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Excesos lectores, ascetismos iconográficos, de José Emilio Burucúa

BIOGRAFÍA

JAVIER TRÍMBOLI


Excesos lectores, ascetismos iconográficos (2017)
de José Emilio Burucúa

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     Por varios motivos despierta interés este libro. Su autor, se sabe, es una de las figuras que le dio tono sino a la historiografía que empezó a consolidarse con el derrumbe de la última dictadura, a la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, uno de los epicentros de esa renovación. También a la de Historia del Arte. Sus temas fundamentales de investigación no tuvieron ni tienen a la Argentina como preocupación principal y, aunque es mucho lo que ha cambiado desde que José Luis Romero realizó aportes destacados a la tardía historia medieval europea, también él se mueve con seguridad entre bibliotecas que no están a nuestro alcance. A la par, desde hace unos años que no sorprende topar con Burucúa en las páginas de alguno de los principales diarios, señal de que lo atrapa el reconocimiento público. 

    Una de las impresiones que deja Excesos lectores, ascetismos historiográficos es que su autor se siente muy a gusto en su situación, entre sus colegas y también con su lugar algo excéntrico. La exclamación “¡Viva la República de las Letras!” remata un párrafo que da cuenta de sus primeros encuentros con “Roger”, por Chartier, con Natalie Zemon Davis, con Robert Darnton y Carlo Ginzburg. Especifica: mientras que con el autor de La gran matanza de gatos compartió una cena en la casa de “Charlie” Reboratti e Hilda Sábato, de la que también fue parte “el gran José Nun”, al de El queso y los gusanos lo frecuenta desde que coincidió en una “festichola” en la Villa Getty en Santa Mónica “(réplica de la que fue la villa Adriana en tiempos del emperador que la diseñó y mandó a construir en Tívoli)!”. Noventas a pleno, bandejas de sushi. Se podría leer cierta ironía aquí -allá y más por acá también-, pero no; lo que se expresa es satisfacción, contento genuino, incluso juguetón. Seguirlo a Burucúa en estas páginas, que a simple vista ofrecen sólo un denso mapa de lecturas, es una forma de aproximarnos un poco más al campo historiográfico o a esa “República de las Letras” en su versión argentina, vigente así quizás hasta antes de ayer. 

    Contra lo que podría parecer una amalgama fácil, este libro desborda y se desmarca, al punto de que no es un ejemplar más de la especie en cuestión. Porque si de algo se ha cuidado el campo historiográfico, hasta hacer de ello una marca registrada, es de dejarse llevar por la fruición de cualquier entusiasmo. Inconfundible es la posición que cultiva el académico: reservada, tenue, a lo sumo burlona. Enjaula a las pasiones. Y aunque este libro no las entrometa con el conocimiento, la fascinación que llega al “nirvana” -así se escribe en la página 82-, es la fuerza que acompaña y envuelve a las lecturas, desde las más mozas hasta las últimas. Fuerza o un ánimo, el de la exaltación. Sólo una muestra: cuenta que Radical Reformation de George Williams lo lee “embriagado por la erudición histórica y los descubrimientos constantes de cuánta vida, pasada y coetánea, cuántas ideas enaltecedoras del prójimo, libertad contenida, fraternidad oculta, igualdad predicada con Biblia en mano, puede haber, no solo en un gran libro del tipo de los Adagia o de la Christianismi Restitutio, sino en los panfletos, en las cartas con intenciones expresadas entre líneas, en las confesiones arrancadas por la tortura.” No afloja. Esto de la mano de una generosidad poco común en el reconocimiento de los libros de otros, incluso de las lecturas que se abren por su influjo. Sobreabundan los elogios sin vergüenza, a contramano de todo retaceo. “De Fernando Devoto, entre tanto, más que sus libros, únicos en el planeta (sic), sobre la inmigración italiana en la Argentina, Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna me enseñó qué es escribir una historia de ideas, intelectuales y política, que sale perfecta sin prestar demasiada atención al purismo de los géneros (…)”. Nos dice Burucúa que Son memorias de Halperin funcionó como modelo “platónico” para el suyo. No, desencaja. 

    Aunque no sea su problema principal -desde ya, nos interesan y gustan los libros que presentan problemas-, Excesos lectores… abruma. Los títulos de los libros leídos se suceden como en una guía de teléfonos, así como sin pausa se aprietan referencias a pinturas. Pero quizás el efecto lo produce que todo se presenta muy cercano y con un entusiasmo alto y parecido. Libros de historia, de matemáticas, de medicina, de arte, de literatura le pertenecen por igual. De los griegos a esta parte. Se muestra convencido de que todo lo conducía, siendo un niño y con naturalidad, a La Ilíada, y no a cualquier otra cosa que pudiera ofrecer ese almacén de ramos generales que evoca en la esquina de Boedo y Rivadavia; predestinación que complace al padre, con él se congracia. Parece muy importante la cantidad de veces que leyó las tantas aventuras de Tintin. “Leí completo, COMPLETO, el tomo primero del tratado de Julio Rey Pastor sobre análisis matemático”. Una y otra vez carga las tintas sobre el hecho de que sean completas sus lecturas, con fichas y en pocos días. Proezas del afán gimnástico de conocimiento que lo devora todo. La música en la civilización occidental de Henry Lang: “Lo liquidé en diez días e hice cuadros sinópticos”. Ostenta las lecturas, se emperifolla con ellas. Aunque no busque tal cosa, pareciera como si nos tirara por la cabeza con su biblioteca y sus destrezas lectoras, también con sus viajes. El mismo entusiasmo, monocorde, abraza sin contradicción a la vista a La revolución de Gustave Landauer y a La libertad y la violencia de Víctor Massuh.

     Desde su revés, Excesos lectores… instala la duda acerca de cómo se puede leer sin ofuscamiento, sin tropiezos, lo que es decir sin experimentar el padecer al que algunos libros nos arrojan, con tanto éxito que queremos acabar con ellos. Obliga a preguntar qué forma de leer es ésta que no llega a desear que no haya sido escrito ese libro que llegó a nuestras manos; que no se preocupa, más aún a la hora de escribir historia, por acercarse a esas páginas que son veneno. Que lo bebieron de la sociedad de la que brotaron y que la vuelven a derramar sobre ella. Pues, la definición primera que gobierna a Excesos lectores… es que “Nunca me dio veneno la lectura.” Como si se desconociera la radicalidad del desacuerdo que puede despertar un libro, incluso y sobre todo uno de muy buena factura. El conocimiento y su aventura, desde que la fe en la razón del hombre -ésa que Brecht le adjudicaba a su Galileo- se ha vuelto problemática, por no decir imposible o sospechosa de ceguera, no puede ser un paseo en un jardín. Attic Books, una librería de London Ontario, se le ocurre como “uno de los lugares más felices del planeta”, por las ediciones primeras que encuentra de libros bien amados. Que sus precios asciendan a varios miles de dólares apenas le arranca un “cáspita”, pero sin embargo no es esto exclusivamente lo que lleva a confirmar que es inconmensurable lo que nos distancia de toda una posición que Burucúa condensa de lo que hace ya decenas de años se entiende como un erudito.

    Apelando a los escasos recursos con que se cuenta, algo más empieza a revelarse cuando el trato es con libros que conocemos mejor. Amaga con plantear alguna idea sobre obras tan disímiles como El juguete rabioso y Radiografía de la pampa, pero sólo las enlista. De Facundo, generalidades. De El matadero: “texto donde la altura de lo argentino se me antoja una Aconcagua.” Como no decir nada. Borges: “me atrajo al punto de completar la lectura de Ficciones, agregar la de ambas Historias, la universal de la infamia y la de la eternidad.” Martín Fierro “es la cima de nuestra épica, la más bella y conmovedora.” Lo emparda con Tannhauser y los Maestros Cantores, en movimiento no muy distinto al célebre de Lugones cien años atrás, grave operación política estatal entre ojo y ojo. Se enreda con Halperin a propósito de La larga agonía de la Argentina peronista, con el remanido asunto de que ese final anunciado no terminó de ocurrir, e intenta salvar la situación diciendo que esto no fue responsabilidad del autor que “combatió contra las tiranías y los períodos de estupidez colectiva.” Digamos que si Martínez Estrada empujaba a que leyéramos con miedo, la forma que expone Burucúa no conoce siquiera esa posibilidad. Ajeno a toda indigestión.

    El juego que propone esta colección de la que es parte Excesos lectores…, aquí llega al extremo. Los libros por delante de la vida, incluso haciendo ver que queda poco de vida en su exterior. Probablemente, y más aún con todo lo que está revelando lo que nos afecta en 2020, no sea del todo errado ese diagnóstico involuntario, pero esto -antes, durante y después de la pandemia- vale solamente que lo tratemos como una pesadilla, no como un ideal finalmente alcanzado. Algunas fisuras vuelven más visible el asunto. Es lograda la forma en que el dolor por la enfermedad de su mujer se mide en la imposibilidad de recordar los libros que llevó al hospital durante el tratamiento que la salva. Antes, dos páginas contiguas: en la primera señala que intentó apartar a su hermano de la militancia en el ERP con la ayuda de libros de izquierda atemperados que, sin embargo, se revelaron ineficaces para tal fin. En la siguiente, confiesa que sedujo y abandonó a una mujer, y nada de su biblioteca le impidió obrar de ese modo, abrazar el mal que, dice, lo constituye. El tema es que ni una cosa ni la otra derraman sobre el resto del libro. Ni siquiera gotitas de su veneno o de su fragilidad. 

    Que su vida haya sólo llevado el ritmo de los libros, que se pueda narrar a través de estos listados sin que parezca que se está perdiendo algo, se vincula también con la bajísima intensidad política de esta tan peculiar biografía. Las páginas que más asombran al respecto son las que refieren a su paso como estudiante por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Eso ocurre con demora, pues atrás quedan dos carreras apenas iniciadas, poco después de la noche de los bastones largos, por lo tanto en una situación represiva que atraviesa, como es sabido, notablemente a las universidades. No hay palabra al respecto, como si estuviera por fuera de su horizonte, y la formación que recibe está más allá de todo cuestionamiento. Es a propósito de este contexto que celebra haber tenido a  Massuh de profesor porque el libro al que hacíamos referencia le “salvó la vida” al hacerlo descartar el camino de la violencia. Aclaremos que en ningún momento habíamos sospechado que estuviera cerca de él. Es por este vacío de reflexión sobre la circunstancia política y social que la militancia de su hermano irrumpe no se sabe de dónde. El muy vago sesentismo que por momentos se asume no tiene la fuerza suficiente para problematizar las decisiones -y las lecturas- de una vida.

    La casi imperceptible politicidad se lleva muy bien con el antiperonismo, el posicionamiento más fuerte que en este sentido hace el libro. Y lo hace apresuradamente, desde la primera página. “Mi antagonista perenne” lo llama y no se priva de escribir “los K”, guiño bruto hacia lectores dentro de los cuales no se nos imagina a muchos. Acompañada esta posición por genéricos y terminantes juicios sobre la dictadura -a la que preferentemente nombra “tiranía”-, en particular sobre la guerra de Malvinas. Las mentiras, no los libros, aquí sí dieron miedo. Incluso las lecturas imbuidas de peronismo lo “enfurecieron”, pero como pronto desembocaron en el “ridículo”, se entiende que hayan sido expulsadas de la biblioteca. En la contracara, su adhesión a Alfonsín por la esperanza democrática que anima, queda expresada de tal forma que hace pensar en las serias dificultades que efectivamente afrontó ese líder político para hacerse fuerte apoyado en la propia opinión que lo veneraba.

    La impresión es que no hace falta, como se hizo en un par de reseñas, preguntarnos sorprendidos por qué Burucúa se manifestó a favor de la candidatura presidencial de Mauricio Macri, porque la forma que se exhibe en este libro de entender a la cultura no hubiera podido encontrar una más satisfactoria resolución electoral.

JAVIER TRÍMBOLI

Es profesor en la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UNLP). Su último libro es Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución (2017). 

Trinche, de Caravario

BIOGRAFÍA

GASTÓN GUZMÁN


Trinche. Un viaje por la leyenda del genio secreto del fútbol, de la mano de Tomás Carlovich (2019)
de Alejandro Caravario

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“No te dejes engañar

por el papel brilloso de los chocolates

ni la vista iluminada de la ciudad cuando oscurece.

No te distraigas 

con los que se fotografían en familia,

alzan trofeos,

o se muestran seguros

en las revistas de mucho tiraje.

Que tu corazón esté

con los que viven solos,

los que saben que un par de tragos

jamás abolirán el azar

y por eso forman parte de este estúpido club”.

Sindicato – Fabián Casas (Oda – 2003)

     Tomás Felipe “El Trinche” Carlovich jugó durante la mayor parte de su carrera en el ascenso del fútbol argentino, donde desplegó su zurda y dominó el mediocampo en canchas de pura tierra. Su carrera como profesional se desarrolló en equipos de la “B” y la “C” y en las ligas provinciales, jugando en la máxima división solamente en cuatro oportunidades. Sin registros fílmicos que recuperen ninguna de sus proezas, lo que sí hay es un perfil. Una historia formada por un universo de testimonios, una auténtica maquinaria oral con vida propia, nacida mucho antes de la propagación de las fake news, que lo ubican en el podio de los mejores jugadores de la historia.

     Debería aclararlo: escribo esto desde afuera del mundo fútbol, un mundo con idioma y reglas propias y de cosas que, en su enorme mayoría, desconozco. Entro sabiendo y declarando que lo hago en un territorio ajeno sin siquiera saber su lenguaje de señas. Me dispongo, sin embargo, a escribir para averiguar, en el transcurso, qué estoy haciendo acá: averiguar por qué escribo sobre el Trinche, por qué escribo sobre un 5 del ascenso argentino y de las ligas provinciales que nunca salió en las figuritas. Supongo que lo hago para intentar descifrar cómo se forjan historias como la suya. Hacía mucho no me pasaba: encontrarme con una historia con una fuerza de atracción tan potente. 

     ¿Cómo se construyen estas narrativas? ¿Desde qué lugar se narra a un símbolo del fútbol de otra época? ¿Quién fue el primero que lanzó “esta tarde juega el Trinche” como consigna para arrear al barrio y llenar la tribuna y puso en marcha, sin saberlo, la máquina de hacer historias? Supuse primero, tal vez para sentirme un poco más seguro, que debía escribir esto desde el mundo del boxeo, ese mundo que sí conozco. Este ejercicio me permitiría, sin mayores peligros, levantar un puente seguro por el cual cruzar. Lo que une al boxeo y al fútbol son sus historias. Hablaría entonces de una historia más entre tantas. 

     Siento una particular atracción por las historias. Puedo prescindir del papel. Creo que todo ocurrió cuando leí el discurso del poeta Fabián Casas al momento de recibir el premio Anna Seghers en Alemania: “en cada bar, oficina, hotel o cualquier lugar donde la gente se junta, está alguien escribiendo el sermón de la montaña. Simplemente hay que ponerse en estado de atención para poder oírlo”. A partir de ese momento empecé a encontrar literatura en todas partes.

     Esa es la historia de Carlovich: una mezcla de literatura y vida forjada por los primeros alquimistas de Rosario que conformaron un perfil definitivo con los elementos que tenían a mano: un quijote dueño del medio campo de las canchas del ascenso que, aseguran quienes lo vieron jugar, fue mejor que Messi y Maradona. Alejandro Caravario, autor del libro Trinche, reúne todas las piezas y las pone en orden. Entonces los elementos de la alquimia aparecen: por ejemplo, el día de 1974 en que el Trinche humilló en un amistoso, junto a un combinado de la ciudad de Rosario, a la Selección nacional que viajaba en unos días a disputar el mundial de Alemania y le tuvieron que pedir, después del 3 a 0, que afloje porque iba a desmoralizar a los muchachos y en unos días tenían que viajar. La tarde en que un referí lo echó y se arrepintió al momento, guardando la tarjeta roja en el bolsillo y sacando raudamente la amarilla: la tribuna no soportaría que el Trinche no brillara en el campo de juego. Aquella vez que Carlovich se hizo sacar la roja en un partido que se estaba disputando al costado de la ruta porque el micro que lo devolvía a Rosario pasaba en media hora y no podía perder tiempo. O cuando Menotti lo convocó a la selección y él se fue a pescar. También la tarde en que la lluvia  inundó el campo de juego y lo tuvo al Trinche con la pelota en el aire los 90 minutos. Aparecen también los elementos más trágicos de la composición: cuando el Cosmos de Pelé lo quiso comprar pero el brasileño se puso celoso y todo se pinchó. Y luz: la tarde en que Maradona le dijo “vos fuiste mejor que yo”.

     Todo esto reconstruye Caravario en el libro, y lo hace a través de un ejercicio de escritura que recupera un entramado de voces que da forma a un personaje creado a pura pulsión de relato colectivo, una historia moldeada por generaciones y traspasada de voz en voz hasta el relato final. El libro, ágil y movedizo, se mueve de anécdota en anécdota y explora también el lado B del genio en estado salvaje: la sensibilidad del Trinche, su carga ética, su escala de valores. Todo su mundo a contramano del actual. Toda su figura chocando contra cualquier posibilidad de gloria. 

     “Trinche: Un viaje por la leyenda del genio secreto del fútbol, de la mano de Tomás Carlovich” es una suerte de biografía coral que reúne testimonios de aquellos que lo vieron jugar y sostienen que nunca hubo nada igual en un medio campo y que ese flaco alto y a veces un poco desgarbado para correr, era capaz de todo con una pelota en los pies. Pero también testimonios de aquellos que se preguntan por qué hoy los pibes no tienen el 5 de trinche en la espalda cuando patean en un potrero,  por qué la A nunca puso los ojos en él, por qué nunca se convirtió en estrella. Hay lugar también para los que se atreven a ensayar respuestas, aportando la cuota poética de la alquimia: el Trinche jugaba al futbol de puro placer y  le daba lo mismo Central Córdoba que el Real Madrid. O la Champions que la Primera C. Que la idea siempre fue la misma: jugar a la pelota y no alejarse del barrio. Como propone Caravario promediando el libro “convertir la pelota, ese juguete de siempre, tal vez el único, en una herramienta de trabajo, en el instrumental de una profesión que promueve negocios fenomenales, exige un esfuerzo noble. Al borde de la impostura. Seguir viéndola como un chiche -y al fútbol como un recreo fascinante – tal como le pasó al Trinche y a muchos otros, suena a estricta madurez”.

     El libro parece escrito para los amantes de las historias, orales o de papel. Para aquellos, lectores o no, que buscan un gesto poético en tierra arrasada, o al menos la posibilidad de que algo así pueda seguir existiendo. O para ese gran universo de lectores que tienen atracción por las historias de los que no pudieron, no quisieron o no supieron. Ese mundo donde están todas las cosas que no se dieron: los goles errados o hechos en tiempo de descuento, las pelotas que pegaron en el palo y ahogaron gritos que eran de campeonato, las lesiones imposibles que terminaron con carreras. El boxeo, claro, también las tiene y forman parte del corazón de sus narrativas: Firpo en el Pollo Grounds de Nueva York viendo cómo Dempsey se sube al ring después de haberlo desparramado por el suelo, el intocable Locche siendo noqueado por Kid Pambelé la noche en que no pudo brillar, la última pelea de Maravilla en el Madison Square Garden esperando que todo termine rápido.  Nada como el fútbol y el boxeo para reunirlas.

 

     ***

 

     La mañana del seis de mayo la historia del Trinche sumó un nuevo capítulo, luego de ser asaltado y brutalmente golpeado para robarle la bicicleta con la que recorría las calles de Rosario. Falleció dos días después luego de no soportar la operación.

     Durante el mediodía del 9 de mayo una multitud se acercó con barbijos y banderas del Trinche al Estado Gabino Sosa de Central Córdoba para darle el último adiós a su mayor gloria, en lo que significó una masiva gambeta a las medidas de aislamiento social. El cinco del ascenso sumó entonces un epílogo a la altura de su trayectoria: nadie sabe lo que puede un mito.

GASTÓN GUZMÁN

Es profesor en Historia en el Departamento de Ciencias de la Educación de la FaHCE (UNLP).

Grupo Escombros, Estéticas de la Solidaridad.

MUESTRA

MARÍA DE LOS ÁNGELES DE RUEDA


Grupo Escombros. La Estética de la Solidaridad (2020)
Rodrigo Alonso (curador)

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     El Centro de Artes de la UNLP exhibió durante el mes de marzo una muestra antológica del grupo Escombros, Artistas de lo que queda. Organizada a partir del archivo del Grupo, en la sala B y vidriera del Centro, se mostraron objetos de conciencia, documentos de convocatorias, manifiestos, fotografías y foto-performances, producidos por Escombros a lo largo de más de veinte años. Este colectivo de artistas fue muy conocido en la ciudad y en el país en los años ’90, marcando la producción de varias agrupaciones emergentes, estableciendo además nexos entre varias generaciones. Pero, como ocurre a menudo, nadie es profeta en su tierra; y al haber trabajado con un modo de hacer expandido, el arte de acción, efímero y fuera del circuito habitual de galerías en esos años, la fragilidad, la opacidad y la precariedad de la historia y la memoria actúan más en favor del olvido que del recuerdo. 

     Hoy la tarea parece ser la activación de los archivos y tal vez la muestra llevada a cabo en el Centro de Artes de la UNLP gire en torno a eso: la reposición de un sentido histórico y a su vez actual de la propuesta del grupo. Esta presentación, en un espacio para la divulgación de las artes en la UNLP, es muy significativo para la valoración histórica y estética del grupo en la actualidad. Como escribí en diversos ámbitos sobre Escombros, y considero necesario difundir la historia de las artes desde La Plata, me interesa comentar parte de su trabajo y biografía.

Pancartas, Gallos ciegos 2

     La actividad del grupo comienza con un grafiti el 9 de julio de 1988 en un terreno baldío del barrio de San Telmo, Buenos Aires, y la imagen fotografiada la envían por correo como postal.  Arte de la enunciación: somos artista de lo que queda. Una pared, unos escombros, la relación entre los términos y los significantes. Al poco tiempo en noviembre del mismo año realizan Pancartas I, una muestra a partir de una marcha de foto-performances en pancartas que se exhiben debajo de la autopista, en Paseo Colón y Cochabamba en el mismo barrio de San Telmo; y que luego las pasean por las calles mostrando las imágenes de un espacio arrasado, en donde una serie de cuerpos forman figuras que evocan el horror, la tortura, el pasado reciente, la condición humana. Un enorme cartel que indicaba: Galería de Arte: Expone Grupo Escombros. Sus primeros escritos profundizan sobre las ruinas: “Expresamos lo roto, lo quebrado, lo violado, lo vulnerado, lo despedazado. Es decir, el hombre y el mundo de aquí y ahora”.

     La poética de Escombros, durante más de 20 años como colectivo (1988-2010) no puede ser interpretada en una sola dirección. En parte, por su condición de pertenencia a los lenguajes y modos de hacer contemporáneos, al proceso-concepto, la hibridación y la apertura de lo artístico hacia otros territorios; en parte, también, y derivado de la praxis artística, de las diferentes interpretaciones que se ponen en juego en las lecturas y comprensiones del fenómeno estético.  Sus propuestas giran en torno al restablecimiento de las utopías modernas, la acción social y el agenciamiento. Las acciones, que podemos llamar artísticas y comunicacionales, sustituyen al objeto “arte” por el concepto-idea: un proyecto puesto en marcha en un tiempo y espacio momentáneo, pero histórico. De este modo los artistas y comunicadores pasan a ser accionistas, se vuelven performativos, con la eficacia de un tiempo fugaz. Las obras de Escombros parten de una matriz mixta, van a ser el resultado de una mezcla de componentes experimentales, objetuales y conceptuales, vinculadas a la historia de los llamados nuevos comportamientos artísticos y arte expandido. Producciones que ocupan un espacio y un tiempo trastocado, resultan efímeras, destacan el proceso de lo artístico- comunicacional en el entorno social- cotidiano; que suponen una comprensión a partir de una dimensión temporal amplia: el diseño, la producción y recepción simultánea sumando las derivaciones posteriores que completan y seguirán dando sentido a una poética global. Escombros utiliza tanto los desechos de la cultura como los medios, géneros y manifestaciones contemporáneas de la sociedad. La modificación del entorno supone en ellos la incorporación del acto compartido por un sujeto colectivo y singular que establece una mínima clave para operar y una serie de actores sociales que acceden de manera consciente, inconsciente, lúdica o accidental a dicha proposición. Escombros desde sus inicios promovió una convocatoria ampliada a la comunidad artística y a la sociedad toda. Al artista performativo le sumó la idea de la creación “entre todos” con sus convocatorias como en La Ciudad del Arte, de 1989. La calle, los no lugares, los espacios renovados de ciertos museos, la tierra, el río, pasan a ser materia y contexto de una creación entre todos a partir de propuestas que generan máximas respuestas. 

     “La calle y los espacios urbanos, por su índole de centros de la vida comunitaria, pueden permitir que el arte vuelva a ser un instrumento de comunicación genuino y de interrelación social (…) La calle se desentiende de estas categorizaciones arte/ no- arte y enfatiza el proceso comunicacional (…)”

Poema Acción Siembra, 1989

     El territorio es un escenario de relaciones grupales e individuales, recibe y transforma las señales del hombre y de cómo interviene éste en el paisaje. Escombros captura esos indicios y produce metáforas sobre el agua, la tierra, el animal urbano. Más que un cambio de mirada sobre la recepción del arte, Escombros participa de la herencia desviacionista moderna, sin duda en el ámbito local la figura de E.A. Vigo, transformando la situación artística, en tanto situación comunicacional y afectiva, en un intercambio socializado de experiencias donde el protagonista es el sujeto colectivo y la obra deviene de las relaciones entre el espacio y las redes semánticas generadas en ese ritual. 

     El grupo activó una multiplicidad de dispositivos culturales que comporta muchos géneros heterogéneos y que estableció uniones, relaciones entre comunidades, acompañando el hacer común. La estética de lo roto (primer manifiesto del grupo) se planteó la recomposición de los pedazos del hombre moderno y sus expresiones artísticas. En la sociedad del desecho y la fugacidad propusieron un arte recomponiendo críticamente los despojos. De esta manera se avanza a la estética de la solidaridad desarrollada en el segundo manifiesto del grupo en 1995: El Arte de la Solidaridad, del que transcribo un fragmento:

     “La estética de la solidaridad expresa la ética de la solidaridad: el artista solidario crea para el débil, para el indefenso, para el no respetado; para el que camina descalzo, tirita de frío y come basura; para el que viste harapos, vive en la calle y muere en un baldío. La estética de la solidaridad es el espejo donde el Poder contempla su propia descomposición. 

     En un mundo regido por la desigualdad, los ríos están hechos de lágrimas; las montañas de corrupción; los vientos de gritos; los mares de indiferencia. Ese es el mundo que expresa Escombros

     A quienes carecen de todo, los cuadros del artista solidario le sirven también para tapar las ventanas sin vidrio; las esculturas de madera para prender fuego y calentarse; las de bronce y mármol para venderlas por kilo y comprar comida; los tapices para usarlos como frazadas; los grabados para ponerlos debajo de la ropa y protegerse del viento.

     El arte solidario es la nueva educación pública. La educación es el cambio a largo plazo. El único posible. Tensar el arco hasta que se rompa o romperse el brazo en el intento. Crear es un acto de máxima tensión.

      Toda obra de arte solidario es un acto de conciencia. Toda obra de arte solidario es una batalla por un mundo mejor”

País de Lágrimas, instalación (variable), 2003

     Las acciones artístico-comunicacionales sustituyen el objeto “arte” por el concepto-proyecto que habita los cuerpos, los lugares abandonados, la subjetividad fragmentada. El espacio se convierte en un campo de disputas por el poder, y las acciones ambientales realizadas ponen en tensión los sentidos de pertenencia, sustentabilidad, apropiación instrumental, empoderamiento. La mirada humanista del grupo Escombros interpeló los modelos sociales restrictivos que ignoran las nociones de participación e inclusión. Los espacios públicos en los últimos treinta años se han transformado en no lugares, de flujo y consumo, las zonas de lo público y lo natural fueron privatizadas, las periferias fueron convertidas en barrios cerrados y se ha transformado el entorno natural en detrimento de las energías sustentables. A su vez, la calle ganó protagonismo en la poscrisis del 2001 como lugar de disputas de sentido, de reclamos, de antagonismos. Ruinas, desplazamientos, catástrofes y pobreza se fueron sucediendo, pero también emergieron las organizaciones colectivas, autogestivas, nuevos procesos y micro políticas de activistas ambientales. La estética de la solidaridad enunciada por el grupo Escombros en 1995 es un potente material de archivo para resignificar las formas de pasaje de un territorio a otro, la escritura y sus acciones comunitarias, fijaron un arte fuera de sí, la intervención del artista junto con la comunidad. Todos o Ninguno, como su convocatoria de 1995.

MARÍA DE LOS ÁNGELES DE RUEDA

Profesora y Licenciada en Historia de las Artes Plásticas, Magister de Estética y Teoría de las Artes UNLP. Trabaja como docente e investigadora en la Facultad de Artes y otras dependencias de la UNLP desde hace muchos años.

Eva y las mujeres, de Rosemberg

HISTORIA

EVA DEMARCHI Y PILAR MEDINA


Eva y las mujeres: historia de una irreverencia (2019)
de Julia Rosemberg

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     ¿Por qué nos cuesta tanto habitar las contradicciones? ¿Por qué nos niegan / negamos esta posibilidad? En los últimos años, el macrismo y la nueva ola feminista nos obligan tanto a repensar un accionar social que deje de lado el afán por la perfección, como a revisar nuestras conquistas pasadas y futuras. Este contexto impulsa al paradigma historiográfico a construir conocimiento situado, en relación a nuestras necesidades, que olvide su obsesión por los relatos libres de complejidad, cerrados y redondos. Una historia que abarque las complejidades y les dé un sentido práctico, permitiendo múltiples apropiaciones y resignificaciones. Entonces, ¿cómo conciliar eso que fuimos / somos con eso que buscamos ser? ¿Cómo rescatar a una Eva que dice de las feministas “Parecían estar dominadas por el despecho de no haber nacido hombres, más que por el orgullo de ser mujeres” (La razón de mi vida)? Pero sobre todo ¿Para qué?

     Julia Rosemberg busca volver a esas incomodidades que se creyeron inaprensibles desde la disciplina histórica tradicional por no entrar en los cánones de lo conocido. Vemos en Eva múltiples formas de romper mandatos, de disputar poder, de inspirar pasiones y junto a ella vemos a las mujeres irrumpiendo en la escena pública y política. La impureza de la figura de Evita no hace más que seguir proponiendo desafíos. En este sentido, ¿cómo saldar el silencio historiográfico y, sobre todo, la construcción de un discurso simplista que muestra a Eva como la prolongación del estereotipo patriarcal? ¿Cómo establecer un vínculo entre el peronismo y la lucha por la igualdad de las mujeres a través de la figura de Eva? O, lo que es más difícil, ¿cómo hacer para que estas revisiones y reflexiones circulen socialmente?

     Este libro busca reparar esas omisiones que desde los discursos históricos y políticos hegemónicos se impregnaron en la conciencia histórica colectiva. Es por esto que nos puede sorprender leer que el número de legisladoras del congreso en 1955, recién se superó en 1999 y sólo gracias a la ley de cupo. Se vuelve indispensable, y hasta urgente, el estudio de Rosemberg si queremos seguir avanzando en las discusiones y la construcción de derechos. En definitiva, la irrupción en el 2019 de una investigación que revisa el liderazgo político de Eva, recobra utilidad en un contexto de masificación de la discusión sobre el rol social y político de las mujeres. Eva, entendida desde la creación del Partido Peronista Femenino y su casi candidatura a la vicepresidencia, desde su militancia y su propia historia como mujer trabajadora o desde el arduo trabajo por la democratización del bienestar, es una inspiración. Y si hablamos de un movimiento político de masas como es el peronismo, es inseparable esta relectura de Eva, de la organización y movilización que tuvieron las mujeres a su alrededor. Eva no sería Evita sin Delia Parodi, sin las censistas, sin las obreras que lucharon porque se las reconozca como sujetas políticas. Esto supuso la disputa de un lugar tradicionalmente reservado para los hombres. Esa lucha por el poder simbólico que fue clave en la retórica peronista en relación a la clase alta, Eva la extiende a la dimensión de género. Otra vez, y adelantándose a su época, entendía que la opresión de clase es doble cuando se es mujer. Tal como hace Rosemberg, queremos devolverle la voz: “Y si al hombre se le impidió el goce total de la vida ciudadana, a la mujer laboriosa como él, más negada que él y más escarnecida que los hombres, se le negó también y en mayor proporción el derecho a rebelarse, a asociarse y defenderse.” (discurso del 23 de febrero de 1951; citado del libro compilado en 2009 por Aníbal Fernández y Carlos Caramelo, Eva Perón, discursos completos.)

     Llama la atención pensar que para la oposición, el hecho de que la misión de Eva fuera encender pasiones era algo negativo. Su persona resume en gran medida la falta de tibieza y la polaridad histórica que signó el siglo XX. De nuevo, es fácil reconocer que para las ciencias sociales positivistas y obsesionadas con la objetividad, una figura pasional es como mínimo problemática. Para una Historia que acostumbra a hablar de los grandes Hombres, una figura que no se cierra en una sola categoría es incomprensible. Esto es lo que pasa cuando el pueblo irrumpe como sujeto y no como objeto. No podemos aprehender la amplitud y complejidad de “lo impuro” en estructuras analíticas construidas para “lo puro”. Lejos de ver estas complejidades como debilidad, Rosemberg las presenta como fortaleza. Son las “múltiples caras” de Eva las que le dan esa fuerza singular y es a través de ellas que el libro logra apelar a nuestras subjetividades. Eva es odiada o amada por las mismas razones: romper con los mandatos que les eran impuestos. Una mujer pobre que, además de cumplir sus sueños de ser actriz, se convierte en líder política. Despierta pasiones, lleva lo sentimental-“lo femenino”-, a la política-“lo masculino”-. Ensucia la imagen limpia e inmutable de la primera dama ¿Cómo puede la academia eludir las pasiones si son lo que convierte este proceso en algo tan disruptivo?

     Julia Rosemberg señala que es necesario abarcar 1955 en el relato propuesto en su libro porque este momento signa las representaciones que se hicieron de la figura de Eva. Necesitamos revisar este hecho muchas veces ignorado, que buscó truncar un proceso histórico implantando nuevos simbolismos y representaciones identitarias, para encontrar las respuestas a nuestra pregunta anterior. La importancia que se le da a este golpe de Estado, no sólo marca el quiebre en los imaginarios de la sociedad, sino que también reafirma la idea que se plantea desde el comienzo: Eva trasciende a su persona. Su impronta se proyecta en el movimiento de mujeres que supo organizarse a su alrededor.

     Nuevamente replicando una operación que la autora de este libro elige para recuperar voces silenciadas y marginadas de la historia, nos gustaría hacer mención a una cita que aparece en el último capítulo. Reyna Diez, un símbolo de la lucha por la igualdad, la inclusión en la política y la disputa de poder de las mujeres, decana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP entre 1973 y 1974, dijo que la proyección de Eva es indiscutible, que se incorpora como mito en las nuevas generaciones, en sectores con formaciones varias pero con un mismo enemigo. Esto nos hace pensar dos cosas, por un lado que Eva abre un proceso inagotable, que su figura se recupera en distintos presentes y no podemos evitar querer enmarcarnos en una línea histórica que empieza con ella y recorre infinidad de figuras y de luchas resignificadas. Por el otro, vemos que el mito construido alrededor de Eva no es solamente el negativo, el que busca callar lo rupturista de sus ideales y sus prácticas; sino que también existe una leyenda en positivo, una que ella misma construye, que se alimenta desde el lugar de santa, de guía espiritual después de su muerte y, sobretodo, con la resistencia a partir de 1955. 

     Rosemberg tiene la difícil tarea de revisar estas construcciones discursivas desde lo empírico, desde la disciplina histórica, sin romper la mística, la pasión y, hasta nos atrevemos a decir, el fanatismo que lleva a la lucha, a la organización, a la reivindicación. Entendemos que este es el rol de cualquier investigador consciente de sus responsabilidades, desarmar y rearmar mitos, convertirlos en herramientas para un presente y un futuro. ¿Nos sirve el mito de Santa Evita o nos es más útil resaltar a Eva líder política? Lejos de presentar estas caras como contrapuestas, la reconstrucción de esta autora nos posibilita elegir nuestra propia Evita. Recuperando voces y lectores el libro logra una tarea que quieren presentarnos como imposible: comulgar la “tan anhelada” cientificidad con la divulgación, sin dejar de lado la épica. Queda abierta la inquietud acerca de las características de la circulación social del conocimiento histórico, o de cualquier tipo de conocimiento.

     La sensación que deja este libro es la de pensar las contradicciones como algo positivo, recuperar lo incómodo como una posibilidad. Como aquello que motiva e impulsa el cambio porque inspira, cuestiona y no permite que nos quedemos quietas. No podemos seguir pretendiendo explicar todo acabadamente, sin dudar, sin arrepentirnos. Como práctica histórica, supone una visión crítica que a la vez construye sentidos válidos para pensar el presente. Como propuesta historiográfica, pretende no olvidar que el pasado sigue abierto y que es urgente seguir pensándolo y construyéndolo. Como lectura para salvarnos de la cuarentena o de lo que sea que nos espera, es un relato amoroso y cautivante de la vida extraordinaria de una mujer que transformó y se nutrió de muchas vidas más.

EVA DEMARCHI

Estudiante del profesorado en Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de UNLP.

PILAR MEDINA

Estudiante del profesorado en Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de UNLP.

La Rosa Roja, de Evans

HISTORIETA / POLÍTICA

SARA GUITELMAN


La Rosa Roja (2017)
de Kate Evans

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     “Mirar con el corazón en los ojos”. Esto que leí alguna vez en palabras de Ana García Orsi es lo primero que pienso cuando me propongo contar la mirada de Kate Evans sobre Rosa Luxemburgo en La Rosa Roja. También así, con el corazón en los ojos, nos invita a leerla. Leer, mirar y más, porque se trata de una biografía gráfica que excede el formato del cómic: La Rosa Roja, al menos en su edición en español, es un dispositivo sinestésico construido al margen de toda tecnología 4D; por el contrario, configurado con recursos si se quiere artesanales, predigitales y algunos hasta casuales. Un cuerpo poético por donde se lo mire, hasta desde antes de comprarlo, cuando preguntamos cuánto sale y nos dicen 500 . Ahí ya empezamos a querer esta obra. Luego sus hojas, la textura rústica y áspera que huele a manifiesto, a tinta fresca, nos sitúan junto a Rosa, en la barricada.

     La función de la historieta como género explicativo, tan transitado para fines políticos y pedagógicos, se amplifica en esta edición que conmueve desde esa materialidad tanto como por la belleza de sus ilustraciones y los textos amorosamente militantes de Evans. Mucho se ha ponderado la potencia femenina abrasadora de los trazos violentos y sensibles con los que Kate se encuentra con Rosa. También su lucidez para captar en los rasgos y vivencias cotidianas de la pequeña, su futuro: la continuidad entre la renguera, su condición de mujer, de judía, y su práctica rebelde y revolucionaria.

     En el comienzo, algo que no se acomoda se vislumbra en la bebita Rosa. Las bromas sobre su nariz cuando era bebé, su pelo de puercoespín, lo gracioso de sus patas torcidas, se combinan con amistosos guiños a los años por venir ¿su flequillo adolescente no es acaso un flequillo rolinga? Está también el amor de la familia, de sus hermanos que la llevan a la biblioteca. Llegada la adultez, la biografía se vuelve más profusa en datos históricos y textos de Rosa. Y para ese momento ya la seguimos. Somos sus fans.

      “Me siento en casa donde quiera que haya nubes, pájaros y lágrimas humanas” dice Rosa y Kate se une a ella dejando a los dibujos transitar la sensibilidad de la heroína: los pájaros, las flores, el espinillo, los gatos, las cartas y hasta las representaciones de representaciones, como el manto ruso devenido tira de historieta. Por ahí andan las zonas emocionalmente más poderosas de la biografía.

     El dinamismo con el que alterna distintos recursos visuales y registros discursivos múltiples es sorprendente. Además, estos intertextos son insólitos: el juego que jugábamos de niñas, ese de las siluetas femeninas y vestiditos pespunteados para vestirlas; o los fotogramas con los que narra la toma del Palacio de Invierno, convocando al cine de la revolución; o las composiciones con líneas oblicuas que remiten a la gráfica del constructivismo ruso y que acá son rejas proyectadas hacia el sol, que mutan en vuelos de pájaros y siluetas fantasmales. Y también convoca a otros libros, otros textos en otros formatos. Como cuando con gracia parodia las lecturas juveniles típicamente inglesas desplazando los preceptos victorianos a imperativos rebeldes “Cómo ser una revolucionaria socialista”. Estudiar. Viajar. Construir un pasado. Hablar en la Internacional Socialista. Ganar militantes. Escribir propaganda”. Tantos materiales mezcla Evans que hasta se anima a hacer irrumpir a la narradora para interpelar ese pasado y traer acá las lecciones de Rosa, en directo primero y reviviéndolas luego, al final, en formato hashtag #rebelión #ocupación #comunicación #revolución.

     Grandes ilustraciones al corte -algunas en doble página- son pausas poéticamente necesarias en la vertiginosa secuencia de hechos contados con múltiples registros, y tal vez el lugar donde más ampliamente despliega su maestría como ilustradora: la feminidad de la mantita rusa bordada que transforma un tedioso calendario en poesía; una masacre convertida en gigante ola; el pelo, su cabeza, devenida campo de batalla; el cielo judaico, nocturno final.

 

     ***

 

     Pero algo más llama mi atención. Hay unos cuantos errores de tipeo y defectos tipográficos y estilísticos devenidos de la traducción, que en cierto modo también se vuelven queribles porque nos recuerdan que el llamado a difundir el mensaje de la revolución es internacional, y una vez más el libro se fusiona con el espíritu libre de Rosa. 

     La deficiente imitación de la caligrafía de la edición inglesa, que pretende copiar el original pero se desvía del estilo y en este desvío sacrifica la integración a la imagen, como así también las imperfecciones en la diagramación, aún más notorias en los bloques de texto tipográficos, todo ello participa de la particularidad de la edición en español. Seguramente no es intencional que los textos de las viñetas luzcan unidos por pura solidaridad con el estilo de la ilustración, y que en ocasiones se vean desprolijos, por eso sorprende el efecto que generan sin querer. Tal vez la eficacia de este imprevisto procedimiento se explique en parte por el contraste con la excelencia gráfica de la obra con la que paradójicamente, “dialogan” los imperfectos globos. Una vez más, un encuentro desigual. La inequidad hecha escena gráfica.

     Todo esto converge en un propósito, porque así es la militancia. Una misión impregna el libro y se hace especialmente visible en la frondosidad con la que se despliega un aparato paratextual que funciona como artillería: introducción, 36 páginas de anotaciones, un epílogo de la edición en inglés, agradecimientos, bibliografía, nota a la edición en castellano y más. No quedan dudas: este libro es un arma que Kate Evans activista, pone en nuestras manos. No es un secreto, lo dicen las editoras en español Alejandra Crosta y Josefina Luzuriaga Martínez, La Rosa Roja quiere “aportar a que la vida militante de Rosa sea inspiradora para nuevas generaciones”.

     Parece que Andrea Robles, del Instituto de Pensamiento Socialista, se comunicó con Evans al ver una de las últimas viñetas de la biografía, una escena en la que están las Madres de Plaza de Mayo y la agrupación Pan y Rosas, entre otras. Y así se gestó esta preciosa edición en español. Andrea D´atri, fundadora de la Agrupación Internacional de Mujeres Pan y Rosas, coincide en el énfasis en el propósito militante que moviliza esta obra “Anhelamos que la vida de la Rosa Roja –signada por la profundidad teórica marxista, la agudeza política y una honda sensibilidad- sea ejemplo para las jóvenes generaciones que luchan por liberar a la humanidad de las cadenas de la explotación y de la opresión que hoy la aprisionan”.

     Muchas marcas, más allá de esta función militante explícita, participan de la construcción de una obra que homenajea a Rosa emblema de lucha, proyectándola hacia el presente. Por eso el libro no termina con el asesinato sino con una escena en la que su voz se convierte en hashtag #la próxima primavera. Porque Rosa nunca es víctima o mártir sino alguien que se construye a sí misma, y se lanza al futuro. Como si hiciese falta aún más ánimo proyectivo, también el editor inglés, Paul Buhle, hace un meticuloso epílogo en el que narra los avatares del legado de Rosa luego de su muerte, las lecturas que se han hecho de ella, su influencia en las generaciones que la sucedieron.

     Más allá de las tantas virtudes mencionadas, y de la preciosa identidad de la edición en español, el mejor acierto de Kate Evans es el apego a la voz directa de Rosa a través de sus textos, sobre todo sus cartas, muchas de ellas inéditas. Ahí Rosa suena, y vive.

SARA GUITELMAN

Diseñadora en comunicación visual, profesora e investigadora, Facultad de Artes – UNLP.

Berlin 1900, de Fritzsche

HISTORIA

JUAN CRUZ MARGUELICHE


Berlín 1900. Prensa, lectores y vida moderna (2008)
de Peter Fritzsche

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     Entender cómo se construye (lo material) y se representa (lo simbólico) una ciudad implica adentrarnos en lecturas que logren condensar ambas miradas. Y, sobre todo, si hablamos de una ciudad que está atravesando un proceso de transición y cambios como Berlín en el año 1900; las lecturas deben ayudarnos a captar su emergencia constitutiva.

     El interrogante no pasa sólo por ver la ciudad como un agente externo y desde afuera, sino también de poder sentir, vivir y habitar la ciudad desde sus protagonistas. Y es allí donde la obra de Fritzsche nos abre nuevos caminos y recorridos para conocer a la ciudad de Berlín. Hablamos de una Berlín que rompe con la idea de postal estática e inmutable para dar lugar a una ciudad moderna, dinámica y siempre en movimiento. El trabajo de Fritzsche nos invita y permite ingresar en esa efervescencia y turbulencia que transmite y transgrede la ciudad moderna. Esta gran máquina urbana viene a tambalear estructuras tradicionales, a fusionar elementos y a proponer nuevos escenarios. El autor logra de manera brillante adentrarnos al pasaje de una tranquila capital del imperio a una ciudad industrial dinámica y transformadora. Como sostiene Luis Romero, Peter Fritzsche ha escrito un fascinante estudio sobre los años anteriores a Weimar y el nazismo, que combina la dimensión urbana con la textual y explora, de manera original, las interrelaciones entre una sociedad popular en proceso de cambio y la construcción de su imaginario a través de la prensa.

     La reconstrucción constante de la ciudad de Berlín no se dio solamente en un sentido de carácter material y superficial. Una de las características que va a acompañar a la Berlín moderna de 1910 y a lo largo del siglo XX, es su carácter transitorio que queda reflejado en su paisaje urbano.  En el libro El color del río: historia cultural del paisaje del Riachuelo su autora Graciela Silvestri nos acerca una interesante reflexión sobre el concepto de paisaje. Para ella el paisaje se comporta de manera dialéctica entre fragmento de un territorio y representación visual. En donde en la primera, la sociedad se comporta como actor, transformando el ambiente vivido; y en la segunda, como espectador que observa y comprende el sentido de sus propias acciones. Ambas definiciones se complementan. La primera no puede desligarse de la apreciación perceptiva (en el sentido amplio); y la segunda (imagen y representación) no existe en ausencia de un referente real y de un trabajo simbólico realizado histórica y socialmente. Esta definición de Silvestri, que si bien está por fuera de la obra aquí presentada nos permite comprender lo que Peter Fritzsche intenta llevar adelante. Berlín 1900 apunta justamente a dotarnos de nuevas miradas para comprender cómo el nuevo sujeto urbano de la modernidad a través de la prensa escrita empieza a conocer todos los rincones de la ciudad, a moverse más allá de las centralidades y a reflexionar sobre su propia existencia en su habitar.

     La obra nos introduce en un análisis que cubre múltiples aristas y dimensiones sobre la ciudad de Berlín. Nos presenta una ciudad que se construye desde la representación de la prensa hasta la señalética urbana. Se empieza a presentar una ciudad extraña y desconocida que debe ser tamizada por otros para que se pueda vivenciar. Es aquí donde nos surgen preguntas: ¿Qué estuvo primero la ciudad construida o la ciudad representada? O ¿Son ambas ciudades indisociables?

 

“Para circular por la metrópoli sus habitantes tenían que leer horarios, avisos publicitarios, anuncios callejeros y artículos periodísticos que recapitulaban e intensificaban sus movimientos. La simetría entre la ciudad y los medios de comunicación que la representaba perfecta”.

 

     En la introducción el autor expresa la idea central de la obra:

 

“Este es un libro sobre la ciudad textual, la acumulación de textos breves y extensos que saturaron a sus habitantes, en gran medida, moldearon la naturaleza de la experiencia metropolitana. En una época y en un espacio urbano en los cuales la lectura es masiva, la ciudad como lugar y la ciudad como texto se definen y se constituyen mutuamente”.

 

     La multitud y la acumulación de objetos en la ciudad moderna actualizaron los modos de lectura y escritura, y esos actos de representación a la vez, construyeron una metrópoli de segunda mano que proporcionaba un relato para la ciudad de cemento y una coreografía para los encuentros que tenían lugar en ella. El autor se pone a construir un puente de análisis de la mediación entre la ciudad y los textos. Para él, existía un doble argumento en la ciudad. Por un lado, la lectura y la escritura que invitaban al movimiento y lo contenían. En este sentido, se da una triple relación entre lectores, textos y contextos. Y a su vez una contradicción entre el orden narrativo y el desorden interpretativo. En este sentido, no alcanzaba con identificar que había una ciudad textual que se iba reinscribiendo desde sus diferentes formatos narrativos en la ciudad. O que la ciudad estéticamente se iba transformando a una celeridad que no permitía reparar en su comprensión. La obra intenta ponernos en el medio de ambas ciudades y sería en ese interjuego textual y material que se lograría acercarnos a la comprensión de la ciudad moderna de Berlín.

     Si bien el autor realiza el análisis de Berlín extendiendo en algunos momentos la escala histórica, su objeto de análisis se asienta en los primeros años del siglo XX: 1900 – 1914, período durante el que Berlín atravesaba un rápido crecimiento en el cual los diarios se establecieron como verdaderas instituciones metropolitanas y que a partir de sus influencias producían nuevas prácticas periodísticas y a su vez sociales. Lo que deja claro el autor, es que Berlín es una ciudad de extraordinarios contrastes que revelan la historia de una ciudad de naturaleza fugaz de su pasado y con ello se convierte en un escenario del presente de suma fragilidad. Para Fritzsche, en Berlín se conjugaban una geografía particular con callejuelas medievales, zonas proletarias, o suburbios advenedizos y una sociología pintoresca con figuras como los deshollinadores o especuladores, desde una dinámica incesante de transformación. Pero Fritzsche nos aclara que el objetivo del libro no es centrarse en realizar un estudio de la prensa de aquel período, sino que la propuesta apunta a construir la ciudad “narrada” y de qué modo ésta impactó en la ciudad de cemento. Es decir, cómo los diferentes cuerpos y formatos discursivos (re) construyeron la ciudad y su representación. Es a partir de allí que se presentan tres aspectos a analizar: los nuevos aspectos emergentes de la ciudad, el surgimiento de nuevos lectores y la presencia de nuevas lecturas.

     ¿Pero cómo se daban estos textos? ¿En qué medida expresaban las nuevas espacialidades de la ciudad? ¿Aportaban herramientas para decodificar el paisaje urbano?

     Los textos que circulaban por la ciudad eran ordenados e imprecisos. Guiaban y a su vez confundían a los/as lectores/as. Trabajaban a favor o en contra de las diferentes consolidaciones de poder. Los textos tenían argumentos que se sostenían de discursos de poder que buscan (des) legitimar la ciudad. 

     Según el autor, la ciudad textual era una forma inestable y maleable que permitía a los diferentes lectores/as comprender el inventario cambiante de la ciudad y a su vez estandarizando el inventario urbano. Son los textos los que ingresan a la vida social regulando los modos de vivir, ver y moverse.

     También se destacan otras relaciones. La relación entre la ciudad, el espacio geográfico y el relato. El autor grafica esta relación a través de relaciones desencadenantes. Los documentos escritos dan lugar a la existencia urbana poniendo en los ojos formas de ver y comprender la fugacidad del paisaje de la ciudad. Pero esa “correspondencia” entre lo escrito y lo urbano crea un orden simbólico imaginario tan importante como la ciudad misma. Es a partir de allí que se mezcla en el cemento urbano: lo simbólico con lo material. 

 

“Una vez que la ciudad de cemento se vio recubierta por la ciudad de palabras, las funciones de la metrópoli fueron ganando en especialización y el poder de los gobernantes y los sacerdotes creció notablemente”.

 

     Ninguna ciudad europea soportó una transformación tan drástica como la que acaeció en Berlín. Berlín en el año 1911 era una ciudad con más de 4 millones de habitantes, y su reciente aglomeración industrial detentaba su propia versión desordenada de la realidad. Ese campo perceptivo inestable se reflejaba en la experimentación de escritores y artistas con la incorporación de nuevas técnicas de representación. El sorprendente crecimiento de la metrópoli durante el siglo XIX y el incesante flujo de personas, mercancías e información dieron lugar a una esfera pública cada vez más mediada. De ese modo la ciudad moderna se volvió inseparable de los registros comerciales, las carteleras publicitarias y los artículos periodísticos que la presentaban más bella de lo que era.

 

 “La extraordinaria correspondencia entre habitantes metropolitanos y lectores indica que la ciudad no podía recorrerse sin la guía del periódico”.

 

     También Fritzsche destaca el rol de los medios de transporte y su relación con el ámbito de la lectura. Los tranvías conjugaban una doble acción: la movilidad y el habitar en la lectura a través de los imaginarios urbanos. 

     En el marco de la obra además de la ciudad del cemento y la ciudad textual, Fritzsche nombra a otras ciudades, las cuales contienen características propias y que a su vez conviven y se superponen con otras. “La ciudad de la infancia” donde se asientan la nostalgia de algunos/as por la pérdida de ciertas estéticas y permanencias. También está “la ciudad fugaz”, la que lleva a la sensación de lo transitorio y lo efímero. Aparecen los recuerdos fugaces, sin tradiciones, sin sentido del deber para con el pasado. Para Fritzsche, esta visión encierra una visión crítica de la condición de la modernidad: “vivir de un día por vez” era vivir sin memoria y sin sentido de continuidad. La “ciudad del espectáculo” donde se generaba nuevas sensaciones y percepciones. Se invitaba a la exploración. Es decir, los diarios servían como guías ya preconcebidas para avanzar sobre la ciudad y a su vez abría un abanico de caminos a decidir. Lo que el autor afirma como la reconciliación con el mundo de los extraños. Este avance sobre lo extraño también ocultaba entre otras cuestiones el reconocimiento e incorporación de partes de una ciudad que antes o estaba vedada o no se consideraba. Se podría pensar que ambas iniciativas impulsadas por los periódicos también alimentaban el mundo urbano inmobiliario. Con estos mecanismos mediáticos de reconciliación se evitan las estigmatizaciones urbanas y se incorpora la periferia como parte del centro. Y un claro ejemplo en la política de planificación urbana es la incorporación de la periferia como espacio habitado. Los medios periodísticos, en la medida que crecía la ciudad y la gente ampliaban su espacio habitado, también empiezan a cultivar la mirada y comprensión sobre la diferenciación de los espacios y entornos urbanos. La ciudad no sólo crece en infraestructura y cemento, sino que crece producto de la desconexión localista de sus habitantes. Son los desplazamientos y el auge del transporte que también hacen crecer a la ciudad. Es allí donde aparecen los suburbios como pieza urbanística distinguible del centro. En la obra de Fritzsche, los suburbios aparecen bajo la denominación de “vorstadt”. Pero los suburbios, lejos de ser zonas de colores monótonos, se encontraban llenos de vida y energía propia.

 

“La forma de la vorstadt era cambiante, la expansión de la ciudad y la llegada de miles de nuevos residentes por año imprimían una dosis de turbulencia a los límites metropolitanos, unas líneas en constante movimiento. Esa fluctuación era lo que más atraía la atención de la prensa metropolitana”.

 

     Los diarios también legitimaban ideas nuevas además de imponer sus discursos. Fritzsche detecta cómo se empiezan a manifestar esas ideas y voces del público espacialmente. Los debates políticos se iniciaron en Berlín por el año 1848. Los primeros lugares donde se originaron estos debates fueron los cafés literarios y salas de lectura. Más tarde se extienden los debates a los espacios abiertos. Es allí donde el papel de los diarios, los folletos y caricaturas permitieron que las ciudades vayan ganando lectores. Pero los periódicos al comienzo se consumían de la mano de suscriptores cultos y de clase media, para más adelante masificarse en los habitantes de la metrópoli. Y es interesante saber cómo Fritzsche descubre no sólo el análisis de la ciudad de Berlín desde los diarios por un lado y desde el habitar por el otro, sino también cómo logra condensar ambos. Y ese ejemplo lo describe claramente cuando se detiene a analizar el “uso de la ciudad”. En la medida que los habitantes ampliaban el uso, recorrido y distancias de la ciudad; los periódicos se volvieron más útiles. Es también donde el aumento de las distancias y escalas de la ciudad, intervienen en la irrupción de nuevas movilidades: tranvía, tren, autobús y tren. En la lectura de este nuevo contexto de desplazamientos, zonas y espacialidades el autor descubre cambios y permanencias en el espacio urbano: el gran centro comercial, la capital imperial, la feminización del centro –en la circulación de mecanógrafas o administrativas, por ejemplo-, los recorridos más largos o la ciudad de fisonomía cosmopolita, entre otras.

     Por último, Fritzsche incorpora otro elemento de difusión y comunicación en la ciudad: los “feuilletons” cuya ventaja comunicativa y expresiva se sentaba en poseer la primacía de captar las fluctuaciones de la ciudad moderna en fragmentos precisos y muy estilizados. Estos pequeños documentos escritos poseían la capacidad abrumadora de registrar impresiones inmediatas. Los feuilletons eran artículos breves que enseñaban a los lectores a mirar y escuchar la diversidad discordante de la ciudad por medio de una precisión extrema mediante el uso de adjetivos y palabras técnicas. Este puntillismo híper descriptivo queda ejemplificado con la siguiente cita de la obra:

 

“Padre (…) chaqueta, pantalones arremangados, chaleco abierto, servilleta de papel sobre la cazadora (…)”.

 

     Para concluir, lo que logra esta obra es acercarnos a comprender a la ciudad moderna de Berlín en toda su complejidad urbana tratando de acercarnos una mirada intensa y extensa a través de múltiples dimensiones y aristas. Su propuesta nos invita a reflexionar en la actualidad sobre el rol e influencia de los discursos en la permanencia y discontinuidad de ciertos imaginarios y representaciones hegemónicas en las ciudades contemporáneas. Con esta lectura y reflexión, Fritzsche nos incita repensar cómo se (re) categorizan los espacios a través de los medios de comunicación y cómo éstos todavía nos siguen imponiendo maneras de pensar, sentir y habitar los lugares. La apuesta de esta obra es acercarnos a través de Berlín del 1900 a otras ciudades y de esta manera poder indagar cómo se construyen las ciudades textuales en las ciudades materiales. Seguramente los formatos textuales y visuales de la actualidad se hayan modificado, potenciado y diversificado, pero sus intencionalidades quizás convivan bajo los mismos objetivos.

 

     *** 

 

     Coda

     El Covid – 19 tuvo como epicentro una ciudad de China: Wuhan. Wuhan es la capital de la provincia de Hubei, tiene una superficie de más de 8.500 kilómetros cuadrados y una población total de más de 10 millones. Se trata de una ciudad milenaria, con una larga historia de más de 3500 años que en pocas décadas vio transformar su paisaje urbano y estilo de vida. A partir del brote de esta crisis sanitaria se generaron fuertes intervenciones en la ciudad y con ello también se alteró drásticamente la vida cotidiana de sus habitantes. El Covid – 19 irrumpió en esta ciudad cambiando por completo la vida urbana. Hoy si bien la ciudad aparentemente ha podido controlar el brote del Covid – 19 todavía está siendo interpelada por los medios de comunicación de occidente como la causante de esta pandemia a nivel mundial. Pero más allá de Wuhan, cuando el virus alcanzó carácter extraterritorial y obtuvo el estatus de pandemia, los espacios más afectados fueron las ciudades del mundo por sus características formativas y configurativas.

     ¿Qué relación podemos encontrar con el Covid – 19 y el libro Berlín 1900? A raíz de esta pregunta podemos identificar dos puntos de encuentro. En primer lugar, las ciudades son los centros y focos de atención de las grandes transformaciones de los últimos tiempos. Ya sea por el desarrollo industrial y los procesos de urbanización, como por las crisis ambientales y sanitarias, o por ser espacios de resistencias a las políticas neoliberales. Las grandes ciudades se han convertido en un laboratorio social capaz de catalizar las grandes transformaciones.

     El segundo encuentro se basa en cómo los discursos esgrimidos por los medios de comunicación generan acciones y comportamientos diferentes en los habitantes y en los modos de vivir en la ciudad. El Covid – 19 provocó discursos políticos y de comunicación que modelaron y moldearon no sólo nuestros entornos, sino también nuestras percepciones, representaciones y prácticas espaciales. En este sentido, los periódicos que circulaban en Berlín 1900 oficiaron de verdaderas guías para estimular la exploración, desplazamientos y encuentros en la ciudad, anexando las periferias y nutriendo al urbanita de herramientas para decodificar el mundo urbano. Por su parte, los medios de comunicación y el Covid – 19 nos llevaron a un aislamiento preventivo y a diluir todos los espacios de encuentro. Pero contrariamente a la anulación de encuentros en la ciudad de cemento, se abre una ciudad más grande a través de la ciudad (híper) textual que permite por medio de las redes sociales escaparnos del espacio doméstico para reencontramos en espacios multiterritorializados que se entretejen a través de redes y flujos (información, imágenes, signos y otros). Es decir, lo que en la ciudad del cemento se nos prohíbe, la ciudad textual nos abre caminos para recorrerla de otras maneras.

 

JUAN CRUZ MARGUELICHE

Geógrafo de la FaHCE – UNLP y Magister en Paisaje, Medio Ambiente y Ciudad de la FAU – UNLP. Trabaja en los últimos detalles de su TFI en la Especialización en Estudios chinos del IRI-UNLP. Doctorando en Geografía. Se interesa por los temas desde perspectivas culturales. Sus trabajos van desde el estudio de los territorios lejanos (Asia y África), el paisaje y la relación de las novelas con el territorio.

Anatomía del pánico, de Alejandro Rabinovich

HISTORIA

ALEJANDRO MOREA


Anatomía del pánico. La batalla de Huaqui. La derrota de la Revolución (2017)
de Alejandro Rabinovich

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     I

 

     Después de tanto años de historiografía, de tantos libros escritos, ¿cómo hacemos para seguir hablando de la revolución? Aunque sea el mito de origen de nuestro estado nación, y aun si le diéramos la razón a Crocce, no parece sencillo volver una y otra vez sobre el tema para decir algo, no digamos interesante, sino relativamente novedoso. No lo aclaré, pero quizás sea necesario, cuando decimos la revolución, sin demasiadas precisiones, es porque para nosotros es claro que estamos hablando de lo ocurrido del 25 de mayo de 1810 en adelante. Dudo que para algún historiador del siglo XIX argentino la idea de revolución remita antes a algún otro proceso, seguramente también a la revolución francesa, pero no mucho más allá. No es para negar otras revoluciones, solo para marcar una identificación. Con todo, el mercado editorial logró en estos años mantener cierta dinámica, y junto con las publicaciones de historiadores extranjeros que traen las grandes editoriales, es posible encontrar un sinfìn de libros de autores locales, en muchos casos la transformación de las tesis de doctorado de esos historiadores, que demuestran la potencia y la vitalidad del campo. Pasados los años centrales del momento bicentenario (2010-2016), los libros dedicados a la revolución la tienen más difícil para hacerse un lugar en un mercado editorial donde el paso parecen marcarlo otras temáticas. Sin embargo, creemos que Anatomía del pánico. La batalla de Huaqui o la derrota de la Revolución, de Alejandro Rabinovich, aunque ya tienen algunos años de editado, se merece un lugar importante, y que le prestemos atención. 

 

     II 

 

     Quizás, inicialmente, no resulte muy atractivo un libro que desde el título nos anuncia que nos va a contar acerca de una batalla. ¿Acaso no aprendimos, de la mano de Marc Bloch y Lucien Febvre, que una historia renovada tenía que discurrir por otros canales, lejos de los acontecimientos políticos, de los grandes hombres y sobre todo de la guerra o los campos de batalla? Pero creanme que este no es el típico libro de historia militar, y si bien se va hablar de la batalla de Huaqui que tuvo lugar el 20 de junio de 1811, la elección de este acontecimiento, es en realidad una excusa para hablar de muchas otras cosas más, básicamente de la revolución y la sociedad que le dio origen. En los últimos años hemos asistido a una renovación de los estudios sobre los ejércitos, los soldados, las milicias y las guerras dentro de la historiografía argentina. Y ninguno de los que participan de este sub campo, que se empezó a constituir a principios del siglo XXI, diría que lo que hace es historia militar, quizás unos cuantos sí que hacen historia de la guerra. Lo cierto es que no hay acuerdo sobre qué es lo que efectivamente se hace: ¿Historia social de la guerra? ¿Historia cultural de la guerra, siguiendo a Keegan? Pero dejando de lado la discusión más epistemológica, lo que Alejandro Rabinovich nos trae es un logrado ejemplo de cómo un viejo objeto de estudio puede ser revisitado desde una óptica diferente para, a su vez, traer nueva luz sobre un problema más grande que contiene al anterior, la revolución, y que ha sido profundamente estudiado. 

 

     III

 

     La pregunta principal que intenta responder Rabinovich es ¿qué pasó con el Ejército Auxiliar del Perú en la batalla de Huaqui? Para los que no tengan muy presente lo ocurrido, el autor hace una recapitulación inicial donde señala el meollo del problema: el ejército se vino abajo rápidamente, como un castillo de naipes, y no solo eso, sino que literalmente desapareció. De casi seis mil hombres, luego de la batalla no quedaron más que 2000 y con muy pocas bajas en combate. ¿Cómo se explica esto? Acá es donde podemos ver el diálogo interdisciplinario que propone el libro, la verdadera apuesta de la propuesta de Rabinovich. Porque para entender qué pasó con esa fuerza militar, el autor nos plantea que el pánico es el principal elemento a tener en cuenta: “Lo cierto es que, al hallarse cortado en medio de los cerros, él huyó (se refiere al capitán Bernardino Paz) con el resto de sus hombres hasta dar con la división de Bolaños, vociferando que habían sido destrozados, que habían perdido la artillería y que estaban cortados. Es probable que solo se refiriera tan solo a la suerte de sus cuatro compañías, pero los hombres de la división de la derecha, que no sabían lo que sucedía del otro lado de la quebrada más que por el rugir de la artillería, interpretaron naturalmente que era toda la división de Viamonte la que había sido derrotada. Y los que gritaban no eran sólo vulgares soldados, sino que lo escuchaban de la boca de un señor capitán, con nombre y apellido. El efecto fue instantáneo y desvastador como el de una descarga eléctrica.”

     La identificación del miedo no es lo novedoso, ya había sido señalado su presencia entre las tropas en los primeros relatos de los historiadores sobre Hauqui, sino el trabajo para comprender cómo se lo estudia en otras disciplinas, como funciona y sobre todo, de qué manera operó en la batalla sobre los combatientes y en los días siguientes. Porque como señala el autor: “Dados los tremendos gastos y sacrificios requeridos para formar un ejército, la posibilidad de perderlo de la noche a la mañana por un grito inoportuno conllevó siempre una inusitada gravedad institucional. Es posible afirmar, de hecho, que los enormes esfuerzos realizados por los Estados modernos para disciplinar a sus ejércitos, instruir a su tropa, educar a sus oficiales y regular cada segundo de la vida del regimiento, no constituye sino un intento de conjurar la posibilidad de que estalle un pánico a la hora de la batalla.”

     Para explicar entonces lo ocurrido en Huaqui y la actitud de Paz y de los hombres al mando de Bolaños, Rabinovich recurre a otras disciplinas para tratar de entender los comportamientos de los hombres en situaciones críticas. Porque convengamos, que esperar formado en una línea, sin moverse, ni cubrirse, la descarga de fusil o de artillería del enemigo, como era lo usual en la guerra en esos momentos, no es una situación cotidiana para campesinos, jornaleros, artesanos, peones, que integraban el grueso de la tropa de ese ejército de reciente formación. Y para entender esto, no nos alcanza con los relatos sobre la identificación con la causa, los comportamientos heroicos o la mirada más romántica del sacrificio por la patria. Partiendo de la historia social, para entender cómo se fue armado el Ejército Auxiliar del Perú, las dificultades que tuvieron que superar los que se encontraban al mando, y cómo efectivamente se entraba a una tropa para entrar en combate, Rabinovich da cuenta del intento de la revolución por tratar de conformar una fuerza militar que le permitiera ganar en el campo de batalla y cómo ese proceso quedó trunco, incompleto, poniendo en riesgo, con su fracaso, la misma supervivencia de la revolución. 

 

     IV

 

     Pero el libro de Rabinovich no solo es un aporte original en torno a lo que tiene que ver con la preparación previa a la batalla, las disposiciones tomadas para conformar un ejército, el desarrollo de Huaqui en sus diferentes planos y escenarios, en cómo se inició el miedo que devino en pánico y desbandada general, sino también en volver a situar la guerra en el centro del relato de la revolución. Parece una obviedad lo que decimos, porque todos tenemos presente que la revolución devino en guerra, pero no es así. No pocos de los trabajos sobre la revolución tienen a la guerra como algo que transcurre en el fondo, del que nos llega un eco lejano cuando se produce una enfrentamiento militar, en Tucumán, en Salta, en Montevideo, Vilcapugio, Sipe-Sipe o Maipú. Esto no quiere decir que se deba apostar por la simplificación y señalar que la actividad bélica se lo come todo. Es más bien situar a la guerra como estructurante del proceso revolucionario y, por lo tanto, también de la sociedad, sin negar a su vez, que las formas que tenía esa sociedad en la previa, también terminaron incidiendo en cómo se desarrolló la guerra: “En definitiva, como ya hemos dicho, cada pueblo hace la guerra de la forma que le corresponde, y no puede cambiar esta manera de combatir sin cambiarse a sí mismo en el proceso.” Lo que se propone es entender a la revolución desde la guerra y comprender hasta qué punto la guerra revolucionario adquiere un cierto aspecto en el Río de la Plata.

     Finalmente, el libro se asoma a ver cómo las mutaciones que trae el momento revolucionario en el orden de lo simbólico, de lo político, de los lenguajes, y que son importantes para pensar muchas de las futuras transformaciones del orden social colonial, se hicieron presentes en el el Ejército Auxiliar en esa primera campaña en el Alto Perú y por lo tanto fueron incorporados por los soldados y oficiales de la revolución. Y aunque Rabinovich no lo diga, quizás sea esta cuestión, la politización, la identificación con un nuevo imaginario político, la que salve a la revolución de la que él dice que es su peor derrota. Aunque esto último, que Huaqui haya sido la peor derrota de la revolución, se lo podríamos discutir.

ALEJANDRO MOREA

Es Profesor de Historia por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP) y Doctor en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Es investigador del CONICET. Su trabajo está enfocado en el proceso revolucionario, las guerras de la revolución y sus ejércitos, y la construcción de carreras políticas.

Miradas en torno al problema colonial, de Ochoa Muñoz

HISTORIA / POLÍTICA

YAMILA BALBUENA


Miradas en torno al problema colonial. Pensamiento anticolonial y feminismos descoloniales en los sures globales (2019)
de Karina Ochoa Muñoz (Coord.)

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     Mi Cuerpo Sur fue atravesado por la lectura. Las palabras lograron penetrar mi exterior Blanco, hasta llegar donde habitan el negro y todas las tonalidades del marrón. No es una esencia previa o biológica, es un antes en el tiempo de la historia donde fuimos otros seres… hay una memoria, o muchas, que nos traen ese recuerdo, como si fuera un viento de mar, para despertarnos del letargo. El Norte dominante e imperialista que hay en mí ha sido mi Cabeza. A veces me dejo conducir unánimemente por ella y me pierdo. Pensar con el corazón es una actitud antipatriarcal y anticolonial.

     Puede ser un fraude para quienes se aventuran a este libro a través de mis ojos; sin embargo, no dejo de encontrar en lo que leo mis propias preocupaciones: construir feminismos, recuperar prácticas feministas, reflexionar sobre los feminismos y sus prácticas. Tampoco puede ser de otro modo: sólo logro hacerme de la lectura entreviéndola con las preguntas que hoy levantan signos de interrogación debajo de mi piel. 

     Hacernos estas preguntas ahora es posible, en parte, porque en el camino fuimos respondiendo otros interrogantes. Sé que el tiempo detenido es un artilugio de la escritura; a medida que escribo los intereses cambian, y mis palabras envejecen. Todavía es preciso seguir diciéndolo: mi lectura es política y mi decisión de compartirla, aún más. 

     Karina Ochoa reúne voces diversas que dan cuenta de la pluralidad del feminismo decolonial. Voces que son prácticas, situadas desde el cuerpo. Que, a la vez, son experiencias de lucha, resistencia, acciones, y que juntas son un aporte teórico, un arma teórica para las prácticas y para leer nuestras experiencias situadas desde esta nueva concepción de teoría que es también cuerpo y corazón, como documenta el trabajo de Pérez Moreno. 

 

***

 

     Miradas está ordenado en siete capítulos. Algunos se componen de varios artículos, pero el primero y el último son unitarios. Tanto el abordaje de Mendoza como de Londoño Bustamante son únicos en su tipo. En el primero, Mendoza nos acerca un estado del arte de los estudios decoloniales y su andamiaje conceptual. En el último, Londoño Bustamante, por su parte, historiza el surgimiento de una historiografía feminista. Entre ambos, se presenta una agenda temática y política que proponen los distintos abordajes que componen este libro, la articulación entre el pensar, hacer y sentir sin disciplinar un aspecto al servicio del otro, sin tampoco otorgar a uno más valía que el otro. 

     Mientras que los capítulos dos y tres, a partir de los textos de Cumes, Marcos, Álvarez Díaz, Pérez Sián y Pérez Moreno, se recupera y se propone recomponer y visibilizar genealogías con las lenguas, cosmovisiones y legados ancestrales, los capítulos cuatro y cinco nos convidan de estrategias de descolonización entendidas como prácticas que buscan incomodar, canalizar acciones no regladas o cuya existencia excede los cánones, y/o subvertir el orden material y simbólico vigente. Martínez Sinisterra propone desmoronar el racismo, descolonizar la praxis política, a partir de producir un archivo, un conocimiento, una pedagogía propia. Gracias a la investigación de Cejas podemos conocer las movilizaciones estudiantiles sudafricanas que claman por la descolonización del saber y que fueron reprimidas como en los tiempos del Apartheid. Cabanillas nos acerca la experiencia de organización de mujeres musulmanas en Sudáfrica; la entrevista de Ilyas F. Garcés nos aproxima al pensamiento musulmán decolonial de Adlbi Sibai; y, por último, Filigrana García, desde los sures de Europa, suma su voz como feminista gitana andaluza.

     El capítulo seis, propone la descolonización del arte a partir de concebir otras manifestaciones artísticas a la vez que leer críticamente las existentes. Garzón Martínez repasa el canon literario racista a partir de tres novelas colombianas y Difarnecio, busca traducir en palabras lo que es poner el cuerpo a partir de una relatoría sobre teatro creado y actuado por mujeres mayas.

     La unicidad del libro la encuentro en la asunción de una posición anticolonial. En primer lugar, en el sistema clasificatorio que ordena cuerpos y realidades según la raza y que otorga privilegios tangibles y bien concretos tal como manifiestan las autoras. En segundo lugar, conocer, comprender y honrar las distintas resistencias que se levantaron en su contra y que expresan una genealogía para quienes hoy seguimos resistiendo desde las periferias. No en busca de un paraíso pre existente, sino como objetivo para pensar quiénes somos y cómo queremos vivir.

     En tercer lugar, evidenciar los mecanismos de opresión y las respuestas que impactan sobre la realidad y las posibilidades de teorizar sobre las mismas desde una episteme no blanca. Lo que supone poder conceptualizar al sistema mundo capitalista moderno colonial que habitamos como clasista, racista, misógino y heteronormativo que genera una asimetría en el plano existencial y mental.

 

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     Estos comentarios se enmarcan en un contexto particular de lectura y recepción del libro desde la Argentina. En la actualidad, gran parte del pueblo trabajador está sufriendo una crisis aguda como consecuencia de la aplicación mecanizada de los paquetes de medidas estandarizados que el capitalismo global y sus secuaces anónimos han diseñado para territorios como el nuestro.

     Durante la gestión macrista, las políticas neoliberales de ajuste, desempleo, especulación financiera y endeudamiento externo no se aplicaron sin una férrea resistencia. 

     En las movilizaciones masivas la presencia feminista es visible e invisible a la vez. Por un lado, la inmensa mayoría del activismo luce de manera permanente el pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto legal, seguro y gratuito. Ese pañuelo -a veces combinado con el color violeta o de la bandera del Orgullo- se ha convertido en un símbolo de identificación no sólo en los espacios de lucha, las marchas o actos convocados, sino también en la vida cotidiana. Decoran bicicletas, se lleva en los puños, mochilas y representan la marea verde violeta que viene inundando las calles en diferentes concentraciones específicas, como fueron los paros internacionales (#8M), la presentación del proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) y su tratamiento en el congreso (#13J), contra la violencia y los feminicidios (#Niunamenos), entre otras (Alonso, 2018). La nueva ola del feminismo ha inundado no sólo las calles, también los medios de comunicación, las redes sociales, las universidades, hasta el mundo del espectáculo se ha visto conmovido y se expresa en nuevas colectivas inéditas en términos de activismo, como el Colectivo de Actrices Argentinas (AA). 

     A pesar del protagonismo que estoy describiendo, se sigue presentando de manera sectorizada (y masculina) la lucha contra la pobreza, el hambre y el saqueo. Y las feministas sólo son enunciadas en algunos casos como activistas de lo específico: de las mujeres y las disidencias sexuales. Y de sus “temas”: el acoso, el cumplimiento de leyes como la de Identidad de Género o Educación Sexual Integral (ESI), etc. 

     La violencia de la narrativa que nos borra de los relatos, de las estructuras económicas que viven de nosotras/res, que se alimentan de nuestro trabajo gratuito, no son otras que narrativas coloniales. ¡Son tan hegemónicas!, incluso dentro de la corriente decolonial o poscolonial en donde la colonialidad del género sigue siendo una variable y no es concebida como estructural (Bruschetti, 2017). 

     El pensamiento dominante desconecta nuestra existencia y resistencia para compartimentarla en lo específico, sectorial, de última, cosas de mujeres. Al mismo tiempo, y haciendo carne la interseccionalidad del sistema y de la respuesta que tenemos que darle, quienes nos aventuramos a develar su crueldad y deshumanización estamos llevando adelante un debate en torno al sujeto político del feminismo. No es una disputa nueva, pero adquiere una fuerza sin antecedentes en el marco de la organización de los denominados Encuentros Nacionales de Mujeres (ENM) que se vienen realizando de manera ininterrumpida desde el año 1986 (Alma y Lorenzo, 2009)

     Las discusiones profundas que se vienen llevando a cabo pueden verse contenidas en los aportes que este libro nos acerca en relación a pensar otras articulaciones por fuera del marco normativo occidental y eurocentrado, como los Estados Nacionales, como así también en otros debates que el libro tematiza respecto a un uso restrictivo o normativo del feminismo, al reconocimiento de las cosmovisiones ancestrales, a escuchar todas las voces y darles existencia y encarnadura, entre otros aspectos. Lo que estamos debatiendo es quiénes somos, cómo nos nombramos y porqué luchamos. 

     En este momento los feminismos de Argentina, al igual que las movilizaciones estudiantiles de Sudáfrica, se enfrentan a la necesidad de descolonizarse. Pluralizar su enunciación, como proponen Ochoa Muñoz y Garzón Martínez en la Introducción, no supone un uso políticamente correcto. Sino entender las contribuciones y debates como parte de un todo sin centro, sin acuerdos totales, sin síntesis sencillas de deglutir. Algo más fácil de decir que de asumir, al menos en un entorno tan reglado por las grandes epistemes universalizantes occidentales. 

     Tampoco significa que no haya ninguna posibilidad de unir voluntades de las expresiones de Abya Yala y los sures globales. Por el contrario, existe un hilo que teje las tramas de diversos dibujos y colores y permite pensar el colonialismo como fenómeno que nos ha interrumpido el tiempo, imponiendo un sistema, unas formas, rupturistas respecto a lo previo y que no está instalado como suceso en el pasado remoto sino al revés, vive en nuestros cuerpos, la forma en la que hablamos, el modo en el que entendemos nuestro presente. 

     Hay horizonte de articulación, posibilidad de acuerdos transitorios, de definiciones, porque hay esperanzas, algunas presentes en estos relatos que estoy comentando.

     Expresar que la superioridad occidental es una ficción es el primer paso para dejar de pensarla y sentirla como verdadera. Nos obliga a rastrear y reconocer otras genealogías otras, no las yanquis ni las parisinas; nos permite, en un acto liberador, dejar de querer encajar en una ropa que no es de nuestra talla y mirarnos en un espejo sin sentirnos farsantes: nunca vamos a estar a su altura, lisa y llanamente porque no somos ellas. Somos otras, que para poder existir como tales, tenemos que deconstruir la mirada ajena y mirarnos con nuestros propios ojos como lo expresaba Fanon (2009).

 

***

 

     Este libro, desde mi lectura, nos aporta los hilos para bordar con un diseño propio lo que podemos y somos. No es sólo lo que dice, sino el modo en que lo dice. Propone una nueva genealogía y a la vez, recupera genealogías que se nos fueron perdiendo, deshilvanando. No es que las perdimos jugando al distraído, como dice una canción de la infancia, sino como parte de las estrategias de poder, poder/saber, y que por lo tanto encontrarlas/re encontrarlas supone discutir el poder, desarmar el poder, empoderarnos. Pero también supone discutir con el patriarcado académico y disputarle la producción de sentidos, significados, saberes y conocimientos.  

     Los feminismos decoloniales contribuyen en este proceso sumando, además, un mecanismo de escucha que genera disrupción, porque antes de ser palabra fue silencio -la invisibilidad sigue siendo un hueso duro de roer-. Y porque esas palabras por fin dichas vienen a incomodarnos, ponen en crisis formas anteriores de concebir y pensar.

     El problema colonial no es otro. No viene a hablarnos de algo externo, ajeno, meramente intelectual. Nuestros problemas y el modo en que podemos enfrentarlos, en que nos permitimos leer lo que nos pasa y modificar lo que nos sucede, es parte del proceso que se inaugura en la colonia y que, como ciclo, no ha concluido.

 

***

 

Coda

 

     Algunas feministas creemos que uno de nuestros roles prioritarios es el de incomodar. No digo señalar con un dedo acusador o medir con el feministometro, ni nada de eso. Se trata más bien de mirar aquello que en general pasa inadvertido, que queda invisibilizado o es naturalizado por discursos, estructuras, dispositivos, que están o pueden vincularse con el orden establecido, con el Estado y sus instituciones, con el saber y sus academias, con las organizaciones sociales y políticas. Este libro del 2019 contiene claves para pensarnos, aún en el marco de esta pandemia a escala planetaria. Y les adelanto una razón: las políticas públicas gubernamentales para mitigar las consecuencias del COVID-19 son una expresión de la colonialidad del poder, de la racialización de los cuerpos, de la jerarquización entre pueblos, y fronteras adentro, entre ciudadanos de primera que pueden confinarse en sus casas y ciudadanes de segunda que incumplen la ley por definición: pobres, personas privadas de su libertad, prostitutas, desocupades, víctimas de violencia patriarcal y tantas otras.

 

YAMILA BALBUENA

Profesora, investigadora y extensionista de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Dicta clases de historia, historiografía y feminismo (FaHCE/UNQ).

Black Panther, de Ryan Coogler

CINE

DAVID MOUZO


Black Panther (2018)
de Ryan Coogler (Marvel)

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     Pantera Negra (Black Panther) es la décimo octava película dentro de la franquicia de superhéroes del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU, por sus siglas en inglés), creada por Marvel Comics, hoy una subsidiaria de Disney. Aparentemente otra «historia de origen», otro engranaje en una narrativa más amplia e interconectada de forma transmediática, Pantera Negra fue la primera cinta de su tipo en ser nominada como Mejor Película para los Premios Oscar, una de las pocas del MCU en recaudar más de un billón de dólares en taquilla y tal vez la única en motorizar tales ríos de tinta (real o virtual) en los meses antes y después de su lanzamiento en febrero de 2018.

     En esta película se reintroduce el mundo ficcional del personaje homónimo, alter-ego de T’Challa, rey africano de la nación de Wakanda, escondida del resto del mundo y con un avance tecnológico inigualable basado en la explotación del vibranio. La cinta ha sido celebrada por su representación positiva de la negritud y por un reparto mayoritariamente africano y afrodescendiente, pero también ha sido criticada por los/as propios/as africanos/as al pretender miniaturizar al continente africano. Pantera Negra, como personaje, como historieta y ahora como película, transita entre estas dualidades, que remiten a la dinámica de los superhéroes. Aquí adelantamos algunas de las discusiones que se dieron y se siguen dando. 

     Poco más de 50 años pasaron desde la primera aparición del personaje en los cómics (Fantastic Four #52 y #53) en 1966 y su estreno en celuloide (Captain America: Civil War) en 2016. Si bien hay un consenso de que Pantera Negra es el primer superhéroe negro y africano publicado desde EE.UU, rompiendo ese mundo imaginado en las historietas como predominantemente blanco y de clase media, esto ignora el gran movimiento de historietas desde la propia África, particularmente por parte de Nigeria, Ghana y Sudáfrica, ya en esta época pero especialmente en las décadas de los setenta y ochenta.

     En este sentido, el personaje nace en el seno de la «Guerra Fría» y en el marco de la tirada de historietas de los Cuatro Fantásticos. Este grupo de superhéroes puede ser entendido como una encarnación de la ideología estadounidense de la época, cuyas aventuras, entendidas como lucha del bien contra el mal y que ven la peligrosidad en el exterior, les llevan a un intervencionismo internacional en defensa del «mundo libre» (free world). Esa primera aparición de Wakanda presenta un África imaginada en dos registros: primeramente, el África atrasada, estática y bárbara, incluso remitiendo varias veces a Kipling; luego de la revelación de un espacio tecnológicamente avanzado, un África complaciente y posible aliada, ya que apela al consumismo y educación occidentales, y donde conviven modernización y «tradición africana». Ambas entran dentro de la exotización de África, su conceptualización como el Otro abyecto del cual Occidente, también como espacio imaginado, se contrapone pero del cual no puede separarse.

     Distintos autores encabezaron las tiras de historietas de Pantera Negra, que pasó de tener un papel secundario que esporádicamente habilitaba narrativas enriquecedoras para otros protagonistas de Marvel Comics a protagonizar sus propios números y ser usado para criticar a los grupos de supremacía blanca domésticos, como el Ku Klux Klan, y a los regímenes de apartheid contemporáneos de Zimbabue (entonces Rhodesia) y Sudáfrica.

     No obstante, es recién en 1998 cuando escritores afrodescendientes encabezan la orientación del personaje, con Christopher Priest y luego Reginald Hudlin, quienes habilitarán una lectura afrocentrista. Así, 20 años después de ese rotundo cambio de dirección, se estrena la primera película que tiene a la Pantera Negra y Wakanda nuevamente como protagonistas, esta vez dirigida por Ryan Coogler.

     Coogler le da su propia impronta al personaje, al mundo ficcional y la trama. Bebiendo de los aportes más recientes, entre ellos los de Ta-Nehisi Paul Coates, el director se concentró en el funcionamiento de Wakanda, como una sociedad africana inafectada por la colonización, y en las implicancias que tendría ello para la diáspora africana.

     Ese esfuerzo por representar la «africanidad» de Wakanda puede verse especialmente en el diseño de las vestimentas, uno de los aspectos más celebrados y premiados de la película. Bajo la dirección de vestuario de Ruth Carter, la vestimenta implicó una apropiación polisémica de distintas culturas africanas, y en ello las referencias son múltiples e intrincadas. A grandes rasgos, sobre las cuatro tribus que integran Wakanda: la Tribu Mercante estaría basada en el pueblo tuareg (nómades a lo largo del Sahara, en territorios de Malí, Argelia, Níger, Burkina Fasso y Libia), la Tribu Minera basada en el pueblo himba (norte de Namibia y sur de Angola) y maasai (Kenia y norte de Tanzania), la Tribu Fronteriza en la cultura de los mantos de Lesoto y símbolos Adinkra provenientes del reino de Ashanti (sur de Ghana), y la Tribu del Río basada en los pueblos suri y ndebele (suroeste de Etiopía y Sudáfrica, respectivamente). Tomando de sus trabajos anteriores, Carter adoptó la idea de abordar el vestuario como una “reconstrucción histórica”. Pero al tratarse de una nación ficcional, el diseño para las escenas ceremoniales en Wakanda gira alrededor del «tradicionalismo» africano, recalcando sus orígenes remotos. No obstante, varios de los elementos que la directora rescata fueron producto de procesos de asimilación y adaptación africanos frente al colonialismo, como los mantos basotho, que tienen sus orígenes a finales del siglo XIX, a partir de la importación europea de mantas debido a su condición como protectorado británico; o las Dora Milaje, basadas en las Guerreras de Dahomey, una tropa constituida exclusivamente por mujeres, creada en el siglo XVIII por parte del rey Agadja de Dahomey, quien primero se había beneficiado de la trata esclavista y luego usó estas tropas femeninas para pelear contra los franceses.

     Así, se produce una disonancia entre este rescate de una tradición africana inmaculada, los procesos históricos que varias de estas marcas culturales atravesaron y la narrativa creada para la película. Si, como propone la trama, Wakanda mantuvo su aislacionismo con el resto del continente desde sus comienzos hace miles de años, no se explicaría esta presencia selectiva de caracteres culturales atravesados por la colonización. 

     Por otra parte, en sus comentarios a la película, Coogler afirma que el antagonista principal encapsula la experiencia afroestadounidense al tener tres nombres distintos: N’Jadaka (nombre wakandiano, bautizado por su padre), Erik Stevens (nombre dado al nacer en EE.UU) y Killmonger (pseudónimo adoptado durante su servicio militar). Es difícil no ver los paralelos entre ello y los bautizos de Malcolm Little/ El-Hajj Malik El-Shabazz/Malcolm X, y las referencias que hace la película al Black Panther Party, cuya ciudad de origen, Oakland, es donde comienza la historia. En la película, Killmonger encabeza un proyecto de liberación internacional de todos/as aquellos/as oprimidos/as por el racismo y la colonización a través de la violencia, utilizando las armas y agentes de Wakanda para acompañar rebeliones en todo el mundo.

     La formación del antagonista de la película no es sólo una respuesta a la diáspora como espacio de muerte y abyección; también se nutre de las comunidades afro como espacios de construcción de pensamiento(s) filosófico(s) interconectado(s) de forma transcontinental, con orígenes africanos atravesados por procesos de criollización e hibridación. Su postura revolucionaria remite a Marcus Garvey –por su proyecto de una contraofensiva negra violenta y la construcción de una «tierra prometida» en el continente africano– y Franz Fanon –que ve como agentes revolucionarios a las poblaciones racializadas y colonizadas, que debían de destruir todas las estructuras del colonizador para acabar con la alienación de ambos–; estos dos son referentes de la filosofía afro-caribeña, que a su vez influenciaron al ministro Malcolm X y el militante cofundador del Black Panther Party, Huey P. Newton, enmarcados en las filosofías afro-estadounidenses.

     En este sentido, Achille Mbembe define a la película como una «tecno-narrativa» propia del «afro-futurismo», en tanto corriente política, estética, cultural y literaria que nació con la comunidad afro-estadounidense a mediados del siglo XX, ya que “referencia el archivo” creado por la diáspora africana, que aquí se relaciona con las filosofías descriptas anteriormente y que aporta a la inversión del «signo africano», es decir, la identificación de lo africano con la animalidad, con la raza, la barbarie y el canibalismo.

     No obstante, los comentarios del director y la asignación de colores en la cinta –uso extensivo del azul y de sus filtros, que remitirían a la autoridad y el colonialismo– dan cuenta de la simplificación de la prédica de Killmonger como una violencia nihilista para la dominación mundial. De forma más o menos explícita, está presente la idea de que el colonizado –en este caso el villano– meramente repetirá el statu quo a través de la violencia revolucionaria, perdiéndose en ella o materializando una inversión y adoptando el rol del colonizador. Ello se sintetiza en la película cuando Killmonger se sienta en el trono y vocifera “el sol nunca se pondrá en el Imperio de Wakanda”, remitiendo explícitamente a la propaganda colonial británica.

     Por último, el desenlace de la trama de la película hace paralelos con el final de la primera tira que introdujo a Pantera Negra: mientras en la película T’Challa encabeza una reunión en las Naciones Unidas en la que ofrece sus conocimientos y recursos al resto del mundo, rompiendo el aislacionismo wakandiano de miles de años, en uno de los últimos paneles de los Cuatro Fantásticos #53 T’Challa promete al equipo de superhéroes utilizar su fortuna y poderes para el servicio de toda la humanidad. En ambos casos, el potencial afrofuturista se diluye en una complacencia con el discurso occidental. 

     Sin embargo, teniendo en cuenta (y no a pesar de) estas limitaciones, el potencial como relato afrofuturista (y revolucionario) está allí desde el principio. Se manifiesta de manera incipiente cuando un padre le cuenta a su hijo sobre Wakanda, en lo que inicialmente pensamos que es T’Chaka contándole al pequeño T’Challa la historia de su país. Pero a lo largo de la cinta descubrimos que es en realidad N’Jobu y su hijo N’Jadaka. Un africano narrándole a su hijo nacido en la diáspora acerca de una cultura donde la vida africana pudo desarrollarse sin la expoliación, el genocidio y el epistemicidio de la colonización occidental. Una Wakanda que ambos primero fantasean como una patria a la cual volver, y luego ven como un medio para concretar la praxis revolucionaria y acabar con la herida de la colonialidad.

 

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Coda

 

     En el contexto de la pandemia de COVID-19 y del aislamiento social, Pantera Negra puede ser simple pero esencialmente otro repertorio de nuestro ocio y esparcimiento. Se nos ha dicho que hay que “aprovechar” la cuarentena, ser figuras de la creatividad y productividad, y a esa postura hay que responder que está bien sentir ansiedad, miedo y/o depresión en una situación de imprevisibilidad y de enorme fatiga psicológica. Y si esta película nos ayuda a “escapar”, siendo algo pochoclero para acompañarnos, solos/as o junto a otros/as de forma virtual, desde ya ha cumplido uno de sus objetivos.

     Pero también, aprovechando esa introspección, Pantera Negra puede invitarnos a indagar más en la pregunta fundamental que plantea la corriente afrofuturista: ¿por qué no hay más creadores/as africanos/as y afrodescendientes, así como narrativas y personajes de estas raíces, en la ciencia ficción que consumimos? No son pocos los ejemplos de historias que rompen dicha invisibilización. Desde el cuento corto El Cometa (1920) de W. E. Du Bois a las sagas de novelas de la prolífica Octavia E. Butler que publicó desde 1970 hasta 2006, y las entradas más recientes como los dos volúmenes de Black Panther por Ta-Nehisi Coates (2016-2018), el álbum Dirty Computer (2018) de Jannelle Monáe o la serie de televisión Watchmen (2019) de HBO. Mientras médicos franceses racistas sugieren “probar” medicamentos contra el coronavirus en África y se multiplican los ataques xenófobos hacia los cuerpos de personas migrantes, estas producciones afrofuturistas pueden ayudarnos a no ver estas instancias como “casos aislados”, y en cambio reflexionar sobre los legados coloniales del pasado en nuestro presente, a través de la (re) imaginación de otros futuros posibles.

DAVID MOUZO

Estudiante avanzado de la Licenciatura en Historia (FaHCE-UNLP) y docente del bachillerato popular Vientos del Sur. Se desempeñó como adscripto a la Cátedra de Historia de Asia y África y continúa su colaboración y estudios al respecto.

Todos nosotros, de Kike Ferrari

LITERATURA / POLÍTICA / HISTORIA

FLORENCIA OSUNA


Todos nosotros (2019)
de Kike Ferrari

9789877385984

     “En realidad, todos nosotros estamos al otro lado de la vida”. Con este epígrafe extraído de Los Lanzallamas de Roberto Arlt, Kike Ferrari comienza su última novela que tiene como personaje principal a un militante del Movimiento al Socialismo (MAS) de fines de los años ochenta, adicto a las anfetaminas y fanático del heavy metal, que crea una máquina del tiempo para matar a Ramón Mercader antes de que éste asesine a León Trotsky. En sintonía con Los siete locos, Ferrari propone un paisaje de gente que está al “otro lado de la vida” y que, por esto, como los marginales excéntricos de la novela de Arlt, conocen las  idénticas verdades que los unen y los definirán en todo tiempo y lugar. Sin embargo, como la historia es el motor central de la novela, Ferrari construye escenarios específicos para los personajes: la Ciudad de México en 1940 y 2014-2016, y Buenos Aires a fines de los ochenta. Estas tres dimensiones temporales se resisten a entrar en la Historia con mayúscula y son posibilidades abiertas y presentes gracias a la máquina construida por “el gordo” Felipe en su departamento de toxicómano situado en el barrio de Almagro.   

     Aun así, la verdadera máquina que posibilita los viajes en el tiempo y la construcción de Todos nosotros es la ficción. Ferrari se ocupa de ponerla en un primer plano. En este sentido, el único personaje que pareciera estar un poco “más acá” de la vida es José Daniel, un escritor mexicano de izquierda que está escribiendo la novela que contiene a todos los protagonistas de la obra, inclusive a él mismo.  Dentro de esa ficción dentro de la ficción, entonces, José Daniel escribe una novela, Felipe construye su máquina y Mario, su mejor amigo y también militante trotskista, realiza un largometraje sobre su viaje en el tiempo con la máquina de Felipe para matar a Mercader. No se sabe si el artefacto funcionará, pero es el motivo perfecto para realizar un gran documental.     

     La ficción, el artificio, la creación y la inventiva construyen y pulverizan a la vez los personajes, los motivos y las certezas que postulan. Así, la única máquina del tiempo es la novela de José Daniel, el verdadero artefacto que permitirá reescribir la historia de la izquierda en el siglo XX. 

     Este carácter central y radical que se le otorga a la ficción y al campo del arte, pareciera ser una apuesta del autor para decir algo sobre un tema poco transitado: las izquierdas argentinas en los años ochenta. Sobre todo de fines de los años ochenta cuando, junto con la caída del Muro de Berlín, se produjeron importantes crisis en las organizaciones. La novela aborda, entre otras cosas, las rupturas dentro del MAS en ese contexto, a través de los entrevistados del ficticio documental de Mario que existe dentro de esa otra novela, la de José Daniel. 

     En este sentido, se aproxima a las militancias desde un paradigma que escapa a los imaginarios y parámetros setentistas (pero también a los de la izquierda del siglo XXI). Por la forma de interrelación de los personajes, por las mediaciones estéticas para acercarse a la realidad, y por la manera de pensar la tradición trotskista y de entender el tiempo histórico. 

     Los militantes son caracterizados como locos, lúmpenes, pequeñoburgueses, extravagantes, diletantes, adictos: “…éramos dos naves a la deriva. Él cargado de pastillas; yo, de proyectos truncos…”.  De hecho, el autor inscribe el comportamiento de Felipe en “en los anales de las locuras del trotskismo argentino junto con los gritos de Quebracho a Roosevelt o los platos voladores de Posadas”, recuperando a dos dirigentes díscolos del trotskismo argentino, muy poco reivindicados y estudiados. Según los testimonios ficticios del documental de Mario, en el partido “había toda clase de marginales (…)  Era claro que si vos odiabas al sistema capitalista, el lugar para estar era el MAS”. El local central de la juventud es descripto como “una mezcla de conventillo, antro de rocanrol y guarida bolche”. Varios de los militantes de la juventud que aparecen en la novela, Mario y Felipe incluidos, integran un grupo llamado la Edgar Allan Trotsky Motherfucker Orchestra (“…pocas veces un nombre mejor puesto: revolución social, literatura gótica y mala leche..”) que ensaya en un local de la avenida Independencia y que la integran músicos pero también fotógrafos, dibujantes, poetas, bailarines y otros artistas. 

     Los rituales de la militancia -reuniones semanales, lectura de los clásicos del marxismo leninismo, participación en luchas de trabajadores- están presentes, pero atravesadas por una atmósfera de alucinaciones y erotismo musicalizada con The Clash.

     Felipe dice “…hay que obsesionarse con la revolución y con la clase obrera (…)  pero no con el fetiche del Partido, ni con el fetiche de la Historia, ni con el fetiche de la realidad”.  Y en un nuevo episodio de su locura lúcida en algún momento abandona la primera persona del singular y comienza a utilizar la primera persona del plural para referirse a sí mismo, condensando en su discurso una identidad colectiva.

     En la novela hay múltiples motivos, referencias, dimensiones y tópicos. Sin embargo, siguiendo la clave de lectura propuesta, es destacable cómo el relato nos permite adentrarnos en la sensibilidad de una época sobre la que existen sólo intuiciones y elementos dispersos. Kike Ferrari no construye una mirada condenatoria y distanciada sobre esta trama y estos personajes, ya que él mismo fue un militante de la juventud del MAS en los ochenta. Luego, fue delegado de base como trabajador de Metrovías y se mantuvo cercano ideológicamente al espectro de la izquierda, aunque no como militante orgánico.   

     Así, la novela nos permite, a partir de este registro ficcional, intuitivo y sensible en primera persona (también del plural), acercarnos a algunos aspectos claves de esa década: el rol relevante de la juventud para renovar repertorios estéticos y políticos, la importancia del espectro cultural (sobre todo del rock) a la hora de construir identidades,  y la crisis de las concepciones sobre el tiempo, la historia y la revolución propias de la coyuntura local (la transición a la democracia) y global (la caída del muro de Berlín). 

     El lugar de Ferrari dentro/fuera de esa tradición de militancia partidaria es tal vez la condición de posibilidad para poder pronunciar una voz generacional y colectiva con la que los historiadores aún tenemos un diálogo pendiente.

FLORENCIA OSUNA

Es doctora en Historia (FFyL-UBA). Actualmente es  docente de Historia de la Historiografía (Universidad Nacional de General Sarmiento) y de Teoría Política (UNLP). Es autora, entre otros libros, de De la “revolución socialista” a la “revolución democrática”: Las prácticas políticas del PST-MAS durante la última dictadura (1976-1983).

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