GUAY | Revista de lecturas | Hecha en Humanidades | UNLP

Desierto Sonoro, de Luiselli

NOVELA

LEANDRO STAGNO


Desierto Sonoro (2019)
de Valeria Luiselli

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Oye, hijo mío, el silencio.

Es un silencio ondulado,

un silencio,

donde resbalan valles y ecos

y que inclina las frentes

hacia el suelo.


Federico García Lorca, “El silencio” (Poema del cante jondo, 1931)

     Lo sabemos a poco de comenzar la lectura. Viajan hacia la frontera entre Estados Unidos y México. Procuran llegar a Arizona partiendo desde Nueva York para desplegar proyectos afines aunque no por eso compatibles. La narradora nos dice que su marido propuso el viaje, él planea quedarse varios meses en el suroeste del país para documentar los despojos y el desplazamiento de los apaches chiricahuas y, en particular, grabar los sonidos que permitan hacer audibles sus presencias pasadas, en tanto “paisaje sonoro” de la resistencia liderada por Gerónimo en las últimas décadas del siglo XIX. En busca de un punto de encuentro, ella continuará sus indagaciones sobre los niños y las niñas que enfrentan juicios migratorios en las cortes estadounidenses. Como un imperativo categórico, reconoce que tiene que conformar un archivo sobre las migraciones infantiles en el lugar mismo donde comienzan una diáspora teñida de violencias y muerte. 

     El archivo sostiene la apuesta de la pareja. El vacilar de sus búsquedas está orientado por una particular forma de pensar las prácticas archivísticas y de poner en cuestión la mano que colecciona y clasifica. Coleccionar sonidos presentes para evocar los sonidos del pasado como un norte. Definir al archivo como un valle donde resuenan ideas y se producen ecos, lugar de reverberaciones y silencios que esperan ser escuchados. Sabremos luego que el archivo sostuvo a Valeria Luiselli en la escritura de esta novela y que ella ha sido hablada por la narradora. Ambas mujeres comparten la experiencia de los traslados y las migraciones, ambas nacieron en la Ciudad de México y llegaron a Nueva York para estudiar y allí se instalaron junto a sus familias. 

     Los primeros tramos de la novela nos informan que viajarán en auto y que serán de la partida “el niño” y “la niña”, tal la forma de enunciar a sus hijos. Parten el día posterior al décimo cumpleaños del niño, cuando la niña tiene cinco años. Discos, libros y mapas impresos –forma tozuda de apoyar las editoriales que los comercializan frente a la valorada tecnología del GPS-, equipos de grabación, algunas valijas y siete cajas para archivar los hallazgos y portar los documentos que ofician de punto de partida. Deberán convivir largas horas en el mínimo espacio del auto y otras tantas en hoteles de ruta. 

     Pronto lo comprueban: los niños se vuelven difíciles cuando cae el sol, son quienes marcan el rumbo desde la incomodidad que generan. Hacen berrinches en un viaje extenso asociado a un sin fin de mudanzas. Vociferan su deseo de pertenecer a otra familia. Estar juntos no es materia de discusión, aunque de a ratos no lo estuviesen. 

     La forja de un léxico familiar da sentido a la travesía, cincela identidades y define tareas asociadas a los cuidados y la supervivencia diaria. Suma risas profundas, desatadas, descaradas, aglutinantes de la argamasa. Dice Valeria Luiselli –que es hablada por la narradora-: “el lenguaje de los niños, de alguna manera, funciona como una vía de escape de los dramas familiares; nos guía hasta un inframundo extrañamente luminoso, a salvo de nuestras catástrofes clasemedieras”. Son escenas cándidas que, resguardadas en grabaciones sonoras, se transforman en materia de archivo. Monólogo interior de la narradora: ¿cómo serán escuchadas esas conversaciones familiares?, ¿acaso alcanzarán el estatus de paisaje sonoro o tan solo serán cascajos y ruinas de aquella comunidad? 

     Aunque señala nuevas limitaciones en materia de entendimiento, una comprobación le ofrece un punto de apoyo para avanzar sobre estas incertidumbres: “es imposible entender la forma en que algunos objetos triviales llegan a revelar aspectos tan importantes de una persona y es difícil comprender la súbita melancolía que generan cuando esa persona está ausente; tal vez lo que pasa, nada más, es que las pertenencias sobreviven a menudo a sus dueños y por eso podemos imaginar con facilidad un futuro en el que existan las pertenencias, pero no sus dueños”. Movida por estas convicciones, las cajas de archivo que trasladan en el baúl del auto pronto se llenan de fotos sacadas por el niño con su Polaroid, suman los mapas que él dibuja y un poema de Anne Carson sobre el viejo suéter azul y el asociado recuerdo del padre. El archivo enlaza estos objetos a los reportes de mortalidad de niños y niñas migrantes, lacónicas descripciones que procuran documentar, explicar -¿justificar?- estas muertes que hablan de vidas cortas, frágiles, rotas, devastadas.  

     La pareja duda sobre la conveniencia de exponer a sus hijos desde temprana edad a “demasiado mundo”, pero las condiciones materiales del viaje y las decisiones de crianza determinan que formen parte de sus conversaciones adultas sin mayores tamices. Los tratan como iguales desde el punto de vista intelectual, se niegan a interpelarlos como destinatarios imperfectos de un saber elevado que, según ciertos cánones, deberían transmitirles en pequeñas dosis. El niño toma la voz del padre para afirmar que Estados Unidos “es un enorme cementerio, pero solo a algunas personas les tocan tumbas como dios manda, porque la mayoría de las vidas no importan”. Lee con su madre y su hermana las Elegías para los niños perdidos, crónicas de niños y niñas que viajan en los techos de los trenes y atraviesan pardos desiertos, allí forman sonidos y se vuelven silencios. 

     ¿Presentarles esos mundos los salvaría si llegaran a perderse?, ¿sería acaso una forma de enseñarles a escuchar el silencio ondulado y a buscar los ecos que les ayudarían a cruzar el desierto a pie? A la narradora le pesa la posibilidad de que sus cachorros pasen a formar parte de las filas de refugiados, de los que mueren sedientos o son objeto de trata. Busca y calcula y ensaya un rescate, otras veces, se aleja de la escena familiar tanto como puede. Comprueba que el niño y la niña han integrado a su cotidiano los avatares de la infancia migrante, al punto tal de representar su propia pérdida en juegos escenificados en el asiento trasero del auto o en el porche de un derruido motel donde recrean un hogar. 

     Su pesquisa anterior le permite identificar la distancia que separa a sus hijos de los que el léxico familiar nomina como niños perdidos. Esa infancia otra es la de niños y niñas que se desplazan en tren o a pie, sin pasaporte ni equipaje, portadores de la ausencia de cuidados adultos y la solidaridad mercenaria del coyote. Buscan filtrarse en la porosa frontera e integrar el limbo de las burocracias migratorias para acceder a la identidad de refugiados, buscan ganarse un lugar en un país que se los niega. Y si no se pierden allí, son niños perdidos a su suerte en las amplitudes térmicas de un desierto sonoro que los ve morir. 

 

LEANDRO STAGNO

Profesor en Ciencias de la Educación y Magíster en Ciencias Sociales. Es profesor en la cátedra Historia de la Educación General en la FaHCE. Participa de diversos proyectos de investigación en la Universidad Nacional de La Plata y en la UBA.

Ladrilleros, de Almada

NOVELA

PAULA PROVENZANO


Ladrilleros (2013)
de Selva Almada

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     Pájaro Tamai y Marciano Miranda están tirados en el suelo del parque de diversiones a punto de morir. Ya habiéndolos arrojado a esa muerte inminente, entre alucinaciones y escenas desordenadas, Selva Almada comienza a reconstruir con absoluta precisión sus vidas en esta historia de masculinidades, pobreza y resentimientos en un pueblo de Chaco.

     Así como desde el inicio ya se sabe el desenlace, toda la estructura de la obra está desarrollada de una manera dinámica. A partir de dar a conocer la muerte agonizante de los protagonistas, la escritura va y viene en un conjunto de episodios que la autora elige narrar de manera no lineal, valiéndose de repeticiones para afirmar algunas ideas y sensaciones. Pasa algo significativo también con su lectura: si bien ésta nunca es pasiva, dado que lo que se ofrece es todo lo contrario a una elaboración final puesta en un paquete lista para el envío, es la persona que lee quien va armando en ese dinamismo una historia que no logrará completar sino hasta llegar a la última página.

     Se podría pensar a Ladrilleros como historias paralelas que en un momento comienzan a cruzarse hacia un destino trágico. Casi una versión shakespeariana de dos familias enemistadas desde hace mucho tiempo en una provincia argentina. Casi una operación dialéctica: la tesis Tamai, la antítesis Miranda y la síntesis dramática en la muerte. Casi porque tan antitéticos no eran, y porque el deseo aquí le escapa a la heteronorma y no se cobra la muerte de ambos amantes.

     Por la agilidad de la narración es difícil no devorar el libro de un tirón, pero si nos detuviéramos a armar las genealogías, serían las siguientes:

     Estela, reina de los carnavales, se casa con Elvio Miranda, que venía de familia de ladrilleros, y Marciano es su primer hijo. Cuando rompe bolsa, Estela va sola hasta el hospital según un plan que ella misma había armado detalle por detalle. Por su parte, Celina se gana el desprecio de su familia (su padre y sus hermanas) cuando se junta con Oscar Tamai, que en ese momento era un insolente cosechero. Su segundo hijo nace unos minutos después que Marciano y como movía mucho los brazos y los pies, como aleteando, empezaron a llamarlo Pajarito. Celina encontró una posibilidad para responder a las pretensiones de su esposo de ser su propio patrón, alquilando la casa de un pariente de una amiga donde también tenía el horno para fabricar ladrillos.

     Todo el asunto de las ladrillerías deriva en que ambas familias terminen viviendo a pocos metros. A lo largo de la historia, Elvio y Oscar van a ir desarrollando una fuerte y persistente enemistad en principio por el robo de un galgo, aunque luego se sabe que antes ya estuvieron a punto de agarrarse a las piñas en un bar. La tensión entre ellos se corta cuando Elvio Miranda es asesinado, en un hecho que permanecerá impune y que amerita una mención especial a cómo es retratada la policía pueblerina agobiada por los hechos delictivos y por su propia impericia.

     En Ladrilleros la autora utiliza a la perfección un lenguaje que recupera la oralidad, y al mismo tiempo hace referencia a prácticas y emociones que son claves para analizar y entender las lógicas patriarcales y las dinámicas de reproducción de la virilidad. Hay pasajes como “Si hacía falta, lo iba a obligar a mascar conchas todo el día hasta que se le fuera el berretín de chupar pijas” o “Su vieja inquina con Miranda era una reafirmación de sí mismo. Las malas pasadas que se iban jugando a vuelta, le ponían sal a su vida. ¿Qué iba a ser ahora que se había quedado solo?”. El primero es un pensamiento de Marciano respecto a su hermano Ángel, el segundo es lo que pensó Oscar Tamai frente a la muerte de su rival.

     Una masculinidad que encuentra en la pretendida impugnación de la homosexualidad uno de sus cimientos, no sólo es aludida sino que cobra relieve en el relato de esas vidas. La conmoción que generará Ángel (el hermano menor de Marciano) al sembrar ternura en el terreno yermo del rencor masculino, será lo que conduzca la trama del honor familiar hacia la venganza final. También resulta presentada sin necesidad de grandes parafernalias conceptuales, la noción de corporación y pertenencia a la fratría masculina. El asesinato de Elvio Miranda, a pesar de su enemistad histórica, es sufrido por Oscar Tamai hasta el punto de sentir que ya no le quedaba nada. Lo que se expone es que es por esa enemistad, y no a pesar de ella, que se reconocen como pares.

     En algún punto puede parecer que todo el protagonismo lo tienen los varones. Sin embargo, la figura de las mujeres es muy fuerte y hay igualmente un paralelismo en ellas. Son las que toman las riendas de la economía doméstica frente a sus maridos amantes del juego y del bar, son las que ofrecen una cuota de sensatez, incluso de orden, para sus hijos, aun cuando sean ellas mismas quienes reproduzcan algunas dinámicas machistas de sostén (Estela siempre dejaba algo de dinero en los bolsillos de su esposo “para que no se resintiera en su hombría”). De la misma manera, son las que se quedan “solas” a cargo de sus hogares y cuando lo hacen, lejos de victimizarse, componen una oda exogámica frente a la posibilidad de volver con sus familias primarias.

     En Ladrilleros no falta nada, está encendido el fuego del rencor, el alcohol que lo alimenta, el sexo que encuentra a los cuerpos en una cama matrimonial o en el baño de la bailanta. Está el parque de diversiones en la noventosa y desobediente infancia y en el lecho final e irreversible de la muerte. Está el odio permitido entre dos varones, y, como contracara, el amor prohibido entre otro par de ellos.

     También hay un juego de espejos, esos a través de los cuales mirarnos implica ver algo más. Así como Virginia Woolf plantea en Un cuarto propio que las mujeres han servido de espejos mágicos para reflejar la figura de los hombres duplicando su tamaño real, aquí son los pares quienes definen la imagen cuando los cuerpos cobran dimensión en la pelea. Los varones se ven a través de otros varones, esa es la revelación de Ladrilleros. Cumpliendo el mandato, lo que los destruye es lo mismo que puede proyectar su reflejo entero.

     Almada nos convida múltiples imágenes que lejos de estigmatizar tienen una potencia perturbadora: la desgracia siendo parte del entretenimiento; el descubrimiento del placer y la plenitud del deseo de quien ya no puede reprimir su amor por otro como él. Nos transmite un calor muchas veces agobiante, la asfixia de la falta de expectativas; nos hace constantemente ir y venir para armar el rompecabezas. Y, sobre todo, nos pone en esa tensión de experimentar la sensación de Pajarito y Ángel de ser dueños de su propio destino mientras se nos revela que esos destinos ya fueron sometidos a la violencia del deber ser.

PAULA PROVENZANO

Licenciada en Sociología. Se desempeña en la atención de situaciones de violencia de género y estudia temas de género y masculinidades.

Museo Ezeiza, de Audivert y Mangone

TEATRO

RAMIRO MANDUCA


Museo Ezeiza. 20 de junio de 1973 (2013-2020)
de Pompeyo Audivert y Andrés Mangone

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     El 20 de junio se cumplió un nuevo aniversario de la masacre de Ezeiza. El número 47. En un contexto como el actual, donde las artes escénicas y quienes habituamos sus salas, se encuentran y nos encontramos en un proceso de adaptación a nuevas formas de producción y expectación, el Teatro Estudio El Cuervo compartió en sus redes un registro documental de las funciones de la instalación teatral “Museo Ezeiza. 20 de junio de 1973” realizadas en el Parque de la Memoria el 30 y 31 de marzo de 2019. Si bien fue repuesta durante el año pasado, tanto en el Parque de la Memoria como en el Centro Cultural San Martín y en el Centro Cultural Haroldo Conti, su fecha oficial de estreno fue el 20 de junio de 2013, a 40 años de la masacre, en el último de los espacios mencionados. 

     (Aclaración pertinente: mi acercamiento al material no careció de escepticismo, sensación posible de ser ampliada a la visualización de cualquier obra de teatro que, siendo producida para condiciones de expectación “conviviales”, hoy es transmitida por alguna plataforma on-line. No confundir esto con la búsqueda de estéticas y procedimientos que al calor del confinamiento logren piezas capaces de ser “contemporáneas” en el sentido agambeniano del término).

     Había tenido la posibilidad de asistir a la primera serie de funciones. Recuerdo aún salir pensando en una obra intensa e inabordable, un caos poético donde el rol convencional de espectador es trastocado aun contra la voluntad de uno. Una experiencia donde el sentido del teatro como asunto de la polis era actualizado y re-territorializado. Entonces ¿cómo reponer una obra inasible en sus propias coordenadas mediante un lenguaje para el cual no fue concebida? 

     El dispositivo escénico de Audivert, Mangone y la cooperativa Ezeiza es una conjunción escabrosa de museo y morgue. Un espacio que debe imperiosamente ser atravesado y habitado por el público. Recuperando a Deleuze (que de manera indefectible aparece en los procedimientos de Audivert) es “un espacio abierto en el que se distribuyen las cosas-flujo”, en el que “el movimiento deviene perpetuo”. El mismo Audivert entiende a su procedimiento escénico como una máquina en la que actores y actrices construyen un movimiento espiralado, centrípeto y constante que no cesa porque tiene como objetivo el equilibrio permanente del territorio en el que se desarrolla. El procedimiento va de la mano con su filosofía teatral. Afirma: “el teatro no es un fenómeno estrictamente histórico sino anti-histórico, una máquina destinada a sondear identidad y pertenencia a una escala extra-cotidiana, a un nivel metafísico; una máquina destinada a revelar nuestra pertenencia a un sistema metafísico, no tanto a un sistema político histórico”. En Museo Ezeiza este mecanismo es potenciado por les espectadores que aun sin conocer las reglas, fluyen en el sentido que la máquina teatral necesita para funcionar.

     Los actores-actrices/objetos yacen sobre sus camillas/vitrinas/puestos de lucha. Entre ellos, el público se mueve. Comienzan a presentarse. Son los objetos de los muertos de Ezeiza. Son objetos humanizados, sujetos objetivados. Piezas desde donde reconstruir el acontecimiento histórico, donde se materializa lo singular de ese día y la acumulación de cuatro décadas. La narrativa es superpuesta, voces sobre voces. Presentaciones rigurosas, descripciones densas de cada objeto, de la unidad básica a la que pertenecía, la regional y organización. El lugar en el que perecieron. La espacialidad es superpuesta y fragmentaria: el palco, el campo/calle y el Hotel Internacional devenido sala de torturas e interrogatorios. Tres espacios ficcionales, tres espacios históricos, yuxtapuestos en ambas dimensiones representacionales.

     De la presentación de los objetos desde el campo/calle, se pasa a la presentación del Museo desde el palco. La máquina se para. Los bombos suenan. La banda sindical toma la voz: “Compañeros. Desde el corazón de Ezeiza les damos la bienvenida a este, nuestro Museo Ezeiza 73. Primer intento sindical, museológico latinoamericano. Los invitamos a recorrer nuestras instalaciones, los invitamos a acercarse a los objetos. No hay peligro. Repito. No hay peligro, los objetos no son peligrosos: está todo bajo control. Los objetos están bajo control. Mediante la técnica del fetiche, la mecánica metafísica del vudú y el método del interrogatorio, el Museo intentará entrar en contacto con Ezeiza 73 a través de sus restos. Se convoca a los actores de nuestra tragedia griega nacional a presentarse: fragmentos de Ezeiza serán utilizados como antenas ¡No se garantiza nada! ¡Viva Perón!”. 

     La tragedia griega, el enfrentamiento entre hijos a la espera de un padre llegando del exilio, la lucha a muerte por ganar el beneplácito del progenitor. Los mitos a su alrededor. Al mismo tiempo una adaptación nac&pop del coro. componente fundamental del teatro griego aggiornado, peronizado, superpuesto, inentendible por momentos. La puesta en escena, se potencia en la explanada del Parque de la Memoria con su cemento impoluto que termina de componer un marco propio de un teatro de Epidauro a orillas del Río de La Plata. 

     El registro documental se detiene en momentos particulares, pero la memoria de haber transitado la puesta reactiva la resonancia en el cuerpo-mi escepticismo respecto a la experiencia estética de cuarentena queda atrás, con rasgos de prejuicios-. Un objeto habla y dice: “Quisiera ser de acero, como una navaja, como un puñal plebeyo y pinchar alguna piñata sindical”. Otro: “Soy sombra y capullo de mí mismo”. Alguien interroga: “Vos pelota de trapo ¿A quién respondés?”. Otro interrogatorio: “¿Por qué dicen que Ezeiza es una película de cine nacional?”. Uno más: “¿Por qué fracasó la memoria colectiva?”. Se filtran palabras de Evita enunciadas por el actor/objeto foto de Leonardo Favio: “Soy peronista por conciencia nacional, por procedencia popular y por convicción personal”. 

     En Ezeiza, en una jornada, en algunas cuantas horas, se condensaron 18 años de un tiempo histórico acelerado, de la resistencia al tan esperado retorno. Cooke y Vandor, la CGT de los Argentinos y Rucci, Montoneros y los gérmenes de la Triple A, el devenir del movimiento popular más importante de la historia argentina. Pero también, como expresarían las consignas pintadas en las paredes de las ciudades los días posteriores, como los artistas plásticos Perla Benveniste, Juan Carlos Romero, Eduardo Leonetti, Luis Pazos y Edgardo Vigo sintetizarían en su obra colectiva “Proceso a nuestra realidad”: Ezeiza es Trelew. Y en ambos, espectralmente, habitaba la ESMA, La Perla y los más de 500 centros clandestinos de detención. 

     Audivert apeló a Ezeiza como móvil, como excusa para preguntarse por la identidad nacional, para cuestionar nuestra historia reciente (posteriormente, también apeló a Trelew en su obra Operación Nocturna). Montó un contra museo, evidenciando este dispositivo de saber-poder de un modo burdo y poético al mismo tiempo. Un llamado sugerente a no fosilizar ni convencionalizar los actos de memoria, a superar fórmulas ritualizadas y vacías. Un procedimiento escénico donde lo fragmentario y lo contradictorio del devenir histórico se manifiestan cruda y tenazmente.

RAMIRO MANDUCA

Es profesor y licenciado en Historia de la UBA. Becario doctoral de la misma universidad. Investiga sobre teatro y política en la historia argentina reciente. Es además, actor y performer.

Una lectura feminista de la deuda, de Cavallero y Gago

ECONOMÍA

VERÓNICA STEDILE LUNA


Una lectura feminista de
la deuda (2019)
de Luci Cavallero y Verónica Gago

Una mirada feminista de la deuda _02_final_5 febrero 2019

Sacar las facturas al sol

 

Tal la tierra oirá en tu silenciar,

cómo nos van cobrando todos

el alquiler del mundo donde nos dejas

y el valor de aquel pan inacabable.

Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros

pequeños entonces, como tú verías,

no se lo podíamos haber arrebatado

a nadie; cuando tú nos lo diste,

¿di, mamá?

César Vallejo

 

     “Cada argentino nace debiendo en plata más de lo que pesa”, afirmaba Sarmiento hacia 1890; alrededor del año 2013 en Francia, según Mauricio Lazzarato, cada bebé tenía al nacer una deuda de 22.000 euros. No es casual que a uno y otro lado del Atlántico, a uno y otro lado del siglo XX se aluda a la figura del que nace; la deuda pública como confiscación del tiempo futuro parece ser un problema de larga data, debates y pesares. En junio de 2017, el colectivo Insumisas de las finanzas realizó una intervención frente al Congreso, en la cual cruzó la entonces reciente toma de deuda pública con el endeudamiento que se logró a fuerza de terrorismo de Estado décadas atrás, y a la deuda como problema privado, doméstico. El recorrido por las calles de una centena de mujeres vestidas de negro, quienes leyeron el documento “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos”, superpuso entonces espacios y temporalidades: el hilo de la memoria permitió tirar de otro hilo, el que va de la abstracción de las finanzas a los cuerpos de donde estas extraen valor. Creo que muches recordamos algunas noches excepcionales que pasamos siguiendo lo que sucedía en el congreso durante las sesiones que tuvieron lugar entre 2016 y 2019: la aprobación del endeudamiento cuyas consecuencias y alcances aún nos tocan y seguirán haciéndolo; la ley de una reforma previsional y las sesiones para que se aprobara el aborto legal, seguro y gratuito. No son azarosas esas noches, tienen su hilo, y ese hilo también es feminista.

     Una lectura feminista de la deuda, de Verónica Gago y Luci Cavallero, es eso: una mirada, en un pequeño libro de menos de 100 páginas, publicado en Argentina a principios del 2019, que hace foco donde la lengua de los números, las curvas y ecuaciones algorítmicas buscan homogeneizar una subjetividad que rinde, por el contrario, en la medida en que es exacerbada desde la ilusión de diferencia que nos imprime el consumo. Las autoras lo introducen como “pistas metodológicas, hipótesis políticas y narraciones prácticas” sobre el modo en que las finanzas aterrizaron en las economías consideradas históricamente no productivas: economías domésticas y trabajadores sin salario. Por ese motivo hace foco, principalmente, en esa “retórica opuesta a la austeridad” que sostiene la necesidad de contraer deuda cuando esta se destina a bienes no-durables, a alimentos, vestimenta, salud, pago de servicios. 

     Una lectura feminista de la deuda supone, entonces: “oponer los cuerpos y las narraciones concretas a la abstracción financiera”, “detectar cómo se vincula a las violencias contra los cuerpos feminizados” organizando una economía de la obediencia (las cuentas no nos dejan decir No cuando queremos decir NO, se leía en el documento gritado en 2017) y “visibilizar los espacios domésticos, reproductivos y comunitarios” como espacios valorados por las finanzas. La economía de la deuda se aprovecha de ciertas formas de vida, e impacta de forma diferencial en los cuerpos feminizados. Mujeres, madres solteras, madres presas, jefas de hogar, travestis, lesbianas y trans. No es solo especulación financiera, sino un mecanismo de desposesión que explota “la diferencia sexual, de género, raza y locación”.  

     Las empresas que desarrollan entre sus actividades el préstamo personal de requisitos flexibles y grandes porcentajes de interés, como Cordial, Coppel y FIE, van a la salida de las escuelas a ofrecer préstamos que solo se efectivizan con el DNI, pero se garantizan luego sobre amenazas mafiosas si hay falta de pago; una mujer cuenta que “tomó préstamo” para comprar una heladera, luego no pudo cumplir, los intereses se dispararon al 100% y el marido le dijo que se jodiera, que para qué se metió; otras hablan desde la cárcel o tras la experiencia de haber salido: “las mujeres desde adentro siguen sosteniendo las familias de afuera. Con los hombres es algo que no pasa, porque en las cárceles de hombres vos ves las colas y las colas y las colas de las minas con bagayos llevando cosas para bancar a los tipos. Los chongos, en cambio, se fuman la plata, se la gastan en ellos, y vos vas al penal de mujeres y siempre son mujeres: parientes, madres, hermanas, tías”. Cavallero y Gago agregan que muchas han dejado de cenar para que cenen sus hijos, y señalan cómo las mujeres son las que primero reciben el impacto de la “inseguridad alimentaria”. Muchas trabajan casi solamente para pagar deudas y las deudas contraídas para pagar las primeras. Es un libro sobre la deuda que modela nuestras vidas cotidianas, la que nos tiene todo el día haciendo cuentas, y los relatos de esas deudas. 

     La deuda opera sobre una doble temporalidad: Continuidad en términos de obligación y discontinuidad de los ingresos, con empleos cada vez más flexibles y precarizados. Ese continuum es el que trama una obediencia a futuro. Si vivir produce deuda, discutir la conflictividad de las finanzas es un punto de partida para discutir nuestras autonomías. Por eso, como una mirada atenta a las narraciones, Gago y Cavallero exploran el modo en que la construcción de una subjetividad particular es condición estructural para el rédito de las finanzas; esto no es nuevo en la bibliografía sobre el tema, pero sí lo es la atención especial que las autoras le dan al hecho de que esa subjetividad se trama con las fibras más sensibles que el feminismo popular viene interpelando desde su irrupción. Y acá el segundo revés de lo que implica “una lectura feminista de la deuda”: no solo la clave diferencial en que las finanzas capturan los cuerpos feminizados, sino también como golpe o potencia capaz de interrumpir la fuerza contra-revolucionaria que supone el terror financiero. La lectura feminista de la economía endeudada es la que puede poner a la desobediencia en el lugar de la moral de lxs buenxs pagadorxs, la que invita a sacar las facturas al sol, y colectivizar los cuadernos donde hacemos cuentas. Si la subjetividad del deudor está estructurada en el peso de la culpa – no es casual que la financiarización de la vida privada haya ido en escalada entre sujetxs “ligadxs a la estructuración de nuevas formas laborales, emprendedoras y autogestivas que surgen en los sectores populares” – una lectura feminista de lo que se debe, opone desobediencia e insumisión a la vergüenza. Pero principalmente hace imagen lo que la deuda, como suplemento de la desposesión, viene a ocultar: que algo falta. El brutal ajuste al que fueron sometidos los sectores populares durante la gestión de la Alianza Cambiemos volvió al cuerpo de las mujeres un campo de batalla, como bien identifican Gago y Cavallero cuando narran el episodio de la maestra Corina de Bonis, secuestrada y torturada por preparar ollas populares. Las cuerpas pagan deudas, en su caso con la amenaza escrita a fuerza de punzón en su vientre: “no más ollas”. Esa olla que destruye la abstracción del ajuste y saca las necesidades a la calle – era, sí, una olla popular en el medio de la calle, afuera de la escuela – se conecta con los viejos calderos de las brujas, por eso la escritura en el cuerpo es la amenaza que empuja a cada quien a guardarse en su casa. 

     Extrañamente, en muchas casas, cuando se habla de Economía (así, con mayúscula), hablan los hombres y las mujeres callan, aunque ellas sean las que llevan las cuentas diariamente. Se dirá que la economía doméstica no puede compararse a las discusiones sobre la Deuda Externa, por ejemplo, o el circuito de las lebacs. Una lectura feminista viene a decirnos que una escala sostiene a la otra, que las deudas privadas hay que sacarlas a la calle, abrir las libretas, sacar las facturas al sol y desobedecer la moral de la vergüenza.

VERÓNICA STEDILE LUNA

Es Dra. en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, becaria de CONICET y docente en la misma Universidad. Integra proyectos de investigación vinculados con problemas de teoría literaria y la historia de las publicaciones periódicas y la edición. También se desempeña como editora en EME Editorial. 

Morris, de Kesselman

NARRACIONES / POESÍA

SARA BOSOER


Morris (2019)
de Violeta Kesselman

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 “Estábamos sentados sobre un cajón de pólvora…Mmmhhh” (7)

 

     ¿Cómo logra un orden explotador, o de exclusión y sometimiento, el apoyo de aquellos a quienes excluye y somete? ¿Qué puede pensar la literatura sobre este problema que desvela a las ciencias sociales? Les propongo que leamos Morris, el último libro de Violeta Kesselman, como una literatura que enciende (como se enciende un motor) estos interrogantes. 

     La primera pregunta nos resulta familiar y aunque seamos conscientes de ello y de su historicidad inesquivable, no deja de provocar inquietud. En los últimos años, en diferentes ocasiones, escuchamos que si hubiese que elegir un sentimiento para describir mucho de lo que nos pasaba durante el macrismo -y precisar un poco mejor otros más explícitos como la impotencia o la tristeza-, podría ser el del desconcierto. Morris sintetiza ese desconcierto, que con frecuencia tomó la forma de esa pregunta inicial, con la imagen del cajón de pólvora citada en el epígrafe; y aunque la pregunta no se enuncia de manera explícita, está en la lógica que organiza la escritura del libro. Resuena en el modo de hacer del lenguaje, y también instala un clima que pone el foco en la experiencia de la militancia. El libro asume como propio -como pertinente para la escritura literaria- el problema de la construcción de subjetividades en el neoliberalismo, y su desarrollo singular en la historia argentina. Encuentra diferentes maneras para pensar estas cuestiones y habla de la militancia en “provincia”, pero no contiene algo parecido a una literatura de tesis o a un registro sociológico en clave literaria. En principio, son 24 textos breves que intencionalmente, leo mal como poemas porque la experiencia de lo literario que proponen se desmarca de las convenciones de género, es decir, expanden los límites de lo que imaginamos como narración o como poesía.

     El conjunto de estos problemas es para Morris, básicamente, un problema del lenguaje. Y si se quiere pensar en ese primer interrogante, o más específicamente, en cómo se producen las subjetividades en el presente, parece necesaria una idea del lenguaje como práctica material. Esto implica el subrayado de una relación: el lenguaje hace el cuerpo y el cuerpo hace el lenguaje. La escritura de Morris recuerda, todo el tiempo, este vínculo. Si los modos de nombrar el mundo establecen un orden político para ese mundo, se van a producir disputas que se juegan tanto en una selección léxica, por ejemplo, de un adjetivo (“suele llamarse endeble, suele llamarse precaria, suele llamarse voluntarista, puede llamarse voluntarista.”), como en un ritmo particular. Pero el ritmo también debe entenderse desde su materialidad: es el modo en que el lenguaje organiza y hace ver su engranaje con el cuerpo. Por ese vínculo -y ya no como un recurso formal- el ritmo es un problema político. O, como dice Meschonnic, hay una política del ritmo. Esta noción del lenguaje en el libro, pone en diálogo las luchas por definir el mundo con el nudo de mucho de lo que nos preguntamos en el presente sobre las posibilidades de construir una forma de vida alternativa al neoliberalismo empresarial. 

     ¿Cómo describir ese ritmo? ¿Es un ritmo que busca seguir el de los pensamientos? Puede ser, y en algunos momentos sin duda (“Más bien no lo querían. Más bien era mejor no quererlo. Más bien lo otro.”) ¿Son los pensamientos de una militante? También podría ser, aunque los usos de la persona gramatical y la casi ausencia de la primera, requeriría darle una vuelta más a esa hipótesis, y sobre todo revisar nuestra tentación de producir una lectura que, traccionada por la biografía de Kesselman, pase por alto una construcción más inestable y por lo mismo, compleja. En Morris se escucha un ritmo asertivo donde resuenan y se enredan modos enfáticos de la proclama y la oratoria política, o de la consigna (“incluso ante el vacío, incluso ante la horda de descerebrados con prensa que cantan loas, incluso en el lenguaje clandestino, al liberalismo”; “Un fragmento para comer o destruirse el hígado. Un fragmento para absorber cosas escritas por otros […]. Lo único que se podía dejar de tener era lo único que verdaderamente se tenía.”), con modos que buscan ese efecto de objetividad o distancia de los discursos informativos (“En ese punto el centro de la supervivencia de la fuerza vuelve a ser la minoría, el grupúsculo que dedica horas de sueño a estar fuera del sueño.”); y ese modo del pensamiento que se configura como una sentencia y responde al impulso de fijar cualquier aspecto del universo en una clasificación. Esa forma de vincularse que solemos rechazar cuando decimos que se está etiquetando a alguien o algo; o que elogiamos al expresar “le sacó la ficha”, pero que, en definitiva, responden al mismo afán estabilizador (“Los que tienen ojeras parecen muertos; las que tienen pelusa rubia encima del labio parecen hombres jóvenes.”) Lo que resuena en Morris, entonces, es un ritmo que trabaja con las retóricas que buscan imponer una explicación del mundo: algunas se vinculan con una tradición estrictamente política -o militante-; otras con los medios de comunicación; otras parecen más relacionadas con, llamémoslo por ahora, la vida práctica. Pero todas se entrelazan para advertir que, en los usos, el lenguaje no funciona por bloques separados -como abstracciones- sino más bien en una continuidad donde los intervalos y las interrupciones se producen en simultáneo y en cruce. Es posible registrar otros movimientos, pero es este el que predomina y me interesa destacar. Sobre todo, porque ese ritmo de fraseo asertivo, muchas veces aforístico, donde predominan las nominalizaciones, las enumeraciones y el uso de los dos puntos se enmaraña en una serie de figuras en torno a la historia, la militancia, el trabajo, el territorio de la provincia, la percepción, entre otras, y piensa los problemas que implica en este presente el acto de nombrar. Cuestión que vuelve sobre esa pregunta inicial. 

     ¿Cómo organiza Morris ese movimiento del lenguaje? Por ejemplo, con frases y palabras que se dispersan y enlazan esos 24 textos en un conjunto. Se forma, así, una estructura hilvanada donde predominan las construcciones paralelas, muchas con anáforas (“Todo apagado; todo lo que vive metido en el sueño.”) que se suceden y encadenan en un juego de similitudes y diferencias. A veces, el sintagma inicial se expande y en ese movimiento de extensiones -o también de repliegues- la escritura avanza: “Los primeros, vanguardia. Los segundos, arribismo. Los primeros, sectarios. Los segundos, sectarios. Los primeros, rencorosos. Los segundos, resentidos”. En ocasiones, propone un sentido alternativo que contradice o pone en suspenso al anterior, incluso enfatizándolo: “la transformación del orden social falló, y eso es triste, pero la transformación del orden social falló, y eso es mejor.”; “El futuro decía: apúrense”; “El futuro también decía: olvídense de la velocidad”. En otros momentos, establece una jerarquía o un orden: “No llega a ser más que brisita […]. No, es viento […]. Es viento, suave pero helado, un poco inconducente”.  Y generalmente pasa todo esto junto. 

     Lo que no persigue este movimiento, entonces, es el encuentro de la palabra justa. No parece el rasgo de una estética -por ejemplo, el gesto objetivista que busca exactitud o precisión en la imagen, aunque la lectura del objetivismo haya posibilitado esta inquietud en escritoras como Kesselman- o un recurso que pueda explicarse a partir de esa búsqueda que definió un modo de pensar la literatura y sus vínculos con lo político durante el siglo XX. Tampoco su aparente reverso: una reflexión filosófica sobre lo inefable en la literatura. Más bien, en ese gesto que subraya lo que se juega en la elección de una palabra o de un sintagma, y en el fraseo (“Alguien llama a esto una experiencia anacrónica. Alguien llama a esto una experiencia única. Alguien llama a esto una experiencia crística. Alguien llama a esto estar a las puertas del fascismo”), Morris sería algo así como la apuesta por una indagación sobre el futuro que se sostiene en la exploración de las posibilidades del lenguaje. 

     En este punto, quiero incorporar una noción que, si bien resulta problemática porque se la usa como atributo muy amplio y para señalar cosas disímiles, o en algunos momentos se vuelve una palabra de moda, me resisto a abandonar: la noción de lo “plebeyo”. Me interesa porque permite profundizar una configuración política particular en una zona de la poesía argentina que se extiende -con modulaciones diversas- desde Olivari y la década del 1920, hasta el presente. En estas escrituras, lo político -leído desde lo plebeyo- se singulariza porque construye una visión de la historia que cuestiona la idea de progreso y por un sujeto ambivalente, en ocasiones vacilante, muchas veces inasible o elusivo, que interroga las identificaciones únicas y estables. Incluida las de clase. En Morris se lee: “La historia solo es lineal cuando conviene a la facción contraria que sea lineal. De otra forma, la facción contraria se solaza en ver itinerarios, dudas, un hilo de pasos que va y viene hasta que la huella se pierde.” 

     Plebeyo se desplaza de lo popular y no remite a ese imaginario que concibe al pueblo como una comunidad ideal, movilizada por un interés común. Es más bien una experiencia que se produce en las interacciones propiciadas por el mercado cultural en el contexto del capitalismo global, y no una cualidad definitoria de una clase o de un grupo. En Morris algunas de estas cuestiones aparecen de un modo más evidente, como objeto de reflexión en el ritmo, en el movimiento de la escritura (“En la televisión baila un hombre disfrazado de tostada, un hombre disfrazado de tostada, un hombre disfrazado de tostada baila, una marca local de reposeras, es el lado de adentro, falta poco.”) En otros momentos, se condensan en alguna figura como cuando se trata de pensar la representación de la historia y la historia como representación, problema que atraviesa el libro ¿Qué habría que contar en una historia de las masas? O mejor, ¿qué cosa es una historia de las masas? El fragmento 14 se para en el punto de inserción entre el lenguaje y el cuerpo para plantear y abrir esas preguntas: “Proyecto: tatuarse una historia de las masas; por ejemplo, en la espalda. En el brazo. En las costillas donde hay un duende, un hongo y una frase: los sueños, sueños son, con letra que mima escritura a mano. Cuando pueda. Cuando junte la plata. Cuando encuentre un amigo con una aguja en la mano.”

     La imagen del tatuaje vuelve literal que el cuerpo es el soporte de la historia. La inscripción es visible, aunque la representación no es necesariamente, transparente (“Tienen que ser muchos puntos juntos que dejen la piel completamente tapada. Eso, negro.”) Una representación que busca dar cuenta de esa historia, además de que acarrea con grandes disputas o pequeñas disidencias (“va a tener que frenar a su amigo, que quiere representarlos como pequeñas calaveras de muerte, lo que ella no permite”), no puede componer una síntesis homogénea ni una imagen clara (“No son esas ideas limitadas, supone, lo que quiere que le escriban en el cuerpo. Tienen que ser muchos puntos juntos que dejen la piel completamente tapada.”)

     Este tatuaje lleva a pensar en el cuerpo como archivo, pero con la condición de que recordemos que la categoría no se refiere a una caja que guarda elementos conocidos y clasificados, sino que implica un proceso. Se parece más a una madeja de hilos: tirar de uno, si queda solo puede provocar su pérdida, o que se vuelva un ovillo independiente, o que se enrede con otros. También los hilos podrían quedar como están (“y el sueño organiza, ovillándolo, otro sintagma.”)  Pero en este momento de Morris, contra el sentido común que atribuye al tatuaje fijeza y permanencia, el movimiento está dado por sus puntos y la perspectiva de quien mira: “Abajo a la izquierda, los puntos se revolucionan y se enfrentan a otros puntos […] Inmediatamente después este grupo los puntos están alrededor de un punto igual pero de mayor tamaño, o más oscuro, o más grande, o más denso, que es su líder”.

     Algo interesante en Morris reside en que, mientras no sería posible identificar la militancia partidaria (si se asocia a un ideario unificado) con una experiencia plebeya en el sentido en que lo definí arriba, la escritura de esa experiencia militante, en cambio, se sustrae a cualquier clase de homogeneización. La tensión que se vincula con la concepción del lenguaje como campo de conflictos – que imposibilita la clásica bajada de línea- abre momentos donde al tiempo que descompone los sentidos, los pone en suspenso. Si el lenguaje emerge como apuesta al futuro, es gracias a este doble movimiento que abre su potencia plebeya en esos instantes de indecibilidad: “Puntos que llevan flores de colores, pequeñitas flores de distinto tipo: la cala melancólica, la estrella federal guerrillera, la rosa roja, la inarmónica azalea, un grupo de pétalos indecibles, nadie va a poder señalarlos, no existen en la vida real.”

     La dificultad o incluso la resistencia a establecer una nominación y a la vez, el fraseo -en la enumeración como catálogo que se expande para abarcar eso que fuera de la frase aún no tiene lugar-, establecen la posibilidad de construir sentidos nuevos. Es decir, un nuevo lenguaje: otros modos de ordenar y desordenar el mundo.

SARA BOSOER

Docente de la carrera de Letras (FaHCE) y de la Escuela Primaria Anexa de la UNLP. Investiga sobre poesía contemporánea y crítica literaria, y sobre la enseñanza de la literatura en educación primaria. También escribe poesía y realiza ilustraciones.

El marido rural, de John Cheever

CUENTO

ESTEBAN BARROSO


El marido rural (1954)
de John Cheever

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(“The Country Husband”, originalmente publicado en The New Yorker el 20 de noviembre de 1954. Con posterioridad fue incluido en el libro The Housebreaker of Shady Hill. En castellano, forma parte de Cuentos, edición que respeta la selección realizada por el propio Cheever de sus relatos).

 

 

     En la noche, en el interior del vacío y el silencio, en ese segundo que separa la conciencia del sueño. O todo lo contrario: en la eterna carrera de lo cotidiano, en la llamada de los gritos, en la sorpresa gratuita. Allí, en cualquier lugar y en cualquier momento, ¿qué nos decimos a nosotros mismos que debemos ser? ¿De dónde nacen las precisas palabras que nos acorralan? ¿Cuál es su misión? 

     Francis Weed se encuentra parado frente al abismo más profundo: ese que tiene la capacidad de separarnos en dos. No es un “marido rural”, al menos no en el sentido que nosotros entendemos. Es un marido de los suburbios, de un barrio residencial de buen pasar, de un pequeño mundo de clase media-alta. Shady Hill, tal su nombre, irradia por todos sus poros una presunción de pulcritud, refinamiento, altura moral y perfección. Salvo una, atravesada por la tragedia inevitable, todas las familias se mantienen –en palabras del propio Cheever- completas y productivas, afanosas en su deseo de perpetuar aquel coqueto barrio a través de innumerables reuniones y fiestas. Se suceden los chistes monótonos, los relatos de gatos perdidos, los bostezos de quienes recorren levemente el interior de sus conciencias buscando alguna escapatoria. El sueño más amplio adquiere la forma de nuevos subterráneos. La guerra parece un recuerdo lejano, y la sensación compartida es la de que no existen peligros ni perturbaciones en el mundo. El pasado resulta ser solo una necesidad: la necesidad de la negación, la no existencia, el olvido. 

     Apenas encontramos algunas excepciones en todo aquel paisaje estructurado, delimitado, observado por un nosotros que incluye y excluye al mismo tiempo a cada uno de sus integrantes. Júpiter, el perdiguero de los Mercer, atraviesa muros, arruina el césped de los jardines, arranca flores tan artificialmente cuidadas y dispuestas que pierden cualquier correlato con la naturaleza, con lo real. También tenemos a la pequeña Gertrude, hija de los Flannery, espíritu inquieto y propenso a quebrar los límites que separan lo público de lo privado, invasora de los espacios que constituyen los bordes, los muros externos del castillo de lo moral. Los padres la quieren, nos aclara Cheever. La madre la viste con ropas adecuadas a los parámetros establecidos. Pero Gertrude es la antítesis de todo lo que representan aquellas familias: es el descuido, es la suciedad, es el riesgo, es la autenticidad. Vete a casa, Gertrude. Vete a casa, repiten cada uno de los vecinos invadidos en sus espacios cotidianos. Pero Gertrude y Júpiter son imposibles de contener, de domar. Y tienen, evidentemente, los días contados.  

     Tan contados como Francis, como aquel Francis auténtico que parece querer emerger cuando se enamora no tanto de la niñera de sus hijos, sino más bien de la posibilidad, de una fantasía que lo anime a sacudirse de un mundo práctico, aquel en el que debe ensayar media hora de sonrisas familiares para una foto de navidad en el frente de su casa, mientras sus vecinos pasan en el auto, aminoran la velocidad para ver todo en detalle, y saludan. Y es en este estado en el que comete un error. No persigue desnudo a su mujer, tal como lo hace el señor Babcocks en el anonimato complaciente de la noche. Tampoco se decide -emborrachado y en el contexto justificable de una fiesta familiar, dentro de las moralidades dispersas de Shady Hill- a probar el tamaño de la vitrina de los trofeos intentando encajar a la señora Minot. Lo que hace, lo que tendrá repercusiones esperables, es responderle de mala manera a la anciana señora Wrightson en el andén de la estación de trenes, cuando ésta amablemente le contaba su disgusto por tener que cambiar repetidas veces las cortinas de su sala. 

     Ser abiertamente descortés y sincero, por primera vez después de muchos años, le genera una sensación de calma que no está destinada a durar. En una comunidad como Shady Hill, no hacen falta logaritmos complejos -aun ni siquiera inventados en aquel momento-, poderosas agencias de seguridad, cámaras de vigilancia, ni oscuros intereses operando en entretelones, para que la privacidad quede puesta en suspenso. Porque la vigilancia aquí, en esta comunidad a través de la cual Cheever nos sigue interpelando, está internalizada, automatizada, humanizada. Y es perfecta. June Masterton se encuentra apenas unos pasos detrás de Francis en el andén, y escucha sigilosamente las palabras que éste le dice a la señora Wrightson. La mujer de Francis se entera rápidamente de lo sucedido. Wrightson es quien dirige aquella comunidad desde las sombras, desde los gestos, desde las exclusiones. Y decide no invitarlos a su cumpleaños. Parece conformarse en torno a la figura de Helen, la hija mayor de Francis y Julia, la pena del ostracismo. De pronto, toda una posición social construida trabajosamente por Julia amenaza con derrumbarse por culpa de impulsos, de antipatías, de verdades. Los golpes se suceden. Se arman valijas. Atraviesa el aire el recuerdo de un beso robado. Francis le dice a Julia que depende de él. Julia responde apelando al supremo temor de aquella comunidad, a la pesadilla que se esconde detrás de toda máscara. Le dice: Francis, estabas solo cuando te conocí, y te quedarás solo cuando me marche. Y ya no sabemos si soledad y realidad, guardan alguna relación. 

     Sin embargo, nada pasa. Las valijas vuelven a ocupar el lugar de lo postergable. Las fiestas se siguen sucediendo tanto como las fantasías. El pueblo, dice Cheever, pende de un hilo; pero pende de un hilo en la luz del atardecer. Francis siente, por segunda vez en su vida, el vértigo que genera la sensación de estar perdido. En la más íntima soledad de su juventud había resuelto imponerse una serie de pautas que lo mantendrían ligado a la honestidad, la virtud, la limpieza, la puntualidad. Ahora siente cómo las más mínimas fibras se tensan, amenazan con quebrarse. Quizás lo real no sea la vida con Julia, la fotografía de sus hijos en el verano eterno de su escritorio. Quizás lo real se encuentra en sus sueños de esquí, de París, en ese primer diálogo con el psicólogo en el que dice sin preámbulos: Doctor, estoy enamorado. Júpiter pasa, ya en el final, mordiendo los restos de una pantufla. Las familias siguen intactas, los hogares bien dispuestos, los trenes puntuales, los indeseables expulsados. La comunidad resiste, con toda su impenetrable y agobiante carga de moral. Un joven –posiblemente el propio Cheever- decide huir. Da sus motivos: en aquel lugar si hay algo que se perdió, es la capacidad de soñar. Todos son nadie, sombras en una comunidad, en decenas de comunidades del ayer y del hoy, cerradas en sí mismas, separadas a través de muros -reales o pensados- de la tierra que se arremolina con el movimiento. Miembros de comunidades plenamente autoconscientes de sus normas tácitas, capaces de ejercer un firme control hipócrita sobre ellas. Piensan en subterráneos y fiestas. No son, no es que sean: más bien deben ser nadie. Allí la funcionalidad, especialmente cuando se los presenta como mandato, como ejemplo. Peligrosamente perdieron toda posibilidad de sentir, de soñar en grande, de maldecir, de llorar. De resistir. 

ESTEBAN BARROSO

Es Profesor en Historia (UNLP) y becario doctoral del CONICET.

El sexo de la historia, de Omar Acha

HISTORIA

CATALINA HERNÁNDEZ


El sexo de la historia (2000)
de Omar Acha

2

     En el 2000 se publicó un libro de historia, teoría y política, que veinte años después presenta discusiones completamente actuales, a las que probablemente nos acerquemos más hoy que ayer, gracias al avance del feminismo. Aclaro de antemano, no es un libro de playa, no es un libro sencillo y rápido. Es un libro espeso, sobre todo si no se tiene mucha noción de psicoanálisis o de discusiones de género. Llegué al libro porque el nombre es provocador: “El sexo de la historia”, lo tituló Omar Acha. Funciona perfectamente como un estado de la cuestión sobre la relación entre género e historiografía, donde el autor hace análisis y propone posibles soluciones. Si bien el libro busca debatir hacia el interior de la historiografía argentina, Acha bucea por diferentes debates y dialoga con corrientes foráneas para, en el último capítulo, dedicarse a nuestro país particularmente.

     La invitación primera que nos hace el autor está vinculada con la necesidad de desencializar: “Intervenciones de género para una crítica antiesencialista de la historiografía” es el subtítulo del texto. Se sostiene un antiesencialismo radical en el libro que apunta a desnaturalizar ideas que operan en la producción de conocimiento. Desencializar, en el libro, implica develar el hecho de que no hay una esencia en las ‘cosas’. El procedimiento de análisis crítico necesario para develar esto es el de deconstrucción. Como ejercicio para desencializar las nociones de ‘hombre’ y ‘mujer’, Acha recurre a una crítica de las retóricas de masculinidad en Freud, y a través de la historización del ano va desarmando el esquema binario hombre / mujer que la historiografía da por sentado, invariable y natural. Es válido preguntarse ¿qué pito toca el culo en todo esto? Acha nos recuerda que la cultura es condición de posibilidad de formación de los cuerpos e históricamente la vinculación entre identidad narrativa e identidad sexual se nos ha presentado con relatos mediados por el falocentrismo: conquista, monta, gloria: pene. La historiografía, nos dice Acha, ha dado por sentado mucho cuando nos habla de ‘hombres’. El ano se ha construido como ‘lo oprobioso’, la vagina como lo ‘pasivo’, el falo como lo adorado; y parece que la virilidad fálica no puede coexistir bien con la erogeneidad anal, no en la historiografía. Elevado su poder simbólico, el pene llegó a representar lo viril, lo público, lo bélico, lo político. Con este esquema, la sexualidad falo-ginocéntrica (heterosexual y binaria) funciona como objeto tácito de la historiografía y eso no es discutido sino asumido. El autor denuncia una mala conciencia de quienes no dejan de experimentar los múltiples modos de la sexualidad pero, a la hora de practicar la historiografía, niegan temas de sus experiencias vitales y extienden esta represión a sus objetos de conocimiento en nombre de la ‘imparcialidad’.

     Uno de los debates que se abren en el libro es la relación que existe entre sexo y género. La posición hegemónica en Argentina -dice Acha- es la de Simone de Beauvoir, que da por sentado que la constitución corporal es pre-cultural. Así, se supone el orden natural del sexo y el cultural-socio-político del género. Acha sostiene que no siempre existió una tal división binaria de los sexos que implicara las exclusiones hoy existentes. La distinción sexo – género es equivocada a los ojos de este autor y es funcional a la supremacía masculina, garantizada por una opinión que subordina los cuerpos, maniata los anos y exalta los penes penetrando las -pasivas- vaginas. Mientras de Beauvoir da por sentado que la constitución corporal es precultural -el sexo es una base biológica que distingue hembras de machos-; Acha sostiene que los cuerpos son formados como cuerpos en la cultura, o sea que la interpretación funciona como pre-estructura de la formación corporal. El sexo no existe fuera de las condiciones sociales y culturales donde se encuentra y, si bien hay diferencias biológicas innegables entre los cuerpos, lo determinante en la organización social es el significado y la valoración de esas diferencias; cómo se las interpreta y cómo se las vive. Acha nos dice que es inexcusable desarrollar un concepto de género que opere con radicalidad sobre la historiografía y las ciencias sociales, así como operan y han operado conceptos como el de raza o clase. 

     Este libro es un defensor de la teorización. Sostiene la necesidad de teorizar para no caer en la trampa positivista del empirismo que considera como ‘cosas’ a subjetividades y procesos, sobre los que hacemos la investigación histórica. Nos invita a reemplazar la objetividad positivista por una ‘verdad’ basada en una práctica historiadora que contenga una pluralidad de opiniones enfrentadas en términos de racionalidad y plausibilidad de los argumentos para justificar las interpretaciones históricas. El autor entiende que no podemos evitar el carácter situado del conocimiento: como del perspectivismo no podemos huir, hay que reconocerlo como una condición y no como un error. En este sentido, propone superar la ilusión objetivista con una ‘racionalidad científico hermenéutica’, que conjugue la parcialidad necesaria de la práctica, con una cientificidad que articule la intención política detrás de la tarea historiadora. Uno de los conceptos articuladores centrales, sostiene el autor, tiene que ser el de género, sobre todo si consideramos género como lo hace Scott desde la teoría estructuralista del lenguaje: “forma primaria de relaciones de poder significantes”. La teorización que Acha defiende a capa y espada es la que permite descubrir los velos ideológicos de la Historia tradicional y todos los supuestos que los sustentan. El empirismo ha sido funcional a la reproducción de una academia androcéntrica y homofóbica, denuncia el autor. En este sentido, la categoría de género es útil para develar que las representaciones genéricas funcionan como modos de asignación de jerarquías y tipos de relaciones, sin que se extienda a la construcción cultural de los cuerpos. La perspectiva de género muestra la instancia real de articulación de relaciones humanas y sociales entre los géneros.

     La perspectiva post estructuralista es introducida desde la obra de Joan Scott, a la cual dedica un capítulo completo. A lo largo de este capítulo se insiste en el esencialismo que subsume la idea de ‘mujer’ y se tensiona la idea de una posible historia de mujeres que suplemente la historia ya escrita ¿Por qué no ‘agregar’ a las mujeres que faltan si la Historia ya está escrita? Por el hecho de que la historia de las mujeres rompe con la unidad ficticia de una Historia que se devela necesariamente parcial, por ende, no objetiva; más allá de que la historiografía ha hecho gala tradicionalmente de tal objetividad basada en el tratamiento metódico de las fuentes. 

     Fue el post estructuralismo el que influyó en la labor de Scott y el que hizo que cambiara la pregunta sobre el ¿qué? por la del ¿cómo? Mientras el qué pregunta por la esencia de las ‘cosas’, el cómo permite historizar y develar que no hay una autenticidad o entidad uniforme e invariable. Acha nos trae a colación una crítica interesantísima que hace Scott a Thompson a raíz de su ‘gender blindness’  en ‘The Making of the English Working Class’. Scott, además de resaltar el hecho de que el historiador inglés no se pregunta por la vivencia de las mujeres, critica la noción misma de ‘experiencia’ con la que trabaja Thompson. Ella niega que la experiencia provenga de una subjetividad previa a la existencia histórica que este concepto expresaría. O sea, ésta es un producto de subjetividades que no preexisten a su ocurrencia. La experiencia, dice Scott y replica Acha, no es la expansión de una subjetividad previa sino la historia de su formación. Entendamos que las identidades no son una cosa, así como la experiencia no es la expresión de una subjetividad que estaba dada sino la historia de la formación de esta subjetividad.

     Mientras Scott nos propone alejarnos del marxismo y del psicoanálisis, del primero por un reduccionismo económico y del segundo por pensar la subjetividad en términos individuales, Acha intenta rescatar herramientas útiles de estas dos teorías. El libro funciona como ‘crítica no reactiva’ al marxismo donde el autor busca rescatar las motivaciones políticas emancipadoras que lo vieron nacer y sus herramientas más útiles, pero nos dice que debe dejar de aspirar a ser un monismo interpretativo. La jerarquización en términos de clase como factor determinante del proceso histórico ha hecho sistema con una representación masculinizada de la clase obrera como sujeto; aquí Acha repite la crítica de Scott a Thompson. La historia elaborada con instrumental marxista se ha atenido a temas y preferencias particularmente similares a la historiografía tradicional. El marxismo debe olvidar toda pretensión de hegemonía a priori en la comprensión de la realidad porque es preciso reconocer otros planos no económicos de esta realidad. Dentro de los inconvenientes que hay en la relación marxismo / género es evidente la incomodidad generada por el concepto marxista de materia. Es aquí donde entra la crítica de Judith Butler, quien plantea la imposibilidad de recurrir a la materialidad como instancia previa a la cultura y el lenguaje. El concepto de materia no implica una evidencia empírica sino que es una construcción histórica, ‘no hay materia, sino materialización’, dice Butler.

     Una interpretación como la que propone Acha exigiría una aproximación plural (pero no ecléctica) a la realidad, que debe ser criticada desde el enfoque lacaniano del registro de lo real. Este enfoque complementaría las nociones totalizantes que subyacen en el marxismo y en el post estructuralismo, según Omar Acha, y ayudaría a llamar la atención sobre la irreducibilidad de los ‘objetos’ del ‘mundo’ al lenguaje, previniendo la ilusión idealista de la unidad entre objeto de conocimiento y objeto real, y afirmando la diferencia ontológica del objeto de estudio respecto de sus interpretaciones a las cuales tal objeto es irreducible. Desde su perspectiva, el diálogo de la teoría de género con el marxismo y el psicoanálisis es necesario si queremos no absolutizar el lenguaje como mundo. De este modo, teorías no necesariamente traducibles entre sí pueden articularse críticamente para describir los procesos de formación de la realidad. Entonces, este autor nos propone buscar una ‘articulación crítica’ como condición de superación imposible de las diferencias entre la teoría post estructuralista de género y el marxismo. 

     Todo este recorte de ideas y debates que presenta el autor de forma muy ordenada, bien documentada y comentada, tienen como objetivo político explícito hacer tabla rasa con la historiografía patriarcal que hemos heredado. El deseo que subyace este trabajo es colaborar a la creación de una conciencia histórica vinculada a intereses emancipatorios. La historia de género es uno de los modos de construir un tipo de práctica historiadora con mayores ambiciones que las de la sedicente profesionalización. El libro busca superar el desafío de que las historias inconformistas no se conviertan en una rama del árbol del saber académico. Lo más interesante del libro es que propone deconstruir lo naturalizado, reclamando la transformación de los paradigmas disciplinares de la historiografía, e invitando a ver qué nos puede decir la historia de género sobre nuestras propias vidas.

CATALINA HERNÁNDEZ

Estudiante del profesorado en Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, feminista y patagónica.

Ola Mina XD, de Ca7riel y Paco Amoroso

MÚSICA / VIDEOCLIP

DIEGO LABRA


Ola Mina XD (2019)
de Ca7riel y Paco Amoroso

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     “Mira este video”, me escribió un amigo por Whatsapp, y adjunto un link. Como guiado por mi propio Carlos Argentino Daneri hasta un punto que contiene a todos los demás puntos del universo (una URL en este caso), el clic me llevó ahí donde pude verlo todo, pero todo, en un rectángulo de poco menos de siete pulgadas. Quedé de cara, como dicen los chicos ahora. Si es que los chicos siguen diciéndolo todavía. Este Aleph no está oculto, reservado para unos pocos en un escalón de la escalera que lleva al sótano de la casona de una familia bien. Sino que acumula más de siete millones de vistas desde el 11 de julio de 2019, cuando fue subido a YouTube. Cualquiera puede encontrar el infinito en el videoclip “Ola Mina XD”, del dúo de “música urbana” Ca7riel y Paco Amoroso

     El video abre con una suerte de altar al dios Windows 95, monitor de tubo y todo, que se erige en medio de la escena, flanqueado por un pallet y un barril oxidado. El plano se abre para revelar a los dos músicos arrodillados sobre alfombras a su pie. Ellos no están ahí para elevarle una oración binaria a Bill Gates, sino que persiguen un goce lisérgico por dial-up. El primero que se anima es Paco Amoroso. Se pone en cuatro e introduce un circuito integrado allá abajo, la luz roja titilando para establecer una interfaz narcótica/erótica entre carne y bits. 

     Justo a tiempo para su verso, Amoroso es arrojado, y nosotros junto con él, dentro de un caldo digital donde nuestros noventas y dos mil nos son devueltos como un vómito escrito en MS-DOS: gifs de Sonic, Pikachu, Broly y Shrek se (con)funden con el Diego modelo gordo y rubio oxigenado, Francis Ford “Guillote” Coppola, el Gauchito y la bandera nacional. Todo teñido de azul y oro. Vaporwave de bolishopping. Un fansite de Bokeee punto Geocities punto com punto ar. Lo que hubiese pasado si Cha Cha Cha y la cultura del meme hubiesen coexistido. 

     Ca7riel hace lo propio y termina como Lisa en el sillón de los Simpsons (si la familia amarilla hubiese sido una pesadilla que atormentó a Laura Dern en alguna película de Lynch). Siguen dos minutos de crescendo, a pura base y freaseo rapeado, que culminan en el clímax de un beso entre Paco y otro tipo que viste la xeneize. Paco y Ca7riel se miran extasiados. Saben que quieren más. 

     En todo su desenfado, la afiebrada visión que es Ola Mina XD, escrito por Kevin (Zeta) Zelaznik y Fernando Verdura y dirigido por el primero para Malasangre Audiovisual, podría aparecer como resultado de la aleatoriedad de un mal viaje y los bajos recursos de una producción a pulmón. Otra pieza más para el museo de lo bizarro lo-res que es Internet. Mas otros videoclips, como el ingenioso Jala Jala o el cinematográfico Ouke, protagonizado por Esteban Lamothe, prueban que el dúo crea su identidad audiovisual con mucha premeditación y estrategia. Y esta no es la excepción.

     Lo que el recurso narrativo del periférico anal quiere traducir mediante unos y ceros no es más que lo que Ca7riel y Paco ya tenían adentro. Poner en pantalla la cabeza de autodescriptos “niños robot” hijos de una “época informatológica”. Nacidos en los noventa, criados a base de todo por dos pesos, y cuya pubertad estalló a puro MSN y party-LAN durante la edad de oro del ciber. Un peso la hora, probablemente la mejor relación costo/beneficio en la historia de la industria del entretenimiento. Indicio generacional: cuando le preguntaron a Paco por haber “llenado” el Obras, “templo” de esa cosa amorfa que se llama “rock nacional”, el primer recuerdo que le vino a la cabeza fue que “alguna vez [fue] a ver a los Globetrotters ahí”.

     ¿Y la música? Bueno, la música también. Pulsante y abrasiva como es, más hablada que cantada, con lírica de gueto (“TODOS SE KIEREN SUBIR A MI PONY YO SOY ARGENTO NO TENGO MI MONI”), se corresponde con lo que uno imagina es el trap. Escena en auge en la que suele ubicarse a Ca7riel y Paco Amoroso. Pero la canción también desnuda lo ecléctico, “deforme”, de su producción. Adjetivada como “extraño y desopilante” y “un ritual aborigen combinado con los gritos de Gohan al transformarse por primera vez en Super Saiyajin 2”, su repertorio rehúye de las etiquetas en un mercado que las adora (pero donde es cool renegar de ellas). En este respecto, Ca7riel cumple su papel, definiéndose como poseedor de una “mente medio de productor”, que escribe “temas traperos, más hiphoperos y también rockeros”, despegándose de “la moda”. “Busco un sonido propio, pero es tan difícil, ¿viste?”

     En notas y entrevistas escritas sobre ellos, pero también en la misma música, el oyente es confrontado con negociaciones que tensan la escucha. Primero, con lo “popular”, en la superposición transicional que se dibuja entre los ritmos tropicales y el trap. El segundo reemplaza a los primeros en las pistas, los cumbieros se mudan al trap para no quedarse afuera. En tiempos en que la cumbia villera se ha visto canonizada con el visto bueno de la progresía, la crítica especializada y la bendición de la multinacional, el trap se vende como la continuación de ese escandaloso “agite tumbero”. Mas, con la sofisticación lírica y producción aportado por el hip-hop (y el appeal comercial del primo cercano reggeatón). 

     Como se ve en el video, Ca7riel y Paco se hacen cargo de esta demanda de lo “popular”, abrazando una estética trash (cierto, más cerca de Harmony Korine que de Yerba Brava). Una identidad visual a mitad de camino entre la Salada y el ClipArt. “No quiero chetos ni gringos / turros bailando en el bingo”, batió Ca7riel en el Hipódromo de San Isidro a quienes pagaron miles de pesos el abono de tres días en medio de la cruda recesión que todavía transitamos. 

     Segundo, se negocia con la tradición del rock, último refugio musical middlebrow de la siempre entrecomillada “clase media”. Constantemente se sacan a relucir las  credenciales rockeras del dúo. Que Paco (Ulises Guerriero) y Ca7riel (Catriel Guerreiro), oriundos de Floresta y amigos desde la escuela primera, estudiaron música desde chicos. Que el primero estudió violín, y el segundo “es hijo de un músico de rock y a su vez estudió y se recibió de profesor en la José Esnaola”, que “es como un Hogwarts” pero “con música” (que a su vez es como “una magia”).

     De nuevo, ellos mismos alimentan esta narrativa respondiendo que sus role models son “Freddy Mercury”, “Phil Anselmo” o aquel “GG Alin que se caga[ba] a piñas”. Aún más lo hacen con la doble vida que le dan a su música: hiperproducida y bailable en el estudio, la fiesta in your face que es Ola Mina XD, u orgánica y eléctrica en vivo. Esto último gracias la ATR Vanda, compuesta por algunos de los músicos con quienes supieron formar el conjunto de  inspiración spinetteana Astor y las Flores de Marte

     Mostrando la peor cara de la doctrina rockera, tan arraigada acá, y mejor representada por esa memorable intervención de “Pappo” Napolitano en Sábado Bus, estas credenciales son blandidas como una innecesaria defensa de una música que no busca justificaciones. Por eso se escribe que es trap, “pero de conservatorio”. Que los pibes “no son improvisados”. Se le aplica así una pátina de respetabilidad en deferencia a ese público “culto y oculto”. 

     Allí reside también la mayor versatilidad del dúo, la mayor potencialidad de su deformidad. Son materia prima agradable para una nota de Anfibia y sus lectores, quienes quieren escuchar en sus canciones un “nuevo punk”. Rock “garagero” para “tiempos de autotune”. Se dejan empaquetar para el consumo “boutique” junto a Babasónicos y la sensación indie Usted Señálemelo, sin perder el appeal de millones de chicos que hacen clic en Youtube y ante la pregunta por la revista de la UNSAM responderían ¿¡qué!?. Para quienes no quieren enterarse que el rock murió, tanto como fuerza comercial y como vanguardia artística, Ca7riel y Paco Amoroso son los nuevos Kuryaki. Para quienes son ajenos a esas internas, son el soundtrack de Bariloche y ya.

     Pero en este caso, y hete aquí lo que quizás es su mayor ruptura con los diez mandamientos del rock, el marketing no lo impuso la discográfica. Fue decisión propia, y a mucha honra. Si hacer plata implica “sacrificar un pedazo de su alma al capitalismo, sí o sí”, entonces “bueno, hay que ponerse a la moda”. Si las canciones se disputan una porción del mercado, del feed de tu Spotify, entonces hay que pensar en “conquistar tal público”. Aunque eso implique, como dice Ca7riel, dejar “de mirar adentro mío y hacer fluir el cien por ciento de lo que soy”. Este es un under que, como todos los under siempre, está dispuesto a venderse para alcanzar el sueño de vivir de la música. La novedad está en que no le da vergüenza decirlo. 

     Para quienes, como ellos, tienen el DNI por encima de los treinta y cinco millones, el saldo del siglo XX inmediato es menos el recuerdo de un estallido social que pasó cuando eran muy chicos, y más la globalización del mercado de productos culturales. Mtv, Cartoon Network y los otros ochenta y siete canales que había en el cable. Ese Caballero del Zodíaco trucho importado de Taiwán. La visual del videoclip expresa como la liberalización económica dinamitó los límites de lo que sus padres pensaban como “lo nuestro”. Todos quisieron ser por igual, durante el recreo en el patio de la escuela, el Power Ranger rojo, el diez de Boca o Super Saiyajin. 

     Encima después llegó la nueva y forajida frontera del Internet, donde el copyright va a morir, y todo estuvo al alcance de un clic. Leen Pitchfork, Spin o Rolling Stone, y descubren que la vanguardia está en el hip-hop barroco y sesudo del primer Kanye, Frank Ocean o Kendrick Lamar. Miran a amateurs en Youtube o Instragram hacerse un nombre desde abajo y sienten que ellos también pueden llegar. Investigan que genera más reproducciones y se van amoldando de a poco a la demanda digital. Porque (necesariamente) la otra cara de la democratización que implican las redes es el emprendedurismo de artistas que aprenden a venderse solos. En tiempos cuando la autenticidad es el máximo commodity, los “códigos” y las imposturas, tan caras a generaciones pasadas, se tienden a caer.

     El resultado, este “puchero deforme” que les sale a los músicos del culo, podría decirse que es nuestra “cultura nacional”, o algo que se le parece bastante. Puede ser que la Biblia siga estando al lado del calefón (aunque ahora se use más el termotanque eléctrico). Lo cierto es que sobre la mesa hay un plato de ramen con la cara de Juan Román Riquelme, más kawaii que nunca.

DIEGO LABRA

Profesor en Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. Ha escrito mayormente sobre industria editorial, tanto publicaciones periódicas como historieta. Posee un interés omnívoro sobre todos los aspectos de la cultura masiva.

Las hijas del fuego, de Carri

CINE

RAÚL FINKEL


Las hijas del fuego (2018)
de Albertina Carri

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     Las hijas del fuego es en una primera mirada una porno sobre el goce femenino,  las dos terceras partes de su duración –pongamos 70 de los 115 minutos que dura- son escenas de sexo explícito. También podríamos decir que es una porno por respeto a la opinión de su directora, que vocifera que su película es una porno. Pero no es una película hecha para calentar sexualmente a sus espectadores y nada más, es una película mucho más compleja y que apunta a muchos y más interesantes lugares que solo la excitación sexual.

     El porno des subjetiviza los cuerpos, los transforma en objetos de una narración que busca el goce de un otro externo. El porno lo crea en parte la mirada del espectador, sea un valijero o un censor. Carri diluye la individualidad en otra búsqueda, la de la comunidad; no des subjetiviza sino que muestra yo suaves, yo que no buscan imponerse de ninguna manera, yo que no desean el dominio. La historia es sencilla en extremo, una pareja lesbiana se reencuentra en Ushuaia luego de unos meses de distanciamiento por motivos laborales. En la salida de esa noche conocen a otra chica. Las tres emprenden un viaje que puede ser a Puerto Madryn, a una especie de procesión acuática, o a Necochea a rescatar un viejo auto. La película es el camino. Una road-movie, en la que van conociendo, levantando y compartiendo partes del viaje con otras mujeres. En el recorrido aparecen distintas historias, hasta que llegan a algún lugar que no es ninguno de los dos posibles destinos iniciales. 

     Pero el tema no es la historia sino el tratamiento: de la imagen, de los personajes, de sus cuerpos, del goce sexual, del relato, y de les espectadores. Las hijas del fuego es una película lesbiana, todo el sexo que vemos es entre mujeres. Y la proliferación de escenas sexuales construye claramente una primera idea: la desaparición del concepto de propiedad en el vínculo amoroso o sexual. La nadadora y la cineasta, que son la pareja del inicio, están juntas hace tres o cuatro años. Ninguna expresa el menor gesto de inquietud frente al encuentro sexual de la otra con una tercera o una cuarta o una quinta. Más aun, esa pareja inicial parece sumar al tercer personaje por orden de aparición, una trabajadora de una fábrica de electrónica, no sólo a sus juegos sexuales sino también a su vínculo amoroso. No hay atisbos de propiedad sobre el cuerpo del otro ni sobre sus sentimientos, los celos están fuera de campo.

     Las  protagonistas de la película son mujeres y pareciera que todas pueden desearse libremente, no sólo porque nadie se los impide, sino fundamentalmente porque el requisito para encontrarse con otra no es más que la posibilidad de que ese encuentro suceda, la posibilidad de compartir el goce con otra mujer. Por otro lado, el goce sexual está absolutamente desvinculado de cualquier patrón estético de los cuerpos. Las siete mujeres que en algún momento comparten el viaje en la combi y los encuentros sexuales, son cuerpos diversos y comunes que se unen y se cruzan en el deseo. Son mujeres verdaderas que pueden tener curvas o no. Son una comunidad de goce y libertad que se expande o se encoge según las circunstancias. Y las circunstancias siempre están marcadas por el ejercicio de la libertad individual.

     La manera de gozar de todas y cada una de ellas es también absolutamente diversa: parejas, tríos, orgías, consoladores, látigos, cuerdas, máscaras, dedos, lenguas, hasta incluso la que solo goza en soledad, consigo misma, quien va a cerrar la película con un largo plano de su masturbación. La des normativización del goce es absoluta. Las hijas del fuego no sólo manifiesta una sexualidad disidente, también formas de vínculos distintas a las que la tradición nos ha acostumbrado hasta naturalizar. Cada una es de sí misma, no hay deseo de posesión, ni el deseo sexual ni el vínculo amoroso generan lazos excluyentes y mucho menos posesivos.

     La comunidad que construye Carri es un grupo casi horizontal, descabezado, las que inician el relato como personajes principales en determinado momento se diluyen en el grupo y el protagonismo lo asume otra mujer, como si de una historia transversal se tratase. Cualquiera es la protagonista, todas son las protagonistas. Porque lo que propone no es algo que le sucede a una sino a todas, porque a lo que aspira es a una horizontalidad de las relaciones en todos sus aspectos.

     La película incluye una re presentación, que funciona como reivindicación, de uno de los primeros cortometrajes de Lucrecia Martel: Rey muerto de 1995, una pequeña obra maestra de fuerte reivindicación de la mujer. Cuando el feminismo no estaba en casi ninguna agenda pública, Lucrecia Martel construía un personaje femenino que se plantaba y desafiaba con inteligencia y valor la violencia de un marido que por caso era el “poronga” del pueblo. Martel no sólo reivindicaba a una humilde mujer de un pueblo miserable, también vinculaba inteligentemente la violencia femicida con la violencia social y política arraigada en la Argentina. Una de las historias que surgen en el camino de la combi lleva a sus siete protagonistas a un pueblo llamado Rey muerto con el objetivo de ayudar a una mujer que padece de esa misma violencia machista y de una tremenda frustración. La cita repite casi textualmente la escena final del corto en la que, ahora las ocho mujeres, echan del pueblo al hombre, para que el personaje de Érica Rivas pueda tener una vida, más allá de que esa vida no sea con ninguna de ellas, más allá de que en esa vida no aparezca atisbo de deseo sexual. Es pura sororidad.   

     Las hijas del fuego no debería ser pensada como una película en términos de cine con algún, aunque sea mínimo, resabio de la idea de entretenimiento. Las hijas del fuego es un manifiesto feminista centrado en los vínculos sexuales y amorosos, y en las formas del goce. Desde esta perspectiva es una película de una enorme potencia crítica que nos habilita a pensar las formas en las que la dominación patriarcal se ha hecho en nosotros naturaleza afectiva.

     La libertad y la comunión de la comunidad que construye Carri no se limita sólo al sexo y los afectos. Otras realidades perceptivas son puestas en juego también a partir de los hongos alucinógenos que cultiva y consume el personaje de Cristina Banegas, la madre de la nadadora.

     Que ninguno de los objetivos iniciales del viaje se cumpla es también parte del posicionamiento crítico político de la película. Se corre de la productividad, de alcanzar el objetivo, del destino como justificativo del viaje. Se cumplen otros objetivos, que emergen en el trayecto, que adquieren sentido en las interacciones con las otras. Pero lo significativo está en el viaje y en los vínculos, ni en el destino, ni en la individualidad. No son para otras ni otros, son para sí mismas, pero no en un sentido individualista, egoísta, sino en el sentido de no alienado, de no escindido. El trio y con él el viaje y el relato comienza con un gesto de solidaridad y cada parada del viaje tiene esa carga.

     Carri de alguna manera va contra el amor romántico, que vendría a ser la más consolidada trinchera del dispositivo patriarcal. No hay ningún halo especial en ningún encuentro, no hay entrega de nada que haya sido conservado para ese momento, no hay lucha heroica, no hay sacrificio en pos del amor, no hay ese otro único, no hay dolor ni costo que pagar por el amor. Sobre todo porque ninguna de las protagonistas parece estar buscando ninguna mitad perdida de sí misma, todas parecen bastante completitas como personas.

     Las hijas del fuego es una fábula y un manifiesto que no solo tiene interés para las mujeres, ya que lo que propone son formas de vínculos, con uno mismo y con otres, construidos desde otra lógica. Las hijas del fuego es una película feminista porque sus protagonistas son mujeres, porque su equipo técnico está compuesto por mujeres, pero fundamentalmente porque entiende al feminismo no como un asunto de mujeres sino como la superación de formas vinculares, sociales y políticas que tienen como característica la dominación, eso que solemos llamar patriarcado y que nos impone un dispositivo vincular a todos los seres humanos, a todo ser vivo, a la naturaleza en su conjunto.

     La vuelvo a ver y las asociaciones traen de vaya a saber qué recóndito lugar de la memoria los nombres de William Reich y su intento por entrelazar sexo, marxismo y psicoanálisis; y de David Cooper, la antipsiquiatría y su texto  “La gramática de la vida”, quizás porque Las hijas del fuego es un manifiesto utópico en una época neblinosa, en la que es difícil ver lejos. Un manifiesto. Para una de las intervenciones de la voz narradora de la película Carri escribe este texto:

 

“Sobre el territorio del amor: La odisea se despliega como la cartografía de un nuevo continente. Hay que aprenderlo todo, incluso inventar nuevos aparatos para mensurar. Encontrar nuevos verbos para nombrar los descubrimientos…

Notas de personaje: Rosario y Sofía. Se amaron de un modo violento. Hicieron de la furia una causa. Incluso en la propia imposibilidad de alejarse de ella. La idea del amor romántico contiene violencia en sí misma, es imposible de llevar adelante sin romperse, y ellas lo saben y lo habitaron en toda su potencia, también en la cólera, y desde ahí lo pervirtieron hasta destruirlo. Ahora son otras. A Rosario solo le gusta el sexo consigo misma, la apabullan las energías. Es extremadamente sensible y sólo puede concentrarse en la pérdida de conciencia a solas, de ser posible completamente sola. Dejó de lado hace tiempo el sexo con Sofía y esto a Sofía al comienzo la desconcertó por completo, luego sintió una libertad que desconocía. La desea con locura y no poder acallar ese deseo es lo que la hace experimentar hasta el límite de sus músculos, hasta el límite de su olfato, hasta el límite del límite. ¿Existe ese límite? ¿Cuál sería el límite? ¿La culminación del goce? Culminar como un origen, y derribar cualquier leyenda sobre el cuerpo sin goce, porque aquí no hay sujeto ni sacrificio, porque no hay ofrenda ni a quien ofrendar, porque placeres y felicidad no han sido expulsados del orden cósmico, no pertenecen a una ley superior porque no hay desamparo al no haber culto, ni imagen, ni forma de representarlo. ¿Es el inicio de una nueva era? ¿El nacimiento de una nación? ¿O la idea de nación será demasiado patriarcal? Se va formando un pueblo que busca una historia de contagio y no de herencia.”

RAÚL FINKEL

Es Profesor en Historia (UNLP), hace un par de décadas investiga, escribe y da cursos sobre análisis cinematográfico.

El nervio óptico, de Gainza

NOVELA

LETICIA GARCÍA


El nervio óptico (2017)
de María Gainza

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     El nervio óptico es un libro con el que me topé cuando buscaba alguno para regalarme. Lo primero que me atrajo fue su título y la imagen de su tapa que propone un juego entre forma y contenido. Se trata de la silueta de una mujer en cuclillas cuyo interior contiene un detalle del cuadro de Alfred De Dreux “Caza del ciervo”. Vi primero a la mujer y luego al ciervo, aunque ahora sea al revés cuando lo miro. Claro que, como en toda articulación visual, importa la distancia y el lugar en que nos ponemos para verlo. Me causó curiosidad el título, ¿en la rudeza de la nomenclatura médica se trataría de poder ver y transportar información sobre qué? Y se sumó el hecho de que fuera la primera novela de una autora argentina y contemporánea.  Me intriga ver cuán contemporánea soy de mis contemporáneos. Cabe aclarar que se trata de la tercera edición de un libro que apareció en octubre de 2017.

     No conozco los cánones requeridos para nombrar a un libro como novela, pero no es lo que llamaría una novela clásica, se trata de una colección de once cuentos que tienen como protagonista –y vuelvo a tener el problema de forma y contenido- a la autora y/o a un cuadro o pintor. Elijo decirles que es una novela autobiográfica, pero es un exceso dicho así.

     Entonces, once capítulos que funcionan independientemente unos de otros, a modo de cuentos breves, donde un cuadro lleva a un momento de su vida y viceversa, y mientras los recorremos vislumbramos, por instantes y con el rabillo del ojo, qué cosa se tramita en esta historia. “Uno escribe algo para contar otra cosa”, dice, y logra plenamente su atractivo literario.

     Inicia el libro con dos epígrafes, uno de ellos, del poeta Joseph Brodsky, “Los aspectos visuales de la vida siempre han tenido para mí más peso que el contenido.” En mi caso no sé si sabría separarlos para distinguirlos. María Gainza organiza un contenido con los aspectos visuales de pinturas que se enlazan a su vida volviéndose acontecimientos. Entrelaza obras y autores que funcionan de catalizadores de su sentir – De Dreux, Cézanne, Toulouse-Loutrec, Augusto Schiavoni, Courbet-, entre otros tantos.

     Visto en su conjunto es un libro donde la protagonista nos cuenta en primera persona, usando la técnica de recortar un detalle para que resalten algunas pinceladas, texturas y colores, su pasado reciente y no tanto; el de su familia y el pasado de nuestro país. En distintos capítulos nos acerca los vestigios de ese Estado que buscaba su sentido (y origen) en Europa, en una Europa aristocrática y con muy poco de revolución industrial. Describe con humor, ironía y lucidez crítica los detalles de las glorias pasadas de la nación, de las que su familia fue parte y que nuestra querida Buenos Aires conserva. 

     Es un libro que reúne con delicadeza las piezas que conforman una vida, la de la protagonista y la de tantos otros que la determinaron con sus acciones, obras, escritos, choques, encuentros y desencuentros  –que también la marcan-. Es un relato cálido, sutil y con tonos melancólicos, “una suave felicidad en el bajón, la felicidad poética creo que le dicen”. Lacan describe al arte como un modo de organización alrededor de un vacío y en esta novela el vacío toma la forma de la pérdida. Pérdidas que se volverán, en cada cuento, agujeritos por donde asomarse a otras tramas, a otras escenas, mezclándose todo el tiempo la figura y el fondo, los detalles visuales y el contenido. Hay pérdidas afectivas, familiares, amorosas, de pares y amigos, de iguales y distintos, pérdidas esperadas y otras absurdas, las hay temidas también. 

     Ser crítica de arte, y antes espectadora, se muestran como recursos que la protagonista tiene para entender y tramitar aquello que se le escapa. Cada pintura remite a un momento de su historia, es parte de una foto instantánea que fijó su memoria (Polaroid llamábamos a esas fotos que se revelaban en el momento). Detalles visuales que le permiten relatar las contingencias de su pasado, vueltas necesarias en la construcción de lo que dice ser, para poder pensar lo que vendrá.  

     En el capítulo “Gracias, Charly” el relato inicia con la protagonista embarazada huyendo de una niebla de cenizas que invade la ciudad. Sale en su auto, en principio no sabiendo muy bien hacia dónde, pero buscando un refugio, cuando recuerda un museo en la otra punta de la ciudad que tiene los cuadros de su pintor favorito. Así nos sumergirá en la vida y la obra de Cándido López, en la historia de la guerra de la Triple Frontera, con citas del diario de viaje de Sir Richard Francis Burton mientras remonta el río Paraguay en 1867. “El barco navega bien pero nuestras vidas están en manos de unos borrachines que lo timonean…”. Su auto acaba de tropezar contra un micro. El saldo, un farol delantero aplastado.

     Cuando finalmente llega al Museo Nacional recuerda que los cuadros de Cándido López están en restauración, ¡desde hace años! Los treinta y dos al mismo tiempo… Desilusionada y pensando otro plan, se sienta sobre sus anteojos. “Me levanto, los rescato, saco una patilla, después la otra, parecen las patas de un mosquito amazónico y se me parte el corazón. La sensación de fracaso me aplasta. Definitivamente estoy mal equipada para afrontar la realidad; soy un ejército de uno que, a metros nomás del enemigo, se da cuenta de que olvidó su bayoneta.” Claro que, en esta historia no está tan claro quién es el enemigo. “Mitre había prometido: `En veinticuatro horas en los cuarteles, en quince días en campaña, en tres meses en Asunción.” La guerra duró casi cinco años y le costó al país más de cincuenta mil muertos.” Parte de esta empresa incluye a las familias patricias argentinas comprando campos en Paraguay a precio irrisorio, hecho que se ligará al pasado de su marido con su primera mujer y el hermano de esta, Charly. Historia que no les contaré. 

     La protagonista, retomo el capítulo, está embarazada, desconoce el sexo de su bebé, pero supone que en su panza está en el mejor de los mundos posibles y sorprendentemente para él “todo es futuro”; afirmación que nos da la medida de lo que pesa el pasado para ella. Es en este contexto que recuerda la cancioncita empalagosa que le cantaba su mamá para hacerla dormir y que decía, “¿qué será, será?”. Y que le estrujaba el corazón pensando que era una pregunta. “¿Cómo demonios voy a saber yo qué será?, pensaba. Odiosa cantinela, me arruiné la niñez tratando de contestarla.” Y aclarará que no entendía que la cancioncita era “una forma de aceptar el destino”. ¿Se trata de aceptar un destino escrito o aceptar un azar vago? Porque nos encontramos con el hecho de que la protagonista intenta medir, cada vez, en cada historia, cuánto fue azar y cuánto decisión en las vidas que nos acerca; cuánto hubo de feliz error o al revés, de buenas nuevas con un mal final. Detalles de situaciones, imágenes de momentos recortados que se vuelven causa del presente. Momentos y decisiones que parecen fundantes y se disuelven como la neblina de la mañana con el correr del día. Forma y contenido intercambiándose entre sí, todo el tiempo. Por momentos, el pasado se vuelve oracular, permitiendo leer a posteriori los detalles que anunciaban el porvenir. Y siempre nos encontramos con lo que se escapa, a pesar del intento del artista por retenerlo y plasmarlo. “Ahí están los temas para que los aprovechen los profesores de historia”, dice Cándido sobre sus obras. 

     María Gainza escribe, “en la distancia que va de algo que te parece lindo a algo que te cautiva se juega todo el arte, y las variables que modifican esa percepción pueden y suelen ser las más nimias”, y las más personales, agregaría. Fui cautivada por estos relatos. Principalmente por su prosa, ágil, delicada y a la vez directa y salvaje. Me deslumbró el nervio que permite pasar de la percepción de las formas del arte, con sus colores, trazos, contenidos y pasiones, a los juegos de la palabra, con su articulación y movilidad, sus medios dichos, y sus artificiosos conjuntos que organizan los relatos. Puedo decir que llevada por el azar, tuve un buen encuentro.

LETICIA GARCÍA

Licenciada en Psicología (UNLP), psicoanalista, miembro del Instituto Pragma – APLP, miembro del equipo de Salud Mental del Hospital San Roque de Gonnet.

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