún tipo de coreografía ni retoque posterior, incluso a riesgo de dejar al descubierto la anatomía menos pública de los animales. Ese mismo viento mueve a su antojo las nubes que entran y salen de cuadro mientras el sol ilumina caprichosamente las escenas al ritmo de la interposición o no de esas mismas nubes. Y Kurosawa elige mantener ese azar en las tomas. Centenares de extras corriendo en batallas en las que se huele la sangre, el miedo, el valor y las humaredas. Extras que en el calor de la batalla caen de manera natural, en algunos casos porque realmente tropezaron mientras se rodaba. Otra nota nostálgica: una parte no menor del mérito es de la filmación en Eastman de 35 mm y sus vibrantes colores, muy lejos del tono pastel y sombrío que tiene todo hoy para facilitar las intervenciones digitales.

     La contracara de esa deliciosa participación del azar es la puntillosa planificación de la filmación de cada escena. Eran tiempos de “lo que rodaje non da, montaje non presta”, es decir que era casi imposible sumar a la versión definitiva elementos que no hubieran sido filmados originalmente. Kurosawa, que ya había hecho una maestría con Kagemusha, aquí se doctora con honores. Los colores, los movimientos de masas, la selección de los entornos naturales y los artificiales. Todo cumple perfectamente con el plan casi divino de introducirnos en la historia y atraparnos en ella. Es imposible no pensar cómo eso influyó en las actuaciones, que también son supremas. Basta con leer las quejas actuales de actrices y actores que filman sobre pantallas verdes sin saber qué colores los rodearán, sobre qué textura de suelo caminan o incluso si se verán sus rostros o los tapará un casco cibernético, ya que todo eso se define después del rodaje.

     Y como a Ran le sobra realismo, Kurosawa puede colar a su antojo situaciones que tensan la verosimilitud. El rostro del propio Hidetora, que desde un principio llama la atención por su peculiar maquillaje y que va deformándose como una maltratada máscara veneciana, o el sobreactuado bufón que contra cualquier sentido de la supervivencia no duda en ofender sin disimulos a los nobles guerreros que reposan junto a su espada samurai. El excesivo rojo de la sangre, el coreografiado pacto suicida de las amantes del viejo Pater Familia, el guerrero sosteniendo su propio brazo amputado en el rigor de la batalla. La apuesta por el realismo nunca le baja la intensidad a las escenas. A pesar de su detallismo, el director no deja que “la verdad arruine una buena historia”.

     La escena más icónica del film -la batalla que termina en el incendio del castillo- es buena medida de esta combinación de dimensiones. Es realista al punto de que la reproducción de la edificación efectivamente fue prendida fuego, pero a la vez la niebla omnipresente y la música de Takemitsu que suplanta al sonido ambiente la ubican en un lugar de ensueño. En esa escena Hidetora escapa de la muerte varias veces de manera milagrosa. Finalmente sale de escena caminando, ni siquiera huye, como una especie de zombi que se desplaza entre las líneas de soldados agresores que le abren paso para dejarlo continuar su derrotero. Pero no es la escena de Marvel en la que el superhéroe sobrevive a las más inverosímiles situaciones para redimirse, es la sobrevida del personaje trágico que de todas formas va a morir, pero en otras circunstancias.

     Si algo hace ruido mirado desde hoy es la decisión del director de cambiar el género de la descendencia, que en Rey Lear son tres mujeres, y que termina definiendo el carácter casi exclusivamente masculino de la trama del film que, como la inmensa mayoría de las películas de su época, no pasa positivamente el test de Bechdel. El sesgo patriarcal parecería agrandarse en relación a la figura de Kaede, la manipuladora cuñada de Hidetora en la que -en apariencia- se encarna el estereotipo de la esposa escaladora que contamina los pensamientos de su marido. Sin embargo, el desenlace de la historia nos permite ver que esta heredera de una de las dinastías aniquiladas por el conquistador es, a su manera, una heroína. 

     No había vuelto a ver la película completa en estos cuarenta años. La experiencia vuelve a ser maravillosa en el sentido estricto de la palabra. Extraordinaria, fabulosa, admirable. Fascina como nos fascinan las viejas construcciones, en parte porque nos atraen sus estructuras, sus capiteles, sus columnas, sus mayólicas, y en parte porque ya no se construyen más. Kurosawa pudo hacer un clásico a partir de otro clásico y cumple con la premisa fundamental para merecer esa categorización: envejecer muy bien.


MATÍAS BISSO

Es Doctor en Historia (CISH/IdIHCS-FAHCE). Profesor en las facultades de Humanidades, Trabajo Social y Artes de la UNLP. Dedicado a la Historia del Mundo Contemporáneo, América Latina y Argentina. 

¿Acaso puede la historia aportar a la recuperación de la expectativa?

HISTORIA/HISTORIOGRAFÍA

ROBERTO PITTALUGA


¿Acaso puede la historia aportar a la recuperación de la expectativa?

1.

     “Tiempos difíciles” es un nombre literario, el de una novela por entregas debida a la pluma de Charles Dickens a mediados del siglo XIX, esa época de cambios fundamentales que llamamos revolución industrial. Resulta por ello muy apropiado para referirnos a estos tiempos, los que transitamos, dado que los paralelismos entre ambas épocas son innumerables. En estos, nuestros hard times, los regímenes de producción subjetiva tienen una capacidad configurante de profundidad inédita moldeando al sujeto en sus automatismos en los tres planos de su racionalidad, su sensibilidad y su vitalidad. Asimismo, los modos de explotación y dominación del capitalismo del nuevo siglo, plasmados —sobre todo aunque no sólo— en las nuevas tecnologías y diseños algorítmicos, reencauzan por cortes y repetición los flujos colectivos hacia una existencia vivenciada en insularidad, reconvirtiendo la pulsión deseante del colectivo en consumo mercantil del individuo. 

     Destaco dos aspectos, en relación a nuestra conversación. En primer lugar, que no son pocos quienes piensan que asistimos a un cambio en la temporalidad histórica, sostenido en la preeminencia de un régimen presentista que devalúa la relevancia del pasado. Si bien es posible matizar estas aserciones, o incluso dudar de ellas, de todos modos parecen confluir una decadencia extrema de la experiencia con un culto a un tipo de incertidumbre paradójicamente anclada en la novedad de siempre-lo-mismo.

     En segundo lugar, que asistimos a una degradación, también extrema, de la palabra como régimen de subjetivación y de representación, sustituida por operaciones digitales, del dígito, con sus evidentes consecuencias en términos intelectuales y corporales, racionales y sensibles. Y si asistimos a una época en la que urge discutir lo humano mismo y someter a la crítica divisiones clásicas entre humanidad y naturaleza (¿pues, dónde termina un cuerpo, siempre situado?), discusiones en las que las llamadas humanidades deberían tener mucho para aportar (pero empezando por un autoexamen crítico), nuestras habituales formas de intervención por la palabra parecieran ser impotentes ante los modos de ejercicio del poder en la actualidad. 

     Destaco estos dos aspectos epocales porque me parece que ayudan a pensar ese diagnóstico que es casi un programa —para mí ineludible, aunque admito que puede ser mi obsesión— que Fredric Jameson formulara en 1994 en Las semillas del tiempo: “Parece que hoy día nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la tierra y de la naturaleza que el derrumbe del capitalismo; puede que esto se deba a alguna debilidad de nuestra imaginación”.

     Debilidad de la imaginación, incapacidad para proyectarnos más allá del continuum del presente, para pensar(nos) contemporáneamente, es decir —cito a Giorgio Agamben— a la vez adheridos y desfasados de este tiempo, sin concordar plenamente con él. Tal vez recuperar la imaginación, y con ella el futuro (como ruptura del presente, no como su continuidad) requiere ese ser contemporáneo que, en tanto desfasado, puede fijar su mirada en las oscuridades de nuestros tiempos difíciles.

 

2.

     En la Argentina de hoy —pero es extensible al orbe— la lengua política es de baja intensidad. La historiográfica, ¿qué volumen alcanza? 

     En la década de 1990 no pocos intelectuales —historiadores— constataban que, incluso en las formaciones contestatarias al menemismo, ninguna discusión política apelaba a insumos históricos, tenía a la historia como capital simbólico, o creía que la historia aportaba inteligibilidad política. Reflexiones semejantes sobre esta misma incapacidad de la historia para aportar en el debate público encontramos en las disertaciones de Alejandro Cattaruzza y Elías Palti para el panel inaugural del ciclo “¿Historia para qué? Revisitas a una vieja pregunta” que organizan Jorge Cernadas y Daniel Lvovich por 2005 y que se publica un lustro después. Aun en 2007, en un preseminario del programa “A 30 años del golpe”, del Ministerio de Educación de Nación realizado en San Salvador de Jujuy con profesores y estudiantes de Institutos de Formación Docente del Noroeste, la proyección del film Tosco, grito de piedra suscita tanto asombro como protesta por el tardío conocimiento de ese pasado que se le había sustraído a las luchas piqueteras de Tartagal, Mosconi, Libertador Gral. San Martín, entre muchas otras.

     Pero esta última, entiendo, es ya una escena dual: estábamos ahí para discutir a 30 años del golpe el pasado de las luchas obreras; y podríamos intuir que se trata del momento del encuentro entre una experiencia política de lucha popular con su tradición más propia, aunque tiendo a pensar que el film oficia de reconocimiento de una tradición no escrita pero actuante en la misma experiencia piquetera. Por eso, probablemente, y por el “acontecimiento 2001”, Javier Trímboli decía que desde 2003 —y hasta 2015 al menos— los temas de historia no dejan de circular, y no sólo los de “historia reciente” o del siglo XX, también el siglo XIX parece dar sentido a la vida común. Inmensidad de las multitudes del Bicentenario; aunque no estén claros sus significados, parecieran, esas muchedumbres ir al encuentro de su propio film, así como las piqueteras de Tartagal se reconocieron en la vida de Tosco. Y sin embargo, recuerdo el reproche de Beatriz Sarlo en un programa televisivo porque para los relatos del Bicentenario no se había convocado a los historiadores profesionales, académicos. Más allá del equívoco de Sarlo —sí, había historiadores— ¿qué significaba su queja? En el manifiesto-programa del PEHESA de 1982, las raíces de la democracia a la que se pretende fundamentar históricamente en esa hora de expectativas, omiten las experiencias del primer peronismo y la efervescencia política y cultural de los 60 y 70. El campo académico de la historia en Argentina, en esos años de su renovación —las dos décadas que reseña elogiosamente Roy Hora en 2003, en las páginas de Punto de Vista, y unos años antes Luis Alberto Romero en Entrepasados— no se interrogó suficientemente —no desplegó un programa de estudios al respecto— sobre el territorio político en el que tal renovación tenía lugar; es más, en muchos casos, sus principales figuras se opusieron abiertamente a lo que emergía bajo el impreciso pero fructífero nombre de “historia reciente”. Precisamente este surgimiento brinda algunas pistas para pensar el tema de esta presentación, pues la “historia reciente” se produce en un escenario en el que dialoga —no sin conflicto, claro está— con una pluralidad de construcciones de sentido histórico y de la legitimidad de la posición de enunciación historiográfica, en una suerte de hibridación que alcanza tanto a las manifestaciones escriturarias como a la posición del sujeto cognoscente, pues la transdisciplinariedad y la mezcla entre tradición académica y producción testimonial se despliegan en una reformulación de la praxis historiográfica, desplazada del tradicional lugar institucional hacia una ubicación en contigüidad con los movimientos sociales —principalmente el de derechos humanos—, protagonistas indudables de la emergencia de la historiografía sobre lo reciente.

 

3.

     A diferencia de esa experiencia, hoy resulta más improbable, o más difícil (tiempos difíciles) encontrar los espacios para ese diálogo inmersivo entre lo que resta de las expresiones del movimiento popular y la historiografía, cada una con sus dificultades propias. Igualmente, me parece que en ambas gravita la derrota, la específica de la Argentina, la global de las distintas variantes de lo que, genéricamente, podríamos llamar socialismos. Y la derrota tiene alcances epistémicos y sensibles, además de políticos. No concierne sólo a la pérdida, sino también al botín: hoy, lo alternativo, lo independiente, no emerge como real confrontación a lo establecido pues la ecuación entre crítica e integración ha sucumbido a la captura y encauce preventivos del deseo, de las aspiraciones y de las expectativas por parte del capitalismo en su fase neoliberal. 

     Joan Scott leía el texto de Francis Fukuyama, El fin de la historia, así como otras experiencias vinculadas a la memoria y a la historia en Estados Unidos, como síntomas de un pueblo que se ha resignado, que ha dejado de luchar. León Rozitchner insistía en que cuando un pueblo no lucha, la filosofía no piensa. Reflexiones que podríamos reformular: cuando un pueblo lucha, piensa y —hoy especialmente, en estos tiempos difíciles— cuando piensa, lucha. 

     Pero, ¿se puede pensar una historiografía a la altura de estos tiempos difíciles? ¿Una historiografía que acompañe, que colabore, que se hibride, que sea parte de la emergencia de un movimiento popular? ¿Cómo pensar y hacer una historiografía crítica en una época con casi ningún debate de fondo? Y una pregunta probablemente anterior, ¿dónde anidan las políticas de la historia, sino en la historia misma, aunque más no sea en la de las esporádicas sublevaciones —desde el más mínimo gesto de evasión hasta el movimiento de protesta más multitudinario— contra las repeticiones del mandato del orden?

     Tal vez un camino sea el de abandonar temporalmente la Historia, con mayúsculas, dejar a un lado el gran corcel blanco, y pensar desde las historias, a lomo de las mulas de las —lo digo adrede— pequeñas historias. Tal vez se trate de escribir las experiencias históricas en sus singularizaciones y, en todo caso, reconstruir desde ellas una totalización histórica que de ese modo no las asfixiaría en alguna homogeneización universalizante —en “la escala” que fuere.  Lo que implica atender a la variedad de modos escriturarios, no sólo el de la formalización académica. Como se ha dicho, la forma expositiva no es una capa que recubre un contenido que sería lo histórico, sino que las operaciones narrativas forman parte de la producción de saber. ¿Cuál es, entonces, el lugar de  la dimensión literaria, escrituraria de la historia, su tomar figura, si se atiende a las experiencias singulares? Y aun, ¿no deberíamos apostar a reconfigurar la “operación historiográfica” de la que hablaba Michel de Certeau en una fábrica social como entramado entre distintas experiencias, organizaciones, instituciones y no sólo compuesta por las instituciones académicas, lo que exige también un cruce de registros diversos, atendiendo a la proliferación de estilos, de modalizaciones narrativas pensadas en función de las historias que se cuentan?

 

  1.  

     La historia y la memoria importan en tanto modos de encontrar y rescatar en el presente el pasado del cual el orden dominante quiere definitivamente escindirnos. Tarea de rescate de actos y palabras, incluso en las operaciones de su supresión. Actos y palabras necesarios para desbloquear un presente eternizado, en una época de enorme adversidad, tiempo en el que la palabra, como decía, se degrada aceleradamente. La historia, entonces, como actualización, y no como actualidad, que es estar acorde a estos tiempos. Decía Friedrich Nietzsche en las Consideraciones intempestivas: “Esto, mi profesión de filólogo, me da el derecho a decirlo: porque no sé qué sentido podría tener la filología hoy, sino el de ejercer una influencia desactualizada, es decir proceder contra el tiempo, es decir, sobre el tiempo, y esperemos que sea en beneficio del tiempo por venir”.

     Precisamente porque su tarea no es ofrecer algo actual sino actualizar esos pasados elididos, la historiografía puede aportar a la recuperación de la expectativa, colaborar en los trabajos por un futuro, siempre y cuando tome a su servicio a la poesía —que nos reencontraría con la imaginación que nos orientaría en estos oscuros tiempos, pues como decía Charles Baudelaire, la imaginación es la que nos enseña las relaciones secretas entre las cosas. Relaciones entre actos y experiencias de distintas épocas, aplicándoles toda nuestra imaginación para producir fisuras en estos tiempos difíciles.

     En su libro Sublunar, Javier Trímboli se interrogaba por cómo sobrevive un revolucionario sin revolución. Tal vez como decía Alberto Pérez en 2014, en un panel sobre historia reciente en FaHCE-UNLP: “en cada nuevo escenario histórico debemos estar a la espera de desarrollar una historiografía que sostenga el empecinamiento por conservar viva la lucha que otros perdieron para intentarlo nuevamente”. Se trata de un empecinamiento que precisa asentarse en una epistemología de los derrotados, de los vencidos de hoy entendiéndose con los de ayer. 

 

5.

 

     Días atrás, cuando María Silvia nos escribe para intercambiar opiniones sobre este conversatorio, acordamos en presentar, cada uno, algo corto y polémico, con la intención de iniciar un debate. Provocar el debate, es lo primero que se me vino a la cabeza.

     Esta vez me quedé pensando que, en estos tiempos difíciles, la provocación es un recurso de los poderosos, el poder se presenta provocadoramente con la intención de ofender, de causar ira, enojo, daño. Y esa es una de las acepciones de provocar.

     Por eso, de nuestro lado, se trata, contrariamente, de ser fiel a esas otras acepciones que a partir del sentido del vocare, de la vocación, de la llamada, logran aunar el despertar del entusiasmo, de la creación y del deseo. Una llamada, una voz que también derivó históricamente hacia el griego epos, el relato, la narración. La provocación orientada a propiciar la reunión, el encuentro, un entre muchos y muchas, que nos permita relatarnos y debatir sin ofendernos, sin daño, y sin cerrar nuestros oídos a la discusión, a los enfoques contrapuestos, y que por ello sea efectivamente una llamada, una unión de epos y eros. Esa provocación no puede ser asunto de uno solo. Como en la historia que se narra, requiere de una escucha que la reciba. En los tiempos difíciles, provocar es para nosotros generar ese intervalo, ese encuentro, un entusiasmo donde inicialmente no se manifiesta; porque la historia no es sólo lo que escribimos sino cómo eso que escribimos puede instalarse en un movimiento real, y cada cual embeberse del otro. Provocar ese entusiasmo que no apunta a que nos reunamos en una identidad confortante como placebo sino a instalar ese intervalo tenso que exige entonces atención. Espero al menos haber logrado eso, la atención, que al decir de Simone Weil es un estado de apertura y de disposición.

 

 

 

Presentación en el Conversatorio “La Historia en tiempos difíciles”, V Jornadas Nacionales de Historiografía organizadas por Departamento de Humanidades, Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca, 23 de mayo de 2025. Algunas pocas líneas de este texto se publicaron en las actas de las jornadas de historia reciente de 2023.



ROBERTO PITTALUGA

Es profesor en la UNLP, en la UNLPam y en la UBA. Sus temas de investigación cruzan las problemáticas de la memoria de los sectores subalternos con las reflexiones sobre las formas de escritura de la historia. Entre sus libros se encuentra Soviets en Buenos Aires (2015).

Nora Rabotnikof (1950-2025)

SOCIOLOGÍA/FILOSOFÍA/POLÍTICA/ESTADO

ANTONIO CAMOU/ÁNGELA OYHANDY/JERÓNIMO PINEDO/ANIBAL VIGUERA


Nora Rabotnikof (1950-2025)

Desde Guay quisimos recuperar la trayectoria y el impacto intelectual, académico y personal de Nora Rabotnikof, una filósofa argentina que transitó más de siete décadas de la caliente historia de la Guerra Fría de América Latina. Nacida en Buenos Aires en 1950, estudió Filosofía en la UBA, se involucró en la militancia revolucionaria de las décadas de los sesentas y setentas, fue encarcelada y experimentó el exilio en Chile, Perú y México, país en el que finalmente se quedó hasta su muerte el 10 de marzo de 2025.

En Perú hizo una maestría con una tesis sobre Max Weber, que convertida en libro es una referencia insoslayable para la sociología política. En México se doctoró con una tesis sobre el espacio público que también impactó en los análisis del tema.

Tal vez por afinidades electivas, nos gusta recordar su aproximación a Reinhart Koselleck, sin olvidar que fue la traductora de dos libros fundamentales de Susan Buck-Morse: El origen de la dialéctica negativa y Dialéctica de la mirada: Walter Benjamin y la dialéctica de los pasajes.

La Argentina, como frecuentemente hace con sus intelectuales críticos, la trató mal y bien. En la década de los ochentas volvió a su país de origen y gracias a otros argenmex llegó a la FaHCE y devino en profesora, mentora y amiga de varias generaciones de estudiantes.

Cecilia Lesgart, una de sus discípulas, recuerda que en la última conversación que tuvo con Nora coincidieron en una frase de Mafalda: “Paren el mundo que me quiero bajar”. Para seguir transitando este mundo que nos toca convocamos a cuatro de sus discípulxs/amigxs para que nos hablen de ella. Y como impulso de sostener su vida y seguir leyéndola.

Queremos tanto a Nora, por Ángela Oyhandi

El 10 de marzo de 2025 murió en México la filósofa argentina Nora Rabotnikof. En un hermoso obituario publicado en la revista Nexos, una colega escribió que en su biografía caben varias vidas. Escribiré brevemente sobre tres de sus “vidas”.  

Nora fue una pensadora erudita y original. Escribió trabajos fundamentales sobre la política, el estado y la vida en común. Fue autora de libros y artículos que rápidamente se convirtieron en clásicos y que forman parte de los planes de estudio en universidades de distintos países de América Latina. Nora fue una máquina de pensar el presente con un oído en la biblioteca de los clásicos de la filosofía y la gran teoría social (entre otros Weber, Habermas, Arendt, Koselleck, Luhmann) y con el otro en la historia reciente de la región. Sus escritos nos siguen esperando, por suerte, con claves de lectura que señalan lugares incómodos y tensiones, que empujan caminos.  

Nora también fue una profesora inolvidable para varias generaciones de estudiantes de filosofía y ciencias sociales. Su capacidad para sintetizar complejas discusiones teóricas y enlazarlas con debates contemporáneos convertían a sus clases en experiencias excepcionales. Fui su alumna, su tesista y finalmente su amiga:una más entre las legiones de estudiantes a quienes impulsó a mejorar sus trabajos a pulso de conversaciones y agudas devoluciones. Fue una atenta y respetuosa lectora de sus estudiantes: “Conozco el mundo a través de las tesis que dirijo”, me dijo una vez, y creo que en esa capacidad de atender genuinamente al otro, se cifraba parte de la maravilla de conversar con ella.  

No sé cómo llamar a la tercera Nora. Para quienes la conocimos siendo estudiantes extranjeros en México, se convirtió en una referencia amorosa que estaba al pendiente de nuestras necesidades afectivas y materiales y, en caso de ser necesario, salía a nuestro auxilio con discreción. Su sensibilidad hacia la dimensión del cuidado en un contexto de migración fue seguramente un aprendizaje de su propio exilio. Si bien no tengo espacio para hablar de su militancia política en el peronismo, no puedo dejar de contar que en el contexto de la represión estatal debió emigrar con sus dos hijos pequeños a mediados de los 70 y, tras breves estancias en Chile y Perú, se instaló en México, país en el que vivió hasta su muerte. Era deslumbrante escucharla hablar sobre la coyuntura mexicana con la misma precisión con la que seguía la agenda política argentina. Era divertida, filosa e irónica, sobre todo con ella misma. Su ejercicio de la solidaridad fluía naturalmente, como una especie de obligación ética autoimpuesta, al igual que el rechazo del autobombo.

En la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Nora tuvo y tendrá su “barra de platenses”. Un grupo intergeneracional e interdisciplinario unido por la devoción a nuestra maestra y por la felicidad de conversar con ella. La vamos a extrañar muchísimo.

Nora, entre México y La Plata, por Aníbal Viguera

Quiero encuadrar mis palabras sobre Nora Rabotnikof, gran maestra y amiga, en una historia colectiva. En 1986, la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP creó la Licenciatura en Sociología, que en aquella primera versión podía ser cursada por quienes tenían un título previo en alguna carrera humanística. La nueva carrera se asentaba en la tradición de la cátedra de Sociología General, cerrada por la dictadura cívico-militar e integrada por brillantes intelectuales que debieron marchar al exilio. Para muchas personas que hicimos nuestras carreras de grado en la dictadura, la nueva carrera representaba la oportunidad de estudiar enfoques y perspectivas de las que la censura y la mediocridad de aquel contexto nos habían privado. Y esa expectativa fue cubierta con creces, al permitirnos cursar con varios de aquellos docentes que ahora volvían a la Facultad y que se hicieron cargo de las materias principales de la carrera: Alfredo Pucciarelli, José Sazbón, Oscar Colman, Horacio Pereyra. 

En 1988, a invitación de Alfredo, se sumaba al plantel docente de la carrera Nora Rabotnikof, una joven filósofa argentina recién llegada de México, donde ya había desarrollado una importante trayectoria académica a partir de su exilio. Nora dictó durante dos años una de las materias principales y también se hizo cargo brevemente de la coordinación de la carrera. Nora nos “abrió la cabeza” con sus clases sobre Weber y Gramsci, a la vez que nos encantaba con su calidez y su calidad docente. Aún conservo los apuntes de esas clases y siento que fueron un parteaguas en mi formación. 

Ella estaba decidiendo si se quedaba de regreso en la Argentina o se volvía a México: México ganó la partida, pero desde allí Nora siguió vinculada a nuestra Facultad. Nora fue un soporte generoso de los trayectos académicos que varios de nosotros hicimos en México y que marcaron nuestras vidas para bien. La cadena de platenses estudiando en México se mantuvo de modo casi ininterrumpido desde 1990 hasta hace poco, construyendo y renovando una amistad colectiva con Nora que valorábamos como un tesoro. Ella nos llamaba “sus amigos de La Plata”, y me emociona tanto recordarlo. A veces nos juntábamos para ir a verla a Buenos Aires cuando ella venía al país, y cada reencuentro con ella nos daba una alegría enorme. Y una y otra vez, la lectura de alguno de sus trabajos volvía a llenarnos la cabeza de ideas y preguntas potentes, siempre desde su estilo agudo y provocador. Hace poco, por sugerencia de Jerónimo Pinedo, partícipe de este “colectivo Nora”, me cautivó un texto escrito por ella en 2002: “Recordando sin ira: memoria y melancolía en la relectura de Frantz Fanon”, de particular lucidez y actualidad. Lo menciono porque quizá sea una buena manera de que sigamos leyendo a Nora entre los estudiantes y colegas de la FaHCE que leen esta querida Revista Guay

Gracias por todo Nora, te queremos y te vamos a extrañar, pero vas a estar siempre presente entre tus amigxs de La Plata.

Un acercamiento breve e inconcluso al pensamiento político de Nora Rabotnikof, por Jerónimo Pinedo

Le adeudamos a Nora Rabotnikof lecturas sutiles de los grandes clásicos del pensamiento político. Afirmar su identidad primaria como lectora la hubiera reconfortado. Pero como una lectora activa que hizo pasar todas sus interpretaciones por la difícil prueba de un núcleo persistente de preocupaciones a lo largo de su vida: el devenir de la experiencia latinoamericana. Sus grandes intereses temáticos, la democracia, el espacio público, la memoria, interrogados desde un destino geográfico. Y, hay que decirlo aunque ella pudiera rechazar esa postura, la experiencia primaria de una joven filósofa argentina de la década del setenta. Aunque sospechaba del elemento autobiográfico y muchas veces criticó como pura vanidad toda referencia personal, no dejó nunca de situarse en esa experiencia propia y singular. Como un lugar desde donde ofrecer una interpretación teórica honesta. La elección de los autores y de los problemas, su inigualable rigor reflexivo, basado en una interpretación en múltiples capas sobre una obra, la transformó en una lectora de lecturas que, sin embargo, no se escondía detrás de un relativismo erudito o una neutralidad hermenéutica. Siempre dispuesta a tomar posición política con “un sano escepticismo”. Persistirá su legado sobre Max Weber leído a la sombra de los años ochenta latinoamericanos. Años en los que vivió en una encrucijada en el camino hacia dos países: México y Argentina. El intento “fallido” de regresar luego de su largo exilio mexicano y su decisión definitiva de proseguir su vida personal, familiar e intelectual en el país que la había refugiado. El exilio como proceso de rupturas y aprendizajes. Un pie en el extremo sur y otro en el extremo norte, y toda su cabeza dándole vueltas al periplo de un continente. 

El ensayo filosófico como especialidad, la escritura a veces sugerente -y otras veces punzante- como estilo. Sus posiciones político intelectuales y la lectura entrelíneas podría llevarnos a ubicarla como una singular autora del ensayo político latinoamericano. Sus dos grandes libros Max Weber: desencanto, política y democracia y En busca de un lugar común: el espacio público en la teoría política contemporánea.  Pero también sus ensayos e intervenciones. Como en uno publicado en el 2002, “Recordando sin ira: memoria y melancolía en la relectura de Franz Fanon”, del que quiero invocar varias citas. Pues traer su lenguaje es también traerla a ella entre nosotros. 

Lo he releído una y otra vez desde la triste noticia de su muerte, como buscando nuestra última conversación perdida en el Distrito Federal, en Buenos Aires o en La Plata, que jamás será recobrada sino como memoria imaginada. Creo entender que Nora le da la última vuelta de tuerca a su reflexión sobre memoria y política. Regresa sobre un tema que la acompañó buena parte de su itinerario intelectual: el desencantamiento. Con melancolía y sin ira busca recordar quién (quiénes) era(n) cuando leía(n) a Fanon en los años setenta. ¿Cómo recordar sin la nueva fe del converso o la vana esperanza de la repetición del nostálgico? Se preguntaba. Aunque sin negar que toda necesaria revisión del pasado se asienta en el regazo de la melancolía, se reconocía a sí misma como una melancólica conservadora. Eligió esa posición no porque lo fuera en lo moral o en lo político, sino porque pensaba que el conservador era capaz de tener una actitud reflexiva frente a la tradición y restituir el valor de la historia en el presente, pero sin condenarse a una imposible repetición ni caer en una ingenua fe en el progreso.

“Toda relectura es al mismo tiempo recuerdo de otro tiempo y de nosotros cuando éramos otros”, escribe. Para luego recordar qué significaba leer a Fanon en la experiencia revolucionaria del tercer mundo, “esas ideas nos interpelaban, pero llegaban a nuestras cabezas sólo después de golpear el estómago y sacudir el corazón. Nos sentíamos emparentados con la experiencia relatada por Fanon.” 

“Tres temas que recorren el texto (…) rescatábamos hace treinta años (…) Tres futuros del pasado (que se articulan en una única promesa mesiánica) que orientaban la acción de grandes grupos políticos hace años y que hoy se han perdido para siempre: la liberación del Tercer Mundo, la constitución de una voluntad colectiva nacional y popular (el principio de lo nacional-popular) y, sobre todo, la generación, a través de la violencia organizada, del hombre (y la mujer) nuevos. Estos tres motivos se entrelazan y despliegan en un lenguaje cuyo registro heroico y sobre todo confiado, hoy resulta extraño y ajeno a quienes, en algún momento, atravesamos esa etapa de la Bildung hegeliana que se llamó desencanto y esa experiencia política que sólo puede llamarse derrota.”

“Es la aceptación de esa experiencia la que se interpone entre el lenguaje de Los condenados de la tierra y el nuestro (…) hace que el trasfondo utópico suene hoy a voluntarismo ciego, que la entrega heroica pueda ser confundida con vocación suicida.” Y sin embargo, sostiene que allí había un mensaje político que hacía que “nos sintiéramos cerca de un montón de gente con la cual ciertamente no compartíamos pertenencias étnicas, raciales ni religiosas. Un mundo popular, plebeyo, sostenido en común, al menos en potencia, con la Humanidad toda.” 

Y finalmente lanza su crítica que quiero suscribir como propia, “El universalismo actual parece haberse despolitizado, reducido a abstractas invocaciones a una democracia cosmopolita o a un orden democrático internacional. Así como las generaciones futuras se sorprenden porque en el pasado no se vieron problemas que deberían haberse visto, las generaciones pasadas se sorprenderían —si pudieran viajar en el tiempo— al ver que ese futuro ignora algunos problemas que el pasado comprendía.”

https://cultura.nexos.com.mx/recordando-sin-ira-memoria-y-melancolia-en-la-relectura-de-franz-fanon/



Primaveras del desencanto, por Antonio Camou

En 1985 el Consejo Académico de nuestra facultad –a contramano de la política explícita del rectorado- aprobó la creación de una nueva carrera: la Licenciatura en Sociología. El entusiasmo por esta riesgosa apuesta convivió de entrada con duras limitaciones presupuestarias, con dificultades para integrar un cuerpo docente especializado, y con no pocos cuestionamientos externos (Sociología se dictaba entonces en la Universidad Católica de La Plata). En este marco de orfandades, pero también de gratas porfías, la carrera se nutrió con el valioso aporte de profesores que regresaban del exilio, tras los oscuros años de la última dictadura; entre ellos arribó Nora Rabotnikof.

Cursé dos materias con ella, y si no me traiciona la memoria, esos cursos se impartieron entre 1987 y 1988. El dato del certificado analítico no es importante, salvo porque permite ubicarnos en un tramo clave de la transición democrática, entre el juicio a las juntas militares (1985) y la ley de Obediencia Debida (1987): el sinuoso trayecto que va de la primavera al desencanto. 

De aquella prehistoria sociológica recuerdo especialmente sus cautivantes lecciones sobre Max Weber. Hasta ese momento las lecturas dominantes del autor de Economía y sociedad seguían dos vertientes principales en la facultad. Por un lado, teníamos la exégesis metodológica, donde era usual contraponer los “métodos” del tridente clásico. Por otro lado, se estaba poniendo de moda la interpretación que Habermas desarrollaba en la Teoría de la acción comunicativa

Pero en las clases de Nora comenzó a revelarse para mí un Weber muy distinto, atravesado por la desencantada conflictividad del politeísmo de valores, por el vértigo existencial implícito en cada decisión política, por las tensiones ineludibles entre una ética de la convicción y una ética de la responsabilidad, por una descarnada visión de la lucha por el poder más allá del consuelo de toda ilusión. Paradójicamente, ese autor que escribía durante el turbulento alborear del siglo XX en Europa era capaz de iluminar los ásperos dilemas que enfrentaba la política democrática argentina, pero también podía acompañar nuestros desvelos de jóvenes militantes universitarios. Por eso las discusiones comenzaban en el aula y proseguían en los pasillos, en los bares o en la calle. 

Ya no puedo recordar esos añejos debates entre largos cafés y eternos cigarrillos, pero afortunadamente las siempre sugerentes reflexiones de Nora se pueden recuperar a través de su libro, Max Weber: desencanto, política y democracia (1989), del que rescato estas líneas: 

[…] el pensamiento de Weber está signado por el desencanto. Pero esta desilusión no es renuncia ni involución restauradora. Supone en cambio vivir (y pensar) en un mundo sin dioses ni profetas, sin certezas ni garantías… se trata de un pensamiento laico, que ha renunciado a creer en fuerzas trascendentes que informen e impulsen la realidad, y que le otorguen para siempre un sentido. 

Frente al invierno político que hoy toca atravesar, este pensamiento crítico nos sigue interpelando; de hecho, es una de las mejores respuestas que conozco contra cualquier retrógrada invocación autoritaria a las malhadadas “fuerzas del cielo”.


ANTONIO CAMOU, ÁNGELA OYHANDY, JERÓNIMO PINEDO Y ANIBAL VIGUERA

La máquina de Troilo (1937-1975)

MÚSICA/HISTORIA

MARTÍN OBREGÓN


La máquina de Troilo (1937-1975)

El 1º de julio de 1937 la orquesta de Aníbal Troilo debuta en el mítico Marabú, que se convierte en mítico, sobre todo, porque ahí debuta la orquesta de Troilo. Su director está a punto de cumplir los 24 años y ninguno de los músicos que lo acompañan supera los 30. El mayor es el cantor, que tiene 31 y se llama Francisco Fiorentino. Como además de cantor es sastre, se ocupa del vestuario. Cuando suben al escenario, todos de punta en blanco, no saben que están partiendo en dos la historia del tango.

 

Entre fines de los ’20 y mediados de los ’30, Troilo va y viene por diferentes orquestas. Salta de una formación a otra. Nadie se sorprende, ya que las cosas son así. Es una época vertiginosa para el tango. Las orquestas se arman y se desarman con rapidez y la rotación de los músicos es una constante. No tendría sentido hacer un repaso detallado de su trayectoria a lo largo de ese quinquenio. Sería abrumador. Digamos, simplemente, que tocó con los mejores. En el ’29 lo vemos en el sexteto de su amigo Alfredo Gobbi; en el ’30 en otro sexteto famoso, el que dirigían Elvino Vardaro y Osvaldo Pugliese; en el ’32 en la orquesta de Julio De Caro, compartiendo la fila de bandoneones con Pedro Laurenz y, ya promediando la década, en las orquestas de Ciriaco Ortiz y de Juan Carlos Cobián.  

 

No sería exagerado decir que a lo largo de esos años se fueron prefigurando tanto la orquesta que debutó en el Marabú (sin ir más lejos, a Orlando Goñi, el pianista, Troilo lo conocía de los tiempos del sexteto de Alfredo Gobbi y con todos los demás había compartido formaciones) como un estilo muy particular, por no decir único, de ejecutar el bandoneón, una especie de síntesis perfecta entre Pedro Maffia y Pedro Laurenz, los dos referentes más importantes que tuvo ese instrumento antes de Pichuco.

 

El primer disco llega en 1938. De un lado, “Comme il faut”, de Eduardo Arolas (se puede escuchar aquí: Anibal Troilo – 1938 – Comme il faut); del otro, “Tinta verde”, de Agustín Bardi. Dos clásicos de la guardia vieja. Después, tres años de los que no han quedado registros, pero que le dan a esa orquesta, sobre todo con la incorporación de Astor Piazzolla en la fila de bandoneones y de Enrique “Kicho” Díaz en el contrabajo, una fisonomía única e irrepetible. La orquesta de Troilo es, a lo largo de los primeros años de la década del ’40, una locomotora donde todos los engranajes funcionan a la perfección, un equivalente tanguero de la máquina de River, con la que convive en el tiempo.

 

La forma en que se incorpora Piazzolla a la orquesta de Troilo es bien conocida: con apenas 18 años, Piazzolla era un fanático de Troilo que se sabía todo su repertorio y que de tanto ir a verlo tocar se había hecho muy amigo de uno de los violinistas, a partir del cual se enteró que uno de los integrantes de la fila de bandoneones se había engripado y necesitaban un reemplazo urgente. No lo pensó dos veces y se fue corriendo hasta el ensayo. ¿Vos sos el pibe que conoce todo el repertorio de la orquesta?, le preguntó Troilo. Piazzolla dijo que sí. Cuando subió y empezó a tocar, nadie podía creer lo que estaba viendo. Goñi, desde el piano, no paraba de hacer señas de aprobación y de asombro, con las cejas levantadas.

 

No se puede hablar de esa orquesta sin hablar de Orlando Goñi, que la conducía desde el piano. Goñi era un genio poco afecto a la disciplina y al trabajo. Lo suyo era la bohemia. El problema no era que faltara a los ensayos; faltaba a las presentaciones. Prefería quedarse tomando con sus amigos en una mesa de borrachines que quedaba a pocas cuadras del Marabú. En esas ocasiones, de apuro, lo reemplazaba en el piano Astor Piazzolla. Con un bandoneón menos se podía tocar, pero sin el piano era imposible. Troilo, que era más bueno que el pan, no tuvo más remedio que despedirlo a fines de 1943. Goñi murió dos años después, con 31 años recién cumplidos, consumido por una vida de excesos.

 

La máquina de Troilo, entre el ’41 y el ’43, formó casi siempre con un 1-5-4-1: Orlando Goñi en el piano, cinco bandoneones (entre los que se contaban el propio Troilo y Piazzolla), cuatro violines y el contrabajo de Enrique “Kicho” Díaz. Algunos años más tarde, Astor Piazzolla diría que la columna vertebral de esa orquesta estaba compuesta por el piano de Goñi, el bandoneón de Troilo y el contrabajo de Enrique “Kicho” Díaz. La frutilla del postre era la voz de Fiorentino, que se acoplaba a la orquesta como si fuera un instrumento más. Su popularidad fue tan grande que se transformó en el símbolo, junto con Alberto Castillo, del cantor de orquesta. Antes de su aparición, las etiquetas de los discos ni siquiera mencionaban el nombre del “estribillista”.

 

Esta orquesta inicial, la de fines de los años ’30 y principios de los ’40 fue y será por siempre la favorita de los bailarines. Basta escuchar algunas de las piezas que grabó entre el ’41 y el ’43 (ochenta y una en total; 69 con Goñi en el piano) para entender la razón. De ese período son grandes éxitos como “Tinta roja”, “Toda mi vida”, “Garúa”, “Te aconsejo que me olvides”, “Gricel”, “Malena” y “Barrio de tango”, por no hablar de los instrumentales, como “Cachirulo” y “Milongueando en el ’40” (MILONGUEANDO EN EL 40 – ANIBAL TROILO). Con una marcación muy rítmica y vertiginosa, esa orquesta bien podría haber sido denominada “la aplanadora del tango”.

 

Esa manera de ejecutar el tango no era novedosa. Había sido impuesta, desde 1935, por la orquesta de Juan D’Arienzo, que con Rodolfo Biaggi en el piano, reventaba las taquillas y le devolvía al baile la centralidad que había perdido desde los tiempos de la guardia vieja. El fenómeno D’Arienzo no solamente entusiasmaba al público, sino también a las empresas discográficas. Desde fines de los ’30 y comienzos de los ’40 todas las orquestas empezaron a “tocar más rápido”.

 

¿Fue esa primera orquesta de Troilo la mejor de todos los tiempos? Es posible. Pero más allá de los gustos, es evidente que fue el producto de una época en la que una serie de factores políticos, económicos, sociales y culturales se conjugaron de una manera singular, para dar lugar a los años dorados del tango. Basta con repasar las fechas en las que debutan las cuatro orquestas que han sido canonizadas como las más grandes: en el ’35 la de D’Arienzo; en el ‘37 la de Troilo y en el ’39 (mientras los tanques alemanes calentaban motores para invadir Polonia), las de Carlos Di Sarli y Osvaldo Pugliese.

 

Aunque algunos enfoques, más cercanos a la mitología que a la historia, insistan en su carácter de música prohibida y marginal, el tango fue, al menos desde comienzos del siglo XX, una experiencia social muy extendida en la Argentina, en el marco de una sociedad y una economía que crecían y se diversificaban. Sin embargo, tanto la aparición de la radio, a comienzos de los ’20, como del cine sonoro, diez años después, difundieron y nacionalizaron el género de una manera formidable. A mediados de los ’30 y comienzos de los ’40 el tango alcanzaba el punto más alto de su desarrollo, en el contexto de una sociedad de masas y una industria cultural plenamente consolidadas.

 

En el año ’44, con la salida de Fiorentino y la llegada de cantores como Alberto Marino y, un poco después, Floreal Ruiz, la orquesta empieza a tener otra textura. Más tarde llegarán otras figuras destacadísimas, como Edmundo Rivero y Roberto Goyeneche. Troilo nunca dejó de tocar con su orquesta, pero desde mediados de los cincuenta, y con la crisis del género ya en el horizonte, impulsó también un cuarteto memorable con el guitarrista Roberto Grela.

 

Además de director y ejecutante, Troilo fue uno de los más grandes compositores de la historia del tango, escribiendo muchas de sus piezas en colaboración con los mejores letristas del género. Con Homero Manzi (“Barrio de tango”, “Romance de barrio”, “Sur”, “Che, bandoneón”, “Discepolín”) forjó una dupla memorable, pero también se asoció con Cátulo Castillo (“Tinta roja”, “María”, “La última curda”), con Enrique Cadícamo (“Garúa”, “Pa’ que bailen los muchachos”, “Naipe”) y con José María Contursi (“Toda mi vida”, “Garras”, “Mi tango triste”: ANIBAL TROILO – ALBERTO MARINO – MI TANGO TRISTE – 1946) para dejarnos un puñado de joyas invaluables.





MARTÍN OBREGÓN

 

Es Profesor en Historia y docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP.

Nosotros, ellos y un grito (2007) de Daniel Omar Favero

POESÍA

MALENA MONTENEGRO


Nosotros, ellos y un grito (2007)
de Daniel Omar Favero

vinimos a dejar apenas las pisadas,

la lucha, la poesía, tal vez la vida misma… (p. 28)

Traer de vuelta la poesía-palabra de un autor-desaparecido. Autor, “de vuelta”: gestos sin rastro. “A dónde los incógnitos, para qué los incógnitos” (p. 34): sin verbos ni signos de interrogación, se pregunta, o, mejor, consigna, el yo poético de Nosotros, ellos y un grito (2007), poemario póstumo de Daniel Omar Favero, poeta militante platense desaparecido en 1977. La voz presente en estos poemas tiene un impulso resonante, como el del grito, que, a lo largo de las tres secciones del poemario imagina, prepara, arenga un yo lírico que pierde esa individualidad o soledad de la primera persona singular porque necesita y exhorta un nosotros.

         En su prólogo a El fantasma de un nombre (2016), Jorge Monteleone recoge y sintetiza en su propia propuesta las hipótesis sobre la distinción entre la voz poética y la figura autoral, uno de los grandes temas de la literatura del siglo XX, evidente en la gran procesión de citas y autores que Monteleone refiere. Su recorrido: la conferencia de Foucault “¿Qué es un autor?” (1969) y la lectura de esta en el ensayo de Agamben “El autor como gesto” (2005), los tres partiendo de El innombrable de Beckett (1953). En esta sucesión de asociaciones, la propuesta de Monteleone es la de una tríada yo poético-yo simbólico-figura autoral, que refleja, en la escisión autor/voz poética, la singular función de ese lugar vacante que deja la desaparición del autor. La imagen del fantasma que emplea implica también la del rastro o la de la huella, pero no como pistas a seguir para encontrar algo que “antecede” a la obra (como quiere demostrar Foucault, el autor no sería exactamente un antecedente) ni una exégesis de la misma, sino que viene a mostrar esta emergencia múltiple que suscita la ausencia, emergencia representada por la voz y las dimensiones del yo que distingue Monteleone (y todos sus autores citados).

         Me parece significativo partir de esta idea para atender a la discontinuidad constituyente que signa los textos de un autor desaparecido, porque, así como dice Julián Axat en el Prólogo al libro Poesía y militancia: Historia y obra de Daniel Favero (2020), “este proceso de devolución de sentidos por la ‘aparición’ de quien fuera en vida Daniel Omar Favero no parece estar cerrado, (…) pudiéndose profundizar de este modo, la faceta que –seguramente– a Daniel más le gustaba: el lugar del escritor y poeta” (p. 24). Más allá de esas preferencias personales, el archivo familiar, la etapa de edición y la publicación y, sobre todo, los poemas, son los que atestiguan el oficio poético. Estos materiales echan luz sobre lo discontinuo, que se inscribe en el nombre del autor, en la familia huérfana, y en la publicación de los poemas, que no pudieron sino ser póstumos.

     Nosotros, ellos y un grito está dividido en tres secciones: “Uno. Desde el deslumbramiento”, “Dos. Épica del hombre” y “Tres. Hasta nosotros”. Estas son las que primordialmente ordenan los poemas, que, por lo demás, en general solo están numerados. Todos comparten la misma estructura formal: dos sextetos de versos alejandrinos (excepto el primero y el octavo, III de la segunda sección, cuyas primeras estrofas son quintetos), sin rima. Los poemas titulados están compuestos por más pares de sextetos, cada uno de ellos numerado. Las tres secciones tienen en común también los tópicos de lucha; del amor que, en la progresión de la lectura, se va perfilando cada vez más acentuadamente como revolucionario; de la hermandad; y del tiempo o de los tiempos: el espíritu de época, el pasado, el Presente (con p mayúscula), la eternidad. Esa acentuación va poco a poco evidenciando también el parentesco de los temas que preocupan a la voz poética, y que se confunden hasta revelarse inseparables. Pero inseparables en tanto y en cuanto sea la lucha la que sostiene el tejido conectivo que los confunde e impulsa, a la vez, a luchar para no perder el amor, ni a los hermanos, ni a la esperanza (que es, a riesgo de repetirnos una vez más, la lucha misma). Dice el último poema de “Desde el deslumbramiento”, la primera sección: “Pero temo caer, abandonar mis armas / y tu amor sumergido que recorre mis venas”. Estos dos últimos versos rematan la flaqueza que amenaza al yo poeta-militante como parte del “destino único” que siente cercano. Ante esa unicidad con que se presenta el futuro, el yo se atreve a la adversativa: pero si se abandona la lucha, también el amor. No es temor a la batalla, sino al destino que no presenta más posibilidades que la de rendirse. Así, decir “pero” franquea la impersonalidad del destino y alberga la resistencia en ese “temo” personal, que pudo imaginarse que rendirse es un abismo solitario porque se abandona la paradoja de la lucha y el amor. Esta paradoja queda establecida como el final del poema (y de la primera sección), y, quizás, en el abismo del blanco quede la verdadera imaginación o esperanza: aunque desconocido y amenazado, seguir deseando un destino otro

     En la tradición poética, el tópico de “las armas y las letras” tiene una larga historia en la que también se inscribe Nosotros: todo lo que entra en el campo del yo poeta-militante toma el carácter de disputa, sobre todo, por el tiempo y el espacio. Y la poesía, como un hacer, ensaya las posibilidades; la voz poética insiste en que si se renuncia a la lucha se renuncia a todo lo que, paradójicamente, como decíamos antes, solo mediante la lucha se eterniza. Así, más que como un medio, se reivindica el acto poético como un arma.

     El tiempo se figura como una dimensión ya derrotada de la realidad. Sus muchas caras y formas son las de un tiempo “muerto”, “enfermo”, “mal parido”. Se insiste con que algo está prolongándose de más, hay un “un gigante muriendo, aferrándose al siglo” (p. 15). Este gigante también es la representación del “puro” pasado, por así llamarlo, ese que impide toda posible construcción de un presente otro y que por eso actúa en un tiempo “muerto”. Por otro lado, la de “dimensión” es una palabra que opera en otro nivel metafórico, pues convenientemente nos permite dimensionar las escalas con que se presenta el entorno simbólico que rodea a la voz poética: ellos son el gigante, la red, el sistema. El nosotros que se imagina parte de ver, en el escenario íntimo de la pareja (la unidad mínima del nosotros, podríamos decir), el cuerpo de la amada como “miniatura que resiste a la muerte” (p. 9) ; y, más adelante, hasta lo grave se vuelve ridículamente pequeño: “¡y dos, cuatro, mil hombres! sus minúsculos duelos / estamos heredando (no olvidarlo, guerreros)” (p. 27). El campo semántico parece él mismo un campo de batalla, donde, con ironía, se entrecomillan los ideologemas militares y antidemocráticos y aparecen neologismos como yanquieuropeoargentinos

     Volviendo a la cuestión del tiempo, este se fragmenta y se solapa, sobreimprimiendo la vida en la muerte, la muerte en la vida. Acá también encontramos una expresión de la discontinuidad, en poemas que, por ejemplo, dicen “Si mis hermanos viven muriendo” (p. 41), o “Es saber que aquel hombre que seguía creciendo, / (como un globo a estallar, su rebelión, su pecho) / que nos acompañaba ¡hasta ayer no más!… muerto / inexplicablemente… murió y sigue muriendo…” (p. 27). En cierto punto incluso parecería que vivir y morir son experiencias intercambiables: “Vivir, morir buscando el fin de esta cadena / acaso es mi destino de duelos cotidianos” (p. 21). El tiempo, como metonimia de la época y también del pasado y del futuro, ha truncado su propia posibilidad de este último y ha traicionado toda esperanza. ¿Dónde buscar, entonces, la redención? La voz poética no habla exactamente del futuro, sino de lo eterno; algo más-que-histórico, eso que vence los tiempos. Uno de los últimos poemas condensa toda esta gran esperanza como promesa:

 

Las palabras eternas son de los combatientes,
porque amor, libertad, son principios de lucha
y son fin de banderas y de sones de pueblos.
Las palabras eternas no caben en la historia,
no tienen tradiciones, no se rigen por leyes,
son lo que se descifra cada día en el viento.

Son y deben soltarse del dogma carcelario
que indefectiblemente será pasado siempre.
Por eso, se diría que es eterna la lucha;
ideas temporales seguirán enfrentándose
y amor y libertad continuarán flameando
y siendo las consignas de todos y de nadie. (p. 39)

 

     El tiempo redimible, prístino es el que se encuentra en la herencia más íntima: la sangre; en ese “ser Nosotros ¡por fin! (ser Nosotros ‘a secas’)”. Y, justamente, no se trata de la herencia conservadora o estrictamente familiar, todo lo contrario: se trata de aquella sangre que hermana en lo profundo, en la pulsión de seguir viviendo juntos. Es la comunión que no puede ser capturada por los enemigos, y, más aún, está sobreentendida; no se necesita más que un “Nosotros” para reunirse con los hermanos. “Si mis hermanos mueren, que se lleven mis letras” es la condición misma de existencia de la escritura y, a la vez, aquel “Nosotros ‘a secas’” refiere la prescindencia de la palabra y sugiere que hay algo incapturable que comunica la hermandad, como una verdad intrínseca y a la vez siempre en expansión, sin clausura. Esta naturaleza contradictoria del Nosotros recuerda a aquella del yo poético fantasmal que, como observa Agamben (2005) en su Homo sacer III, constituye una subjetivación y una desubjetivación. Y qué es el “Nosotros” sino esto mismo, el desplazamiento del yo y del ellos que encuentra sujeción en un no-sujeto, que abre su potencia para ser un todos y un nadie.

    “Se realiza en el arte la anticipación de la muerte como concentrada y verdadera ficción trascendente: ‘todo escritor debe escribir como si fuese un muerto’, afirmó Kafka” (Monteleone, 2016, p. 15). La posición subjetivante-desubjetivante, condición del yo poético, es también anti-duelo, si seguimos la propuesta de Vinciane Despret (2022) en A la salud de los muertos. Respecto del trabajo de duelo que impone cierta tendencia “psicologizante” a quienes experimentan una pérdida, Despret explica que su fundamento en la “idea de que los muertos solo tienen existencia en la memoria de los vivos, insta a estos últimos a cortar todos los lazos con los fallecidos. Y el muerto no tiene otro rol que jugar más que el de hacerse olvidar” (p. 16). Un desaparecido, aún más que un muerto, reclama constantemente su ausencia. Y, más que un “plus de existencia” –así refiere Despret el deber activo del vivo con el muerto– reclama el destiempo; desgarrar la Historia, enfrentarla contra sí misma. Los desaparecidos emergen un lugar único entre quienes quedan, que impone el duelo en el sentido de los poemas de Nosotros…: la muerte o el arrebato misterioso y cruel cuya dignidad y justicia el yo poético solo puede reclamar mediante la lucha y la consecuente exposición a la propia posibilidad de secuestro o asesinato. Es un lugar paradójico, para siempre vacante, positivo: así como la desubjetivación, la ausencia y ocupar el lugar de un muerto constituyen el acto de la escritura, nombrar a nuestros desaparecidos como tales nos devuelve una identidad. Cuando quien dice yo se ausenta no se va más que a presenciar su muerte; cuando un desaparecido se nombra (con sus dos nombres, el propio y el de “desaparecido”) prolonga su vida inesperada. Su identidad y su innominación, a la vez, lo salvan de la injusticia, del fascismo del olvido. Y a esto nos sujetamos también nosotros cuando decimos “nosotros”, a encontrar en nuestra propia innominación una fuerza identitaria común, la raíz. La esperanza de la que alternativamente duda e invoca el yo poético me parece que es, en su mayor parte, amenazar los límites del ellos, hasta que la confrontación no sea tal: si el nosotros es común, ellos se vuelven, irónicamente, un breve conjunto de nombres que se desbanda ante una identidad colectiva móvil, rearmable, pero certera. 

     El apartado final de la edición de Libros de Tierra Firme incluye la denuncia del fiscal Félix Crous a los policías encargados de la operación que terminó con la detención ilegal de Daniel Omar Favero y María Paula Álvarez, su pareja. La inconsistencia de las declaraciones de los oficiales hace ceder la red de complicidades que han tendido con sus palabras y sus silencios, bastante literalmente, pues a uno de ellos le valió una denuncia por falso testimonio en los Juicios por la Verdad. Mientras tanto, estas son las palabras que no dejan de actualizarse: “ser Nosotros ¡por fin! (ser Nosotros ‘a secas’). / De otro modo andarían sin raíz mis palabras, / por aquellos terrenos pisoteados y ajenos, / mintiendo entre mentiras y, para siempre, turbias” (p. 40). 

     Las biografías de los desaparecidos, como vidas textuales, entramadas, requieren necesariamente la coautoría. Un inevitable montaje de textos y elementos disímiles (pero abiertos a la familiaridad) forman parte: el testimonio –ícono de la discontinuidad, de la inconformidad de los tiempos, texto sin origen y sin fin– de quienes vieron y también tuvieron miedo (como la vecina que rebate la declaración de los oficiales sobre el “abatimiento” de la pareja y la experiencia de detención ilegal de los hermanos de Daniel); y el portafolio-archivo –que de personal pasa a ser familiar–, abierto y ofrecido luego de lo único que pudo preservarlo: la clausura. Si la evanescencia es una de las características de cualquier lenguaje oral, el testimonio como una especie de posta o préstamo de la palabra es el único que puede proyectar el grito. Este montaje para siempre abierto de textos también pone en suspenso la dudosa separación de la muerte como colofón de una existencia y, luego, estado eterno de inexistencia. Mejor lo dice el poema: “El amor es mi descanso. La lucha, mi salvación. / La muerte no es la tumba, ni el mar” (de Últimos poemas).



MALENA MONTENEGRO

es estudiante avanzada de Letras en la FaHCE (UNLP).

Devastación. Violencia civilizada contra los indios de las llanuras del Plata y Sur de Chile (Siglos XVI a XIX), Alioto-Jimenez-Villar (2018)

HISTORIA/ANTROPOLOGÍA

SUSANA AGUIRRE


Devastación. Violencia civilizada contra los indios de las llanuras del Plata y Sur de Chile (Siglos XVI a XIX) (2018)
de Sebastián L. Alioto, Juan F. Jiménez y Daniel Villar comp.

Frontera meridional rioplatense. Violencia fronteriza y giro historiográfico

     Los avances en los estudios históricos referidos a las fronteras en Hispanoamérica han permitido reconocer las complejas y variadas experiencias sociales desarrolladas en áreas que fueran denominadas “marginales”, cuando se suponía que los procesos y cambios relevantes acontecían en los espacios centrales. Eso produjo un deslizamiento de las indagaciones hacia aquellos lugares.

     La producción historiográfica de las últimas décadas referida a la frontera sur del Río de la Plata o frontera pampeana nordpatagónica, en su largo devenir histórico, desde los tiempos coloniales hasta su desaparición casi a fines del siglo XIX, viene dando cuenta de nuevos enfoques,  enmarcados en parte, en un diálogo interdisciplinario entre la historia y la antropología, que debería profundizarse. El giro historiográfico impugna y tensiona la perspectiva hegemónica de la historia oficial, así como los procesos de construcción de la otredad indígena. Todo ello, no sin debates, quizá inicialmente más ocupados en determinar la conveniencia o no del uso de ciertas categorías que en el análisis de la trascendencia que cobran los acontecimientos puestos bajo otra lupa.

     Una buena parte de esa producción  se focaliza en el siglo XIX,  momento clave en la formación del Estado-Nación, contexto en el cual desaparecerían las fronteras interiores. Fruto de ese remozamiento, la narrativa sobre la denominada “Conquista del Desierto” como gesta heroica, fue disputada por la idea de un genocidio, discusión que todavía  no ha sido saldada. Los aportes van en línea con la existencia de campos de concentración, repartos, atomización de las familias originarias, en suma, el reconocimiento de un plan estatal de exterminio y desaparición de la cultura indígena.  

     En esta dirección, el libro  “Devastación. Violencia civilizada contra los indios de las llanuras del Plata y Sur de Chile (Siglos XVI a XIX)”,  compilado por Sebastián L. Alioto, Juan F. Jiménez y Daniel Villar, publicado en Rosario en el 2018 por la editorial Prohistoria, constituye un aporte interesante incluyendo al período colonial. Centrado en indagar las distintas modalidades de violencia indiscriminada perpetrada por el poder imperial y republicano hacia las comunidades indígenas, pone bajo la lupa el tema desde otra óptica, alejada de la mirada tradicional.

      La primera de las cuatro partes en la que se organiza el libro, titulada “Masacres y políticas violentas contra indígenas” pone el foco en las acciones o eventos genocidas desplegadas por el poder de turno. La categoría  “masacre” se incorpora para referir al asalto sorpresivo perpetrado por representantes del gobierno imperial sobre las tolderías, asesinando a hombres, potenciales combatientes o no,  y cautivando a mujeres y niños. Dichos sucesos, que se reiteran, se analizan como prácticas de destrucción unilateral en un contexto de asimetría, por fuera del campo de batalla y muchas veces con indígenas que mantenían relaciones pacíficas. El abordaje de las masacres, trasciende la etapa colonial comprendiendo sucesos acaecidos en la década de 1830. 

     “Toma de cautivos, apropiación de niños y reparto de familias” es el título de la segunda parte del libro, que refiere, entre otras cuestiones, a la política implementada con niños y mujeres cautivas, que fueran llevados a la Casa de Recogidas en Buenos Aires en la colonia, y luego repartidos,  engrosando las filas de sirvientes -a perpetuidad- entre familias vinculadas con los sectores de poder. Una costumbre que se reitera posteriormente con los vencidos en el marco de las campañas militares en Patagonia a fines del  siglo XIX, y que ha ganado mayor centralidad en los estudios históricos. 

    “Enfermedades, descuidos y consecuencia”, es la tercera parte del libro donde se aborda la cuestión de las epidemias y el impacto que las mismas tuvieron sobre las poblaciones originarias.

     En este caso, se desnuda la desidia e intencionalidad de la autoridades en la toma de decisiones referidas a medidas sanitarias que pudieran evitar la propagación de las enfermedades, que tanto contribuyeron a diezmar a los sujetos indígenas.

     “Desnaturalización y rebeliones” comprende dos capítulos basados en el análisis de casos puntuales donde la categoría desnaturalización se visualiza como otra forma de violencia hacia las comunidades indígenas en el sur de Chile, en Pampa y en Patagonia.

      Los distintos trabajos compilados en el libro dan cuenta del carácter estructural de la violencia estatal hacia las comunidades indígenas en la etapa colonial/ republicana y de la diversidad de sus formas. Contribuyen a romper la idea de que la violencia es inherente al mundo indígena, un estereotipo de fuerte pregnancia en la historia oficial y en el sentido común, incluso a la hora de interpretar los conflictos actuales que involucran a pueblos originarios. Permiten reconocer asimismo, en clave situada, el silencio y la complicidad, corroborado por la ausencia de denuncias salvo algunas excepciones, que avalan la naturalización de dichas prácticas en el contexto social en el cual se llevaron a cabo.

     Los contenidos del libro de referencia dialogan armónicamente y se complementan con dos trabajos de Florencia Roulet, publicados para la misma época, donde se estudia la violencia física, así como otras modalidades  menos visibles, que operaron como un continuum en desmedro de los indígenas. En esa línea, se ahonda en cómo ellos percibieron esas acciones y en las respuestas que pusieron en juego en relación a ellas, cuestiones que le dan visibilidad a su propia agencia. 

     Llegados a este punto es importante señalar que la historia oficial se ha mantenido sin cambios significativos a pesar del giro historiográfico que la cuestiona. A esto se suma la manera en que distintas editoriales vienen encarando la edición de colecciones de la historia nacional. En todas ellas, el primer tomo está referido a temas indígenas y los siguientes a distintas etapas de la historia de la nación pero sin indios, es decir, no visibilizados como sujetos históricos, situación que además refuerza el sentido común de que ellos forman parte del pasado.

      De tal modo, uno de los desafíos al que se enfrentan los profesionales del campo a la hora de encarar la enseñanza de la historia, es el de superar el relato único. Para la temática indígena una clave reside, sin duda, en dialogar con las nuevas producciones, con el objetivo de  aggiornar el currículum en búsqueda de una historia más abarcativa que contribuya y refuerce la formación crítica de las/los estudiantes.



SUSANA AGUIRRE

es Profesora y Doctora en Historia. Docente universitaria e investigadora. La frontera meridional rioplatense e indígenas, ha sido una de las líneas en las que ha incursionado dirigiendo proyectos de investigación, becarios y doctorandos.

Historia Contemporánea de Medio Oriente. Detrás de los mitos, Dakhli (2016)

HISTORIA

IARA LÓPEZ


Historia Contemporánea de Medio Oriente. Detrás de los mitos (2016)
de Leyla Dakhi

     En este trabajo, la autora plantea una paradoja: se ha extendido –y, por lo tanto, estamos acostumbrados a tener- una mirada “por abajo”, una percepción de las sociedades particular de la historia social; sin embargo, cuando se trata de las sociedades de Medio Oriente reina una mirada geopolítica de la región, a través de la cual se perciben muchedumbres indistintas asaltadas regularmente por sacudidas, a menudo reaccionarias, con más frecuencia todavía amenazadoras. O bien se las aborda en términos confesionales, comunitarios, hasta étnicos, lo que ocasiona una reducción de estas sociedades a una “complejidad” que niega el poder de invención y las tensiones fundadas en las desigualdades económicas y sociales, propias de la modernidad. Este tipo de miradas -apunta la autora- sólo profundiza el ocultamiento de las sociedades propuesto por diferentes regímenes establecidos en la región, que no deseaban que fueran vistas. 

     Leyla Dakhli, buscó -con éxito- resumir en un texto relativamente corto la historia de los últimos 150 años de la región conocida como “Medio Oriente”, evitando una mirada orientalista y confesional. Como afirma la autora, la construcción de una historia social de la región implica dos cuestiones. Por un lado, consiste en otorgarle protagonismo a las luchas y los movimientos sociales de las sociedades que fueron sofocadas por el ruido de las guerras, los conflictos con las potencias, la emergencia de ideologías más o menos específicas. En este sentido, la autora realiza un acabado análisis en términos de clase para dar cuenta de las oscilaciones de las sociedades, la influencia de los regímenes y las posibilidades de ascenso social con los procesos de industrialización o guerras. Por otro lado, una historia social de la región implica cuestionar la noción misma de Cercano o Lejano Oriente. Propone concebir la delimitación de ese espacio como fruto de cambios de contornos, de polaridades, de descentramientos. De esta forma, si bien la autora se centra en Líbano, Siria, Irak, los territorios palestinos ocupados, Jordania e Israel, ve necesario mostrar las relaciones de estos territorios con el espacio turco-otomano, Egipto, los Estados del Golfo y la península arábiga. Asimismo, evitó las miradas que concebían lo que pasaba en Medio Oriente como resultado directo de las pugnas de la Guerra Fría; sin embargo, señala las influencias tanto de la URSS como de EEUU en la zona. 

     Sin dar respuestas simplistas, la autora plantea paradojas como el capítulo “¿Hacer la revolución con el imperio?”, que da cuenta del proyecto del imperio otomano a principios del siglo XX, impulsado por ideas de la Revolución Francesa, y que culminó con el restablecimiento del orden. O la paradoja de que Palestina haya sido el único lugar que no padecía los efectos de la crisis mundial previa a la Segunda Guerra Mundial, por causa de la llegada de un gran número de refugiados judíos alemanes y la entrada de cuantiosos capitales en su suelo. También aclara polémicas como “¿Fascismo y nazismo en el Oriente árabe?” y diferencia las relaciones que estas corrientes tuvieron, por un lado, con los líderes y, por el otro, con el conjunto de la población árabe. Asimismo, el libro tiene un aspecto didáctico interesante: incluye un glosario y numerosos mapas y acierta en abordar cuestiones que, para un lector no interiorizado en temas del mundo árabe-musulmán, son desconocidas, como, por ejemplo, la cuestión del velo, o el mundo sionista. Por otro lado, le otorga un lugar central a la dimensión cultural: aborda especialmente el “movimiento intelectual”, la influencia de los procesos políticos en las formas literarias y las tensiones entre la heteronomía y la autonomía del campo intelectual. 

     El libro, publicado por Capital intelectual en 2016, llegó al mundo en la antesala de la explosión internacional del movimiento feminista, cuyo punto más visibilizado en el hemisferio norte fue en 2017 con el #MeToo. El libro, en consecuencia, tiene resonancias que dan cuenta de un movimiento en crecimiento. La cuestión de las mujeres y el movimiento feminista posee un apartado específico, pero, sin embargo, resulta una dimensión constante a lo largo de las páginas del libro. Aunque la autora resalta la centralidad de las mujeres en la historia de Medio Oriente, esto no la lleva a postular una homogeneidad hacia dentro del colectivo, sino más bien la pluralidad de experiencias: tanto como encarnadoras de los valores nacionales y preservando su autenticidad como en la construcción de un feminismo emancipador, donde definir “la mujer” es definir la nación, el Estado, o la militancia femenina por la paz. La autora apunta que la cuestión feminista adquirió un lugar central en los años veinte y treinta y que, si bien se convirtió en una postura de ostentación y de impugnación de la modernidad, en realidad la dominación colonial más bien reforzó las jerarquías sociales y la dominación masculina. Con el paso de los años, el feminismo se verá expuesto a las transformaciones de la región: primero, puesto al servicio de los ideales nacionales árabes, luego, al servicio del combate con la ortodoxia liberal de los noventa. 

     A pesar de que el primer capítulo se llama “El fin del imperio (1908-1916)”, la autora parte desde la época imperial de siglos anteriores, cuando el régimen de los millets permitía la coexistencia de comunidades cristianas, musulmanas, judías y drusas en el seno del imperio. Luego, con las transformaciones modernizantes del imperio y las tensiones confesionales surgidas a partir de 1860 se malograría esta coexistencia. La revuelta de los Jóvenes Turcos de 1908- apunta la autora- sería la continuación de una agitación política multiforme que caracteriza al imperio otomano desde hace por lo menos tres decenios. 

     El segundo capítulo, “Revueltas y dominio colonial (1916-1936)”, abre con el ciclo de revueltas árabes que comenzó a la par de la Primera Guerra Mundial. Uno de los elementos más relevantes de este período -señala la autora- es el nacimiento de la Arabia Saudita; otro es la concentración de la vida pública en las ciudades, otrora más descentralizada y la emergencia de una clase media, ligada con las profesiones y una forma de concebir la modernidad asociada con las metrópolis occidentales y, por último, el trazado conflictivo de fronteras, por ejemplo, Jordania y el fallido Kurdistán.

     El nacimiento del movimiento de resistencia palestino genera un quiebre en las revueltas de la región: si antes estas encontraban justificativo en luchas globales contra el Imperio o las potencias mandatarias y en la afirmación de potencias árabes competidoras, ahora la “cuestión palestina”, para gran cantidad de actores, se vuelve una cuestión prioritaria. De esta forma, con la Gran Revuelta Palestina comienza “La edad de oro del nacionalismo árabe (1936-1967)”, que la autora aborda en el tercer capítulo. Esta época está caracterizada por el desarrollo de las ciudades, los puertos y los ferrocarriles (que permite el incremento de las actividades industriales y comerciales), el reajuste frente a la caída del Imperio Otomano, la entrada en una era de globalización que pone en el centro a las actividades comerciales y su integración en el mercado fuertemente influido por las potencias coloniales. Así, la autora describe esta época como “El tiempo de las Constituciones”, en el que el ejército -espacio privilegiado de politización de los campesinos- jugó un rol crecientemente central. Este actor, según la autora, fue un gran productor cultural, en tanto se consolidó como el lugar de mayor socialización de los hombres y, por lo tanto, permitió en los casos de Irak y Siria de los años 50-60 proveer de fundamento social al Estado:

En la mayoría de los países de la región (Siria, Irak, Jordania, Israel), la articulación entre los militares y el régimen parlamentario se vuelve poco a poco la norma; esta combinación marca en forma duradera la vida política (Rey, 2014) y caracteriza una integración política por el ejército de una parte de los sectores populares y las clases medias (Dakhli, 2016, p.70).

     El período de entreguerras fue de desarrollo autónomo de la región, favorecido por el hecho de que el foco de las potencias estaba puesto en otros objetivos. Implicó un tiempo de movilidad social ascendente y transformaciones en el mundo rural (redistribución de las tierras, urbanización acelerada, ruralización de las ciudades, migración hacia los países petroleros del Golfo, etc.) que tuvo variaciones en los diferentes países. El año 1948 aparece como un quiebre en la historia de la región. El debate académico que trae la autora no tiene que ver con una duda sobre el carácter expulsivo que mantuvo la masacre que fue la fundación del Estado de Israel, sino sobre la índole sistemática de esta política. De esta forma, el debate que la autora plantea es: ¿los muertos y pueblos suprimidos fueron fruto de combates y resistencia palestina o bien de una limpieza étnica? Asimismo, aclara que el enfrentamiento tiene una doble dimensión: de las armas y por la memoria. Este no es un detalle menor, teniendo en cuenta que, como afirmó el discípulo de Durkheim, Maurice Hallbwachs (2011) la memoria colectiva es el fundamento del lazo social. “La Nakba no es únicamente un acontecimiento palestino: también es una primera brecha en la esperanza nacional árabe” (Dakhli, 2016, p.78). En consecuencia, tomando como apoyo esta guerra, se produce una radicalización política de los regímenes árabes que, a su vez, juega con las tensiones ligadas a la guerra fría. Sin embargo, “Unas tras otras, las guerras árabes-israelíes confirman más tarde la debilidad de los regímenes árabes” (Dakhli, 2016, p.78). 

     En el capítulo “Los años de plomo (1967-1991)” se abordan diversas cuestiones: la resistencia palestina, la guerra civil de El Líbano, el ascenso del islam político (aunque se aclara que esta es una de las caras de los movimientos árabes que emergen en las luchas anticoloniales), las corrientes migratorias, el régimen autoritario de Siria, la bonanza de Jordania y “la sociedad bajo vigilancia” de Irak. 

     Dakhli comienza el último capítulo, “El retorno del pueblo (1991-actualidad)” recordando el lema que se escuchaba en la región en 2011: “El pueblo quiere la caída del sistema”. Históricamente, “Ya sea en la guerra, el conflicto civil o el éxodo forzado, los pueblos del Cercano Oriente están incesantemente tomados en lógicas de supervivencia y de defensa que les impide volver a acceder a una expresión política propia” (Dakhli, 2016, p.119). Sin embargo, la autora plantea que en los años ochenta hay un despertar de las luchas, que se confirma en los años que le siguen a la Guerra del Golfo de 1991, y que tiene como objeto de críticas a las autocracias y al imperialismo norteamericano, debido a las intervenciones norteamericanas en Kuwait e Irak. De esta forma, la época estuvo marcada por el desarrollo de movimientos de protesta que lograron popularizar la protesta en episodios como la revolución de Cedro y la primavera de Damasco, en donde se inventan nuevas formas y dispositivos de protesta y se desplazan las alternativas entre poder militar y orden islamista fascistizante en los cuales los regímenes los encerraban. Esto se vio reforzado por una transformación general del paisaje mediático, cuyo elemento más visible es la creación de la cadena panárabe catarí Al Jazeera. Los nuevos medios pretenden ser un acto de solidaridad árabe y de apoyo a las luchas por la independencia, frente a los intentos por manipular los recursos y las riquezas de la región por parte de las potencias. 

     El libro, en consecuencia, funciona perfectamente como un estado de la cuestión de las investigaciones sobre la historia de la región, aportando claves de comprensión política, sociales y culturales a los acontecimientos centrales del siglo XX e iluminando aspectos poco visibles. Por ejemplo, para evitar un abordaje religioso o confesional que tienden a pensar la “cultura de la violencia” como exclusiva de regiones como El Líbano -y no una característica mediterránea más general-, la autora propone: 

El abordaje mediante las estructuras sociales, los lazos de fidelidad y de clientelismo, la puesta en juego del poder y del honor permite dar a esa violencia extrema otros tipos de explicación y enlazar la explosión de violencia con factores sociales visibles: afluencia de los refugiados, liberalización económica y pauperización masiva de los migrantes urbanos (Dakhli, 2016, p.103-4). 



IARA LÓPEZ

 

Es socióloga y doctoranda en Ciencias Sociales (UNLP). Adscripta a la cátedra Historia Social Contemporánea, participa del proyecto “Entre los 40 años de la recuperación democrática y los 50 años de la última dictadura militar. Balances, perspectivas y desafíos de las prácticas y las políticas de memoria en torno al pasado reciente.”

Artificial, Peces Raros (2024)

MÚSICA

LUCAS YASAR


Artificial (2024)
de Peces Raros



Artificial: 10 canciones urgentes

     Dos personas se cruzan en un pasillo de la Facultad de Artes de La Plata. Se conocen de una de las formas más profundas y particulares que pueden existir al vincularse con alguien por primera vez: haciendo música. Tal vez de esa manera descubren rápidamente que en algún punto entienden el mundo desde el mismo lugar, ese donde los sueños no tienen límites, donde la canción enhebra pasado y futuro para transformar muchos presentes, donde el corazón puede ordenar la vorágine de la mente y el cuerpo en una narrativa poética y sonora.  De ahí, como en una carrera que corre a la par del tiempo que los vio nacer, Lucio Consolo y Marco Viera, dos Peces Raros, deciden emprender este viaje. Trece años después, con miles de kilómetros encima, estadios llenos, giras internacionales y una escena que los reconoce como un fenómeno de culto que se volvió masivo, vuelven a plantar una bandera, un disco urgente: Artificial .
     La urgencia no es intención, no es una pose frívola o interesada, es más bien vértigo. Un disco gestado en tan solo dos semanas de composición, en las que condensan todo lo que tienen para decir aquí y ahora. En un mundo de frecuencias en el que cada segundo se acelera, se registra, se indexa, Artificial aparece como un grito desesperado que exige calma, que lanza un ancla hacia tierra firme en un mar agitado por una vorágine apocalíptica que parece girar en falso con las nuevas inteligencias artificiales. 
     Por muchos años se asoció la electrónica a una música maquinal, fría, carente de emocionalidad, de humanidad, y, por lo contrario, el rock representa lo humano, lo visceral, la “tracción a sangre”. Sin embargo, esta banda, que desde hace mucho tiempo juega a tensionar la dicotomía entre lo maquinal y lo humano y se planta frente al binomio que enfrenta la ejecución de la música electrónica y el rock, esta vez nos habla con años de conocimiento de causa frente a estas nuevas discusiones en torno a la inteligencia artificial. Lucio lo dice sin vueltas: “No hay arte sin ficción, no hay ficción sin artificios” . Y tal vez sea por eso que en este disco la canción vuelve a estar en el lugar protagonista de esta narrativa. Podemos intuir incluso que detrás de estas producciones de calidad sonora empatada a la industria internacional, hay una militancia poética: lo mínimo y necesario, cada sonido está por algo, cada material musical tiene su lugar, su espacio y su razón de ser. La canción está al frente y sin disfraz:

“Cuando escuchas una melodía, ese sonido lo está creando tu cabeza, realmente no existe porque son un montón de frecuencias en el aire. Bajo esa óptica, no hay nada de lo que vemos o hacemos todos los días que no sea artificial. Es como una contrapropuesta a la idea de lo natural, nada es natural en la creación del arte’’, reflexiona Marco Viera para la revista Rolling Stone.

     Livianos sobre el beat en una mano, Peces Raros ya no es la banda de rock que descubre la electrónica. Ahora es una banda de música electrónica que elige volver a poner en primer plano a la canción. Temas más cortos, estructuras más sencillas, armonías que no necesitan complejidad para emocionar. Dos o tres acordes, pocas veces más. Cinco o seis capas de texturas, las justas. Y una búsqueda tímbrica que sutilmente se aleja de aquellas sonoridades cercanas al techno y el progresive que supieron recorrer anteriormente, para acercarse, con precisión quirúrgica, a los sonidos que evocan una electrónica más cercana a la de los 2000. Hay algo de Daft Punk flotando en las voces de Nada Para Siempre. Hay algo de los Beatles, más específicamente de Because, resonando en el arpegio de Desaparecer . Hay mucho de Charly García en las voces paneadas en estéreo y ese consecuente efecto chorus que muy finamente resignifica Lucio en su voz. Hay miles de referencias, sí, pero sobre todo hay un lenguaje propio, auténtico y consolidado que abraza una nueva reinvención estética que no abandona la profundidad de su propuesta.

    Los que venimos siguiendo de cerca este viaje desde su despegue, que fuimos a verlos a todos los escenarios y vivimos en el pecho las emociones que te atraviesan cuando estos discos se hacen cuerpo, voz y comunidad, seguimos resonando en aquellas preguntas que nos hacen Lucio y Marco. Sobre la existencia, la oscuridad y la muerte, sobre aquellas sombras en la pared, la noche, las ilusiones, desconfiguraciones y fabulaciones. En esta era artificial, aunque muy grande es la bandera que plantan hacia el contexto social y cultural, en ninguna de las canciones dejaron de cantarle, ante todo, al amor. Y esta vez lo hacen entendiendo que las formas y las dinámicas de los vínculos también se ven atravesadas por esta nueva era. Dice Marco: Simplemente decir: “amor”. Nada para siempre. Todo lo demás no importa. En una frase de solo once palabras, ubica al amor en el pasado y lo celebra hasta en su exceso. Lucio por su parte nos canta No sé ni lo que siento, ¿Y si tocara el cielo? ¿O si besara el suelo? No lo sé. No, no, no. Solo sigo el juego. Nunca sentí celos. No no no, todo movimiento se consume, se consume, se consume. Una vez más el poder de la canción habita el devenir de lo dicho y lo no dicho. Lo emocional se enhebra con la incertidumbre, con ese bucle existencial que no busca respuestas sino sostener las preguntas. Solo preguntas aparecen. Y en ese vaivén entre el cielo y el suelo, entre el juego y celos, el amor —como idea, como pulso, como vértigo— vuelve a decir presente. Como si la única certeza posible en esta era artificial fuera, todavía, la certeza íntima de un sentimiento que se niega a apagarse.
     Así estas dos personas, que 13 años atrás se conocieron en los pasillos de la Facultad de Artes, hoy vuelven a trazar, como lo han hecho reiteradas veces en su carrera, esta vez  desde Argentina para el mundo, futuros caminos para el rock, el pop y la música electrónica del mañana.



LUCAS YASAR

Es músico, productor artístico y licenciado en Música Popular. Graduado en la UNLP. Docente e investigador doctorando en el IPEAL (FDA). Actualmente lidera el proyecto artístico denominado YASAR.

La llamada. Un retrato (2024), Guerriero

CRÓNICA/TESTIMONIO/BIOGRAFÍA

TERESA BASILE


La llamada. Un retrato (2024)
de Leila Guerriero

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Solo quiero encontrar tantas facetas como sea posible para contar esta historia

 

Leila Guerriero

Las entrevistas. La arquitectura de La llamada se organiza a partir de un conjunto de entrevistas que la autora, Leila Guerriero, hace, en primer lugar, a Silvia Labayru, cuyo relato sobre la militancia, la desaparición en la ESMA y su parto allí adentro, el exilio y el regreso a la Argentina oficia como hilo conductor. En segundo lugar, entrevista a una notable cantidad de personas que, en diversos momentos, han compartido escenas de vida con Silvia. Esta ingeniería supone una voz principal que se va completando con otras de personajes secundarios que añaden y concluyen, que amplifican y reafirman, pero esto no ocurre. El testimonio de Silvia es acechado por una algarabía de voces que rechazan puntos de vista, discuten lo dicho, señalan contradicciones, advierten olvidos y fallas de la memoria e incluso ella misma reconoce que no puede decirlo todo. Se articula, así, una vía en la que la plena certeza se resquebraja. Es la mano insumisa de Guerriero la que hace visible, a través de la técnica del montaje de entrevistas en disputa, estas contradicciones. Se libera al lector a encontrar su propia conclusión, se lo compromete a elegir el mejor argumento desplegado por esta racionalidad comunicativa -como le hubiera gustado a Jürgen Habermas. 

 

El rostro. La foto de la portada con un primer plano del rostro de Silvia Labayru y el subtítulo “un retrato” nos convocan, sin duda, a explorar una subjetividad, ubican nuestro foco en los vaivenes de una interioridad compleja, con luces y sombras, con oscilaciones. ¿Frívola/ sensata, colaboradora/ comprometida, inestable/ versátil, tonta/inteligente, engañada/astuta, inconstante/decidida, frágil/fuerte, sumisa/ díscola, infiel/fiel? No podemos ignorar, no obstante, la mirada deslumbrada de Leila Guerriero ante la belleza de Silvia: a su modo la entrevistada forma parte del modelo de la guerrillera erotizada, pero también es un desvío casi impertinente y a contrapelo de esa figura al contaminarse con flujos de la liberación sexual del hipismo contracultural de los ‘60. Así como también será un desvío del prototipo de la víctima for ever cuando se resiste a ser cristalizada en ese rol. 

Además de apuntar a una personalidad difícil de resumir en una línea, el rostro de la tapa está recortado, incompleto: parece prometernos que eso que falta, esa otra mitad, se irá rellenando y el perfil completo, verdadero y revelador emergerá a medida que leamos las páginas del libro, pero no es así. Una multiplicidad de perspectivas, aportadas por amigos, compañeros, conocidos, parejas, hijos, que indagan y exploran la vida de Silvia, nos acerca a una subjetividad atravesada por contrastes, contradicciones y vaivenes que no terminan por resolverse, que nos sitúan en un tembladeral, en una arena movediza. Esa es quizás una de las mayores virtudes del texto: su apertura, sus pocas ganas de bajar línea, su indecisión, su incertidumbre. 

Ello no impide que, entrelíneas, se perciba, tenue, la posición de Leila Guerriero frente a Silvia, e incluso su pulsión crítica cuando recorre los costos, las pérdidas y las heridas de Labayru ocasionados por la experiencia del terrorismo de Estado, así como las acusaciones de colaboradora y traidora. 

 

La ética de la letra. La llamada propone el desafío de indagar cómo abordar la ética en contextos de extrema violencia, evaluando las acciones desde los polos de la deontología kantiana, que se centra en normas morales universales, y el utilitarismo de Bentham, que prioriza el beneficio y la utilidad para el sujeto como sus principios. En la raíz de este texto yace una cuestión ética nunca del todo cerrada en los debates sobre memoria. Hay un regreso a temas ya clásicos como: ¿está saldado el debate entre héroes y traidores? ¿Hasta dónde llega el concepto de zona gris? ¿cuáles son los límites, si los hay, en la “colaboración”? y tantos otros temas espinosos que rondan este libro. Pero lo que me interesa aquí es cómo se traduce, cómo se vehiculiza, el problema ético en el texto ¿cuál es la ética de la escritura de Leila Guerriero? Esta reside en el cruce arriba señalado: en poner el ojo en la debatida subjetividad de Silvia Labayru, abordándola desde una pluralidad de perspectivas, lo que provoca la suspensión de una verdad terminante, y la emergencia de una complejidad sin reduccionismos. Citemos a la autora “A veces parecía que la historia […] era muy compleja: chica conoce chico, chica pasa por circunstancias espantosas en las que se dirimen conceptos resbaladizos a los que hay que abordar desde distintos ángulos aportando una cantidad de testimonios múltiples que den una idea de conjunto” (244). 

 

Los ´70. “Yo no me estoy metiendo con los setenta. Yo tengo bruto metejón con la historia de esta mujer” (414) afirma Leila Guerriero. Más allá de esta negación de la autora, estamos ante un texto sobre los ´70 en el que se van desgranando diversos temas: el despertar político de la izquierda revolucionaria en el Nacional Buenos Aires; el lugar de la mujer en la ESMA, las violaciones, el “consentimiento”, el terrorismo sexual, el “síndrome de Estocolmo”, los partos clandestinos, el aborto; la “colaboración”, las salidas y permisos, las diferencias y confusiones entre el Staff y el Mini Staff, los “héroes y traidores”, la “zona gris”; el sobreviviente como traidor y/o testigo junto con el rechazo por parte de los organismos de derechos humanos y de los que fueran compañeros de Montoneros; el exilio como liberación, pero sobre todo como continuidad del “infierno” en el caso de nuestra protagonista; el amor y las parejas en los años de plomo; una visión crítica sobre Montoneros junto con el relato de la derrota y de la inutilidad de la lucha, entre otras cuestiones. Por un lado, me asalta y perturba esta evidente paradoja: Guerriero afirma enfáticamente no meterse con los setenta sino con la historia de esta mujer, pero recorre varios de los grandes y polémicos debates sobre los ´70 y en ese punto nodal genera un equívoco a partir del cual, como lectores haciendo uso de nuestros derechos, indagamos sus posturas sobre esa década. Por el otro, me pregunto si hay algo nuevo en estas lecturas sobre los ´70, pero es difícil saberlo porque es tan cuantioso el caudal de testimonios sobre la época que nunca terminamos de agotar lo dicho. Abundan, eso sí, las “memorias perturbadoras”, aquellas que -para decirlo en términos de Alessandro Portelli- escarban en las zonas oscuras, problemáticas y molestas de los movimientos revolucionarios y de los organismos de derechos humanos. Para solo citar un par de ejemplos: el feroz rechazo, humillación, descrédito e inculpación a los sobrevivientes en el exilio tanto por parte de Montoneros como de las Madres de Plaza de Mayo con Hebe a la cabeza, y la rotunda afirmación de Silvia en torno a la posibilidad de experimentar un orgasmo durante una violación que en nada implique que no se trate de una violación. Tal vez no sea nuevo, pero es contundente. Otro raro aporte: este libro incluye también una historia de amor, la de Silvia y Hugo, muy particular, conmovedora. No deja de sorprendernos, además, el asunto Astiz relatado desde la intimidad de la protagonista con sus detalles, o la voz en primera persona de Cuqui Carazo contando su “relación” con Pernías, o la afirmación de Norma Susana Burgos: “Nosotras, las mujeres de la ESMA, somos de un hotel cinco estrellas”. Resulta ambiguo y equívoco, como dijimos, que Leila Guerriero niegue que se trate de los ´70 y afirme que su interés está en la persona de Silvia: instituye, a su pesar, un modo de leer los ´70. Como ya se ha reiterado hasta el cansancio “lo personal es político”. 

 

El fin del pacto del Nunca Más. La llamada fue un libro pensado, elaborado, escrito bajo el consenso del Nunca Más, bajo sus certezas, bajo su amparo y garantía, incluso bajo su ¿confort y sus cegueras? Surge, perturbadora, la pregunta sobre qué texto puede hacer frente a la feroz y aviesa “batalla cultural” contra las políticas de la memoria, lanzada por la ultraderecha que hoy nos gobierna. No tengo una respuesta, pero la pregunta me agobia. Cuál será el nuevo relato capaz de reinventar las políticas de la memoria -como ya se ha hecho en otras ocasiones- para este nuevo escenario que, además, destruye las bases mismas de las disputas culturales, que anula el diálogo con las fake news y los discursos de la crueldad, que desintegra la mismísima esfera pública, que corroe las instituciones democráticas. Algunos analistas calan aún más profundo a la hora de marcar cambios radicales en el contexto del presente. Señalan la lenta fragilización de las democracias -las llamadas posdemocracias (Colin Crouch) o democracias iliberales (Sajó, Uitz y Holmes)- que han sufrido la pérdida del poder político del Estado frente a las grandes corporaciones, el deterioro de los derechos humanos con la consiguiente discriminación a los grupos vulnerables, y el descalabro de una cultura política basada en la mutua tolerancia y en la contención del autoritarismo. Otros señalan un triple desplazamiento en el ámbito cultural, desde la primacía del arte y la cultura hacia una cultura del entretenimiento que ha desembocado, actualmente, en la mera distracción superficial dada por el auge de la tecnología y el consumo digital (Ted Gioia) o la smartphonización de la vida actual que promueve una cultura de la inmediatez y la distracción (Ampuero). Conforman una tierra fértil para el brote de las nuevas derechas radicales presentes en Europa, Estados Unidos y América Latina. ¿Cómo responder? Reitero, no tengo una respuesta, pero la pregunta me agobia. Tal vez no sea una interpelación pertinente ni justa para La llamada o quizás podemos señalar que la apuesta al diálogo, a la escucha del otro, al mejor argumento, a las miradas críticas, a las verdades perturbadoras, así como la toma de distancia frente a un tono asertivo y a una realidad única constituyen contrapesos a los discursos del odio que reflotan la polarización schmittiana basada en la tensión amigo-enemigo -tan presente, por otra parte, en los ´70. 

 

Lo literario. Finalmente, no podemos dejar de reconocer la destreza literaria de Leila Guerriero para construir un texto de más de cuatrocientas páginas que, en todo momento, sostiene el relato, sin dejarlo caer, sin aburrirnos. Detrás, entre bambalinas, se advierte el enorme, tenaz e incansable trabajo que antecede a este volumen. Entre las páginas emerge la figura de esta entrevistadora cuya destreza va desde la atención, el cuidado y el respeto al otro hasta la pregunta incisiva y la picardía. Sabe contar el cuento sin arrebatarlo ni ralentizarlo, con paciencia y pericia, no es poco. Algunos detalles de su escritura sorprenden: la circularidad de un relato que se inicia y finaliza con la misma escena, y la cita reiterada, como si fuera un mantra, de un párrafo, yo diría de una estrofa o estribillo, que sintetiza el espesor de una vida que desborda una causalidad fija. Ese destino se va tejiendo con dosis de azar y contingencia que terminan por desbaratar una única dirección. Merece transcribirse ,como cierre de estas notas, ya que condensa la pulsión central de la mano de Leila Guerriero:

 

“A lo largo de cierto tiempo -días, semanas, meses-, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas” (115)

TERESA BASILE

Doctora en Letras y Profesora Titular de Literatura Latinoamericana II de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP.

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