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Manual para mujeres de la limpieza, de Berlin

RELATO

MARCELO SCOTTI


Manual para mujeres de la limpieza
(2017)
de Lucia Berlin

     ¿Se escucha la voz de una persona en su escritura? ¿La podemos oír mientras leemos lo que escribió, incluso cuando ha pasado mucho tiempo de esa escritura o, más aún, cuando alguien ha traducido su obra desde otra lengua? Vuelvo a preguntarme sobre la presencia de la voz en el texto leyendo a Lucia Berlin, percibiendo su tono limpio y directo, la música única que se desprende de su forma de ver y de contar. 

     Una mujer nacida en Alaska en 1936 con una biografía de película, según informa la edición en español de una selección de sus cuentos: pasó su infancia en varios pueblos mineros del oeste y en el sur de Estados Unidos, en la frontera cultural difusa con México, a los saltos entre escuelas católicas primarias que la expulsaban y una familia materna desintegrada que la sometió a maltratos dedicados y constantes a manera de crianza y de primera educación, pero la introdujo también en el roce directo con el mundo en un lugar abundante de otros ¿o será que la pequeña Lucia era ya la otra dentro de un universo familiar regenteado por abuelo y madre alcohólicos? La niñez, ya desajustada por su estatura inusitada y una persistente afección en la columna que la obligaba a usar un ostensible corsé, vuelve una y otra vez en sus relatos como referencia fundante y territorio que no se ha terminado de abandonar; como si se tratara de un ejercicio ante el analista, Lucia nombra muchas veces pasajes, anécdotas y personajes de esa infancia y lo hace una y otra vez tallando algún nuevo matiz, modelando sus recuerdos y lo que ella misma es capaz de hacer con ellos mediante la escritura; hay allí dolor, violencia, temor, desesperación, pero también alegrías inesperadas, bruscos aprendizajes, amores. Hay, sobre todo, una experiencia de la vida que se mantiene en movimiento, en sus recuerdos y en su escritura, una voluntad preciosa de seguir contándose y contando la propia historia para alejarse de la fatalidad o de la muerte.

     De Alaska a Texas y de allí a Chile, en un abrupto cambio de escenario que la deposita, familia paterna mediante, en el seno mismo de la oligarquía trasandina, trajinando su adolescencia en colegios de élite en los que se siente tan fuera de lugar como desde que nació. De esa experiencia de una extranjería insistente, Berlin declina una escritura insólita en la que sólo puedo reconocer un aire de familia con la sensibilidad versátil de Agnès Varda o con algunos hermosos cuentos de Truman Capote – La botella de plata o Deslumbramiento, por ejemplo-: una forma de la soledad que se empeña en volverse abierta curiosidad sobre el mundo y sobre los propios recuerdos.

     La edición de Alfaguara destaca en el paratexto el hallazgo de esta obra, el redescubrimiento de una autora poco o nada celebrada en su momento que se ha vuelto famosa en los últimos años y que se ha ganado, post mortem, reediciones y reconocimientos de los que no gozó en vida. Berlin tuvo su menos que cuarto de hora publicando en revistas en los ochenta y los noventa y en libros de tiradas limitadas en pequeñas editoriales; en sus textos uno no se imagina una escritora, tanto porque su biografía a salto de mata revelada a retazos en sus cuentos trasunta cierta imposibilidad de sostener el oficio y de sostenerse como tal, como por la frescura de su prosa, o, mejor dicho, por la soltura de su tono; antes que relatos planificados y elaborados pensando en su publicación, los textos de Berlin parecen ejercicios de observación o de rememoración que están vinculados con su biografía siempre de una manera diferente. Se trata de una antología de cuentos, pero Manual para mujeres de la limpieza puede leerse también como la memoria de su autora, la memoria que se obstina en no quedarse quieta y que se revuelve tras las varias luces de su rememoración. Más que a una escritora ante una máquina de escribir, uno se imagina a Lucia Berlin escribiendo mientras cocina, cose, cuida a una anciana enferma, atiende una central telefónica o lava la ropa en alguna casa de familia que la ha empleado para la limpieza, como muchas de las narradoras de sus historias.

     En la mayor parte de los relatos aquí reunidos la autora narra fragmentos de sus propias experiencias o compone pequeñas historias de familia, de amor o de amistad incluyéndose en la escena, en otros se desplaza apenas hacia afuera del cuadro y apela a algún personaje, incluso masculino, que sostiene su propia mirada o que se torna un observador circunstancial de su vida. Una singularisima capacidad de registrar a los sujetos que sólo puede entenderse como parte de una curiosidad genuina por la gente que no asume sesgo alguno de exotismo o de condescendencia, y una escucha finísima de los modos de decir y de callar de los otros, seguramente apuntalada por sus frecuentes mudanzas, pero atesorada con afecto y dedicación para servir a una escritura que suele sorprender con giros graciosos o detalles que rompen la unidad de tiempo y lugar o traen a cuento del pasado o de las lenguas vecinas disrupciones tan imprevisibles como precisas: un aire fresco que se siente incluso en sus relatos más sombríos y que modera las historias sin quitarles un gramo de peso o de verdad. 

     Su acercamiento a la ficción es inusualmente directo y sin poses, no parece haber en sus relatos mucho margen para la imaginación de argumentos y, claramente, no hay pretensión alguna de forzar o dilatar tramas, pero es notable la capacidad para rotar los puntos de vista, para mirar o imaginar desde la posición de otros sujetos e incluso para narrar y narrarse desde esas otras miradas: en Y llegó el sábado relata parte de su experiencia como maestra de escritura en un taller que dictó en la cárcel del condado de Boulder, Colorado; lo notable del relato es que quien narra es uno de sus estudiantes y que su propia figura como docente queda en un segundo plano; más notable aún es que el verdadero protagonista del relato es otro de los alumnos del taller, y que su brillo se delinea entre las varias admiraciones que genera entre todos esos otros y otras detenidos que comparten brevemente las clases y en la propia maestra. En Mijito, la tragedia anunciada se entreteje entre dos puntos de vista trabajados con igual intensidad y precisión, la profundidad y la elocuencia emergen del abismo social y cultural que se compone entre ambos, del horror que los hace funcionar diariamente incluso contra la voluntad y las acciones de sus protagonistas.  

     Tal vez las propias experiencias como adicta al alcohol la hayan introducido por varios mundos oscuros sintiendo la comunión profunda con las almas perdidas, tal vez su condición de saltimbanqui, incluso entre las clases sociales, la haya llevado a ese lugar desprovisto de toda vanidad del orgullo o los propios prejuicios; como sea, en la literatura de Lucia Berlin hay personas, variadas, muchas, diferentes, otras, vivas y únicas, que se cruzan casualmente en su sinuoso camino para que ella capture su brillo singular, para compartir o imaginar sus felicidades fugitivas o mientras se abisman en sus propios infiernos.

     Pero volviendo a aquello que no se vio o no se apreció en su momento, un poco a la manera de Stoner, la notable novela de John Williams descubierta recientemente casi medio siglo después de su primera edición, cabe preguntarse en el caso de Lucia Berlin hasta qué punto su mirada y su escritura podían tener alguna clase de aceptación mayor en su momento. Pensemos que se trata de una literatura que se construye desde un afuera múltiple, sin lugar para la celebración del “modo de vida americano” pero despojada a la vez de cualquier pretensión de encuadrarse en alguna forma establecida de contracultura o de contra discurso ¿dónde se podrían poner los relatos de una mujer educada entre mineros de la más variada procedencia y también entre ciertas élites cultas que escribe mientras trabaja como empleada doméstica o enfermera en diferentes ciudades de Estados Unidos o que cuenta, con la mayor y más brutal limpieza, cómo se metió en los más estrafalarios y peligrosos tugurios para conseguir, a las horas más inapropiadas, el trago que calmara su adicción al alcohol mientras criaba a sus cuatro hijos?  Tal vez en un hombre estas experiencias del borde, muchas veces cultivadas para la propia notoriedad de artista fou tuviera algún rédito, pero las mujeres rotas entraban en el mundo de la cultura sólo como tema o como prueba de debilidad, muy raramente como autoras o como narradoras de sus propias vidas. ¿Cuántas mujeres aparentemente comunes, atadas a las tiranías de entrecasa o de la vida social habrán escrito o querido escribir sobre sí y sus otros y otras? ¿Cuántas lo habrán hecho efectivamente sin modo alguno de que sus escrituras trascendieran? Sabemos de Lucia Berlin porque en algún momento sostuvo sus contactos con un borde del mundo editorial y pudo entonces publicar parte de una obra que se desarrollaba al margen de casi toda forma usual de literatura “publicable”; su brillo, justamente, procede de esa condición excéntrica que no presumía de tal. Cada época deja afuera aquello que, por no confirmarla del derecho o del revés, se le cae de su propia superficie de legibilidad o, más simplemente, es incapaz de escuchar a quienes la nombran con la mayor franqueza.

MARCELO SCOTTI

Es profesor en las carreras de Historia y de Ciencias de la Educación en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP y es docente de la FLACSO Argentina. Ha publicado recientemente el libro Transficcional, para abordar el malestar en las prácticas socioeducativas, a través del cine en diálogo con el psicoanálisis.

La lengua del desierto, de Guerra

ENSAYO / POESÍA

VALERIA PUJOL BUCH


La lengua del desierto (2020)
de Vanesa Guerra

guerra

     Habrá sido el viento o una pájara que lo transportó desde Buena Vista, una editorial independiente de Córdoba hasta mi escritorio. No importa cómo se escabulló, sino que lo tiñó de borradores, notas y plegarias como palimpsestos. 

     Vanesa Guerra en este recorrido nos invita a garabatear ideas y compartir con ella en un discurrir inconcluso, una huella que estalla y que nos pone en movimiento. 

     No se lee de un tirón, porque Vanesa no nos regala una letra muerta, masticada. Hay que detenerse, releer, buscar referencias, dejar escurrir el tiempo. Con un enorme banco de herramientas, la autora desarrolla en este ensayo poético una reflexión para sortear la marcha zombie, individualista. Y lo hace con elementos que van desde el psicoanálisis, la filosofía, pero también teorías del movimiento hasta literarias. 

     Lejos del apocalipsis, amorosamente nos propone senderos desobedientes. Eso sí, para recorrer livianxs, hasta quizás desnudxs, nómades, o en trance. Por ello, podemos decir que devela la trama de la maquinaria del cincelamiento del alma al que nos arroja el neoliberalismo como carne picada. 

     Resulta interesante poner en diálogo a este ensayo con el poema Fundación, donde Susana Thénon propone inventar la vida de nuevo. Crear códigos emergentes, dioses más cercanos y otros sexos, como quien dice “nazco, duermo, río”. Así Vanesa orbita el desierto, el cuerpo, la memoria y el lenguaje poético que hacen indómitas las amarras y el sistema. En esta tarea, la autora fulgura notas y dialoga con otras autoras con quienes comparte las mismas preocupaciones. Igual sucede con una tradición a la que se encarga de recortar. 

        No estamos solxs, ¡ahh!

     Robert Walser, Franz Kafka, Lola Larrosa Laguna Ansaldo en el pasado y muchas contemporáneas como Sara Gallardo, Clarice Lispector, Silvia Molloy, Mariana Ocampo, Vivian Galbán, entre otras. 

     Esta costura es visible desde la edición. Al sacarle su envoltorio al libro y pasear con el índice por el huevo cósmico de su tapa, unx lo abre y se encuentra con innumerables notas el pie. Ya en este formato se pone en jaque la relación con el texto. ¿Cuál es el límite al sentido? ¿Dónde empieza, dónde termina? Todo esto se preguntaba Gérard Genette y Vanesa lo sabe y nxs convida a jugar. La posibilidad de estas notas que crecen desde el pie, nos empujan dulcemente desde su maquetado a pivotear entre ideas que proliferan, se abren errantes y quedan muchas veces inconclusas.

     Contenido y forma en esta obra danzan. Encontramos un exquisito trabajo con el léxico como puede observarse en el párrafo siguiente:

     “Walser atraviesa como atraviesa el viento al desierto dándole vida nómade, o como atraviesa un alma sin pena la calle, una que llega al limbo, extraviada o distraída, raptada por el brillo de lo que le ha embriagado, y reciénvenida con su lengua de otro mundo susurra algo que nos hace cosquillas en el ombligo de la palabra.”

     Un lenguaje que deviene vivo, poético en su forma, pero no se queda allí. En una de sus plegarias, Vanesa desea, nxs desea: “Invoquemos a la lengua poética para que nos regrese la voz que hemos perdido, porque antes que la lengua del amo nos apresara con sus dominios, supimos ser mágicxs, levitantes y límbicxs. Restituirnos a la poesía como reciénvenidos podría ser el designio”. La poesía es un fusil para liberarnos, y entonces forma y el contenido cabalgan libres y mutuamente habitadxs por el bosque.

     Vanesa en su vagar nos pone en diálogo con Robert Walser, conocido también como el caminante solitario. Sobre el arte de caminar, el escritor suizo reflexionaba: “Escribo para ausentarme”. Con Walser, Vanesa nos acompaña a deambular para encandilarnos con la naturaleza, la noche y el misterio, elementos que hablan sincerantemente a quienes están abiertxs. Y resulta ser que aquello que nxs rodea puede devolvernos a otro(s) signo(s).  Por ello, nos invita a comulgar con lo ajeno y hacerlo con el cuerpo, incluso con la palabra cuyo don no es ordenador, sino caótico. 

     Pero también a animarse a disolver la modalidad del Yo que implica expandir la extranjeridad y las posibilidades de ser innúmeros otrxs. Blancxs, negrxs, flacxs, gordxs, migrantxs, diversxs, todxs.  

     Como berretín, deseo detenerme en un pasaje de la primera novela de Walser que retoma la autora. Jakob von Gunten,  “trata de un niño que quiere aprender a ser siervo; el niño va a una escuela de servidumbre y eso lo hace feliz; (…) saber que podrá ser el mejor esclavo para conseguir el mejor amo, porque eso es algo que según Robert Walser se aprende”. Porque para Walser, nos advierte Vanesa, no se nace esclavo. Este es un aprendizaje lento, a goteo. Y esa imposibilidad de alcanzar el grado de esclavitud perfecta, pese a que la sociedad lo impone, es de lo que versa esta obra de Walser, escritura prolífera que incluso ha fascinado a Kanz Kafka. 

     En esta ansia de obediencia del niño de Walser, éste concluye no sirviendo ni para obedecer. Así supera al amo, porque sin siervo éste no existe, y genera una des-obediencia involuntaria, sutil,  poética como puro pliegue que lo retorna a un tiempo anterior. A una libertad que tuvimos antes de ser tocados por la lengua del amo. Y este pasaje viene acompañado por otra plegaria de la autora: “hacer lo que haga falta para formar parte de aquella comunidad que busca – incansablemente – iluminarse con la noche.” Des-obedecer, in-disciplinarse.

     En esta(s) forma(s)  de perderse-buscarse-desindividualizarse-desterritorializarse, Vanesa trabaja con la memoria, a la que rescata de cementerios de fósiles y reubica en ríos que deambulan en todas las direcciones. Algunos visibles, otros subterráneos y con un caudal que ruge. Y nxs regala una pregunta que nxs despeina en el apartado en que dialoga con Mariana Docampo: “si la memoria que nos habita es múltiple, ¿por qué nuestra voz se ha vuelto singular?”

     Colectivos, errantes, abiertos. También en movimiento y Vanesa deambula por  allí. Moverse con el cuerpo y del lenguaje porque “la permanencia en el uni-sistema es la aniquilación”. Con Mariana, juntas, atacan en varios pasajes la crisis representacional del sujeto como efecto del lenguaje unidimensional que opera como código de barra o lengua eslogan. Y la operatoria propuesta es trascender la falsa lengua, despellejarse de esa viscosidad que nxs captura y que enferma nuestrx cuerpo. Así nos invitan a desarticularnxs, a arrojarnxs al tiempo del , paradójico, no productivo, para abrir el blindaje, estallar y refulgir. 

     En el cauce del río de la memoria, intercambia de igual manera con Sylvia Molloy y el Común Olvido. Para Sylvia la memoria es un lugar con interrupciones, huevos y vacíos, “porque para entender (…) tienes que aprender a olvidar”. Esos caminos como aguas tan propias y ajenas, nos reencuentran con eso en que en la punta de la lengua siempre se nos escapa.  

 

En lo indómino de los pliegues,

En la conversación del doblaje

Ella movía el desparpajo de cometas

A plena luz del lenguaje

 

     Vanesa parlotea en otros pasajes con poetas, en este caso con Yanina Giglio y su obra Corva. Con ella le saca el jugo a nuevas ideas. Que la experiencia nos expande y nos devela innúmerxs seres como en cada pliegue hay en mí. Así nos traen el plural para habitar el tiempo y donar las voces como gesto curandero. Entonces, ¿quién es el autor de la lengua del desierto? ¿Es de Vanesa, Sara, Clarice, Sylvia, Mariana, Yanina?  ¿O fue escrito por voces que comulgan para pensar y en ese acto dejarse habitar mutuamente, e incluso invocar a otrxs? 

     Y el Yo en esta obra se parte y las otredades se anudan al lenguaje. Esto nos permite descartar la angurria del YO SOY, y de un nombre que nos priva de excedencias. Desanclar al cuerpo de una identidad barrada y zombie para hablar por y en otras bocas, para llegar a una emoción innúmera, a una danza colectiva. Para vivir, para curar, para desandar. 

     Junto con Lola Larrosa Laguna Ansaldo, aborda su obra: El Lujo. En la trama, Rosalía, una joven atosigada por la moral social y  constreñida de su época, advierte que no está en su sitio y se ha vuelto “una patada al espejo”. Aunque, Rosalía sospecha que existe otra realidad que la aleja de su pueblo donde todos danzan la misma coreografía. ¿Cómo salir de allí? ¿Cómo agarrarse fuerte a la intuición del gusto propio, aunque impropio hacia lo instituido? ¿Cómo? Vemos junto con Lola y Vanesa que “la moral aplana las rugosidades que toda pasión impone, la moral busca igualar, pero ella anda con pliegues. Porque el deseo primero se intuye, destella alguna cifra extravagante y después o mientras tanto, duele”. Aunque advierten además que en su tiempo descifrador, esa grieta activa la posibilidad de “partir de sí y llegar a sí, siendo otra”. Por ello esta novela de Lola, para Vanesa, es una novela de exilio. Un “partir para parirse mujer”. Y a eso también nxs convoca. A explorar esos exilios que hacemos cada vez que nos encontrarnos donde no sabíamos que podíamos estar.

     Por ello, Vanesa y las voces reverberantes que la acompañan, proponen que abracemos una lengua poética, con la que escribir nuevos nombres. Que despedacemos el cántaro disciplinante y en código en barra para aventurarnos al desierto cuando la sed en la noche nos desvela. Porque el capitalismo produce un hombre del resentimiento. Un ser con una clase de veneno que por goteo, lenta y sistemática, incita a sentir vergüenza ante la menor infelicidad. Y ese es incluso un pliegue a explorar. Es parte de la batalla contra la lengua de la información, que aplana la textura y el misterio. 

     Arrojémonxs a la noche, a la extranjería, al limbo, y sobre todo al deseo expandido para “despellejarnos de la piel del amo”.

     Para cerrar abriendo, deseo fundirme con Vanesa, sus otrxs, así como con Susana Thénon y su poema Juego. Vamxs a despojarnos de lo seguro, a gustar del amor por el minuto absurdo, libre y lejano a toda imagen y semejanza. 

VALERIA PUJOL BUCH

Egresó como Comunicadora Social de la UBA. Se dedica a la difusión de la ciencia y es docente de la Universidad Nacional de Lanús. Pilotea sus días entre sus tres amores: las ciencias sociales, la literatura y la maternidad.

Vaquero del mediodía, de Osorno

CINE / POESÍA

GASTÓN GUZMÁN


Vaquero del mediodía (2019)
de Diego Enrique Osorno

Vaquero

“¿Qué hay detrás de la ventana?”

Roberto Bolaño

     A principios de los setenta, en pleno auge de sus novelas editadas por Sudamericana y Seix Barral y luego de ser elogiado por Julio Cortázar, el escritor Néstor Sánchez desaparece, se esfuma. Abandona la escritura y extravía voluntariamente su rastro, apareciendo casi dos décadas después como vagabundo en las calles de California, durmiendo en una playa de estacionamiento. 

     ¿Qué llevó a Néstor Sánchez a tomar esa decisión? ¿Por qué alguien se sale del camino en el momento en que las cosas se empiezan a acomodar? ¿Cómo y por qué alguien decide perderse? Las respuestas que el escritor dio a su regreso contribuyen a aumentar el mito Sánchez: que dejó de escribir porque se terminó la épica y que cuando la gente recibe una revelación tan grande como la que él recibió, dejar de escribir es un acto de humildad. Muchos años después, Osvaldo Baigorria publicaría un libro sobre Néstor que es una rara avis del género de la biografía, cruzando ambas vidas a tal punto que, como afirma el autor, no es tanto un libro sobre Sánchez, sino más bien con él. 

 

     Volví a pensar en Néstor Sánchez y su gesto de desaparecer después de ver Vaquero del mediodía, el documental dirigido por el mexicano Diego Enrique Osorno. Este documental, estrenado en Netflix a finales del 2019, también gira en torno a la figura de un poeta que decide abandonar la escritura y emprender un viaje al anonimato, habitando la noche y durmiendo donde encontrara sitio. Otro que, al igual que Sánchez, se esfumó cuando las cosas – ser editado, ser celebrado, ser el centro en las tertulias literarias – empezaban a tomar forma.

     De Samuel Noyola, el poeta desaparecido que está en el centro del documental, hay pocos registros: grabaciones fílmicas amateurs que lo muestran siempre de noche, siempre errático y con una copa en la mano, además de un puñado de poemas publicados y entrevistas en revistas culturales. El grueso de su escritura que aún se conserva son cartas dirigidas a distintos amigos, avisos garabateados donde les avisa que durante la madrugada volverá a dormir a sus casas, si los dioses de la noche y los borrachos así se lo permiten. 

     Estos archivos que Osorno utiliza en el documental también contribuyen a echar leña al mito Noyola: la noche, el alcohol, el desierto, la ciudad, los grupos de poetas que recorren las cantinas discutiendo versos hasta amanecer borrachos, los poetas borrachos ya amanecidos que buscan algo sin saber qué es. Algo parecido ocurre en Los detectives salvajes con Cesárea Tinajero, la poeta desaparecida que es buscada por Ulises Lima y Arturo Belano a lo largo de las rutas, pero de quien solo se conocen un puñado de poemas escritos en los tiempos de la revolución mexicana: poemas suficientes para dedicar toda una vida a encontrarla. 

     Osorno recupera a partir de entrevistas a amigos, poetas y gestores culturales otros momentos de la vida de Samuel que causan gran impacto: cuando el premio Nobel de Literatura Octavio Paz lo definió como el mejor poeta de su generación y tras lo cual desempeñó un papel decisivo en la publicación de su libro “Tequila con calavera”, el encuentro donde el mexicano Mario Santiago Papasquiaro (el genial Ulises Lima de los detectives salvajes de Roberto Bolaño) bautizó a Samuel como el “Vaquero del mediodía” en una mesa del mítico Café Habana del viejo DF, cuando viajó a Nicaragua para participar en las milicias en defensa de la Revolución Sandinista y terminó, en cambio, absorto por la poesía de Ernesto Cardenal y también el acto final de la vida que le conocimos: cuando el Palacio de Bellas Artes le brindó un homenaje  a su obra. Noyola era ya un poeta vagabundo viviendo en una camioneta estacionada en un barrio periférico de Ciudad de México. Tan así, tan en la periferia estaba su morada y tan en la periferia estaba su figura, que su presencia en la casa de la cultura mexicana sólo fue posible gracias a los vecinos que lo ayudaron a bañarse y le regalaron ropa para estar a la altura. Luego del evento en el Palacio de Bellas Artes aparecieron ejemplares autografiados de su libro homenaje en las taquerías de todo el barrio. 

 

       Vaquero del mediodía se mueve sobre la figura del desaparecido y sobre su búsqueda, uno de los ejes centrales del género documental mexicano actual. Osorno sale a filmar/buscar durante las noches y preguntar por su amigo poeta: ¿ha visto usted a este hombre? Los testimonios recuperados construyen un tejido fabuloso que es, como lo es también su desaparición, no solo física sino también literaria: por un lado los vagabundos de las calles del DF mexicano que afirman que el desaparecido no es otro que “El Barrio”, un sin techo que duerme en la puerta de los mini mercados que pululan en las periferias, otros dicen que en cambio se trata del “Con Respeto”, otro sin techo muy cordial que siempre anda recitando poemas de memoria. 

     Cámara en mano, Osorno busca. Busca a su amigo poeta en las cantinas, donde lo imagina metiéndose en problemas por un trago o por un recital de poesía improvisado.  Lo busca en un hospital psiquiátrico y en las morgues, previendo que la adicción de Samuel al alcohol solo pudo haberlo dirigido a alguna camilla de institución. Lo busca, incluso, en las fosas comunes diseminadas por todo el territorio mexicano: nadie sabe dónde fue a parar el futuro de la poesía mexicana. La cara de Noyola aparece pegada por todos lados: en los paradores nocturnos, en las persianas de los locales cerrados por la crisis, en las cabinas de los camiones que recorren México. Una cara como de alguien que esconde algo, dice un vagabundo. O mejor: una cara como de alguien que se está burlando de todos nosotros.

     En paralelo a esta búsqueda aparecen testimonios de quienes lo conocieron y compartieron momentos junto a él y estos también contribuyen a construir la imagen mítica de la figura del poeta errante. Como dice Juan Villoro en la mesa del Café Habana: el poeta para sostenerse no sólo necesita obra, sino que también necesita de un mito. Sobre este poeta autodesterrado gira un universo mitológico propio: Samuel vive en la calle porque no quiere ni puede quedarse quieto, para Samuel la poesía es movimiento y ni modo: sólo queda moverse, que el único centro en la vida de Samuel era Octavio Paz y cuando éste muere Samuel queda a la deriva, Samuel siempre fue como un pájaro que se movía de rama en rama, es como el arcano cero del tarot: un extraviado que sabe que la verdad está en otro lugar pero también un borracho que va regando una estela de desmadre por todos lados.

     Sobre el final del documental aparece la pregunta que recorre las mesas de los entrevistados: ¿cuál es el lugar de los poetas en las sociedades contemporáneas? ¿Hasta qué punto es tolerable la figura ya no solo del poeta, sino la del poeta errante? ¿Cuál es el costo que tienen que pagar en el capitalismo de hoy quienes no aceptan quedarse quietos?  

     Pienso en Noyola como pienso en el Rey de “El espejo y la máscara” de Borges. Un rey chilango, borracho y contracultural que acaso vio algo que el resto no, y por eso decidió desertar. 

gASTÓN GUZMÁN

Es profesor en Historia en el Departamento de Ciencias de la Educación de la FaHCE (UNLP).

Espectros dependentistas, de Giller

HISTORIA / ENSAYO / POLÍTICA

MARTÍN CORTÉS

Espectros dependentistas. Variaciones sobre la "teoría de la dependencia" y los marxismos latinoamericanos (2020)
de Diego Giller

giller

Conjurar el fantasma: por una reconstrucción de las teorías de la dependencia

     Este es un libro importante, no solo por los temas que aborda -su relevancia histórica y su actualidad: la dependencia es, quién podría dudarlo, un problema contemporáneo-, sino sobre todo por el modo en que lo hace. El título del libro es sugerente, de evidente factura “derridiana”, pero, esta sería la hipótesis de lectura que aquí se presenta, la figura de los espectros podría ser leída menos como la protagonista del libro que como su punto de partida. Se trataría entonces de un “estado actual” del problema de la dependencia: espectros que acechan, insuficientemente conjurados, desatendidos en su densidad, incluso desaprovechados teórica y políticamente. “Estado actual” que, veremos, se nos invita a superar.  Lo interesante de la operación ofrecida está en todo aquello que agrega para hablarnos de las teorías de la dependencia, esto es, una relectura que supone varias modulaciones importantes respecto de los modos tradicionales de aproximarnos a ellas.

     Una especie de desborde orienta las líneas generales del libro: las teorías de la dependencia son presentadas en la productiva dificultad de ceñirlas a una serie más o menos clásica de autores (Cardoso & Faletto, Marini, Dos Santos), para pensarlas más bien en una constelación amplia en tiempo y espacio. Entonces, la dependencia no es pensable sin Sergio Bagú, sin el Che Guevara, sin Raúl Prebisch, sin René Zavaleta, sin Agustín Cueva, sin la revolución boliviana del 52, sin los debates sobre los modos de producción en América Latina. Así, las teorías de la dependencia se enriquecen al poder ser pensadas en una gama de grises donde es difícil separarlas de los desarrollismos, los marxismos y los nacionalismos populares.

     Ahora bien, el desborde permanente al que son sometidos los dependentismos es múltiple sólo en una primera mirada, lo que por cierto permite, por decirlo de algún modo, “aflojar” al objeto, desacartonarlo. Para que vaya asomando, de modo más preciso, el verdadero objeto que lo acecha. Habría que decir, en este punto, que el título del libro, además del referido tono derridiano, tiene una doble lectura posible. Los espectros pueden ser los del dependentismo acechando nuestro presente, pero tal vez se trate, también, de los espectros que acechan al dependentismo. Y aquí habría que hablar de un asunto que va asumiendo un lugar central en el libro: el problema de la democracia.

     La democracia sería en realidad el índice de un problema general de las teorías de la dependencia, de una suerte de falla constitutiva: su paso apresurado por los problemas de teoría política. El lugar del Estado, el problema de la densidad nacional, los dilemas en torno de los regímenes políticos y, en ese marco, la pregunta por una forma fuerte de democracia, son todos elementos tratados con relativa superficialidad desde los dependentismos. Estos estarían, entonces, atados a una tendencia economicista que no se detiene en la trama política que la propia dependencia supone, y que no sería necesariamente reductible a la dimensión económica de la misma. ¿Por qué sucede esto? Aquí podría sugerirse, a partir de los modos en que este libro nos narra la historia de los horizontes teóricos latinoamericanos, que las teorías de la dependencia son, finalmente, teorías de la revolución, teorías de momentos de ofensiva (con la ¿paradójica? excepción de Cardoso & Faletto, cuyo libro es al mismo tiempo el menos revolucionario de los dependentistas, y el más sensible a los problemas específicamente políticos). Pareciera entonces que allí la revolución funciona como una clave de simplificación de la complejidad política, como modo relativamente ágil de conjurar los fantasmas que de los dilemas políticos pudieran surgir. En términos generales, al menos en las tradiciones de izquierdas, los tiempos de ofensiva revolucionaria no son tiempos de teorías políticas, ellas surgen más bien bajo la sombra de la derrota: así sucede con Marx y sus reflexiones luego de las derrotas del 48, con el Gramsci encarcelado, y también con nuestros latinoamericanos del exilio mexicano de fines de los años setenta. La teoría política podría asociarse, entonces, a la interrupción de esa imagen ascendente que la revolución ofrece: la teoría política aparece para comprender qué es lo que se interpuso en esa victoria que parecía inevitable. “¿Por qué el diablo metió la cola?”, como se preguntaba Gramsci con esa expresión que José Aricó hizo célebre en nuestras tierras.  

     Decíamos entonces que el libro va ordenando esas ausencias o fallas alrededor del problema de la democracia, y allí es donde comienza a abandonar el tono espectral: atender el problema de la democracia es un modo de poner al diablo de nuestro lado o, para decirlo de otro modo, de salir del tono melancólico y pasar a un tono reconstructivo (mucho más que deconstructivo, como podría sugerir el título). Esto es así porque opera a partir de una suerte de mosaico de tiempos desajustados, dándole una sugerente vuelta a la vieja narrativa de las “fases” de las ciencias sociales latinoamericanas (las llamadas “tres D”: desarrollo, dependencia, democracia). El trabajo más agudo del libro, en este punto, está en el señalamiento de una suerte de mutua exclusión entre dependencia y democracia: cuando se pensó la dependencia, no se pensó la democracia, por todo lo antes dicho; luego, cuando llegó el turno de la democracia, ya no se pensaba la dependencia. Ahora bien, esto no es efecto del mero transcurrir de modas académicas, sino que lo que opera de fondo es otra “D”, acaso más poderosa: la derrota, esto es, la declinación del ciclo de luchas políticas que habían atravesado la región al menos desde la Revolución Cubana del 59. Ahogadas en sangre esas luchas, la derrota configuraría un tipo de discusión débil (¿será esa otra “D” a tener en cuenta?) en torno de la democracia: procedimental, acechada, finalmente compatible con una relación de fuerzas que animaba el potente despliegue de una ofensiva de las clases dominantes en la región. Se entiende por qué esa democracia no pensaba la dependencia (ni la revolución), sino que convivía amargamente con ella.

     Vamos al presente: aún en su revisión de una discusión del pasado, el libro está claramente inspirado por preguntas colocadas por el ciclo político progresista de los últimos veinte años en la región. O, mejor dicho, por preguntas que de algún modo fueron insuficientemente formuladas en ese ciclo. Que tuvo, diríamos, más teoría política que económica. El Estado, la democracia, los movimientos sociales, la acción colectiva, todos grandes problemas de los textos de nuestra época. La dependencia, bastante menos, y de hecho se suele coincidir en que la faceta económica ha sido la más débil en el intenso proceso de integración regional progresista que vivimos al menos hasta las desgraciadas muertes de Hugo Chávez y Néstor Kirchner. Allí está el “reclamo” del libro: es precisa la presencia de las teorías de la dependencia, no solo sus ecos, asedios o espectros, las necesitamos a ellas como tales. Claro que no iguales a sí mismas, sino justamente interrogadas y renovadas por la cuestión democrática.

     En una entrevista reciente, brindada a la revista Crisis, Álvaro García Linera afirmaba: “La hipótesis es que está llegando un tiempo en el que los portadores de esta hegemonía cansada sienten que la democracia es un estorbo y, paradójicamente, a medida que se ha ido vaciando la democracia representativa de las herramientas de legitimación del proyecto neoliberal, las posibilidades de transformación social y emancipación han ido absorbiendo a la democracia como una de sus herramientas, de sus sedimentos y de sus prejuicios inevitables, de su sentido común”. Partamos de un acuerdo: la derecha abandonó el pacto democrático, ha probado sobradamente, en los últimos años, estar dispuesta a hacer reventar cualquier tipo de normativa democrática si ella permite un atisbo de amenaza a los intereses de las clases dominantes, esos mismos sobre los cuales reposaban las débiles democracias del pacto de los años ochenta. García Linera hace también de la necesidad virtud: parafraseando a Cooke diría “en América Latina los demócratas somos nosotros”. Los procesos de cambio habrían “aprendido” una lección y en ese sentido habrían “absorbido” la democracia como uno de sus elementos fundantes, “internalizando” de ese modo la derrota de los procesos revolucionarios y sublimándola en una suerte de reinvención democrática. Quizá haya un ligero exceso de optimismo en esta formulación, porque la democracia sigue funcionando como una palabra casi mágica, capaz de resistir con su solidez a las más oscuras fuerzas que están cada vez más convencidas de que es más un estorbo que otra cosa. En cualquier caso, a las hipótesis clásicas de la revolución -aquellas que acompañaban el momento dependentista “clásico”- tampoco parece fácil volver. Y, en otra de las opciones que (no) ofrece el drama de esta época, volver a invitar a las derechas a firmar el pacto democrático (como a veces parece querer hacer, con nobleza y debilidad alfonsinista, Alberto Fernández) parece una iniciativa que no hace más que condenarnos a la repetición.

     Dilemas difíciles para una época que también lo es. Este libro, decíamos, es importante porque deja planteadas al menos dos sugerencias muy importantes para afrontarlos. La primera: que la cuestión democrática es fundamental para pensar en la actualidad una política emancipatoria. Y lo es precisamente porque se trata de un terreno que ya no puede darse por sentado, sino que debe ser construido o incluso conquistado, si no se quiere volver sobre viejas nociones débiles, y finalmente impotentes, de democracia. La segunda: que, para eludir una noción débil de democracia, las contribuciones de las teorías de la dependencia, asentadas en la potencia de tiempos y proyectos de teorías fuertes, son imprescindibles. 

MARTÍN CORTÉS

Es profesor en la UBA e investigador del Conicet y de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Investiga temas de teoría política y marxismo latinoamericano.

La organización permanente, de Selci

POLÍTICA

NICOLÁS VILELA


La organización permanente (2020)
de Damián Selci

tapa selci

El nacimiento de la razón militante*

1.  En su primer ensayo, Teoría de la militancia (2018), Damián Selci había descubierto un tema que increíblemente no estaba presente en ningún libro considerable de teoría política. La militancia constituye el actor político fundamental a lo largo de la historia y sin embargo nadie le había dado el volumen que se merecía. Hay publicaciones documentales con testimonios de militantes; hay, también, libros de análisis político sobre militancia escritos por no militantes. La novedad de Teoría de la militancia es que su autor es un militante político, por lo que –lo veremos más adelante- teoría y práctica representan un continuo de experiencia indistinguible. Asistimos a un género nuevo. Con este libro, Selci se convirtió en una suerte de “fundador de discursividad” en el sentido de Foucault; hoy es imposible referirse a la palabra “militancia” sin aludir a lo que escribió Selci. El único precedente en nuestro idioma es John William Cooke, que dejó sentadas algunas bases sobre la forma de subjetivación que implica la militancia, y que consideró al militante como identidad e interlocutor principal ya desde el título de uno de sus textos más célebres (Apuntes para la militancia). 

 

2. En La organización permanente no se trata únicamente de que la militancia sea un tema o una figura sino de que representa un campo teórico, un sistema, un punto de vista. Lo que se funda en este libro es el pensamiento de la militancia como disciplina. La palabra disciplina asume una doble acepción: por un lado, designa un campo teórico; por otro, refiere al ejercicio práctico de una conducta. Si La organización permanente funda una disciplina política (en el primer sentido) es porque antes hubo práctica disciplinada (en el segundo sentido). Como escribe Selci en el prólogo, se trata de la puesta en teoría de una experiencia de militancia orgánica, desplegada con un conjunto de compañeros/as en la localidad de Hurlingham. Los problemas que trata el libro están asociados o surgen directamente de esa práctica. Antes de su publicación no estaban sistematizadas las cosas que pasan cuando la militancia piensa, discute, evalúa, planifica. ¿Dónde estaba registrada la síntesis de una reunión de responsables políticos desarrollando metodologías de aproximación al territorio? La militancia piensa todo el tiempo, nos dice Selci, además de hacer, o mientras hace. Así nace la razón militante, que discute con el reparto de tareas que dice que habría por un lado ideólogos o intelectuales que piensan teorías y luego militantes o activistas que las ponen en práctica. La militancia es un continuo de teoría y práctica, y por eso puede observarse bajo la figura de la Banda de Moebius, una superficie bidimensional en la que no diferenciamos qué viene primero y qué viene después, qué es causa y qué es efecto.

 

3. Retrospectivamente, da la impresión de que Teoría de la militancia ya estaba preparando las condiciones para este nacimiento de la razón militante. Todo estaba insinuado en el título. De la militancia puede leerse en el doble sentido de que es una teoría que toma a la militancia en tanto tema, que “trata sobre la militancia”, y también  de que es una teoría que tiene a la militancia en el lugar de enunciador, una teoría “pensada por la militancia”. La palabra francesa sujet incluye precisamente ambas acepciones. Lo sugestivo de esta lógica es que “dondequiera que estén los problemas” (teoría o práctica), allí está la militancia. Toda crítica es una autocrítica. Una vez despejado esto, queda claro que los cuatro conceptos fundamentales que Selci difunde en La organización permanente están directamente relacionados con la praxis militante: insustancia, responsabilidad absoluta, irrelación antagónica, organización. Son formas muy sofisticadas de responder a preguntas que surgen de la experiencia cotidiana. En una época como la nuestra, signada por la falta de fundamento, por la insustancia… ¿cómo se puede pensar una utopía que contagie a otros? El concepto de responsabilidad se ocupa de esta cuestión: la militancia se hace cargo no solamente de la responsabilidad propia por los asuntos públicos sino del encuadramiento de los otros, a los que se suma para ampliar el campo de responsabilidad. A fines de 2015, el kirchnerismo había dejado picando este desafío en los territorios militantes: si lo que se construyó en términos de políticas públicas y derechos reconocidos no siempre se tradujo en mayores niveles de politización, entonces la responsabilidad por la responsabilidad del otro aparece como una forma de resolver la presunción de inocencia de aquel que se percibe inmunizado respecto de la cosa pública. Lo que Selci llama irrelación antagónica puede explicar por qué ese pasaje de una situación (mayores derechos) a otra (politización) no es necesario ni obligatorio, aunque sí es posible y deseable, y esto queda a cargo de la militancia organizada. La organización persigue el objetivo de encuadrar la responsabilidad del otro, organizarse junto con él y conducirlo políticamente.

 

4. La insustancia es el éter en que nos movemos luego de la caída de la metafísica. Ya no hay garantías predeterminadas por un Dios, por la Historia, por la Razón universal o por la vanguardia del proletariado. Todo puede ser de una manera u otra. Lo importante es saber cómo organizar la irrelación antagónica que nos constituye. Fredéric Lordon denomina “condición anárquica” a esta pregunta de cómo se sostiene una sociedad que no sostiene nada. El posestructuralismo y el posmarxismo habían advertido los límites y peligros de todo cierre totalizador, declarado lógicamente imposible. Pero esa advertencia no pudo traducirse, como en la época de la metafísica, en proyectos políticos comunitarios. La apuesta del libro es muy arriesgada porque involucra tomar las cosas precisamente en este punto y colocar a la militancia en el lugar del imposible: interiorizarlo, encarnarlo, asumirlo, hacerse responsable de la anarquía sin fundamento del mundo. La enorme sensación de libertad y de entusiasmo que emana de las líneas de este libro proviene de haberse liberado tanto de la nostalgia de los metafísicos por las temporadas inmunizantes del fundamento como de la inoperancia práctica de los posestructuralistas. El libro tiene la épica de lo fundacional: al haber descubierto un campo de pensamiento, todo se puede leer, hacer, pensar de otra manera. Con esto, La organización permanente plantea una propuesta concreta al problema práctico que implica la necesidad de conmover, de construir una idea fuerte que movilice afectos. Lo que descubre y libera este libro es que todo es posible; si no hay nada predeterminado veámoslo no como una pérdida sino como una oportunidad. 

 

5. Hay un rasgo personal de Damián que es evidente en este libro. Cuando habla, Damián tiene algunos giros muy divertidos como “vos lo que tenés que pensar es” o “pensá esto”. Y desarrolla ideas fuertes con una determinación impactante, bajo un gran imperativo de persuasión. Pero a la vez no hay nadie más interesado en escuchar al otro, incorporar nuevos conocimientos a partir de una conversación, estar abierto a lo nuevo y lo desconocido. En una entrevista Damián dijo que era dogmático para escribir y flexible para leer. Se puede traducir así: dogmático para decir, flexible para escuchar. Sólo alguien con esa confianza en lo que está haciendo pero al mismo tiempo con un nivel muy alto de curiosidad intelectual y afectiva puede fundar un campo de pensamiento, un punto de vista que entusiasme a otros. La idea de responsabilidad absoluta es la que mejor encarna ese afirmacionismo exagerado y persuasivo, a la vez que disponible y abierto al otro. La jurisdicción de lo que un militante puede hacer se amplía tanto que todos son, o pueden ser, su tema (su campo de batalla) si está dispuesto a hacerse cargo de la cantidad de otros que sea necesaria. En la práctica militante se visibiliza esa lógica: en la medida en que uno decide que un tema que ocurre en el ambiente (en la calle, en la fábrica, en una institución) es su tema, toma jurisdicción y responde por él. Para eso tiene que conocerlo y comprenderlo. Lo que desarrolla La organización permanente son justamente las consecuencias de haberse hecho cargo de ese tipo de situaciones ante las cuales otras partes de la sociedad se reclaman inocentes. Los politólogos y los sociólogos se la pasan buscando “el sujeto político” y Selci les dice, a ellos y a todos: el sujeto sos vos. Todos pueden militar. La militancia es una antropotécnica, una autocreación a partir del fracaso de la búsqueda sociológica y la distancia crítica. 

 

6. El carácter “no individual” de la militancia como forma de vida, según leemos en La organización permanente, no remite sólo a la dimensión colectiva de la política sino, más drásticamente, a la convicción de que hay militancia porque hay otro, que lo que hace la militancia es asumir la responsabilidad por la responsabilidad del otro. Es decir: se trata de pensar la vida como organización política, más allá del compromiso individual, más allá de la participación personal. Se busca la comunidad militante-organizada. En este punto emerge una irresistible circularidad: la idea de comunidad militante es el principio regulador de la comunidad militante. Lo que comparten los que comparten la comunidad es precisamente esta nada impropia. No hay fundamento de una comunidad más que la responsabilidad por organizarse en común sin fundamento. Si la comunidad organizada no tiene otro objeto que ella misma, el acto de encuadramiento o de conducción no significa que se tome al otro como un medio (“los usan”) sino precisamente como un fin en sí mismo. “La Patria es el otro” quiere decir que el otro es punto de partida y de llegada para la militancia política. 

 

7. La fundación de la razón militante es posible porque existió el kirchnerismo. Si el saldo intelectual de los dos primeros gobiernos de Perón, donde asomamos al mundo como país soberano, fue la introducción de la cuestión nacional (y de ahí el pensamiento nacional), entonces el saldo intelectual de los gobiernos de Néstor y Cristina, protagonizados por la masiva participación política de la juventud, es la cuestión de la militancia (y de ahí el pensamiento de la militancia). Por lo tanto, La organización permanente no es únicamente una esforzada teoría política para entablar un debate con el pensamiento contemporáneo sino sobre todo la puesta en teoría de una práctica que está probado que funciona. Hablamos de la experiencia del kirchnerismo durante 12 años. También de la certeza de que si Cristina pudo no ir presa durante el macrismo es porque hubo militancia y organización popular. El hecho mismo de que Damián sea Presidente del Concejo deliberante de Hurlingham debería verse como la verificación de que el pensamiento de la militancia es una disciplina que trata sobre la toma del poder, la construcción política a partir de ese poder y los objetivos utópicos a partir de esa construcción. 

 

8. En la era de la insustancia, y especialmente en un contexto de nihilismo e individualismo bastante generalizado, de obsesión por la seguridad personal, la identidad y la propiedad, este libro nos vincula con una idea de trascendencia, que tiene que ver con lo común, lo no apropiable, lo que podemos compartir todos si estamos juntos pensando en función de la primacía del otro. Hay una diferencia entre la verdadera vida y la mera existencia, que Selci menciona en el libro a propósito de Badiou: “Existir es el mero tener lugar, pero vivir es incorporarse al proceso de una verdad”. Se abre así la posibilidad de una religión profana, comunal y altamente organizada. ¿Pará que queremos vivir, organizarnos, estar juntos? Una frase del filósofo alemán Peter Sloterdijk está a la altura del titánico desafío propuesto por La organización permanente: “Quien quiera suprimir el fondo último de la mala privacidad de la existencia humana tendrá que acabar con el aprisionamiento del individuo en su pequeña porción de vida. En su lugar habría que poner una ‘obra común’ renovada. Sólo gente inmortal podrá formar la verdadera comuna, mientras que en los mortales lo que siempre domina es el pánico de la autoconservación”.

 

* Una versión de este texto fue leída en la presentación de La organización permanente el 4 de diciembre de 2020.

NICOLÁS VILELA

Es docente de Literatura y Secretario General de la Universidad Nacional de Hurlingham.

Yo la quise, de Giglio

NOVELA

ENZO MENESTRINA


Yo la quise (2020)
de Josefina Giglio

yo la quise

Piglia, ¿una estrella fugaz en el firmamento intrincado de la memoria?

     Durante los últimos años se han escrito varias novelas sobre la denominada “segunda generación”. Incluso, hoy se puede hablar del corpus narrativo de HIJOS como aquel conjunto de obras que vienen a recuperar desde diferentes ópticas las voces inquietantes del pasado y la lucha de los hijos e hijas por la memoria, la verdad y la justicia. La primera novela de Josefina Giglio, Yo la quise, podría incluirse dentro de esta genealogía por su contenido y los retazos autobiográficos que condensa. Pero detrás de ese arte dramático, de esa escritura tan pulida y perfecta se esconde una voz y una historia. Un “secreto” familiar del romance de su madre desaparecida con el escritor Ricardo Piglia y que Josefina –en su novela– logra descifrar y develar sin tapujos. La polifonía de voces, la arquitectura del espacio, los paseos por La Plata o la depuración de la mirada son tan solo buenas estrategias para poder contar realmente lo que aparece como telón de fondo: la historia que enuncia aquel que dice “yo”, el narrador-escritor que aparece al principio, el que accede a darle la voz a “ella”, a “la nena” o a la vecina pero que luego retoma su lugar en el firmamento intrincado de la memoria para colocarle el broche de oro al relato.

     De la lectura atenta de los Diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia, Josefina obtiene una pista sobre su madre desaparecida: el autor habla de su piel, la recuerda como amante. Nunca pudieron hablarlo personalmente aunque el dato fue confirmado por el escritor en un intercambio de mails. Piglia murió antes de poder dar más detalles. Josefina, con los fragmentos de memoria propia y los de ese “otro” construye un libro de voces que hace honor a la cita de Semprún que lo abre: 

 

“Contar bien significa de manera que sea escuchado.

No lo conseguiremos sin algo de artificio.

¡El artificio suficiente para que se vuelva arte!”

(Jorge Semprún, La escritura o la vida)

 

     Semprún esperó más de cuarenta años para componer su libro –La escritura o la vida– sobre su experiencia en el campo de concentración de Buchenwald. Un libro en el que cuenta lo que vivió pero también reflexiona sobre la memoria y sobre una pregunta pertinente: ¿cómo se cuentan los hechos aberrantes de la historia? Pero el dato principal de la elección de este libro como epígrafe se encuentra en cómo está escrito: los procedimientos elegidos con cuidado, el modo de componer, las estrategias que buscan con precisión conseguir un determinado efecto en quien lee, hacen de ese libro una obra de arte cuyas pinceladas saturan lo real.

     Del mismo modo, Giglio logra en esta novela recuperar el cuerpo de su madre a través de la escritura. Su propósito no se trata de testimoniar lo ya dicho sino de subsanar y llenar los vacíos de memoria para transitar sin dificultades los escabrosos rincones del pasado. En efecto, hace de su historia familiar un artificio, una pincelada de vida, una ficción. Giglio no es una hija que tiene una historia que contar a modo de catarsis, para alivianar una carga, para compartir el peso de un dolor que es social pero que la sociedad negadora en la que vivimos convirtió en una suerte de tragedia personal. Ella, ante todo, es una lectora. Una escritora que ha leído desde siempre y que ha leído bien. Es un libro donde todas las lecturas se condensan y producen una obra nueva. Por eso, que ella sea hija de desaparecidos, que esta ficción esté hecha con materiales autobiográficos, parece ser lo menos relevante pero a la vez no lo es.

     Hay una historia que está en los diarios y en los documentos que cuenta que en la noche del 5 de diciembre de 1977, Josefina Giglio y su hermano Francisco -que en ese momento tenían siete y un año de edad-, estaban en un departamento de la calle Freire, en Belgrano, junto a su mamá y una pareja amiga. Sus  padres desaparecidos fueron –y siguen siendo- Virginia Isabel Cazalás (Vibel) y Carlos Alberto Giglio militantes del PCML (Partido Comunista Marxista Leninista) el cual se separaba de la línea comunista y se acercaba más al maoísmo. Su padre desaparece el 19/05/1976, su madre posteriormente, entre el 05/12/1977 y el 07/12/1977.

     Desde 1975 vivían en la clandestinidad y con otros nombres por la militancia de sus padres. Luego de la cena, esa noche calurosa policías de uniforme irrumpieron en la casa y se llevaron a los mayores, dejando a los hermanitos junto a una vecina a quien no conocían y que se lamentaba en voz alta: “¿Qué voy a hacer con estos chicos?”. La nena estaba vestida apenas con la bombachita que tenía puesta en casa y su madre con un camisón que no le permitieron cambiarse. Francisco Giglio, en la canción “Camisón de flores”, compuesta en memoria a su madre, recrea sutilmente esta escena. 

     No obstante, lo que particularmente llama la atención en esta novela de Josefina más allá de la historia de un secuestro es la aparición de un escritor, de un gran escritor, que franqueó inesperadamente la puerta del relato. Ricardo Piglia conoció a Vibel, estuvo cerca durante el tiempo en que ella estudiaba en La Plata. Fueron compañeros en la universidad y amantes en la intimidad. De esto Josefina había escuchado hablar entre los amigos de su madre pero creía conveniente indagar al respecto sobre ese rumor para sacar a flote varios recuerdos. Primero, logra contactar a la vecina que los protegió. Luego, surgieron los intercambios con Piglia vía mail que confirmaban dicho romance. 

     Dijo alguna vez el escritor en una entrevista que le hizo Pablo Gianera para La Nación a propósito de sus Diarios: “Recordé a una muchacha maravillosa con la que podría haber vivido muchos años. Y yo me fui con otra chica, por otro lado. Y pensé para mí: ¡qué tonto fuiste! Al leer lo que ella me decía me di cuenta de que era un ciego”. La mujer que dejó de ver a su madre por la fuerza una noche de diciembre de 1977 creyó leer en las palabras de Piglia una revelación y se comunicó por mail con el escritor, quien le respondió con un relato breve que encendió la posibilidad de que Vibel fuera la protagonista de una ficción. Tanto el título de la novela como las imágenes recurrentes –mixturadas con recuerdos– han sido posibles gracias a la breve respuesta de Piglia a Giglio (transcripta al final del libro) en cuyas líneas el escritor afirma “Yo la quise” y a la vez confirma “tuvimos una amistad intensa y una relación fugaz (…) ha permanecido en mi recuerdo con mucha nitidez la primera noche que estuvimos juntos en la pieza de la pensión donde yo vivía en aquel tiempo” (141). Esas imágenes, esos retazos de memoria de otros, le han permitido a Josefina plasmar por escrito –y a la vez recuperar– una figura materna desconocida, distinta, ajena. Una Vibel pasional, alegre, con aire joven y valiente. La madre guerrera que siempre quiso construir.

     “Veo cómo se recortan los edificios en la línea del horizonte y pienso en bajar pero qué fiaca…” comienza enunciando ese “yo”. Escritor, catedrático, gran entusiasta. A medida que avanza el relato esa voz se va llenando de características, de calificativos, cobra identidad. Basada en la recuperación de una voz posible de Ricardo Piglia, rescatada de una lectura minuciosa de los tres tomos de sus Diarios de Emilio Renzi. Es la voz de un escritor maduro, que recuerda y padece esa nostalgia de lo que no fue, de lo que se perdió vivir: “siempre queda la posibilidad de retomar el hilo, de volver a contar lo que veníamos contando aunque ya no seamos eso ni sepamos cómo termina el cuento. Tengo una buena historia pero me falta ella. Me falta su olor, el vestido que mejor le queda, me falta el tono de su voz cuando pide por favor (¿pide por favor?) que le alcance el pan o la sal en la mesa” (17). Ese “yo” intenta enhebrar la aguja, encastrar las imágenes superpuestas, llenar los vacíos del decir, las ideas, los fragmentos amorosos, las canciones y los viejos libros que le recuerdan a Vibel, así como también las reflexiones que se incorporan y los cuestionamientos sobre lo ocurrido.

     Piglia no sólo se perdió a una mujer a quien quería sino que en esos intensos años 60 y 70, mientras las organizaciones políticas hervían, se formaban y se fundían en nuevas y más arriesgadas apuestas, él se dedicó a escribir. Y, para peor a escribir, sobre todo, acerca de otros escritores. Vemos a un hombre joven que goza del amor que circulaba con alegría, que vive la politización radicalizada de su generación como un contexto y a un hombre maduro que se ve a sí mismo a veces con pena. Pero la voz no es sólo lo que cuenta. Una voz es una sintaxis, es un vocabulario, un campo semántico. Y este Piglia ficcional es una composición que no tiene un solo descuido. Un narrador que habla de una “cenefa oxidada”, de “piringundines” y de un “chijetazo” de aire helado. Pero también de sus lecturas. Lecturas que son también de la escritora y esa comodidad de poner a hablar a un personaje que en realidad no tiene voz como la escritora, pero que reproduce un idioma que ella comprende perfectamente, hace que esta parte del libro –la voz de él– sea un retrato. En efecto, una estrella fugaz que recuerda con cariño lo sucedido en aquellos años, transita las imágenes sin dificultad pero con miles de interrogantes y reflexiones que se entrecruzan como telón de fondo a medida que recorre las calles de La Plata, los lugares habituales, las sensaciones de un amor repentino. Un “yo” que comienza hablándole a los lectores para contar su historia sobre las noches de lujuria en aquella habitación de una pensión pero que luego ese mismo “yo” se dirige a ella, a ese cuerpo desaparecido del que tan solo tiene el recuerdo de su fragancia y los versos de Rubén Darío o Walt Whitman que le recitaba de memoria.

     Con igual complejidad y pericia, Josefina Giglio reconstruye los gritos de la memoria, no para ponerse en el lugar de los “otros” sino para componer y recuperar una identidad –la de su madre– a partir de los ecos que acometen y acechan al pasado reciente. Así, esta novela transita la voz de un escritor conocido, la de una niña huérfana, la de una vecina testigo y la de los abuelos que no entienden pero protegen. Tal vez la novela de Josefina Giglio sea la puerta de acceso a una nueva generación de hijos e hijas que recuperen el pasado al hacer del mismo un verdadero acontecimiento artístico. Pero esas preguntas y dificultades en el afán de plasmar el pasado en la escritura se entretejen en boca de distintos narradores como estrategia textual: “¿cómo recordar?, ¿cómo escribir y ser fiel al recuerdo? (…) la experiencia está bien, pero no alcanza. No alcanza con haber tenido la experiencia; se necesitan los artificios del arte para que emocione. En estos días los recuerdos vuelven como cascarudos que entran por la ventana en las noches calientes de verano. Entran boleados, pesados, sin rumbo” (49). Sobre la parte más lejana del firmamento intrincado de la memoria es posible divisar una estrella fugaz que vuelve a decir “yo” sigilosamente y se dirige a Vibel. Recuerda muy brevemente la última vez que se encontraron por casualidad en la puerta de un teatro, ese último abrazo, esas simples palabras de afecto y el cruce de miradas repentinas son el final de un rumor familiar que se completa con testimonios tangibles: una fotografía de Vibel y la transcripción de la respuesta de Ricardo Piglia ante las inquietudes de Josefina.

ENZO MENESTRINA

Es tesista del proyecto de investigación: “Violencia, literatura y memoria en el campo literario latinoamericano de las últimas décadas II” bajo la dirección de Teresa Basile. Integrante de los grupos de estudio e investigación: “Memoria y Narración” (Estocolmo) y EdiCMa (Argentina). Fue becario EVC-CIN (2019-2020) con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNLP.

Vamos a la playa, de Blaseotto

NOVELA GRÁFICA / GEOGRAFÍA

MALENA MAZZITELLI MASTRICCHIO


Vamos a la playa (2018)
de Azul Blaseotto

VAmos a la playa tapa

Territorios dibujados. Una historia territorial en la novela gráfica de Azul Blaseotto

     Soy geógrafa, para algunos una rareza; pero, pese a eso, mis títulos de grado y posgrado lo acreditan. Muchos de mis colegas me encierran en categorías un tanto inútiles solo por considerar a los territorios inmateriales como parte de mis objetos de investigación; otros creen que mi trabajo no se enmarca dentro de lo que es la geografía. Acusar: una gran especialidad, como si la geografía se redujera sólo a lo que ellos hacen; en fin, parece que nunca leyeron sobre la lucha de los campos epistemológicos de la que nos habla Bourdieu. Hacer geografía implica –entro otras cosas- poder describir, narrar y dibujar el espacio, ¿cuántos de nosotros llevamos un cuaderno de notas? Ahora bien, ¿describir, narrar y dibujar son sólo patrimonio de la geografía? No, la diferencia radica en que los geógrafos recurrimos a la teoría para analizar esa descripción. Son las teorías las que nos ayudan a leer y acercarnos ontológicamente al espacio: cómo lo nombramos (región, lugar, territorio u otros), cómo explicamos los procesos espaciotemporales, cuestión que varía según la teoría en la que nos apoyemos, porque cuando cambiamos la teoría, modificamos las preguntas y la interpretación de la descripción. 

     Ya hace tiempo se plantea que la geografía es una disciplina visual. Es sabido que los geógrafos y las geógrafas dibujamos para narrar nuestras descripciones. De hecho, ya en el siglo XIX el geógrafo inglés Halford Mackinder advertía el carácter visual de la disciplina. El dibujo más conocido en nuestra asignatura es el mapa. Pero, en su afán de no perder la objetividad científica, algunos geógrafos sólo se basan en cartografías “científicas”, en tanto resultado de largas cuentas matemáticas donde la escala y la proyección son los dos pilares más importantes. Sin embargo, como lo plantea el cuento de Borges o, muchos años antes, Lewis Carroll en Silvia y Bruno, la escala perfecta vuelve al mapa inutilizable. Podemos decir que la inadecuación es intrínseca a la cartografía (Goodman, 1972). ¿Entonces? ¿Los geógrafos somos los únicos que hacemos mapas? ¡Claro que no! Las sociedades tenemos derecho a mapearnos, dice Giselle Gerard.

 

***

 

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     Empecé esta reseña de manera autorreferencial, porque el libro que estoy por reseñar no es un libro de la academia geográfica, no es un libro académico, sino que es una novela y contiene mapas. Muchos dirán: las ciencias sociales -como la geografía- deberían incluir a las novelas como parte de su formación, y sí, deberían. Este libro, además de no ser académico, es una novela gráfica (sí, tiene imágenes y muchas). 

     Vamos a la playa es una novela gráfica realizada por la artista visual Azul Blaseotto publicado en 2018 por la editorial Tren en movimiento. El libro llamó mi atención por la cartografía que la artista incluyó, inadecuada, pero ¿existe alguna cartografía que no lo sea?

     Empero, elijo reseñarlo por otros dos motivos: el primero porque intento enmarcar mi trabajo geográfico dentro la corriente de pensamiento que se llama “Cultura Visual”. Trabajar con imágenes del espacio geográfico (cartografías, fotografías, por ejemplo) implica no usarlas como ilustraciones, implica no dejarlas subordinadas al texto. Yo había leído sobre esa exigencia, pero nunca había leído una novela gráfica: lugar donde imagen y texto son entrelazados para relatar una historia. El segundo motivo es que el libro de Azul es una novela sobre la historia territorial de la provincia Buenos Aires.

     Berger comienza su libro afirmando que “dibujar es descubrir” y efectivamente el dibujo de Azul muestra un acto de descubrimiento. Descubre la espacialidad bonaerense: ese conjunto de prácticas simbólicas y materiales desplegadas por las sociedades a lo largo del tiempo para apropiarse de un espacio. Relata y reconstruye la historia territorial de la provincia de Buenos Aires con la palabra y con la imagen. El libro narra la multiplicidad, la diversidad y la desigualdad de las prácticas sociales que se conjugan para construir el espacio geográfico: la conquista de la Pampa; la política de Juárez Celman y sus consecuencias para la clase obrera argentina… Historia territorial que permanece, hasta nuestros días, objetivada en el espacio. 

     La manera en que entrelaza texto e imagen dan por resultado un recorrido que no desorienta al lector; la palabra relata una historia que no se comprende sin las imágenes, y a la inversa; al mirar las imágenes la palabra vuelve a orientar al lector en la trama de la historia-territorial. Imagen y texto se complementan, no hay jerarquía: ambas conforman el entrelazamiento de la novela. Para mí fue como entender empíricamente las palabras tantas veces abstractas de la bibliografía.

     La novela comienza con un recorrido en tren, aparentemente lineal, desde la estación de Constitución hasta la ciudad de Dolores. Durante el recorrido es posible reconstruir la geografía bonaerense como si mirásemos por la ventana: la pampa verde y amarilla. Una geografía que no se limita al espacio físico, sino que Azul (re)construye ese espacio histórico, político y contradictorio del que tanto nos gusta hablar a los geógrafos. En esa reconstrucción pone en evidencia la investigación que llevó adelante: desde la historia de los ferrocarriles en la Argentina hasta el reparto de tierras entre las principales familias de terratenientes. Recurre a informantes claves, baqueanos, aquellos que conocen su lugar, aunque el lugar sea el vagón de un tren en constante movimiento (como el personaje de Raúl, que relata en primera persona su propia espacialidad). Azul dibuja mapas que amojonan el relato al territorio bonaerense: los topónimos, la Ruta 2 y el recorrido del ferrocarril, la sorpresa de superponer corredores. 

     Sin olvidarnos que se trata de una ficción, el libro es un relato del espacio vivido, y esto se hace más evidente en la experiencia espacial que los personajes tienen en la ciudad de Dolores. Esa sensación de no ser bienvenidos es remarcada por los dibujos de los habitantes. Imagen y palabra se compensan para hacer sentir al lector la misma hostilidad. Lo interesante es la explicación que el relato ofrece para entender ese malestar de la ciudad ante la presencia de extraños. Lejos de naturalizar las actitudes sociales (o de caer en ese viejo determinismo ambiental), la autora busca una explicación que es socioterritorial, incluso puede leer los silencios de los mapas para dar esa explicación; y visibiliza ese silencio en su cartografía: los amojona en el espacio del libro, en la vista del lector, y en el territorio de la provincia de Buenos Aires. 

     El libro recupera las rugosidades del territorio bonaerense, esas marcas que la historia dejó en el espacio: fábricas, estaciones, boletos de trenes, árboles que explican la historia de un pueblo y de un soñador. 

     Vamos a la playa es un relato de la historia territorial de una parte de la provincia; indispensable para aquellos que veraneamos en sus costas y que nos quejamos del viento y del agua fría pero que siempre nos maravillamos con la inmensidad del mar. El libro, ficción o no, es un atravesar en el tiempo y en el espacio. Muestra que el espacio es vivido, es un proceso histórico y no solo un escenario inerte. Azul nos permite conocer una parte de la historia que conformó nuestras playas.

     Para terminar, me gustaría recuperar un diálogo de los protagonistas:

¿Qué haces?

Dibujo para no olvidarme.

     Acaso, ¿los y las geógrafas no dibujamos nuestras descripciones para no olvidamos? Azul sabe, como dice Rosana Uber, que no se puede llevar el campo al gabinete. Tenemos que confiar en el registro, pero no quiero dejar de preguntarme ¿cuán fiel puede ser la memoria ante un dibujo? Incluso la del mismo dibujante. Los recuerdos, ¿no nos cambian con el tiempo?

MALENA MAZZITELLI MASTRICCHIO

Es doctora en Geografía e investigadora de CONICET. Estudia temas de historia y epistemología de la cartografía y el territorio en el Grupo de Cartografía e Historia Territorial (CeHiT) del HITEPAC-UNLP y en la Universidad de Buenos Aires (CNT-FyL). Es adjunta de cartografía de la FyL- UBA y JTP en Geografía Humana FaHCE-UNLP.

Clics modernos, de Charly García

MÚSICA

HERNÁN CANEVA


Clics modernos (1983)
de Charly García

Clics Modernos

Algunas huellas ya son piel

     La experiencia de escuchar un álbum de música completo debería ser revalorizada. Si bien actualmente existen plataformas digitales que nos brindan acceso a materiales enteros, la lógica del fragmento parece haberle ganado la pulseada a la de la obra como totalidad. No sé si esto es bueno o es malo, porque en definitiva una canción puede ser la parte y a la vez el todo. Asimismo, es cierto que en general accedemos a los discos de manera algo azarosa y casi siempre a partir de una canción. 

     Si cabe una reflexión, el carácter “accidental” o aleatorio del arribo a los consumos culturales podríamos debatirlo un buen rato, habida cuenta que en la actualidad las plataformas digitales nos “bombardean” con aquello que –mediante ingeniosos algoritmos- han advertido y calculado que nos gusta. Pienso que esta lógica nos está empujando –voluntaria o involuntariamente- a ser expertas/os en aquello que se supone nos interesa/nos agrada, por lo que el acceso a lo diverso o a lo que “no nos gusta” se encuentra –curiosamente- más limitado. 

     Repasar la obra musical de Charly García es una buena forma de entender que no todo es positividad, no todo es alegría, no todo es “yo puedo” y no todo es “me gusta”. Al contrario, implica transitar la luz y la sombra, el placer y el dolor, lo consonante y lo disonante, como parte de una misma experiencia sensitiva y cognitiva. Se trata de una obra que contiene una pulsión de vida y una pulsión de muerte, que hace un culto de lo bello y de la virtud, pero también pone de manifiesto el disparate y el equívoco como una forma de contraponerse a una sociedad somnolienta. 

     Cada disco de Charly lleva implícito un mensaje verbal y no verbal (la mayoría de las veces, incomprendido en su época). El material del que les voy a hablar es expresión de un momento de mucha vitalidad y sensualidad. Ahora bien, creo que toda apreciación estética y musical exige situar al ojo que mira y al oído que escucha. Por eso, me gustaría comenzar este comentario situándome a mí mismo frente al disco, para reponer algunas conexiones o “entradas” personales a la obra. 

 

     Pequeñas anécdotas sobre Clics modernos

     Mi primera entrada a Clics Modernos tuvo algo de aleatorio o “accidental”. Aquel acceso fue en el barrio de Tolosa (Ciudad de La Plata), cuando yo tenía inciertos 17 años de edad. En esa época de mi vida –quizás, algo gris- acercarme a la música fue ciertamente un “cable a tierra”. Recuerdo a Pablo, mi profesor de piano por aquel entonces, ejecutando los acordes del tema Los dinosaurios en su mágico sintetizador Kurtzweil Sp88, un aparato que tiene su propia historia dentro del rock nacional. 

     De esa secuencia, me recuerdo regresando muy velozmente en bicicleta a mi casa con los acordes garabateados en un papel, memorizando la imagen de Pablo desplegándose en la introducción de la canción, con premura por llegar a mi cuarto a ensayar. Mientras yo practicaba la canción, mi abuela Aída me interrumpía gratamente con sus mates de jarrito de metal (con una pizca de café y azúcar) para darme el necesario plus de energía o simplemente para estar cerca de mi. Sin siquiera saber que “Los dinosaurios” era el corazón de Clics, yo tenía la certeza de que nunca dejaría de sentarme a tocar el piano y cantar. En definitiva, el primer contacto con el disco fue a través de una canción.  

     El segundo acceso al Clics fue dos años después, en 2007, cuando yo era estudiante de la carrera de Sociología de la Universidad Nacional de La Plata. Santiago, un entrañable compañero y amigo con quien transité la carrera, me invitó a casa de su familia a mirar un recital de Charly García, que habían alquilado en formato DVD. Esa tertulia familiar me acercó por primera vez a la mítica presentación de Clics Modernos en el estadio Luna Park, recital que se realizó en diciembre de 1983. Lo primero que sentí, al mirar el recital, fue el deseo de estar allí con el público. 

     El escenario estaba cubierto de oscuridad, una oscuridad que hacía destacar la luz que salía de un pequeño velador que Charly tenía montado sobre la caja de su piano eléctrico y que prendía y apagaba a su antojo. Como si fuera una charla de diván, García le hablaba al público entre canción y canción, sorprendiendo a todas/os con semejante contraste entre la penumbra y la energética vitalidad de la música que brotaba de sus dedos. Mientras comíamos milanesas con puré y tomábamos vino tinto, me fascinaba por la performance de Charly y del grupo (cabe recordar que allí estaban, entre otras/os, Fabiana Cantilo y un jovencísimo Fito Páez). Había un impulso vital emergiendo de aquella oscuridad fabricada, una manifestación artística que ponía sonido y cuerpo a la libertad como búsqueda y expresión humana. 

     Recapitulando, el segundo contacto con el disco no fue con el disco en mis manos, sino por medio de la presentación en el Luna. 

     Durante los años posteriores accedí al disco completo. Escuché una y otra vez ese mensaje del futuro con dejos melancólicos que es Clics modernos. A decir verdad, muchas veces escuché el disco completo y otras tantas me ensañé con algunas canciones. El último contacto con el material, el más sistemático –quizás- fue para la ocasión de esta parrafada que aquí les traigo. 

 

     Algunas huellas ya son piel. Clics modernos y sus canciones 

      Escribir sobre un disco de música puede sonar contradictorio. En efecto, no hay enunciados escritos –por más sensatos- que sustituyan la experiencia de escuchar, imaginar y viajar a través de la música y de las canciones. Creo, no obstante, que hay en nuestra condición humana una necesidad de registrar lo “indecible”, dejando huellas que protejan del olvido a la experiencia. A través de esas necesarias búsquedas se configura el acervo cultural, imaginario colectivo integrado por rituales, símbolos, sentidos y significados. El acervo cultural, sin dudas, tiene que ver con la “tradición”, pero lejos está de ser materia muerta. La tradición, en lo que respecta a la música, implica dinamismo. “Lo muerto -retomando la expresión de Pierre Bourdieu- se apodera de lo vivo”, por lo que la historia se incrusta en los cuerpos, las subjetividades, las emociones y los pensamientos de las personas. No sé si Charly García leyó al mencionado sociólogo francés cuando dijo que “algunas huellas ya son piel”. 

     Sus discos, como ningún otro vector, documentan el deseo de irrumpir en la escena social y cultural con algo nuevo, aunque siempre mirando un poco hacia atrás. Un cinco de noviembre de 1983, a días del retorno a la democracia en Argentina, se publicó el disco Clics modernos, material que prometía un cambio sonoro y estético para una sociedad que necesitaba descomprimirse un poco, bailar y disfrutar. Un viaje a Nueva York fue punto de inflexión en la gestación de este álbum. Además de componerlo, grabarlo y mezclarlo, en aquella ciudad Charly conoció sonidos, se trajo la máquina de ritmos, algunos sintetizadores, y también algunos “raros peinados nuevos”, estereotipos importados por la globalización que arribaron a nuestro país en aquellos años. En ese mítico viaje a Nueva York, Charly –emulando a Gardel- se enchufó en las venas el dolor del tango y se cargó el espíritu liviano del pop, para conformar así una sonoridad de rigor. Esa sonoridad venía del futuro. Quizás sea por ello que al escuchar el disco da la sensación de que lo actual se vuelve viejo. Si cabe poner un asterisco, Charly siempre estuvo adelantado a su época, lo cual explica por qué la obra necesita del paso del tiempo para revelar su actualidad. 

     Clics modernos está conformado por nueve canciones, entre las que se destacan “Los dinosaurios”, “Nos siguen pegando abajo”, “Bancate ese defecto”, “No soy un extraño” y “Ojos de video tape”. En realidad, todo el material es para destacar, por lo que cualquier selección de hits no es otra cosa que una mera arbitrariedad. 

     La temática del álbum se inserta en la “bisagra” entre “lo que fue y lo que está por venir”. En efecto, algunas canciones como “Los dinosaurios”, “Nos siguen pegando abajo” o “Plateado sobre plateado (huellas en el mar)” hacen referencia al período de la dictadura militar, que estaba finalizando mientras que el disco era grabado. Sin embargo, otras canciones revelan la incorporación de temáticas emergentes en la sociedad de masas, ligadas a la identidad cultural y a la sexualidad, poniendo el foco en la diversidad de expresiones estéticas y en las trampas del sistema (“No soy un extraño”; “Bancate ese defecto”). También aparecen referencias a las transacciones entre la ideología política, la crítica ideológica y la lógica absorbente del mercado capitalista y de la industria musical (“Dos, cero, uno, transas”), de la que Charly era por aquel entonces un eslabón de lujo. 

     A su particular manera, el disco narra los estados emocionales por los que estaba atravesando el autor, dejando claro que la evocación a la modernidad y la necesidad de cambiar no estaba desprovista de una mirada crítica. Vale detenerse en la canción “Nuevos trapos” para comprobar que lo que García entendía por transformación no era un cambio superficial sino algo mucho más profundo. Es decir, que más allá de las transformaciones que traía consigo la globalización, había cosas que se volvían a repetir, como tragedia o como comedia, y que no se debían ignorar. 

     Ahora bien, considero que lo que destaca del álbum no es tanto el componente “crítico” que podemos atribuirle a las letras de las canciones, sino más bien la búsqueda estética como modo de irrumpir en la escena cultural. Es decir, que este disco instaura el concepto de que el sonido puede ser el protagonista de un “hacer disruptivo”, no en el sentido de la crítica político-ideológica, sino en el sentido de proponer una pauta sensorial provocativa en la experiencia de escuchar música. Este quizás, podría ser el hecho político-cultural que instauró Clics modernos en la cultura de masas, en un contexto cuyas tendencias anticipaban la defección de las palabras y de los grandes discursos, hacia formas de transmisión comunicativa centradas en las imágenes, las puestas en escena y los video-clips. 

     Clics modernos dejó sembrada una semilla, que claramente floreció en discos posteriores como Piano Bar (1984), Parte de la religión (1987), Cómo conseguir chicas (1989) y Filosofía barata y zapatos de goma (1990). 

 

     Influencia

     Si el lenguaje es un canal de transmisión de la experiencia humana, la música es un lenguaje para experimentar el silencio. Algunas veces me convenzo de que vivimos rodeados de silencios, y que sólo algunas veces son gratamente interrumpidos. Después de todo, ¿qué sería del silencio sin la música? Si vale la analogía monogámica, ambos son una pareja como tantas otras, con momentos felices, algunas fotos testigo en el living y una casi inevitable perdición. Como cuentan las escenas de los tangos y los boleros, en las que un suceso amoroso impone una nueva temporalidad a las/os involucrados. Si la música es una grata interruptora del silencio, un aroma del tiempo, quizás sea porque trae consigo una invitación a experimentar, a vivir intensamente las cosas que nos pasan. 

     Pienso que Charly García y Clics modernos son esa invitación. Cabe señalar que Charly ocupó de pleno la escena musical nacional, especialmente entre las décadas de 1970 y 1980. Los 90’ darían curso a una historia diferente, en la que la industria del pop fue desechando al artista en reemplazo de “nuevas olas”. Mientras Charly las miraba ya era “parte del mar”, ensayando un estilo contracultural que no encajaba con los tiempos del menemismo, Sábado Bus, la Alianza, la crisis del 2001 y Mambrú. El disco Influencia (2002), es la coronación de ese ciclo contracultural de Charly, y una muy buena excusa para un futuro artículo.

     En todos estos años se dijeron muchas cosas sobre Charly, sobre su estilo de vida, sobre su música, sobre la calidad de sus discos, sobre su decadencia, pero muy difícilmente alguien pueda argumentar que García traicionó su autenticidad. Charly lo dio todo, y más. Se llenó, se vació y se sacrificó por nosotros. Dejó huellas de la experiencia humana. Se hizo piel.

     La historia de este músico (y de su música, sobre todo) ilustra una promesa de autenticidad, esto es, una declaración del “yo” que -más que una ofrenda al narcisismo- se asume como un bastión de lucha frente a un mundo globalizado que aplasta la subjetividad. “Lo auténtico”, en la obra musical y en la biografía de Charly, es algo que persiste pero a la vez transmuta. De hecho, Charly García sugirió en más de una letra –como en “A punto de caer”- que “cambiar es bien, aún sin amor, aún sin creer”. Como garantía de tan onerosa apuesta puso a su propia vida, reflejándose a sí mismo como un pasajero en tránsito perpetuo entre la luz y la sombra: a veces, expresándose como alguien pleno y alegre, y otras, como un sujeto desgarrado. 

     La música -lenguaje del silencio- y los discos –registro sensorial- me acompañan, dejando huellas en la piel, asistiendo ausencias, abriendo íconos hacia el pasado y hacia el futuro. Si algo quiso inspirar Charly, a través de sus discos, es a desamarrar cadenas en nuestra subjetividad.  

     Estoy tranquilo pero herido. Mi cuerpo, como presumo el de buena parte de las/los lectores de esta nota (y debido a la pandemia del Co-vid), se encuentra oculto entre paredes, asediado por angustias, insomnios y algunos paseos vespertinos. Mientras tanto, escuchemos Clics.

HERNÁN CANEVA

Es Licenciado en Sociología de la Universidad Nacional de La Plata. En 2019 defendió su tesis de Doctorado en Ciencias Sociales, titulada “Disputas por el aborto en Argentina. Análisis de discursos en dos organizaciones (2014-2016)”.

Pavarotti, de Ron Howard

CINE / MÚSICA

FEDERICO RAMÍREZ


Pavarotti (2019)
de Ron Howard

pavarotti

Una película, un concierto y un cantante para pensar las formas de mercantilización de la ópera*

     En el sentido común existe una asociación entre el género lírico y las minorías sociales que se presentan como “cultas”. En otras palabras, la ópera es cosa de elites ilustradas, de oligarquías que buscan distinguirse o simplemente de chetxs. Por esa razón, no deja de llamar la atención el vínculo que algunas famosas estrellas del canto lírico establecieron con eventos sumamente populares. Dentro de estos eventos se destacan los deportivos y, paradójicamente, los espectáculos relacionados a lo que, de acuerdo con ese sentido común, sería –por su extraordinaria popularidad– la antítesis de la ópera: el fútbol. Desde la precursora “Barcelona”, la canción que Freddie Mercury grabó con Montserrat Caballé a fines de los 80 y que se volvió el himno no oficial de los Juegos Olímpicos de 1992, lxs cantantes líricxs aprovecharon las numerosas oportunidades que brindaba realizar una performance en acontecimientos que contaban con cientos de miles de espectadorxs alrededor del mundo. La práctica sigue vigente: en la última edición de la Copa Mundial de Fútbol en 2018 la ceremonia de apertura estuvo a cargo de Robbie Williams y la soprano rusa Aida Garifullina.

     Podemos encontrar un punto de inflexión si nos remontamos treinta años, a Roma, a otra competencia futbolística. En la víspera de la final del Mundial de 1990 que disputaron los seleccionados alemán y argentino, tuvo lugar un evento que impactó de lleno en el mundo de la ópera y que marcó el comienzo de esa asociación entre artistas líricxs y espectáculos deportivos. Esa noche, en un escenario montado en las Termas de Caracalla, se presentaron “Los Tres Tenores”. Bajo ese rótulo actuaron, juntos por primera vez, tres de los más importantes cantantes líricos de la segunda mitad del siglo XX: Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras.

     En su película Pavarotti (2019), Ron Howard se suma a los intentos recientes por narrar la historia de grandes estrellas de la ópera. Aunque el cine ha reconocido desde hace tiempo un interés por las celebridades operísticas, tal vez sea el film de Tom Volf centrado en la figura de Maria Callas el primer eslabón en este tipo de propuestas que buscan combinar el género documental con la biopic. La película de Howard, construida a partir de la articulación de un extenso material de archivo (audiovisual, fotográfico y musical) con una serie de entrevistas, pretende relatar la vida de quien fue quizás el cantante de ópera más famoso a nivel mundial de las últimas décadas. La imagen de un Pavarotti sonriente, con los brazos en alto mientras sostiene un pañuelo blanco en una de sus manos, logró surcar el límite que parecía separar a lxs cantantes líricxs del público masivo. Justamente esta es la imagen que Howard escogió para publicitar su film.

      ¿Puede contarse la historia de un artista de la talla de Pavarotti sin caer en el relato de la sucesión de éxitos que le brindaron una fama inigualable? En los primeros minutos de la película el tenor es entrevistado por su segunda esposa, en uno de los tantos videos familiares articulados por Howard. Ante la pregunta de cómo desearía ser recordado, responde aludiendo a su trayectoria artística; cuando se le consulta sobre su vida más allá de la música, “como hombre”, reina el silencio. El film intenta completar esa respuesta. ¿Lo logra? Se podría decir que sí, en algunos momentos, escasos quizás, en los que se trata la relación de Pavarotti con sus hijas, sus vínculos amorosos y su considerable sentido del humor. Pero a lo largo de toda la película resulta imposible escindir al Pavarotti-hombre del Pavarotti-artista. Tal vez esa separación no es posible. No obstante, ¿es esto todo lo que el film tiene para ofrecer?

     Volvamos a aquella noche estival romana. El concierto, en el que se interpretaban arias de ópera junto con canciones napolitanas y fragmentos de musicales, desató un escándalo en el mundo de la lírica. Periodistas, colegas y grandes porciones del público criticaron al conjunto por banalizar la ópera y reducirla a una serie de fragmentos que, cual hit de estrella pop, sólo buscaban llenar de dinero los bolsillos de los cantantes. De este modo, la ópera, ese espectáculo que adquiría un carácter cuasi sagrado para su audiencia, habría sido rebajada al nivel de una mercancía más. Aunque la película no está centrada en esta cuestión, brinda una serie de elementos para poder abordarla. El recital de 1990 representó un hito en la idea de producir conciertos masivos encabezados por estrellas de la lírica. Inauguró una serie de espectáculos que se extendieron geográfica y temporalmente, de los cuales sólo algunos fueron protagonizados por Los Tres Tenores. El propio Pavarotti comenzó poco después, en su Módena natal, a realizar conciertos anuales con fines benéficos que lo reunieron en el escenario con artistas tan disímiles como Sting, Liza Minnelli, U2 y las Spice Girls, entre otrxs. El film dedica varios minutos a la trastienda de estos conciertos de Pavarotti and Friends. Sin embargo, ¿es aquí donde podemos encontrar el origen de la mercantilización de la ópera? ¿O se trataría, más bien, de una nueva forma de mercantilización del género, una mercantilización a partir de su masificación? ¿Detrás de las críticas del público tradicional no se encontraba el rechazo a perder un estatus que le permitía distinguirse como grupo social y hegemonizar un ámbito cultural particular?

     En cierto momento, la película se centra en el éxito que Pavarotti obtuvo en la escena estadounidense a partir de los años 70. Howard nos presenta al tenor brindando una falsa entrevista en la que reflexiona sobre la fama. “¿Quién soy? ¿Alcancé el éxito o soy simplemente famoso?”, se pregunta. Y al instante se responde a sí mismo: “Ni lo sé ni me importa. Tengo tres hijas y una esposa y cuando estoy en casa sé perfectamente quién soy: nada. Un cero a la izquierda. Pero soy feliz”. Lo que hasta entonces parecía ser una muestra de la naturaleza voluble del éxito y de la simpleza un tanto bonachona del cantante cambia completamente de carácter cuando, a continuación, una voz en off afirma: “Hasta un don nadie exitoso usa American Express”. El gestor detrás de esta publicidad había sido el representante de Pavarotti, quien afirmaba que el anuncio fue un éxito porque había colocado al tenor “en todas partes”. Ejemplos como este abundan en el film: la discográfica Decca retando al cantante por no respetar el contrato de exclusividad que los unía e incluso, cuando la carrera de Pavarotti estaba despuntando, el mismo sello calificándolo en uno de sus discos como “el rey de los Do de pecho”. ¿Qué hay detrás de esta concepción del artista como un instrumento técnico que, en este caso en particular, alcanza notas inalcanzables? Pavarotti es despojado de cualquier condición humana, capaz de producir en el público y sentir él mismo cualquier emoción al momento de llevar a cabo una interpretación. El cantante ve reducida su condición y es su voz –en realidad, la capacidad técnica que posee y que parece, ¿paradójicamente?, inhumana– la que debe venderse en el mercado. En definitiva, es esa realización en el mercado la que sostiene una idea de éxito vinculada sólo con lo monetario y en la cual lo técnico deja de ser un vehículo para transmitir emoción, para narrar una historia –la ópera es teatro cantado, pero teatro al fin–, y pasa a constituirse en un fin en sí mismo.

     Las empresas discográficas encontraron en los discos solistas de sus artistas un producto sumamente redituable para el consumo del público que adora la ópera. No obstante, aquí de nuevo se pierde la dimensión, tal vez no dramática pero sí narrativa, del teatro cantado. Estos álbumes recopilan fragmentos célebres de óperas famosas, pero aislados de las historias en las cuales se enmarcan y en las que adquieren sentido. ¿Puede apreciarse en su total dimensión un momento solista como “E lucevan le stelle” sin ser consciente de que el tenor está interpretando a un revolucionario italiano en el 1800 que se despide de la vida (y de sus sueños) porque está a punto de ser fusilado por las fuerzas policiales de la Roma pontificia? Podría esgrimirse que el público que compra esos discos conoce los argumentos de óperas tan famosas como Tosca, pero aun así el corte no afecta sólo a la narración textual –al libreto– sino también a otro plano discursivo de la ópera: la música. Los motivos y las notas que toca la orquesta funcionan muchas veces como complemento de lo que se dice en palabras, ya que se repiten a lo largo de la obra y remiten así a quien escucha a otros momentos de la trama. Esa asociación se pierde cuando el fragmento destacado es “extirpado” y pierde conexión con el resto de la obra. Sin contar, además, con que la dimensión visual de la ópera desaparece en todos los registros que son exclusivamente sonoros –y vale reiterar que la ópera es teatro cantado–, con este tipo de producciones discográficas ya nos encontramos con una mercantilización del género lírico.

     ¿Por qué, entonces, esa crítica por momentos feroz hacia Los Tres Tenores por parte de la comunidad operística? A pesar de sus orígenes aristocráticos, durante buena parte de su historia la ópera fue un género artístico sumamente popular. Sin embargo, en el transcurso del siglo XIX y mientras cosechaba su éxito más contundente, la ópera se fue vinculando cada vez más con la burguesía y con sus prácticas de distinción. El drama musical quedó progresivamente asociado con minorías sociales que se presentaban a sí mismas como las únicas con la sensibilidad y las capacidades suficientes para apreciar y valorar esa forma artística. Justamente, lo que el concierto de Los Tres Tenores venía a mostrar era que existía un público mucho más amplio y heterogéneo interesado en el canto lírico y que no erigía barreras respecto a otros géneros musicales. A lxs críticxs, ¿les molestaba una aparente mercantilización de la lírica o en realidad que vastos sectores sociales se acercaran a un arte que “no era para ellxs”, es decir, su masificación? La defensa a ultranza que estxs críticxs realizaban de las formas tradicionales de “hacer ópera” y su justificación en torno a que ellxs eran quienes “verdaderamente amaban” el género encubría, en realidad, que la ópera ya se encontraba mercantilizada desde mucho tiempo antes, pero se trataba de una mercancía para la elite. 

     La mercantilización de la ópera, entonces, comenzó con anterioridad al concierto romano de Los Tres Tenores y mucho antes de que se iniciara la propia carrera artística de Pavarotti. Tal vez lo que ese nuevo tipo de espectáculo hizo fue inaugurar una nueva forma masificada de mercantilización del género. De hecho, el concierto de 1990 produjo como resultado un disco que es –hasta el día de hoy– el registro de “música clásica” más vendido de la historia. La profundidad de este proceso ha sido tal que el propio caballito de batalla de Pavarotti se convirtió en el fetiche de muchxs cantantes: ¿a cuántas personas, de cualquier género y edad, hemos visto interpretar “Nessun dorma” en televisión, en reality shows o en videos de YouTube? Pero este proceso estuvo lejos de ser unívoco y unidireccional: también acercó a vastos sectores de la población al mundo de la lírica. Lo interesante es que permitió así abrir numerosos interrogantes, algunos de los cuales seguimos discutiendo en la actualidad: esta masificación, ¿implicó una “apertura”, una democratización del género? ¿Se trata de un fenómeno que debe promoverse? En ese caso, ¿desde qué lugar y con qué fines? Y no menos importante, para volver al comienzo –y no perder de vista el vínculo no siempre reconocido entre “música académica” y “música popular”–, ¿podrían haber existido Los Tres Tenores sin Queen y su “Bohemian Rhapsody”? Se trata de un capítulo más en la larga discusión respecto a la relación entre alta cultura y baja cultura, entre cultura popular y cultura de masas, y entre mercantilización y masificación.

 

 

* Quisiera agradecer especialmente a Laura Lenci, Ítalo Ferretti, Josefina Ábrigo, Damián Olhasso y Cipriano Ferreyra Harvey, quienes leyeron y comentaron versiones previas de este texto. Por supuesto, ellxs no son responsables de ninguno de mis errores.

FEDERICO RAMÍREZ

Es Profesor en Historia (FaHCE-UNLP). Sus temas de interés se centran en la historia de Europa durante el siglo XIX y en la historia social y política de la ópera.

O Processo, de Ramos

CINE / POLÍTICA

PABLO DEBUSSY


O Processo (2018)
de María Augusta Ramos

O_Processo

     ¿Cómo ver hoy O Processo, el documental de María Augusta Ramos, sabiendo lo que sucedió luego en Brasil, lo que sucede ahora, en la más estricta contemporaneidad? ¿Cómo verlo hoy, sabiendo que, en el juicio a Dilma Rousseff se cifraba el advenimiento de un modelo económico devastador, encarnado en quien hasta entonces había sido su vicepresidente, Michel Temer, y la posterior convalidación en las urnas –previa impugnación de la candidatura de Lula Da Silva– de Jair Bolsonaro al poder? Las palabras de la diputada del PT, Gleisi Hoffmann (ex jefa de gabinete de Dilma), que la cámara capta en una reunión parlamentaria entre miembros de su partido, resuenan más intensamente a la distancia. Hoffmann alude a lo que sucederá en Brasil si destituyen a Rousseff: “Van a capturar a las instituciones del Estado para ponerlas al servicio del más radical liberalismo económico y de la regresión social. Este golpe es contra el pueblo y contra la nación. Es la imposición de la cultura de la intolerancia, de los prejuicios y de la violencia”.

     O Processo es lo que se denomina un documental de observación: la cámara opera a modo de testigo mudo de los acontecimientos que registra (como sucede, por ejemplo, en el cine de Frederick Wiseman o de Sergei Loznitsa). María Augusta Ramos prescinde de recursos tales como la voz en off, las recreaciones ficcionales, las entrevistas; su objetivo es captar fragmentos de realidad sin mediación de otros procedimientos. El dispositivo fílmico es ignorado, en general, por los protagonistas de este documental; apenas si alguno de los miembros del parlamento repara fugazmente en él, lo cual le brinda al espectador la certeza un poco ilusoria de estar allí, observando los acontecimientos sin ser visto.

     La directora se propone narrar el proceso de impeachment a Dilma Rousseff desde sus inicios, en abril de 2016, hasta su concreción, a finales de agosto de ese mismo año. El único recurso del que echa mano son unas breves placas de color negro con letras blancas, que van contextualizando las escenas: el momento en que una comisión del Senado examina los cargos contra Dilma; la suspensión de la ex presidenta por 180 días, el dictamen favorable en la cámara de senadores, el testimonio de la propia Rousseff y la votación final en el Senado. Todo es mostrado con distancia, lejos de cualquier subrayado, de una manera sobria y despojada. La construcción de ese registro puede verse como un intento de exhibir ante los espectadores las imágenes de un hecho histórico a manera de un documento, de una evidencia que quede para las futuras generaciones. 

     Sin embargo, la distancia que coloca la cámara de Ramos no se traduce en imparcialidad: a pesar de la voluntad de la directora de registrar las reuniones puertas adentro tanto de los funcionarios opositores al gobierno como de los funcionarios oficialistas, sólo consigue la aprobación de estos últimos, por lo que el documental le da un peso mucho mayor a la palabra de los miembros del PT. Quizás allí, en los trasfondos de la política, en los encuentros a puertas cerradas, alejados de las cámaras de televisión, se halle uno de los elementos más ricos del film. Ramos accede al búnker del partido, capta las conversaciones y los debates entre sus integrantes, la preparación de sus discursos en el Congreso, las charlas telefónicas, una fugaz entrevista para un medio de comunicación. Es en esa intimidad donde surgen algunas de las críticas más duras, pero también más lúcidas e intelectualmente honestas hacia los gobiernos de Lula y de Dilma. Uno de los asistentes, un hombre al que la película no identifica, afirma: “preferimos darle un montón de dinero a los dueños de los medios y darles un montón de concesiones públicas. Porque teníamos la Secretaría y el Ministerio de Comunicación. Por eso con una mano entregábamos más y más licencias de radio y televisión y con la otra les dábamos grandes cantidades de dinero. Y en cambio a nuestra gente… […] El gobierno de Lula fue el que más estaciones de radio comunitarias cerró. Entonces se hace muy difícil decir que nos comunicamos con el pueblo cuando en realidad no hablamos con él a menos que sean elecciones o por el carisma del Presidente”.

     Frente a esas críticas sinceras y descarnadas, y frente a argumentos cuidadosamente elaborados, muchos de ellos impecables retóricamente, como el del abogado de Dilma José Eduardo Cardozo, algunas de las objeciones e impugnaciones de los opositores quedan expuestas en su flaqueza. Hay algo de teatro político en los oradores favorables al impeachment, especialmente en la abogada Janaina Paschoal, una suerte de Elisa Carrió paulista. Paschoal invoca la Constitución con lágrimas en los ojos, esboza una sonrisa nerviosa, y le pide perdón a Dilma por su voto que apoya la destitución, porque dice entender que la mandataria está atravesando un momento difícil. Viendo este tipo de intervenciones, uno desearía que la cámara hubiese podido ingresar al búnker opositor, a sus reuniones privadas, para verificar allí si la intención que dictaba esas palabras iba de la mano de las convicciones o del más puro cinismo. No hay tal posibilidad. Por el contrario, sólo se asiste a sus declaraciones en el Parlamento, previsiblemente calculadas y bien recibidas por sus compañeros de bancada, así como por particulares que se acercan a saludarla y a tomarse fotografías con ella. 

     Además de las escenas en el recinto parlamentario y de las que transcurren a puertas cerradas, O Processo da lugar, aunque en menor proporción, a las escenas en la calle, afuera del Palacio de la Alvorada. La película comienza con una panorámica aérea en la que se ven, separados por vallas y un espacio vacío en el medio, a los simpatizantes de Dilma y a los partidarios de su destitución. Quienes apoyan a la mandataria visten unánimemente de rojo, el color emblemático del Partido de los Trabajadores. Quienes se oponen a ella se embanderan con los colores brasileños, que combinan camisetas de la selección verdeamarela con vinchas, gorros y otros adornos, como si de un festejo se tratase. Curiosa identificación, que también recuerda lo sucedido en Argentina con los cacerolazos y asonadas destituyentes, prolijamente acompañadas por los tonos patrios. Esa multitud blanca que celebra la salida de Dilma es la que, poco después, presumiblemente celebrará al “mesías” Bolsonaro. Claro que el documental no llega a esa instancia. Se detiene, hacia el final, en un episodio de desalojo y represión policial, ya bajo el breve mandato de Michel Temer. Gases lacrimógenos dispersan a los manifestantes que vociferan “¡Fora Temer!”, y que se agolpan a las puertas de la residencia gubernamental. La cámara se queda con el humo negro que envuelve el aire. La pantalla se cubre por completo y se oscurece. La película termina, pero para Brasil la pesadilla no hace más que comenzar.

PABLO DEBUSSY

Es doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires y profesor en la Universidad Nacional de las Artes y en la de José C. Paz (UNPAZ).

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