GUAY | Revista de lecturas | Hecha en Humanidades | UNLP

Raúl González Tuñón (2020), Rogers

CRÍTICA LITERARIA/CRÓNICA
GERMÁN FERRARI

Raúl González Tuñón, Poesía y reportaje
(2020)
de Geraldine Rogers

La poesía como crónica de época, y viceversa

     De las “vidas truncas” de Villa Desocupación, desterradas a un puñado de cuadras de la Casa de Gobierno, a los cielos, los vientos y las mesetas de la Patagonia; del “infierno” de la guerra entre Bolivia y Paraguay en el Chaco Boreal, a la efervescencia de la España republicana, después de la Revolución de Asturias y en las vísperas del triunfo del Frente Popular. 

     El poeta-periodista Raúl González Tuñón (1905-1974) gozaba con cada viaje. Su ciudad, su país, su continente, su mundo, se abrían para que reflejara cada vivencia con todos los sentidos. Le gustaba decir que vivía en un completo “estado de exaltación lírica”. Se podría agregar “y periodística”.

     A casi ocho décadas de aquellas coberturas, la investigadora Geraldine Rogers rescata en Raúl G. Tuñón, poesía y reportaje (CEPHCIS-UNAM, México, 2020) una treintena de “crónicas viajeras” publicadas en el vespertino Crítica y en la revista El Suplemento que jamás habían vuelto a circular –salvo una desafortunada edición de los artículos sobre España, divulgada del otro lado del océano–. 

     A partir de esos textos escritos entre 1932 y 1936, Rogers analiza la producción tuñoneana en clave poética y periodística. Y como bien señala en su estudio introductorio, el tránsito por la poesía y la crónica, por la literatura y el periodismo, es emprendido sin ningún prejuicio y ante el desafío permanente de recorrer territorios en apariencia enemigos.

     El poeta-periodista definía su estilo como “realismo romántico”, y así lo distinguía de otros realismos –entre ellos, el “socialista”–. En un texto reflexivo de su madurez consideraba: “A veces el poeta inventa, incluso lleva la fantasía al límite del absurdo […]; inventa y descubre países, digamos, en la vasta geografía del canto. Pero a veces trata de conversar con su época, de glosarla, y en algunos casos suele desbordarla. Es cuando la poesía deviene una especie de crónica, ya sutil, ya descarnada, de su tiempo”. 

     De esta manera, “el cronista” –nombre que le dio al texto con que inauguró su último libro publicado en vida, La veleta y la antena– articulaba ambos espacios: “En ocasiones el enlace de lo uno y de lo otro supone el equilibrio entre el sueño y la acción que el genio de Baudelaire previó para nuestro siglo divagador y apasionante, con lejanas raíces en François Villon y sus cantos humanos, y en Peter Brueghel, y en ese otro alucinado que fue Jeronimus Bosch, el Bosco”. Y resumía: “Exaltamos, en general, la libertad de las formas y los temas, en verso y prosa […] y a las imágenes como signo fundamental”.

     En el poema “Relato de un viaje”, este testigo del siglo XX escribía: “Raúl Tuñón pasa”. Y Rogers se detiene en esa acción que encierra algo más que un “pasar”. Porque para ir de “lo real” a “lo fabuloso” –y viceversa– también permanecía, ejercitaba el asombro y la curiosidad, se quedaba, seguía, retornaba. Asombro y curiosidad de niño-adulto que juega, mira, escucha, huele, siente… 

     Este porteño cosmopolita que dialogaba con su tiempo curioseaba en la modernidad y se sumergía en el reportaje, género periodístico propio de la nueva época. En una de sus crónicas patagónicas se fascinaba con “la hora mecánica que vive el mundo”. El oficio lo rotulaba “enviado especial”, “reporter viajero”, “corresponsal de guerra”, que en su vagabundeo descubría zonas y personajes de los márgenes. La “musa Actualidad” lo guiaba.  

     Era un espíritu compenetrado con las vanguardias artísticas –el surrealismo francés, el futurismo y el constructivismo soviéticos– y que, como Vladimir Mayakovski, experimentaba una anatomía enloquecida, “todo corazón”, que palpitaba por donde pasara.

     Y qué mejor que sentir esa modernidad desde los aviones pioneros, símbolos de una técnica que avanzaba y parecía no detenerse. Unos años atrás celebraba que Crítica haya adquirido una rotativa innovadora, una Hoe; más tarde, se entusiasmaba con surcar el cielo desde una máquina bautizada con el emblema del diario: “El Tábano”. 

     Rogers reflexiona: “Tuñón hizo del universal reportaje un elemento fundamental de su poética: la noticia y el apunte de viaje integran la masa de materiales con que compone su obra. Lo poético y lo prosaico traspasan las fronteras entre el arte y la vida ordinaria, en una refundición acorde a las transformaciones de una época tumultuosa. El adentro y el afuera se mezclan, lo nuevo se encuentra con lo viejo. El mundo es percibido como un gigantesco amontonamiento de ruinas y rascacielos, donde las cosas se destruyen y renuevan sin pausa, en un revoltijo para el asombro”.

     El antagonismo entre literatura y periodismo –o en este caso, poesía y periodismo–, que Mallarmé trabajó en su concepto de “universal reportaje”, no inquietaba a González Tuñón. Para él, el periodismo no era el depósito de los lugares comunes ni de los desechos literarios. Allí están sus poemas-crónicas para desarmar cualquier preconcepto elitista.

     El corpus rescatado por Rogers muestra una faceta esencial en la construcción del poeta-periodista que obliga a alejarse de la catalogación apresurada que lo encasilla como bardo de los circos, la bohemia y los “bajos fondos”. 

     La imagen de Juancito Caminador no es completa si no se tiene en cuenta la dimensión ideológica. Es en esa convulsionada década de 1930 en que empezó a consolidarse el Tuñón político, militante del Partido Comunista. En las crónicas sobre España puede apreciarse ese compromiso, que no se debilita en un panfleto –una herramienta de combate que aparece en otros textos, ajenos a esta selección–. Y así, Juancito Caminador se hermana con “El més petit de tots”, la “mascota de la revolución”.

     El trabajo artesanal para traer al siglo XXI un legado poco conocido o difícil de acceder escrito por González Tuñón ya lo había emprendido Julia Miranda, que hace una década agrupó y prologó tres obras emblemáticas en las que confluyen poesía y prosa de prensa: La muerte en Madrid, Las puertas del fuego y 8 documentos de hoy. El Himno de Riego es la banda sonora de esta trilogía y de la última recopilación del libro de Rogers, los artículos reunidos en “Redescubrimiento de España”.

     En el último tiempo, además del trabajo de Rogers, la vigencia de González Tuñón –al menos en el ambiente académico– se vio reflejada en la publicación de Una poética de la convocatoria, de María Fernanda Alle, investigadora de la Universidad Nacional de Rosario que recorre la literatura comunista del poeta-periodista. Además, se abrió el acceso público de la revista Contra, dirigida por González Tuñón en 1933, a través del reservorio digital del Archivo Histórico de Revistas Argentinas (AHIRA), dependiente de la UBA, a cargo de Sylvia Saítta.

     Esa suma de coincidencias impulsó al Centro de Estudios de Literatura Argentina y al Instituto de Estudios Críticos en Humanidades, ambos de la UNR, a organizar el encuentro “Salud a la cofradía. Poesía, periodismo y política”, con la participación de Rogers, Alle y Saítta, y Martín Prieto como moderador.

     Después de dos horas y media de exposiciones e intercambios, fue tomando forma una necesidad: la publicación de las obras completas de González Tuñón. Saítta puso en palabras lo que sobrevolaba en el espacio virtual: existe una deuda con el poeta-periodista y es imprescindible reconstruir su producción dispersa.

     Hace treinta años, el poeta y librero Héctor Yánover confesaba al autor de estas líneas que su deseo era publicar las obras completas de su amigo y maestro, pero que lo frenaba saber que allí tendrían que aparecer los poemas dedicados a Stalin. Ojalá que el libro de Rogers sea un comienzo auspicioso para espantar aprensiones y encarar esa tarea.



° El libro Raúl González Tuñón, Poesía y reportaje (2020) se puede bajar de forma legal y gratuita entrando al siguiente enlace: https://www.cephcis.unam.mx/wp-content/uploads/2021/03/08raulgtunon.pdf

GERMÁN FERRARI

Es profesor de Periodismo Gráfico en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ). Autor de Raúl González Tuñón periodista (2006), sus últimos libros son Osvaldo Bayer. El rebelde esperanzado (2018) y Pablo Rojas Paz va a la cancha. Las crónicas futbolísticas de “El Negro de la Tribuna” (2020). 

El palomar (2021), Magallanes

NOVELA
MARÍA EUGENIA RASIC

El palomar
(2021)
de Francisco Magallanes

Esas barras bravas

“ya no vendrán los jóvenes

oscuros de dolor/cara al tiempo los sueños

que escribían”

Juan Gelman.

 

     A la novela El Palomar de Francisco Magallanes se entra como se entra a la cancha pero sin cacheos. Y la figura de la cancha, ya verán cuando ingresen, no es para nada inocente. Tanto sus personajes, en su mayoría jóvenes, los diálogos y silencios entablados, las acciones y lugares que desorganizan eficazmente el relato, como el universo de los objetos, los sonidos, las voces que allí se afilan y rozan cortando, de este modo, cualquier intento de configuración sólida de la lengua, y sobre todo el ritmo que en la narración se construye, su constante movimiento y su cadencia entrecortada, interrumpida, pertenecen a un territorio poco explorado de la manera en que su autor lo hace. Me refiero al universo futbolero, espacio sobre el cual y desde el cual la ficción nos muestra sus entretiempos, y el relato, sus tajos o, como diría allí dentro uno de sus personajes, “las estocadas finales sobre la panza” de sus propios fragmentos.

     Si bien muchas veces lo popular en la literatura ha sido y sigue siendo un campo de juego en el que la narración se ve obligada a respetar un verosímil muchas veces estigmatizante -es decir: un mandato con horizontes de expectativas que encierran la lengua, las voces y los cuerpos en un imaginario y territorio determinado-, así como también sigue siendo un campo de juego en el que las formas lidian con antiguas y sólidas batallas, la escritura de Magallanes hace de esos estigmas heridas abiertas, audibles y visibles por donde hacer filtrar la ficción y, con ella/desde ella, un síntoma de época dilatada, expandida en el tiempo de las desobras. Porque si hay algo que la novela pone en juego es ese otro lado del fútbol, su detrás de cámara, que pareciera salirse de los cortes temporales con los que la historia acostumbra a organizar sus acontecimientos y desbordar, de este modo, un sentido ajustado de “década” y de  segmento cultural determinado. Por fuera de la sociedad del espectáculo, o por entre, y a pesar de los insistentes cortes neoliberales que azotaron y subestimaron la cultura popular argentina, la novela, por un lado,  se pone a mirar y a recorrer como un continuum (los viajes en remís de  sus personajes acompañan en la novela ese movimiento), y desde una perspectiva que potencia sin frenos el terreno de las subjetividades silenciadas, escenas sociales que se instalaron en el imaginario de los inolvidables años noventa y que se han pegado hasta hoy en día en la cultura argentina como esas canciones de fondo que escuchamos reversionadas y entonadas a todo volumen en la cancha o a como aquellas que suenan en el estéreo del auto para luego instalarse durante todo el día en nuestra lengua (el dúo sueco de los noventa Roxette es parte del repertorio que suena de fondo en la novela, junto con los Redonditos de Ricota y la cumbia del barrio). De este modo, el relato de un personaje como “el rubio” que “aun siendo radical ama a Menem” y se acopla al furor de las ventas de sistemas informáticos en la nueva mentira global latinoamericana; la comparación del paisaje de la ribera rioplatense de Punta Lara con el de Miami; la referencia actual a eventos futbolísticos o figuras que tuvieron lugar en los noventa, como por ejemplo el descenso a la liga B de Estudiantes de La Plata o la presencia en boca de los personajes de jugadores de fútbol como el Indio Ortiz, el Tornado Alonso y el Enano Niell de Gimnasia Esgrima de La Plata, junto con la galería de personajes que, por sus nombres, podrían jugar en la misma liga (y viceversa); el relato de las andanzas de un 504 rojo siempre GNC y las del Regata y del Duna junto con el Galaxy y el Mercedes que habitan en la remisería del barrio producen un efecto de montaje temporal, cultural y estético en la ficción que trae permanentemente para delante lo que creíamos lejos o en otro plano. Es a partir de estas operaciones en la novela -y no al revés: esta es, sin dudas, la destreza narrativa del autor- que podemos visualizar y escuchar con mayor proximidad (cabe destacar que la construcción de una voz que escapa todo el tiempo a la omnisciente colabora allí en dicha proximidad) los entretejidos que asoman entre las monturas, su despliegue y procedimientos, los cuales atraviesan y a la vez constituyen el mapa social, político y económico sobre el que la ficción se desarrolla. Por un lado, entre los banderines albiazules, el deseo  y los cuerpos danzantes, vemos desplegarse los grandes negociados entre la dirigencia de los clubes privados y la clase política, el deliberado abandono político de las nuevas configuraciones territoriales que en las grandes ciudades del gran Buenos Aires han ido emergiendo y expandiendo un diagrama urbano altamente centralizado y excluyente; por el otro, aunque en relación causal con lo anterior, la novela se pone a escuchar con especial atención las voces de un sector joven de la población (materia prima, por cierto, en la maquinaria meritocrática del fútbol) que busca en los bordes, en los precipicios, en los filos, las huellas de un futuro que, si bien para las juventudes de aquel pasado en que lxs poetas cantaban era un sueño inminente, para las de este entonces aún no ha llegado, o sí, pero también en manos del vértigo o de la muerte:

 

 

     “Nunca estuve tan cerca de Dios como aquella noche. Fuimos con el Flaquito y lo llevamos al Arveja. Trepamos hasta el cielo en un ascensor de vidrio. Cuando llegamos a la base de la torre, el viento helado nos volteó. El Loquillo nos había pasado el dato para desaparecer (…) Presten atención, dijo El Arveja y se paró. Lo mirábamos sin poder adivinar qué se proponía. O sin querer pensarlo, porque se acercó a la cornisa y sin que pudiéramos reaccionar, desapareció en un movimiento de nuestras vistas. Primero pensé lo peor, pero El Arveja colgaba de sus brazos a 80 metros de altura. El viento lo tambaleaba de acá para allá y en cualquier momento se lo chupaba para abajo. Por momentos me mareaba ver la plaza Moreno y me daban ganas de saltar, pero los gritos del Flaquito me rescataban. Intentamos agarrarlo de los brazos para levantarlo pero El Arveja fue contundente. Si me tocan me suelto. Te vas a matar pelotudo, le gritó El Flaquito. Presten atención, dijo y empezó a trepar a pura fuerza de brazos. Fue un movimiento impresionante, El Arveja era todo un atleta. Cuando estaba a salvo en la base, lo abrazamos y empezó a reírse a carcajadas. Empinó la botella de ginebra con coca hasta vaciarla. Lo que mató al Negro Olmedo fue la gravedad y no tener estos brazos de laburante. Pasamos toda la noche tomando sin saber que nunca más lo volveríamos a ver.”

 

 

     Es en el ejercicio de la escucha de estas voces jóvenes y políticamente incómodas que me gustaría brevemente detenerme. Será tal vez porque El Palomar invita, entre otras cosas, a llevarse la ficción al oído como si fuera una radio con la que escuchamos la transmisión del partido. Así, como quien va buscando afinar la sintonía, nos encontramos con un conjunto de chillidos agudos (“cerrar el pico y masticar la carne”; “el animal chillaba”) y de voces quebradas, rotas, filosas como esos restos que Chico Buarque exponía en la vereda de “Construcción” interrumpiendo el tránsito. Vidas frágiles que se caen del techo que el sistema les oferta como posibilidad de supervivencia: “con un trabajo dicen que la hizo / en Capital junto al Escorpión y los Hermanos Piña / los pasaron a buscar en un taxi de los nuevos / que les regaló el Intendente / regaló las pelotas / que acá nadie / te regala nada dice el Camisa / con la voz filosa cuando escucha”;  “pero si se pudre te quiero ver / metiendo goma te quiero ver / agita el Escorpión / con la voz quebrada y siempre que puede / lo repite te quiero ver y te mira / con sus cristales verdes irritados”; “La Valentina todavía tenía el maquillaje de la noche y la voz rota: ¿Cuándo me vas a meter en la barra?, me dijo”. 

     De la barra que esta última cita nos habla en un primer plano de la ficción es la que pertenece a la hinchada de Gimnasia, el club de fútbol protagónico en la novela. Como se anticipa ya desde el comienzo, El Palomar se sostiene argumentalmente en el tejido inescrupuloso que el poder político y judicial de la ciudad y los empresarios del fútbol (cada vez más cercanos, por cierto) traman sobre el territorio local en pos de la expansión de negociados aleatorios a la empresa futbolística y en pos de un enriquecimiento a gran escala que llega a delimitar, inclusive, la dinámica de los barrios populares. Sobre ese tejido, la ficción recupera, a veces con nombres ficticios, a veces con nombres reales, personajes icónicos de la historia futbolística local que, como el legendario “Loco Fierro” de la hinchada de Gimnasia Esgrima La Plata, habitan en cierta parte del imaginario platense como un personaje sacado de la ciencia ficción animada, tal como se entrelee en algunos pasajes que Magallanes, desde esa recuperación, hábilmente reconstruye (la referencia a los Mazzinger en la escena en que el Arveja juega a arrojarse al vacío es un claro ejemplo; también la referencia a Canadá transformada en un espacio distópico en la novela). Dicho gesto podría entreleerse a su vez, con igual potencia y alcance, en la contemporánea y potente ficción de Leonardo Oyola, Kryptonita, llevada además, de la mano de Nicanor Loreti, al cine y a la serie televisiva, así como también, de la mano de las y los docentes, a las aulas de las escuelas secundarias públicas. Pero la riqueza de la escritura de Magallanes no está solamente en los imaginarios, coyunturas políticas y síntomas época que recupera, sino también en los procedimientos formales con los que dicha escritura los despliega y, al mismo tiempo, los efectos de sentido que los procedimientos producen en la lectura. Porque, además de las barras de fútbol a las que los personajes de la novela intentan pertenecer y por las que dejan correr el deseo, están las barras que cortan las paredes del monoblock que la prosa erige para operar sobre el terreno del fragmento, de la escisión y, hasta a veces, por momentos, del verso: “Fumar arriba y ver el río / los monoblocks amarillos del mercadito / las luces de la autopista en la madrugada / era todo lo que nos movía”; “Ahora que la venganza me retuerce / la lengua, sé que no volveré de Canadá. / Moriré en el destierro inútil / porque la Gloriosa 22 se cobró lo que era suyo. / Espero la estocada final en la panza y me aferro a la vida”. 

     De este modo, las barras, que parecieran sugerir un tiempo de interrupción, de pausa o detenimiento al menos breve, proponen un avance rítmico dado por la secuencia reiterada de esa suerte de cortes versales internos. Como hemos aprendido a leer en las Interrupciones o en la poesía siempre incompleta de Juan Gelman, la barra es, ante todo, una marca gráfica que no se puede ni vocalizar ni poner en sonido; sólo se puede mirar como se mira una cicatriz: la que nos sirve como señal o señuelo de la brecha que la escritura abre entre ficción y realidad, entre lengua y representación, entre dolor e ideología a la vez. Estas barras convierten a la novela en un cuerpo herido y cicatrizado. Constituyen profundas marcas visibles de la cisura por las que las voces política y culturalmente rotas, astilladas, retorcidas y doloridas pueden filtrarse, transformarse en personajes y hablar. Estas voces nacidas en el tajo son, sin dudas, las verdaderas barras bravas que la ficción de Magallanes muestra sin miedo. 

     A El Palomar se entra como se entra a la cancha sin cacheos y se sale con las heridas abiertas de esas épocas que nunca se han ido, de esos cuerpos jóvenes que caen en cruz como en La bengala perdida del flaco Spinetta, de esos nombres y apodos sin apellidos que entre los innumerables escombros que esta ficción junta y recupera salen a respirar la luz de un porvenir incierto. Las barras bravas de Magallanes lo saben y agitan a coro lo que en este gran lío habíamos vuelto a pasar por alto.

MARÍA EUGENIA RASIC

Es Doctora en Letras por la FaHCE-UNLP. También es docente de Literatura en escuelas secundarias públicas y de un taller de escritura creativa en el área de Extensión de la FaHCE. Actualmente, en su formación posdoctoral, se encuentra investigando las relaciones entre arte-poesía-archivo-comunidad en territorios rurales de la provincia de Buenos Aires.

Lord(2004), João Gilberto

NOVELA
ANA BUGNONE

Lord
(2004)
de João Gilberto Noll

     ¿Qué es ser un sujeto?, ¿qué es ser un hombre? parecen ser las preguntas que desata la novela Lord de João Gilberto Noll (Porto Alegre, 1946). Se trata de una perturbadora trama narrada en primera persona cuyo protagonista es un brasileño que recala en Londres para realizar algunas actividades indefinidas, vinculadas con su condición de escritor. Desde el inicio, el relato está plagado de incertidumbres ligadas a desconocer quién es el protagonista, por qué viajó y quién lo contrató, que van atosigando tanto a quien lee la novela como al propio personaje principal. Un cierto desentendimiento del lugar que ocupa en el mundo o, mejor dicho, una búsqueda por su definición, recorren toda la novela.

     Esta novela corta escrita sin divisiones en capítulos nos lleva a la vida íntima de un hombre a través de la narración de sus impresiones, pensamientos obsesivos y decisiones, en una ciudad que desconoce pero que inmediatamente lo atrapa. El protagonista va atravesando diversas situaciones relacionadas con su estadía en Londres, las dudas sobre las actividades que cree que debería realizar como escritor pero que no logra concretar -y que ni siquiera le son solicitadas- y, fundamentalmente, la búsqueda por transformarse. Dejar de lado su vida anterior y olvidar todo su pasado, son objetivos que lo van llevando a asumir diversos riesgos. En ese trayecto, Noll construye un relato que va de lo animalesco a lo abyecto, de lo reflexivo a lo corporal.

     El objeto de Lord es la condición de ser humano y la identidad. El drama del protagonista es su transformación, más allá del viaje, de su profesión, del idioma del país extranjero en el que se encuentra. “Mi literatura es pulsional”, dice el autor en una entrevista, donde también comenta que ama a los actores porque le apasiona el deseo de ser otro, la idea de que uno es provisorio.

     El desdibujamiento de la condición, por un lado, humana, y, por otro, identitaria del protagonista acompaña el viaje que realiza. Es decir, el proceso no le ocurre en su país natal ni en su casa, le sucede en cuanto comienza a experimentar la vivencia en un espacio diferente, con reglas del juego distintas y con otra lengua. Esa extranjería que invade su vida se transporta a su propio ser: ya no es quien solía ser.

     El protagonista plantea desde el principio una necesidad de realizar ese viaje, que no se limita a alguna obligación laboral, sino que parece un imperativo existencial: ser otros. “Tinha vindo para Londres para ser vários” (había venido a Londres para ser varios), dice el narrador. De a poco, va apareciendo la idea de quedarse en esa ciudad que le permitiría cambiar, ser alguien distinto de quien había sido en su país natal, aún a costa de vivir en la ilegalidad y sin dinero. Londres se muestra, entonces, como lugar de mudanza, de realización, frente a un pasado que prefería olvidar y que, de hecho, se le iba extraviando en una amnesia progresiva. De esta manera, pérdidas de memoria, y, como dice el protagonista “dado à melancolia” (dado a la melancolía), falta de razón, estados de confusión y de sedación, fortalecen una desarticulación que la unidad de un individuo podría representar.

     En las búsquedas por ser otro, el protagonista pasa por estados de animalidad, en los que la figura del toro es central, pero también atraviesa una transformación física que precisa de un espejo, elemento constante que remite, como todo el relato, al problema de la identidad. El espejo, que sirve para “constatar que se eu ainda sou o mesmo, que outro não tomou o meu lugar” (constatar que todavía soy yo mismo, que otro no tomó mi lugar), pasa de ser un elemento físico a uno simbólico que muestra (o no) una identidad, una imagen verdadera. Esa comprobación de si todavía se es el mismo o ya no, es un ejercicio que el protagonista realiza a lo largo de la novela, al mismo tiempo que van apareciendo señales de la pérdida de contacto con su realidad previa, que él nombra como “disuelta”. Noll hace que lo único que permanezca sea, justamente, la suspensión de la identidad.

     En el mismo sentido, la disolución aparece en lo corporal: el protagonista no come, o come muy poco, como señal de una falta de apego a la materialidad del mundo físico en que vive. Mientras avanzan sus cambios físicos, que van desde el uso de maquillaje, teñirse el cabello, el sentirse un toro, debilitarse por falta de comida, el personaje principal afianza la idea de una “indefinição” (indefinición) de la que ya no regresaría para ser quien era. Podría ser un “alienígena” que necesitaba un rumbo, dice. 

     El estado reflexivo que atraviesa el narrador y que permanece durante todo el relato, tanto referido a la pérdida de su identidad anterior como a la búsqueda de una nueva, acompaña la desmaterialización de su propia persona para transformarse en “aquele amontoado de carne sem nome, destino, moradia” (aquel montón de carne sin nombre, destino, casa).

     Como decíamos, para el protagonista, ese nuevo ser puede confundirse con otro tipo de entidad, un toro, al mismo tiempo que se concentra en un proceso autoreflexivo e indagatorio sobre su propia condición de ser. En la entrevista antes citada, Noll dice que “hay una nostalgia de lo animal, hay una nostalgia de ser lo que uno no es, de ser alguien que no es yo”. Sin embargo, cuando el protagonista se va animalizando, lejos de convertirse en un bicho no pensante, la diferencia entre cultura y naturaleza, entre ser una persona y un animal, se derrumba por completo: él es un ser animalizado pero pensante, enfocado en sus disquisiciones.

     Este ser toro, fuerte y con piernas ágiles se vincula también con la fuerza para caminar, en la medida en que el andar por la ciudad, fundamentalmente a pie, es una metáfora del tránsito permanente, de la búsqueda de llegar a otro lugar, en definitiva, a ser otro. Así, Noll nos detalla los barrios y los espacios de Londres que el personaje atraviesa y habita. Están plagados de olores, suciedad y marginalidad. Es en esos espacios y en los encuentros que se van sucediendo entre el protagonista y otras personas que surge la sexualidad con otros varones. Así como, por un lado, por la devastación de su ser anterior en tanto escritor, “me sentía frígido para as letras” (me sentía frígido para las letras), por otro lado, los encuentros sexuales, casuales, representan todo lo contrario. 

     Por otro lado, es llamativa la forma en que el autor logra prácticamente anular la comunicación del protagonista con el resto del mundo: escasas palabras, poquísimos diálogos, van orientando el interés en los pensamientos y en una serie de acciones confusas e impredecibles. Esto se relaciona con la sensación de incomprensión que el narrador muestra a cada paso y que incluye, por qué no, su propia capacidad de determinar qué es lo que está sucediendo, a pesar de los esfuerzos que realiza por examinar sus sensaciones y pensamientos. Algunos datos le brindan cierta información sobre su estadía en Londres, para qué habría llegado allí y para quién podría ser útil. Sin embargo, en la soledad e incomunicación general en la que se encuentra, lejos de indagar y preguntar a las personas indicadas, se aísla (“eu precisava proseguir sozinho” [necesitaba seguir solo], dice), posiblemente como antesala a su transformación en otra cosa. Ser un reptil sin voz ni columna dorsal, solo con capacidad para penetrar y eyacular, era una de las opciones para la salida de ese estado de sopor existencial y decadencia corporal.

     El problema de este renacimiento buscado y esperado por el personaje principal es que está directamente asociado a la muerte. La muerte es un asunto en el que el protagonista insiste a cada momento. La esperanza de la muerte como salvación de una vida sin rumbo se sincroniza con la experiencia de perder el sentido, como perder la cabeza, pero también el sentido de la vida. Ser un bicho, ser otro, o mejor morir, son las miserables alternativas del personaje. En principio, no se trata de un renacer asociado a una nueva vida, o a una nueva forma de vida, sino a una muerte lenta y onerosa. ¿Cómo refundarse tras la caída si aquello que puede surgir es informe, inidentificable como una nueva vida, un nuevo ser?

     Fragmentación, desorden, indistinción permean todo el relato de Noll. Una indistinción que, por momentos, implica para el personaje no tener identidad, por tanto, parece que no es un proceso de auto-otrificación, ya que no puede convertirse en otro si no sabe quién es él. Hay una mutación no solo del self, sino que lo que entra en crisis parece ser el yo como sistema, donde el problema no es a quién refiere “sí mismo”, sino bajo qué sistema se organiza. No tanto ¿quién soy?, si no ¿qué soy? Son las preguntas que circulan en Lord sin ser dichas pero que resultan inevitables, urgentes.

     El malestar identitario del narrador desemboca o forma parte de una desarticulación de la unidad del sujeto, representado por una congoja y una crisis que se instala sobre heridas del pasado -desconocidas por el lector- pero que se pueden adivinar en el relato del protagonista.

     Finalmente, Noll nos muestra la transformación, el momento exacto en que el protagonista logra ser otro. A pesar de las permanentes referencias a la muerte, el personaje llega al encuentro con la redención necesaria para seguir viviendo. 

     Lo carnal, la sexualidad, lo marginal, lo abyecto, lo real. Todo lo que es imposible de significar está presente en Lord, aunque sea de modo provisorio, hasta encontrar una nueva identidad.

 

1 João Gilberto Noll: "Escribo porque Dios no existe", entrevista a João Gilberto Noll por Christian Estrade y Ernesto Bottini, disponible en https://funcionlenguaje.com/index.php/es/sala-de-lectura/rincon-bibliografico/592-joao-gilberto-noll-qescribo-porque-dios-no-existeq.html

ANA BUGNONE

Es Licenciada en Sociología y se doctoró en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de La Plata. Es profesora de Cultura y sociedad y del Taller de Sociología del Arte en la misma universidad. Investiga sobre procesos socio-culturales y artísticos.

La vanguardia permanente (2021), Kohan

LITERATURA/CRÍTICA

MARTIN BAIGORRIA


La vanguardia permanente
(2021)
de Martín Kohan

 

     Ruptura con las convenciones estéticas, invención formal, fusión entre arte y vida social, cuestionamiento a los valores establecidos, dentro de estas coordenadas puede sintetizarse la experiencia de las vanguardias surgidas a principios del siglo pasado. Ser vanguardista supone asumir en distintos grados esos cuatro movimientos, cuestión que la literatura argentina no siempre ha logrado resolver. Por eso ‒diría Tabarovsky‒ la vanguardia sigue dando vueltas como un “fantasma”: se discute sobre ella, se la invoca y se la niega, se la pone en práctica de manera ingenua o consciente, retorna de una manera u otra en muestras de arte joven, en una lectura pública, en una intervención porno dentro de la universidad o en los artículos dedicados a esos eventos. Dos libros recientes dejan entrever cómo se posiciona la crítica literaria frente al fenómeno. La vanguardia permanente de Martín Kohan y ¿Qué será la vanguardia? de Julio Premat coinciden en sus perspectivas, referencias teóricas y hasta en la elección de autores, hecho que evidencia ciertos gustos predominantes dentro de la academia. A los fines de un comentario el libro de Kohan es más útil que el de Premat: plantea un contexto y una serie de juicios con los que se puede acordar o no, mientras que el segundo vacía al vocablo de contenido y lo convierte en un ente polisémico, idéntico a diversas expresiones de la actualidad literaria (Bruzzone, Cabezón Cámara, etc.). Como una esfera cuyo centro está en todas partes, para Premat la vanguardia es una utopía idealista, una quimera que le permite afirmar cosas contradictorias en torno a ella, lo cual curiosamente lo lleva a explicitar aspectos que en Kohan pasan de largo. 

     Este último parte de los recelos activados por la semántica. “Ir hacia adelante” puede sonar ansioso, agresivo o incluso pecar de un optimismo idéntico a las certezas del discurso revolucionario; el deseo de novedad queda así asociado al profetismo o el voluntarismo bélico perdiéndose de vista lo más interesante, la dimensión democrática y moderna de esos movimientos: la agitación social, la polémica, la aceleración como factor clave de la ruptura… Luego desfilan las interpretaciones de la Teoría Crítica y las situaciones trágicas del periodo soviético (Lunacharski, los conflictos con el Partido, la derrota frente al realismo socialista); para la Escuela de Frankfurt cada rasgo vanguardista conduce a su contrario y supone en última instancia su negación mientras que los libros de historia no dejan de mostrarnos el fracaso de sus ambiciones. Antes que la vanguardia se impone la sospecha permanente, sobre todo frente a la reivindicación de la novedad y la ruptura con la tradición ‒lo nuevo se convierte en fetiche, a la tradición siempre se terminaría volviendo‒; es llamativo que Kohan cuestione ese legado anti-sistema con un montón de citas de autoridad. El libro esquiva así las diversas mutaciones de esos movimientos durante el siglo XX y se identifica con el debate interpretativo: no se lee la vanguardia directamente ‒esta no es un objeto en sí‒, se leen los dictámenes que la Teoría Crítica promulgó sobre ella. 

     Pero más allá de la pátina frankfurtiana, esa perspectiva tal vez obedezca a las taras de un discurso vernáculo; no es difícil ver hasta qué punto, en el caso argentino, la sospecha también es síntoma: se puede incorporar un poco de vanguardia pero a la vez se puede tomar distancia de ella; desde Borges hasta Libertella, Piglia y Aira, todos ellos coquetean con tal o cual aspecto del fantasma para marginar sus otras características. Así surgió la vanguardia moderada de Martín Fierro, intento modernizador marcado por sus coordenadas socioeconómicas, en gran medida ajeno o refractario al extremismo de sus pares europeos. Como es sabido, Borges perfecciona ese paradigma; él mismo un joven vanguardista que en Historia universal de la infamia incorpora algunas de sus inquietudes dándoles en los ´40 un tono cada vez más matizado, acorde a la sintaxis inglesa. Luego vienen los autores que concentran el grueso de estas intervenciones: ¿fue vanguardista Libertella? ¿O un excéntrico con una prosa no tan revulsiva? Las características que Kohan y Premat le atribuyen a su última etapa -“hermetismo”, “ilegibilidad”, rechazo a la transparencia comunicativa- no remiten necesariamente a los experimentos estéticos del siglo xx sino al espíritu finisecular del cenáculo; una escritura de ideas mezclada con el ingenio de la bohemia y pocas apuestas al nivel de la sintaxis o el léxico. En la discusión con el ideal burgués de la novela es un autor a medio camino: abandona sus variantes convencionales sin generar muchas propuestas en el plano estilístico o formal. Por eso suena exagerado cuando Kohan afirma que “Libertella reformula todo”. Premat también lo presenta como un autor a contracorriente pero, con todo su diletantismo, Libertella no se opuso a las creencias generales de la época, ya sea en su gusto por la meta-ficción, la desconfianza frente al progreso rupturista o la aceptación del rol minoritario de la literatura, cada vez más ajeno a la discusión social. 

     Después aparece Piglia: si en 1990 este vislumbra sus tres vanguardias para ningunear a Osvaldo Lamborghini, al menos debería darse una discusión detallada sobre esa exclusión. ¿El autor de El fiord es menos vanguardista que Walsh, Puig o Saer? Al igual que el santafesino, Lamborghini y Zelarayán experimentaron al nivel de la frase problematizando los límites entre poesía y prosa. Pero si se menciona a Saer, ¿por qué no se dice nada sobre los otros dos? ¿Y por qué Kohan cree a ciegas en esa falta de argumentos? Piglia postula un gran acontecimiento donde tan solo hubo innovaciones puntuales atentas al clima modernizador de los sesenta: con ese pase de manos se anuncia una ruptura cuasi-futurista ocurrida 20 años atrás, desplazando la vanguardia que supimos conseguir (Literal) por otra más hipotética. Esta última triada se justifica con una catarata de historizaciones (desde Rimbaud al arte pop pasando por Lenin, Benjamin, etc.) que aun así pierde  de vista el contexto setentista más evidente e inmediato, como si las apuestas de Literal fueran un quiebre imposible de digerir más allá de las declaraciones de ocasión. Kohan por su parte acepta el planteo de Piglia y llama “de vanguardia” a una interpretación demorada, una meditación a posteriori en el seno de la vida académica. O como admite Premat: una posición “reactiva” no solo contra Lamborghini sino también contra Aira ‒la novedad narrativa de los ´90 que por una cuestión de prejuicio o ego queda afuera de esa “máquina de lectura” ‒. 

     Ante los problemas con los cuales se encuentran Libertella y Piglia – crisis del relato, crisis del vanguardismo, la sombra de Borges- Aira va a ofrecer una respuesta más vital: sabotear el formato novela y crear un sistema literario propio que ya ha sido objeto de varias interpretaciones. Kohan afirma entonces que la polémica más importante de Aira tiene a Cortázar como contendiente clave pero, si eso fuera así, el corolario no dejaría de ser algo insípido: en vez de una pelea con Borges, una disputa con uno de sus epígonos por el segundo puesto. Aunque a fin de cuentas, esa competencia tal vez tenga sus motivos si se considera que frente a Borges el autor de Las ovejas tampoco introduciría grandes rupturas, en todo caso incorpora con más efectividad algunos gestos vanguardistas (el azar asociativo, Duchamp) que Cortázar había tratado de manera ingenua. Esas libertades se subordinan aún a los tabús borgeanos aceptados por Aira con naturalidad: no hay casi lugar para las versiones crudas del sexo, la violencia o la política, mucho menos para los extremismos formales ‒ basta con comparar el estilo del pringlense con algunos de sus autores preferidos: Gerardo Deniz, Martín Adán o su maestro Lamborghini‒. Estas ambigüedades y omisiones quedan fuera del análisis. Kohan no discute con esa concepción que acepta y a la vez niega la vanguardia; por eso para elogiar a Aira combina referencias al imaginario de Borges con otras del surrealismo: “el arte como ´una multiplicación´, la (…) serie infinita, ´los vértigos retrospectivos´” junto con  “´el azar’, (…), el onirismo, la distracción, las improvisaciones (…)”. Un poco más ligera, menos apesadumbrada, la alianza entre ficción y especulación, prosa dúctil y autorreflexión, sigue  firme en el centro del canon; la clave radica en manipular la vanguardia con asepsia para no mancharse con sus extravagancias.

     Otro aspecto del problema es que la poesía no figure sino de manera muy marginal dentro de estas reflexiones. En el ensayo de Kohan la obra de Leónidas Lamborghini no aparece aludida ni una  vez, en el de Premat se lo nombra al pasar; a ninguno le interesa detenerse en libros como El solicitante descolocado, Episodios o Carroña última forma ‒tres textos que ponen en crisis cualquier noción naturalizada de escritura. Y así tampoco se consideran varios momentos de la poesía argentina reciente: Hacer sapito (Viola Fisher), Seudo (Gambarotta), Foucault (Rubio), El despertador y el sordo (Molle), Diario de exploración afuera del cantero (Bianco), Basura Pert (Mendez), El libro de las formas que se hunden (Ortiz) o dp canta el alma de Katchadjian. Estos textos complementarían muy bien ‒y acaso permitirían ver con otra perspectiva‒ al conjunto de títulos elegidos por Premat y Kohan para rastrear la actualidad del fenómeno. 

     Hay por último una ambigüedad que preocupa mucho a Kohan: la resbaladiza línea que separa la ruptura formal “objetiva” de la impostura facilista meramente “subjetiva” (siguiendo a Adorno una vez más…). El asunto se ilustra con algunas anécdotas: una ocurrencia de Fogwill (firmar la guía telefónica), un momento de Rayuela en el que se narra una escena mal copiada del cine o la televisión norteamericanas (un pianista toca una obra incomprensible frente al público que deja la sala…). Lo cierto es que, sin rebasar el ámbito de la literatura,  Latinoamérica ofrece muchísimos casos que habrían permitido reflexionar mejor sobre los “caprichos” de la vanguardia: Vallejo, Nicanor Parra, Juan Luis Martínez, Lorenzo García Vega, el mencionado Deniz… ¿Cabe agregar además que esa discusión con el cortazarismo atrasa un par de décadas? Más imaginario que real, el adversario elegido por Kohan para discutir los riesgos vanguardistas sigue la lógica del hombre de paja; se insiste bastante en el tema pero los grupos identificados con Cortázar no conservan gran influencia y la sospecha frente a su masividad larga un tufo elitista: el problema no son los mandalas inspirados en Rayuela sino que ese imaginario se acepte como la única versión de la literatura ‒lo cual ya es muy improbable‒. 

     Tal vez haya un error en la elección del rival; el contendiente no sería lo trivial o caprichoso sino las fórmulas que de una manera u otra son simpáticas para el mercado y las instituciones culturales. Kohan no llega sin embargo a tantear esa perspectiva y el balance se vuelve desalentador: en lugar de ir contra los grandes agentes del consenso cultural la sospecha se vuelve contra la propia vanguardia, siempre fantasmal y cuestionable. Por eso quizás hubiera valido la pena discutirle a Adorno esa diferencia categórica entre la innovación estética y la impostura. Ya que en definitiva esos “facilismos” ¿no suponen una crítica del lugar común por muy chocantes que parezcan? ¿Cómo leer si no las primeras poesías de Fernanda Laguna? Ese tipo de riesgos plantean una pregunta sobre las condiciones actuales de la escritura y son también un desafío para la crítica, otro punto de partida para observar la situación local del vanguardismo.

1 También creo que es un error discutir las vanguardias del siglo XX superponiendo la historia de las artes plásticas y la literatura. Como dice el crítico Esteban Pujals: “Distinguía Levi-Strauss en Tristes tropiques a las sociedades que (…) expulsan, o mejor, vomitan las realidades o a los individuos por los que se sienten amenazados, de las que practican el canibalismo, ingiriendo el cuerpo extraño o peligroso, que cambia así de signo con respecto al cuerpo que lo absorbe. El contraste, desde esta distinción, entre dos sistemas contemporáneos, el de las artes plásticas y el de las artes del lenguaje, no puede ser más llamativo; si el primero ha aprendido a lo largo de nuestro siglo a neutralizar el peligro potencial de la novedad por el procedimiento de fagocitar el elemento (¿alimento?) inquietante, el establishment literario no ha encontrado aún mejor solución ante la propuesta verdaderamente crítica, la que lo hace sentirse amenazado, que la expulsión y el ostracismo”. Pujals Gesalí, Esteban. La lengua radical. Antología de la poesía norteamericana contemporánea. Madrid: Editorial Gramma, 1992, p. 9.

2 "Como discípulo de Borges…" https://www.letraslibres.com/espana-mexico/literatura/entrevista-cesar-aira-lo-mio-es-literatura-literaria

3 Y así lo constata Premat: “(…) Piglia, Libertella y Aira son avatares tardíos de una práctica autorreflexiva singular, de la cual Borges es, (…), el máximo exponente”; “(…) su apuesta [la de Aira] parece inscribirse más fuertemente, más directamente, en una tradición identificable, clásica, de la literatura argentina, que es la de la literatura fantástica, entendiéndola ante todo en el sentido borgeano del término (o sea una literatura opuesta al realismo), una literatura, […], de imaginación, sino de extrañamiento” (Premat).

4 Premat: “Hoy Aira observa con nostalgia los audaces extremismos y las rupturas experimentales de ciertos artistas (…) pero constata enseguida que fueron pobres en sus resultados o no llevaron a nada. (…) sin embargo (…) sigue preguntándose ´si no sería posible traducir esas actitudes, sin traicionarlas (y hasta radicalizándolas más todavía), al idioma de la vieja literatura que decidió nuestra vocación´” (Premat). Aira también descubre en un momento clásico de la novela decimonónica ‒Flaubert‒ la estrategia esencial a partir de la cual metabolizar cualquier invención o ruptura: “La llave de oro de esa dimensión es el tedio. […] Todas las novedades son combustible para la caldera de nuestro indecible aburrimiento” (citado por Premat).

MARTÍN BAIGORRIA

Es crítico literario, docente e investigador.

Rojo (2018), Naishtat

CINE/HISTORIA

ÍTALO FERRETTI

CIPRIANO FERREYRA HARVEY


Rojo
(2018)
de Benjamín Naishtat

“Lo importante es saber que acá se está combatiendo

 un mal mayor ¿Usted entiende cuando yo hablo de un mal mayor?

¿Usted comprende la naturaleza de nuestro enemigo?

¿Se imagina usted una tierra sin ley, sin Dios?”

     Italia, otoño de 1969, una serie de bombas esparcen su metralla sobre las multitudes anónimas de Roma y Milán. La atmósfera se condensa en un espeso cuajo de tensión. La atmósfera se tiñe de rojo. Los aparatos de seguridad del Estado juegan sucio. Se siente, los años de plomo han arribado a su cita con la vida política italiana. Los imaginarios políticos, afiebrados, bullen ante las incriminaciones cruzadas. Las razzias policiales se suceden una tras otra. Los servicios de la red Gladio buscan la desestabilización. Unos días más tarde del atentado de Piazza Fontana, el 15 de diciembre, un cuerpo es eyectado desde la ventana de la Jefatura de Policía de Milán. El ferroviario anarquista Giuseppe Pinelli ya no podrá ver otro atardecer. Un año después, en la víspera del aniversario del vuelo de Pinelli, una joven pareja de dramaturgos estrena en una fábrica abandonada Muerte accidental de un anarquista. La compañía que dirigen evoca un evento que, un siglo antes, también cayó víctima del plomo. La Comune es el colectivo de teatro militante que dirigen Dario Fo y Franca Rame en los agitados años 70’. Hijos del otoño caliente, condensan en esta obra una de las denuncias más potentes contra la fascistización de la vida política. 

     La Argentina de los años 70’ pareciera compartir mucho de este fresco de época, aparte del carácter meridional, claro. Es más, un suicidio es precisamente lo que gatilla el drama de Rojo, el último film de Benjamín Naishtat que vuelve la mirada a nuestros años de plomo. No sabemos si Naishtat pensó en Muerte accidental…, pero las ínfulas de explorar bajo un tono de comedia negra lo que genéricamente pensamos como la violencia política de los 70’ nos remitió a las vidas paralelas de los suicidados políticos. El anarquista Pinelli encontró la muerte arrojado por los policías neofascistas tanto como el “hippie” de Rojo es inducido a dispararse por el nazismo que lo acecha desde las pulperías que pueblan la Argentina profunda.

     Más precisamente, Rojo toma lugar en un pueblo indeterminado del país en el año 1975. A diferencia de las ficciones clásicas que nos ha heredado el relato ochentista, tributario de la demonología del Nunca Más, en las ficciones cinematográficas de los últimos años puede observarse una cierta revisión de los lugares comunes que inundaron la representación del período. Películas como El Clan, El Ángel o La Larga Noche de Francisco Sanctis han intentado descentrar a la guerrilla y los militares como actores privilegiados del drama de la violencia que el alfonsinismo intentó anatemizar. Por otro lado, la violencia política ya no se restringe unívocamente a la temporalidad de la última dictadura, la atención va más allá y más acá del arco que comienza en 1976. Novedad en la periodización, y novedad en los sujetos entonces. Rojo cumple con ambas. El protagonista, Claudio (Darío Grandinetti), un abogado opaco y gris que oficia como patriarca de una familia clasemediera de la Argentina en los últimos tiempos del gobierno isabelino, recorre sin pena ni gloria un camino que lo transforma en un “desaparecedor”’. 

     En términos formales, el cine noir se vuelve una clara influencia a la hora de construir la trama del policial detectivesco, tan apropiada para comunicar una estructura de sentimiento que remite a la decadencia moral de un sistema, de las cloacas que esperan en los intersticios de lo social para salpicar a nuestros personajes. En el caso de Rojo lo que parece hallarse en las profundidades del pueblo es el grado cero de la violencia. Valoramos esta apuesta estética un tanto heterodoxa para los estándares del cine nacional. Quizás el ritmo se resienta de a ratos por un guión no del todo consistente, y por momentos errático en su ejecución. Con alguna que otra metáfora demasiado lineal, falta de cierta sutileza a la que el film mismo parece apuntar en su apuesta esteticista (uno no puede más que pensar en los ensayos del ballet o las tomas del eclipse, gustosamente logradas). No obstante, la multitud de temas es notable. Y esto puede apreciarse en el tratamiento del espacio, Rojo se le anima al desierto. Quizás la sensibilidad histórica de Naishtat, en línea con su anterior película, El Movimiento, haya servido para tratar un locus particularmente emblemático de la cultura argentina. En el film resuenan los ecos de la civilización y la barbarie. Casi un siglo después, una nueva ola de barbarie genocida se desata sobre este suelo. En un movimiento que busca ya no aplastar a un otro exterior, allende al cuerpo de la nación, sino volverse contra sí mismo, en un movimiento ensimismado. El terror se agazapa, preparándose para extirpar aquel peligro que anida en lo hondo de la patria. “¿Se imagina una tierra sin Dios, abogado?” pregunta el detective Sinclair (Alfredo Castro), el perseguidor de nuestro protagonista, quien lo agobia permanentemente dado que su misión consiste en desentrañar la desaparición del hippie. Y que, sin embargo, o quizás por eso, termina convertido en su aliado más convencido. Sellando su pacto de silencio, precisamente, en el desierto.

     Naishtat parece construir una relación dialéctica entre el desierto y su protagonista, el abogado del pueblo, el espíritu del pueblo, intenta deshacerse del cadáver del hippie, sin embargo las inconveniencias de cargar con su muerte lo conducen a desaparecer sus huellas y a lidiar con la negación de su buena educación. ¿Es el abogado el depositario último de la ideología argentina? Podríamos sugerir, pensando en aquella figura retórica que intenta decir el todo por la parte, que Naishtat nos brinda los elementos para leer al abogado como una sinécdoque de las clases medias argentinas. La descomposición que anida en la esencia de las clases medias de este pueblo, y de la nación toda, constituye, bajo las apariencias correctas y los buenos modales, una condición de posibilidad de un terrorismo de Estado que se decanta en el horizonte. Quizás esto tenga que ver con el carácter reaccionario de Argentina que Naishtat advierte en una entrevista. Esto se reitera una y otra vez. Los dramas a los que el protagonista se ve arrastrado son instigados por unas fuerzas que no parece comprender, ni cuestionar, pero de las cuales termina resultando cómplice. Y finalmente reconoce la autoridad moral del detective, la fuerza del Estado tanto literal como metafóricamente, una figura que se presenta en todas sus facetas como el restaurador del orden perdido o a punto de perderse. El mundo sin dios que a este personaje le da pavor imaginar es el mundo del desorden, que ya ha debido sufrir en su otrora atea patria. Su cruzada: evitar que semejante crisis se adueñe también de Argentina. 

     La aparente alienación del protagonista no lo aleja de las posibilidades de sacar provecho, a pesar de intentar cultivar una imagen de respetabilidad. Así como el desierto aparece como el espacio de la muerte, la casa vacía es el otro espacio donde se revela esta identidad. Un hogar abandonado luego de un operativo es de hecho el primer plano que observamos en la película. Gente anónima ingresa y saquea paulatinamente el inmueble, pieza por pieza. Posteriormente, el entorno del abogado conspira para apropiarse “legalmente” del domicilio violentado. La mezquindad de la mayoría silenciosa se cristaliza en la escena donde el abogado y su amigo se escabullen en la tan ansiada posesión y encuentran a una vecina instalada cómodamente en el patio. La pugna por la apropiación ventajera del inmueble ahoga casi por completo la historia de sus antiguos habitantes, militantes cuyas huellas, apenas perceptibles, perviven tanto como los signos de la represión, la sangre en el parqué, las revistas aplastadas, los afiches arrancados. Para el abogado y el entorno la política no es del orden de lo cotidiano, se hace presente vagamente desde el exterior a través de la llegada de un interventor o de los rumores de golpe, aunque la atmósfera se percibe hostil y el clamor de orden parece emanar del bucólico paisaje suburbial, la amenaza se sigue percibiendo ajena. La violencia es omnipresente, pero la otra parte del binomio setentista -la política- no lo es. Después de todo, el agente de la DINA chilena se presenta como un detective famoso de la televisión, mientras que el militante revolucionario no deja de revestir un carácter exterior, ajeno. La idea de la violencia telúrica fuera de cuadro se combina con estallidos explícitos, aunque ahogados, como una válvula que regula los vapores contenidos en una olla a presión. En un gesto interesante, la violencia patriarcal actúa a modo de conductor de estos episodios de violencia. Marcadamente, un abuso sexual en una pareja de adolescentes y el secuestro de un joven por parte de un grupo de compañeros de colegio, cuyo líder ve su masculinidad amenazada ante el supuesto amorío de su novia con un amigo de su víctima. 

     En un libro que se abre a la polémica, Los años setenta de la gente común, Sebastián Carassai analiza que el deseo y la publicidad de mercancías aparecen inundados por el recurso a las armas. En esta línea el film interviene a través de un insert que reproduce la publicidad de los bombones Bonafide, en la cual el personaje dispara con un revólver a su interlocutor, una voz en off que le pide compartir uno de los dulces. Soñando con su propia imagen de pacífico y mayoritario grupo de pequeños propietarios y rearticulando su imaginario con el relato alfonsinista sobre los años setenta, las clases medias habían experimentado una particular parálisis de sueño: la escalada armada de aquellos años. Sin embargo, la violencia ejercía sobre ellas un atractivo mayor que el que podían o querían admitir, específicamente si podía calmar el insomnio ante la perspectiva de su mayor pesadilla, el caos, el desorden contrastante al modo de vida que había sabido representar. El Estado tendría en este ejercicio un particular prestigio. Rojo nos invita a pensar cómo esta segunda naturaleza, de carácter preideológico, corroe lentamente el discreto encanto de la burguesía.

     Cuando, como decía Marx, la tradición de las generaciones pasadas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, en medio del auge de discursos negacionistas y comparaciones falaces, Rojo propone un parate. Y es ahí donde se halla su mérito: el film no nos ofrece un gran relato sobre los 70′. Al contrario, Naishtat nos brinda unos fragmentos y unas historias que invitan a su interpretación. Quizá, como audiencia también nos quepa el rol de detectives. Depende de nosotros ir tras las huellas de un sentido, aprovechando la distancia que ya inevitablemente nos separa de los actores de aquella década carísima a nuestra historia. Entender que, por suerte, y gracias en parte a películas como las de Naishtat, los 70’ no son un pasado que tenga que pasar. 



ÍTALO FERRETTI

Es estudiante del profesorado de Historia de la FaHCE.

CIPRIANO FERREYRA HARVEY

Es estudiante del profesorado de Historia de la FaHCE.

Los fantasmas de mi vida (2013), Fisher

MÚSICA/HISTORIA/POLÍTICA

RAMIRO ORELLANO


Los fantasmas de mi vida
(2013)
de Mark Fisher

1.

     La música encierra una promesa, la de un futuro mejor, la de que los próximos 3, 10 o 40 minutos sean estupendos, y aunque no siempre se cumple seguimos creyendo en ella. En ese sentido, la escucha se parece a un acto de fe.
La música no tiene tiempo, es más se podría decir que toda música nos habla del futuro. Así haya sido grabada en los ‘70 o hace una semana, toda actividad cultural o artística contiene futuros posibles, los cuales encontramos condensados en una canción o en un disco. Esos futuros pueden ser nuevas formas de entender relaciones, los objetos o el trabajo, pero también pueden presentarse como desafíos a nuestros oídos, a nuestra forma de entender el tiempo, a nuestra forma de ser espectadores. En realidad, esos desafíos son sobre todo a su época, pero algunos, al ser tan adelantados, no pueden ser resueltos en su tiempo y quedan como interrogantes para próximas generaciones. Por eso, podemos decir que la música es una comunicación entre el pasado y el presente, proyectada hacia adelante

 

2.

     Antes de comenzar con el libro en cuestión, creo que es necesario presentar a Mark Fisher. Podríamos decir que es un autor raro, anfibio y futurista, con una pata en la academia y otra en internet. Para quienes no lo conocen, es un escritor, ensayista y crítico musical nacido en Inglaterra en 1968. Pese a que sus estudios de grado y doctorado fueron en filosofía, es difícil poder definir bien cuál es su disciplina.
Su “carrera” comenzó ligada a un movimiento intelectual de los 90’ muy original y difícil de describir, llamado Aceleracionismo, un movimiento ligado a la academia, específicamente a la Universidad de Warwick. Pero luego de esos años de iniciación, en los 2000 hay un cambio drástico hacia las posibilidades que brindaría internet. Así, la creación en 2003 del blog K-Punk aparece como un momento fundacional en su vida. A partir de ahí y de una forma totalmente libre, comenzaría a publicar sus críticas culturales en forma de entradas de blog, las cuales hablan de música, pero también de cine, literatura, filosofía y más. Alrededor de ese blog se generó una comunidad de lectores, que lo transformaron en una especie de héroe de internet.

     Pero si algo influyó en el pensamiento de Fisher fueron dos grandes momentos de la cultura inglesa. Por un lado, la cultura de la clase trabajadora británica durante el estado de bienestar; cultura muy cargada artística y políticamente, llena de escuelas de arte, laboratorios sonoros y música experimental, y en donde encuentra diferentes elementos disruptivos con el orden establecido, a esto lo llama “modernismo popular”. Por otro lado, y no menos importante, está la cultura rave de la Inglaterra de los 90’, la cual va desde el Acid house de principios de los 90’, pasando por el Jungle, hasta el Dubstep. Es decir, desde la electrónica más bailable, hasta la música más oscura de los 2000. En el devenir de esta cultura comunitaria y hedonista, Fisher vio elementos que ponen en cuestión las formas en que concebimos el tiempo, el trabajo y las relaciones humanas.

 

3.

     El libro se llama Los fantasmas de mi vida, y ya en el primer capítulo plantea que nuestro presente está hecho de futuros perdidos, futuros que en algún momento fueron posibles, pero no pudieron ser. Tomando la idea del libro Espectros de Marx de Jaques Derrida, Fisher dice que estos futuros, lejos de haber desaparecido, siguen vivos, solo que se presentan como fantasmas, los cuales vuelven para recordarnos que las cosas podrían haber sido de otra forma.

      Una buena pregunta sería la de ¿Qué es un fantasma? Podríamos decir que es el espíritu o la representación de alguien que murió, pero sin embargo deambula entre los vivos, como dice la canción de Serge Gainsbourg “Amores muertos que no terminan de morir”. Lo cierto, también, es que un fantasma da miedo. Cuando Marx dice “un fantasma recorre Europa” pienso el miedo que le puede causar a un burgués el hecho de que el comunismo no esté “ni muerto, ni vivo”, sino que sea un potencial.

     Pero si el pasado vuelve es porque en el presente hay algo que se lo permite, algo que aún no se resolvió y le impide “descansar en paz”, o quizás alguien que intenta mantenerlo vivo. Ahora bien, en esta época de lo retro, lo vintage y el pastiche, en la que “todo vuelve”, lo que  aún persiste del pasado, no es la moda, sino la idea de futuro.


4.

     Fisher se pregunta si en nuestro presente existen elementos que nos permitan pensar la posibilidad de un futuro, pero no un futuro individualista y meritocrático, sino uno colectivo y utópico, que esté por fuera de las lógicas del neoliberalismo. La respuesta es que a simple vista pareciera que no, esto es lo que el autor llama “realismo capitalista” y retoma una frase muy gráfica que dice “es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Pese a que vivimos en un orden que parece correr detrás de la novedad, lo cierto es que pensar un mundo diferente al que vivimos es casi imposible, es como si viviéramos un “aquí y ahora” eterno, como dice el autor retomando a Bifo Berardi, poco a poco experimentamos una “lenta cancelación del futuro”. Entonces lo de siempre, aburrimiento, abulia, ansiedad, anacronismo, inercia, repetición… y según Fisher no hay lugar donde esto se exprese más claramente como en el campo de la música.

     Sin embargo, frente a esta situación que se nos presenta como irrevocable, Fisher nos enseña a lo largo de su libro un análisis de diferentes experiencias pasadas que contienen respuestas para desafíos de nuestro presente. Es así como el autor nombrara muchas y muy diversas, que van desde las vanguardias artísticas a series y radioteatros de los 60’, desde laboratorios sonoros, hasta barrios multiculturales en las afueras de Londres, desde bandas de punk militantes a las voces con autotune, desde películas de Christopher Nolan al resentimiento de clase. 
Fisher propone entonces recuperar las diferentes visiones del futuro que existieron en estas representaciones artísticas, culturales y políticas y al mismo tiempo mostrar cómo aún se mantienen vivas en algunos espacios, sobre todo en proyectos musicales y experimentales. En este sentido, la música no solo es una representación de lo social, sino una llave que nos puede abrir las puertas a imaginar otras realidades.

     A lo largo del libro los ejemplos musicales sobran, e indagar otros mundos sonoros como en el Krautrock, el postpunk o la electrónica puede permitirnos combatir este abúlico presente, donde el estancamiento de la música pop es un síntoma de la falta de imaginación de nuestro tiempo.

     Otro punto importante del libro, es la forma en la que propone ver a la historia, donde pasado y presente no son tan tajantes, sino más una continuidad, y es sobre todo en la música, donde encuentra esa conexión. Por ejemplo, cuando habla del disco de Burial de 2006, dice “El álbum es como un viejo grafiti descolorido, realizado por chicos cuyos sueños de rave (baile) se estrellaron contra una serie de empleos sin salida (…) es como caminar por los espacios abandonados que una vez fueron carnavalizados y descubrir que volvieron a despoblarse”. 

      Sin embargo, como dijimos, estas experiencias de las que habla el autor, no solo están ancladas en el pasado, sino que están sucediendo y todo el tiempo, y para encontrarlas es necesario tener cierto tipo de sensibilidad que Fisher denomina Hauntología. Dice Fisher: “La hauntología puede ser construida entonces como un duelo fallido. Se trata de negarse a dejar ir al fantasma – o la negación del fantasma a abandonarnos. El espectro no nos permitirá acomodarnos en las mediocres satisfacciones que podemos cosechar en este mundo gobernado por el realismo capitalista”. Aquí no dejar ir al fantasma no es un acto de nostalgia al estilo “todo pasado fue mejor”, más bien es negarse a dejar de soñar.

 

5.

     Leer a Fisher es una invitación a encontrar esos fantasmas, es una invitación a romper con el cerco del aquí y ahora del neoliberalismo actual. También es una invitación a volver a pensar un futuro, pero esta vez un futuro colectivo y politizado, lejos del éxito prefabricado, individual y meritocrático. Por último, creo que leer a Fisher es una apuesta a que escuchando la música podamos imaginar otros mundos posibles. Como dice Giorgio Moroder; “el futuro puede comprenderse con el oído y sentirse con el cuerpo”.

°Para una posible experiencia más amplia de lo que aquí se describe, dejo a continuación una Playlist con música que invita a pensar la obra de Fisher: https://open.spotify.com/playlist/6DhC5g8kNTDMH8aRgAmZvt?si=xzvJadfZTjeZojgNZsAJrw

RAMIRO ORELLANO

Es Licenciado y Profesor de sociología, egresado de la UNLP. Actualmente se dedica a la docencia en adultos y a disfrutar de la música.

Phoenix (2014), de Christian Petzold

CINE/HISTORIA

LAURA MONACCI


Phoenix
(2014)
de Christian Petzold

Phoenix: Renacer de las cenizas del Holocausto.

 

     Hace unos días volví a ver Phoenix, una película bastante reciente de Christian Petzold, basada en la novela de 1961 del escritor francés Hubert Monteilhet, Le retour des Cendres (Regreso de las cenizas). Podría decir, sin temor a exagerar, que la adaptación a la pantalla grande que realiza Petzold se traduce en una de las mejores películas sobre el Holocausto judío que he visto últimamente. A riesgo de sonar exagerada, intentaré desarrollar qué es lo que –a mi parecer- la vuelve tan interesante.

     Una de las particularidades que presenta Phoenix es que aborda la experiencia del Holocausto sin mostrar una sola escena de la Segunda Guerra ni de los campos de concentración y exterminio nazis. De hecho, transcurre en la inmediata posguerra, el Tercer Reich ya cayó, los campos fueron liberados, la Alemania en ruinas está empezando a limpiar sus escombros (y a barrer algunos debajo de la alfombra). Sin embargo las secuelas siguen presentes en los sobrevivientes, que buscan seguir viviendo de la forma que pueden, en un intento por recuperar muy dificultosamente su humanidad anulada, de reencontrarse con sus seres queridos, a los tropiezos entre las ruinas de un pasado, de una experiencia previa a la guerra a la que es imposible retornar. 

     Las virtudes de esta película están directamente relacionadas con la forma en que se desarrollan algunas cuestiones que a veces nos resultan difíciles de explicar con palabras, ya que a la hora de intentar analizar y abordar conjuntamente con nuestrxs alumnxs las causas y las características del exterminio practicado por los nazis, se presentan varios desafíos. Uno de ellos tiene que ver con la periodización del fenómeno ¿Qué explicaciones resultan satisfactorias para evitar encorsetar los horrores del nazismo dentro del periodo de su recrudecimiento durante la segunda guerra -como si no existieran precedentes de la violencia nazi, ni continuidades de dicha violencia encubiertas, reformuladas, recanalizadas- sin por ello perder de vista sus particularidades específicas y distintivas que los diferencian de otras formas y otros momentos del horror? Los antecedentes que hicieron posible la “solución final”, tal como explica, por ejemplo, Enzo Traverso en La violencia nazi, no pueden circunscribirse solamente a los límites temporales del Tercer Reich, o específicamente a la segunda guerra mundial, así como tampoco sus secuelas y las del Holocausto en particular, desaparecieron con el ingreso en Berlín de las tropas aliadas. Sobre esto último reflexiona Alain Resnais en su documental de 1956,  Noche y Niebla:

     

     Con nuestra sincera mirada examinamos esas ruinas, como si el viejo monstruo yaciese bajo los escombros. Pretendemos llenar de nuevas esperanzas como si las imágenes retrocediesen al pasado. Como si fuésemos curados de una vez por todas, de la peste de los campos de concentración. Como si de verdad creyésemos que todo esto ocurrió sólo en una época y en un solo país. Y que pasamos por alto las cosas que nos rodean, y que hacemos oídos sordos al grito que no calla.

 

     Cuando las palabras parecieran resultar insuficientes, el aporte de las imágenes puede resultar invalorable. En este sentido, Petzold logra introducirnos en el inmediato tiempo después, logrando una continuidad que no siempre es fácil de explicar entre la finalización de la guerra y el mundo que aún no termina de nacer, pujando por salir de las cenizas, y en que las marcas de la catástrofe aún (si es que es posible el “aún”) no han sido borradas. Situándose por fuera de la condena a priori, el director nos muestra los roles jugados por los protagonistas en sus distintos recorridos, sin por ello eximirlos de la responsabilidad ante el enorme impacto provocado por las decisiones tomadas en determinadas circunstancias.

     La película comienza con Nelly, la protagonista -interpretada encomiablemente por la enorme Nina Hoss- siendo devuelta a Berlín tras la liberación de los campos. Ella no está sola. Si bien su familia ha muerto, su amiga Lene (Nina Kunzendorf) se hace cargo de su reinserción en la vida civil y de su cuidado tras las operaciones a que debió someterse para reconstruir su rostro desfigurado en circunstancias no especificadas.

     Desde el principio, la energía de Nelly está puesta en reencontrarse con Johnny (Ronald Zehrfeld), su marido, lanzándose a su búsqueda en la ciudad en ruinas. Primo Levi decía en el “Apéndice de 1976” de Si esto en un hombre que, además de la buena suerte, uno de los motivos por los cuales él pudo permanecer con vida en el lager estaba relacionado con: “mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad no sólo de sobrevivir (común a todos), sino de sobrevivir con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y que habíamos soportado.” En este caso esta fuerza, esta voluntad, que mantuvo a Nelly con vida fue la idea del futuro reencuentro con Johnny.

     Con el paso de los días, comienza el proceso de recomposición de su humanidad anulada por la vida en el lager. Las comodidades de la casa, el trato cuidadoso de su amiga, la cicatrización de las heridas en su rostro, la posibilidad de comer con cubiertos, un aspecto tan básico como central ya que es conocido que los nazis escondían las cucharas a los prisioneros, obligándolos a lamer del recipiente en que se depositaba el potaje de supervivencia diario, como si fueran animales. Sin embargo hay otras situaciones que dan cuenta de la continuidad del impacto de la deshumanización a que había sido sometida, y que se refleja en la sumisión ante un Otro, en la imposibilidad de cualquier tipo de reacción ante atropellos provocados contra otras personas, en su cuerpo a la defensiva pero estupefacto, golpeado, despojado de su subjetividad, convertido en un objeto para ser usado y descartado, marcas que están impresas en las maneras de desplazarse, de mirar (o de bajar la vista), de hablar sin alzar la voz… Su voz apagada, que en su vida anterior a la existencia concentracionaria había sido eje de su identidad como cantante. Nelly es consciente de que el nivel de destrucción llevado a cabo por los nazis no sólo se traduce de manera concreta en las secuelas de su rostro, sino que afecta a varias esferas. Cuando llega a su antigua casa hecha escombros por los bombardeos, descubre su imagen reflejada en un espejo roto y le dice a su amiga Lene: “Yo ya no existo.”

      Es que Nelly ya no existía tal como lo había hecho hasta su ingreso al lager. Su propia identidad, los valores de referencia que conformaban su identidad, se vieron modificados a partir de dicha experiencia. Esto se pone de manifiesto en la tensión que se plantea entre el intento por aferrarse a su antiguo yo, y las nuevas marcas identitarias que la atraviesan a pesar de sí misma. Cuando su amiga Lene, le propone una nueva vida en el territorio palestino en que se conformará el estado de Israel, y le sugiere que puede dedicarse a nuevas actividades, como participar en un coro, Nelly, reacia a renunciar a su pasado y a encarar la nueva vida propuesta, sostiene: “Qué haría yo en un coro judío. No soy judía”. Lene, sin titubeos, le replica: “Lo eres, te guste o no. Trataron de matarte porque eres una judía” resituándola de esta manera en otro de los diversos aspectos de su redescubierta subjetividad.

     Nelly finalmente logra reencontrarse con Johnny que, aunque no la reconoce intenta, como un Pigmalión, convertir a esa mujer que (lo) encontró en su antigua esposa, a partir de una reconstrucción exterior y superficial de su imagen. Le enseña a caminar con los zapatos que pertenecían a la antigua Nelly, le indica cómo arreglarse el pelo con el color que ella usaba, cómo adecuar el vestido a su estilo, etc., permitiéndole así recobrar algo de la imagen externa que ella misma tenía antes de la guerra. Una hermosa ilusión de retorno a una ficticia normalidad pasada… que no contempla que la recuperación de la condición de ser humano de una persona que sobrevivió a de los campos de exterminio, corre también por muchos otros rieles no visibles, más profundos y turbulentos. 

     La renacida vida que ella misma transita y las formas en que Johnny intenta recrearla, dejan en evidencia la distancia irreparable entre ambos. Más allá de que los objetivos de la recuperación de Nelly son completamente opuestos para uno y para otra (y sobre los cuales no entraremos en detalles), desandar la experiencia de los campos de exterminio es un recorrido que no pueden experimentar quienes no la hayan sufrido, ni quienes no estén permeables a escuchar los relatos de quienes sí lo hicieron. En una conformista ingenuidad se traduce el abierto desinterés, por parte de Johnny, de escuchar a la mujer que tiene enfrente.  Esto queda en manifiesto cuando propone que el regreso de Nelly y su presentación ante los amigos tiene que ser “a lo grande” bajando del tren, espléndida como era antes. Ella le pregunta, incrédula, no sin un dejo de sarcasmo: “¿Y yo tendré puesto un vestido rojo y zapatos de París? ¿Crees que alguien deje los campos así? Nadie lo creerá….” A lo que Johnny responde en una patente actitud de negación y ceguera voluntaria ante los horrores del pasado reciente: “Has visto a los repatriados ¡Todas las heridas quemadas y rostros disparados! Nadie los mira, todos los evitan. Pero queremos que ellos te miren y digan, ¡es Nelly! ¡Nelly lo logró! ¡Ha vuelto! Lleva puesto un vestido amplio y unos lindos zapatos porque ella está tan contenta.” Este tipo de reacciones eran habituales por parte de la mayoría de la gente que aún no estaba preparada para escuchar los testimonios de los sobrevivientes. Como indica el historiador Nikolaus Wachsmann en su libro KL, incluso: “pasados diez años desde la liberación, los campos habían quedado marginados, no porque los supervivientes fueran incapaces de hablar, sino porque el gran público no deseaba escuchar.”

     Las experiencias de vida de Nelly y Johnny los distancian irremediablemente. Los intentos  -por los motivos particulares de cada unx- de recuperar a la antigua Nelly son inútiles. La experiencia del Holocausto entre quienes la vivieron en primera persona y quienes no, resulta decisiva. Y las decisiones tomadas en ese contexto impiden a su vez el reencuentro desde el antiguo punto de separación, en que el quiebre fue irreversible. Pero ahondar en esas decisiones nos llevaría a “spoilear” la película para quienes estén interesadxs en verla.

     A la hora de intentar elaborar explicaciones en torno al exterminio nazi, muchas veces nos surgen más preguntas que respuestas. El mismo hecho de que se generen más dudas que certezas, que surjan más preguntas que respuestas, conduce incluso a un historiador con tanto oficio en la Historia del nazismo como lo es Ian Kershaw -en un libro que ya es un clásico de la historiografía sobre el Tercer Reich, La dictadura nazi– a concluir que:

 

     El solo hecho de plantear estas preguntas sugiere algunas de las razones por las que ninguna explicación del nazismo puede ser del todo intelectualmente satisfactoria. Sin embargo, en última instancia, el mérito de cualquier enfoque interpretativo debe reposar en la medida en que podría ser visto como una contribución a una interpretación del nazismo potencialmente mejorada.

 

    En este caso, Phoenix resulta una muy buena contribución desde las artes cinematográficas a las interpretaciones de Holocausto judío. A partir de la empatía o del rechazo que nos generan los personajes y la veracidad del escenario presentado, se nos tiende un puente hacia experiencias, lugares y épocas cuya comprensión se nos hace más aprehensible mediante su recreación en la pantalla. Ejercicio que nos permite al mismo tiempo poder habitar circunstancialmente esos mundos, esas realidades, sin tener que vernos forzadxs a encontrar explicaciones sólo mediante las palabras, cuando éstas a veces resultan insuficientes. La enorme pericia de Christian Petzold y de lxs actores hacen posible que -por la manera en que son planteados los problemas y las contradicciones desde una perspectiva netamente humanista- lo que podría haber quedado en una historia de amor como tantas, se convierta en una película que nos obliga a cuestionar los vaivenes de la condición humana en un contexto histórico de enorme complejidad, brindándonos luz sobre una problemática siempre difícil de abordar como es la transmisión histórica de la Shoah.

LAURA MONACCI

Es profesora en Historia, actualmente en las cátedras de Historia Social Contemporánea e Introducción a la Problemática Contemporánea, en la FaHCE y en Historia Social General en la Facultad de Artes (UNLP). Doctoranda en Historia, desarrollo mi tesis sobre la construcción del enemigo en diarios nacionalistas durante la Segunda Guerra Mundial. Forma parte del grupo de investigación “Pensar históricamente el tiempo reciente  (1973-2013)”, que dirige el Dr. Alejandro Simonoff.

El ejército de la revolución (2019), Nanni

HISTORIA

FACUNDO NANNI


El Ejército de la revolución
(2020)
de Alejandro Morea

Una investigación rigurosa y amena. Un Ejército que marcó el rumbo revolucionario

     Con una pandemia ya desatada, el Doctor en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires,  Alejandro Morea, brindó a la comunidad académica un notable aporte con la publicación del libro El ejército de la Revolución. Una historia del Ejército Auxiliar del Perú durante las guerras de independencia.  La contribución es sumamente valiosa, y se articula con las decenas de artículos y conferencias que el joven historiador realiza desde tiempo atrás, tomando como punto de observación a aquél ejército clave para el curso de una revolución potente, transformadora, pero con angustiante final incierto.

     Su atrapante libro, que forma parte de la Colección Historia de Prohistoria Ediciones, es en algún sentido la culminación de su tesis doctoral, pero también algo más. Alejandro no sólo materializó operaciones de edición típicas en el tránsito tesis-libro (como quitar los marcos teóricos y los voluminosos anexos), sino que alimentó el marco interpretativo. Otorgó mayor cobertura a los Regimientos de Pardos y Morenos, amplió la cantidad de biografías colectivas reseñadas, y profundizó los vínculos entre política y militarización, entre otras aristas ampliadas con respecto a la versión original. La discusión inicial del libro sobre qué cosa es la historia social de la guerra, y cuantos kilómetros la distancian de la historia militar clásica han ganado en profundidad con respecto a la tesis, más forzada por el formato catedrático de las universidades. 

     Para invitarlos a conducirnos por las claves del libro, quisiera antes sentar postura sobre los hilos invisibles que conectan la aventura historiográfica no sólo con su resultado visible, sino con los derroteros de su escritura. Los libros no son sólo su materialidad final, sino también su entorno. Considero que reseñar una obra  implica un natural descenso al infierno de las contradicciones, porque implica un laberinto de valoraciones sobre un material que evidentemente uno mismo ha disfrutado.  Cambiamos junto con la obra,  y debemos en cambio camuflar nuestra crítica con ropajes académicos. La vinculación entre deseo e investigación, entre  soledad académica y  solidaridad historiográfica constituyen tramas de sentido que a menudo se ocultan.

     Tengo la certeza de que narrando algunos itinerarios personales puedo caminar también en conjunto con los hechos históricos, casi acompañando a un ejército fascinante y no exento de dramatismos. Quiero andar ese tránsito sin camuflar mi relación emotiva con el libro, porque advierto que así puedo acompañar mejor las andanzas de una fuerza bélica itinerante, de una suerte de monstruo ambulante con poderosas grietas internas, pero crucial para abrir el rumbo emancipatorio en el cono sur americano. 

Historiar el norte argentino, seguir el curso de la revolución. 

     La comunidad de historiadores es también un espacio de confluencia de hombres y mujeres que intercambian el fruto de sus investigaciones, y que no se corresponde exactamente con la imagen del escritor solitario rodeado de  fichas y documentos. Permítanme referir entonces al resultado del libro empezando por la historia de mi propio vínculo con el investigador.  Hace diez años recibí de un joven doctorando un correo electrónico con algunas preguntas sobre la revolución, la guerra, sobre detalles de la ciudad de San Miguel de Tucumán, Salta, Jujuy y otros espacios afines. Esa ciudad de San Miguel era (y es) la ciudad donde vivo, pero también había sido sede del ejército en diferentes ocasiones entre 1811 y 1819. Al interesante joven no lo conocía, no realmente hasta segundos antes de leer el mail. Mi tesis doctoral, en parte “gemela”, cobraba nacimiento, en mi caso con la dirección de la Dra. Gabriela Tío Vallejo y la Dra. Noemí Goldman, ambas investigadoras del Conicet y  destacadas referentes en el estudio del siglo XIX. Nacían caminos de polvo muy transitados, “aventuras compartidas” dirá Alejandro en los agradecimientos del libro. 

     No recuerdo bien los primeros intercambios de correo, y no tendría tanto sentido que acuda al Buzón de entrada a inhumarlos para resolver el abismo siempre sospechoso entre el recuerdo y la evidencia escrita. Sé que cambiábamos figuritas, como dos becarios Conicet, como dos doctorandos que se preguntan sobre las bases del poder de Bernabé Aráoz, los itinerarios del ejército,  el rol belgraniano, la naturaleza del pueblo en armas. Recuerdo un simpático debate -en cuatro mails- sobre si convenía hablar de “orientales”, para reseñar vidas como la de Abraham González, o si existían otros gentilicios para nombrar su procedencia. No recuerdo qué concluimos, tal vez porque el campo de batalla se abría por entonces como un desierto, como un tablero de ajedrez ahora que volvió a estar de moda aquel misterioso juego.  En compañía, podíamos exorcizar quizás la mezquindad que suele tener la vida contemplativa de los libros.  Queríamos proyectar nuestros propios rumbos dentro de una carrera académica repleta de obstáculos, y  que esa empresa no cobre el sospechoso hedor de las competencias, los vértigos de la publicación interesada, los estándares de calidad mal ejecutados. 

     Probablemente comenzamos a confesar admiración mutua por historiadores como Gabriel Di Meglio y Alejandro Rabinovich, que años después serían jurado de la tesis defendida por Ale, y entusiastas promotores del libro. Creíamos (y no hemos claudicado), en el eléctrico candor de combinar investigación con docencia y divulgación.

      El libro sobre el ejército de la revolución es también heredero de un transitar amplio, que muestra el crecimiento de espacios como la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Particularmente eficiente para otorgarle un marco académico a la investigación fue el grupo de la Dra. Valentina Ayrolo, nucleados en el grupo Problemas y Debates del siglo XIX. Aquel ámbito de lecturas sobre el siglo XIX, que atraviesa lo político, lo diplomático, lo militar, lo social, ha podido nuclear a excelentes colegas como Fabián Herrero, Ana Laura Lanteri, Laura Mazzoni, entre otros y otras, responsables de vigorosas líneas de investigación plasmadas en tesis y otros formatos para volcar los hallazgos sobre el pasado. 

     En reuniones con Alejandro, al principio “virtuales” (diríamos hoy), podíamos confesar nuestras preferencias. Primero por correo, pronto por teléfono, en congresos y jornadas. Posteriormente en algún mate “presencial” de la tardecita tucumana o marplatense, porque pronto los compromisos laborales nos encontraron en el mismo bando revolucionario. Los resultados de Morea alimentaban mis propias líneas. Es que el ejército del norte, o el ejército de “Morea” como lo denominaba en algún whatsapp constituía un excelente mirador para atravesar las montañas y ríos  de mis propias investigaciones. Era difícil entender al Congreso de 1816, a la construcción de Tucumán como provincia separada de la Intendencia de Salta del Tucumán, o acaso a la circulación de impresos en el actual norte argentino sin advertir la transformación que se produjo en los pueblos septentrionales con la presencia constante de una fuerza tan numerosa. No había hasta el momento una investigación que siguiera el curso del Ejército Auxiliar del Perú desde sus orígenes hasta su “muerte”, desde una historia social de la guerra, recuperando biografías colectivas. Existían por supuesto aportes anteriores que habían marcado la senda que la nueva tesis pretendía ensanchar, como Revolución y Guerra (1972) de Halperín Donghi, y sus afirmaciones sobre la profesionalización de los ejércitos sumados a la idea-fuerza de “carrera de la revolución”.  Había ríos de tinta, incluso de tipo tradicional, como los siempre necesarios trabajos de Bartolomé Mitre, de Vicente Fidel López o de Ricardo Levene. Había que leerlos al revés, a contrapelo, o buscando otras pistas si queríamos hacer una historia social aggiornada por nuevos aportes conceptuales y empíricos. 

     Comenzar a transitar espacios conjuntos fue en paralelo a la investigación de la línea personal de cada uno: la del marplatense vinculada a la guerra y la revolución, la del tucumano asociada a la prensa, las opiniones y rumores en la misma época. El itinerario conjunto con Alejandro mezcló iguales dosis de risas y  “catarsis investigativa”. Aparecían las angustias y la exaltación de los logros y botines de guerra académicos. Hemos dictado cursos de posgrado en conjunto, defendido tres mesas temáticas en las Jornadas Interescuelas (máxima reunión de historiadores del país), viajes y discusiones. También aprovechamos la experiencia europea de ambos, para repensar la conexión de algunos soldados y oficiales con el suelo americano, teniendo en cuenta que varios guerreros con pasado napoleónico pisaron suelo norteño. En ese sentido, publicamos un artículo en inglés para una prestigiosa revista especializada, en donde definíamos a San Miguel de Tucumán, como city transformed by the army

      No creo en las barreras tajantes entre lo formal y lo informal, y tal vez por eso elegí estudiar entre otros temas la forma en la que las expresiones contrarias a los gobiernos se camuflaban en pasquines, libelos y chismes. La investigación de mi amigo Morea, hoy materializada en el libro publicado por Prohistoria permite a la historiografía argentina tener un panorama mucho más claro sobre las funciones, objetivos y características de esta fuerza, que en conjunto con el Ejército de los Andes fueron  pilares  para la continuidad del proyecto revolucionario. Así como no concibo la investigación sin docencia universitaria y divulgación, no puedo entender la pesquisa documental sin brindar mis conclusiones a la comunidad y a los colegas inmediatos, o más lejanos.  La solidaridad debe ser constitutiva del campo académico para evitar visiones oportunistas, o vaciamientos de instituciones como Conicet desde lógicas del rendimiento, de la meritocracia mal entendida.  

     El trabajo realizado en el Archivo General de la Nación (AGN), en repositorios provinciales, hemerotecas y otros ámbitos fue arduo, y desconoció en algunos casos la aspereza provocada por la incertidumbre de un financiamiento investigativo tan zigzagueante como el propio rumbo de un país sometido a visiones políticas no siempre compartidas. Tan zigzagueante como un ejército que tuvo victorias resonantes (Suipacha 1810, Tucumán 1812, Salta 1813), pero también aplastantes derrotas. ¿Un ejército de la revolución en palabras del autor? Sin dudas sí, argumentado no tanto desde sus hazañas, ni desde un saldo militar que puede ser menor que el del Ejército de los Andes, sino en relación con el rol medular que tuvo en la gobernabilidad del rumbo independentista. No fueron sólo la magnitud de sus hombres enrolados, o la extensión de sus hazañas, números y datos “duros” que el autor hilvana por primera vez para la historiografía. Fue la tarea “interna” del ejército, su íntima vinculación con la política, su articulación casi codo a codo con el Congreso que tuvo sede en Tucumán en 1816, convertido en algo más que un ejército abocado a mediar en los problemas de las provincias y pueblos, además de su acción en el Alto Perú implícita en su nombre. El libro no simplifica objetivos ni fundamentos, ya que fueron cambiando en función de las coyunturas y en el río de generales, oficiales y su-oficialidad que fueron animando sus acciones. Pero sí remarca el carácter indisociable entre esta fuerza y la propia dinámica revolucionaria, estableciendo algunas particularidades de esta fuerza que solemos asociar con Manuel Belgrano, olvidando otros hombres implicados en su mando. Una investigación rigurosa, una aventura en clave de vaivenes de la guerra, una entrada social a un universo transformado por la militarización. Un libro para entender(nos) un poco más. 

FACUNDO NANNI

Es Licenciado en Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Tucumán. Docente e Investigador, especializado en las provincias argentinas durante el siglo XIX. 

Mar del Plata. Un sueño de los argentinos, de Pastoriza y Torre

HISTORIA

JUAN LUIS BESOKY


Mar del Plata. Un sueño de los argentinos.
(2019)
de Elisa Pastoriza y Juan Carlos Torre

   

     El libro de Pastoriza y Torre genera una lectura amena y entretenida. Lo ligero de su lectura, no implica que carezca de profundidad. Centrado en contar los orígenes de la ciudad balnearia hasta los años setenta del siglo XX, el libro es también un relato sobre los argentinos y sus sueños colectivos. Anclados en la historia social, los autores incorporan diversos registros y fuentes que nos acercan a las historias individuales Todos los capítulos van acompañados de una notable selección de imágenes de Mar del Plata e incluso de ciudades balnearias a las que se pretendía imitar. Diferentes pinturas, planos y fotografías, muchas de ellas provenientes del archivo histórico municipal Barili, contribuyen a acercarnos a la realidad de esos tiempos. 

     El capítulo I llamado “Un lugar de veraneo junto al mar” inicia con las trayectorias de dos figuras emblemáticas de Mar del Plata: su fundador Patricio Peralta Ramos y el terrateniente Pedro Luro. La vida de este último ilustra las posibilidades de vertiginoso ascenso social que presentaba para algunos la Argentina de finales del siglo XIX.  Luro, un inmigrante vasco llegado al país en 1837, con tan solo 17 años comenzó trabajando en un saladero para luego dedicarse al transporte de pasajeros. Con el tiempo comenzó a arrendar tierras para forestarlas y terminó adquiriendo propiedades para convertirse en un importante terrateniente.  Fue en las tierras costeras de Peralta Ramos que Luro instaló un saladero, construyó un muelle y dio impulso al desarrollo turístico de la ciudad.

     Los autores aprovechan el inicio de este proyecto para reconstruir las costumbres de la elite porteña antes de que la ciudad existiese. Guiados por la pluma de los autores recorremos la tradición de la elite porteña de pasar los meses de verano en las quintas de las afueras de la ciudad: Flores, Belgrano, San Isidro, Tigre y San Fernando eran los tradicionales lugares de veraneo. El reemplazo de las quintas por la costumbre de vacacionar en el mar obliga a reconstruir la manera en que el imaginario europeo del siglo XVIII fue cambiando su visión del mar y sus riberas. Así como en un primer momento la sociabilidad de la playa se organizó inicialmente en torno a la enfermedad y no a la diversión, el transcurso del tiempo iría consolidando el modelo de ciudades de descanso y esparcimiento como Bath, Brighton, las costas de Normandía y la más famosas de las ciudades balnearias: Biarritz. Esta moda de veranear en el mar fue copiada aquí en las costas de Uruguay, siendo la playa de Pocitos en Montevideo el destino preferido de la elite argentina antes de que Mar del Plata la reemplazara. 

     “La construcción de la Villa Balnearia” nos lleva por los hitos principales de este proceso: la construcción del Bristol Hotel por parte de Luro, la llegada del ferrocarril en 1886, la construcción de la icónica rambla Bristol, símbolo de la Belle Époque, y la sostenida edificación de fastuosas residencias veraniegas de variados estilos. En el siguiente, “El ocio distinguido a orillas del Atlántico”, continúa su recorrido sobre la importancia pedagógica del hotel referido para la sociabilidad y el uso del ocio de la alta sociedad porteña. Numerosos extractos de testimonios de los visitantes dan cuenta de la significación del hotel, el casino, las playas y el paseo por la rambla para la clase alta. 

     A continuación, “El ocaso de la villa balnearia” desciende su mirada sobre los nuevos veraneantes que van acudiendo a la ciudad y que no son parte de la elite porteña sino de los sectores medios en ascenso. En el capítulo también hay lugar para observar el mundo de los habitantes locales, de los obreros que construyeron la infraestructura marplatense y de su expresión política mayoritaria: el Partido Socialista. Justamente, como dice uno de los testimonios citados, “que una ciudad, por excelencia aristocrática, llena de suntuosos y elegantes palacios, esté gobernada por los socialistas” puede resultar incomprensible. No lo es si uno se percata que la inmensa cantidad de los habitantes son obreros del puerto, pescadores, pintores, albañiles, cuidadores de fincas, y demás. Para 1924 con el 55% de los votos la supremacía del Partido Socialista era contundente.  

     No deja de ser interesante el alineamiento de los socialistas marplatenses con la postura doctrinaria del partido, que los llevó a acompañar la ley de 1927 que prohibía el juego en toda la provincia. Este voto, en contra incluso de buena parte de su electorado, terminó repercutiendo negativamente en el gobierno socialista presidido por el intendente Bronzoni y acabando en una intervención. De todas formas, luego de 1955, el socialismo volvería a regir el gobierno comunal demostrando tener una sólida base propia.

     El capítulo “La ciudad balnearia” refiere a los cambios más decisivos que tuvo la ciudad a partir de la década del ’30. La imagen con que se inicia donde se ve la demolición de la vieja rambla Bristol para ser reemplazada por la actual Rambla Bustillo con su clásico Hotel Provincial, es quizás el mejor símbolo de los cambios por venir. A esta iniciativa se suma la construcción bajo la gobernación de Fresco de un balneario parque en Playa Grande. Con estas obras quedaba delineado un nuevo perfil de Mar del Plata con los veraneantes distribuyendose algunos en Playa Bristol y otros en Playa Grande. A estas iniciativas se sumaba la inauguración de la ruta 2 en 1938 que contribuyó a popularizar la llegada de los sectores medios en ascenso a las playas marplatenses. Estas medidas se combinaban con el crecimiento sostenido del turismo social iniciado en los ‘30 y ya de manera definitiva con la gobernación peronista de Domingo Mercante. La expropiación de 24 chalets ubicados en la Playa de Los Ingleses (hoy Playa Varese) para ponerlos al servicio de los sindicatos daba cuenta de los nuevos tiempos. Que la playa más exclusiva de Mar del Plata, donde solían refugiarse quienes escapaban de la Bristol por el avance de los sectores medios en los años treinta, terminara convertida en un enclave del turismo proletario marcaba la pauta.

     De todas formas, las iniciativas del gobierno peronista por lograr que los trabajadores pudieran “gozar como cualquier ciudadano del descanso, sosiego y de la belleza del Primer Balneario argentino” no tuvieron éxito inmediato. Como bien nos recuerdan Pastoriza y Torre, hubo variadas iniciativas para acercar el mítico balneario a las clases trabajadoras. Una de ellas fue la Ley Provincial de Turismo de 1948 y el eslogan: “Usted se paga el viaje y la provincia el hospedaje” difundido a través de los medios de comunicación. Sin embargo, por el testimonio de uno de los funcionarios de Mercante, comprendemos que los trabajadores no tenían “hábitos de turismo” y veían en el traslado a Mar del Plata más problemas que ventajas. Tampoco la visión que ha destacado el rol de los hoteles sindicales durante el primer peronismo resulta acertada. Este fue un fenómeno más tardío, que cobró forma a partir de la década de 1970. 

     Donde sí fue más notable el impacto del peronismo fue con la aprobación de la Ley de Propiedad Horizontal de 1948, que junto a los créditos otorgados por el Banco Hipotecario, facilitaron el acceso a la vivienda propia. En pocos años, desaparecieron las villas y mansiones alrededor de la Rambla Casino y la Avenida Colón, mientras la elite veraneante se replegaba al Barrio los Troncos para dar lugar a la construcción de miles de departamentos. El uso intensivo del suelo permitía a los sectores medios, en el marco del boom inmobiliario, convertirse en propietarios de incluso un departamento adicional para veranear. A partir de entonces la fisonomía de Mar del Plata cambiaría notablemente.

     El sexto y último capítulo llamado “El balneario de masas” nos introduce en la etapa de apogeo definitivo de Mar del Plata, la meca del turismo en Argentina. Convertida en una de las ciudades con mayor crecimiento del país debido a la llegada de nuevos residentes, más allá de los visitantes por temporada, la ciudad poseía para los años 1960, 95 balnearios a lo largo de la costa, más de 1200 hoteles, 7 mil nuevas viviendas por año, 32 galerías comerciales entre otros tantos beneficios. Es en esos años que se da el crecimiento vertiginoso de los hoteles sindicales: de tres que había en 1948, cinco en 1956, para 1967 ya son ocho. Así la ciudad se convierte en pleno verano en una marea de gente, o como diría un corresponsal de la revista Panorama en 1965: “Ningún argentino en su sano juicio iría a Mar del Plata en temporada a descansar”. La playa, el casino, los restaurantes, los boliches se colman de jóvenes y no tan jóvenes deseosos de ser parte de la ciudad de todos.

     Tal como reconocía un alto funcionario italiano al diario Clarín en 1975, “En toda Europa no hay un centro que reúna las características de Mar del Plata. Además de las delicias de la playa y el mar, permite la coexistencia de todos los niveles de poder adquisitivo en un mismo centro balneario (…) En Europa, en cambio, los balnearios están estratificados en cuanto al poder adquisitivo de la gente que tiene acceso a ellos”. Sin embargo, esta característica única de la ciudad comenzaba a perderse. Las familias de la alta burguesía migraban hacia otros horizontes en busca de la exclusividad que Mar del Plata ya no podía darles. Así Punta del Este comenzaba a despegar como lugar alternativo. Por otro lado, los jóvenes de los sectores medios se redirigían hacia nuevos destinos de veraneo siendo Villa Gesell el lugar más elegido.

     Con las imágenes de los desertores de los veraneos marplatenses finaliza el libro. Nos dejan los autores con ganas de saber más sobre los últimos años de Mar del Plata, que por más que sean recientes, no dejan de ser interesantes. Sin embargo, tal como Pastoriza y Torre señalan, su intención no fue hacer una historia completa de la ciudad sino más bien, reconstruir la trayectoria del balneario como metáfora de la dinámica de la sociedad argentina. Para ambos, a partir de 1970 comenzó a perder consistencia lo que denominaron el experimento social de los argentinos: “acoger en un espacio físico común y a la vez internamente diferenciados los planes de verano de los más diversos sectores sociales”. Desde entonces, concluyen los autores “los contrastes sociales y culturales de la sociedad argentina se volvieron más intensos y visibles y, por lo tanto, se hizo más difícil contenerlos bajo el mismo cielo y en el mismo mar. Mar del Plata dejó de ser, pues, el balneario de todos, si bien continuó siendo el balneario de masas”. Así, en una ciudad que apenas puede esconder las marcas de la progresiva desigualdad, todavía logra evocar en el sueño colectivo de los argentinos, el recuerdo de un país mejor.

JUAN LUIS BESOKY

Es archivista y docente de Historia en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad Nacional de José C. Paz. Fue becario doctoral del Conicet investigando sobre la derecha peronista y se doctoró en Ciencias Sociales con una tesis sobre ese tema.

I may destroy you, de Coel

SERIE

CATALINA CURCIARELLO


I MAY DESTROY YOU
(2020)
de Michaela Coel

Antes de ser violada nunca le presté mucha atención a ser mujer. 

Estaba muy ocupada con ser negra y pobre

(Arabella Essiedu, episodio 7)

     En abril de 2018 con el hashtag #Cuéntalo se publicaron en la red social Twitter más de dos millones de testimonios sobre abusos sexuales, violaciones y situaciones de acoso sufridas por mujeres en distintas partes del mundo. Este movimiento fue impulsado por la escritora y periodista española Cristina Fallarás motivada por la indignación e impotencia que le había provocado -como a buena parte de la opinión pública- la sentencia del juicio al grupo conocido como “La Manada”. Fallarás inició este hilo en la red social con el relato en primera persona de una experiencia de acoso sufrida años atrás, con la presunción de que una mayor visibilidad de estos relatos contribuirían a la credibilidad pública de las víctimas. En sólo 15 días millones de mujeres twittearon y compartieron sus  historias o pusieron su voz por aquellas que ya no podían hacerlo. 

     Fallarás recuperó y analizó esta experiencia en un libro publicado por Anagrama en 2019 bajo el título Ahora contamos nosotras en el que concibe a este tipo de movimientos (#Cuéntalo; #me too; #Yositecreo, etc.) como procesos de construcción colectiva de una memoria sobre la violencia machista. Los testimonios compartidos y narrados en primera persona, según Fallarás, habilitan una identificación que puede ayudar a que otrxs le otorguen sentido a sus propias      vivencias. Como sabemos desde Halbwachs en adelante, los sentidos sobre las experiencias pasadas se construyen colectivamente desde el presente y se resignifican en diálogo con otrxs. De este modo, los recuerdos y los sucesos traumáticos vividos individualmente dejan de ser pensados como hechos aislados y privados para poder ser pensados, en este caso, como productos de un sistema patriarcal opresor. 

     Volví sobre esta idea de Fallarás cuando vi I may destroy you, una serie estrenada por HBO en junio de 2020 que obtuvo muy buenas críticas y varias nominaciones, y que nos invita a formar parte de la construcción de una memoria colectiva de la violencia machista. Los créditos de esta arriesgada apuesta se los lleva su creadora, directora y protagonista: la actriz británica Michaela Coel. La trama se construye en torno a una experiencia traumática vivida por la protagonista de la serie Arabella Essiedu, una joven escritora negra – interpretada por la magistral Michaela – víctima de una violación una noche en un pub londinense.  

     A lo largo de los capítulos Arabella recorre el derrotero de las víctimas de abuso: el bloqueo, la perturbación del recuerdo y la negación de lo ocurrido – los primeros flashbacks son interpretados como productos de su imaginación y se libra entonces una batalla constante entre la irrupción del recuerdo y el intento consciente por disiparlo-; la resistencia a asumirse como víctima – ¿cómo arrogarse tal lugar cuando hay otras injusticias y violencias como la explotación sexual, el racismo, el hambre y la desigualdad?; los arduos caminos y los límites de encontrar reparación en la justicia -aunque Arabella logre realizar prontamente la denuncia, en pocos meses la investigación del caso se cierra sin responsables; la búsqueda de otras formas de reparación posibles -el rol que tienen hoy las redes sociales como lugares de encuentro y de denuncia pública- y la importancia de encontrar una escucha empática, tejiendo redes de contención y  afecto, para la resiliencia de las víctimas.

     El personaje de Arabella es magnético. Sus ojos enormes y labios voluptuosos, herencia de sus antepasados ghaneses, la intensidad de su mirada, la vestimenta, el color de sus pelucas, sus movimientos y gestos estruendosos y también sus excesos. Arabella, como la serie, se mueve siempre en los límites. Está acompañada de sus amigxs Terry y Kwame con quienes forma una especie de “hermandad negra-millennial” que es central para su recuperación. A partir de ellxs se despliegan las historias secundarias mediante las que la serie recorre las diversas violencias sufridas por mujeres, homosexuales, negrxs y pobres en la sociedades patriarcales contemporáneas. Transcurre osadamente por las zonas grises del consentimiento, otro tema central de esta propuesta, para echar luz en la infinidad de situaciones en las que aún existiendo un marco de acuerdo, ese consentimiento es violentado y manipulado: dos hombres que simulan no conocerse para acostarse en un trío con una mujer; un hombre que se quita el preservativo en medio de una relación sexual sin acordarlo con su pareja; una mujer blanca que en una entrevista laboral se arroga el derecho de pedirle a una mujer negra que se quite la peluca y muestre su verdadero cabello; una violación en el marco de una relación consentida entre dos hombres. Las narrativas, a su vez, no son lineales, los personajes tienen sus zonas oscuras y contradictorias que problematizan el lugar común de las víctimas. También Kawme, Terry y la propia Arabella se encuentran en situaciones en las que ellxs mismxs son quienes tensionan los límites de los acuerdos.  La serie se anima a explorar y abrir preguntas sobre los cambiantes roles y las dinámicas de poder que se dan entre los vínculos.  

     Tal vez uno de los aspectos más interesantes de esta serie sea el momento en que Arabella toma consciencia de la violencia a la que fue sometida por su condición de género y hace público su relato, porque no sólo hace de lo personal un acto político, sino que podemos ver el inicio de ese proceso de construcción colectiva al que refería Fallarás. Cada unx de los personajes comienza a reescribir su pasado en diálogo con lxs otrxs y a otorgarle nuevos sentidos a sus recuerdos, incluyéndonos inevitablemente a lxs espectadores.

     La serie nos lleva a revisitar y a resignificar nuestras experiencias, sin ofrecernos respuestas y sin prescripciones.  La invitación es a la introspección, a la reflexión y a formar parte de la construcción de una memoria colectiva que nos permita romper los silencios, luchar contra los silenciamientos y que se constituya en principio de acción en contra de la violencia patriarcal.

CATALINA CURCIARELLO

Es docente de la carrera de Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación  (UNLP) y en Escuelas de Enseñanza Media de la región. Actualmente es estudiante de la Maestría de Historia y Memoria (FaHCE).

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