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Phoenix (2014), de Christian Petzold

CINE/HISTORIA

LAURA MONACCI


Phoenix
(2014)
de Christian Petzold

Phoenix: Renacer de las cenizas del Holocausto.

 

     Hace unos días volví a ver Phoenix, una película bastante reciente de Christian Petzold, basada en la novela de 1961 del escritor francés Hubert Monteilhet, Le retour des Cendres (Regreso de las cenizas). Podría decir, sin temor a exagerar, que la adaptación a la pantalla grande que realiza Petzold se traduce en una de las mejores películas sobre el Holocausto judío que he visto últimamente. A riesgo de sonar exagerada, intentaré desarrollar qué es lo que –a mi parecer- la vuelve tan interesante.

     Una de las particularidades que presenta Phoenix es que aborda la experiencia del Holocausto sin mostrar una sola escena de la Segunda Guerra ni de los campos de concentración y exterminio nazis. De hecho, transcurre en la inmediata posguerra, el Tercer Reich ya cayó, los campos fueron liberados, la Alemania en ruinas está empezando a limpiar sus escombros (y a barrer algunos debajo de la alfombra). Sin embargo las secuelas siguen presentes en los sobrevivientes, que buscan seguir viviendo de la forma que pueden, en un intento por recuperar muy dificultosamente su humanidad anulada, de reencontrarse con sus seres queridos, a los tropiezos entre las ruinas de un pasado, de una experiencia previa a la guerra a la que es imposible retornar. 

     Las virtudes de esta película están directamente relacionadas con la forma en que se desarrollan algunas cuestiones que a veces nos resultan difíciles de explicar con palabras, ya que a la hora de intentar analizar y abordar conjuntamente con nuestrxs alumnxs las causas y las características del exterminio practicado por los nazis, se presentan varios desafíos. Uno de ellos tiene que ver con la periodización del fenómeno ¿Qué explicaciones resultan satisfactorias para evitar encorsetar los horrores del nazismo dentro del periodo de su recrudecimiento durante la segunda guerra -como si no existieran precedentes de la violencia nazi, ni continuidades de dicha violencia encubiertas, reformuladas, recanalizadas- sin por ello perder de vista sus particularidades específicas y distintivas que los diferencian de otras formas y otros momentos del horror? Los antecedentes que hicieron posible la “solución final”, tal como explica, por ejemplo, Enzo Traverso en La violencia nazi, no pueden circunscribirse solamente a los límites temporales del Tercer Reich, o específicamente a la segunda guerra mundial, así como tampoco sus secuelas y las del Holocausto en particular, desaparecieron con el ingreso en Berlín de las tropas aliadas. Sobre esto último reflexiona Alain Resnais en su documental de 1956,  Noche y Niebla:

     

     Con nuestra sincera mirada examinamos esas ruinas, como si el viejo monstruo yaciese bajo los escombros. Pretendemos llenar de nuevas esperanzas como si las imágenes retrocediesen al pasado. Como si fuésemos curados de una vez por todas, de la peste de los campos de concentración. Como si de verdad creyésemos que todo esto ocurrió sólo en una época y en un solo país. Y que pasamos por alto las cosas que nos rodean, y que hacemos oídos sordos al grito que no calla.

 

     Cuando las palabras parecieran resultar insuficientes, el aporte de las imágenes puede resultar invalorable. En este sentido, Petzold logra introducirnos en el inmediato tiempo después, logrando una continuidad que no siempre es fácil de explicar entre la finalización de la guerra y el mundo que aún no termina de nacer, pujando por salir de las cenizas, y en que las marcas de la catástrofe aún (si es que es posible el “aún”) no han sido borradas. Situándose por fuera de la condena a priori, el director nos muestra los roles jugados por los protagonistas en sus distintos recorridos, sin por ello eximirlos de la responsabilidad ante el enorme impacto provocado por las decisiones tomadas en determinadas circunstancias.

     La película comienza con Nelly, la protagonista -interpretada encomiablemente por la enorme Nina Hoss- siendo devuelta a Berlín tras la liberación de los campos. Ella no está sola. Si bien su familia ha muerto, su amiga Lene (Nina Kunzendorf) se hace cargo de su reinserción en la vida civil y de su cuidado tras las operaciones a que debió someterse para reconstruir su rostro desfigurado en circunstancias no especificadas.

     Desde el principio, la energía de Nelly está puesta en reencontrarse con Johnny (Ronald Zehrfeld), su marido, lanzándose a su búsqueda en la ciudad en ruinas. Primo Levi decía en el “Apéndice de 1976” de Si esto en un hombre que, además de la buena suerte, uno de los motivos por los cuales él pudo permanecer con vida en el lager estaba relacionado con: “mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad no sólo de sobrevivir (común a todos), sino de sobrevivir con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y que habíamos soportado.” En este caso esta fuerza, esta voluntad, que mantuvo a Nelly con vida fue la idea del futuro reencuentro con Johnny.

     Con el paso de los días, comienza el proceso de recomposición de su humanidad anulada por la vida en el lager. Las comodidades de la casa, el trato cuidadoso de su amiga, la cicatrización de las heridas en su rostro, la posibilidad de comer con cubiertos, un aspecto tan básico como central ya que es conocido que los nazis escondían las cucharas a los prisioneros, obligándolos a lamer del recipiente en que se depositaba el potaje de supervivencia diario, como si fueran animales. Sin embargo hay otras situaciones que dan cuenta de la continuidad del impacto de la deshumanización a que había sido sometida, y que se refleja en la sumisión ante un Otro, en la imposibilidad de cualquier tipo de reacción ante atropellos provocados contra otras personas, en su cuerpo a la defensiva pero estupefacto, golpeado, despojado de su subjetividad, convertido en un objeto para ser usado y descartado, marcas que están impresas en las maneras de desplazarse, de mirar (o de bajar la vista), de hablar sin alzar la voz… Su voz apagada, que en su vida anterior a la existencia concentracionaria había sido eje de su identidad como cantante. Nelly es consciente de que el nivel de destrucción llevado a cabo por los nazis no sólo se traduce de manera concreta en las secuelas de su rostro, sino que afecta a varias esferas. Cuando llega a su antigua casa hecha escombros por los bombardeos, descubre su imagen reflejada en un espejo roto y le dice a su amiga Lene: “Yo ya no existo.”

      Es que Nelly ya no existía tal como lo había hecho hasta su ingreso al lager. Su propia identidad, los valores de referencia que conformaban su identidad, se vieron modificados a partir de dicha experiencia. Esto se pone de manifiesto en la tensión que se plantea entre el intento por aferrarse a su antiguo yo, y las nuevas marcas identitarias que la atraviesan a pesar de sí misma. Cuando su amiga Lene, le propone una nueva vida en el territorio palestino en que se conformará el estado de Israel, y le sugiere que puede dedicarse a nuevas actividades, como participar en un coro, Nelly, reacia a renunciar a su pasado y a encarar la nueva vida propuesta, sostiene: “Qué haría yo en un coro judío. No soy judía”. Lene, sin titubeos, le replica: “Lo eres, te guste o no. Trataron de matarte porque eres una judía” resituándola de esta manera en otro de los diversos aspectos de su redescubierta subjetividad.

     Nelly finalmente logra reencontrarse con Johnny que, aunque no la reconoce intenta, como un Pigmalión, convertir a esa mujer que (lo) encontró en su antigua esposa, a partir de una reconstrucción exterior y superficial de su imagen. Le enseña a caminar con los zapatos que pertenecían a la antigua Nelly, le indica cómo arreglarse el pelo con el color que ella usaba, cómo adecuar el vestido a su estilo, etc., permitiéndole así recobrar algo de la imagen externa que ella misma tenía antes de la guerra. Una hermosa ilusión de retorno a una ficticia normalidad pasada… que no contempla que la recuperación de la condición de ser humano de una persona que sobrevivió a de los campos de exterminio, corre también por muchos otros rieles no visibles, más profundos y turbulentos. 

     La renacida vida que ella misma transita y las formas en que Johnny intenta recrearla, dejan en evidencia la distancia irreparable entre ambos. Más allá de que los objetivos de la recuperación de Nelly son completamente opuestos para uno y para otra (y sobre los cuales no entraremos en detalles), desandar la experiencia de los campos de exterminio es un recorrido que no pueden experimentar quienes no la hayan sufrido, ni quienes no estén permeables a escuchar los relatos de quienes sí lo hicieron. En una conformista ingenuidad se traduce el abierto desinterés, por parte de Johnny, de escuchar a la mujer que tiene enfrente.  Esto queda en manifiesto cuando propone que el regreso de Nelly y su presentación ante los amigos tiene que ser “a lo grande” bajando del tren, espléndida como era antes. Ella le pregunta, incrédula, no sin un dejo de sarcasmo: “¿Y yo tendré puesto un vestido rojo y zapatos de París? ¿Crees que alguien deje los campos así? Nadie lo creerá….” A lo que Johnny responde en una patente actitud de negación y ceguera voluntaria ante los horrores del pasado reciente: “Has visto a los repatriados ¡Todas las heridas quemadas y rostros disparados! Nadie los mira, todos los evitan. Pero queremos que ellos te miren y digan, ¡es Nelly! ¡Nelly lo logró! ¡Ha vuelto! Lleva puesto un vestido amplio y unos lindos zapatos porque ella está tan contenta.” Este tipo de reacciones eran habituales por parte de la mayoría de la gente que aún no estaba preparada para escuchar los testimonios de los sobrevivientes. Como indica el historiador Nikolaus Wachsmann en su libro KL, incluso: “pasados diez años desde la liberación, los campos habían quedado marginados, no porque los supervivientes fueran incapaces de hablar, sino porque el gran público no deseaba escuchar.”

     Las experiencias de vida de Nelly y Johnny los distancian irremediablemente. Los intentos  -por los motivos particulares de cada unx- de recuperar a la antigua Nelly son inútiles. La experiencia del Holocausto entre quienes la vivieron en primera persona y quienes no, resulta decisiva. Y las decisiones tomadas en ese contexto impiden a su vez el reencuentro desde el antiguo punto de separación, en que el quiebre fue irreversible. Pero ahondar en esas decisiones nos llevaría a “spoilear” la película para quienes estén interesadxs en verla.

     A la hora de intentar elaborar explicaciones en torno al exterminio nazi, muchas veces nos surgen más preguntas que respuestas. El mismo hecho de que se generen más dudas que certezas, que surjan más preguntas que respuestas, conduce incluso a un historiador con tanto oficio en la Historia del nazismo como lo es Ian Kershaw -en un libro que ya es un clásico de la historiografía sobre el Tercer Reich, La dictadura nazi– a concluir que:

 

     El solo hecho de plantear estas preguntas sugiere algunas de las razones por las que ninguna explicación del nazismo puede ser del todo intelectualmente satisfactoria. Sin embargo, en última instancia, el mérito de cualquier enfoque interpretativo debe reposar en la medida en que podría ser visto como una contribución a una interpretación del nazismo potencialmente mejorada.

 

    En este caso, Phoenix resulta una muy buena contribución desde las artes cinematográficas a las interpretaciones de Holocausto judío. A partir de la empatía o del rechazo que nos generan los personajes y la veracidad del escenario presentado, se nos tiende un puente hacia experiencias, lugares y épocas cuya comprensión se nos hace más aprehensible mediante su recreación en la pantalla. Ejercicio que nos permite al mismo tiempo poder habitar circunstancialmente esos mundos, esas realidades, sin tener que vernos forzadxs a encontrar explicaciones sólo mediante las palabras, cuando éstas a veces resultan insuficientes. La enorme pericia de Christian Petzold y de lxs actores hacen posible que -por la manera en que son planteados los problemas y las contradicciones desde una perspectiva netamente humanista- lo que podría haber quedado en una historia de amor como tantas, se convierta en una película que nos obliga a cuestionar los vaivenes de la condición humana en un contexto histórico de enorme complejidad, brindándonos luz sobre una problemática siempre difícil de abordar como es la transmisión histórica de la Shoah.

LAURA MONACCI

Es profesora en Historia, actualmente en las cátedras de Historia Social Contemporánea e Introducción a la Problemática Contemporánea, en la FaHCE y en Historia Social General en la Facultad de Artes (UNLP). Doctoranda en Historia, desarrollo mi tesis sobre la construcción del enemigo en diarios nacionalistas durante la Segunda Guerra Mundial. Forma parte del grupo de investigación “Pensar históricamente el tiempo reciente  (1973-2013)”, que dirige el Dr. Alejandro Simonoff.

El ejército de la revolución (2019), Nanni

HISTORIA

FACUNDO NANNI


El Ejército de la revolución
(2020)
de Alejandro Morea

Una investigación rigurosa y amena. Un Ejército que marcó el rumbo revolucionario

     Con una pandemia ya desatada, el Doctor en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires,  Alejandro Morea, brindó a la comunidad académica un notable aporte con la publicación del libro El ejército de la Revolución. Una historia del Ejército Auxiliar del Perú durante las guerras de independencia.  La contribución es sumamente valiosa, y se articula con las decenas de artículos y conferencias que el joven historiador realiza desde tiempo atrás, tomando como punto de observación a aquél ejército clave para el curso de una revolución potente, transformadora, pero con angustiante final incierto.

     Su atrapante libro, que forma parte de la Colección Historia de Prohistoria Ediciones, es en algún sentido la culminación de su tesis doctoral, pero también algo más. Alejandro no sólo materializó operaciones de edición típicas en el tránsito tesis-libro (como quitar los marcos teóricos y los voluminosos anexos), sino que alimentó el marco interpretativo. Otorgó mayor cobertura a los Regimientos de Pardos y Morenos, amplió la cantidad de biografías colectivas reseñadas, y profundizó los vínculos entre política y militarización, entre otras aristas ampliadas con respecto a la versión original. La discusión inicial del libro sobre qué cosa es la historia social de la guerra, y cuantos kilómetros la distancian de la historia militar clásica han ganado en profundidad con respecto a la tesis, más forzada por el formato catedrático de las universidades. 

     Para invitarlos a conducirnos por las claves del libro, quisiera antes sentar postura sobre los hilos invisibles que conectan la aventura historiográfica no sólo con su resultado visible, sino con los derroteros de su escritura. Los libros no son sólo su materialidad final, sino también su entorno. Considero que reseñar una obra  implica un natural descenso al infierno de las contradicciones, porque implica un laberinto de valoraciones sobre un material que evidentemente uno mismo ha disfrutado.  Cambiamos junto con la obra,  y debemos en cambio camuflar nuestra crítica con ropajes académicos. La vinculación entre deseo e investigación, entre  soledad académica y  solidaridad historiográfica constituyen tramas de sentido que a menudo se ocultan.

     Tengo la certeza de que narrando algunos itinerarios personales puedo caminar también en conjunto con los hechos históricos, casi acompañando a un ejército fascinante y no exento de dramatismos. Quiero andar ese tránsito sin camuflar mi relación emotiva con el libro, porque advierto que así puedo acompañar mejor las andanzas de una fuerza bélica itinerante, de una suerte de monstruo ambulante con poderosas grietas internas, pero crucial para abrir el rumbo emancipatorio en el cono sur americano. 

Historiar el norte argentino, seguir el curso de la revolución. 

     La comunidad de historiadores es también un espacio de confluencia de hombres y mujeres que intercambian el fruto de sus investigaciones, y que no se corresponde exactamente con la imagen del escritor solitario rodeado de  fichas y documentos. Permítanme referir entonces al resultado del libro empezando por la historia de mi propio vínculo con el investigador.  Hace diez años recibí de un joven doctorando un correo electrónico con algunas preguntas sobre la revolución, la guerra, sobre detalles de la ciudad de San Miguel de Tucumán, Salta, Jujuy y otros espacios afines. Esa ciudad de San Miguel era (y es) la ciudad donde vivo, pero también había sido sede del ejército en diferentes ocasiones entre 1811 y 1819. Al interesante joven no lo conocía, no realmente hasta segundos antes de leer el mail. Mi tesis doctoral, en parte “gemela”, cobraba nacimiento, en mi caso con la dirección de la Dra. Gabriela Tío Vallejo y la Dra. Noemí Goldman, ambas investigadoras del Conicet y  destacadas referentes en el estudio del siglo XIX. Nacían caminos de polvo muy transitados, “aventuras compartidas” dirá Alejandro en los agradecimientos del libro. 

     No recuerdo bien los primeros intercambios de correo, y no tendría tanto sentido que acuda al Buzón de entrada a inhumarlos para resolver el abismo siempre sospechoso entre el recuerdo y la evidencia escrita. Sé que cambiábamos figuritas, como dos becarios Conicet, como dos doctorandos que se preguntan sobre las bases del poder de Bernabé Aráoz, los itinerarios del ejército,  el rol belgraniano, la naturaleza del pueblo en armas. Recuerdo un simpático debate -en cuatro mails- sobre si convenía hablar de “orientales”, para reseñar vidas como la de Abraham González, o si existían otros gentilicios para nombrar su procedencia. No recuerdo qué concluimos, tal vez porque el campo de batalla se abría por entonces como un desierto, como un tablero de ajedrez ahora que volvió a estar de moda aquel misterioso juego.  En compañía, podíamos exorcizar quizás la mezquindad que suele tener la vida contemplativa de los libros.  Queríamos proyectar nuestros propios rumbos dentro de una carrera académica repleta de obstáculos, y  que esa empresa no cobre el sospechoso hedor de las competencias, los vértigos de la publicación interesada, los estándares de calidad mal ejecutados. 

     Probablemente comenzamos a confesar admiración mutua por historiadores como Gabriel Di Meglio y Alejandro Rabinovich, que años después serían jurado de la tesis defendida por Ale, y entusiastas promotores del libro. Creíamos (y no hemos claudicado), en el eléctrico candor de combinar investigación con docencia y divulgación.

      El libro sobre el ejército de la revolución es también heredero de un transitar amplio, que muestra el crecimiento de espacios como la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Particularmente eficiente para otorgarle un marco académico a la investigación fue el grupo de la Dra. Valentina Ayrolo, nucleados en el grupo Problemas y Debates del siglo XIX. Aquel ámbito de lecturas sobre el siglo XIX, que atraviesa lo político, lo diplomático, lo militar, lo social, ha podido nuclear a excelentes colegas como Fabián Herrero, Ana Laura Lanteri, Laura Mazzoni, entre otros y otras, responsables de vigorosas líneas de investigación plasmadas en tesis y otros formatos para volcar los hallazgos sobre el pasado. 

     En reuniones con Alejandro, al principio “virtuales” (diríamos hoy), podíamos confesar nuestras preferencias. Primero por correo, pronto por teléfono, en congresos y jornadas. Posteriormente en algún mate “presencial” de la tardecita tucumana o marplatense, porque pronto los compromisos laborales nos encontraron en el mismo bando revolucionario. Los resultados de Morea alimentaban mis propias líneas. Es que el ejército del norte, o el ejército de “Morea” como lo denominaba en algún whatsapp constituía un excelente mirador para atravesar las montañas y ríos  de mis propias investigaciones. Era difícil entender al Congreso de 1816, a la construcción de Tucumán como provincia separada de la Intendencia de Salta del Tucumán, o acaso a la circulación de impresos en el actual norte argentino sin advertir la transformación que se produjo en los pueblos septentrionales con la presencia constante de una fuerza tan numerosa. No había hasta el momento una investigación que siguiera el curso del Ejército Auxiliar del Perú desde sus orígenes hasta su “muerte”, desde una historia social de la guerra, recuperando biografías colectivas. Existían por supuesto aportes anteriores que habían marcado la senda que la nueva tesis pretendía ensanchar, como Revolución y Guerra (1972) de Halperín Donghi, y sus afirmaciones sobre la profesionalización de los ejércitos sumados a la idea-fuerza de “carrera de la revolución”.  Había ríos de tinta, incluso de tipo tradicional, como los siempre necesarios trabajos de Bartolomé Mitre, de Vicente Fidel López o de Ricardo Levene. Había que leerlos al revés, a contrapelo, o buscando otras pistas si queríamos hacer una historia social aggiornada por nuevos aportes conceptuales y empíricos. 

     Comenzar a transitar espacios conjuntos fue en paralelo a la investigación de la línea personal de cada uno: la del marplatense vinculada a la guerra y la revolución, la del tucumano asociada a la prensa, las opiniones y rumores en la misma época. El itinerario conjunto con Alejandro mezcló iguales dosis de risas y  “catarsis investigativa”. Aparecían las angustias y la exaltación de los logros y botines de guerra académicos. Hemos dictado cursos de posgrado en conjunto, defendido tres mesas temáticas en las Jornadas Interescuelas (máxima reunión de historiadores del país), viajes y discusiones. También aprovechamos la experiencia europea de ambos, para repensar la conexión de algunos soldados y oficiales con el suelo americano, teniendo en cuenta que varios guerreros con pasado napoleónico pisaron suelo norteño. En ese sentido, publicamos un artículo en inglés para una prestigiosa revista especializada, en donde definíamos a San Miguel de Tucumán, como city transformed by the army

      No creo en las barreras tajantes entre lo formal y lo informal, y tal vez por eso elegí estudiar entre otros temas la forma en la que las expresiones contrarias a los gobiernos se camuflaban en pasquines, libelos y chismes. La investigación de mi amigo Morea, hoy materializada en el libro publicado por Prohistoria permite a la historiografía argentina tener un panorama mucho más claro sobre las funciones, objetivos y características de esta fuerza, que en conjunto con el Ejército de los Andes fueron  pilares  para la continuidad del proyecto revolucionario. Así como no concibo la investigación sin docencia universitaria y divulgación, no puedo entender la pesquisa documental sin brindar mis conclusiones a la comunidad y a los colegas inmediatos, o más lejanos.  La solidaridad debe ser constitutiva del campo académico para evitar visiones oportunistas, o vaciamientos de instituciones como Conicet desde lógicas del rendimiento, de la meritocracia mal entendida.  

     El trabajo realizado en el Archivo General de la Nación (AGN), en repositorios provinciales, hemerotecas y otros ámbitos fue arduo, y desconoció en algunos casos la aspereza provocada por la incertidumbre de un financiamiento investigativo tan zigzagueante como el propio rumbo de un país sometido a visiones políticas no siempre compartidas. Tan zigzagueante como un ejército que tuvo victorias resonantes (Suipacha 1810, Tucumán 1812, Salta 1813), pero también aplastantes derrotas. ¿Un ejército de la revolución en palabras del autor? Sin dudas sí, argumentado no tanto desde sus hazañas, ni desde un saldo militar que puede ser menor que el del Ejército de los Andes, sino en relación con el rol medular que tuvo en la gobernabilidad del rumbo independentista. No fueron sólo la magnitud de sus hombres enrolados, o la extensión de sus hazañas, números y datos “duros” que el autor hilvana por primera vez para la historiografía. Fue la tarea “interna” del ejército, su íntima vinculación con la política, su articulación casi codo a codo con el Congreso que tuvo sede en Tucumán en 1816, convertido en algo más que un ejército abocado a mediar en los problemas de las provincias y pueblos, además de su acción en el Alto Perú implícita en su nombre. El libro no simplifica objetivos ni fundamentos, ya que fueron cambiando en función de las coyunturas y en el río de generales, oficiales y su-oficialidad que fueron animando sus acciones. Pero sí remarca el carácter indisociable entre esta fuerza y la propia dinámica revolucionaria, estableciendo algunas particularidades de esta fuerza que solemos asociar con Manuel Belgrano, olvidando otros hombres implicados en su mando. Una investigación rigurosa, una aventura en clave de vaivenes de la guerra, una entrada social a un universo transformado por la militarización. Un libro para entender(nos) un poco más. 

FACUNDO NANNI

Es Licenciado en Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Tucumán. Docente e Investigador, especializado en las provincias argentinas durante el siglo XIX. 

Mar del Plata. Un sueño de los argentinos, de Pastoriza y Torre

HISTORIA

JUAN LUIS BESOKY


Mar del Plata. Un sueño de los argentinos.
(2019)
de Elisa Pastoriza y Juan Carlos Torre

   

     El libro de Pastoriza y Torre genera una lectura amena y entretenida. Lo ligero de su lectura, no implica que carezca de profundidad. Centrado en contar los orígenes de la ciudad balnearia hasta los años setenta del siglo XX, el libro es también un relato sobre los argentinos y sus sueños colectivos. Anclados en la historia social, los autores incorporan diversos registros y fuentes que nos acercan a las historias individuales Todos los capítulos van acompañados de una notable selección de imágenes de Mar del Plata e incluso de ciudades balnearias a las que se pretendía imitar. Diferentes pinturas, planos y fotografías, muchas de ellas provenientes del archivo histórico municipal Barili, contribuyen a acercarnos a la realidad de esos tiempos. 

     El capítulo I llamado “Un lugar de veraneo junto al mar” inicia con las trayectorias de dos figuras emblemáticas de Mar del Plata: su fundador Patricio Peralta Ramos y el terrateniente Pedro Luro. La vida de este último ilustra las posibilidades de vertiginoso ascenso social que presentaba para algunos la Argentina de finales del siglo XIX.  Luro, un inmigrante vasco llegado al país en 1837, con tan solo 17 años comenzó trabajando en un saladero para luego dedicarse al transporte de pasajeros. Con el tiempo comenzó a arrendar tierras para forestarlas y terminó adquiriendo propiedades para convertirse en un importante terrateniente.  Fue en las tierras costeras de Peralta Ramos que Luro instaló un saladero, construyó un muelle y dio impulso al desarrollo turístico de la ciudad.

     Los autores aprovechan el inicio de este proyecto para reconstruir las costumbres de la elite porteña antes de que la ciudad existiese. Guiados por la pluma de los autores recorremos la tradición de la elite porteña de pasar los meses de verano en las quintas de las afueras de la ciudad: Flores, Belgrano, San Isidro, Tigre y San Fernando eran los tradicionales lugares de veraneo. El reemplazo de las quintas por la costumbre de vacacionar en el mar obliga a reconstruir la manera en que el imaginario europeo del siglo XVIII fue cambiando su visión del mar y sus riberas. Así como en un primer momento la sociabilidad de la playa se organizó inicialmente en torno a la enfermedad y no a la diversión, el transcurso del tiempo iría consolidando el modelo de ciudades de descanso y esparcimiento como Bath, Brighton, las costas de Normandía y la más famosas de las ciudades balnearias: Biarritz. Esta moda de veranear en el mar fue copiada aquí en las costas de Uruguay, siendo la playa de Pocitos en Montevideo el destino preferido de la elite argentina antes de que Mar del Plata la reemplazara. 

     “La construcción de la Villa Balnearia” nos lleva por los hitos principales de este proceso: la construcción del Bristol Hotel por parte de Luro, la llegada del ferrocarril en 1886, la construcción de la icónica rambla Bristol, símbolo de la Belle Époque, y la sostenida edificación de fastuosas residencias veraniegas de variados estilos. En el siguiente, “El ocio distinguido a orillas del Atlántico”, continúa su recorrido sobre la importancia pedagógica del hotel referido para la sociabilidad y el uso del ocio de la alta sociedad porteña. Numerosos extractos de testimonios de los visitantes dan cuenta de la significación del hotel, el casino, las playas y el paseo por la rambla para la clase alta. 

     A continuación, “El ocaso de la villa balnearia” desciende su mirada sobre los nuevos veraneantes que van acudiendo a la ciudad y que no son parte de la elite porteña sino de los sectores medios en ascenso. En el capítulo también hay lugar para observar el mundo de los habitantes locales, de los obreros que construyeron la infraestructura marplatense y de su expresión política mayoritaria: el Partido Socialista. Justamente, como dice uno de los testimonios citados, “que una ciudad, por excelencia aristocrática, llena de suntuosos y elegantes palacios, esté gobernada por los socialistas” puede resultar incomprensible. No lo es si uno se percata que la inmensa cantidad de los habitantes son obreros del puerto, pescadores, pintores, albañiles, cuidadores de fincas, y demás. Para 1924 con el 55% de los votos la supremacía del Partido Socialista era contundente.  

     No deja de ser interesante el alineamiento de los socialistas marplatenses con la postura doctrinaria del partido, que los llevó a acompañar la ley de 1927 que prohibía el juego en toda la provincia. Este voto, en contra incluso de buena parte de su electorado, terminó repercutiendo negativamente en el gobierno socialista presidido por el intendente Bronzoni y acabando en una intervención. De todas formas, luego de 1955, el socialismo volvería a regir el gobierno comunal demostrando tener una sólida base propia.

     El capítulo “La ciudad balnearia” refiere a los cambios más decisivos que tuvo la ciudad a partir de la década del ’30. La imagen con que se inicia donde se ve la demolición de la vieja rambla Bristol para ser reemplazada por la actual Rambla Bustillo con su clásico Hotel Provincial, es quizás el mejor símbolo de los cambios por venir. A esta iniciativa se suma la construcción bajo la gobernación de Fresco de un balneario parque en Playa Grande. Con estas obras quedaba delineado un nuevo perfil de Mar del Plata con los veraneantes distribuyendose algunos en Playa Bristol y otros en Playa Grande. A estas iniciativas se sumaba la inauguración de la ruta 2 en 1938 que contribuyó a popularizar la llegada de los sectores medios en ascenso a las playas marplatenses. Estas medidas se combinaban con el crecimiento sostenido del turismo social iniciado en los ‘30 y ya de manera definitiva con la gobernación peronista de Domingo Mercante. La expropiación de 24 chalets ubicados en la Playa de Los Ingleses (hoy Playa Varese) para ponerlos al servicio de los sindicatos daba cuenta de los nuevos tiempos. Que la playa más exclusiva de Mar del Plata, donde solían refugiarse quienes escapaban de la Bristol por el avance de los sectores medios en los años treinta, terminara convertida en un enclave del turismo proletario marcaba la pauta.

     De todas formas, las iniciativas del gobierno peronista por lograr que los trabajadores pudieran “gozar como cualquier ciudadano del descanso, sosiego y de la belleza del Primer Balneario argentino” no tuvieron éxito inmediato. Como bien nos recuerdan Pastoriza y Torre, hubo variadas iniciativas para acercar el mítico balneario a las clases trabajadoras. Una de ellas fue la Ley Provincial de Turismo de 1948 y el eslogan: “Usted se paga el viaje y la provincia el hospedaje” difundido a través de los medios de comunicación. Sin embargo, por el testimonio de uno de los funcionarios de Mercante, comprendemos que los trabajadores no tenían “hábitos de turismo” y veían en el traslado a Mar del Plata más problemas que ventajas. Tampoco la visión que ha destacado el rol de los hoteles sindicales durante el primer peronismo resulta acertada. Este fue un fenómeno más tardío, que cobró forma a partir de la década de 1970. 

     Donde sí fue más notable el impacto del peronismo fue con la aprobación de la Ley de Propiedad Horizontal de 1948, que junto a los créditos otorgados por el Banco Hipotecario, facilitaron el acceso a la vivienda propia. En pocos años, desaparecieron las villas y mansiones alrededor de la Rambla Casino y la Avenida Colón, mientras la elite veraneante se replegaba al Barrio los Troncos para dar lugar a la construcción de miles de departamentos. El uso intensivo del suelo permitía a los sectores medios, en el marco del boom inmobiliario, convertirse en propietarios de incluso un departamento adicional para veranear. A partir de entonces la fisonomía de Mar del Plata cambiaría notablemente.

     El sexto y último capítulo llamado “El balneario de masas” nos introduce en la etapa de apogeo definitivo de Mar del Plata, la meca del turismo en Argentina. Convertida en una de las ciudades con mayor crecimiento del país debido a la llegada de nuevos residentes, más allá de los visitantes por temporada, la ciudad poseía para los años 1960, 95 balnearios a lo largo de la costa, más de 1200 hoteles, 7 mil nuevas viviendas por año, 32 galerías comerciales entre otros tantos beneficios. Es en esos años que se da el crecimiento vertiginoso de los hoteles sindicales: de tres que había en 1948, cinco en 1956, para 1967 ya son ocho. Así la ciudad se convierte en pleno verano en una marea de gente, o como diría un corresponsal de la revista Panorama en 1965: “Ningún argentino en su sano juicio iría a Mar del Plata en temporada a descansar”. La playa, el casino, los restaurantes, los boliches se colman de jóvenes y no tan jóvenes deseosos de ser parte de la ciudad de todos.

     Tal como reconocía un alto funcionario italiano al diario Clarín en 1975, “En toda Europa no hay un centro que reúna las características de Mar del Plata. Además de las delicias de la playa y el mar, permite la coexistencia de todos los niveles de poder adquisitivo en un mismo centro balneario (…) En Europa, en cambio, los balnearios están estratificados en cuanto al poder adquisitivo de la gente que tiene acceso a ellos”. Sin embargo, esta característica única de la ciudad comenzaba a perderse. Las familias de la alta burguesía migraban hacia otros horizontes en busca de la exclusividad que Mar del Plata ya no podía darles. Así Punta del Este comenzaba a despegar como lugar alternativo. Por otro lado, los jóvenes de los sectores medios se redirigían hacia nuevos destinos de veraneo siendo Villa Gesell el lugar más elegido.

     Con las imágenes de los desertores de los veraneos marplatenses finaliza el libro. Nos dejan los autores con ganas de saber más sobre los últimos años de Mar del Plata, que por más que sean recientes, no dejan de ser interesantes. Sin embargo, tal como Pastoriza y Torre señalan, su intención no fue hacer una historia completa de la ciudad sino más bien, reconstruir la trayectoria del balneario como metáfora de la dinámica de la sociedad argentina. Para ambos, a partir de 1970 comenzó a perder consistencia lo que denominaron el experimento social de los argentinos: “acoger en un espacio físico común y a la vez internamente diferenciados los planes de verano de los más diversos sectores sociales”. Desde entonces, concluyen los autores “los contrastes sociales y culturales de la sociedad argentina se volvieron más intensos y visibles y, por lo tanto, se hizo más difícil contenerlos bajo el mismo cielo y en el mismo mar. Mar del Plata dejó de ser, pues, el balneario de todos, si bien continuó siendo el balneario de masas”. Así, en una ciudad que apenas puede esconder las marcas de la progresiva desigualdad, todavía logra evocar en el sueño colectivo de los argentinos, el recuerdo de un país mejor.

JUAN LUIS BESOKY

Es archivista y docente de Historia en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad Nacional de José C. Paz. Fue becario doctoral del Conicet investigando sobre la derecha peronista y se doctoró en Ciencias Sociales con una tesis sobre ese tema.

I may destroy you, de Coel

SERIE

CATALINA CURCIARELLO


I MAY DESTROY YOU
(2020)
de Michaela Coel

Antes de ser violada nunca le presté mucha atención a ser mujer. 

Estaba muy ocupada con ser negra y pobre

(Arabella Essiedu, episodio 7)

     En abril de 2018 con el hashtag #Cuéntalo se publicaron en la red social Twitter más de dos millones de testimonios sobre abusos sexuales, violaciones y situaciones de acoso sufridas por mujeres en distintas partes del mundo. Este movimiento fue impulsado por la escritora y periodista española Cristina Fallarás motivada por la indignación e impotencia que le había provocado -como a buena parte de la opinión pública- la sentencia del juicio al grupo conocido como “La Manada”. Fallarás inició este hilo en la red social con el relato en primera persona de una experiencia de acoso sufrida años atrás, con la presunción de que una mayor visibilidad de estos relatos contribuirían a la credibilidad pública de las víctimas. En sólo 15 días millones de mujeres twittearon y compartieron sus  historias o pusieron su voz por aquellas que ya no podían hacerlo. 

     Fallarás recuperó y analizó esta experiencia en un libro publicado por Anagrama en 2019 bajo el título Ahora contamos nosotras en el que concibe a este tipo de movimientos (#Cuéntalo; #me too; #Yositecreo, etc.) como procesos de construcción colectiva de una memoria sobre la violencia machista. Los testimonios compartidos y narrados en primera persona, según Fallarás, habilitan una identificación que puede ayudar a que otrxs le otorguen sentido a sus propias      vivencias. Como sabemos desde Halbwachs en adelante, los sentidos sobre las experiencias pasadas se construyen colectivamente desde el presente y se resignifican en diálogo con otrxs. De este modo, los recuerdos y los sucesos traumáticos vividos individualmente dejan de ser pensados como hechos aislados y privados para poder ser pensados, en este caso, como productos de un sistema patriarcal opresor. 

     Volví sobre esta idea de Fallarás cuando vi I may destroy you, una serie estrenada por HBO en junio de 2020 que obtuvo muy buenas críticas y varias nominaciones, y que nos invita a formar parte de la construcción de una memoria colectiva de la violencia machista. Los créditos de esta arriesgada apuesta se los lleva su creadora, directora y protagonista: la actriz británica Michaela Coel. La trama se construye en torno a una experiencia traumática vivida por la protagonista de la serie Arabella Essiedu, una joven escritora negra – interpretada por la magistral Michaela – víctima de una violación una noche en un pub londinense.  

     A lo largo de los capítulos Arabella recorre el derrotero de las víctimas de abuso: el bloqueo, la perturbación del recuerdo y la negación de lo ocurrido – los primeros flashbacks son interpretados como productos de su imaginación y se libra entonces una batalla constante entre la irrupción del recuerdo y el intento consciente por disiparlo-; la resistencia a asumirse como víctima – ¿cómo arrogarse tal lugar cuando hay otras injusticias y violencias como la explotación sexual, el racismo, el hambre y la desigualdad?; los arduos caminos y los límites de encontrar reparación en la justicia -aunque Arabella logre realizar prontamente la denuncia, en pocos meses la investigación del caso se cierra sin responsables; la búsqueda de otras formas de reparación posibles -el rol que tienen hoy las redes sociales como lugares de encuentro y de denuncia pública- y la importancia de encontrar una escucha empática, tejiendo redes de contención y  afecto, para la resiliencia de las víctimas.

     El personaje de Arabella es magnético. Sus ojos enormes y labios voluptuosos, herencia de sus antepasados ghaneses, la intensidad de su mirada, la vestimenta, el color de sus pelucas, sus movimientos y gestos estruendosos y también sus excesos. Arabella, como la serie, se mueve siempre en los límites. Está acompañada de sus amigxs Terry y Kwame con quienes forma una especie de “hermandad negra-millennial” que es central para su recuperación. A partir de ellxs se despliegan las historias secundarias mediante las que la serie recorre las diversas violencias sufridas por mujeres, homosexuales, negrxs y pobres en la sociedades patriarcales contemporáneas. Transcurre osadamente por las zonas grises del consentimiento, otro tema central de esta propuesta, para echar luz en la infinidad de situaciones en las que aún existiendo un marco de acuerdo, ese consentimiento es violentado y manipulado: dos hombres que simulan no conocerse para acostarse en un trío con una mujer; un hombre que se quita el preservativo en medio de una relación sexual sin acordarlo con su pareja; una mujer blanca que en una entrevista laboral se arroga el derecho de pedirle a una mujer negra que se quite la peluca y muestre su verdadero cabello; una violación en el marco de una relación consentida entre dos hombres. Las narrativas, a su vez, no son lineales, los personajes tienen sus zonas oscuras y contradictorias que problematizan el lugar común de las víctimas. También Kawme, Terry y la propia Arabella se encuentran en situaciones en las que ellxs mismxs son quienes tensionan los límites de los acuerdos.  La serie se anima a explorar y abrir preguntas sobre los cambiantes roles y las dinámicas de poder que se dan entre los vínculos.  

     Tal vez uno de los aspectos más interesantes de esta serie sea el momento en que Arabella toma consciencia de la violencia a la que fue sometida por su condición de género y hace público su relato, porque no sólo hace de lo personal un acto político, sino que podemos ver el inicio de ese proceso de construcción colectiva al que refería Fallarás. Cada unx de los personajes comienza a reescribir su pasado en diálogo con lxs otrxs y a otorgarle nuevos sentidos a sus recuerdos, incluyéndonos inevitablemente a lxs espectadores.

     La serie nos lleva a revisitar y a resignificar nuestras experiencias, sin ofrecernos respuestas y sin prescripciones.  La invitación es a la introspección, a la reflexión y a formar parte de la construcción de una memoria colectiva que nos permita romper los silencios, luchar contra los silenciamientos y que se constituya en principio de acción en contra de la violencia patriarcal.

CATALINA CURCIARELLO

Es docente de la carrera de Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación  (UNLP) y en Escuelas de Enseñanza Media de la región. Actualmente es estudiante de la Maestría de Historia y Memoria (FaHCE).

Manual para mujeres de la limpieza, de Berlin

RELATO

MARCELO SCOTTI


Manual para mujeres de la limpieza
(2017)
de Lucia Berlin

     ¿Se escucha la voz de una persona en su escritura? ¿La podemos oír mientras leemos lo que escribió, incluso cuando ha pasado mucho tiempo de esa escritura o, más aún, cuando alguien ha traducido su obra desde otra lengua? Vuelvo a preguntarme sobre la presencia de la voz en el texto leyendo a Lucia Berlin, percibiendo su tono limpio y directo, la música única que se desprende de su forma de ver y de contar. 

     Una mujer nacida en Alaska en 1936 con una biografía de película, según informa la edición en español de una selección de sus cuentos: pasó su infancia en varios pueblos mineros del oeste y en el sur de Estados Unidos, en la frontera cultural difusa con México, a los saltos entre escuelas católicas primarias que la expulsaban y una familia materna desintegrada que la sometió a maltratos dedicados y constantes a manera de crianza y de primera educación, pero la introdujo también en el roce directo con el mundo en un lugar abundante de otros ¿o será que la pequeña Lucia era ya la otra dentro de un universo familiar regenteado por abuelo y madre alcohólicos? La niñez, ya desajustada por su estatura inusitada y una persistente afección en la columna que la obligaba a usar un ostensible corsé, vuelve una y otra vez en sus relatos como referencia fundante y territorio que no se ha terminado de abandonar; como si se tratara de un ejercicio ante el analista, Lucia nombra muchas veces pasajes, anécdotas y personajes de esa infancia y lo hace una y otra vez tallando algún nuevo matiz, modelando sus recuerdos y lo que ella misma es capaz de hacer con ellos mediante la escritura; hay allí dolor, violencia, temor, desesperación, pero también alegrías inesperadas, bruscos aprendizajes, amores. Hay, sobre todo, una experiencia de la vida que se mantiene en movimiento, en sus recuerdos y en su escritura, una voluntad preciosa de seguir contándose y contando la propia historia para alejarse de la fatalidad o de la muerte.

     De Alaska a Texas y de allí a Chile, en un abrupto cambio de escenario que la deposita, familia paterna mediante, en el seno mismo de la oligarquía trasandina, trajinando su adolescencia en colegios de élite en los que se siente tan fuera de lugar como desde que nació. De esa experiencia de una extranjería insistente, Berlin declina una escritura insólita en la que sólo puedo reconocer un aire de familia con la sensibilidad versátil de Agnès Varda o con algunos hermosos cuentos de Truman Capote – La botella de plata o Deslumbramiento, por ejemplo-: una forma de la soledad que se empeña en volverse abierta curiosidad sobre el mundo y sobre los propios recuerdos.

     La edición de Alfaguara destaca en el paratexto el hallazgo de esta obra, el redescubrimiento de una autora poco o nada celebrada en su momento que se ha vuelto famosa en los últimos años y que se ha ganado, post mortem, reediciones y reconocimientos de los que no gozó en vida. Berlin tuvo su menos que cuarto de hora publicando en revistas en los ochenta y los noventa y en libros de tiradas limitadas en pequeñas editoriales; en sus textos uno no se imagina una escritora, tanto porque su biografía a salto de mata revelada a retazos en sus cuentos trasunta cierta imposibilidad de sostener el oficio y de sostenerse como tal, como por la frescura de su prosa, o, mejor dicho, por la soltura de su tono; antes que relatos planificados y elaborados pensando en su publicación, los textos de Berlin parecen ejercicios de observación o de rememoración que están vinculados con su biografía siempre de una manera diferente. Se trata de una antología de cuentos, pero Manual para mujeres de la limpieza puede leerse también como la memoria de su autora, la memoria que se obstina en no quedarse quieta y que se revuelve tras las varias luces de su rememoración. Más que a una escritora ante una máquina de escribir, uno se imagina a Lucia Berlin escribiendo mientras cocina, cose, cuida a una anciana enferma, atiende una central telefónica o lava la ropa en alguna casa de familia que la ha empleado para la limpieza, como muchas de las narradoras de sus historias.

     En la mayor parte de los relatos aquí reunidos la autora narra fragmentos de sus propias experiencias o compone pequeñas historias de familia, de amor o de amistad incluyéndose en la escena, en otros se desplaza apenas hacia afuera del cuadro y apela a algún personaje, incluso masculino, que sostiene su propia mirada o que se torna un observador circunstancial de su vida. Una singularisima capacidad de registrar a los sujetos que sólo puede entenderse como parte de una curiosidad genuina por la gente que no asume sesgo alguno de exotismo o de condescendencia, y una escucha finísima de los modos de decir y de callar de los otros, seguramente apuntalada por sus frecuentes mudanzas, pero atesorada con afecto y dedicación para servir a una escritura que suele sorprender con giros graciosos o detalles que rompen la unidad de tiempo y lugar o traen a cuento del pasado o de las lenguas vecinas disrupciones tan imprevisibles como precisas: un aire fresco que se siente incluso en sus relatos más sombríos y que modera las historias sin quitarles un gramo de peso o de verdad. 

     Su acercamiento a la ficción es inusualmente directo y sin poses, no parece haber en sus relatos mucho margen para la imaginación de argumentos y, claramente, no hay pretensión alguna de forzar o dilatar tramas, pero es notable la capacidad para rotar los puntos de vista, para mirar o imaginar desde la posición de otros sujetos e incluso para narrar y narrarse desde esas otras miradas: en Y llegó el sábado relata parte de su experiencia como maestra de escritura en un taller que dictó en la cárcel del condado de Boulder, Colorado; lo notable del relato es que quien narra es uno de sus estudiantes y que su propia figura como docente queda en un segundo plano; más notable aún es que el verdadero protagonista del relato es otro de los alumnos del taller, y que su brillo se delinea entre las varias admiraciones que genera entre todos esos otros y otras detenidos que comparten brevemente las clases y en la propia maestra. En Mijito, la tragedia anunciada se entreteje entre dos puntos de vista trabajados con igual intensidad y precisión, la profundidad y la elocuencia emergen del abismo social y cultural que se compone entre ambos, del horror que los hace funcionar diariamente incluso contra la voluntad y las acciones de sus protagonistas.  

     Tal vez las propias experiencias como adicta al alcohol la hayan introducido por varios mundos oscuros sintiendo la comunión profunda con las almas perdidas, tal vez su condición de saltimbanqui, incluso entre las clases sociales, la haya llevado a ese lugar desprovisto de toda vanidad del orgullo o los propios prejuicios; como sea, en la literatura de Lucia Berlin hay personas, variadas, muchas, diferentes, otras, vivas y únicas, que se cruzan casualmente en su sinuoso camino para que ella capture su brillo singular, para compartir o imaginar sus felicidades fugitivas o mientras se abisman en sus propios infiernos.

     Pero volviendo a aquello que no se vio o no se apreció en su momento, un poco a la manera de Stoner, la notable novela de John Williams descubierta recientemente casi medio siglo después de su primera edición, cabe preguntarse en el caso de Lucia Berlin hasta qué punto su mirada y su escritura podían tener alguna clase de aceptación mayor en su momento. Pensemos que se trata de una literatura que se construye desde un afuera múltiple, sin lugar para la celebración del “modo de vida americano” pero despojada a la vez de cualquier pretensión de encuadrarse en alguna forma establecida de contracultura o de contra discurso ¿dónde se podrían poner los relatos de una mujer educada entre mineros de la más variada procedencia y también entre ciertas élites cultas que escribe mientras trabaja como empleada doméstica o enfermera en diferentes ciudades de Estados Unidos o que cuenta, con la mayor y más brutal limpieza, cómo se metió en los más estrafalarios y peligrosos tugurios para conseguir, a las horas más inapropiadas, el trago que calmara su adicción al alcohol mientras criaba a sus cuatro hijos?  Tal vez en un hombre estas experiencias del borde, muchas veces cultivadas para la propia notoriedad de artista fou tuviera algún rédito, pero las mujeres rotas entraban en el mundo de la cultura sólo como tema o como prueba de debilidad, muy raramente como autoras o como narradoras de sus propias vidas. ¿Cuántas mujeres aparentemente comunes, atadas a las tiranías de entrecasa o de la vida social habrán escrito o querido escribir sobre sí y sus otros y otras? ¿Cuántas lo habrán hecho efectivamente sin modo alguno de que sus escrituras trascendieran? Sabemos de Lucia Berlin porque en algún momento sostuvo sus contactos con un borde del mundo editorial y pudo entonces publicar parte de una obra que se desarrollaba al margen de casi toda forma usual de literatura “publicable”; su brillo, justamente, procede de esa condición excéntrica que no presumía de tal. Cada época deja afuera aquello que, por no confirmarla del derecho o del revés, se le cae de su propia superficie de legibilidad o, más simplemente, es incapaz de escuchar a quienes la nombran con la mayor franqueza.

MARCELO SCOTTI

Es profesor en las carreras de Historia y de Ciencias de la Educación en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP y es docente de la FLACSO Argentina. Ha publicado recientemente el libro Transficcional, para abordar el malestar en las prácticas socioeducativas, a través del cine en diálogo con el psicoanálisis.

La lengua del desierto, de Guerra

ENSAYO / POESÍA

VALERIA PUJOL BUCH


La lengua del desierto (2020)
de Vanesa Guerra

guerra

     Habrá sido el viento o una pájara que lo transportó desde Buena Vista, una editorial independiente de Córdoba hasta mi escritorio. No importa cómo se escabulló, sino que lo tiñó de borradores, notas y plegarias como palimpsestos. 

     Vanesa Guerra en este recorrido nos invita a garabatear ideas y compartir con ella en un discurrir inconcluso, una huella que estalla y que nos pone en movimiento. 

     No se lee de un tirón, porque Vanesa no nos regala una letra muerta, masticada. Hay que detenerse, releer, buscar referencias, dejar escurrir el tiempo. Con un enorme banco de herramientas, la autora desarrolla en este ensayo poético una reflexión para sortear la marcha zombie, individualista. Y lo hace con elementos que van desde el psicoanálisis, la filosofía, pero también teorías del movimiento hasta literarias. 

     Lejos del apocalipsis, amorosamente nos propone senderos desobedientes. Eso sí, para recorrer livianxs, hasta quizás desnudxs, nómades, o en trance. Por ello, podemos decir que devela la trama de la maquinaria del cincelamiento del alma al que nos arroja el neoliberalismo como carne picada. 

     Resulta interesante poner en diálogo a este ensayo con el poema Fundación, donde Susana Thénon propone inventar la vida de nuevo. Crear códigos emergentes, dioses más cercanos y otros sexos, como quien dice “nazco, duermo, río”. Así Vanesa orbita el desierto, el cuerpo, la memoria y el lenguaje poético que hacen indómitas las amarras y el sistema. En esta tarea, la autora fulgura notas y dialoga con otras autoras con quienes comparte las mismas preocupaciones. Igual sucede con una tradición a la que se encarga de recortar. 

        No estamos solxs, ¡ahh!

     Robert Walser, Franz Kafka, Lola Larrosa Laguna Ansaldo en el pasado y muchas contemporáneas como Sara Gallardo, Clarice Lispector, Silvia Molloy, Mariana Ocampo, Vivian Galbán, entre otras. 

     Esta costura es visible desde la edición. Al sacarle su envoltorio al libro y pasear con el índice por el huevo cósmico de su tapa, unx lo abre y se encuentra con innumerables notas el pie. Ya en este formato se pone en jaque la relación con el texto. ¿Cuál es el límite al sentido? ¿Dónde empieza, dónde termina? Todo esto se preguntaba Gérard Genette y Vanesa lo sabe y nxs convida a jugar. La posibilidad de estas notas que crecen desde el pie, nos empujan dulcemente desde su maquetado a pivotear entre ideas que proliferan, se abren errantes y quedan muchas veces inconclusas.

     Contenido y forma en esta obra danzan. Encontramos un exquisito trabajo con el léxico como puede observarse en el párrafo siguiente:

     “Walser atraviesa como atraviesa el viento al desierto dándole vida nómade, o como atraviesa un alma sin pena la calle, una que llega al limbo, extraviada o distraída, raptada por el brillo de lo que le ha embriagado, y reciénvenida con su lengua de otro mundo susurra algo que nos hace cosquillas en el ombligo de la palabra.”

     Un lenguaje que deviene vivo, poético en su forma, pero no se queda allí. En una de sus plegarias, Vanesa desea, nxs desea: “Invoquemos a la lengua poética para que nos regrese la voz que hemos perdido, porque antes que la lengua del amo nos apresara con sus dominios, supimos ser mágicxs, levitantes y límbicxs. Restituirnos a la poesía como reciénvenidos podría ser el designio”. La poesía es un fusil para liberarnos, y entonces forma y el contenido cabalgan libres y mutuamente habitadxs por el bosque.

     Vanesa en su vagar nos pone en diálogo con Robert Walser, conocido también como el caminante solitario. Sobre el arte de caminar, el escritor suizo reflexionaba: “Escribo para ausentarme”. Con Walser, Vanesa nos acompaña a deambular para encandilarnos con la naturaleza, la noche y el misterio, elementos que hablan sincerantemente a quienes están abiertxs. Y resulta ser que aquello que nxs rodea puede devolvernos a otro(s) signo(s).  Por ello, nos invita a comulgar con lo ajeno y hacerlo con el cuerpo, incluso con la palabra cuyo don no es ordenador, sino caótico. 

     Pero también a animarse a disolver la modalidad del Yo que implica expandir la extranjeridad y las posibilidades de ser innúmeros otrxs. Blancxs, negrxs, flacxs, gordxs, migrantxs, diversxs, todxs.  

     Como berretín, deseo detenerme en un pasaje de la primera novela de Walser que retoma la autora. Jakob von Gunten,  “trata de un niño que quiere aprender a ser siervo; el niño va a una escuela de servidumbre y eso lo hace feliz; (…) saber que podrá ser el mejor esclavo para conseguir el mejor amo, porque eso es algo que según Robert Walser se aprende”. Porque para Walser, nos advierte Vanesa, no se nace esclavo. Este es un aprendizaje lento, a goteo. Y esa imposibilidad de alcanzar el grado de esclavitud perfecta, pese a que la sociedad lo impone, es de lo que versa esta obra de Walser, escritura prolífera que incluso ha fascinado a Kanz Kafka. 

     En esta ansia de obediencia del niño de Walser, éste concluye no sirviendo ni para obedecer. Así supera al amo, porque sin siervo éste no existe, y genera una des-obediencia involuntaria, sutil,  poética como puro pliegue que lo retorna a un tiempo anterior. A una libertad que tuvimos antes de ser tocados por la lengua del amo. Y este pasaje viene acompañado por otra plegaria de la autora: “hacer lo que haga falta para formar parte de aquella comunidad que busca – incansablemente – iluminarse con la noche.” Des-obedecer, in-disciplinarse.

     En esta(s) forma(s)  de perderse-buscarse-desindividualizarse-desterritorializarse, Vanesa trabaja con la memoria, a la que rescata de cementerios de fósiles y reubica en ríos que deambulan en todas las direcciones. Algunos visibles, otros subterráneos y con un caudal que ruge. Y nxs regala una pregunta que nxs despeina en el apartado en que dialoga con Mariana Docampo: “si la memoria que nos habita es múltiple, ¿por qué nuestra voz se ha vuelto singular?”

     Colectivos, errantes, abiertos. También en movimiento y Vanesa deambula por  allí. Moverse con el cuerpo y del lenguaje porque “la permanencia en el uni-sistema es la aniquilación”. Con Mariana, juntas, atacan en varios pasajes la crisis representacional del sujeto como efecto del lenguaje unidimensional que opera como código de barra o lengua eslogan. Y la operatoria propuesta es trascender la falsa lengua, despellejarse de esa viscosidad que nxs captura y que enferma nuestrx cuerpo. Así nos invitan a desarticularnxs, a arrojarnxs al tiempo del , paradójico, no productivo, para abrir el blindaje, estallar y refulgir. 

     En el cauce del río de la memoria, intercambia de igual manera con Sylvia Molloy y el Común Olvido. Para Sylvia la memoria es un lugar con interrupciones, huevos y vacíos, “porque para entender (…) tienes que aprender a olvidar”. Esos caminos como aguas tan propias y ajenas, nos reencuentran con eso en que en la punta de la lengua siempre se nos escapa.  

 

En lo indómino de los pliegues,

En la conversación del doblaje

Ella movía el desparpajo de cometas

A plena luz del lenguaje

 

     Vanesa parlotea en otros pasajes con poetas, en este caso con Yanina Giglio y su obra Corva. Con ella le saca el jugo a nuevas ideas. Que la experiencia nos expande y nos devela innúmerxs seres como en cada pliegue hay en mí. Así nos traen el plural para habitar el tiempo y donar las voces como gesto curandero. Entonces, ¿quién es el autor de la lengua del desierto? ¿Es de Vanesa, Sara, Clarice, Sylvia, Mariana, Yanina?  ¿O fue escrito por voces que comulgan para pensar y en ese acto dejarse habitar mutuamente, e incluso invocar a otrxs? 

     Y el Yo en esta obra se parte y las otredades se anudan al lenguaje. Esto nos permite descartar la angurria del YO SOY, y de un nombre que nos priva de excedencias. Desanclar al cuerpo de una identidad barrada y zombie para hablar por y en otras bocas, para llegar a una emoción innúmera, a una danza colectiva. Para vivir, para curar, para desandar. 

     Junto con Lola Larrosa Laguna Ansaldo, aborda su obra: El Lujo. En la trama, Rosalía, una joven atosigada por la moral social y  constreñida de su época, advierte que no está en su sitio y se ha vuelto “una patada al espejo”. Aunque, Rosalía sospecha que existe otra realidad que la aleja de su pueblo donde todos danzan la misma coreografía. ¿Cómo salir de allí? ¿Cómo agarrarse fuerte a la intuición del gusto propio, aunque impropio hacia lo instituido? ¿Cómo? Vemos junto con Lola y Vanesa que “la moral aplana las rugosidades que toda pasión impone, la moral busca igualar, pero ella anda con pliegues. Porque el deseo primero se intuye, destella alguna cifra extravagante y después o mientras tanto, duele”. Aunque advierten además que en su tiempo descifrador, esa grieta activa la posibilidad de “partir de sí y llegar a sí, siendo otra”. Por ello esta novela de Lola, para Vanesa, es una novela de exilio. Un “partir para parirse mujer”. Y a eso también nxs convoca. A explorar esos exilios que hacemos cada vez que nos encontrarnos donde no sabíamos que podíamos estar.

     Por ello, Vanesa y las voces reverberantes que la acompañan, proponen que abracemos una lengua poética, con la que escribir nuevos nombres. Que despedacemos el cántaro disciplinante y en código en barra para aventurarnos al desierto cuando la sed en la noche nos desvela. Porque el capitalismo produce un hombre del resentimiento. Un ser con una clase de veneno que por goteo, lenta y sistemática, incita a sentir vergüenza ante la menor infelicidad. Y ese es incluso un pliegue a explorar. Es parte de la batalla contra la lengua de la información, que aplana la textura y el misterio. 

     Arrojémonxs a la noche, a la extranjería, al limbo, y sobre todo al deseo expandido para “despellejarnos de la piel del amo”.

     Para cerrar abriendo, deseo fundirme con Vanesa, sus otrxs, así como con Susana Thénon y su poema Juego. Vamxs a despojarnos de lo seguro, a gustar del amor por el minuto absurdo, libre y lejano a toda imagen y semejanza. 

VALERIA PUJOL BUCH

Egresó como Comunicadora Social de la UBA. Se dedica a la difusión de la ciencia y es docente de la Universidad Nacional de Lanús. Pilotea sus días entre sus tres amores: las ciencias sociales, la literatura y la maternidad.

Vaquero del mediodía, de Osorno

CINE / POESÍA

GASTÓN GUZMÁN


Vaquero del mediodía (2019)
de Diego Enrique Osorno

Vaquero

“¿Qué hay detrás de la ventana?”

Roberto Bolaño

     A principios de los setenta, en pleno auge de sus novelas editadas por Sudamericana y Seix Barral y luego de ser elogiado por Julio Cortázar, el escritor Néstor Sánchez desaparece, se esfuma. Abandona la escritura y extravía voluntariamente su rastro, apareciendo casi dos décadas después como vagabundo en las calles de California, durmiendo en una playa de estacionamiento. 

     ¿Qué llevó a Néstor Sánchez a tomar esa decisión? ¿Por qué alguien se sale del camino en el momento en que las cosas se empiezan a acomodar? ¿Cómo y por qué alguien decide perderse? Las respuestas que el escritor dio a su regreso contribuyen a aumentar el mito Sánchez: que dejó de escribir porque se terminó la épica y que cuando la gente recibe una revelación tan grande como la que él recibió, dejar de escribir es un acto de humildad. Muchos años después, Osvaldo Baigorria publicaría un libro sobre Néstor que es una rara avis del género de la biografía, cruzando ambas vidas a tal punto que, como afirma el autor, no es tanto un libro sobre Sánchez, sino más bien con él. 

 

     Volví a pensar en Néstor Sánchez y su gesto de desaparecer después de ver Vaquero del mediodía, el documental dirigido por el mexicano Diego Enrique Osorno. Este documental, estrenado en Netflix a finales del 2019, también gira en torno a la figura de un poeta que decide abandonar la escritura y emprender un viaje al anonimato, habitando la noche y durmiendo donde encontrara sitio. Otro que, al igual que Sánchez, se esfumó cuando las cosas – ser editado, ser celebrado, ser el centro en las tertulias literarias – empezaban a tomar forma.

     De Samuel Noyola, el poeta desaparecido que está en el centro del documental, hay pocos registros: grabaciones fílmicas amateurs que lo muestran siempre de noche, siempre errático y con una copa en la mano, además de un puñado de poemas publicados y entrevistas en revistas culturales. El grueso de su escritura que aún se conserva son cartas dirigidas a distintos amigos, avisos garabateados donde les avisa que durante la madrugada volverá a dormir a sus casas, si los dioses de la noche y los borrachos así se lo permiten. 

     Estos archivos que Osorno utiliza en el documental también contribuyen a echar leña al mito Noyola: la noche, el alcohol, el desierto, la ciudad, los grupos de poetas que recorren las cantinas discutiendo versos hasta amanecer borrachos, los poetas borrachos ya amanecidos que buscan algo sin saber qué es. Algo parecido ocurre en Los detectives salvajes con Cesárea Tinajero, la poeta desaparecida que es buscada por Ulises Lima y Arturo Belano a lo largo de las rutas, pero de quien solo se conocen un puñado de poemas escritos en los tiempos de la revolución mexicana: poemas suficientes para dedicar toda una vida a encontrarla. 

     Osorno recupera a partir de entrevistas a amigos, poetas y gestores culturales otros momentos de la vida de Samuel que causan gran impacto: cuando el premio Nobel de Literatura Octavio Paz lo definió como el mejor poeta de su generación y tras lo cual desempeñó un papel decisivo en la publicación de su libro “Tequila con calavera”, el encuentro donde el mexicano Mario Santiago Papasquiaro (el genial Ulises Lima de los detectives salvajes de Roberto Bolaño) bautizó a Samuel como el “Vaquero del mediodía” en una mesa del mítico Café Habana del viejo DF, cuando viajó a Nicaragua para participar en las milicias en defensa de la Revolución Sandinista y terminó, en cambio, absorto por la poesía de Ernesto Cardenal y también el acto final de la vida que le conocimos: cuando el Palacio de Bellas Artes le brindó un homenaje  a su obra. Noyola era ya un poeta vagabundo viviendo en una camioneta estacionada en un barrio periférico de Ciudad de México. Tan así, tan en la periferia estaba su morada y tan en la periferia estaba su figura, que su presencia en la casa de la cultura mexicana sólo fue posible gracias a los vecinos que lo ayudaron a bañarse y le regalaron ropa para estar a la altura. Luego del evento en el Palacio de Bellas Artes aparecieron ejemplares autografiados de su libro homenaje en las taquerías de todo el barrio. 

 

       Vaquero del mediodía se mueve sobre la figura del desaparecido y sobre su búsqueda, uno de los ejes centrales del género documental mexicano actual. Osorno sale a filmar/buscar durante las noches y preguntar por su amigo poeta: ¿ha visto usted a este hombre? Los testimonios recuperados construyen un tejido fabuloso que es, como lo es también su desaparición, no solo física sino también literaria: por un lado los vagabundos de las calles del DF mexicano que afirman que el desaparecido no es otro que “El Barrio”, un sin techo que duerme en la puerta de los mini mercados que pululan en las periferias, otros dicen que en cambio se trata del “Con Respeto”, otro sin techo muy cordial que siempre anda recitando poemas de memoria. 

     Cámara en mano, Osorno busca. Busca a su amigo poeta en las cantinas, donde lo imagina metiéndose en problemas por un trago o por un recital de poesía improvisado.  Lo busca en un hospital psiquiátrico y en las morgues, previendo que la adicción de Samuel al alcohol solo pudo haberlo dirigido a alguna camilla de institución. Lo busca, incluso, en las fosas comunes diseminadas por todo el territorio mexicano: nadie sabe dónde fue a parar el futuro de la poesía mexicana. La cara de Noyola aparece pegada por todos lados: en los paradores nocturnos, en las persianas de los locales cerrados por la crisis, en las cabinas de los camiones que recorren México. Una cara como de alguien que esconde algo, dice un vagabundo. O mejor: una cara como de alguien que se está burlando de todos nosotros.

     En paralelo a esta búsqueda aparecen testimonios de quienes lo conocieron y compartieron momentos junto a él y estos también contribuyen a construir la imagen mítica de la figura del poeta errante. Como dice Juan Villoro en la mesa del Café Habana: el poeta para sostenerse no sólo necesita obra, sino que también necesita de un mito. Sobre este poeta autodesterrado gira un universo mitológico propio: Samuel vive en la calle porque no quiere ni puede quedarse quieto, para Samuel la poesía es movimiento y ni modo: sólo queda moverse, que el único centro en la vida de Samuel era Octavio Paz y cuando éste muere Samuel queda a la deriva, Samuel siempre fue como un pájaro que se movía de rama en rama, es como el arcano cero del tarot: un extraviado que sabe que la verdad está en otro lugar pero también un borracho que va regando una estela de desmadre por todos lados.

     Sobre el final del documental aparece la pregunta que recorre las mesas de los entrevistados: ¿cuál es el lugar de los poetas en las sociedades contemporáneas? ¿Hasta qué punto es tolerable la figura ya no solo del poeta, sino la del poeta errante? ¿Cuál es el costo que tienen que pagar en el capitalismo de hoy quienes no aceptan quedarse quietos?  

     Pienso en Noyola como pienso en el Rey de “El espejo y la máscara” de Borges. Un rey chilango, borracho y contracultural que acaso vio algo que el resto no, y por eso decidió desertar. 

gASTÓN GUZMÁN

Es profesor en Historia en el Departamento de Ciencias de la Educación de la FaHCE (UNLP).

Espectros dependentistas, de Giller

HISTORIA / ENSAYO / POLÍTICA

MARTÍN CORTÉS

Espectros dependentistas. Variaciones sobre la "teoría de la dependencia" y los marxismos latinoamericanos (2020)
de Diego Giller

giller

Conjurar el fantasma: por una reconstrucción de las teorías de la dependencia

     Este es un libro importante, no solo por los temas que aborda -su relevancia histórica y su actualidad: la dependencia es, quién podría dudarlo, un problema contemporáneo-, sino sobre todo por el modo en que lo hace. El título del libro es sugerente, de evidente factura “derridiana”, pero, esta sería la hipótesis de lectura que aquí se presenta, la figura de los espectros podría ser leída menos como la protagonista del libro que como su punto de partida. Se trataría entonces de un “estado actual” del problema de la dependencia: espectros que acechan, insuficientemente conjurados, desatendidos en su densidad, incluso desaprovechados teórica y políticamente. “Estado actual” que, veremos, se nos invita a superar.  Lo interesante de la operación ofrecida está en todo aquello que agrega para hablarnos de las teorías de la dependencia, esto es, una relectura que supone varias modulaciones importantes respecto de los modos tradicionales de aproximarnos a ellas.

     Una especie de desborde orienta las líneas generales del libro: las teorías de la dependencia son presentadas en la productiva dificultad de ceñirlas a una serie más o menos clásica de autores (Cardoso & Faletto, Marini, Dos Santos), para pensarlas más bien en una constelación amplia en tiempo y espacio. Entonces, la dependencia no es pensable sin Sergio Bagú, sin el Che Guevara, sin Raúl Prebisch, sin René Zavaleta, sin Agustín Cueva, sin la revolución boliviana del 52, sin los debates sobre los modos de producción en América Latina. Así, las teorías de la dependencia se enriquecen al poder ser pensadas en una gama de grises donde es difícil separarlas de los desarrollismos, los marxismos y los nacionalismos populares.

     Ahora bien, el desborde permanente al que son sometidos los dependentismos es múltiple sólo en una primera mirada, lo que por cierto permite, por decirlo de algún modo, “aflojar” al objeto, desacartonarlo. Para que vaya asomando, de modo más preciso, el verdadero objeto que lo acecha. Habría que decir, en este punto, que el título del libro, además del referido tono derridiano, tiene una doble lectura posible. Los espectros pueden ser los del dependentismo acechando nuestro presente, pero tal vez se trate, también, de los espectros que acechan al dependentismo. Y aquí habría que hablar de un asunto que va asumiendo un lugar central en el libro: el problema de la democracia.

     La democracia sería en realidad el índice de un problema general de las teorías de la dependencia, de una suerte de falla constitutiva: su paso apresurado por los problemas de teoría política. El lugar del Estado, el problema de la densidad nacional, los dilemas en torno de los regímenes políticos y, en ese marco, la pregunta por una forma fuerte de democracia, son todos elementos tratados con relativa superficialidad desde los dependentismos. Estos estarían, entonces, atados a una tendencia economicista que no se detiene en la trama política que la propia dependencia supone, y que no sería necesariamente reductible a la dimensión económica de la misma. ¿Por qué sucede esto? Aquí podría sugerirse, a partir de los modos en que este libro nos narra la historia de los horizontes teóricos latinoamericanos, que las teorías de la dependencia son, finalmente, teorías de la revolución, teorías de momentos de ofensiva (con la ¿paradójica? excepción de Cardoso & Faletto, cuyo libro es al mismo tiempo el menos revolucionario de los dependentistas, y el más sensible a los problemas específicamente políticos). Pareciera entonces que allí la revolución funciona como una clave de simplificación de la complejidad política, como modo relativamente ágil de conjurar los fantasmas que de los dilemas políticos pudieran surgir. En términos generales, al menos en las tradiciones de izquierdas, los tiempos de ofensiva revolucionaria no son tiempos de teorías políticas, ellas surgen más bien bajo la sombra de la derrota: así sucede con Marx y sus reflexiones luego de las derrotas del 48, con el Gramsci encarcelado, y también con nuestros latinoamericanos del exilio mexicano de fines de los años setenta. La teoría política podría asociarse, entonces, a la interrupción de esa imagen ascendente que la revolución ofrece: la teoría política aparece para comprender qué es lo que se interpuso en esa victoria que parecía inevitable. “¿Por qué el diablo metió la cola?”, como se preguntaba Gramsci con esa expresión que José Aricó hizo célebre en nuestras tierras.  

     Decíamos entonces que el libro va ordenando esas ausencias o fallas alrededor del problema de la democracia, y allí es donde comienza a abandonar el tono espectral: atender el problema de la democracia es un modo de poner al diablo de nuestro lado o, para decirlo de otro modo, de salir del tono melancólico y pasar a un tono reconstructivo (mucho más que deconstructivo, como podría sugerir el título). Esto es así porque opera a partir de una suerte de mosaico de tiempos desajustados, dándole una sugerente vuelta a la vieja narrativa de las “fases” de las ciencias sociales latinoamericanas (las llamadas “tres D”: desarrollo, dependencia, democracia). El trabajo más agudo del libro, en este punto, está en el señalamiento de una suerte de mutua exclusión entre dependencia y democracia: cuando se pensó la dependencia, no se pensó la democracia, por todo lo antes dicho; luego, cuando llegó el turno de la democracia, ya no se pensaba la dependencia. Ahora bien, esto no es efecto del mero transcurrir de modas académicas, sino que lo que opera de fondo es otra “D”, acaso más poderosa: la derrota, esto es, la declinación del ciclo de luchas políticas que habían atravesado la región al menos desde la Revolución Cubana del 59. Ahogadas en sangre esas luchas, la derrota configuraría un tipo de discusión débil (¿será esa otra “D” a tener en cuenta?) en torno de la democracia: procedimental, acechada, finalmente compatible con una relación de fuerzas que animaba el potente despliegue de una ofensiva de las clases dominantes en la región. Se entiende por qué esa democracia no pensaba la dependencia (ni la revolución), sino que convivía amargamente con ella.

     Vamos al presente: aún en su revisión de una discusión del pasado, el libro está claramente inspirado por preguntas colocadas por el ciclo político progresista de los últimos veinte años en la región. O, mejor dicho, por preguntas que de algún modo fueron insuficientemente formuladas en ese ciclo. Que tuvo, diríamos, más teoría política que económica. El Estado, la democracia, los movimientos sociales, la acción colectiva, todos grandes problemas de los textos de nuestra época. La dependencia, bastante menos, y de hecho se suele coincidir en que la faceta económica ha sido la más débil en el intenso proceso de integración regional progresista que vivimos al menos hasta las desgraciadas muertes de Hugo Chávez y Néstor Kirchner. Allí está el “reclamo” del libro: es precisa la presencia de las teorías de la dependencia, no solo sus ecos, asedios o espectros, las necesitamos a ellas como tales. Claro que no iguales a sí mismas, sino justamente interrogadas y renovadas por la cuestión democrática.

     En una entrevista reciente, brindada a la revista Crisis, Álvaro García Linera afirmaba: “La hipótesis es que está llegando un tiempo en el que los portadores de esta hegemonía cansada sienten que la democracia es un estorbo y, paradójicamente, a medida que se ha ido vaciando la democracia representativa de las herramientas de legitimación del proyecto neoliberal, las posibilidades de transformación social y emancipación han ido absorbiendo a la democracia como una de sus herramientas, de sus sedimentos y de sus prejuicios inevitables, de su sentido común”. Partamos de un acuerdo: la derecha abandonó el pacto democrático, ha probado sobradamente, en los últimos años, estar dispuesta a hacer reventar cualquier tipo de normativa democrática si ella permite un atisbo de amenaza a los intereses de las clases dominantes, esos mismos sobre los cuales reposaban las débiles democracias del pacto de los años ochenta. García Linera hace también de la necesidad virtud: parafraseando a Cooke diría “en América Latina los demócratas somos nosotros”. Los procesos de cambio habrían “aprendido” una lección y en ese sentido habrían “absorbido” la democracia como uno de sus elementos fundantes, “internalizando” de ese modo la derrota de los procesos revolucionarios y sublimándola en una suerte de reinvención democrática. Quizá haya un ligero exceso de optimismo en esta formulación, porque la democracia sigue funcionando como una palabra casi mágica, capaz de resistir con su solidez a las más oscuras fuerzas que están cada vez más convencidas de que es más un estorbo que otra cosa. En cualquier caso, a las hipótesis clásicas de la revolución -aquellas que acompañaban el momento dependentista “clásico”- tampoco parece fácil volver. Y, en otra de las opciones que (no) ofrece el drama de esta época, volver a invitar a las derechas a firmar el pacto democrático (como a veces parece querer hacer, con nobleza y debilidad alfonsinista, Alberto Fernández) parece una iniciativa que no hace más que condenarnos a la repetición.

     Dilemas difíciles para una época que también lo es. Este libro, decíamos, es importante porque deja planteadas al menos dos sugerencias muy importantes para afrontarlos. La primera: que la cuestión democrática es fundamental para pensar en la actualidad una política emancipatoria. Y lo es precisamente porque se trata de un terreno que ya no puede darse por sentado, sino que debe ser construido o incluso conquistado, si no se quiere volver sobre viejas nociones débiles, y finalmente impotentes, de democracia. La segunda: que, para eludir una noción débil de democracia, las contribuciones de las teorías de la dependencia, asentadas en la potencia de tiempos y proyectos de teorías fuertes, son imprescindibles. 

MARTÍN CORTÉS

Es profesor en la UBA e investigador del Conicet y de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Investiga temas de teoría política y marxismo latinoamericano.

La organización permanente, de Selci

POLÍTICA

NICOLÁS VILELA


La organización permanente (2020)
de Damián Selci

tapa selci

El nacimiento de la razón militante*

1.  En su primer ensayo, Teoría de la militancia (2018), Damián Selci había descubierto un tema que increíblemente no estaba presente en ningún libro considerable de teoría política. La militancia constituye el actor político fundamental a lo largo de la historia y sin embargo nadie le había dado el volumen que se merecía. Hay publicaciones documentales con testimonios de militantes; hay, también, libros de análisis político sobre militancia escritos por no militantes. La novedad de Teoría de la militancia es que su autor es un militante político, por lo que –lo veremos más adelante- teoría y práctica representan un continuo de experiencia indistinguible. Asistimos a un género nuevo. Con este libro, Selci se convirtió en una suerte de “fundador de discursividad” en el sentido de Foucault; hoy es imposible referirse a la palabra “militancia” sin aludir a lo que escribió Selci. El único precedente en nuestro idioma es John William Cooke, que dejó sentadas algunas bases sobre la forma de subjetivación que implica la militancia, y que consideró al militante como identidad e interlocutor principal ya desde el título de uno de sus textos más célebres (Apuntes para la militancia). 

 

2. En La organización permanente no se trata únicamente de que la militancia sea un tema o una figura sino de que representa un campo teórico, un sistema, un punto de vista. Lo que se funda en este libro es el pensamiento de la militancia como disciplina. La palabra disciplina asume una doble acepción: por un lado, designa un campo teórico; por otro, refiere al ejercicio práctico de una conducta. Si La organización permanente funda una disciplina política (en el primer sentido) es porque antes hubo práctica disciplinada (en el segundo sentido). Como escribe Selci en el prólogo, se trata de la puesta en teoría de una experiencia de militancia orgánica, desplegada con un conjunto de compañeros/as en la localidad de Hurlingham. Los problemas que trata el libro están asociados o surgen directamente de esa práctica. Antes de su publicación no estaban sistematizadas las cosas que pasan cuando la militancia piensa, discute, evalúa, planifica. ¿Dónde estaba registrada la síntesis de una reunión de responsables políticos desarrollando metodologías de aproximación al territorio? La militancia piensa todo el tiempo, nos dice Selci, además de hacer, o mientras hace. Así nace la razón militante, que discute con el reparto de tareas que dice que habría por un lado ideólogos o intelectuales que piensan teorías y luego militantes o activistas que las ponen en práctica. La militancia es un continuo de teoría y práctica, y por eso puede observarse bajo la figura de la Banda de Moebius, una superficie bidimensional en la que no diferenciamos qué viene primero y qué viene después, qué es causa y qué es efecto.

 

3. Retrospectivamente, da la impresión de que Teoría de la militancia ya estaba preparando las condiciones para este nacimiento de la razón militante. Todo estaba insinuado en el título. De la militancia puede leerse en el doble sentido de que es una teoría que toma a la militancia en tanto tema, que “trata sobre la militancia”, y también  de que es una teoría que tiene a la militancia en el lugar de enunciador, una teoría “pensada por la militancia”. La palabra francesa sujet incluye precisamente ambas acepciones. Lo sugestivo de esta lógica es que “dondequiera que estén los problemas” (teoría o práctica), allí está la militancia. Toda crítica es una autocrítica. Una vez despejado esto, queda claro que los cuatro conceptos fundamentales que Selci difunde en La organización permanente están directamente relacionados con la praxis militante: insustancia, responsabilidad absoluta, irrelación antagónica, organización. Son formas muy sofisticadas de responder a preguntas que surgen de la experiencia cotidiana. En una época como la nuestra, signada por la falta de fundamento, por la insustancia… ¿cómo se puede pensar una utopía que contagie a otros? El concepto de responsabilidad se ocupa de esta cuestión: la militancia se hace cargo no solamente de la responsabilidad propia por los asuntos públicos sino del encuadramiento de los otros, a los que se suma para ampliar el campo de responsabilidad. A fines de 2015, el kirchnerismo había dejado picando este desafío en los territorios militantes: si lo que se construyó en términos de políticas públicas y derechos reconocidos no siempre se tradujo en mayores niveles de politización, entonces la responsabilidad por la responsabilidad del otro aparece como una forma de resolver la presunción de inocencia de aquel que se percibe inmunizado respecto de la cosa pública. Lo que Selci llama irrelación antagónica puede explicar por qué ese pasaje de una situación (mayores derechos) a otra (politización) no es necesario ni obligatorio, aunque sí es posible y deseable, y esto queda a cargo de la militancia organizada. La organización persigue el objetivo de encuadrar la responsabilidad del otro, organizarse junto con él y conducirlo políticamente.

 

4. La insustancia es el éter en que nos movemos luego de la caída de la metafísica. Ya no hay garantías predeterminadas por un Dios, por la Historia, por la Razón universal o por la vanguardia del proletariado. Todo puede ser de una manera u otra. Lo importante es saber cómo organizar la irrelación antagónica que nos constituye. Fredéric Lordon denomina “condición anárquica” a esta pregunta de cómo se sostiene una sociedad que no sostiene nada. El posestructuralismo y el posmarxismo habían advertido los límites y peligros de todo cierre totalizador, declarado lógicamente imposible. Pero esa advertencia no pudo traducirse, como en la época de la metafísica, en proyectos políticos comunitarios. La apuesta del libro es muy arriesgada porque involucra tomar las cosas precisamente en este punto y colocar a la militancia en el lugar del imposible: interiorizarlo, encarnarlo, asumirlo, hacerse responsable de la anarquía sin fundamento del mundo. La enorme sensación de libertad y de entusiasmo que emana de las líneas de este libro proviene de haberse liberado tanto de la nostalgia de los metafísicos por las temporadas inmunizantes del fundamento como de la inoperancia práctica de los posestructuralistas. El libro tiene la épica de lo fundacional: al haber descubierto un campo de pensamiento, todo se puede leer, hacer, pensar de otra manera. Con esto, La organización permanente plantea una propuesta concreta al problema práctico que implica la necesidad de conmover, de construir una idea fuerte que movilice afectos. Lo que descubre y libera este libro es que todo es posible; si no hay nada predeterminado veámoslo no como una pérdida sino como una oportunidad. 

 

5. Hay un rasgo personal de Damián que es evidente en este libro. Cuando habla, Damián tiene algunos giros muy divertidos como “vos lo que tenés que pensar es” o “pensá esto”. Y desarrolla ideas fuertes con una determinación impactante, bajo un gran imperativo de persuasión. Pero a la vez no hay nadie más interesado en escuchar al otro, incorporar nuevos conocimientos a partir de una conversación, estar abierto a lo nuevo y lo desconocido. En una entrevista Damián dijo que era dogmático para escribir y flexible para leer. Se puede traducir así: dogmático para decir, flexible para escuchar. Sólo alguien con esa confianza en lo que está haciendo pero al mismo tiempo con un nivel muy alto de curiosidad intelectual y afectiva puede fundar un campo de pensamiento, un punto de vista que entusiasme a otros. La idea de responsabilidad absoluta es la que mejor encarna ese afirmacionismo exagerado y persuasivo, a la vez que disponible y abierto al otro. La jurisdicción de lo que un militante puede hacer se amplía tanto que todos son, o pueden ser, su tema (su campo de batalla) si está dispuesto a hacerse cargo de la cantidad de otros que sea necesaria. En la práctica militante se visibiliza esa lógica: en la medida en que uno decide que un tema que ocurre en el ambiente (en la calle, en la fábrica, en una institución) es su tema, toma jurisdicción y responde por él. Para eso tiene que conocerlo y comprenderlo. Lo que desarrolla La organización permanente son justamente las consecuencias de haberse hecho cargo de ese tipo de situaciones ante las cuales otras partes de la sociedad se reclaman inocentes. Los politólogos y los sociólogos se la pasan buscando “el sujeto político” y Selci les dice, a ellos y a todos: el sujeto sos vos. Todos pueden militar. La militancia es una antropotécnica, una autocreación a partir del fracaso de la búsqueda sociológica y la distancia crítica. 

 

6. El carácter “no individual” de la militancia como forma de vida, según leemos en La organización permanente, no remite sólo a la dimensión colectiva de la política sino, más drásticamente, a la convicción de que hay militancia porque hay otro, que lo que hace la militancia es asumir la responsabilidad por la responsabilidad del otro. Es decir: se trata de pensar la vida como organización política, más allá del compromiso individual, más allá de la participación personal. Se busca la comunidad militante-organizada. En este punto emerge una irresistible circularidad: la idea de comunidad militante es el principio regulador de la comunidad militante. Lo que comparten los que comparten la comunidad es precisamente esta nada impropia. No hay fundamento de una comunidad más que la responsabilidad por organizarse en común sin fundamento. Si la comunidad organizada no tiene otro objeto que ella misma, el acto de encuadramiento o de conducción no significa que se tome al otro como un medio (“los usan”) sino precisamente como un fin en sí mismo. “La Patria es el otro” quiere decir que el otro es punto de partida y de llegada para la militancia política. 

 

7. La fundación de la razón militante es posible porque existió el kirchnerismo. Si el saldo intelectual de los dos primeros gobiernos de Perón, donde asomamos al mundo como país soberano, fue la introducción de la cuestión nacional (y de ahí el pensamiento nacional), entonces el saldo intelectual de los gobiernos de Néstor y Cristina, protagonizados por la masiva participación política de la juventud, es la cuestión de la militancia (y de ahí el pensamiento de la militancia). Por lo tanto, La organización permanente no es únicamente una esforzada teoría política para entablar un debate con el pensamiento contemporáneo sino sobre todo la puesta en teoría de una práctica que está probado que funciona. Hablamos de la experiencia del kirchnerismo durante 12 años. También de la certeza de que si Cristina pudo no ir presa durante el macrismo es porque hubo militancia y organización popular. El hecho mismo de que Damián sea Presidente del Concejo deliberante de Hurlingham debería verse como la verificación de que el pensamiento de la militancia es una disciplina que trata sobre la toma del poder, la construcción política a partir de ese poder y los objetivos utópicos a partir de esa construcción. 

 

8. En la era de la insustancia, y especialmente en un contexto de nihilismo e individualismo bastante generalizado, de obsesión por la seguridad personal, la identidad y la propiedad, este libro nos vincula con una idea de trascendencia, que tiene que ver con lo común, lo no apropiable, lo que podemos compartir todos si estamos juntos pensando en función de la primacía del otro. Hay una diferencia entre la verdadera vida y la mera existencia, que Selci menciona en el libro a propósito de Badiou: “Existir es el mero tener lugar, pero vivir es incorporarse al proceso de una verdad”. Se abre así la posibilidad de una religión profana, comunal y altamente organizada. ¿Pará que queremos vivir, organizarnos, estar juntos? Una frase del filósofo alemán Peter Sloterdijk está a la altura del titánico desafío propuesto por La organización permanente: “Quien quiera suprimir el fondo último de la mala privacidad de la existencia humana tendrá que acabar con el aprisionamiento del individuo en su pequeña porción de vida. En su lugar habría que poner una ‘obra común’ renovada. Sólo gente inmortal podrá formar la verdadera comuna, mientras que en los mortales lo que siempre domina es el pánico de la autoconservación”.

 

* Una versión de este texto fue leída en la presentación de La organización permanente el 4 de diciembre de 2020.

NICOLÁS VILELA

Es docente de Literatura y Secretario General de la Universidad Nacional de Hurlingham.

Yo la quise, de Giglio

NOVELA

ENZO MENESTRINA


Yo la quise (2020)
de Josefina Giglio

yo la quise

Piglia, ¿una estrella fugaz en el firmamento intrincado de la memoria?

     Durante los últimos años se han escrito varias novelas sobre la denominada “segunda generación”. Incluso, hoy se puede hablar del corpus narrativo de HIJOS como aquel conjunto de obras que vienen a recuperar desde diferentes ópticas las voces inquietantes del pasado y la lucha de los hijos e hijas por la memoria, la verdad y la justicia. La primera novela de Josefina Giglio, Yo la quise, podría incluirse dentro de esta genealogía por su contenido y los retazos autobiográficos que condensa. Pero detrás de ese arte dramático, de esa escritura tan pulida y perfecta se esconde una voz y una historia. Un “secreto” familiar del romance de su madre desaparecida con el escritor Ricardo Piglia y que Josefina –en su novela– logra descifrar y develar sin tapujos. La polifonía de voces, la arquitectura del espacio, los paseos por La Plata o la depuración de la mirada son tan solo buenas estrategias para poder contar realmente lo que aparece como telón de fondo: la historia que enuncia aquel que dice “yo”, el narrador-escritor que aparece al principio, el que accede a darle la voz a “ella”, a “la nena” o a la vecina pero que luego retoma su lugar en el firmamento intrincado de la memoria para colocarle el broche de oro al relato.

     De la lectura atenta de los Diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia, Josefina obtiene una pista sobre su madre desaparecida: el autor habla de su piel, la recuerda como amante. Nunca pudieron hablarlo personalmente aunque el dato fue confirmado por el escritor en un intercambio de mails. Piglia murió antes de poder dar más detalles. Josefina, con los fragmentos de memoria propia y los de ese “otro” construye un libro de voces que hace honor a la cita de Semprún que lo abre: 

 

“Contar bien significa de manera que sea escuchado.

No lo conseguiremos sin algo de artificio.

¡El artificio suficiente para que se vuelva arte!”

(Jorge Semprún, La escritura o la vida)

 

     Semprún esperó más de cuarenta años para componer su libro –La escritura o la vida– sobre su experiencia en el campo de concentración de Buchenwald. Un libro en el que cuenta lo que vivió pero también reflexiona sobre la memoria y sobre una pregunta pertinente: ¿cómo se cuentan los hechos aberrantes de la historia? Pero el dato principal de la elección de este libro como epígrafe se encuentra en cómo está escrito: los procedimientos elegidos con cuidado, el modo de componer, las estrategias que buscan con precisión conseguir un determinado efecto en quien lee, hacen de ese libro una obra de arte cuyas pinceladas saturan lo real.

     Del mismo modo, Giglio logra en esta novela recuperar el cuerpo de su madre a través de la escritura. Su propósito no se trata de testimoniar lo ya dicho sino de subsanar y llenar los vacíos de memoria para transitar sin dificultades los escabrosos rincones del pasado. En efecto, hace de su historia familiar un artificio, una pincelada de vida, una ficción. Giglio no es una hija que tiene una historia que contar a modo de catarsis, para alivianar una carga, para compartir el peso de un dolor que es social pero que la sociedad negadora en la que vivimos convirtió en una suerte de tragedia personal. Ella, ante todo, es una lectora. Una escritora que ha leído desde siempre y que ha leído bien. Es un libro donde todas las lecturas se condensan y producen una obra nueva. Por eso, que ella sea hija de desaparecidos, que esta ficción esté hecha con materiales autobiográficos, parece ser lo menos relevante pero a la vez no lo es.

     Hay una historia que está en los diarios y en los documentos que cuenta que en la noche del 5 de diciembre de 1977, Josefina Giglio y su hermano Francisco -que en ese momento tenían siete y un año de edad-, estaban en un departamento de la calle Freire, en Belgrano, junto a su mamá y una pareja amiga. Sus  padres desaparecidos fueron –y siguen siendo- Virginia Isabel Cazalás (Vibel) y Carlos Alberto Giglio militantes del PCML (Partido Comunista Marxista Leninista) el cual se separaba de la línea comunista y se acercaba más al maoísmo. Su padre desaparece el 19/05/1976, su madre posteriormente, entre el 05/12/1977 y el 07/12/1977.

     Desde 1975 vivían en la clandestinidad y con otros nombres por la militancia de sus padres. Luego de la cena, esa noche calurosa policías de uniforme irrumpieron en la casa y se llevaron a los mayores, dejando a los hermanitos junto a una vecina a quien no conocían y que se lamentaba en voz alta: “¿Qué voy a hacer con estos chicos?”. La nena estaba vestida apenas con la bombachita que tenía puesta en casa y su madre con un camisón que no le permitieron cambiarse. Francisco Giglio, en la canción “Camisón de flores”, compuesta en memoria a su madre, recrea sutilmente esta escena. 

     No obstante, lo que particularmente llama la atención en esta novela de Josefina más allá de la historia de un secuestro es la aparición de un escritor, de un gran escritor, que franqueó inesperadamente la puerta del relato. Ricardo Piglia conoció a Vibel, estuvo cerca durante el tiempo en que ella estudiaba en La Plata. Fueron compañeros en la universidad y amantes en la intimidad. De esto Josefina había escuchado hablar entre los amigos de su madre pero creía conveniente indagar al respecto sobre ese rumor para sacar a flote varios recuerdos. Primero, logra contactar a la vecina que los protegió. Luego, surgieron los intercambios con Piglia vía mail que confirmaban dicho romance. 

     Dijo alguna vez el escritor en una entrevista que le hizo Pablo Gianera para La Nación a propósito de sus Diarios: “Recordé a una muchacha maravillosa con la que podría haber vivido muchos años. Y yo me fui con otra chica, por otro lado. Y pensé para mí: ¡qué tonto fuiste! Al leer lo que ella me decía me di cuenta de que era un ciego”. La mujer que dejó de ver a su madre por la fuerza una noche de diciembre de 1977 creyó leer en las palabras de Piglia una revelación y se comunicó por mail con el escritor, quien le respondió con un relato breve que encendió la posibilidad de que Vibel fuera la protagonista de una ficción. Tanto el título de la novela como las imágenes recurrentes –mixturadas con recuerdos– han sido posibles gracias a la breve respuesta de Piglia a Giglio (transcripta al final del libro) en cuyas líneas el escritor afirma “Yo la quise” y a la vez confirma “tuvimos una amistad intensa y una relación fugaz (…) ha permanecido en mi recuerdo con mucha nitidez la primera noche que estuvimos juntos en la pieza de la pensión donde yo vivía en aquel tiempo” (141). Esas imágenes, esos retazos de memoria de otros, le han permitido a Josefina plasmar por escrito –y a la vez recuperar– una figura materna desconocida, distinta, ajena. Una Vibel pasional, alegre, con aire joven y valiente. La madre guerrera que siempre quiso construir.

     “Veo cómo se recortan los edificios en la línea del horizonte y pienso en bajar pero qué fiaca…” comienza enunciando ese “yo”. Escritor, catedrático, gran entusiasta. A medida que avanza el relato esa voz se va llenando de características, de calificativos, cobra identidad. Basada en la recuperación de una voz posible de Ricardo Piglia, rescatada de una lectura minuciosa de los tres tomos de sus Diarios de Emilio Renzi. Es la voz de un escritor maduro, que recuerda y padece esa nostalgia de lo que no fue, de lo que se perdió vivir: “siempre queda la posibilidad de retomar el hilo, de volver a contar lo que veníamos contando aunque ya no seamos eso ni sepamos cómo termina el cuento. Tengo una buena historia pero me falta ella. Me falta su olor, el vestido que mejor le queda, me falta el tono de su voz cuando pide por favor (¿pide por favor?) que le alcance el pan o la sal en la mesa” (17). Ese “yo” intenta enhebrar la aguja, encastrar las imágenes superpuestas, llenar los vacíos del decir, las ideas, los fragmentos amorosos, las canciones y los viejos libros que le recuerdan a Vibel, así como también las reflexiones que se incorporan y los cuestionamientos sobre lo ocurrido.

     Piglia no sólo se perdió a una mujer a quien quería sino que en esos intensos años 60 y 70, mientras las organizaciones políticas hervían, se formaban y se fundían en nuevas y más arriesgadas apuestas, él se dedicó a escribir. Y, para peor a escribir, sobre todo, acerca de otros escritores. Vemos a un hombre joven que goza del amor que circulaba con alegría, que vive la politización radicalizada de su generación como un contexto y a un hombre maduro que se ve a sí mismo a veces con pena. Pero la voz no es sólo lo que cuenta. Una voz es una sintaxis, es un vocabulario, un campo semántico. Y este Piglia ficcional es una composición que no tiene un solo descuido. Un narrador que habla de una “cenefa oxidada”, de “piringundines” y de un “chijetazo” de aire helado. Pero también de sus lecturas. Lecturas que son también de la escritora y esa comodidad de poner a hablar a un personaje que en realidad no tiene voz como la escritora, pero que reproduce un idioma que ella comprende perfectamente, hace que esta parte del libro –la voz de él– sea un retrato. En efecto, una estrella fugaz que recuerda con cariño lo sucedido en aquellos años, transita las imágenes sin dificultad pero con miles de interrogantes y reflexiones que se entrecruzan como telón de fondo a medida que recorre las calles de La Plata, los lugares habituales, las sensaciones de un amor repentino. Un “yo” que comienza hablándole a los lectores para contar su historia sobre las noches de lujuria en aquella habitación de una pensión pero que luego ese mismo “yo” se dirige a ella, a ese cuerpo desaparecido del que tan solo tiene el recuerdo de su fragancia y los versos de Rubén Darío o Walt Whitman que le recitaba de memoria.

     Con igual complejidad y pericia, Josefina Giglio reconstruye los gritos de la memoria, no para ponerse en el lugar de los “otros” sino para componer y recuperar una identidad –la de su madre– a partir de los ecos que acometen y acechan al pasado reciente. Así, esta novela transita la voz de un escritor conocido, la de una niña huérfana, la de una vecina testigo y la de los abuelos que no entienden pero protegen. Tal vez la novela de Josefina Giglio sea la puerta de acceso a una nueva generación de hijos e hijas que recuperen el pasado al hacer del mismo un verdadero acontecimiento artístico. Pero esas preguntas y dificultades en el afán de plasmar el pasado en la escritura se entretejen en boca de distintos narradores como estrategia textual: “¿cómo recordar?, ¿cómo escribir y ser fiel al recuerdo? (…) la experiencia está bien, pero no alcanza. No alcanza con haber tenido la experiencia; se necesitan los artificios del arte para que emocione. En estos días los recuerdos vuelven como cascarudos que entran por la ventana en las noches calientes de verano. Entran boleados, pesados, sin rumbo” (49). Sobre la parte más lejana del firmamento intrincado de la memoria es posible divisar una estrella fugaz que vuelve a decir “yo” sigilosamente y se dirige a Vibel. Recuerda muy brevemente la última vez que se encontraron por casualidad en la puerta de un teatro, ese último abrazo, esas simples palabras de afecto y el cruce de miradas repentinas son el final de un rumor familiar que se completa con testimonios tangibles: una fotografía de Vibel y la transcripción de la respuesta de Ricardo Piglia ante las inquietudes de Josefina.

ENZO MENESTRINA

Es tesista del proyecto de investigación: “Violencia, literatura y memoria en el campo literario latinoamericano de las últimas décadas II” bajo la dirección de Teresa Basile. Integrante de los grupos de estudio e investigación: “Memoria y Narración” (Estocolmo) y EdiCMa (Argentina). Fue becario EVC-CIN (2019-2020) con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNLP.