GUAY | Revista de lecturas | Hecha en Humanidades | UNLP

Cometierra, de Dolores Reyes

NOVELA

VALERIA PUJOL BUCH


Cometierra (2019)
de Dolores Reyes

00106523546544____1__640x640

     Bolsas con tomates cherry, queso, fruta, aceitunas y algo dulce acompañaban nuestra llegada. “Si Liliana Heker viera esta comilona en su espacio de taller nos mata”, dice Juliana, quien nos coordina mientras observa la mesa. Otra vez no queda lugar para nuestros cuadernos de escritura. Era agosto y el sol se colaba por los ventanales del piso quince. 

     Como recién salido del horno, sobre el atril del rincón se destacaba un libro. Negro aunque colorido. En su tapa una mujer morena con lágrimas a mares; flores y botellas azuladas como encendidas por la luz de la noche. No soy la única que lo miro. Su bellísima portada que bien podría ser del territorio de Ripstein y Rulfo, nos capta. Después me enteraría de que esa ilustración es de la rosarina Jazmín Varela y que esta obra literaria, Cometierra, de Dolores Reyes, sería el boom editorial de 2019.

     No aguanto, necesito tocarlo. Al tacto acaricia. Despliego el libro y en la solapa, la foto de una mujer con mirada decidida me acompaña en la lectura. Lo hago en voz alta con la atención de mis seis compañeras: “Dolores Reyes nació en Buenos Aires en 1978. Es docente, feminista, activista de izquierda y madre de siete hijos. Estudió letras clásicas en la Universidad de Buenos Aires y vive en Caseros. Cometierra es su primera novela”. Luego de leer también la contratapa, recuerdo que rápidamente hicimos una vaquita para comprarlo. Íbamos a llamar a Sigilo para ver si pegábamos un descuento colectivo. Todavía no sabíamos que su autora era tallerista como nosotras. Pero sí teníamos claro que compartíamos con ella la condición de mujer en un país en el que entre el 1 de enero al 20 de noviembre de 2019 hubieron doscientos noventa femicidios. Compartíamos también la certeza de que la lucha por la legalización de la detención del embarazo no deseado nos había llevado a las calles y desde entonces nos sentíamos una. Ya no pararíamos hasta que sea ley. 

     Dolores Reyes con su lenguaje potente, poético y visceral nos trae un pedazo de conurbano y la historia de una hija de la violencia, una más para quienes estamos atravesadas por el “Ni una menos”. Y así la aborda. Desde sus primeras líneas nos lleva de la mano y al comenzar es imposible detenerse. Un cross en la mandíbula que rápidamente nos sumerge en un universo sombrío, aunque luminoso y fascinante a la vez. Pero lo que más no incomoda es la cercanía de su trama. 

     Ciento setenta y tres páginas; cincuenta y tres capítulos y tres partes que se inician con un epílogo, nos presentan a esta joven sin nombre. Cometierra. Ella tiene el “don” de, al embutir tierra, ver el destino de los cuerpos vulnerados por las violencias. Y la primera visión que le trae la tierra y que inaugura su capacidad vidente es el femicidio de su madre en los puños fuertes y voraces paternos. Así por la tierra se ve transportada a laberintos tenebrosos donde yacen mujeres y personas desaparecidas. Por ello podemos pensar a este libro como un desata nudos. Como un intento por desandar los caminos de nuestras y nuestros desaparecidos por violencias, de género y otras. Una pista para que la tierra las devuelva, sanas y vivas, aunque no siempre así sucede. 

     En su hechura encontramos, además de la tierra, vegetación silvestre, chapa, pobreza, música, alcohol y la búsqueda desesperada y reiterada por familiares, novies y amigues de un ser amado desaparecido. Pero también encontramos latente la búsqueda de una identidad y el derecho una vida “normal” cuando la violencia familiar y estatal se impone. 

     Así, un mar de botellas inunda el jardín de Cometierra. “Parecían tumbas brillantes una al lado de la otra” reza en primera persona nuestra protagonista. Lo inconmensurable y el horror puesto en botellas con tierra, fotos y números de teléfonos llegan a ella para que devele lo que la espanta, lo que le retuerce las tripas y le da terror de ver. Pero asume el costo que el Estado y muchos ciudadanos no asumen. Y con la videncia le llega también el estigma que la arrastra a situaciones de peligro. Y Cometierra carga con este mote: “Alguien tuvo miedo de decir mi nombre”.

     Pero aún en soledad Cometierra no está completamente sola. Con Walter, su hermano, se tienen, se respetan y aceptan inclusive en el silencio. Un vínculo entrañable y amoroso. Comparten además de la ranchada, la cumbia, los jueguitos en la play, el escabio y ser parte de ese colectivo que llaman “los negros”. Juntos y atravesados por distintos amores emprenden su cruzada por la identidad. Allí en ese conurbano, el nuestro, donde los policías también son yutas, donde las mujeres también son objetos cosificados de tapas de discos y de jueguitos electrónicos, y los pibes aunque muchas veces son garcas o cagones, muchas otras también pueden ser solidarios. Allí en ese territorio Cometierra asume su rol de pitonisa y de mujer como un cambio de piel que la desgarra.

     Donde otros ven espanto, Dolores Reyes construye poesía y colectivos. Como una araña delicada hace confluir a esas miles de adolescentes que tienen que trabajar o que quedan embarazadas y por eso deben abandonar sus estudios, en parte de una problemática de exclusión. Hilvana casos de femicidios en una realidad común y de la que todos tienen que hacerse cargo. Una a una, con sus historias y sus cuerpos como parte de esta trama. Así su autora logra levantar la voz contra una sociedad que excluye, que agrede y que mata como forma de poder. Por eso podemos ponerla en diálogo también con otras expresiones de la cultura como la canción que circuló por el mundo “Un violador en tu camino” del colectivo Lastesis: “La culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía. El violador eras tú. Son los pacos, los jueces, el Estado, el Presidente. El Estado opresor es un macho violador”. Esto lo vemos también en la dedicatoria del libro a Melina Romero y Araceli Ramos, y a todas las víctimas y sobrevivientes de femicidio. Mujeres en cuyos cuerpos la violencia asfixia todos sus deseos.

     Pero lo más destacado, el cros, es que el texto logra poner en carne viva aquello que todos los días busca naturalizarse.  Ese retazo de violencia y exclusión que viven las pibas y los pibes en los barrios y que no se ve en televisión, salvo cuando se maquilla como un espectáculo. 

     Aunque el destierro es destino que Dolores Reyes construyó para nuestra querida Cometierra como el Fierro de Hernández, todo nos hace pensar en una vuelta en la que nuestra querida pitonisa pueda construir un futuro con nombre propio. Vaya si este deseo es colectivo que este libro está rompiendo fronteras y en menos de un año de su publicación, ya va por su cuarta edición en la Argentina, por su pronta edición en España, y ya tiene pautadas traducciones a diferentes idiomas. 

     Cometierra, queremos conocer tu nombre, tu revancha.

 

***

 

     En tiempos en donde reina la pandemia por el coronavirus COVID-19 y las políticas públicas nos indican “quedate en casa”, podemos preguntarnos con Dolores Reyes cómo es esa casa. Es amable, segura y sin violencias. Pero los datos demuestran que no todas lo son. Desde el 20 de marzo, cuando el Gobierno impuso el aislamiento social preventivo y obligatorio, hasta el lunes 6 de abril, se habían registrado, al menos, trece femicidios y un transfemicidio y se incrementaron en casi un sesenta por ciento los llamados a la línea 144 en territorio bonaerense. Es decir, casi uno por día, como antes del inicio de la pandemia. “Robos, hurtos y homicidios bajaron en las últimas semanas, según observan en distintos departamentos judiciales bonaerenses, pero los femicidios, no” nos advierte Mariana Carabajal en Pagina 12. Estemos alertas y organizadas.

 

“Ahora que estamos juntas, ahora que si nos ven. Abajo el

patriarcado, se va a caer, se va a caer”. 

VALERIA PUJOL BUCH

Egresó como Comunicadora Social de la UBA. Se dedica a la difusión de la ciencia y es docente de la Universidad Nacional de Lanús. Pilotea sus días entre sus tres amores: las ciencias sociales, la literatura y la maternidad.

Al filo de la democracia, de Petra Costa

CINE / POLÍTICA

MARCELO SCOTTI


Al filo de la democracia (2019)
de Petra Costa

EBN3NA7XYAY8ek3

     En su vejez, a la vuelta de una obra que lo había llevado a la cima de la historia del cine que ahora consideramos clásico, el gran director alemán / austrohúngaro / polaco Billy Wilder, de escasas simpatías por las ideologías revolucionarias, recordaba que lo que lo decidió a dedicarse al cine fue un fragmento de El acorazado Potemkim  que vio en su juventud en Berlín; la secuencia es famosa pero siempre merece recordarse: los marineros del film de Eisenstein se amotinan por el estado insalubre de los alimentos, el médico de a bordo acude a hacer la inspección y un plano detalle de sus lentes usados como lupa muestra la viva actividad de los gusanos sobre la carne; en el plano siguiente, el médico dictamina que la carne está en perfecto estado. Sesenta años después de aquella experiencia fundante como espectador y cineasta, Wilder narraba aún su impresión de esta manera: “todo el mundo al salir del cine, ya fuera conservador o liberal, salía convencido de la justicia del comunismo.”

     En Al filo de la democracia, de Petra Costa, documental de autora sobre el proceso político brasileño reciente, se pueden encontrar varias secuencias comparables a aquella que marcó a Wilder, la principal diferencia entre unas y otra es que ya no se trata de una construcción ficcional, y en algunos casos ni siquiera de operaciones de montaje. El ejemplo más elocuente de esto es la audiencia televisada a todo el país en la que en 2017 se decidió la culpabilidad y la condena de Luiz Ignacio Da Silva en el esquema de corrupción del Lava jato; en ella, en plano continuo, y ya sin lupas ni cortes de montaje, el procurador de la nación afirma: “No vamos a presentar pruebas concluyentes de que Lula es el propietario legal del apartamento porque, precisamente, el hecho de que no figure como propietario del triplex en Guarujá es una forma de ocultar su propiedad”.  Wilder, sus contemporáneos y el tiempo al que pertenecían las imágenes en común que les ofrecía el cine de ficción tenían aún productiva capacidad para el asombro; a nosotros, en cambio, la indignación ante la (puesta en) escena judicial real nos resulta tan obvia como inoperante e inconducente, en todo caso, ya no hay aquí asombro posible ante aquello del orden de lo obsceno que ha entrado en escena. Nuestra distancia con aquel tiempo parece inconmensurable.

     Pero veamos más de cerca y en extensión el asunto: en la cambalachera indistinción característica del sistema Netflix, se puede, con paciencia y fortuna, encontrar de tanto en tanto alguna película de interés. Hoy, y tal vez por un tiempo más, una de ellas es esta producción de la propia empresa, nominada al Oscar como mejor película documental de 2019, premio que finalmente no obtuvo.  Su título en portugués es Democracia na vertigem, la traducción que nos propone la productora, previo pasaje por el inglés internacional, The edge of democracy  sesga y empobrece el original y lo reduce a una expresión neutra que debilita su relación con la obra y su pertenencia a ella. Lo que se pierde en esta traducción es un doble efecto de vértigo que el film trabaja y despliega por fuera de la narración en off pero en relación con ella y que constituye,  tal vez, lo más incisivo y provocador de la película.  

     La reconstrucción histórica que se hace en el film destila, como es de esperar, una impresión amarga y oscura y abre unas cuantas preguntas cruciales sobre la forma de la nación y sus instituciones democráticas, no todas ellas cerradas o saldadas en el relato, por supuesto. Estamos ante un film complejo y reflexivo que, pese a que  se conduce a una visión decepcionada y decepcionante del presente político del país, no deja sin embargo de abrir varios caminos a la crítica histórica de la política y a las posibilidades de seguir ejerciéndola incluso a la vista de una catástrofe para todos los buenos sentidos de la vida democrática y de las expectativas de transformación real de una nación construida sobre una desigualdad mayúscula, estructurante y operativa en la mayor parte de la esfera pública y de las relaciones entre las clases sociales. Brasil tiembla y golpea en esta obra y ciertos imaginarios de la política contemporánea se exponen de forma abrumadora en la ruptura de ideales colectivos que se muestran estallados en el film y, ciertamente, muy difíciles de recomponer en la encerrona bolsonarista con la que concluye su relato.

     Costa no se limita, sin embargo, a la mera crónica histórico política sino que despliega también, como otro eje narrativo del film, una línea autobiográfica que ilumina algunos de esos bordes en los que se abisma su interpretación; este otro hilo conductor explora otras huellas como posibles respuestas a sus interrogantes sobre la tragedia nacional y elabora otros sentidos históricos  problemáticos sobre la escena general que construye: para decirlo más simple, esta línea biográfica articula coyuntura y estructura de un modo preciso y provocador e invita a considerar algunos aspectos tan obvios como generalmente omitidos en las lecturas cortoplacistas. En estas zonas el film trasciende el mero qué pasó para abrirse a una reflexión más amplia que permite pensar qué lo hizo posible

     El relato del ascenso y la caída del PT es claro y consistente, narrado en retrospectiva desde el día de la detención de Lula, momento en el que abre la obra. Se presenta aquí una lectura que narra con fervor la emergencia de esa fuerza de la izquierda nacional que, reunida en torno de la figura ascendente de su líder obrero, hacía por primera vez un lugar en la historia del país para las demandas y los derechos de la clase trabajadora y que proponía a la sociedad toda otro Brasil posible, con mayor igualdad, sin hambre y con posibilidades de articular en el tejido social las experiencias y las necesidades de esa amplísima mayoría de pobres que habían sido relegados de la dignidad social y el reconocimiento del estado. No hay mayor complejidad en esa reconstrucción que, al pasar, señala que, en parte, el acceso al gobierno de Lula y del PT debió pagar el precio de una cierta conciliación con los poderes establecidos, de la economía y de la política, para pasar de una vez de la reiterada derrota electoral a la conducción del estado. Esta línea de lectura será una de las claves de la interpretación del proceso que se desprende del film y llama la atención sobre las insuficiencias democráticas del régimen político, por un lado y sobre la debilidad del partido para hacer de sus bases sociales también una herramienta de transformación de la política en un sentido más amplio que el acceso al gobierno. Sin decirlo en palabras, el film afirma que el problema matriz radica en que, por diversas razones, el PT aceptó jugar un juego que nunca controló y que, en el curso de ese juego, sus propios dirigentes perdieron contacto con sus bases y con las razones legítimas de su hacer política en un sistema organizado para preservar los grandes negocios de la oligarquía. Luego, los tiempos dorados de Lula ocultarían parcialmente esta sombra que, en los años de Dilma ganaría definitivamente la escena y la imagen del Partido de los Trabajadores frente a una parte grande de la sociedad, incluidos algunos de sus votantes tradicionales. Aquí se exponen tres razones históricas: la caída de la economía en los años finales de la etapa de gobierno de Lula, el giro de Dilma hacia una cierta ortodoxia administrativa que redujo la intervención distributiva y, por tanto, parte de la legitimidad social de su gobierno y, la más confusa en el relato y, a la vez, la más determinante, el despliegue de una vasta operación anticorrupción que el gobierno de Dilma impulsó y respaldó y que terminó por erosionar su propia posición, abriendo la posibilidad de llevar adelante causas que se basaron, sobre todo, en el abuso de la figura del arrepentido y en una serie de maniobras ilegales avaladas y concretadas por el propio sistema judicial en connivencia con el bloque antipetista que se consolidó fuertemente en tiempos de Dilma en torno de su vicepresidente Michel Temer. Como se sabe, este proceso condujo a la destitución de Dilma y al encarcelamiento de Lula, en ambos casos sin pruebas de que hayan cometido los delitos que se les endilgaron. 

     El dispositivo de derribamiento del PT y sus dos líderes máximos se muestra atravesado de escandalosas escenas de corrupción e ilegalidad de sus acusadores políticos y judiciales. Costa, que comparte con su cámara algunas situaciones de zozobra e inquietud con Lula y con Dilma, repone en el relato el asedio de un conglomerado mafioso de intereses convergentes hacia la destitución, pero no soslaya que el partido perdió buena parte de sus apoyos sociales aun antes de la operación destituyente y más allá de la vigente popularidad de Lula.

     Recordemos, por fuera del film, que la trama del juicio y el proceso todo ya habían sido ensayados con éxito en Honduras y en Paraguay; en Brasil, sin embargo, alcanza límites grotescos y brutales que exhiben a un sistema político en profundo estado de descomposición pero con la suficiente capacidad para hacer lo que le demandan los poderes reales: llevar a cabo un golpe de estado que legalizan sus propios ejecutores. Entre la escena parlamentaria y la judicial se agota cualquier capacidad de asombro restante; nuevamente, lo que importa entonces no es lo que pasa, sino aquello menos evidente que, de repente, lo torna posible. 

     Así, el film toma nota, con dolido realismo, del creciente descontento popular sobre el gobierno de Dilma, del descrédito grande del PT y de las profundas tensiones sociales abiertas por un proceso político que apoyan aún millones y que otros millones también combaten en las movilizaciones públicas: las imágenes de multitudes contrarias en el predio junto al parlamento el día de la decisión del impeachment contra Dilma son elocuentes y los clivajes de color o de clase entre uno y otro grupo no resultan tan evidentes en ellas como esperarían nuestras buenas conciencias. Costa lo reafirma en su propio relato: la sociedad ha quedado partida en el curso de un proceso político que el film explica en off sin terminar de esclarecer cabalmente. Y aquí se presenta lo que entiendo como lo más singular y lúcido de la mirada de la autora: aquello que no se puede terminar de decir ni de explicar con discursos y palabras elocuentes, aquello que escapa incluso a la crónica minuciosa que presenta el film, se puede entrever en ciertas imágenes aparentemente secundarias de su relato. 

     Si bien la película cae por momentos en una cierta linealidad propia de aquello que se cuenta conociendo los resultados, introduce de todos modos algunas interrupciones / tensiones que enriquecen su mirada y que lo apartan de la mera crónica de las desgracias recientes; en esas interrupciones Costa alumbra zonas que quedan por fuera de su propia explicación oral y que hacen, por tanto, lugar a lo inexplicable, a lo que no puede saldarse o subsumirse en la mera cronología. Al incluirse ella misma en la trama histórica y social del film y sumar la historia familiar y sobre todo las historias de sus padres, la directora queda envuelta en una cierta ambigüedad que subtiende su propio punto de vista y el ánimo reflexivo con el que compone la obra. Sus padres, militantes revolucionarios en los años setenta, pasaron entonces a la clandestinidad y rompieron parte de sus vínculos con la familia Costa, una de las más acaudaladas del país, principalísima operadora y beneficiaria de las grandes obras públicas y participante fundamental de la construcción de Brasilia en los cincuenta. La opción de sus padres por la lucha armada anticipa la escisión entre ideales e intereses materiales y de clase que surca la historia familiar y sirve, de paso, como pregunta incisiva sobre las posibilidades del cambio histórico y sus límites. 

     En varias ocasiones en el curso del film y sobre todo en su tramo final, Costa introduce planos cenitales. Uno de ellos servirá como punto de llegada del relato: una vista del Planalto, la sede del gobierno federal en Brasilia. Costa desplaza la cámara lentamente para recoger con detalles la magnificencia de la obra, su exceso, su soberbia, su extraña monumentalidad futurista; se mete incluso en el edificio en momentos intrascendentes y deja que el objetivo de su cámara componga esa impresión de recinto de un poder que excede a quienes circunstancialmente lo habitan. No se trata sólo de la exposición del poderío económico de quienes lo construyeron, hay en esos planos algo más, algo que intenta retener lo que constituye y expresa simbólicamente la fuerza de esa clase obscenamente dominante a la que pertenece la familia de la propia autora. El plano cenital reiterado es entonces un recurso de doble filo: sirve al film para exponer desde arriba aquello que no puede ser explicado claramente desde abajo, sugiere por tanto que ese poder real ha permanecido básicamente inalterado incluso en los mejores tiempos de Lula y que sólo mirando desde arriba se pueden percibir ciertos sentidos informulables para las convenciones de la política democrática y sus vaivenes. Así, no es casual que en su reposición histórica su propia familia ocupe un lugar de enorme y sostenido privilegio hasta el presente, tampoco que la división social y política que se expone en el curso de la crisis de destitución del PT se nos muestre desde un plano vertical y hacia abajo en el que cabe toda la escena. Consciente de una posición de clase reñida con la ideología que subtiende y motiva su obra, Costa intenta ir más allá de las preguntas corrientes. Volvamos al título entonces, el vértigo de esta democracia, la insólita rapidez con la que se pasa de un extremo a otro del espectro ideológico, sólo puede comprenderse con claridad si se la observa desde arriba. 

     Tal vez, lo que se interrogaba en silencio en este film sobre el laberinto Brasil, cobra hoy, a la luz de esta pandemia que socava buena parte de las certezas sobre el orden del mundo, una actualidad aún más apremiante: ¿cómo haremos para recuperar nuestra capacidad de asombro frente a los monstruos que creamos y sostenemos? Y si fuéramos capaces de recrearla, ¿qué haríamos con ella? En su epílogo a La era del imperio, Eric Hobsbawm escribía: “Lo único seguro sobre el futuro es que sorprenderá incluso a aquellos que más lejos han mirado en él”. 

MARCELO SCOTTI

Es profesor en las carreras de Historia y de Ciencias de la Educación en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP y es docente de la FLACSO Argentina. Ha publicado recientemente el libro Transficcional, para abordar el malestar en las prácticas socioeducativas, a través del cine en diálogo con el psicoanálisis.

Stasis, de Giorgio Agamben

FILOSOFÍA / HISTORIA / POLÍTICA

ROBERTO PITTALUGA


Stasis. La guerra civil como paradigma político (2017)
de Giorgio Agamben

unnamed

     ¿Por qué motivos políticos Thomas Hobbes se inclinó por una figura que sabía asociada al Anticristo para nombrar una de sus principales obras de teoría política? ¿Qué significados y qué funciones tenía la stasis, que llevaron a Platón a sostener que en esas guerras los griegos luchaban como destinados a la reconciliación? ¿Qué excluye el concepto de lo político de Carl Schmitt tras la aparente simpleza del par amigo/enemigo? ¿Por qué la guerra civil puede ser pensada como paradigma político?

     Estas son algunas de las preguntas que jalonan el recorrido de Stasis. La guerra civil como paradigma político, de Giorgio Agamben, nuevo capítulo de la zaga Homo Sacer, en el que se reúnen dos seminarios dictados en 2001, pero publicados en Torino recién en 2015, y en los cuales Agamben se aproxima a la stasis, la guerra civil, ese fenómeno “tan antiguo como la democracia occidental”. Por supuesto, no hay ninguna ingenuidad ni sólo una vocación fáctica en este señalamiento de la común antigüedad de stasis y democracia. Un diagnóstico sintomático es el punto de partida: si bien hay una “polemología” y una “irenología”, se carece hasta hoy, dice el filósofo italiano, de una “stasiología”, una teoría o doctrina de la guerra civil;  precisamente en la época en que se extiende la “guerra civil mundial” (categoría introducida por Hannah Arendt y Carl Schmitt) y el sentido moderno tradicional de la guerra ha desaparecido.

 

Juegos de guerra

     Pero arranquemos por el final. En el segundo de los trabajos reunidos, “Notas sobre la guerra, el juego y el enemigo”, el filósofo italiano nos ofrece una sólida refutación de la concepción schmittiana de la política —y con ella, del lugar primordial que tienen las figuras del enemigo y de la guerra, categorías que Schmitt mantiene en una consciente indistinción. Lo que esta doctrina excluye, dice Agamben, es que antes que la supuesta común capacidad de los hombres de matarse entre sí, ha sido la producción de una vida humana a la que se puede matar —el homo sacer— el basamento del orden jurídico-político occidental, y es de allí que se deriva el contenido de cualquier figura de enemistad en la modernidad. 

     Frente a esa concepción, Agamben recupera el carácter agonal de las guerras en la Grecia arcaica, en las cuales lo lúdico era el paradigma básico. Guerras que no eran simulacros, cuyas razones no eran ni la enemistad ni el aniquilamiento de las condiciones de existencia del contrincante, sino que se libraban por juego (agon), como instancia de regulación de las relaciones entre comunidades (que podían incluso tener vínculos amistosos de antaño) o al interior de ellas; combates de los que emergían relaciones de alianza, y de allí la observación de Platón que apuntamos al comienzo. La guerra en su forma originaria, había dicho Johan Huizinga, era un aspecto esencial de la función agonística y por lo tanto lúdica de una sociedad dada, lo cual se expresaba en la ambigüedad de términos como el griego xenos o el latino hostis, que designaban tanto al extranjero como al huésped (con quien desde entonces se establecía una relación de amistad duradera transgeneracional, como se aprecia, por ejemplo, en La Ilíada). Su mutación posterior (capturada por la polis) no debiera significar el olvido de esa originaria función agonal-lúdica como aspecto consustancial de la convivencia entre grupos humanos, porque —pensamos— sobre esa base se puede concebir otra política y otra subjetividad, donde el juego sea el elemento primario.

 

Politizaciones 

     En el primero de los dos estudios reunidos, en una línea de reflexión que contribuye a un pensamiento no sustancialista de la política, Agamben interpreta a la stasis como una zona de umbral, una región situada entre la casa y la ciudad, entre lo impolítico y lo político, entre la domesticidad y la ciudadanía —porque oikos y polis, si bien distintas y separadas, están estrechamente vinculadas por el mismo tipo de relaciones de exclusión e implicación que zoé y bios—, un campo de tensiones surcado por corrientes de politización y despolitización, campo en el que “la casa se excede en la ciudad, y la ciudad se despolitiza en familia”. Se puede sostener, entonces, que hay una política que es la polis, una condición vital e identitaria de los ciudadanos asumida en una legaliformidad, el derecho ciudadano, y expresada en una institucionalidad y una subjetividad. Pero también existe otra política, o bien dicho, existen politizaciones (como también despolitizaciones), y es ese campo tensionado el que se revela —y también se rebela— en la stasis, la guerra civil. Se trata de un paradigma político —en el sentido en que Agamben entiende el concepto de paradigma— en tanto coesencial a la ciudad, algo que no puede ser eliminado, aunque al mismo tiempo debe ser elidido, borrado. 

     Etimológicamente, advierte el autor, stasis nombra el “acto de levantarse, de estar firmemente de pie”. Alguna vez Judith Butler sugirió que la figura de la rebelión, de la sublevación, es la de un cuerpo erguido, la de una persona elevada; alzamiento, se dice también de las revueltas; algo se eleva, se yergue (como en La libertad guiando el pueblo, imagen que se reitera en cuanta movilización popular presenciemos). En el caso de la stasis, anotemos también que se trata de un acto, de modo que podríamos pensar la política (la politización) como ese acto de levantarse, de erguirse, una acontecimentalidad gestual. La política como gestualidad.

     La stasis se ubica, entonces, en el núcleo de ese campo de politizaciones y despolitizaciones, revela su existencia, de modo que hay momentos de la historia que se caracterizan por “la tendencia a despolitizar la ciudad transformándola en una casa o en una familia, regida por relaciones de sangre y por operaciones meramente económicas” —momentos dominantes, agreguemos—  y existen otros “en los cuales todo lo impolítico debe ser movilizado y politizado” y que, podríamos decir, coinciden con la raíz etimológica de stasis. Pero en ambas situaciones, ¿qué o quiénes son los que se levantan y ponen de pie o, contrariamente, se refugian en ámbitos considerados no políticos, preservados de dicha dimensión? 

 

Aboliendo al Leviatán 

     Agamben retoma el carácter contradictorio del concepto de “pueblo” en el pensamiento político occidental, que Hobbes tenía muy presente: hay pueblo soberano a condición de dividirse a sí mismo en “multitud” y “pueblo”, es decir, desdoblándose en dos formas de existencia del pueblo, desdoblamiento que toca el núcleo de las relaciones entre política y representación. Pues, por un lado, hay Commonwealth, Estado o Leviatán, que no es más que una representación, una ilusión óptica, que cual dispositivo catóptrico hace ver un pueblo donde hay multiplicidad (multitud); para el filósofo inglés, sólo hay “pueblo” cuando coincide con el Monarca-Leviatán, es decir, el “pueblo hobbesiano” es visible en el Estado, cuya soberanía deriva de la multitud que lo invistió. Pero por otro lado, está ese otro pueblo, que Hobbes nombra como “multitud desunida” (cuando precede al Estado), o como “multitud disuelta” (en tanto objeto referencial de la representación que el Estado es); multitud que por ser el elemento impolítico —en esta racionalidad de la política— no puede ser representado, y por eso su ausencia en el frontis que ilustra la primera edición de Leviathan.

     La unidad del Estado-Leviatán, en tanto artificio ficcional, implica un dispositivo que instituye el lugar de la mirada, que coloca a los sujetos que supuestamente lo constituyeron en una perspectiva en la que, como “multitud disuelta”, no pueden simplemente renunciar a la representación que los designa como el “pueblo soberano”; la multitud queda capturada por esa representación unitaria. Pero eso comporta que el Estado hobbesiano es un Estado sin demos, sin pueblo —sin ese pueblo bajo, de menesterosos, de excluidos, de subalternos, pueblo con minúscula o multitud, así nombrado en infinidad de textos del pensamiento occidental. Y sucede que es ese demos, esa multitud la que habita realmente la ciudad, aunque como elemento designadamente impolítico. Desdoblamiento del pueblo, fractura en la política moderna: mientras el body politic, Common-wealth, sólo existe en un plano irreal, en la ilusión óptica que lo unifica y lo presenta representando —como dirían los teóricos de Port Royal— la invisible multitud real amenaza permanentemente con erguirse, con la guerra civil, inevitable derrotero para convertirse en multitud desunida derrotando al Leviatán. De modo que el Estado hobbesiano convive con la guerra civil, Leviatán con Behemoth. 

     La soberanía de la representación nunca es, entonces, completa; en la frase “nosotros, el pueblo”, como analizara Butler, siempre se retiene un plus soberano que puede ser demandado por los representados, por el pueblo (con minúsculas). Pero, hay que agregar, esa demanda es la que abre la situación de guerra civil. Por eso Agamben, a pesar de citar la taxativa diferenciación entre guerra civil y revolución que tempranamente formulara Hannah Arendt, se pregunta si no se trata meramente de una diferencia de nominación. Guerra civil, como también rebelión, como apuntó Reinhart Koselleck, si bien no coincidían exactamente con revolución tampoco se excluían mutuamente en torno al 1700, de modo que así se nombraban acontecimientos que con posterioridad a la Revolución Francesa serán vistos efectivamente como revoluciones (el caso más ejemplar sigue siendo la revolución en la Inglaterra del XVII, precisamente cuando escribe Hobbes).

     Es en este punto que Agamben retoma la tercera parte del libro, sección generalmente eludida por los comentaristas modernos. Allí, el filósofo de Malmesbury plantea que el Reino de Dios, un estado real y efectivo —ni utópico ni metafórico—tendrá lugar con la Segunda Venida, momento en el cual se superará la cesura entre body politic y multitud, el pueblo podrá reencontrar su cuerpo político, ya sin jerarquías entre la cabeza y el resto. Leviatán y Reino de Dios son “dos realidades políticas autónomas pero conectadas, en el sentido de que el advenimiento de la segunda implica el final de la primera”, un giro sorpresivo si se toma la tradicional figura de Hobbes como pensador conservador (tal, por ejemplo, la valoración de Norberto Bobbio), y de notable afinidad, agrega Agamben, con los fragmentos teológico-políticos de Walter Benjamin. Un Hobbes escatológico, seguro de que el estado del Leviatán debe ser abolido.

 

     Carácter agonístico y no sustancialista de la política, al menos de esa política que el filósofo italiano prefiere nombrar como politización, ese campo tensionado que la stasis revela; núcleo de la concepción hegemónica de la política moderna que resulta para ésta irrepresentable y con el que necesariamente debe convivir. ¿En qué consistirían esas corrientes politizantes, esos momentos en los que todo lo impolítico se moviliza y politiza? Para un autor tan preocupado, desde hace años, por ir más allá de un pensamiento de la política en términos de medios y fines, la politización como acción no podría limitarse a una praxis, ni tampoco a un acto poiético. Como en el juego, se trataría más bien de una acción performativa, un tipo de acción gestual —dado que gesto es el término que aun retiene, en las lenguas modernas, un verbo olvidado, gerere, que refería a un tercer tipo de acción, entre la praxis y la poiesis, como nos advierte Agamben en Karman. Breve tratado sobre la acción, la culpa y el gesto. El acto de levantarse que es la stasis sería el gesto político que la multitud disuelta, habitante real de la ciudad, despliega en su desafío al Leviatán, a la big politic de la representación. Un gesto que es una acción en la que han quedado interrumpidos sus fines normalizados, refigurando de ese modo la situación.

     Así fueron, pienso, las marchas nocturnas y espontáneas de 2001 y 2002 en Argentina, acciones que no tenían clara su finalidad, que ni siquiera seguían la pauta tradicional de las movilizaciones demostrativas, sino que más bien se realizaban como agon, actuaciones performativas cuyo alcance se iba revelando en la medida en que se actuaba, y que si eran “convocantes” era gracias a ese carácter lúdico, donde lo importante era estar ahí. Movimiento en y de la nocturnidad, gesto político que interrumpía la temporalidad cotidiana y la distribución hegemónica de la energía del colectivo. Hubo —hay— muchas de esas acciones, pequeños actos, que visibilizan a la multitud, dan cuenta de su presencia e inquietan a la representación. Acciones que son gestos que, por lo demás y en tanto figuraciones, articulan —potencialmente— a un pueblo múltiple sin remitir a la identidad de un sujeto previamente designado.

 

***

 

Coda

     Domingo 12 de abril. Pero podría ser lunes, o jueves, o simplemente día (o noche), ni 12 ni domingo, en la cuarentena planetaria. Días extraños estos, en los que son mayoría quienes vislumbran cambios epocales, donde se habla de los tiempos de la pandemia y se especula sobre los tiempos de la postpandemia. Días de aislamiento o distanciamiento social, nos dicen, pero no se termina de calibrar cuán gravosa puede ser esa denominación, habida cuenta del poder de los nombres para crear sus referentes. Tampoco sabemos si el respeto de las medidas de distanciamiento expresan una solidaridad extendida, como apuntan algunos, o un pánico masivo que expresa sensibilidades recluidas de antemano en la (sobre) vida del capitalismo tardío.

     Las opiniones se dividen. Apelando a los términos que Agamben emplea en Stasis, ¿estamos en una época de despolitización, época que se inicia a principios de los años ’70 y que la actual pandemia sólo nos muestra más crudamente? ¿O, como se señala desde otros rincones del pensamiento, se abre hoy la oportunidad para un tiempo de politización, en el que todas nuestras relaciones sociales quedarían expuestas para ser transformadas bajo el prisma de la crítica? Tal vez la época de despolitización continúe de manera más aguda, pues está por verse cuánto sedimenta en subjetividades esta nueva normatividad de los cuerpos separados como paradigma de la sociedad saludable (viejo paradigma el de la separación de lo que está junto —por ejemplo, la cooperación que está a la base de la sociedad— el cual siempre está acompañado de una alguna forma de unión artificial). A la par, seguramente seguiremos insistiendo, como siempre, en esas politizaciones de la resistencia, retomando las diversas experiencias de las revoluciones, las insurrecciones o de las micro-experiencias resistentes a las diversas relaciones de explotación y opresión que nos brinda la historia. Pero la historia —la que nos interesa— no es solamente un archivo experiencial: es también una temporalidad pendiente que, invocada hoy, puede darnos ese plus, esa conmoción y desarticulación del presente como uno.

     Cuando la virtualidad de las redes informáticas promete superar nuestro encierro y mantener (a distancia) nuestras relaciones intersubjetivas y también nuestra capacidad productiva sin pérdida, disminuyendo el ritmo del contacto, perdón, del contagio, ¿cuál sería el gesto de erguir el cuerpo político revolucionario y/o resistente? ¿Acaso existen políticas de las emancipaciones que no requieran de la generación de un exceso, emergente de un colectivo de cuerpos en contacto? Y el espacio propio de esas políticas emancipadoras ¿cómo dislocaría el que surge del distanciamiento social, para hacerse visible en su disenso? Tal vez hoy, más que apurar las respuestas, se trata de formular las preguntas.

ROBERTO PITTALUGA

Es profesor en la UNLP, en la UNLPam y en la UBA. Sus temas de investigación cruzan las problemáticas de la memoria de los sectores subalternos con las reflexiones sobre las formas de escritura de la historia. Entre sus libros se encuentra Soviets en Buenos Aires (2015).

En tiempos de catástrofes, de Isabelle Stengers

FILOSOFÍA / POLÍTICA

AGUSTÍN SUÁREZ


En tiempos de catástrofes (2009)
de Isabelle Stengers

isabelle-stengers

     Gaia -no la Tierra ni tampoco Gea, como es usual nombrarla acudiendo con más distancia a la mitología griega- está haciendo intrusión en nuestras vidas, se hace sentir punzante. Ya no es posible hablar sostenidamente sobre la Humanidad -o sobre el Hombre- y su épico combate para poner de rodillas a lo que lo limita, a todo lo que impide su expansión, porque Gaia por fin lo impide. Obliga al tartamudeo. De ella proceden las impugnaciones que a Isabelle Stengers le interesan. Nombrar a Gaia -nombrarla de este modo que, nos enteramos, enerva a los científicos-, significa para esta filósofa de la ciencia aceptar, nada más y nada menos, que una forma de trascendencia, “inédita u olvidada”, se ha hecho presente entre nosotros, justo cuando se suponía que no había lugar para tales extravagancias. Porque el combate del Hombre había sido también contra las ilusiones y los mitos, por edificar un reino en el que sólo hubiera lugar para él, expulsando cualquier injerencia incuestionabemente externa. La crítica fue su aliada principal y a ella cuestiona Stengers, pues de remedio se convirtió en veneno que “celebra como progreso de la razón la destrucción de lo que liga, sin aceptar que lo que liga puede ser lo que hace pensar”. Hoy la crítica es el “pasatiempo favorito de los universitarios”, que se entretienen revelando que sólo hay construcciones sociales, marcadas por el pecado de la falsedad contra el que se arremete. Esta es la idea más importante, el corazón del argumento que se desenvuelve en En tiempos de catástrofes. Cómo resistir a la barbarie que viene.

     Pero lo que más puede incomodar no es esto, de hecho por otros caminos veníamos rastreando la cuestión de la trascendencia, preguntando qué hacer para que la vida no siga privada de ella, con la duda de cuál es o será su consistencia si clausuramos hasta el interrogante. Las catástrofes, que desde hace mucho nos acompañan y llevan en andas a la barbarie, son hijas legítimas del mandato explícito y altisonante de las sociedades modernas. El mismo reza que sólo es válido el crecimiento económico. Es imposible anhelar otra cosa para la vida en común que, apresada por esta exigencia, se vuelve sofocante. El libro está escrito al calor de la crisis de 2008, por tal motivo arriesga: “No creo equivocarme si pienso que, si ha vuelto la calma cuando este libro llegue a sus lectores, el desafío principal será ‘reactivar el crecimiento!'”. La menor duda al respecto es acribillada por la policía de la época, que tiene en su línea de avanzada a la ciencia atada desde las tripas con el mundo empresario y sus leyes del mercado. Pues nadie mejor que el capitalismo logró interpretar la partitura del crecimiento y no hay capitalismo sin ciencia a su servicio. Le sirve para advertir la potencia del mandato una de las pocas alusiones que hace a una población no europea: “piénsese en aquellos que se ahogan en el Mediterráneo, que prefirieron una muerte probable a la vida que tendrán en su país, ‘rezagado en la carrera por el crecimiento'”.  Hablar del capitalismo -y de la Ciencia con mayúscula porque puede haber otra- no sólo es hablar de la explotación del hombre, sino de la destrucción del mundo. Pero no de Gaia, porque para ella todo esto que la ha llevado a hacer intrusión es menos que un rasguño. Otra forma en que se manifiesta su presencia: no queda más que alertar contra el calentamiento global, se convoca a un combate en “unión sagrada” contra él -nunca contra el crecimiento económico que está a su base- y la sugerencia que se desparrama, con cuidados modales propagandísticos, indica cómo combinar la práctica del consumo que no tiene descanso con la conciencia de la huella ecológica que éste produce. Ronda la sospecha de que nos estrellaremos pero detener el crecimiento sería peor, porque conduciría a traicionar la épica humana jalonada por sus innumerables logros. Un “pánico frío” recorre los cuerpos; proviene de que se aceptan, sin prestar verdadera atención, “mensajes abiertamente contradictorios”.

     ¿O debería ser este otro el punto del argumento que más nos complica? El estado, “nuestros responsables” los llama, está muy lejos de propiciar una solución, más bien es parte sustancial del problema. Es quien gestiona el “pánico frío”. Sólo con una pizca de perspectiva histórica, es la que contiene este libro, golpea a los ojos que la existencia misma del estado se autoimplica con la del capitalismo. ¿El huevo o la gallina? Autoriza unas palabras, se enlaza a ellas -las de la Ciencia y la racionalidad-, y sólo se siente saludable si es capaz de dar muestras de que su colaboración es imprescindible, fundamental para el crecimiento. Administra la necedad que nos aproxima a un nuevo desastre. Lo hace atizando los horrores que sobrevendrían si exploráramos otras formas de vida, cierra con candado las puertas que a duras penas permitían entreverlas. Cumple con su responsabilidad. A las puertas las habían abierto, sólo una hendija, ráfagas insumisas que proceden de andariveles laterales y minoritarios de la misma sociedad. Son aún débiles, no soplan al unísono; en nada se parecen a los vientos o los huracanes de la Historia, cosa que, por su modestia, a Isabelle Stengers la satisface. No hay temperamento prometeico a la vista, la modestia se lleva mucho mejor con la acción de “honrar a Gaia”.

     Tenemos otra idea del crecimiento y del estado en Argentina, también en América Latina. Crecer económicamente, durante los gobiernos denostados por populistas, fue un mandato pero no en sí mismo, sino para incluir a poblaciones muy vastas que desde hace más de un siglo era consideradas “extrasociales” o que habían sido expulsadas con estudiada crueldad a partir de las dictaduras y en los años noventa. Poblaciones con las que no había ningún compromiso. El estado, que por fortuna nunca fue aquí el de Luis XIV, se erigió como fuerza capaz de impulsar la inclusión. Combatir la pobreza -la otra palabra que nos obsesiona-, creando trabajo, produciendo economía. Cuando el neoliberalismo retoma las riendas, lo primero que ataca es esta construcción. Nuestras ideas permanecen muy por fuera de la órbita de Isabelle Stengers que usa como ejemplo principal la lucha social y civil que en Europa se desató contra los “organismos genéticamente modificados”, por lo tanto contra Monsanto y su política de arrasamiento de los pequeños agricultores, de industrialización absoluta del campo. Un pequeño dolor de cabeza para “nuestros responsables”, para la Ciencia y los Empresarios, que se defendieron agitando que el proyecto sólo buscaba erradicar el flagelo del hambre. No le interesa, o no puede, mencionar que lo que al menos alteró las noticias usuales que al viejo continente llegan desde América Latina tuvo que ver con la decisión de que los ingresos extraordinarios que provinieron de ese sector de la economía fueran administrados por el estado con políticas de signo redistributivo. Hasta en las orejas tenemos soja transgénica, pero durante un rato se la supo articular con expansión de derechos y libertades, con el retroceso de la pobreza y la indigencia, “con una vida que valga ser vivida” como ella lo expresa. Si en el 2009 no era fácil de ver, en el 2017, cuando se publica el libro en castellano, una nueva introducción habría sido de ayuda.

     De otro de los nudos de su argumento hubiera podido surgir el vínculo para acercarse a nuestra encrucijada, que seguro Stengers no ha renunciado a pensar que también es la suya. Es el que plantea que la destrucción a la que conduce el crecimiento económico no sólo atañe a la naturaleza, sino a los saberes que en otro tiempo la humanidad cultivó para relacionarse con el mundo de forma más justa, más atenta a Gaia. Incluso con el capitalismo como modo de producción dominante. La Ciencia protagonizó una tarea que fue de tierra arrasada, que con el lema “nosotros sabemos, ellos creen”, sustrajo de nuestras vidas toneladas de prácticas y palabras. “Un día, tal vez, experimentaremos cierta vergüenza y una gran tristeza de haber despachado a la superstición prácticas milenarias, desde aquélla de los augures de antiguos a las de las videntes, lectores de tarot o echadores de conchillas.” La dimensión de la catástrofe que nos aprieta el cuello sólo se dimensiona correctamente si se presta atención a esta faceta de la destrucción. Pisamos sobre cementerios de saberes. Por ende, después de diciembre de 2001 no nos encontramos con un repertorio amplio de recursos para poner a prueba y salir del atolladero al que habíamos llegado. Muy por el contrario. De este modo, no fue capricho que la crisis que afectó a América Latina haya encontrado sus resoluciones más interesantes de la mano del Estado y del crecimiento económico. Tampoco fue gestión de la catástrofe.

     Pierde en complejidad su libro al ahorrarse estos problemas nuestros, como el pensamiento que hace falta ensayar correría el riesgo de empezar a ahuecarse si no tomara en cuenta su argumento. Hay riesgos y riesgos, éste sería de los malos. Sólo hace unos meses con un grupo de compañerxs leímos En tiempos de catástrofes. A fines de 2019 en Mendoza se produjo una muy importante movilización, se dice que pudo ser de las más numerosas de su historia, que enfrentó la decisión del poder político de favorecer la megaminería, el uso de cianuro que contaminaría el agua. Y el agua, como se sabe, es un recurso escaso en nuestra provincia. Veníamos de lo que evaluábamos como una derrota política, cuando no habíamos logrado plegarnos al impulso nacional que había impedido la reelección de Macri. El esfuerzo militante fue insuficiente para hacer retroceder la hegemonía conservadora que en Mendoza hace pie firme en la alianza entre el radicalismo y el Partido Demócrata. Varixs que ya participábamos de asambleas vimos en lo que abría la movilización del 23 de diciembre una oportunidad que, en el mismo movimiento, nos llevó a pensar con más seriedad esta problemática que, no sólo en Mendoza, mientras fuimos gobierno habíamos desoído. Y luego nos preguntamos, habiendo atendido el argumento de Stengers, cómo el peronismo nuevamente a cargo  del gobierno nacional afrontaría estas cuestiones.

     Es parte del asunto indicar que también leímos y discutimos este libro después del golpe cívico militar en Bolivia que, de este modo lo dijimos, derrumbó la “hipótesis García Linera”. La misma aducía que mientras la economía siguiera creciendo no había peligro cierto de que la experiencia nacional popular, e indígena en su caso, fuera derrocada. Nos preguntamos, por lo tanto, si no era hora de reverla o, más en general, de revisar el sesgo desarrollista de nuestros gobiernos. Pero, digámoslo todo, en la discusión se había metido el antropólogo brasilero Eduardo Viveiros de Castro, quien también se pregunta por Gaia y sostiene en una entrevista de agosto de 2013, epílogo del libro La mirada del jaguar: “cada vez que tomamos el aparato del estado, es el estado quien toma nuestro aparato, llamémoslo así, mental.” No nos dio ganas siquiera de googlear qué anda pensando hoy este antropólogo al que, por lo demás, yo admiro, después de que Bolsonaro, que es mucho más que un nombre propio, dejó en claro que al menos en estas orillas el Estado no siempre es el mismo. Es en este momento de la encrucijada que leímos En tiempos de catástrofes.

     Es muy endeble, si se lo pone ante lo que significa la irrupción de una trascendencia, de Gaia, lo que perfila Stengers como respuesta. Que no sean salvajes es lo que le interesa. Movimiento slow, jurados populares, el activismo norteamericano de acción directa no violenta, programadores y usuarios de software libre. Viveiros de Castro recoge la pregunta que formula Bruno Latour, lector principal que tuvo el libro de Stengers: “¿Quién va a ser el pueblo de Gaia?” Sopesa de un lado y del otro al sujeto que estará a la altura de esa trascendencia; se pregunta  por los indios y los descarta porque “su tecnología no sirve para los desafíos que tenemos.” Agrega el brasilero lo que podríamos decir de Stengers: “Creo que Latour se deja cautivar demasiado por el modelo de la democracia representativa. Usa el vocabulario del parlamento, de la asamblea, del acuerdo, de mundo común. (…) No es suficientemente pesimista, cada vez más está difícil decir que vamos a salir bien de esto.”

     Quizás no alcance para salvarnos, como el Dios que reclamaba Heidegger, pero si se activan los malones e incluso los quilombos que surcaron nuestra historia, por lo menos no moriremos de miedo.

aGUSTÍN SUÁREZ

Es profesor de Filosofía en escuelas secundarias de Las Heras y Guaymallén, en la ciudad de Mendoza.

Banzai, de Gata Cattana

MÚSICA / POESÍA

SUSANA PINILLA ALBA


Banzai (2017)
de Gata Cattana

banzai

     Ana Isabel García Llorente (1991-2017), conocida como Ana Sforza en la poesía y Gata Cattana en el rap murió el 2 de marzo de 2017 dejando tres EPs, algunas canciones inéditas, un poemario varias veces reeditado y un disco póstumo, que sus familiares y amigos publicaron a finales de 2017. El fallecimiento de la artista, a causa de un shock anafiláctico severo, no fue impedimento para que Banzai viera la luz en Spotify el 6 de octubre de 2017 y el 7 lo hiciera en formato físico y otras plataformas digitales. 

     El halo de misterio que envuelve este disco radica en la cantidad de mensajes premonitorios de una muerte próxima, que han reforzado la mitificación de la figura de Gata Cattana, impulsándola como máxima representante del rap cultural andaluz. Por ello, la fama con la que contaba la artista incluso antes de haber publicado un LP se pone de manifiesto en algunas canciones del disco, en las que el “mensaje encriptado” que varias veces menciona parece hacer coincidir sus propios detalles biográficos con los tópicos de vanidad humana y memento mori presentes en la tradición literaria española.

     Por otra parte, su obra musical es un continuo, en el que la poesía, el rap-conciencia-hardcore y la política, difícilmente se distinguen. Podríamos estar hablando de un rap poético y social o de política hecha arte. Ella se definía apelando a sus tres facetas: “poetisa de día, rapera de noche y politóloga a ratos” (Entrevista con Ignacio Pato, para PlayGround, el 9.02.2016), pero en su obra es difícil definir a qué terreno pertenece cada una de sus composiciones. Su retórica es elocuente como la de un orador romano, a la vez que la composición de sus textos y los recursos literarios empleados nos recuerdan al bagaje cultural  propio de los clásicos de las Letras españolas. A veces no sabemos si estamos en un evento activista o en una clase universitaria de Ciencias políticas. Asistimos a un eterno retorno en el que los mismos temas reparecen, reinterpretándose y resignificándose continuamente. Dichos temas, presentes ya en sus primeros trabajos, ahondan en las preocupaciones trascendentales del ser humano, que llevadas al rap literario, purifican las pasiones del oyente en un éxtasis catártico. Abundan las referencias mitológicas, culturales e históricas con un espíritu filosófico de cuestionárselo todo desde la reflexión estética evasiva, efecto posibilitado por el influjo musical del trap, la lucha política del rap conciencia y la catarsis que permite el arte. 

     La artista empezó en la música en 2015 y culminó con una publicación que podríamos considerar su primer y único álbum conceptual. El LP Banzai (2017) se compone de 13 tracks de entre 2 y 4 minutos de duración cada uno. El beat y la producción de la mayoría de las canciones corre a cargo de D. Unison, excepto la canción 7 y 12, de Nico Miseria, que anteriormente había producido con ella en el sencillo “Samsara”. 

     Es complejo argumentar el carácter conceptual de un disco que la misma autora no pudo completar. Sin embargo, encontramos un orden en todo este entramado de temáticas y sensaciones eclécticas, muchas veces contradictorias, que hacen precisamente que Banzai sea un discurso firme al permitir su lectura como obra total. Este conjunto no solo retoma los temas y estilos previos de la artista, sino que los contextualiza en el plano musical del momento y en su esfera vital. Así pues, los motivos mitológicos, culturales y políticos de antaño se retomarán con una estética más trabajada, con melodías procedentes del jazz o de la música electrónica y con colaboraciones de la escena más underground del sur, los canarios Scarface Johanson y Bejo. Pero esas innovaciones formales van acompañadas de un leitmotiv conceptual que encontramos en el significado de la expresión japonesa “banzai”, título del disco y de una de sus canciones, además de vértebra discursiva del mismo.

     En palabras de la autora, la expresión se refiere a  “ir a la batalla y soltarlo todo, quedarse tranquila”. Por una parte, quiere decir “Larga vida” o “¡Viva!”, grito de alegría, cuya dimensión estética conecta con un sentimiento de honra, admiración y respeto. Esta idea de eternidad, retomada por gran parte de su recepción, ha dirigido los múltiples homenajes en forma de murales con graffitis en su nombre, documentales, festivales o certámenes de poesía que se hicieron y están produciendose actualmente tanto en España como en Latinoamérica. En Banzai observamos esta noción en la base instrumental y el contenido retórico de los siguientes tracks. Las canciones “Nada funcionando” y “Hermano inventor” actúan como una bienvenida a la evasión, a la necesidad de reflexión personal introspectiva para descifrar un mensaje que aparece como hilo conductor del disco. Dicho mensaje, que ha de ser decodificado para que la Humanidad pueda seguir funcionando no es otro que la cooperación por un mismo fin: la libertad. El mensaje aparecerá resuelto en el último track, “Desértico”, canción de cierre del disco, en la que dice: “Contenido de Revoluçao […]/ diez mil oyentes bien usao’s son un ejército”.

     Por el contrario, el tono lírico y festivo de la canción “Limonero”, rica en referencias identitarias del sur español, conecta con la evasión desenfadada de “Hasta el final” y “Estoy bien”, que sirven como contrapunto para suavizar temas de más hondura existencial, que se recuperan someramente en cada una de las canciones. Todas ellas responden con un carpe diem a la solemnidad de canciones como “Papeles” y “Cartas que no repartí” en las que se tematiza el ubi sunt, concepto predilecto en la obra de Gata Cattana. En “Papeles” asistimos a una verdadera preocupación por el devenir de su producción y la necesidad de frenar la mercantilización de su arte. Será esta canción la que conecte la cuestión estética de su obra, enunciada mediante la vida en la fama y la honra a sus orígenes: “Gloria y honor a mi estirpe es todo lo que dejo antes de morirme” (“Papeles”, Banzai) con el cauce profesional de su música. En mi opinión, precisamente estas dos dimensiones: una estética y una política, son las que estructuran la relación entre las canciones y la finalidad de este disco: la de trascender con su arte, quedar en la vida de la fama, retomando este tópico medieval que ya veíamos en la famosa elegía Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

     Asimismo, el plano político de esta expresión lo observamos en la férrea defensa de su arte, novedad temática del disco. Dicha idea de protección identitaria entronca con el otro significado de la expresión. En un contexto bélico los samuráis gritarían “banzai” antes de ir a batalla, aludiendo al azar de su destino: a la victoria o la inmolación que conllevaría la derrota. Quizá podría interpretarse como la expresión similar en nuestra cultura: alea iacta est

     En el disco distingo dos lecturas en este sentido. Las canciones que tematizan este enfoque, a modo personal, son “Mi burra” o “Fuego”. En ellas se trata el desprecio hacia la mercantilización del arte o el uso de su imagen con fines publicitarios, es decir, todos los asuntos referentes a su oposición a las multinacionales que buscaban enriquecerse con su trabajo. Pero hay otra interpretación de este significado a modo colectivo, expresada mediante recursos del rap-protesta, que Gata utliza contra la llamada “ley mordaza”, nombre popular con el que conocía a la “Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana” (2015), que restringía la libertad de expresión. Esta crítica se articula en las canciones “Fuego”, “Banzai” y “Desértico”. El grito de batalla que implica “banzai” tiene un correlato con la lucha conjunta como único método para lograr avances. Así, los tracks “Mi negra” y “El plan” son un llamamiento a la organización de ese colectivo que no disfruta de los privilegios del sistema y a costa de la explotación de los cuales se sustenta el capitalismo: las mujeres, las personas con diversidad funcional, los inmigrantes, la clase social con menos posibilidades económicas y educativas. En definitiva, los subalternos. Así pues, cuando se dirige a la recepción de su obra, lo hará desde el feminismo interseccional diciendo: “Para mis gatas, para mis putas, pa mi mulata en las esquinas paseando la minuta, todo el rato, para vosotras, nunca me sentí sola porque estábamos juntas” o bien,  “Tengo a mi trupe chingona deseando atacar, cuando yo abra la boca, y diga ‘mata’”.

     Por último, frente a la interrelación semántica que ofrece la expresión “banzai” en un plano reflexivo y político, la dimensión estética se presenta en la imagen del fuego como metáfora del flow, es decir, del potencial del rapero en su producción con fines creativos, como proyección para resignificar la escena, pero también para cambiar el mundo, en un plano político. Así pues, habrá alusiones frecuentes con esta ecuación: fuego= flow= catarsis, mediante el empleo del campo semántico de la destrucción, con variadas apariciones a lo largo del disco: “yo me destruyo en cada una de estas, cuando lo escribo, cuando lo grabo”, “descubriré el fuego”, “alimentando mi fuego”, “no te acerques mucho, que todavía quemo”, “tú quieres candela, yo tengo mechero”, etc. 

     Tras escuchar Banzai nos surge la duda de cómo habría evolucionado la trayectoria de Gata Cattana: ¿habría desarrollado su carrera musical o habría dejado de comercializar su rap, hastíada de la fama? En mi opinón, buscaba una fama en las ideas, en la mente, no un éxito material. Cansada de la mediocridad laboral como tantos otros jóvenes con formación universitaria, el rap suponía un salto a una mejor calidad de vida, atacando al sistema desde el sistema. Aun así, siempre se corre el peligro de convertirse en aquello que se repudia y que todo acabe “desértico”. Pero su “fuego” ha trascendido su obra y el icono que es actualmente la revive en cada manifestación contra la violencia de género, cada festival feminista y cada reproducción de alguno de sus tracks. 

     Es innegable que la proyección de Gata Cattana vivirá en la fama, en la memoria, en las infinitas posibilidades de su música para evocar, repensarse e interpretar el mundo de la manera que mejor encaje con nosotros. Hagamos manifiesto y homenaje poniendo en circulación el conocimiento de su música, de su figura y en definitiva, de su lucha, que no es otra que la nuestra. 

 

Link del disco completo en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=JanSZolnch4&t=432s

SUSANA PINILLA ALBA

Es Graduada en Filología Hispánica, Máster de Educación por la Universidad de Málaga (España). Doctoranda y docente en el Departamento de Ciencias de la Literatura y Estudios culturales de la Universidad de Wuppertal (Alemania).

El camino de Ida, de Piglia

NOVELA / HISTORIA

FEDERICO FRIDMAN


El camino de Ida (2013)
de Ricardo Piglia

Maquetaci—n 1

     Piglia escribió El camino de Ida (2013) haciendo equilibrio sobre un alambre de púas suspendido en un vacío. La novela sigue el devenir revolucionario de Thomas Munk, una máscara del Unabomber, Theodor J. Kaczynski, e ilumina singularidades de la relación entre la escritura de Piglia y la cuestión de la lucha armada. La tensión entre escribir y pelear, entre la literatura y la revolución, recorre su obra pero tiende a desplazarse hacia los márgenes, a desarrollarse en pliegues casi ocultos, en estructuras clandestinas que configuran subtextos. En la novela, la decisión de Munk de utilizar la violencia como un instrumento para visibilizar su programa ideológico-político, a través del envío por correo de dispositivos explosivos a miembros de la academia y del mundo científico, conduce a Emilio Renzi a rememorar la lucha armada en Argentina. 

     En la superficie del texto surge una historia liviana: los avatares de Renzi como profesor visitante en una universidad de elite norteamericana y sus pesquisas para determinar si la muerte de su colega y amante, Ida Brown, estaba relacionada con los ataques que habían sufrido otros académicos. El F.B.I. también investigaba su muerte como dudosa y, según Renzi, su paranoia por sentirse vigilado solamente encontraba reparo en sus diálogos con su vecina rusa, Nina Andropov, quien era la única que podía sacarlo de las “tinieblas dostoievskianas.” Pero la historia de vida de la profesora jubilada de letras eslavas también lo hacía revivir viejos tiempos: “las reuniones donde se hablaba de política en cuartos llenos de humo, las muchachas ardientes que militaban en barrios obreros y planeaban revoluciones que iban a purificar el mundo”. Renzi no podía dejar de pensar en las conexiones entre la muerte de Ida y los atentados que sufrieron otros académicos a través de los esquemas de su país. 

     Las referencias a los años de la lucha armada proliferan en la novela y alimentan un río subterráneo con múltiples bifurcaciones. Renzi recuerda cómo en Argentina durante los 60 y 70 uno podía llegar a encontrarse en la periferia de una organización y desde la superficie prestar colaboración logística. Relata, por ejemplo, un episodio en 1963 ó 1964 cuando un compañero de la universidad, quien luego sería uno de los miembros fundadores de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), buscó refugio en su dormitorio en una pensión tras un enfrentamiento con un policía en La Plata. También menciona específicamente haber conocido mujeres que entraban y salían de la clandestinidad para transportar armas a través de la ciudad y que luego regresaban a su casa y a su rutina. Además, hace referencia a hechos claves en la historia de la violencia política en Argentina, como el asesinato de Emilio Jáuregui en 1969 y la fallida operación del ERP en Monte Chingolo en 1975 infiltrada por los servicios secretos. 

     En uno de sus diálogos con Nina acerca de los atentados, ella sostiene la hipótesis del terrorista solitario. Menciona que en Rusia, antes de los bolcheviques, los revolucionarios actuaban solos y recuerda el caso de Vera Zasulich, quien había disparado contra el zar y había puesto una bomba en la oficina de la policía secreta. Renzi hace referencia a una carta de Marx escrita en 1881 “a esa mujer extraordinaria.” En ésta, según dice, Marx justificaba la violencia, afirmaba que era un modus operandi específicamente ruso e históricamente inevitable y que, por lo tanto, no había razón para juzgarlo o moralizarlo. Sin embargo, la conversación deriva en una amarga conclusión: “La creencia corrosiva de que la historia se rige según sus propias leyes había legalizado los crímenes políticos”. Es difícil discernir si estas palabras reflejan el terror que persiguió a Nina hasta el exilio o si también proyectan las ideas del narrador.

     En Los diarios de Emilio Renzi (tomo III) (2017), el jueves 19 de enero de 1978, Piglia alega haber escrito que la decisión de muchos amigos de optar por la lucha armada le parecía equivocada y que obedecía a “una dirección política imbécil o provocadora”. Esta audacia absurda, la de dejar por escrito en plena dictadura que muchos amigos habían devenido en combatientes revolucionarios, debería ser suficiente para demostrar que estas palabras no pudieron haber sido escritas durante “los años de la peste.” Los diarios forman un andamiaje, tal vez terminado a contratiempo, que sostiene y retroalimenta la maquina literaria diseñada por Piglia. Al sistematizarlos con sus textos se reactualiza la ficción que los envuelve. Por eso, aquí se trata de pensar en sus entradas como engranajes dentro de esta maquinaria y para entender cómo funciona con otras maquinas de pensar, de amar, de crear y de morir, necesitamos volver a ensamblarlo.

     En este sentido es interesante señalar cómo en la novela se manipulan los eventos en los cuales participó Zasulich y se tergiversan las cartas de Marx. Zasulich participó en una acción violenta: un solitario intento de asesinato del Gobernador General de San Petersburgo en 1876 por su brutal maltrato a un preso político. Pero no formó parte de la operación para asesinar al zar Alejando II organizada por el grupo Narodnaya Volya y tampoco, como se sugiere en la novela, en un atentado con bombas en contra de la policía secreta. El 16 de febrero de 1881, luego de haber modificado su posición y de haber adoptado una postura crítica frente al uso de la violencia, Zasulich le escribió una carta a Marx pidiéndole que explicara su postura acerca de las comunas rurales en Rusia. Zasulich afirmaba que esta forma de producción pre-capitalista contenía el germen de la revolución y le pedía a Marx que claramente se expidiera al respecto para dirimir las discusiones en las que se enfrascaban las distintas facciones marxistas.

     Marx redactó varios borradores (uno de ellos de casi tres mil palabras) antes de decidirse por una escueta respuesta fechada el 8 de marzo de 1881. En ésta, Marx le explicaba a Zasulich que la teoría del socialismo científico acerca de las “inevitables” etapas históricas que debían desarrollarse para alcanzar un estadio revolucionario se aplicaba solamente a los países capitalistas de Europa occidental. Si bien afirmaba que las comunas rurales tendrían que convertirse en propiedad privada para dar curso al despliegue de estas etapas, Marx reconocía que la propiedad comunal de la tierra era una piedra angular que llevaría a Rusia a una regeneración social. La carta mencionada en El camino de Ida, en la cual Marx justificaba el terrorismo, fue ciertamente escrita, el 11 de abril de 1881 en Londres, pero enviada a su hija Jenny Longuet. 

     Este mecanismo de cartas cruzadas sitúa a una mujer en el centro del proceso de radicalización que luego convergió en la Revolución de Octubre y la inviste como legítima heredera de una misión histórica que justificaba el uso de la violencia. Por un lado, entre los eventos históricos, los nombres de los protagonistas y los remitentes trastocados queda solapada la posición que Zasulich finalmente asumió en contra del zarismo: una postura social-demócrata opuesta al elitismo y al militarismo de Lenin y los Bolcheviques. Por otro lado, este dispositivo literario nos revela claves desde donde se podría (re)leer El camino de Ida. Al mundo hipermasculino y falocéntrico de la violencia política, se le contrapone el valor, la iniciativa y el protagonismo de una mujer. 

     Piglia ensaya esta maniobra en “Diario de un loco,” la segunda parte de la nouvelle “Un encuentro en Saint-Nazaire” (1988), publicada en Prisión perpetua (2007), y en “Notas en un diario (1987),” incluidas en Antología personal (2014). En estos textos laboratorio, se introduce con variaciones el personaje de Erika/ Érica Turner, quien había aceptado una propuesta para enseñar en Princeton, y el personaje de una guerrillera. En la primera serie, escribe que cuando Erika vivía en Londres un día recibió un llamado de una amiga lejana que era la responsable de la seguridad del IRA y que le pedía que cobijara a la jefa militar de la columna norte. En las notas, señala que años atrás una amiga le avisó a Érica que debía “guardar” a una militante del ERP, la jefa militar de la columna norte de Santa Fe que estaba siendo intensamente búsqueda. En ambos casos, la guerrillera llevaba una marca de nacimiento en el rostro y en ambas secuencias, después de estar guardada por dos semanas en casa de Érica/Erika, termina siendo asesinada. 

     El dispositivo literario ensamblado en El camino de Ida muestra cómo la novela pide ser leída. La historia ilumina desde distintos ángulos y con diferentes filtros al personaje de Ida. Esta estructura provoca un juego de sombras y de oscilaciones en la profundidad del personaje que alimentan la obsesión de Renzi y sus elucubraciones. Primero, piensa que Ida pudo haber dado el salto, haber pasado a formar parte de una célula terrorista y que su muerte se debió a la detonación de un explosivo antes de ser enviado a un objetivo. Luego de encontrar azarosamente la novela de Conrad que Ida estaba enseñando en su curso, The Secret Agent (1886), Renzi se da cuenta que mientras la agencia de inteligencia y seguridad interior más sofisticada del mundo no podía dar con Munk, ella pudo haber descifrado el enigma de su identidad a través de la literatura. 

     Munk finalmente rompe el silencio, tras más de dos décadas operando en solitario y clandestino en un bosque de Montana, y logra publicar en los periódicos más importantes del país su Manifiesto sobre el capitalismo tecnológico. Renzi analiza el particular uso de un lenguaje académico en el texto y la clara concepción del autor de cómo hacer circular un mensaje en los tiempos actuales. Comprende que la decisión de matar estaba ligada a la voluntad de hacerse oír y reconstruye el proceso de radicalización que llevó a un no poco brillante intelectual, matemático y ex-profesor de Berkeley a utilizar un recurso violento para tener acceso a la palabra pública. También entiende la coherencia del programa. Frente a un acelerado proceso de tecnologización de todas las esferas de la vida, su decisión era lógica: atentar contra los individuos que forman parte de la intelligentzia que sostiene el desarrollo tecnológico-militar que destruye todo lo que queda de humano en el mundo. Pero, entonces, la misma pregunta insiste: ¿Podría un desarrollo histórico justificar la decisión de matar o, como dice Renzi, “el derecho a matar”?

     Renzi, el equilibrista, camina sobre una delgada línea mientras recuerda cómo se paseaba entre la gente que organizaba manifestaciones, protestas, recitales y happenings en Sacramento, la ciudad donde se encontraba el penal al que fue traslado Munk y que lo hacía recordar a la ciudad de La Plata. Renzi había dejado de ser un extranjero en los Estados Unidos, ya no necesitaba de un mapa para desplazarse a través de distintos espacios, autopistas y ciudades. Sin embargo, sí demuestra ser un extraño frente a formas actuales de organización colectiva. Así como no podía comprender cómo la chica de pelo azul surfeaba en la deep web para obtener pasajes de avión, tampoco parece terminar de entender las nuevas dinámicas que impulsan a la multitud a formarse, a desplegarse en los intersticios de un férreo sistema de control y a replegarse. 

     Es Ida quien guía a Renzi hasta Munk y son sus notas en la novela de Conrad, una hermenéutica cifrada a los márgenes del texto, las que lo llevan a concertar una entrevista con éste para comprobar sus sospechas. Así como muchos de sus viejos amigos leían los ensayos del Che y enfilaban hacia el monte, ¿Qué hacer? de Lenin y fundaban el partido del proletariado, o las Obras de Mao y anunciaban el comienzo de la guerra popular, Renzi piensa que Munk había encontrado en la lectura de novelas el camino y el sentido para sus acciones clandestinas. Cuando corrobora que Munk era un asiduo lector de Conrad, cree haber dado con la clave del misterio de la muerte de Ida. 

     El encuentro finalmente se produce y es Munk el que lleva adelante la conversación, mientras le explica a Renzi que las dinámicas actuales impedían la formación de un movimiento de liberación, como las organizaciones armadas en Argentina, y que la única alternativa era la de actuar como lobos solitarios unidos en la dispersión con otros miembros de la manada que no se conocen entre sí. Pero cuando le pregunta a Renzi por qué él estaba allí, la respuesta es unívoca: Ida Brown. Munk admite haberla conocido y rechaza de plano haberla asesinado. Sin embargo, evita afirmar o negar si ella había formado parte de la organización. Esta indefinición amplifica la imaginación de Renzi acerca del posible devenir revolucionario de Ida y el epílogo de la novela concluye con un luminoso recuerdo de su cuerpo desnudo, de las manchas blancas en la piel que le cruzaban todo el cuerpo, “marcas de nacimiento, rastros del pasado.”

     El camino de Ida proyecta múltiples devenires posibles y, paradójicamente, marca un regreso o una clausura. Las palabras de Renzi en la novela remiten a sus diarios y su experiencia frente a la muerte de Ida a la tragedia de haber perdido a muchos amigos durante los años de la lucha armada y del terrorismo de Estado en Argentina. La circularidad de este orden no establece jerarquías, o una progresión entre una y otra experiencia, y comunica la aspiración a un cierre. Poco importa que esta no sea la novela mejor lograda de Piglia si la consideramos como una postdata lanzada desde los esquemas del siglo pasado hacia un porvenir ya inasible. 

FEDERICO FRIDMAN

Es Licenciado en Ciencia Política (UBA) y Doctor en Literatura Latinoamérica por Cornell University. Docente e investigador en la Universidad de Michigan, Ann Arbor, en donde enseña cursos sobre literatura, arte, cultura y política latinoamericana.

La masacre de Kruguer, de Luciano Lamberti

NOVELA

JUAN MANUEL BELLINI


La masacre de Kruguer (2019)
de Luciano Lamberti

la masacre

Helter Skelter  

 

     A Lamberti se lo había conocido como cuentista con libros que podían pasar del realismo de El asesino de chanchos  (2010) a las fantasías de El loro que podía adivinar el futuro (2012). En 2016 publica su primera novela: La maestra rural. Una historia que mezclaba esoterismos, abducciones, mutantes, experimentos científicos y que dejaba personajes memorables, empezando por la poeta Angélica, su hijo Jeremías, el estudiante de Letras Santiago, el poeta y editor Rulo Bóveda, la vecina Esther. El terreno era Córdoba pero se extendía al universo, con una escritura llena de suspenso que se permitía momentos de humor y locura.

     Este año la propuesta pasa por una masacre en un pueblito perdido en la Patagonia. Allí Lamberti se toma las libertades de contarnos una historia que comienza con la caída de un meteorito y que se entrevera hasta con un teleteatro apócrifo. Como en su novela anterior, hay una sumatoria de voces que van hilando la narración. Pone a prueba el morbo de quien lee, las preguntas tienen respuesta pero no alcanzan. Hay algo de Stephen King y David Lynch dando vueltas en Kruguer, el pueblo de postal que esconde el horror. 

     Las nuevas generaciones de escritores se permiten ese registro, Samanta Schweblin con sus incursiones en la novela, desde Distancia de rescate (2014) que fue una forma original de mostrar los peligros de la contaminación hasta Kentukis (2018) donde metaforiza la relación con las nuevas tecnologías y también Celso Lunghi con la novela ganadora del premio Página/12 en 2012, Me verás volver, que contaba un suicidio masivo en el interior bonaerense. Podemos sumar a Hernán Ronsino con su nouvelle Cameron (2018) donde el escenario es la nieve y un lugar impreciso que podría hacernos pensar (pese a que las acciones transcurren en el otro hemisferio) en hechos perpetrados durante la última dictadura argentina.

     El género fantástico que tuvo sus referentes en nuestro país en cuentistas como Horacio Quiroga, Borges, Cortázar, pareció sucumbir en los ’60 según cuenta Abelardo Castillo en el recomendable libro de conversaciones con María Fasce El oficio de mentir: “La verdad es que yo empecé escribiendo cuentos fantásticos. Mi idea del cuento era el cuento fantástico de Poe, de Maupassant, de Borges, de Buzzati. Pero como parecía que lo fantástico no iba con nuestra generación –no olvides que empecé a publicar en los años 60-, escribí cuentos realistas. Escribía cuentos realistas para impresionar a Humberto Constantini mientras iba acumulando cuentos fantásticos, para uso personal, en los cajones. Un día descubrí que hay una manera realista de contar un cuento fantástico”.

     Si Lamberti descubrió lo mismo para contar su novela no lo sabemos, pero de repente la sangre baña la nieve y no se detiene. Se sobrevive en la locura, algunos con pastillas otros no paran hasta el suicidio. Y en la cronología de Kruguer el “27 de junio de 1987 la población se reduce a un habitante”. Por allí anda el comisario Dut, del pueblo vecino, el que tiene que resolver el enigma y al que todo se le convierte en pesadilla, no le saldrán las cosas como al comisario Croce de Ricardo Piglia, porque se enfrente a lo inexplicable. ¿Qué explicación le encuentra al niño de 9 años que sobrevive de los intentos de ser asesinado por sus padres hippies cuando él quería asesinarlos a ellos? ¿Del misterio del doctor Keselman que un día se tira al vacío después de haber contemplado los momentos más crueles de su vida? ¿Y de Azucena Helm a la que su madre lisiada le arrancó un dedo y que había registrado los comportamientos extraños de sus vecinos? ¿Y el atildado Rodolfo Wairon, el presentador de la fiesta de la nieve, que de repente se empieza a sacar dientes?

     Si el género terror consiste en atrapar al lector hasta finalizar el libro, Lamberti nuevamente cumple, pero en La maestra rural los momentos de humor daban respiro, mientras que La masacre de Kruguer ahoga, pide a los gritos que termine. Para quienes aún no se han acercado a su obra, se recomienda empezar con su primera novela para después quedar atrapado en la nieve, intentando escapar.  

JUAN MANUEL BELLINI

Juan Manuel Bellini es Periodista, docente de la cátedra Análisis y Crítica de Medios de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (UNLP). Trabaja además en el Programa de Justicia por Delitos de Lesa Humanidad en la Comisión Provincial por la Memoria.

Historia de una investigación, de Enriqueta Muñiz

PERIODISMO / TESTIMONIOS

DANIEL BADENES SCHAPOSNIK


Historia de una investigación. "Operación Masacre" de Rodolfo Walsh: una revolución de periodismo (y de amor) (2019)
de Enriqueta Muñiz

historia-de-una-investigacion-enriqueta-muniz-D_NQ_NP_705019-MLA32751806096_112019-F

     Un 20 de diciembre, hace 63 años, Rodolfo Walsh estaba sentado frente a una máquina de escribir, tipeando una denuncia de mi abuelo.

     Habían pasado menos de dos días del momento en que Enrique Dillon le mencionó la historia de los diez fusilados inocentes. Walsh logró conseguir dos documentos: la denuncia de Juan Carlos Livraga y una presentación de Eduardo Schaposnik en la Junta Consultiva de la Provincia de Buenos Aires sobre casos de torturas. Y fue a las oficinas de la editorial Hachette -para la que trabajaba hacía más de una década- a pedir ayuda. La joven Enriqueta Muñiz, de 22 años, transcribió el testimonio del fusilado viviente; Walsh, el documento del dirigente socialista.

 

     *

 

     La primera vez que leí Operación Masacre hacía un par de años que había fallecido mi abuelo. En mi casa había una edición realizada por De la flor en 1972. Además de incluir la infaltable dedicatoria que tuvo desde su primera versión en 1956, arrancaba con el prólogo a la tercera edición (1964), donde Walsh escribe: “Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que si en algún lugar de este libro escribo ´hice´, ´fui´, ´descubrí´, debe entenderse ´hicimos´, ´fuimos´, ´descubrimos´”. Siempre me pregunté por Enriqueta Muñiz, cuyo nombre encontré algunas veces después pero sin ninguna vinculación con Walsh.

     Claro, más atención me llamó encontrar mi apellido materno en el capítulo 32 –Los fantasmas-: “…Doglia ha hablado con Eduardo Schaposnik, representante socialista ante la Junta Consultiva, y a comienzos de diciembre, en sesión secreta, los cargos reaparecen, esta vez en boca de Schaposnik”. ¿El abuelo Eduardo y Operación Masacre? ¿Walsh y él? ¿Cómo? ¿Cuándo?

     Recuerdo haber regresado a la casa donde mi abuelo vivió con su segunda esposa en busca de algún archivo. Volví con algunos libros de su biblioteca pero ninguna respuesta: había poco anterior a sus años de exilio y nada de los años 50.

 

     *

 

     Enriqueta Muñiz acompañó a Walsh durante toda la investigación de Operación Masacre. Protegió documentos, siguió pistas, entrevistó testigos; mientras Walsh hablaba con sobrevivientes, ella conversaba con sus madres y esposas. Además de jugarse entera, escribió en dos cuadernos un diario de aquella investigación, desde aquel 20 de diciembre en que Walsh se presentó en la editorial diciendo haber encontrado “al perro mordido por un hombre” hasta la publicación del libro, casi un año más tarde. La vida los llevó por caminos distintos, pero Enriqueta guardó esos cuadernos -y otros papeles de Walsh- como un tesoro. El tesón de Diego Igal por recuperar la historia de la periodista dio con ellos en el momento justo y ahora salieron a la luz en este libro.

     Esta pieza necesaria de la historia es apasionante de todo punto de vista. Lo es saber, por ejemplo, que la joven que sostuvo la investigación con Walsh lo hizo ocultándolo a su propia familia, que la controlaba celosamente. Sobre el final del primer cuaderno, al mencionar un encuentro del periodista con uno de los sobrevivientes, Enriqueta escribe: “Desgraciadamente, la escasísima libertad de movimientos que tengo en mi casa me impidió asistir a esta interesante entrevista. Y ya que estamos, dejaré constancia ante mí misma de los prodigios de imaginación, memoria y serenidad que he debido hacer para efectuar todos los movimientos aquí consignados, dentro de un horario ridículo, al que se han debido plegar toda clase de personalidades, y sin levantar la sospecha de mis padres”. Un texto que nos insta a pensar una historia feminista del periodismo, a preguntarnos cuántas mujeres faltan en la bibliografía que hemos consagrado.

 

     *

 

     A mi los cuadernos me aportaron también piezas faltantes en otra historia. Muñiz relata el derrotero periodístico de la investigación, mucho antes de ser libro (un libro que amagó a publicar Frondizi, pero arrugó, y que terminaron financiando los nacionalistas. Escribe Enriqueta: “No me agrada que el seudocapitalista del libro sea Marcelo Sánchez Sorondo. Pareciera que los únicos decididos en este bendito país son los nacionalistas”). Antes de la navidad del 56, el semanario de Leónidas Barletta, Propósitos, publicó los documentos obtenidos por Walsh, tipeados por él y por Muñiz la tarde del jueves 20 de diciembre. Más tarde -a fines de mayo- llegarían los artículos en Mayoría, la revista de los hermanos Jacovella, base del futuro libro. Fue después de una pelea entre Walsh y Barletta, en una reunión que los apuntes de Muñiz fechan el 12 de enero: “No asistí a la reunión pero sé que fue tormentosa, pues Walsh estaba furioso a raíz de la publicación en ´Propósitos´ de una nota en la sección ´Lo que no ayuda´, donde se atacaba a nuestro mejor aliado, Eduardo Schaposnik, por una mezquina cuestión de partido. Lo grave es que se había tomado como base el texto de la sesión secreta, desperdiciando el precioso material del modo más desconsiderado y estúpido, Walsh tenía mil veces razón, pero imagino que se excedió en los reproches. Desde ese día, mi querido semanario ´Propósitos´ no volvió a publicar nada sobre el caso ´Livraga´.”

 

     *

 

     No hay mucho más sobre ese “mejor aliado”. En un tramo del segundo cuaderno vuelve a mencionar “los escalofriantes casos de torturas denunciados por Schaposnik según consta en la versión taquigráfica de la sesión secreta de la Junta Consultiva de la Provincia”. Nada más. No sé cuándo se habrán cruzado, cuántas veces. Si habrá sido el abogado platense de los fusilados, Máximo Von Kotsch, el contacto entre ellos.

     Pienso en el antiperonismo del abuelo Eduardo, que era también el de Doglia y el de Walsh. Imagino que mi abuelo habrá tenido -¿cuándo, con quién, con qué palabras?- un momento como el de Walsh frente a la casa de Garibotti, que ahora conocemos relatado por Enriqueta:

     “Es una casa mejor construida, con muchas flores en el jardín. Mientras esperamos que nos abran, Walsh me dice:

     -¡Y luego quieren que dejen de ser peronistas! ¡Si Perón les dio una casita con flores, y estos vienen a sacarlos de ella para llevarlos a un baldío y matarlos como a perros, por la espalda!

     Y Walsh es anti–peronista. ¡Pero la evidencia es tan triste y abrumadora!”.

 

     *

 

     La historia es un rompecabezas, pero no sabemos cuántas piezas tiene, cuántas faltan, ni cuándo las encontraremos.

DANIEL BADENES SCHAPOSNIK

Profesor, investigador y extensionista en la Universidad Nacional de Quilmes. Es editor de la revista La Pulseada e integrante de radio Futura. Le cuesta poner el punto final a su tesis para el doctorado que cursó en la Facultad de Guay.

 

Desde abajo y a la izquierda, de Mariano Pacheco

POLÍTICA

MARIANA BELLUSCIO


Desde abajo y a la izquierda. Movimientos sociales, autonomía y militancias populares (2019)
de Mariano Pacheco

tapa_pia

Marx guiando al pueblo. ¿Qué pueblo? ¿Qué izquierdas?

    

     El reciente libro de Mariano Pacheco es un convite a pensar, indagar y establecer diálogos desde el campo popular y los espacios políticos que se entienden interlocutores y sujetos de ese campo. Desde que salió de imprenta, su autor no ha parado de presentarlo en diversos espacios de “militancia”, pero también en variados escenarios académicos; desde cátedras de pensamiento filosófico o político en universidades de distintos puntos del país, pasando por sedes de gremios, partidos políticos y organizaciones sociales, librerías y centros culturales de pueblos y ciudades. A pesar de esa intensa gira a lo largo y ancho del país, su autor me comenta que no ha sido un libro “muy reseñado”.  Estas líneas no tienen el propósito de saldar esa vacancia, porque en el debate y el encuentro es donde el texto de Mariano ha sabido encender contrapuntos.

     Estuve en una de esas presentaciones, en el marco de un ciclo de charlas sobre filosofía y política en la ciudad serrana de Cosquín. Lo más enriquecedor de esa ocasión fue la oportunidad de pensarnos, detenernos -e incluso en el disenso- conversar. Quizás allí radica el potencial mayor de este librito: nos anima a pensar con otrxs, a necesariamente entablar un diálogo que nos saca de la rosca de lo contingente y nos propone historizarnos. En ese sentido, se configura como parte de la apuesta que la editorial Cuarenta Ríos hizo desde que lanzó, allá por el 2015, su primer título. Y es que resulta tentador y hasta ineludible leer este texto en conjunto con las otras publicaciones, que la editorial supo poner en circulación a partir de lo que todxs intuíamos, sería un tiempo más que difícil. La lectura cruzada y las conversaciones entre Mariano Pacheco, Diego Sztulwark, María Pía López, Javier Trímboli, Damián Selci, Silvia Schwarzböck entre otrxs, nos asistieron durante estos últimos cuatro años de asedio y shock macrista, en el urgente ejercicio de reponernos de la mera idea de la derrota y comprender -o intentar al menos- las razones que nos dejaron otra vez en el ojo de tormenta neoliberal del que, parecía, estábamos curadxs de espanto.

     La nueva publicación de Pacheco se hilvana con algunas discusiones y miradas que el autor sostiene en sus libros anteriores, estableciendo un recorrido reflexivo sobre las expresiones políticas de la Argentina de posdictadura. Hay en el texto una intención de dar cuenta de los cruces y desencuentros entre lo que él denomina “nueva izquierda autónoma” y formas más tradicionales de expresiones políticas, que se abrigaron bajo una matriz estadista y de “tibia redistribución del ingreso”; idea en donde va a ubicar la experiencia kirchnerista y que desandará en conversaciones y contrapuntos con Diego Sztulwark.

     Relata con detalle de cronología, una a una las movilizaciones, marchas y expresiones de la organización popular de base que se dieron en estos últimos cuatro años (y sus respectivas respuestas represivas) en donde cierta incapacidad de reacción y también de análisis nos hizo creer que en el campo popular “no pasaba nada”.

     El relato se expresa en primera persona, no es un ensayo sobre, si no desde: Mariano habla desde la militancia, la toma de las calles, las barriadas, el “territorio”; pero no resigna ni medio tranco a concebir esas experiencias desde una profunda y necesaria inscripción intelectual e histórica. Pacheco indaga y sistematiza su propio archivo, dialoga con las tradiciones que lo componen y tensa esa relación. Se propone un manifiesto, no renuncia a la intelectualidad, si no que la ubica en el centro de los procesos militantes (al menos del suyo) y emprende la búsqueda de construir -casi en un ejercicio de cartógrafo- teoría revolucionaria a partir de la experiencia.

     En Desde abajo y a la izquierda Mariano Pacheco reconstruye los itinerarios de la nueva politicidad de los sectores populares -que se cocinó en los ochentas y primeros noventas- para confluir en lo que él denomina la apertura del ciclo revolucionario de la mano de los movimientos piqueteros, y que se extiende hasta el 2002 con la masacre de Avellaneda. En clave autobiográfica también, aparecen las vertientes culturales y los sonidos de época, que de la mano del punk rock acompañaron las impugnaciones y resistencias al ciclo neoliberal de las dos últimas décadas del siglo XX.

     ¿Qué nos devuelve la reconstrucción de esos itinerarios? La oportunidad de encontrar allí la génesis de una experiencia política popular nueva, despegada -o al menos abriendo otros linajes- de lo que nos ató /nos ata (muchas veces, incluso ahora) a las herencias políticas de los setenta. No necesariamente se desentiende de esa historia, pero nos permite pensar fenómenos nuevos. Dice su autor “La triada ‘Cortes de ruta- asambleas- planes trabajar’ inició un camino que sería recorrido a lo largo y ancho del país por vastas franjas de la militancia y sectores populares de la Argentina. Sobre todo, por aquellos que venían realizando una reflexión acerca de los límites que la lógica de los años anteriores tenía en la construcción política”. Allí encontramos una de las críticas más interesantes que Mariano Pacheco realiza sobre el kirchnerismo: su ¿inexplicable? negación hacia las expresiones políticas piqueteras y de movimientos de base de los años noventa y principios de los dos mil, su desestimación de la experiencia política acumulada en esos años y su pertinaz gesto de colocarse como heredero directo de los setenta; reificando así una forma vieja de hacer política en donde las nuevas generaciones se incorporaron sin encanto propio. Allí el autor encuentra una de las limitaciones de la militancia k, “jóvenes viejos”, los nombra. Y algo más: Pacheco también entiende que no es sólo una cuestión generacional, si no de clase. Los sectores sociales mayormente interpelados por el kirchnerismo no son los movimientos de base, los piqueteros o los sectores de la economía popular; si no los sectores medios, los intelectualizados, los movilizados políticamente por una intensa cuota de nostalgia.   

     Como contraparte de esa lectura analiza también las capacidades y limitaciones en la construcción de estrategias políticas propias por parte de las militancias populares y los sectores de base. La coyuntura post 2001 encuentra su ciclo de reflujo e impone la incerteza. A diferencia del planteo que propone el kirchnerismo en su horizonte conceptual, en la lectura de Pacheco los movimientos autónomos logran despegarse en algún punto de ese pasado, pero no encuentran tampoco el modo de expresar con claridad las incertidumbres de la época. El dilema parece ubicarse en dejarse o no cooptar por el Estado, y en ese movimiento, asumir o renunciar a los costos de construir una verdadera opción autónoma, desde abajo y a la izquierda. 

     Y aquí podemos adentrarnos en otro de los puntos jugosos para debatir e intentar leernos, aún desde el disenso. Hay en la mirada de Mariano un cierto grado de esencialismo, o para ser menos categórica y no caer en errores conceptuales, hay también en su mirada un dejo de nostalgia sobre una izquierda y un “desde abajo” que no sé si existe en la Argentina. O al menos no en los términos que se enuncian. Aun coincidiendo en señalar los desaciertos estratégicos y políticos del kirchnerismo en cuanto a no saber leer a amplios sectores sociales y políticos -que llegado el momento decisivo se expresaron en el revés electoral del 2015- no resulta claro poder encontrar lógicas posibles y reales de construcción política que florezcan con contundencia por fuera de la matriz del estado. Y aún más, por fuera del peronismo. 

     Podemos discutir largo y tendido si el kirchnenrismo es una expresión más del peronismo, si intentó sobrepasarlo, o si lo potenció y reactualizó. Es una discusión que este librito ronda de cerca, pero que se merece su lugar y su espacio. Volviendo a la idea de las autonomías,  podemos reparar en las nuevas estrategias desplegadas por los movimientos sociales y los sectores -que cada vez con más fuerza se inscriben en el marco de esta nueva constitución identitaria- de “la economía popular”; a partir de la vuelta del peronismo al poder (con Alberto Fernández, pero de la mano de Cristina) las reconfiguraciones que estos sectores están empezando a expresar, nos obligan a repreguntarnos por la naturaleza, posibilidad y alcances de esos autonomismos en el marco de un proyecto de país; más aún cuando un 40% del electorado nos recuerda que es posible llevar a las derechas al gobierno de la mano del voto popular.

     Sería interesante poder analizar qué chances reales de consecución tienen en la coyuntura actual las diez hipótesis del manifiesto para la nueva izquierda autónoma que cierran el libro. A condición claro de asumir que se está preguntando esto “con el diario del lunes”, sería un ejercicio obligado retomar punto por punto y desandarlo, sacudirnos dogmatismos y nostalgias y comenzar a leer este tiempo que nos toca no sólo en clave de reconstrucción de lo arrasado, si no en perspectiva de futuros posibles. 

MARIANA BELLUSCIO

Mariana Belluscio es profesora de Historia por la Universidad Nacional de Córdoba. Está a cargo de las cátedras de Introducción a la Historia e Historia Argentina I, en el IFD Roque Sáenz Peña de Cosquín, Córdoba.

Los simuladores, de Damián Szifron

TELEVISIÓN

DIEGO LABRA


Los simuladores (2002-2004)
de Damián Szifron

poster_simuladores

     En mi casa nunca hubo plata para viajar a Orlando, Florida. Sin embargo, aunque faltó visitar la meca de los noventa, se podría decir que vivimos en el espíritu de la década. En la tele siempre hubo cable. En la cómoda del living se acumulaban los alquileres del videoclub y las torres de discos compactos, casi exclusivamente en inglés. Los domingos se almorzaba en Pumper, y a la vuelta, me dejaban elegir algún muñeco por diez o quince pesos/dólares en la juguetería. La política, como el veintinueve de febrero, solo existía cada cuatro años, cuando acompañaba a papá en su discreto paso por el cuarto oscuro. Disney, anime, sitcoms, rock sinfónico, el Family, Indiana Jones, Metallica y la colección de ciencia ficción de Hyspamérica, la de los libros azul y plateado: esa fue mi dieta de consumos culturales, toda importada. Activamente mi madre nos prohibía mirar TV local. Más que nada para que no tuviéramos acceso a la precocidad de las tiras juveniles de Cris Morena, o a la misoginia del prime time, donde Francella ojeaba asiduamente culos a través de un boquete que daba al vestuario de las mujeres. Había en casa un palpable desprecio por la producción cultural argentina contemporánea, que convivía con una velada nostalgia por el pasado mejor de los Narciso Ibáñez Menta y los Robin Wood.

     Habiendo crecido en ese contexto, Los Simuladores fueron poco menos que una revelación. Las poco inspiradas promociones que podían verse durante las tandas de Telefé fueron suficientes para persuadirme de apagar la Playstation y sintonizar la televisión de aire. Se parecía, pensé, a las series yankis que miraba en Canal Sony o Fox. Pero como El Eternauta, que mi viejo me regaló unos años más tarde cuando salió editado dentro de la Biblioteca Clarín de la Historieta, la serie satisfacía una necesidad que no sabía que tenía. Expresaba la aventura desde un lugar más cercano, en un lenguaje, una idiosincrasia en las que me veía inmerso todos los días. Esas cosas que veía en la tele podían pasar también acá.

     Lejos estuve de ser el único que se encontró en Los Simuladores. La serie, un escape de ficción en tiempos de reality shows y crisis, se convirtió en una sensación desde su lanzamiento el 21 de marzo 2002. A pesar de transmitirse durante los pegajosos primeros días de enero, y enfrentar la munición pesada del canal contrario (que programó el estreno de Nueve Reinas a la misma hora), su capítulo doble final alcanzó un rating de casi treinta y tres puntos en 2004, impensados para la televisión moribunda de hoy. La producción ganó siete premios Martin Fierro, incluyendo el de oro. El formato fue exportado y rehecho en Chile, España, México y Rusia.

     Mas la verdadera medida de la vigencia de Los Simuladores ha sido su pervivencia en el imaginario colectivo: las comunidades en redes sociales, los memes, los videos en Youtube, los permanentes rumores de una secuela y su consagrado lugar en el debate virtual como la mejor serie argentina jamás hecha. Siendo producto de un medio que en nuestro país es particularmente efímero y amnésico, la serie ha logrado de manera encomiable seguir renovando su público. Primero, a través de la subida ilegal por parte de fans a canales de streaming o plataformas de file sharing, y en los últimos años, gracias a formar parte del catálogo de servicios de gran penetración en el mercado como Youtube y Netflix. Cuando la empresa norteamericana de la N anunció que discontinuaría la serie en 2018, la  autonombrada “Asociación de fanáticos de Los Simuladores” se organizó y desplegó un operativo en redes digno de la ficción que forzó la decisión por renovar los derechos de transmisión. Sólo Los Simpsons podrían arrogarse mayor poder de convocatoria.

     ¿Por qué Los Simuladores resonaron de tal manera en el público argentino? Para empezar, la premisa fue original en el contexto de la televisión local (aunque críticos han señalado la similitud del concepto con la obra de teatro Los Árboles Mueren de Pie de Alejandro Casona). Episódica con muy leves elementos de serialización, la serie cuenta sobre un equipo que opera en secreto y es capaz de “resolver cualquier clase de problema” mediante “simulacros”. Un servicio que sus clientes pagan con una buena suma de dinero y voluntariados en futuras misiones. Santos (Federico D’Elía), mente maestra y líder del grupo, lleva adelante la “logística y planificación” de los intrincados planes. Medina (Martín Seefeld) realiza la “investigación” necesaria para que ningún cabo quede suelto. Lamponne (Alejandro Fiore) se ocupa de “técnica y movilidad” que involucra el gran despliegue de los operativos, y es lo más cercano a un hombre de acción en el grupo. Por último, Ravenna (Diego Peretti), se ocupa de la “caracterización” de los diferentes personajes que requieren las ficciones.

     Pero aún más atractivo fue que, como “los primeros superhéroes de nuestra televisión”, la producción apeló a la “afinidad electiva” de cierto sector entre los consumidores argentinos nacidos de los sesenta para acá, cuyo paladar había sido formado a través de tres décadas de progresiva apertura y flexibilización del mercado frente a bienes culturales importados, desde el “deme dos” hasta el “uno a uno”. En contraste al repertorio cultural de, por ejemplo, mis docentes universitarios, muchos de segunda o tercera generación, fogoneados durante su juventud al calor de los setenta, mis padres y sus coetáneos, entre los que se cuenta Damián Szifron (creador, productor, escritor, director de la serie), fueron socializados en la secundaria del Proceso o directamente en democracia, cuando el fervor político se convirtió en atributo de uno u otro de los “dos demonios” y el consumo se abrió paso como un marcador de pertenencia cada vez más importante. Mientras la brújula empezó a girar desde París a Miami (porque es USA, pero no hace falta el esfuerzo de aprender inglés), el rechazo ideológicamente fundamentado a los productos culturales masivos hechos en Estados Unidos comenzó a tener menor asidero en la “clase media”. VHS, “cidis” y cartuchos de Sega empujaron al fondo de las bibliotecas a las novelas del “boom” y los sencillos de Silvio Rodríguez o Arco Iris. Mis compañeres de cursada, hijes de les mismes profesores, criades en la tradición política de izquierda afrancesada y/o latinoamericanista, compartían conmigo las referencias culturales de Los Simpsons, Volver al Futuro o Cartoon Network, y ahorraban peso a peso para comprar entradas a un recital de Radiohead.

     Los Simuladores hablan en un lenguaje desarrollado a base de una dieta de blockbusters importados y superproducciones para TV. La gramática visual de la serie delata que Szifron mamó mucho de Spielberg, en particular los Cuentos Fantásticos que éste produjo en los ochenta. Cada toma está encuadrada con ojo cinematográfico, despegándose de la fórmula de la tira e incluso del más prestigioso formato del “unitario”, y se anima a los exteriores y los FX. Se apuesta sin vergüenza a una narrativa de género, donde los elementos fantásticos son el atractivo principal pero, tomando nota del genio de Oesterheld, Szifron también inyecta una buena dosis de costumbrismo. Así como el gran público argentino, históricamente tibio ante la ciencia ficción (como delata la taquilla de los multiplex), aceptó como propios a Manos y Cascarudos porque se los sirvieron entre una partida de truco y un viaje a la cancha de River, acá lo extraordinario se viste de un género con mayor tradición local como el policial, y se recurre con abandono a los tropos del culebrón. En este punto, la serie se permite actualizar el repertorio de conflictos televisables, complementando a una saludable cuota de maridos infieles y esposas desengañadas con problemáticas por entonces novedosas como el bullying o el feminismo de una crítica de la objetificación de la mujer en el marketing, momento inmortalizado en incontables memes. Un detalle: en la escena en cuestión, la representación del juicio, con jurado y todo, se parece más a lo visto en un capítulo de La Ley y el Orden que al sistema judicial argentino.

     Una década antes de su película record Relatos Salvajes, Szifron probó tener una línea directa al imaginario clasemediero, sus deseos, sus temores, sus prejuicios. Solo que esta vez, en lugar de ponerlos en escena como una violenta sátira admonitoria, gratificó desde la pantalla chica cada una de las fantasías. Cada operativo ofrecía una oportunidad para escenificar la resolución extraordinaria a una dificultad mundana común a todos los argentinos (que sabemos en la televisión significa una familia cis hetero de pretendida descendencia europea y clase media que vive ahí donde termina Almagro y empieza Caballito). Los simuladores son agentes del id televidente, justicieros deus ex machina que vienen a cagarse en la narrativa de autosuperación de biopic hollywoodense para cumplir los ensueños que se te ocurren cuando abrís el aviso de corte del gas ¿Quién no quisiera poder recuperar al conyugue que te dejó, saldar la acuciante deuda de la tarjeta, aprobar todas las materias en diciembre o hasta tener un affair con Paul McCartney? Indicativo de los tiempos que corrían, uno de los objetivos más recurrentes de los simulacros es lidiar con los problemas económicos de los clientes: un hombre mayor es despedido sin reparo alguna de la empresa donde trabajó toda la vida; un pequeño comerciante ve su negocio puesto en riesgo por la construcción de un inmenso hipermercado en el barrio; un grupo de ancianos se quedan sin hogar cuando los dueños decidieron poner el rédito por encima de las personas. 

     Si a lo largo de los capítulos el televidente comienza a identificar una bajada propia a la producción, no está leyendo demasiado entre líneas. “El programa es anarquista de derecha”, tituló Clarín una entrevista realizada al director durante la fiesta pos Martin Fierro de oro. “Es anarquista porque se rebela contra los grupos de poder, los grupos económicos, las compañías de medicina prepaga, contra las compañías de seguro, contra cierta parte de la iglesia. Incluso contra la TV, como se verá más adelante en algún capítulo”, desarrolló el realizador. Los simuladores combaten al “capitalismo salvaje” que “propone un sistema que deja afuera a mucha gente y que capta lo peor de las personas que están adentro del sistema”. Si bien el mayor villano al que enfrentaron Santos y compañía fue Franco Milazzo (César Vianco), un estafador de poca monta que se gana la vida a través de una agencia de talentos trucha, el “enemigo mayor” y tácito era “Menem”.

     En el contexto de la aguda crisis económica pos 2001, Los Simuladores se presentan como Robin Hoods aporteñados que estafan a estafadores, prestamistas, corruptos y otros predadores alfa de la selva neoliberal. Mientras ese mismo año Sebastián Ortega y Adrián Caetano produjeron con gran repercusión el unitario Tumberos, que enfrentaba al televidente con las miserias de la sociedad, Szifron ofreció una fantasía escapista para la vapuleada clase media en la forma de un grupo de vengadores anónimos e infalibles capaces de solucionar sus problemas y satisfacer sus deseos. Escribo clase media porque si bien el programa da lugar a personajes de otro extracto social (una de las víctimas de Milazzo es un albañil que apenas llega a fin de mes), la vasta mayoría de la clientela está compuesta por abogados, dentistas, comerciantes, artistas, modelos, chicas que tienen la plata para ponerse las lolas, compradores de departamentos, etc.

     Que Szifron definiera ideológicamente a sus simuladores como anarquistas “de derecha, no de izquierda” resulta un hecho a destacar. Cuando cada remera del Che y meme de KiciLove refuerzan que la rebeldía, y también a menudo la altura moral, son patrimonio de la izquierda, héroes que obran en pos “de un mundo bueno, pero no desordenado” resultan la excepción que colma una demanda insatisfecha. Como afirma Santos en una escena ya consagrada en el panteón de Internet, “hoy por hoy, si te querés rebelar tenés que usar traje y corbata”. Entre los simuladores no hay ningún Juan Salvo. En un relevo a la representación de heroísmo pop argentino, la serie de TV reemplaza el tan mentado “héroe colectivo”, afecto a la utopía transformadora y al sacrificio grandilocuente, por un equipo que contribuye a lograr “un mundo con más justicia” donde “donde cada uno pueda hacer con libertad aquello para lo que está”. Profesionales que no se avergüenzan de disfrutar en privado los frutos de su heroísmo, desde el estilo bon vivant ilustrado de barrio privado de Santos al adelantado poliamor de Ravenna, quien convive con tres chicas que no aparentan un día más de veinticinco.

     En el nacionalismo liberal soft y hasta un poco progre de Los Simuladores podríamos incluso encontrar una de las razones de la amplitud de su éxito. Una parada ideológica que funciona como un atrapa-todo entre el público consumidor de cultura masiva argentino. Justicia social, pero a medida de cada individuo. Encontramos en las diferentes emisiones apelaciones a varios hitos de una moral vernácula de lugares comunes, como el “todos los argentinos son coimeros” menos yo. La corrupción de quienes rompen las reglas habilita a seguir rompiéndolas en busca de la proverbial ecuanimidad del “ladrón que roba a ladrón”. Todo tejido con suficiente sofisticación dentro de una narrativa entretenida capaz de seducir por igual a los peronistas de Perón de la productora de memes Los Labios de Altamira y a los púberes libertarios con inclinaciones incel de Taringa! Szifron nunca olvida que lo fantástico no está al servicio del comentario social, sino que el segundo está ahí para condimentar el espectáculo principal de lo primero. Si la serie aparenta ser una ventana a la realidad, es solo porque está puesta ahí para que la abramos y nos escapemos a través de ella.

     La muerte de la televisión como fue concebida durante el siglo XX, un desenlace no solo anunciado sino prácticamente consumado, invita a pensar el desarrollo del medio como un proceso completo. Quienes acepten este desafío encontrarán en Los Simuladores uno de sus últimos hitos, el cual expresó tanto las posibilidades como las contradicciones de la industria local. Por un lado, evidenció su capacidad de generar producciones capaces de seducir a los “paladares negros” formados con productos de industrias más potentes que se importaba mediante el cable. Por otro, fue la excepción que confirmaba que el telespectador deseaba ver algo diferente a lo que se ofrecía el resto de las veintitrés horas de programación. Primeros héroes vernáculos del siglo XXI, Los Simuladores podrían leerse como expresión el ánimo de un público televidente que salió del trance de la crisis con hambre de justicia social, bancaria, et. al., pero que no estaba por ello dispuesto a dejar de lado los hábitos de consumo que había adquirido. Como si de un gran simulacro se tratase, la sociedad argentina había emergido de la ficción de la convertibilidad siendo otra. El consumo de bienes (importados) quedó instalado en el centro de la discusión pública, y ya no hubo vuelta atrás ¿Tiene fuego?

DIEGO LABRA

Profesor en Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. Ha escrito mayormente sobre industria editorial, tanto publicaciones periódicas como historieta. Posee un interés omnívoro sobre todos los aspectos de la cultura masiva.

a ver