GUAY | Revista de lecturas | Hecha en Humanidades | UNLP

Caperuxita (2021), Pérez

NOVELA
KATHERINA FRANGI

Caperuxita (2021)
de Agustina Pérez

La sagrada ofrenda

     No hay reglas en la literatura. Eso lo sabemos hace rato, por Borges, quizás, por Macedonio, también, por Huidobro. Lo que permanece, podría decirse, es el enigma. No sólo en torno a lo que suele llamarse la trama o la historia, sino en torno a los hilos, al modo en que se lleva adelante un proceso de escritura, de creación literaria.

     Caperuxita (2021) se abre paso en los márgenes de lo legible para transformar la experiencia lectora en otra cosa. Porque es otra cosa. Una novela breve pero que requiere una lectura activa, entregada y atenta. En menos de cien páginas, la autora nos traza un mapa con pocas pistas que van conformando una región fantástica y una cadencia casi sin respiro. No por falta de pausas, entiéndase, sino por el avance de la frase, las idas y venidas, los relatos paralelos que van abriendo constantemente, renovándolo (y pausándolo también) página a página.

     La trama podría ser cualquiera, porque más que trama es una excusa para poner en funcionamiento una maquinaria lingüística nueva y misteriosa que irrumpe en la escena literaria contemporánea. Desde el título, que nos es familiar y a la vez extraño, Agustina Pérez crea un tejido fuerte e intrincado que, dividido en breves secciones, va siguiendo las ¿aventuras? de distintos personajes y de la misma voz narradora, por momentos indignada, informativa, cómica, e incluso, por otros, negándose a narrar: “De allí que— etcétera. Hoy ya no queda nada por explicar. Entonces basta con explicar la nada”. Un misterio más de los tantos misterios a los que nos enfrenta esa escritura como en estado de gracia, como poseída, que narra sólo para sí misma. Y el resto, que se las arregle.

     Podría ser cualquiera la trama, dije, pero no es cualquiera. La fábula está. Una niña -Caperuxita- debe llevar víveres a lo de su abuela Beatrix. Esta historia va conduciendo los hilos desde la primera frase: “Caperuxita cruza el linde que separa la Tierra Reseca de las Últimas Poblaciones. Felipe II El Atrevido colocó allí un baobab traído expresamente de Crimea. De la región tártara de Crimea”. Pero, además de esa historia, las creaciones; además, las muertes, los hobbies, los misterios, el mito de origen de los personajes y de los elementos. Las otras historias: la de Mirto Dermi, por ejemplo, una aficionada a un libro de fotografías japonesas que viaja en la cima del baobab. Otra, la de Felipe II, el rey que encarga el puente y que traslada el baobab. Las demás, la de Ariel Ladino, la de la oveja, la del lobo, etcétera

     Alrededor de la fábula está el mundo actual, el mundo pasado y el fantástico. La fábula delirante, delirada: “Hubo una vez, hubo un envés, hubo un revés. Uno, o dos. O tres. Hubo. Una adorable niña que todo el mundo pasmábase de horrísono terror al ver”. Todo es un no-algo en Caperuxita: ¿cuándo? en un no-tiempo, en el Medio Ovo (que es Medioevo, medio huevo y medio óvalo), en el tiempo de la fábula y en una era en la que hay autopistas y descapotables. ¿Dónde? En Argentina, en las Últimas Poblaciones, en la Tierra Reseca, en el baobab. Claro, un no-lugar. La novela del no, Caperuxita, un no que se dice cuando se deja lugar a la confusión, al advenimiento de la palabra por la palabra.

     Los elementos son múltiples: un rey con epítetos circunstanciales, dos tierras unidas por un -muy débil- puente, un personaje de un cuento infantil, un árbol africano descolocado, las espinas de Jesucristo, una abuela, un lobo, una liebre. Están, porque están todos. Pero no es eso lo que hace de Caperuxita un objeto novedoso. Es el lenguaje secreto, son las palabras que se entrecruzan tan oníricamente como sus personajes, que avanzan y retroceden, que se mueven por el espacio más por inercia que por sentido común.

     En efecto, Agustina Pérez crea una lógica que algo tiene del mundo, del mundo otro. Un no-tiempo y un no-lugar se narran con una lengua única. Si había que elegir un registro, un tipo de personajes, una historia, una temporalidad, en Caperuxita se optó por todas las posibilidades. Agustina Pérez retoma el mito, los mitos, los dichos. Los retoma, sí, pero los tensa y entrecruza como una madeja. “Hay que ser francés, hay que ser de Pringles para llamar «puente» a esa soga. Esa soga fue labrada por una laboriosa hacendera. Ella fue la encargada de tergiversar la corona tejida de espinos de Jesucristo”. Y esa madeja está hecha de historias y de sintaxis. Una sintaxis interrumpida, exagerada, confusa y conformada por elementos extraños.

     Si Pierre Menard enriquece los capítulos del Quijote porque, con su anacronismo, los hace menos previsibles, ¿qué decir, entonces, del lenguaje secreto de Caperuxita? Ese gesto barroco y novedoso que es un manifiesto en torno a lo que es posible en la literatura. Barroco, por las elecciones, la formas verbales y las palabras en desuso, arcaicas. Novedoso, por lo atípico de la disposición. Se abre el diccionario y la gramática española, se la utiliza lo más que se puede, se la rompe, también. La entrega a esa apertura desregulada de los registros dan a la voz una fuerza poco frecuente.

     Hay, como ya dije, algo secreto en Caperuxita, algo sacro. Se trata de un objeto mutante como el baobab que cambia de color en las espaldas de Felipe II El Atrevido-El Indiscreto-El Certero-El No Enterado. Lo que cambia es la lengua, el devenir narrativo al que estamos acostumbrados -ay de la costumbre-: “Fue un día. ¡Aquel fue un día! Aquel fue un día de fundir. No como hoy, que es día de hundir a Caperuxita para siempre. Por ladina. Si es por eso Mirto Dermi también debiera ser hund, hasta lo más hond. Se lo merec”. Así, que para citar habría que usar un sic, así es como Caperuxita quiebra la lengua, la quiebra, para usarla toda.

     Barthes dice que la literatura es un lenguaje que hay que aceptar descifrar. Por supuesto, Agustina Pérez crea un laberinto de palabras, de lengua latente y poderosa. El lector se encuentra, adentro, arrojado al fluir sintáctico demente y nervioso. El efecto de lectura es confuso, como la estructura de la novela, que avanza y retrocede y nos hace olvidarnos, hasta el final, de la fábula original. Es, asimismo, hechizante. De un modo en que el lector dispuesto a desentrañar los misterios que se esconden entre las palabras, entre los triángulos que dividen las secciones, debe entregarse completamente a la labor. En el Epílogo, Luis Chitarroni afirma que “Agustina Pérez se pone de un lado de la narrativa argentina que resulta altísono y réprobo por inusual. Allí está con sus enseres robados a la Madre Hogarth, haciéndonos temblar a todos”. Todos, nosotros, los lectores dispuestos.

     Como la soga de espinas que une la Tierra Reseca y las Últimas Poblaciones, Caperuxita une la lectura con la experiencia de desciframiento de la que hablaba Barthes. La une pero la pincha, la incomoda valientemente, hace lo que pocos escritores se animan a hacer hoy en día. El extrañamiento es total. Notable es la audacia de Agustina Pérez que baila en los márgenes, que se sirve un banquete de palabras (¿por qué no usar todas las palabras, acaso?) y las da en sagrada ofrenda al lector.

KATHERINA FRANGI

Es Licenciada en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. En 2019 obtuvo la beca del MAECI para cursar en la Università per Stranieri di Perugia, Italia. En 2021 fue seleccionada para la Bienal Arte Joven de Buenos Aires. En 2022 publicó Memoria de las especies (Club Hem).

Brilla, sombra (2021), María Ragonese

POESÍA
LUZ SALAZAR LANDEA


Brilla, sombra (2021)
de María Ragonese

brilla sombra



Una perla silenciosa entre las cosas de este mundo

     Brilla, sombra es un pequeño libro, casi cuadrado, publicado por Índigo Editoras el invierno pasado. Pertenece a la colección hilos, que indaga ese tejido que empezamos a llamar escrituras de mujeres: escrituras femeninas, siempre en plural, siempre en cursiva. ¿Qué materias conforman ese telar? ¿Qué patrones permiten vislumbrar esas genealogías, a la vez reinventadas y las mismas de siempre? 

     María Ragonese busca escribir habitando el silencio y escribir también como escribe una niña. Brilla, sombra va al corazón de las heridas y encuentra un aroma dulce cuyo origen está en las plantas y la infancia: sólo en la inocencia del juego está el verdadero dolor. Este viaje hacia el pasado es además la búsqueda de una genealogía, de un linaje. Así como la infancia es un espacio salvaje, de oler el suelo y llevarse la tierra a la boca (“La pureza se enredó con el llanto/ y después hubo otra vida, salvaje/ olía el suelo, me lo llevaba a la boca”), la presencia de la madre está unida a una existencia animal y vegetal. La madre es una loba que se aferra a la tierra y la mastica, pero también guarda secretos de la abuela, seguramente en un cuaderno gastado: “a mi madre le pido / parte de mi abuela […] le digo necesito compartir / esta familia de mujeres”.

     Brilla, sombra es un conjuro para hacer llegar las horas mágicas de la tarde, aquellas que transforman, con su brillo particular, las pelusas en amuleto. Aquellas horas en que las abuelas contaban historias en silencio, entre tazas de té y botones de nácar. El título del poemario aloja una dualidad: el origen de la genealogía es brillante y sombrío, alberga a la vez la creación y el dolor. 

     Brilla, sombra es un poemario del devenir y de la transformación. La materia desordenada, ante el tacto, deviene súbitamente otra cosa. Lo terrestre deviene lo marino y lo marino deviene una casa: una cama, unas sábanas, una yegua en el campo. Las nubes, liberando esporas, devienen hongos. Una agita ”las cortinas y aparece dios”.

 

     L.S: El poema donde se menciona el título Brilla, sombra habla de estas palabras como conjuro, como forma de invocar ciertas horas de la tarde. Quería preguntarte sobre la  noción de conjuro, y si lo relacionas de algún modo con tus vivencias con la poesía y con tu rol de poeta. 

 

     M.R: Me gusta mucho Derrida cuando piensa la conjuración y me interesa el psicoanálisis, por lo que mi sensibilidad respecto del acto de “conjurar” seguramente tiene un diálogo tácito con esto, aunque no lo había pensado ni mientras escribía el libro. Creo que usar palabras siempre juega con la idea de conjurar: de traer con la voz o evocar algo que no está. La poesía juega especialmente con esos bordes, con esos límites. Sobre los usos directos o indirectos que podrían leerse en este libro, condensados en la idea “brilla, sombra”, creo que hay cierto recorrido sobre diferentes aspectos del término: hacer magia o rituales con la palabra y con las manos, con el cuerpo; convocar o pactar con lo que no está; traer presencias que construyen alianzas; exorcizar, etc. Coexistimos con la ausencia y con millones de cosas que carecen de palabras, entonces escribir también podría ser pensado como un acto de conjuro constante en donde se crean espacios y pactos posibles y momentáneos para vivir y pensar la experiencia.

 

     L.S: El libro forma parte de la colección hilos, que aúna un tejido de escritoras mujeres. Quería preguntarte si te sentís identificada con la idea de una escritura femenina, y cómo vivencias tu rol de poeta en este sentido. 

 

     M.R: Me parece interesante que la editorial, tanto en esta colección como a nivel general, se posicione políticamente respecto de lo que publica o a quiénes publica. Está la decisión explícita de publicar a mujeres, pero utilizan el concepto de mujeres cursiva, que implica poder abrazar una diversidad o fluidez identitaria y no una cerrazón en ese sentido. No pienso en mi escritura como “escritura femenina”, históricamente encasillada en “cosas escritas por mujeres”, me parece muy general, no me identifico con eso básicamente porque no me resulta productivo para pensar en lo que hago o intento hacer, cosa que tampoco es fácil sobre la propia escritura, ni me sirve para pensar en otras escrituras. En todo caso me identifico con la idea de una escritura feminista y esto no tiene que ver solo con los “temas” sobre los que se escribe (que igual es sumamente importante, por ejemplo en el cruce entre lo íntimo y lo político), sino también con el tratamiento formal, estético y político, y cómo todo eso forma parte de una historia de la escritura (y de la lectura) que tradicionalmente fue codificada (entonces también cristalizada) y acaparada por las condiciones de producción patriarcal y sus productos hegemónicos. La suerte de la poesía, de modo amplio, de leerla y escribirla, en un punto tiene que ver con la posibilidad de dañar y reparar la realidad, el mundo, de dañar sus códigos, historias, pactos y horizontes, y de construir otras respiraciones, otras articulaciones posibles, y por ende otros sentidos. Como persona que escribe no dejo de sentirme fascinada por la posibilidad de jugar con las palabras, con el potencial que cargan para desgenerar.

 

     L.S: ¿Cómo fue tu experiencia de publicación con Índigo editoras?

 

     M.R: En todos los aspectos fue una experiencia bonita. Brilla, Sombra es mi primer poemario publicado y se editó al mismo tiempo en España y Argentina, cosa que hizo que las lecturas del libro se ampliaran tal como el territorio. Antes de eso, me sentí muy agradecida por la invitación a publicar; luego, por cómo se desarrolló el proceso de trabajo con la editorial, con tiempos súper amigables y respeto por las voces que hacen que un poemario llegue a ser un libro, es decir, un objeto que en esa instancia ya trasciende mis decisiones ligadas a la escritura. Al mismo tiempo, si bien la editorial tiene su base en España, lo cierto es que traza unos mapas de trabajo y escrituras con mucha presencia en América Latina, y esto hace que los diálogos y lecturas no solo se extiendan por la impresión, distribución, etc. (el acceso al libro físico), sino también por la familia de libros que se arma.

 

     De una escritura innovadora, densa y perfumada, María Ragonese apuesta a una poesía que trabaja con el vacío, con dañar la realidad y reescribirla desde un grado cero: “Lo que está lleno/ revela su vacuidad/ con la primera luz del día. Nuestro acto de fe/ es vernos/ como un pedazo de campo verde”. Ese vacío opera entre los versos y contribuye al salto juguetón entre lo íntimo y lo político, entre lo singular y lo multiforme, entre lo subjetivo y lo colectivo. Desde allí comienzan a sonar las respiraciones-otras de una escritura feminista que hechiza y subvierte lo real para mostrar su reverso dulce y callado: “Años cincuenta,/ las mujeres se reunían a contar/ botones de nácar./ A veces/ deslizaban otras palabras/ un ojo morado/ cubierto de polvo,/ un budín que lo endulzaba.”

LUZ SALAZAR LANDEA

Es Licenciada en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente trabaja en la misma Universidad como becaria de investigación del CONICET en el área de literatura argentina contemporánea, y como docente de literatura en el nivel secundario.

Crimea. La primera guerra (2012), Orlando Figes

HISTORIA
ALEJANDRO SIMONOFF


Crimea. La primera gran guerra (2012)
de Orlando Figes

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     La Guerra de Crimea (1854-1856) enfrentó al Imperio de los Zares contra una alianza encabezada por otros imperios: el británico, el francés y el otomano. Tuvo características que anunciaron lo que iba a venir: las guerras mundiales, de hecho, inicialmente fue denominada la Gran Guerra, nombre que cedió a los sucesos iniciados en Sarajevo en 1914. Pero también tuvo rasgos que la asociaban a las que se habían desarrollado durante la revolución francesa y el expansionismo napoleónico.

     Orlando Figes cuenta la historia de esta guerra, pero no es un libro de polemología -como la mayoría que ha tratado el tema-, sino que, este conflicto es una puesta en escena que le permite describir el punto en el que se encontraban las tensiones entre la permanencia del antiguo régimen y los impulsos de la sociedad de masas que pretendían abrirse paso sobre sus restos. Pero además no es una historia con héroes aristocráticos, como en los conflictos del pasado, sino del “Tommy del folclore (“Tommy Atkins”), que combatía valerosamente por el Reino Unido y ganaba las guerras pese a los catastróficos errores de sus generales”. 

     A diferencia de otros textos que tratan el tema, más orientados a la historia militar, diplomática, o la geopolítica, donde predominan fuentes británicas, francesas y en menor medida otomanas, Crimea presenta una gama de reservorios rusos que le otorgan una amplitud panorámica al libro que no tiene precedente.

     Esta conflagración fue un evento de la era industrial y de la naciente sociedad de masas con todas las letras, en la cual además de las nuevas armas, se sumaron los ferrocarriles para el transporte de tropas y enseres militares, los telégrafos para comunicar y la fotografía para registrar, pero no fueron los únicos rasgos distintivos, ya que la masividad se proyectó sobre sus consecuencias, murieron unos 800.000 hombres producto de los proyectiles y las epidemias.

     Si bien estuvo lejos de ser un conflicto generalizado como los que lo habían precedido en el ciclo revolucionario cerrado con la caída de Napoleón y los que vinieron después de 1914, el espanto que provocó nos lleva a dudar de calificar a toda esa fase como “Paz Armada”. Incluso el hecho que su nombre la reduzca a una península del norte del Mar Negro -donde si bien es cierto fue donde se realizaron los mayores combates, sobre todo el sitio de Sebastopol-, ese nombre no nos permite ver la amplitud geográfica que tuvo este conflicto que se extendió desde el Danubio, hasta el Báltico y el Cáucaso. 

     Fue la preocupación británica y francesa por la debilidad otomana, “el hombre enfermo de Europa”, y la expansión de San Petersburgo a costa de él, lo que impulsó este conflicto. Evitar y señalar al expansionismo ruso, para permitir y disimular el propio, es el núcleo de la lógica que guió el conflicto y contribuyó a forjar imaginarios nacionales tan necesarios para legitimar las políticas imperialistas. Los contrastes entre esas construcciones estaban al orden del día: el zarismo era la expresión del atraso y la autocracia, asimilable a cierto despotismo asiático, frente a naciones como Gran Bretaña, que se asumía como campeona de la libertad, a tono de los nuevos tiempos donde los europeos reinaban en el mundo.

     Pero también fue una guerra religiosa connotada por el subtítulo de la obra en inglés “The Last Crusade” (la última cruzada) que sugiere las claves de lectura aportadas por el autor y que en la edición en español se transforma (“La primera gran guerra”) y que apunta hacia otro aspecto inmerso en el texto, el preludio de la “era de la catástrofe”.

     La Gran Guerra está determinada por la debilidad del Imperio Otomano -asediado por dentro y por fuera-, cuestión que le permitió a Moscú, finalmente legitimar su pretensión de ser la tercera Roma, liberadora de Tierra Santa y protectora de los pueblos cristianos ortodoxos -como enseñaban los patriarcas desde los púlpitos-, frente al Sultán musulmán que los subyugaba y controlaba. 

     Sin embargo, el cariz religioso de esta guerra, como lo señaló Figes, fue un contraste entre estos deseos del Zar Nicolás I y los de las potencias occidentales que no lo vieron de ese modo, ya que protegieron al Sultán Abdülmecid I y garantizaron sus propios intereses, además aportaron al fomento de la rusofobia en occidente y, como el rechazo y contraparte ineludible de esa percepción, el fortalecimiento del pensamiento eslavófilo en Rusia.

     El rechazo a los rusos como producto de la Guerra de Crimea dejó una marca profunda en la identidad nacional inglesa: “… Para los escolares, fue un ejemplo de la actitud del Reino Unido, que decidió luchar contra el Oso ruso para defender la libertad… La idea del hombre común corriendo a prestar ayuda a los débiles contra los tiranos y los matones se convirtió en parte del relato esencial del Reino Unido…”

     Pero esa imagen tuvo su contraste en Rusia, ya que la idea de la traición Occidental por el apoyo a un reino musulmán en contra de otro cristiano, reforzó al pensamiento eslavófilo frente a los sectores liberales con los que se disputaban la construcción del futuro. Aquella corriente fuertemente antioccidental, pero cuya base era el romanticismo alemán, convivió con las necesidades de modernización que este conflicto dejó como lección al zarismo y sobrevivió, no sólo al siglo XIX, sino también al XX y XXI, como lo señaló el propio Figes: “El recuerdo de la guerra de Crimea sigue suscitando profundos sentimientos de orgullo ruso y de resentimiento contra Occidente… [/] … La reputación de Nicolás I, el hombre que condujo a los rusos a la guerra de Crimea en contra del mundo, ha sido redimida en la Rusia de Putin. Hoy, por orden de Putin, el retrato de Nicolás I está colgado en la antecámara del despacho presidencial en el Kremlin.”

     Muchos de los conceptos, que registramos en esta obra regresan a nuestra mente para tratar de entender la guerra en Ucrania. Pero esa vuelta no es a una copia exacta de lo que aconteció, se ha reformulado; por ejemplo, los sectores eslavófilos de ayer, hoy se ven reducidos a la defensa del “mundo ruso”, y, la alianza decimonónica anglo-francesa que buscaba garantizar la hegemonía inglesa en el pasado, ahora se metamorfosea en la OTAN y su expansión para ser el aval de la norteamericana.

     Si bien la historia no se repite, la lectura de Crimea de Figes alimenta un atractivo deja vú a la luz del conflicto bélico más promocionado de la actualidad, que nos proporciona ciertas claves que hemos esbozado aquí y que son ineludibles para comprender qué es lo que acontece y cuáles son las señales para abordarlo.

ALEJANDRO SIMONOFF

Es profesor y licenciado en Historia, doctor en Relaciones Internacionales (UNLP). Su investigación se concentra en el estudio y análisis de Política Exterior Argentina y de Historia Contemporánea. Es Profesor Titular Ordinario de Historia General VI y del Seminario de Historia Comparada del Siglo XX de la Maestría en Historia y Memoria (FaHCE-UNLP). Ha publicado libros y artículos en revistas especializadas.

El archivo como gesto (2022), Mario Cámara

ENSAYO
VICTORIA COCCARO


El archivo como gesto. Tres recorridos en torno a la modernidad brasileña (2022)
de Mario Cámara

camara

       En El archivo como gesto. Tres recorridos en torno a la modernidad brasileña, Mario Cámara pone en práctica una sutil sensibilidad crítica de la que ya han dado cuenta sus libros anteriores, Cuerpos paganos, usos y efectos en la cultura brasileña y Restos épicos. Relatos e Imágenes en el cambio de época. Este tercer ensayo confirma la consistencia de un trabajo investigativo que se anima a atravesar diversas disciplinas artísticas (literatura, artes visuales, arquitectura, performance) porque sabe que desde ese cruce y esa heterogeneidad se ponen en marcha las formas de pensamiento que necesitamos para habitar nuestro complejo presente. En este sentido, Cámara apunta a nociones sustanciales a las preocupaciones teóricas y críticas contemporáneas –cuerpos, temporalidad, archivos, restos– para volver a tramar la reflexión estética sin nunca perder de vista las múltiples relaciones y activaciones entre el arte y la política. 

 

     En Cuerpos paganos el autor se focalizó entre los 60 y los 80 brasileños para reflexionar sobre las potencias transgresoras de las nuevas figuraciones corporales que las prácticas artísticas activaron en aquellos años. Luego, en Restos épicos, indagó en una constelación de obras literarias y visuales que en la coyuntura latinoamericana del cambio del siglo XX al XXI reelaboraron emblemas emancipatorios (lucha, revolución, militancia) problematizando herencias y lecturas del pasado. En El archivo como gesto parte de la premisa de que trabajar con el archivo es modular temporalidades: las prácticas artísticas devienen, en su lectura, máquinas del tiempo, o mejor, de los tiempos, de la multiplicidad de historias que vibran en lo que nos antecede. Las máquinas del tiempo se vuelven, allí, alquímicas, en tanto relacionarse de un modo diferente con lo acaecido es transformar lo por venir. El movimiento es doble. A la vez que se ponen en duda sentidos y relatos que han permanecido demasiado –sospechosamente– sólidos, señalando, entonces, su complicidad con violencias sobre cuerpos, materias y espacios, se crean otros presentes y otros futuros. Operar sobre el archivo, en la línea propuesta por Cámara, responde a una redistribución en clave ranciereana, sus efectos son trastocamientos y variaciones permanentes del sentido. 

 

     En el trabajo de tres artistas brasileñas contemporáneas, las instalaciones de Rosângela Rennó, las pinturas y esculturas de Adriana Varejão y la escritura de Verónica Stigger, el autor analiza diferentes operaciones que responden al deseo de no dejar de trazar caminos entre los estragos del siglo XX, un hacer con los destrozos que, como el gesto del ángel de la novena tesis de Walter Benjamin, puede, tal vez, construir una historia distinta. Un hacer con restos, espectros y vestigios que no implica, sin embargo, una sutura tranquilizadora sino exhibir, como advierte Cámara, a la modernidad brasileña como ruina y, entonces, en cortocircuito con un relato hegemónico articulado por el progreso y la integración.

 

     Siempre se lee, nos enseña el crítico, desde una coyuntura. Así, el ensayo parte del asesinato de la concejala Marielle Franco por un grupo parapolicial en marzo del 2018 para poner de manifiesto que la arena del tiempo es siempre, más bien, una polvareda que se levanta entre fuerzas reactivas y activas, de violencia y sojuzgamiento y de reivindicación e intervención. Allí, decíamos, se construye un presente, imagina un futuro y disputa un pasado. 

 

     En esa disputa intervienen los objetos del arte y la literatura que se analizan en El archivo como gesto. Una de sus singularidades, advierte el autor, es que leen la historia en cómo ha sido olvidada; abordan, entonces, al olvido como tecnología de la historia. De este modo, si bien archivo y olvido están articulados, continúa el crítico, también es a partir de ahí, de esas faltas, que el archivo siempre podrá modificarse y reordenarse para hacerlo emanar nuevos sentidos y destellar otras presencias. Allí, junto con Mario Cámara podemos afirmar que el arte inventa maneras de dar una nueva actualidad a eso que tal vez nunca fue escrito. Leer lo no escrito es disputar el sistema de enunciados de lo que puede ser dicho. 

 

     La artista como archivista, o bien, como profanadora del poder arcóntico del archivo –para referir a la perspectiva que Derrida desarrolla en su libro Mal de archivo y en la que abreva el ensayo de Cámara– es la que hace cortes, saltos, montajes, ensamblajes, “reenmarques”, al decir del crítico, que dan lugar a otras voces y otros relatos. Así, el autor expone cómo los trabajos de estas tres artistas brasileñas contemporáneas reabren el siglo XX mediante la creación de contraarchivos que reescriben relatos hegemónicos, anarchivos que destruyen el orden del archivo y alterarchivos que trazan otro recorrido, o bien, dan luz a otros materiales que no necesariamente se vinculan con un relato hegemónico. En este último caso, precisa Cámara, se trata de la construcción de un archivo y un patrimonio alternativo, un pasado otro y, por ende, nuevas –e inesperadas– herencias. 

 

     La puesta en crisis del modelo desarrollista de la modernidad no ocurre solamente porque estas prácticas artísticas la exhiban como ruina y delaten, muchas veces, su faz siniestra. Ocurre también en acto, en cómo trabajan con una lógica muy diferente a la del tiempo lineal, homogéneo y vacío con que tradicionalmente se construye todo relato histórico. En ellas, revisar, reordenar, destruir o fundar nuevos archivos produce un temblor y estallido del cronos. No es que deja de existir el tiempo sino que este se vuelve a tejer pero con otras agujas a las del reloj. Se usan, más bien, las de la anacronía y las supervivencias y el resultado es una textura porosa a la emergencia de orígenes alternativos. Contra cualquier modelo desarrollista y evolutivo, en los trabajos de estas tres artistas, nos enseña Cámara, el origen es tomado en su contemporaneidad y coagencialidad con el presente, “el tiempo siempre es un tiempo-con”, precisa el autor. Así, se anima a pararse en y leer desde la impureza temporal que las obras convocan o, más bien, componen. 

 

     El archivo, agrega, “nunca es un espacio neutro, sino un sitio que oculta y hace ver, clasifica y construye el espacio público de lo decible y lo visible”. Para introducirse en ese juego de luces y sombras construye un ajustado andamiaje conceptual que no por riguroso deja de ser aprehensible. Cada capítulo propone indagar un modo de trabajar con y sobre el archivo: omisiones, incisiones y aperturas. 

 

     En el primer capítulo, parte de las instalaciones de Rosângela Renno para pensar la construcción de la cárcel de Carandirú en intersección con la Semana de Arte Moderno durante los años veinte del siglo pasado. Como se advierte, en la práctica crítica de Mario Cámara los objetos de análisis funcionan no solo como trampolines para el salto en el tiempo sino también como tenazas con las que hundirse en la bifrontalidad de sus eventos. Así, el trabajo sobre un vasto archivo de imágenes fotográficas provenientes de lo público (estatales, mediáticas) que Rennó viene llevando adelante desde comienzos de 1990 es el punto de partida para reflexionar sobre una serie de omisiones en (y por) la euforia modernista que recorre el siglo XX brasileño. Pero la sagacidad crítica de Cámara hace que la omisión no sea un mero modo de nombrar las insistentes exclusiones tramadas por los relatos hegemónicos, sino que advierte cómo, en las instalaciones de Rennó, se convierte en procedimiento. Se trata, sostiene el autor, de borramientos y sustracciones que, paradójicamente, hacen ver cuerpos y rostros mientras indagan en las formas de producción y circulación social de las imágenes fotográficas. Al opacar las identidades constituidas por diversos documentos (carnets, libretas de trabajo, registros penitenciarios, etc.), la artista da vuelta como una media al retrato fotográfico en tanto dispositivo de captura, control y clasificación, analiza el crítico. Lo que aparece es, más bien, “el rostro como un mapa de singularidad”; lo que fulgura allí es “la presencia anónima de una vida cualquiera”. El trabajo de Rennó, reflexiona Cámara, avanza sobre la parte invisible de lo visible, es decir, sobre aquello que del dispositivo de documentación escapa a su voluntad clasificatoria. Como decíamos, el autor advierte en estas instalaciones una doble operación: si bien rescatan del olvido voces inaudibles, evidencian, a la vez, el mecanismo que posibilitó o, aún más, produjo ese olvido.

 

     La urgencia de pasarle a la historia el cepillo a contrapelo que declara Walter Benjamin al final de su séptima tesis –y que los trabajos que se analizan en El archivo como gesto parecen oír– no es la de escribir otra historia inversa a la hegemónica que la reemplace y sirva como modelo, sustituyendo un héroe por otro, sino desmantelar su modo de funcionamiento para practicar, a partir de allí, otras maneras de la narración histórica y, por ende, otras temporalidades a la del desarrollo. No se trata, simplemente, de contar otra historia, sino de reinventar la tarea del historiador. Lo que en El archivo como gesto queda sugerido es que la práctica histórica tal vez pueda reinventarse si se deja imantar por prácticas artísticas como las que analiza Mario Cámara. 

 

     En esta línea, el autor advierte que la recuperación que Rennó realizó del archivo de carnets de los trabajadores y las trabajadoras que participaron en la construcción de Brasilia no tiene como objetivo “hacer memoria” para crear otro relato que haga de los olvidados nuevas figuras monumentales, reemplazando, como decíamos, un héroe por otro, sino construir un contramonumento mucho más incómodo, abierto y difícil de neutralizar, que si bien erosiona estereotipos, jerarquías y clasificaciones, no sutura un nuevo sentido y relato. Más bien deja a esas imágenes fulgurando, acechando. 

 

     Este primer capítulo va de los rostros fantasmales de las instalaciones de Rennó a los trances carnavalescos fotografiados por Arthur Omar como dos vertientes de un mismo movimiento que problematiza a la identidad como algo fijo, cerrado, unívoco, estable, “universal”. En los retratos de Omar, sostiene Cámara, gestos, bocas, ojos y lenguas “desrostrifican”, despliegan la paradoja de retratos que –como los de Rennó– no coagulan una identidad. Así, tras la enseñanza de Aby Warburg, el crítico percibe en las fotografías de Omar intensidades afectivas ancestrales y advierte, en el gesto, el trazo de esas potencias arcaicas. Rostros en fuga y estallido del cronos, afirma Cámara, anidan en la serie de Arthur Omar, otro de los contraarchivos que se revelan en este libro.

      El capítulo dos, Incisiones, se focaliza en la problematización del barroco que activa la obra de Adriana Varejão. Una de las mayores virtudes de la sensibilidad crítica de Cámara es ese saber escuchar las múltiples capas temporales y de sentidos que convocan los objetos analizados. Así, las constelaciones que anidan en cada capítulo de El archivo como gesto emanan de cada una de las obras estudiadas. 

 

        La propuesta de acercarse al barroco como archivo en disputa se nutre de la invitación de Haroldo de Campos a considerarlo “un proyecto de modernidad alternativa” que, como las “desrostrificaciones” de Arthur Omar analizadas previamente, experimenta una lógica que no responde al desarrollo y una idea no esencialista de lo nacional: un “siendo no nacional”, al decir de Cámara. Las incisiones a las que refiere el título no solo describen los cortes supurantes que ocupan, por ejemplo, las pinturas al óleo de Varejão que se analizan con exhaustividad en este apartado, sino que conceptualizan, principalmente, las intervenciones sobre un dispositivo visual y un discurso colonial, patriarcal y esclavista. Agujeros, desfondamientos, supuraciones, tajos, desbordes, reelaboraciones, reapropiaciones son variados procedimientos a través de los que Varejão construye el “detrás de escena” del relato hegemónico de la historia brasileña, desmantelando la contracara violenta de una historia nacional que el barroco como estilo pretendió apaciguar, sostiene el autor. En las obras que se analizan el barroco emerge más bien como una potencia de lo informe que asedia la mirada y desestabiliza cualquier sutura y figuración estática, “un fondo magmático que el trabajo de la forma parece incapaz de domesticar”, precisa Cámara. 

 

      A medida que avanzamos en el capítulo vemos que las incisiones de Varejão, como los “reenmarques” sustractivos de Rennó, no tranquilizan. Tanto pinturas como esculturas –esas “ruinas modernistas” que, en palabras del crítico, Varejão construye– exhiben conflictos sin resolución y conforman un archivo anárquico (un anarachivo, al decir de Cámara) de “crueldad y descontrol”. 

 

     El capítulo tres, Aperturas, traza un nuevo vector del poliedro que el crítico construye para exhibir la (otra) modernidad brasileña, en este caso, uno que va de la literatura de Verónica Stigger a escrituras de viajeros por el Amazonas y poemas de Raúl Bopp para indagar sobre cierta configuración de la región amazónica como “otro” absoluto e inestable que erosiona cualquier fijeza de identidad pero, a su vez, como materialidad de la que se puede extraer de forma ilimitada e indiscriminada. Sin embargo, allí, gracias a la potencia alquímica de la literatura de Stigger, la selva amazónica se convierte en modelo para pensar la historia: el “Amazonas como paradigma de historización”, precisa el autor. Región inacabada, en perpetua formación, voluble, oscilante, resonante y con un suelo magmático en el que se hunden y del que brotan presencias imprevistas, desde donde es posible construir “una historia plural, sin origen, y hecha de invenciones” o lo que Cámara denomina un alterarchivo. Leída a la luz del siempre lúcido Raúl Antelo, la escritura de Stigger convoca una historia que desacata la idea de un origen único y unificado, así como las nociones de centro y periferia u original y copia. 

 

     El gesto que se analiza en Stigger es el de la reficcionalización del relato histórico, lo que no debe entenderse como la desidia del decir “todo es ficción” sino como la plena potencia de la ficción para abrir otro origen, inventar otro pasado y relacionar lo sido con el ahora. En palabras del crítico, no se trata aquí de una “historia novelada del modernismo” sino de que “a través de la ficción se ilumine otra forma de leerlo”. En este sentido, los objetos que se investigan en este libro son, además de máquinas del tiempo, máquinas de lecturas. 


      Néstor Perlongher visita todos los capítulos de El archivo como gesto, sin embargo, es en las últimas páginas que adquiere su lugar protagónico. Cual Virgilio carnavalesco y ochentoso, guía a Cámara por lo que –inspirados en este ensayo– podríamos llamar un altertrayecto, un recorrido otro de la ciudad que descubre una “San Pablo pulsional, antigua y arcaica, tribal y nómade”. El lente Perlongher la revela habitada por movimiento, nomadismo, flujos, fugas, sexo, marginalidad, nocturnidad,  en definitiva, como un territorio de deseo desbordante que desmiente el orden y el progreso, la organicidad y la integración, el desarrollo económico y la ascépcia que tradicionalmente han constriudo a San Pablo como emblema de la modernidad (de una modernidad). La ciudad, en definitiva, como un archivo a cielo abierto que Perlongher, nos dice el autor, ha intervenido con escrituras y recorridos que hacen ver y oír esas otras lógicas y otros cuerpos que también forman parte del presente y, entonces, de cómo leemos y desleemos al pasado. Allí, El archivo como gesto no es solo una fuente de inspiración sino una precisa y preciada arma de lucha para construir las historias deseadas y defender las vidas inventadas: las que queremos vivir e imaginar. Este ensayo nos recuerda, una vez más, que nunca debemos dejar de  tramar y retramar los tiempos para proyectar futuros habitables y queribles después de los fines de mundo que venimos atravesando.

VICTORIA COCCARO

Es poeta, investigadora, traductora y Doctora en Letras (Universidad de Buenos Aires). Ha publicado los libros de poesía: El plan (Colección Chapita, 2009), Hotel (Colección Chapita, 2011; Gigante, 2013); Eléctricos de sombra (Fadel&Fadel, 2016), El mar (Lomo, 2018) y Decir (Slimbooks, 2020).



Modo linterna, Sergio Chejfec

NARRACIONES

IGNACIO BARBEITO



Modo linterna (2013)
de Sergio Chejfec

Modo linterna

 

El merodeador

     La del merodeador es una figura sometida a sospecha. Para quienes observan su andar vacilante, su indefinición es causa de inquietud y alerta. La época que otorgó cartas de ciudadanía académica a las filosofías de la sospecha no se las avino del todo bien con aquellos que se resisten a ser identificados, moviéndose de un lugar a otro. Las filosofías de la sospecha definen a sus enemigos, los asedian sin cesar, de todas las maneras posibles, y con ello ganan su derecho de residencia, siempre y cuando sepan mantener en pie al enemigo. Pero con los merodeadores no se sabe: ¿cuáles son sus propósitos? 

 

     Las narraciones de Sergio Chejfec incluidas en Modo linterna (2013), así como otras que les anteceden, portan todos los atributos de un paciente merodeo en torno a lo que podemos llamar, con él, la experiencia. En este estrato de la existencia humana convergen realidad y literatura. Es probable que solo un argumento comercial pueda persuadirnos de que las narraciones incluidas en Modo linterna son cuentos, tal como se anuncia en la tapa del libro, editado por Entropía. Su lectura, en cambio, nos exige desprendernos de afanes taxonómicos para entregarnos a un repertorio de derivas descriptivas más atentas a la escansión del espacio que a la sucesión temporal. Lo que parece presentarse como un cuento desemboca en una digresión ensayística o en el esbozo de un proyecto de escritura, como si, recordando a Saer, la narración se desarrollase a la manera de una praxis que segrega su propia teoría. Igualmente, lo que se asemeja a un ensayo se ve de pronto interrumpido por el relato de una anécdota o de un encuentro entre dos viejos conocidos. En la confusión de géneros, justamente, Benoît Coquil ha identificado una de las estrategias formales de las que se sirve Chejfec para hacer de la lectura de sus textos una prueba de paciencia y errancia.

      Por otra parte, las narraciones de Chejfec se asemejan más a ejercicios de documentación y exploración antropológica que a relatos ficcionales. Su método, si cabe llamar así a lo que les otorga una forma, emula una caminata sin destino prefijado. Caminata, y no paseo; en este último Chejfec advierte una inclinación a la complacencia, contraria a la experiencia de la simultaneidad multifacética de la que procura dar cuenta. Por supuesto, estas narraciones no dejan de ser ficciones, en el sentido de ser algo construido y artificialmente dispuesto, pero la clave de su lectura no pasa tanto por la identificación de personajes o por el seguimiento de una trama que se desenvuelve progresivamente hacia una conclusión. Se trata, antes bien, de acompañar el barrido de una mirada a través de su expresión lingüística, abordando la escritura como el registro de lo percibido durante un desplazamiento a pie y algo caprichoso por el espacio circundante del narrador.  A los narradores no debería exigírseles mucho más, según reflexiona uno de los difusos personajes del relato “Una visita al cementerio”; no más que “una irradiación discontinua, por otra parte sin resultados garantizados”. 

     Las ficciones de Chejfec no ratifican la decisión de no verdad a partir de la que se despliega el territorio de la literatura moderna. No se inscriben ni deliberada ni inevitablemente en el campo de lo imaginario. Por el contrario, el régimen de verdad que impide a la literatura el ejercicio de la atribución de decir lo real resulta suspendido por un registro de escritura que va hacia las cosas tal como estas se manifiestan, no precisamente en una presunta objetividad sino en una construcción o escena cuyo montaje es de factura humana. De aquí que cuanto más riguroso se torna ese registro más vacilante e intangible se presiente la realidad de lo que se ofrece a la percepción. En este punto, la densidad de la experiencia y la espesa selva virgen de lo real se confunden sobre un mismo plano. Un plano, de nuevo, incierto. Ni primacía del objeto ni soberanía del sujeto; antes bien, el incesante restablecimiento y disolución de ambos en el entre dos del lenguaje.

     De aquí la importancia del paisaje, recurrente protagonista de los relatos de Chejfec, pero también objeto de una persistente reflexión. Por una parte, el protagonismo del paisaje, como experiencia atiborrada de enlazamientos temporales y espaciales, a menudo antojadizos; su retraducción a signos escritos, su alojamiento precario en el horizonte mental de los eventuales narradores y la certeza de su transfiguración en el curso del tiempo bloquean el riesgo siempre latente de su naturalización. En los relatos de Chejfec, por el contrario, la inmediatez artística del paisaje es sometida a un conjunto de operaciones de desacople y problematización, que fuerzan a interrogarse por la historicidad y por el carácter artificioso de lo que se ofrece a la mirada, impidiendo su idealización. Así, en “Donaldson Park” la disposición armónica del paisaje encubre una despiadada lógica de transformación económica. Por otra parte, el observador no es un mero contemplador: la asimilación artística del paisaje resulta evidenciada en su simbiosis ideológica o, como en “El testigo”, en una arbitrariedad subjetiva que no se sustrae a la confrontación entre memoria y presente, tornando al observador un ser fronterizo, sometido a una inquietante inestabilidad.  

     A un procedimiento de algunos parecidos respecto del empleado por Chejfec, Annie Ernaux lo denominó “escritura fotográfica” y Rudy Kousbroek “fotosíntesis”. Sobre el umbral del fin de la Historia, donde los hombres merodean desocupados, sin rol histórico que cumplir más allá de las mil premuras que embargan su cotidianeidad, en la fotografía se presiente una nueva infancia para la literatura. De alguna manera, este es el tema de otro de los relatos incluidos en Modo linterna, “Novelista documental”: el valor documental de la fotografía y las circunstancias de producción del documento fotográfico se convierten en la condición de posibilidad del relato. Ya no la historia como literatura ni el escritor buscando un entierro decoroso ante la intimidante sucesión escalonada de marmóreos prodigios; pero tampoco la verdad. Lo que cuenta ahora en relación con la literatura es su relevancia. Se trata de dilucidar en qué medida la literatura puede decir algo significativo acerca de un mundo cuyo mobiliario parece ya completamente inventariado. 

     Es claro que desde una perspectiva como la de Chejfec la posibilidad de la literatura de decir algo significativo sobre el mundo no se resuelve ni se resolverá por el lado de lo dicho o por el de los contenidos de la representación, como si uno y otro pudieran disociarse. Si hay una politicidad de las prácticas artísticas y, en particular, de las prácticas vinculadas al trabajo sobre el elemento del lenguaje, esta radica fundamentalmente en su capacidad para volver manifiestas, acentuar u obstruir las formas instituidas de representación y, a veces, el proceso mismo y los efectos de su institucionalización. Desde este punto de vista, es perfectamente comprensible la situación de exterioridad desde la que Chejfec procura elaborar su mirada o, aún más, proponer o, incluso, legitimar un modo de mirar, documentar y testimoniar ajeno a la economía de las emociones que dinamiza la existencia histórica de una comunidad política: “lo mío es esta afuera -se lee en Teoría del ascensor (2017)-; cuando algo no me apela en términos prácticos me siento mucho más comprometido con eso y, sobre todo, curioso”. La tentativa de alcanzar este posicionamiento perimetral no puede equipararse, por cierto, con la ambición de encarnar el punto de vista del ojo de Dios, porque el lugar del sujeto y la identidad del observador también resultan sometidos a idénticas operaciones. De ahí que los narradores de los relatos de Chejfec resulten resbaladizos al examen psicológico, moral o político, como si padecieran incesantemente un escamoteo identitario, a la manera del nouveau roman. 

     Para Chejfec, al igual que para Saer, la experiencia estética ha de preservarse como un modo radical de libertad. Entre otras cosas, esto implica ponerse en guardia contra la tentación de claudicar frente a los requerimientos  de una parcialidad política o social o a sus demandas de acumulación de fuerzas en un escenario de confrontación. Caminar, sí, pero sin atender a los que gritan o formulan interpelaciones directas o indirectas; desplazarse, también, pero no tanto entre la gente, que podría interrumpir con sus requerimientos la cadena libre de asociaciones que provoca una simultaneidad multifacética, como por zonas urbanas escasamente transitadas o sin mayores probabilidades de contacto humano. “Hacia la ciudad eléctrica”, el último de los relatos que integran Modo linterna, propone esta reflexión: 

“por más que los escritores busquemos abrirnos, inspirar y ser inspirados por la realidad, nuestra actividad no es penetrable por los no escritores, y por lo tanto la natural apertura hacia el mundo es percibida como cerrazón, cuando en realidad los cerrados son los demás, y no nosotros”.

     Para el narrador, frente a la curiosidad ávida del escritor, los demás se encuentran como aquellas garrapatas estudiadas por Von Uexküll, es decir, adormecidos en un mundo circundante que les resulta menesteroso, sin experimentar mayores variaciones por largos periodos de tiempo. ¿Podría la literatura contribuir a estimular una nueva forma de sensibilidad? Es posible, parece decir Chejfec, pero solo para pocos, solo para un puñado de exiliados estéticamente intransigentes. Aunque no lo parezca, la posibilidad de una verdadera experiencia estética debe satisfacer para Chejfec una suerte de requisito ético, al que los antiguos denominaron ataraxia. La experiencia estética no es universalizable y el escritor no ha de pretender hacer de su escritura la voz de otros. Solo la paciente sedimentación de una cierta “imperturbabilidad del ánimo” se presenta como el terreno adecuado para el cultivo de una nueva era de la curiosidad literaria, siempre en riesgo de ser ocluida por el fárrago de la simultaneidad de la experiencia social contemporánea. En el domingo de la Historia, la sofisticación parece ser el último recurso de los hombres honestos.

IGNACIO BARBEITO

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Su investigación se enfoca en la historia intelectual latinoamericana, la historia de los conceptos y la literatura documental.

Sancamaleón (2001), Sancamaleón

MÚSICA/HISTORIA
EMILIANO TAVERNINI

Sancamaleón (2001)
de Sancamaleón

Todo se compra si todo se vende

emoción en el jingle de un detergente

educa al hombre, hacelo decente

la tele y el fútbol no son suficientes (…)

abran bien los ojos que la fiesta terminó

abran corazones 

que no hay tiempo que perder aquí”

Sancamaleón, “Abrí tu boca” (2004)



     A fines de 2021, con motivo de los veinte años de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, advertí que ciertas memorias sonoras de ese acontecimiento pasaban desapercibidas. El ruido de las cacerolas, de las balas de goma, de las vidrieras estalladas y las sirenas de ambulancias y patrulleros suele ser recuperado en los documentales que abordan el período, no así la música que sostenía el subsuelo de la patria sublevada. Para muchxs, las memorias de la rebelión de 2001 están ligadas a la fusión de hardcore, samba, hip-hop, candombe, funk y ska; a letras que llenaban la boca de palabras que perdían su forma porque eran dichas con bronca y se arrojaban como escupitajos en la cara de un enemigo claramente definido. Estos sonidos irreductibles accedían al habla pública como vibración irrefrenable, pogos nerviosos e intempestivos. A diferencia de amplias zonas de la poesía de los Noventa que confundía transgresión con statu quo, la poesía crítica se aglutinaba promediando el fin de siglo en las letras de rock.

     Resulta un lugar común referir que en 2001 la Argentina caía en el abismo bajo los efectos de una resaca que no la dejaba vislumbrar el futuro a corto plazo, mientras el pueblo pagaba la fiesta de los años menemistas y la triste austeridad de los años delaruistas. En agosto de ese año, una banda formada por Federico Cabral (voz) y Diego Fares (guitarra) se juntaba en su sala de ensayo y grababa en una computadora personal su primer demo, bautizado con el nombre del grupo, Sancamaleón. Completaban la formación Román Montanaro en percusión, Patricio Pérez en piano y teclados y Nicolás Moauro en batería. El disco fue producido por Hernán Bruckner, guitarrista de Árbol, banda que todavía no había llegado a los niveles de popularidad posteriores a Chapusongs (2002). 

     En Sancamaleón el malestar de la cultura emerge a lo largo de seis tracks: 1- “El camino”, 2- “Un día de estos”, 3-“Carne” (intro), 4- “Carne”, 5- “Arriba!” y 6- “Sambódromo”. El arte de tapa del CD juega con el absurdo y el humor que va a ser característico en el diseño del primer disco de estudio oficial Cancionero para niños sin fe (2004), pero también en las intervenciones realizadas desde la página web sancamaleon.com.ar (que lxs curiosxs pueden recuperar a través de archive.org). Desde nuestro presente observamos esa fotografía como un cuadro de época. A simple vista parece jugar con la idea de un adolescente que quiere seguir durmiendo hasta tarde, que está dado vuelta y confunde la cama con un placard. Sin embargo, una vez que le damos play al disco advertimos que las letras y las melodías complejizan ese minimalismo y el mueble comienza a tornarse cajón mortuorio, tal vez autoconciencia de la acechanza de un nuevo filicidio de las juventudes argentinas.

     El proyecto era completamente autogestivo y contó desde el comienzo con ingeniosos videos realizados a muy bajo costo por Juan Cabral, hermano del cantante, que contribuyeron a posicionar a la banda en un marco federal mediante las emisiones que en la madrugada realizaba la señal de cable Muchmusic. El video del primer corte, “El camino”, continuaba la línea estética de Pizza, birra, faso (1997) de Adrián Caetano y Bruno Staganro y se leía en espejo con el pasaje de los niñxs de “11 y 6” (1985) a los adolescentes de “El chico de la tapa” (1990) en la obra de Fito Páez. Son los tiempos del Frente Vital retratado por Cristian Alarcón en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (2003) y la liberación violenta es una salida deseada, mítica, momentánea, anárquica y contraépica que se condensa en el videoclip de Cabral. La imagen de dos niños expropiando al capital financiero y a una juguetería es una secuencia sincrónica a la organización de los primeros saqueos a supermercados en el conurbano bonaerense.  

     En el proyecto de Sancamaleón pervivía una ética del trabajo independiente que se remontaba a la tradición de los progresivos de los sesenta-setenta y que unos años después cristalizó en la emergencia del “indie” del siglo XXI. Si bien Zeta Bosio seleccionó un tema del grupo (“Flotar”) para su cuádruple panorama Gen 00 (2001), tomaron la sabia decisión de no subirse a ese caballo. Oportunidades no les faltaron. En aquel 2001 Daniel Hadad era uno de los formadores de opinión mediática más importantes en la defensa de las políticas económicas de Domingo Cavallo y dedicó un programa a perseguir el videoclip de “El camino”, que posteriormente fue censurado por el COMFER. Cuenta la historia que hasta el productor de Jorge Rial quiso tentarlos con dólares y visibilidad para llevarlos a su programa de chimentos.

     Los muchachos de “Sanca” nos invitaban a oír el tic tac de la bomba que estaba a punto de estallar, hacían perceptible un cúmulo de tensiones sociales que sí o sí debían canalizar en la acción directa por vacancia de representación política y que incluso anticipan la momentánea confluencia de piquetes y cacerolas: “Veo que llegó la hora / de que las cabezas empiecen a rodar, tictactictac / en tu trabajo, estás cavando / la tumba que vas a usar (…) Un paso al frente / hijo de perra vas a ver lo que es sufrir / estás condenado / a lamerle el culo a una AFJP / Arréglense bien, sirvan el cocktail, / la cosa se está poniendo fea / la mascota se cansó / de que la traten mal y ahora está mirando para acá”, amenazaba “Un día de estos”. En este tema también hallamos en estado embrionario una recurrencia de la literatura argentina post 2001, la de los futuros distópicos que quizá tenga en el 2492 imaginado por Tato Bores en “El misterio de la Argentina” (1992) un inspirador: “y había una vez un país en el sur / ¿por qué no está? / nunca sabremos bien”.

     Las letras funcionan como exorcismo de la cultura del consumo “no quiero agrandar mi combo, / y un día de estos voy a explotar” y contribuyen a darle al cuerpo un lugar preponderante. En “Carne” se confía más en las verdades de ese lenguaje que en los discursos articulados que se revisten de falsedades e hipocresías: “me dan asco las palabras / arreglemos nuestros / problemas en la cama”. El cuerpo también se convierte en sinónimo de una alegría popular, plebeya y murguera que puja por un poco de oxígeno mediante un baile liberador y carnavalesco que pone el mundo patas arriba: “Quiero dejar de pensar / y que mi cuerpo / se mueva por sí solo / quiero arrancarme la cabeza / quiero que crezca la maleza / no quiero más el bajón / quiero aprender a sambar”, dice “Sambódromo”. En los shows en vivo este tema permitía aliviar el agite de los pogos y funcionaba como ritual de celebración de las esperanzas compartidas.

     El demo sintetiza la bronca que se vivía en la calle antes de que el adjetivo definiera el resultado de las elecciones legislativas de octubre. Las puertas que permitían sortear el nudo gordiano de la coyuntura son representadas como pasajes a cierto misticismo indoamericano que lleva a la banda a una búsqueda de los orígenes que se entrelaza con el descubrimiento de la riqueza cultural andina.

     La imagen del relámpago, trabajada como concepto por uno de los poetas más interesantes del período, Martín Gambarotta en Seudo (2000), acontece en “El camino”: “lanzas de fuego que cruzan la noche, somos miedo en tu cara embalsamada”. Hay una experiencia social condensada en esos versos, una equivalencia entre juventud y violencia “no nos jodan porque somos violentos” que realiza un montaje de distintos momentos históricos y permite ofrecer como programa de resistencia la recuperación de memorias hasta entonces negadas, así como una mirada federal de la crisis política contemporánea: “Quiero un país / que mire hacia adentro / del tiempo del viento / un ojo inmenso / y no te olvides de lo que pasó” escuchamos en “La venganza de la pachamama”, tema que le da nombre al segundo demo grabado en vivo en 2002.

     Sancamaleón fue parte de ese enunciador colectivo que surgió al calor de la crisis de 2001 y que conectaba en una amplia red a la escena del under de la que participaban entre tantos otros grupos Dios, Nuca, Resistencia suburbana, Las manos de Filippi o Actitud María Marta. Eran propuestas híbridas que configuraban nuevas subjetividades y acogían al oyente en territorios precarios, marginales, de cruces dinámicos, creativos, solidarios y resistentes. En estos espacios lxs músicxs con más ruedo oficiaban como productorxs, compañerxs de fecha, guías o promotorxs de quienes recién se incorporaban al circuito. 

     La noche del 30 de diciembre de 2004, mientras llegaban las primeras noticias de la masacre de Cromañón, Sancamaleón compartía una fecha en Cemento con Nuca, fueron las últimas bandas en tocar en ese mítico escenario. La bomba estalló en Cromañón, no en Cemento. Obviamente, el dueño era la misma persona y podemos pensar que la tragedia le habría podido pasar a cualquiera, de hecho los mismos músicos fueron los primeros en advertir los riesgos innecesarios que se corrían asiduamente por la negligencia de los organizadores y la naturalización de la misma. Sin embargo, la mecha explotó con una banda que enarbolaba una estética que pujaba por posicionarse en el paraíso del éxito y la masividad, que veía en los colegas rivalidad y competencia y que le daba un lugar demasiado trascendente al show del público congregado. Sancamaleón nunca tuvo el berretín noventista de “pegarla”, al contrario, sus integrantes contribuyeron a develar las virtudes y las libertades que ofrecía el under para la creación artística, posicionamiento político estético que se expresó en su tercer LP de estudio Afuera (2010) que salió con un arte de tapa que asemejaba la lista de temas de un show y se parecía más bien a un CD grabable.

     Hace un tiempo entre las crónicas y los artículos compilados por Mariana Enríquez en El otro lado (2020) encontré varios homenajes a los que denomina “dioses de la adolescencia”: actorxs, músicxs, escritorxs significativos en ese período de la vida de redefiniciones identitarias. La narradora manifestaba en un texto escrito con motivo de la muerte de Luis Alberto Spinetta que le daban miedo las personas que no eran fans de algo: “el estado del fan (…) es muy grato. El fan ha encontrado una manera de aliviar las desdichas de este mundo. Está menos solo que los demás, vive más intensamente”. Lo que no desarrolla allí Enríquez es lo que ocurre cuando nos distanciamos de esos faros, a lo mejor porque se demora demasiado el siguiente disco, a lo mejor porque cambiamos de frecuencia, los motivos son múltiples y complejos.

     Cuando salió el segundo álbum de Sancamaleón, Polenta (2007), sentí que algo se había perdido, menos hardcore, más pop, menos indagación latinoamericana, más sintetizadores. Para que se entienda, algo así como un pasaje de Todos tus muertos a Estelares. Cuando Babasónicos sacó Jessico (2001) continuaba por otros rumbos la búsqueda de Miami (1999), un destino natural en el derrotero de la banda. A lxs fieles de la primera etapa Sancamaleón nos exilió a un país donde se hablaba un idioma desconocido. En Polenta se propusieron combatir la etiqueta de banda contestataria que de alguna manera había cristalizado con las imágenes de archivo del videoclip “La venganza de la Pachamama” (2002). Fueron dignos y fieles en su búsqueda, no se conformaron con hacer de actores de lo que fueron (Mollo dixit). Ya entrados los 2000 “Sanca” leía nuevamente el presente de manera atenta. Un nuevo concepto de Estado, más inclusivo, se abría paso con la asunción de Néstor Kirchner, a muchxs la ficha nos cayó recién con el primer mandato de Cristina. Con esto no pretendo delimitar y clasificar la ideología política de los integrantes de la banda, que francamente desconozco, sí advertir que el cambio respondía a la percepción de otro momento histórico. Recuerdo que el público de Sancamaleón se iba modificando con la salida de cada nuevo disco, algunxs íbamos todavía a verlos por esos momentos de eternidad que eran los primeros simples, los eternos pogos, las presentaciones en El viejo varieté de La Plata; otrxs conectaban con Polenta, otrxs ya casi al final con Afuera, que fue una especie de reencuentro. Sancamaleón se separó en 2011, a modo de balance, quizá podamos decir que lo más valioso del proyecto haya sido juntar a esas tribus tan distintas en un mismo ritual. Hoy les agradecemos por habernos hecho comprender a la identidad como cofradía de diferencias: “y me niego a creerme / que tengo que tener miedo / a la gente diferente, / y es que pienso que tu / idea de seguridad / es la cosa más absurda / y egoísta que escuché”.

EMILIANO TAVERNINI

Es profesor en Letras (UNLP) y magister en Historia y Memoria (IdIHCS-CONICET). Estudia la relación entre literatura y memoria en la Argentina reciente, en particular la poesía de los hijos de militantes políticos.

Líneas móviles (2018), Andrea Iriart

POESÍA
VALERIA PUJOL BUCH

Líneas móviles (2018-en proceso)
de Andrea Iriart

      Un jardín en un fondo platense, exhibe un galpón con escrituras vivas. La casa pertenece a Andrea Iriart y en su galpón de doble altura se despliega LÍNEAS MÓVILES. Ciento cincuenta metros cuadrados escritos en paredes crudas y grafías que se despliegan a mano alzada. Una obra en los Altos de San Lorenzo que convoca la experiencia de un campo abierto: leer, crear, intervenir. Y sobre todo, permanecer en su contemplación.

     Andrea Iriart nació en De La Garma, un pueblo al sur de la provincia de Buenos Aires. Es escenógrafa, poeta, letrista, constructora, mujer y madre. Coordina talleres de artes visuales y literatura en la Grieta, espacio del que es parte desde sus inicios. Publicó Lobos (Sirga, 2015), con ilustraciones de chicxs del taller Fuera de Cuadro y participó de Antología poética (Comuna Ediciones, 2019), entre otras antologías. Se formó por caminos propios y convidados en seminarios y talleres, y explora las formas allí donde todo es curva, borde e intersecciones. 

      En 2019 inició el ciclo de conversaciones Temporada de patio, una serie de charlas que se sigue gestando ahora como escritura viva en su jardín. En esos años, cuenta Iriart, los diálogos sobre feminismo y disidencias se dieron debajo de una enredadera. Pero allí mismo se abrieron las temáticas. Muchas personas convocadas por las redes sociales la visitaron. Conversaron sobre género(s) y sobre las problemáticas del ser, y así Iriart fue hallando una línea de continuidad, un traslado, una transcripción de Temporada de patio hacia LÍNEAS MÓVILES.

      El campo de su arte abierto raspa el poroso límite entre lo público y lo privado, recuperando de sus anotaciones en cuadernos, los intercambios en Temporada. Así se van moviendo los elementos de su obra desde el interior hacia el exterior, o a más exteriores. Con la posibilidad de que esas porciones de charlas se incorporen a otros ensambles, con varios temas y nuevas voces, porque en Iriart todo intercambio puede ser sistematizado en arte. 

Si bien múltiples obras se desprenden de este galpón y de la artista, nos concentraremos en LÍNEAS MÓVILES donde Iriart juega, explora los trazos poéticos-espaciales y distintos ensayos. Y lo hace en blanco sobre cemento. Un blanco que discurre. Para construirse, para romperse, para transformarse. En ¿silencio? 

 

La pared como tiempo y espacio

 

El muro siempre ha sido un lugar para publicar tu trabajo.

BANSKY

 

     Poner el cuerpo, crear con las manos. Valerse de la brocha y del blanco para intervenir la pared como una piel. La pared como soporte de la palabra. La palabra sobre la piel-pared. La escritura en el aire, en su arte visual. 

     “Me encontré con el crudo de mí, el crudo de estas paredes, el crudo de una construcción que tenía que transformarse y evolucionar para otro lado”, dice Andrea Iriart sobre el proceso.

       En estas paredes, Andrea transcribe fragmentos de poemarios propios, inéditos y publicados, que hace jugar con el espacio de forma circular. Si la palabra (se) escribe en aire, en redondo y de manera fragmentaria, sus contenidos estallan junto con la noción misma de secuencia. 

      El tiempo también aparece interviniendo esta superficie textual. “Hace poquito terminé de sacar los muebles, de vaciar el espacio. Esto generó algo, un ruido en la escritura. Es muy notorio ese cambio en la grafía. La trama que quedó luego del último mueble que saqué, se ve diferencial y marca otra temporalidad”. Temporalidad de un trazo que alcanza un ritmo propio. 

Un tiempo de obra.

 

 

En construcción

ESA MUJER SUCEDE EN LA NOCHE ESCRIBE UNA PROCLAMA DE AFECTO

Andrea Iriart (AI)

 

      La transcritura trabaja con la selección, el quiebre y la apertura en la obra poética de Iriart. ¿Cómo construye? La artista entra al espacio con un texto, selecciona alguna línea y luego elige una pared para escribir en redondo. Una o dos líneas aquí, otras allá. Cuando termina con el texto, se esquirla. Lo mismo con todos. Pasan los días y eso plasmado allí, disperso, genera un poema plástico, tan relevante como astilla. Se ve un proceso espacial de escritura que construye infinitas entradas y que suscitan nuevas obras, flujos. Lo infinito. 

     La artista interviene los intersticios, completa las líneas vacías, los no blancos. La relevancia de la línea allí no tiene que ver con el tamaño ni con el pincel, sino con que simplemente entró en los huecos. Es una escritura poética por los bordes, que reflexiona y deambula breve y profunda. Se le percibe el campo, el paisaje, la problemática de la mujer y su vínculo con las ancestras. Una reflexión sobre la misma escritura, como se observa en el siguiente trazo de la obra: 

     Formas en juego, con las palabras y con lo que de ellas se escapa, como se observa en otras de sus superficies textuales de la obra: APENAS PUDE RECONOCER LA VIBRACIÓN DE ALGUNAS VOCALES Y EL SILENCIO DE UN GESTO.

    En el proceso, la escritura gira alrededor de ensayos vinculados con la blancura, la materialidad del lenguaje, el feminismo, el arte relacional y aquello que orbite alrededor de su autora.

 

La blancura

ESCRIBIR EL AIRE ES COMO MORDERLO.

Andrea Iriart

 

     El blanco, claridad máxima, aparece en esta obra como pregunta. En lo visual, el blanco es todo y la vez es nada. Se presenta en todas sus posibilidades, en su inmensidad.

     Resulta muy atractivo pensarlo como materialidad para ser leída. ¿Cómo se lee la blancura? Andrea Iriart dialoga con la escritura de un modo inverso, ya no para romper la hoja en blanco porque cuando llegue al blanco va a estar todo escrito.

¿Qué pasará cuando todo esté allí, cuando el blanco lo contenga todo?

     El final del ensayo de la blancura está elaborando las conclusiones, pero todo tiende a un borramiento. Porque el camino de escritura en los huecos señala que este espacio va a quedar completamente escrito. 

    Sobre el hechizo del blanco reflexiona Ismael, el personaje de Melville, en Moby Dick. Se pregunta por qué la blancura atrae con tanta fuerza al alma: “¿Será porque su falta de límite proyecta la sombra sin corazón de los vacíos e inmensidades del universo y por eso nos apuñala por la espalda, con intención de aniquilarnos, en el momento en que se contemplan las blancas honduras de la vía láctea?”. 

     Ismael se pregunta sobre lo inasible y su inmensidad. Eso que se contempla y que nos enseña a maravillarnos con el mundo, aunque también nos puede matar. 

     En diálogo con el Golpe de dados de Mallarmé, se releva la plástica de la poesía con su musicalidad. Con una distribución del blanco: la noción de vacío. Según María Negroni, la búsqueda incesante del blanco es similar a la necesidad de tocar con la punta de la lengua el silencio, tarea tenaz de la poesía. La poesía es consciente de lo que se escapa. Un vacío, siempre lleno que nos acerca al silencio. Ella dice: “Mi sueño imposible es escribir un libro sin palabras, como el famoso libro blanco de Mallarmé”.

     En su ensayo de la blancura, Andrea Iriart explora el imposible, la mordedura que en su luminosidad desborda. Y en este ensayo, se desafía a sí misma como una forma de reírse de sus miedos porque en el blanco encuentra algo nuevo, siempre, algo que se le ofrece como nueva posibilidad. 

 

Lecturas como errancias lúdicas 

Los últimos en contemplar una imagen

también le dan forma.

BYUNG-CHUL HAN, Shanzai

 

     Esta obra produce una forma diferente de ser leída. Quien lee puede ser percibido como un sujeto coautor. Desde distintos puntos del galpón, cada leyente puede construir una obra a su modo. Los originales ya fueron rotos por la artista y en la lectura antojadiza se vuelven a romper. Iriart me dice: “Muchas veces desconozco lo que leen y eso me fascina. Eso no lo escribí yo. Me produce extrañamiento”. 

 

Un ejemplo de lectura errática

 

Se puede leer escogiendo palabras con T de una pared: TRAZO RITMO INCESANTE

O, leer con celeridad desde abajo hacia arriba en otra pared: SU SOMBRA SE METE POR LOS HUECOS INDÓMITA

También, que se dé la lectura de una línea cualquiera: CON EL LATERAL DEL OJO BARRENAR EL ESTE EL OESTE SOPLAR EL MOLINO Y EL RELINCHO

 

Recorridos

     Desde 2020, LÍNEAS MÓVILES se encuentra en registro. Sobre el piso del galpón se ve la marcación de un trípode. Por el espacio actuó el fotógrafo Diego Chapay, quien genera su propia obra, de forma simultánea. La(s) obra(s) se exhiben por plataformas digitales, redes sociales, y así la (s) obra(s) entra(n) en difusión imprimiendo un nuevo ritmo.

     LÍNEAS MÓVILES trajina un laboratorio permanente, donde la participación colectiva la transforma, la expande y desvía al punto de provocarle su desconcierto. 

     Desatar otras obras e intervenciones colectivas es intencional, cuenta Iriart. Se acercan otrxs a leer en voz baja, en voz alta, a hacer intervenciones con danzas, con luces y sombras, con linternas y equipos sonoros. Son múltiples. Y para el campo fértil, colaboran distintxs amigos de Iriart en la coordinación de estas visitas. 

     LÍNEAS MÓVILES circula en las redes sociales, pero sobre todo en la vida real. Viajó en formato video a un taller literario de Bariloche, su técnica recorrió las galerías platenses y, la obra al fin, está en diálogo con poetas, escritoras y escritores de La Plata y de más allá. 

     Por los Altos de San Lorenzo circula mucha gente. Las puertas están abiertas para que se acerquen poetas, escritores, escenógrafos, estudiantes, artistas en general. 

En el jardín, lxs curiosxs son bienvenidxs.

 

Escritura aumentada 

ESTO NO ES UNA CASA SINO

UNA FORMA DE HABITARNOS

Andrea Iriart

 

     Andrea Iriart en esta obra, no solo crea desde los bordes, sino que también produce rupturas múltiples. Una que ya recorrimos, se vincula en cómo vuelve porosa la distinción entre lo público y lo privado. Pero también pone en tensión la noción de centro y de periferia cuando crea desde un barrio relegado, impregnado de prejuicios y múltiples violencias, y que ahora eso que sucede allí es reclamado por el centro. 

     Por la densidad de las capas significativas que habitan estas paredes como dispositivo textual, por la espacialidad de su escritura, por la movilidad a la que convoca, por las lecturas infinitas que suscita y por su circulación no hegemónica, LÍNEAS MÓVILES abre nuevas posibilidades estratégicas de circulación que rompen con las naturalizadas. Por todo ello, sortea el hipersaturado mercado editorial cuando desborda en escritura aumentada. Luce un aura resplandeciente, un aura única e irrepetible en su aquí y ahora, en donde la duda y el propio extrañamiento de la artista están habilitados. 

     “¿Si me provoca duda? A veces me pregunto qué estoy haciendo, ese tipo de dudas las tengo y me gusta que sucedan. Hay lugares donde la obra se vuelve ilegible. Eso también me gusta. Pero si algo es ilegible, aparece otro nuevo borde, y está bien. Imaginate cuando solo quede blancura, todo esto se va, y está bien que se vaya, ¿no?”, reflexiona Iriart.

 

¿Cómo visitar esta obra fascinante de sistema abierto? Contacto para visitas: iriarturruty@gmail.com / @andrea_iriart (IG)

 

Referencia: 

Entrevista en Infobae Cultura, María Negroni: “Escribir es horrible, es tremendo, es un privilegio, es una desgracia” – Infobae [consultada el 14/12/2021]

VALERIA PUJOL BUCH

Egresó como Comunicadora Social de la UBA. Se dedica a la difusión de la ciencia y es docente de la Universidad Nacional de Lanús. Pilotea sus días entre sus tres amores: las ciencias sociales, la literatura y la maternidad.

 

Los futuros del pasado. Marxismo, peronismo y revolución: una historia de las FAR (2021), Mora González Canosa

HISTORIA
FERNANDA TOCHO

Los futuros del pasado. Marxismo, peronismo y revolución: una historia de las FAR (2021)
de Mora González Canosa

     El libro de Mora González Canosa, fruto de una investigación de largo aliento que recoge los principales aportes de su tesis doctoral ampliada, sin duda se inscribe en uno de los campos más dinámicos de la historiografía reciente argentina y latinoamericana: la historia de la Nueva Izquierda de los años ’60 y ’70, los procesos de insurgencia social y lucha armada y las militancias revolucionarias. Precisamente la obra se publica dentro de la colección “Pasados Presentes” de la editorial Prometeo, dirigida por Débora D’Antonio, en diálogo con trabajos de destacados/as profesionales que logran sintetizar y a la vez enriquecer con nuevas preguntas y enfoques los principales núcleos de las investigaciones previas sobre estos convulsionados años, contribuyendo a una renovación de las agendas de investigación trazadas en este fértil campo de estudios.
En concreto, la autora reconstruye con una notable capacidad analítica y rigor empírico, la trama de acontecimientos que dieron lugar al origen y trayectoria de una de las organizaciones revolucionarias más singulares de los años 70 en nuestro país, aquella que asumió la identidad peronista desde una “sensibilidad de izquierda”, y de las menos conocidas hasta el presente: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).
     Al respecto, en el libro podemos encontrar un ejercicio metodológico de doble descentramiento que realiza su autora en relación con las tendencias más generales de la literatura sobre el período: por un lado se aboca al estudio sistemático de una organización lateral respecto de las que resultaron hegemónicas en aquella época, y que por lo mismo han recibido la mayor atención dentro de la historiografía, nos referimos a PRT-ERP y Montoneros. Se trata entonces de un sustantivo aporte dentro del subcampo de conocimiento de las organizaciones armadas peronistas –y también del peronismo “a secas”-, que logra dar cuenta de su gran heterogeneidad interna y la multiplicidad de senderos confluyentes y divergentes que en torno al ideario revolucionario reunió en su seno dicha fuerza política. Por otro lado, decíamos, el descentramiento que realiza respecto de la periodización elegida para construir su objeto de investigación, ya que para estudiar en profundidad a las FAR –una organización que duró en sí misma tan sólo tres años, desde su aparición pública en 1970 hasta su fusión con Montoneros en 1973-, la autora se traslada a los tempranos años sesenta reponiendo en toda su densidad el contexto intelectual y político, junto a los debates teóricos, las estrategias ensayadas y las experiencias fallidas que dieron lugar a la trayectoria de sus grupos fundadores.
     De esta forma, la dimensión temporal privilegiada en el análisis –que se vuelve un elemento central en la obra- no sólo ayuda a contrarrestar la propensión más general de los estudios sobre el campo que han centrado su atención mayormente en los sucesos posteriores al Cordobazo y la álgida coyuntura del año 1973, sino que permite recuperar las tramas sociales y políticas más densas y al calor de las cuales se forjó la historia de la organización. Precisamente esta dimensión procesual hace posible a lxs lectorxs acercarse y conocer las alternativas políticas que afrontaron y las estrategias que ensayaron los sujetos en ese momento histórico, evitando así una mirada determinista y anacrónica que ocluye la racionalidad política y la lógica de las acciones impulsadas por estos actores, en el marco de las opciones disponibles en el período.
     Estas coordenadas metodológicas y analíticas por las que nos lleva la obra, se inscriben explícitamente en el enfoque y el concepto de Nueva Izquierda desarrollado por Cristina Tortti en sus investigaciones. Escribir una historia de las FAR desde esta perspectiva, tal como señala González Canosa, contiene una enorme productividad por varias cuestiones. Desde una dimensión más teórica y política, plantea la discusión con aquellos trabajos que desde los años ‘80 en adelante, han tendido a reparar en el fenómeno de la violencia política y la supuesta irracionalidad de las organizaciones armadas como clave explicativa fundamental del periodo, construyendo una mirada sesgada y condenatoria sobre los sucesos analizados que obstaculiza su cabal comprensión en términos históricos. Por el contrario, la conceptualización de la Nueva Izquierda que sustenta el libro contribuye a una mirada de conjunto sobre el fenómeno epocal de la lucha armada y las organizaciones político militares que -aun cuando la atención se focalice en ellas y en la fuerte presencia del componente armado- permite inscribir su accionar en una trama mayor de expresiones políticas radicalizadas y contestatarias agrupadas dentro del “campo del pueblo” y la “revolución”, analizando de esa forma los vínculos y adhesiones gestados entre los distintos grupos, movimientos y organizaciones que protagonizaron el fenómeno de envergadura de protesta social y política revolucionaria característico de aquellos años.
     Asimismo, dicha perspectiva sobre la Nueva Izquierda se torna sumamente fecunda en cuanto permite observar las articulaciones, debates, transformaciones y rupturas entre distintas tradiciones político-culturales, no todas ellas incluidas por otros enfoques sobre el tema. Básicamente: el peronismo, el nacionalismo, el catolicismo y la izquierda. Se trata entonces, explica la autora, de una conceptualización que, a diferencia de otras, no circunscribe el fenómeno a las experiencias armadas ni tampoco lo reduce a los itinerarios exclusivos de la izquierda, sin incluir sus múltiples hibridaciones con otras tradiciones políticas, en particular el peronismo. En este sentido, el libro se convierte en un valioso instrumento para comprender mejor el mundo de la Nueva Izquierda, en la medida en que logra transmitir y volver inteligible el proceso a través del cual las FAR se convirtieron en la expresión medular del fenómeno de la “peronización” de vastos sectores de izquierda por esos años. Pero lo hace reconociendo su perfil singular, vale decir –en palabras de González Canosa- a través de un cauce específico de radicalización política, donde desde la izquierda y el marxismo –sin romper totalmente con estos elementos – se opta por el peronismo y la lucha armada, proceso que difiere del que asumieron otros grupos provenientes del mundo cristiano, el nacionalismo y el peronismo.
     Para dar cuenta de estos hechos la autora apela a dos ejes conceptuales que van en sintonía con las diversas etapas en el desarrollo de la organización y que estructuran la tesis del libro. Por un lado, sostiene la idea de un proceso de doble ruptura que se encuentra en la base de la constitución de las FAR: aquella que operó a nivel de las tradiciones político culturales de la izquierda liberal –fuertemente críticas del peronismo- en la que comenzaron su militancia sus grupos fundadores; como a nivel de las prácticas, estrategias y formas de hacer política que privilegiaba la vía no armada y los métodos legales de lucha (al calor del impacto que produce la revolución cubana). Si este proceso de doble ruptura (la relectura en clave positiva del peronismo y la asunción de la lucha armada) marcó la gestación de la organización, no obstante –explica la autora- el itinerario posterior de las FAR conservó ciertas huellas de origen que le imprimieron su perfil distintivo como organización: la huella marxista como prisma para interpretar el peronismo, y la impronta guevarista en sus métodos de acción política y en su relación con las masas. Ambas huellas se verán atravesadas por los cambios en la dinámica política nacional que hacia 1972-73 desembocó en la apertura electoral, lo que –tal como se analiza en los últimos capítulos del libro- conllevará interesantes variaciones en los planteos y posicionamientos de las FAR que contribuyeron a su acercamiento con Montoneros.
     En función de estos ejes conceptuales, el libro analiza en sus primeros capítulos las reconfiguraciones ocurridas en la cultura política de la izquierda argentina del período, reconstruyendo en particular el itinerario que recorrieron los grupos fundadores de la organización, desde sus agrupaciones partidarias iniciales (fundamentalmente el PC y el MIR–Praxis de Silvio Frondizi), las discusiones político- ideológicas que sostuvieron sus militantes con los referentes y paradigmas de la “vieja izquierda”, y sus rupturas, hasta la constitución de nuevas organizaciones ya inmersas en una reinterpretación del peronismo (sin asumirlo aún como identidad política pero considerándolo como un “estadio positivo” en el desarrollo de la conciencia obrera) y la lucha armada (pensada como la forma más elevada de lucha política y una práctica ineludible para acceder al poder). Por este sendero, la autora nos muestra el frondoso universo de debates e ideas con las que estos grupos se enfrentaron y/o identificaron, y el conjunto de estrategias políticas que buscaron poner en marcha (desde los viajes de entrenamiento a Cuba y la participación foquista en el ELN fundado por Guevara, hasta la temprana identificación con Nasser y la apuesta por un golpe militar de base popular) las cuales -más allá de su fracaso o mejor dicho, en función de ello- reponen el conjunto de alternativas políticas y vicisitudes que atravesaron sus militantes, volviendo de este modo inteligible el camino que los llevó de la práctica del foco rural a la guerrilla urbana, y de la órbita internacional a la nacional, con el consiguiente peso cada vez mayor que irá cobrando el peronismo en la vida de esta organización.
     Este es sin duda uno de los puntos más significativos de la obra que se desarrollará en los capítulos centrales: la asunción de la identidad peronista, acompañada de la persistencia de la huella marxista. Se trata ni más ni menos que de la convergencia entre el marxismo y el peronismo, un hecho gravitante en la vida de las FAR, y como vimos además, un eslabón trascendental en la geografía de la Nueva Izquierda. El libro logra reconstruir de manera sobresaliente el pasaje intelectual y político que emprendieron estos militantes desde el peronismo entendido como un “error”, a concebirlo y revalorizarlo como identidad política de la clase trabajadora, un gobierno que había llevado adelante un programa antiimperialista, anti oligárquico y nacional-popular. En suma, una experiencia que contenía elementos potencialmente revolucionarios, los cuales las FAR buscarían desarrollar desde su interior tanto a través de la teoría como de la lucha política misma. Este desplazamiento teórico-político implicó profundos debates sobre el movimiento peronista, el rol de su líder, la caracterización y vinculación con los sectores internos, etc., que la autora revisa con detenimiento en cada parte de su elaboración, permitiendo observar la lógica subyacente en la construcción de una estrategia discursiva a través de la cual los militantes de las FAR buscaron legitimar su filiación con el peronismo, desde una perspectiva marxista y un proyecto político cuya meta final era el socialismo.
     Para finalizar, “Los futuros del pasado…” se vuelve un aporte sustantivo no sólo para el conocimiento pormenorizado de la historia de esta organización político-militar tan singular y atractiva por todos los componentes que reunió y que el libro repone cabalmente, sino como aporte imprescindible para el debate más general sobre las formas que la política revolucionaria asumió en los años sesenta y setenta en nuestro país y en Latinoamérica, una época que lejos de expresar el mesianismo y la irracionalidad de una minoría “endemoniada”, como bien lo muestra esta obra, convocó a miles de sujetos racionales a organizarse políticamente y luchar contra las injusticias y desigualdades estructurales, conformando un movimiento de insurgencia del cual las FAR fueron una de sus expresiones y emergencias más notorias. 

FERNANDA TOCHO

Es Profesora y Doctora en Historia por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata. Sus investigaciones se centran en la reconstrucción y análisis del pasado reciente argentino. Es Docente de Historia General V y del Taller de Tesis de la Maestría en Historia y Memoria (FaHCE-UNLP). Investigadora en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS/UNLP-CONICET). Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas y capítulos de libros.

Crónicas marcianas (1950), Bradbury

NOVELA
FRANCISCO GIORDANO

Crónicas marcianas (1950)
de Ray Bradbury

    “Nunca creí tener tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Qué hombre tan extraño, y sin embargo, bien parecido”, comenta Ylla, nativa de Marte, a su esposo, señalando la posible existencia de hombres de un metro ochenta que desciendan a su planeta en naves de metal. Y así, al comienzo del libro, se formula la pregunta que más nos desconcierta. ¿Quiénes son, realmente, los verdaderos seres extraños que viven en un planeta lejano? Ray Bradbury se apropia de esta pregunta. A lo largo de Crónicas Marcianas, intenta responder quiénes son los marcianos, y en cada capítulo la confusión al respecto se vuelve mayor.
     En la novela, la definición de marciano es siempre variable. Y tiene sentido que lo sea, porque inicialmente la obra no se pensó como una pieza unificada, sino que se trataba de un conjunto de relatos cortos sobre el Planeta Rojo, escritos entre 1947 y 1949, y compilados a posteriori. Cada uno de ellos nos habla un poco sobre Marte, pero también sobre una sociedad que desde hace miles de años demuestra una empecinada obsesión con aquel planeta: la nuestra. Por eso, tanto en el libro como en las expectativas terrícolas, lo marciano no es más que una proyección de las inquietudes de distintas épocas y contextos.
     Para Bradbury, a veces, los marcianos son increíblemente parecidos a los terrestres, y en ocasiones completamente diferentes. La exploración del primer astronauta no fracasa por una falla tecnológica o un complejo choque con la cultura local, sino por un motivo vulgar y que nos suena próximo: la ira del esposo celoso de Ylla, volcada sobre el explorador cuya llegada esperaba ansiosamente su esposa.
     En otra ocasión sucede lo contrario. En lugar de humanoides con sentimientos símil-terrícolas, los marcianos son globos de luz luminosos, cuyos intereses permanecen en el misterio. Los religiosos que interactúan con estos seres intentan, testarudamente, atribuirles emociones humanas. ¿Piensan? ¿Conocen la moral? ¿Gozan de libertad e inteligencia?, se pregunta el padre Peregrine después de establecer contacto con ellos. De esta manera, el autor nos revela los dos tipos de reacciones que suelen ocurrir cuando un grupo se enfrenta con el desafío de conocer otra cultura: o bien negar o ignorar la distancia cultural, creyendo que los otros son similares a nosotros o a nuestros vecinos, o bien suponer que son completamente distintos, proyectándolos como una cultura opuesta a la propia. Dos reacciones que también han caracterizado a nuestra relación con Marte, similar a la Tierra en tantos sentidos, vecino próximo y familiar en comparación con los demás, pero a la vez fuente de temor y fabulación, espacio mítico, depósito de los imaginarios terrestres sobre la posible vida en otros mundos.
     La obra es también una crítica a la sociedad estadounidense de los años cincuenta, encaprichada con la expectativa de llegar a la Luna y colonizar otros planetas, pero incapaz de desprenderse de su intolerancia y prejuicios, al punto de repetir la cruel experiencia de la conquista colonial en el Planeta Rojo, que se nos muestra como un espejo de la colonización europea en América. Personajes como Benjamín Driscoll intentan transformar Marte en una nueva Tierra, instalando pueblos a imagen y semejanza de su planeta de origen, y trasplantando especies vegetales que lo hacen más habitable para los terrestres, sin importar sus consecuencias para los nativos marcianos. Las expediciones de los astronautas Williams, Black, Wilder y Spender nos recuerdan a Colón y los hermanos Pinzón, y luego a Cortés, Pizarro y otros conquistadores. Jeff Spender, convertido por elección en marciano, acaso podría ser Gonzalo Guerrero, primer español en asimilarse a la cultura local y ser reconocido como jefe maya. No es casualidad que este explorador encarne la voz más crítica en contra de la colonización de Marte, preocupado porque se repliquen allí las masacres terrestres:
     Para el estadounidense común, lo que es raro no es bueno. Si las cañerías no son como en Chicago, todo es un desatino. ¡Cada vez que lo pienso! ¡Oh, Dios mío, cada vez que lo pienso! Y luego… la guerra. Usted oyó los discursos en el Congreso días antes de que partiéramos. Si todo marchaba bien, esperaban establecer en Marte tres laboratorios de investigaciones atómicas y varios depósitos de bombas. Dicho de otro modo: Marte se acabó, todas esas maravillas desaparecerán. ¿De qué forma reaccionaría usted si un marciano vomitase licor rancio en el suelo de la Casa Blanca?
     Contrariamente, Biggs, compañero de Spender, simboliza la voracidad del colonizador, aquel clásico Robinson Crusoe que ignora los nombres marcianos de las montañas y colinas, y comienza a repetir, en medio de una borrachera Yo te bautizo, yo te bautizo, yo te bautizo […], yo te bautizo Biggs, Biggs, ca– nal Biggs.
     Por eso mismo, en el transcurso del libro, el espectador a veces observa la trama desde Marte, pero también desde el propio planeta Tierra. Una Tierra cada vez más abatida por la guerra nuclear, cuyos peligros, en la época que Bradbury escribió las Crónicas, estaban tan presentes como la expectativa norteamericana de triunfar en la carrera espacial. Un planeta que es a la vez origen y oportunidad perdida, encerrado entre su propia intolerancia, reflejando las sombras del racismo, la censura y el McCarthismo cuyas consecuencias el autor denunció en la mayoría de sus escritos. Escribe también acerca de una sociedad norteamericana obsesionada con la jerarquía y consciente de su dominio político y cultural en el mundo, al punto de que los exploradores de la Segunda Expedición a Marte esperan ser felicitados y celebrados por los marcianos. ¿Cómo esperaba esta sociedad llegar a otros planetas sin despegarse de los fantasmas del pasado?
     Lo curioso es que Crónicas Marcianas es también un escrito bisagra entre los imaginarios acerca del Planeta Rojo. Si bien Marte, identificado por primera vez por los asirios hace 4500 años, siempre ha tenido un lugar especial en el imaginario colectivo y en la cultura (a través del cine, la música, la literatura), es en el siglo XX, y particularmente a partir del año 1965, cuando a los terrestres nos llegan las primeras fotografías del planeta.      La obra de Bradbury, por lo tanto, es una de las últimas y más acabadas representaciones de Marte en la literatura antes de la cruda realidad que reveló la sonda Mariner 4: un planeta inhóspito y hostil, ni siquiera tan rojo como se suponía. Se descubrieron volcanes y paisajes modelados por el agua, pero ni un rastro de los marcianos. Sin embargo, si recordamos que el autor explicó que aquellos seres podían aparecer de distintas formas, por lo tanto, para la humanidad, claudicar ante la supuesta transparencia las primeras imágenes no tendría ningún sentido. El propio capitán John Black, líder de la Tercera Expedición, fue engañado por la ilusión que los propios marcianos habían creado acerca del despoblamiento de su planeta.
Asimov dijo que la ciencia ficción es la rama de la literatura que trata sobre las respuestas humanas a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología, en contextos sociales que no existen hoy ni han existido en el pasado. La exploración a Marte, sin embargo, pertenece cada vez en menor medida al terreno de la ficción, y se nos presenta como una realidad impostergable. Desde que las misiones del Mars Odyssey y Mars Express a principios de los años 2000 revelaron imágenes de agua en algunos de sus estados químicos posibles (dando inicio a la “fiebre del agua”), el interés por la exploración de Marte se ha revitalizado, y se baraja la posibilidad de que el Planeta Rojo sea nuestra única alternativa de vida en caso de que el nuestro propio se encamine a la destrucción. En vistas del lanzamiento de la primera misión tripulada a Marte en 2030, cabe preguntarse ¿hemos aprendido realmente las lecciones del pasado, y en particular, las señaladas por este libro?
Si existe vida en Marte, por el momento, no podemos saberlo. Bradbury, sin embargo, nos invita a ser escépticos con nuestra propia mirada, a conocernos mejor antes de emprender viajes interplanetarios y, por qué no, a no suponer que los marcianos serán completamente iguales a nosotros, pero tampoco abismalmente distintos. Quizás, como se sugiere en el último capítulo de la obra, al fin y al cabo los marcianos seamos nosotros.

FANCISCO GIORDANO

Es profesor en Historia y diplomado en Antropología Social. Se desempeña como docente en varios niveles y como becario doctoral en la Universidad Nacional de La Plata. Es docente de la cátedra de Prehistoria General y Americana.

Se hace la Evita: las otras primeras damas peronistas (2021), Barry

HISTORIA
CAROLINA BARRY

Se hace la Evita: las otras dos primeras damas peronistas (2021)
de Carolina Barry (comp.)

     Si pensamos en cualquier escenario político actual, las representaciones masculinas siguen siendo predominantes, aun habiendo tenido a dos mujeres en la presidencia de nuestro país, otras en cargos políticos de importancia, un fuerte movimiento feminista que ha luchado por la igualdad en todas las esferas de la sociedad y que obtuvo avances significativos en el terreno político. Listas de partidos, gabinetes gubernamentales, cámaras de senadores, de diputados, sindicatos, gobernaciones, intendencias; las mujeres continúan teniendo una participación minoritaria, cuantitativa y cualitativamente, en la política.

     Ahora bien, si nos situamos más de 70 años atrás, ¿cuál era el lugar de las mujeres en ese entonces? ¿Cuáles eran sus posibilidades? ¿Qué oportunidades laborales, de vida, de estudio, podías tener siendo mujer? Las respuestas son bastante acotadas: maestra y/o universitaria si tenías determinado status social y el apoyo necesario, y si pertenecías a la clase trabajadora tu futuro posiblemente no iría más allá que ser madre, esposa, ama de casa u obrera. Fue allí, en ese contexto extremadamente adverso y complejo, que Eva Duarte de Perón, y miles de mujeres más, conformaron cuadros de poder político sin precedentes en la región ¿Dónde quedaron esas mujeres? ¿En dónde están escritos sus nombres? ¿Quiénes fueron? Se hace la Evita. Las otras primeras damas peronistas libro compilado por Carolina Barry y publicado por Omnívora Editora nos cuenta la historia política y biográfica de algunas de ellas, de esas otras primeras damas, esas “Evitas” que multiplicadas por todo el país y siguiendo el ejemplo de la persona que les dio la oportunidad de llegar -o siquiera de pensar- en acceder a un lugar de influencia y poder, ocuparon espacios impensados hasta entonces.

     En las páginas introductorias Barry problematiza y reflexiona sobre el rol que cumple una primera dama, los marcos jurídico-institucionales de su accionar y las reglas a seguir por quienes tienen que interpretar ese papel. En Se hace la Evita Barry retoma clasificaciones hechas sobre ellas: la primera dama acompañante, la protocolar, la que realiza acción social de ayuda a vulnerables y la involucrada en política. Agrega a estas el concepto del “poder bifronte”, en el cual, sin abandonar necesariamente el rol clásico, las primeras damas logran un liderazgo a la par de sus maridos, con quienes componen matrimonios gobernantes. Sobre estos ejemplos irán los estudios de caso del libro. Además, Se hace la Evita tiene la bondad de ser un libro federal, al relatar las historias de distintas primeras damas provinciales, plantea una perspectiva descentralizada que se consolida al observar el origen de autoras pertenecientes a diversas casas de estudio del país. El libro consta de una introducción de la compiladora y ocho capítulos que abordan historias de las provincias de Buenos Aires y San Juan a cargo de Barry, Córdoba por Marina Inés Spinetta, Corrientes por María del Mar Solís Carnercier, Mendoza por Mariana Garzón Rogé, Santiago del Estero por María Mercedes Tenti y de las ciudades de Bahía Blanca por José Marcilese y Junín por Karina A. Muñoz.

     Cuando pensamos en el peronismo histórico lo habitual es que las imágenes que se aparecen en nuestra mente nos trasladen a la Plaza de Mayo repleta de gente, a trabajadores con sus pies en la fuente, un Perón dando discursos en el balcón de la Casa Rosada, una Evita rodeada de descamisados, entre otras. Por fuera del ámbito académico sigue siendo poco habitual pensar un peronismo “periférico”, debido a eso, es interesante ver cómo a través de las historias de las “Evitas”, se construye  y articula otro tipo de peronismo, vemos la manera en que se tejían redes de lealtades al presidente y su compañera, y también tensiones con ellos. Los abordajes federales, por esto, nos habilitan a pensar ya no en el si no en los peronismos como una experiencia plural y transformadora que encuentra en los estudios situados en otros territorios, tradiciones, realidades, experiencias; un necesario y revitalizador enfoque.

     La lectura de los trabajos compilados nos permiten encontrar cuatro momentos claves en las experiencias de estas primeras damas y sus peronismos locales. Primero, el surgimiento de la acción política de las protagonistas al calor de la llegada de Perón a la presidencia, y el ascendente protagonismo que tendrá Eva en la acción social directa, cristalizado por ejemplo en el funcionamiento de la Obra de Ayuda Social de la Gobernación de Buenos Aires, los Centros de Ayuda Social en Córdoba, la Obra Social Mendoza, La Agrupación Femenina 4 de Junio de Junín o la Comisión de Ayuda Social de Santiago del Estero, que harán un trabajo similar a la Fundación Eva Perón allí donde el Estado y la propia FEP aún no habían llegado. En segundo lugar, con la sanción de la ley de sufragio femenino en febrero de 1947, vendrá un momento de reconfiguración de los centros cívicos femeninos -creados previamente- que se expanden, multiplican y se abocan a la tarea de empadronar a las futuras votantes. Hasta ese momento era habitual el uso de los nombres de gobernadores y sus esposas en los centros, como el caso del centro cívico femenino Ruperto Godoy (gobernador de San Juan) o el nombramiento de las primeras damas y sus esposos como presidentes honorarios de estas organizaciones, antecedentes de las unidades básicas. Pero esta costumbre ya no será válida, a partir de allí dichos centros pasarán a ser llamados Centros Cívicos María Eva Duarte de Perón y se abandonaran esas tradiciones previas. 

     El tercer momento transversal a las historias abordadas es fundamental ya que representa un quiebre en las trayectorias políticas de estas mujeres (y sus maridos): la creación del Partido Peronista Femenino en 1949. Es a partir de este punto que la toma de decisiones y el armado del partido es centralizado en Eva y Perón, quitándoles autonomía a los matrimonios gobernantes locales, imposibilitando explícitamente la influencia política mediante el envío de delegadas censistas elegidas personalmente por Evita. Y decimos explícitamente, porque había una directiva que planteaba la prohibición del nombramiento de las primeras damas como presidentas honorarias, o de cualquier actividad política que pudieran llegar a tener. Esto podría tener como causa el hecho de un cierto temor al crecimiento de figuras que opacaran a los líderes, se puede ver, por ejemplo, cómo en el ámbito sindical Perón fue muy celoso de permitir el desarrollo carismático de algún representante y en esos años fueron habituales las intervenciones en dichos espacios, pero principalmente es mencionado el temor de que las primeras damas fueran utilizadas por sus maridos con fines políticos. El Partido Peronista Femenino era independiente de la rama masculina del peronismo, y de los hombres en sí. Estaba íntegramente conformado por mujeres, y además, los cargos más altos jerárquicamente hablando, los ocupaban mujeres de la clase obrera, elegidas personalmente por Eva. La conformación de esta nueva organización femenina fue letal para las primeras damas porque más allá de lo anteriormente mencionado, también significó la desarticulación de los centros cívicos femeninos que ya estaban en funcionamiento o su puesta bajo la órbita del PPF. En la mayoría de los casos -como puede ser el de la primera dama bonaerense- fueron ellas las encargadas de realizar esta tarea, y no se resistieron a volver a un rol más tradicionalmente opaco. Entre las principales búsquedas en la disolución de estas organizaciones previas al PPF estaba la “eliminación” de los caudillismo locales, aunque la recopilación del libro muestra que esta voluntad tenía sus límites, como en el relato sobre Haydeé Ponti en Santiago del Estero, figura con pretensiones similares a las otras biografiadas, pero favorecida en su proyección personal por el momento particular en el cual su marido accede al poder, meses antes de la muerte de Eva, que le permitirá mantener vigencia. 

     Este último parteaguas abre el ‘después’ en la trayectoria de las biografiadas, acierto del libro el agregar a las breves descripciones de ese momento de las vidas de las protagonistas, pistas propias de las memorias íntimas, familiares, sobre páginas que en gris oscuro marcan el fin de los capítulos, y de las experiencias políticas de las “Evitas”, igualmente grises. La primera dama de San Juan que, viuda, recurre a la enseñanza de cocina regional para mantener a su familia y de quien nos comparten una receta, la primera dama correntina que luego de alejarse de su rol, de la política y enviudar busca disfrutar de otros placeres más personales como los viajes, el caso de la primera dama mendocina que alejada del poder y atravesada por la tragedia familiar deposita en una carta la esperanza de visitas ante una grave enfermedad que la aqueja en soledad, o el de la dama de Bahía Blanca que luego de padecer con su marido la persecución antiperonista pos golpe opta por el suicidio ante el irrenunciable compromiso de su compañero con una tarea que le resultó tan ingrata. Las “Evitas” biografiadas que se construyeron con Eva y no solo a partir de ella, comparten hasta en estos momentos cierto destino con la líder del movimiento, que expresaba en fecha cercana a su inmortalidad no sólo no haber querido nada para ella sino también haber dejado jirones de su vida en el camino. El nombre de Eva, volviendo sobre ese discurso, fue ciertamente levantado como bandera, será tiempo de preguntarnos si no hay otros nombres que también merecen ser levantados como tal. 

     De la lectura de Se hace la Evita rescatamos lo positivo en que se investigue y se releven históricamente las biografías y experiencias de las mujeres que formaron parte de esta excepcionalidad que tuvo lugar en los años del primer peronismo. La revitalización de la biografía en sí como género que tiene un gran potencial en la construcción del pasado, más allá del familiar, sobre todo en sujetos que podrían caer en el olvido. Todas las mujeres que estaban, y las que no estaban, dentro del Partido Peronista Femenino, fueron invisibilizadas por la historia, y también por la historia del peronismo. Entre ellas hubo quienes tuvieron la capacidad de dar discursos ante auditorios llenos, despertando las pasiones políticas de otras miles, encabezaron propuestas, ocuparon espacios y transformaron vidas. El libro es una oportunidad para pensar también disputas y transformaciones críticas del peronismo, es un libro que desnuda el interior del movimiento y lo que ocurría en sus márgenes. Toda lectura como a la que nos entregamos, plural, que genera preguntas, que abre los debates, que no sea condescendiente, que invite a realizar una lectura crítica, nos parece sumamente valiosa.

ALMA ALMIRÓN

Es estudiante avanzada de Ciencias Antropológicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

GUILLERMO D. SÁNCHEZ MAIDANA

Es profesor en Historia en enseñanza media, maestrando en Historia Argentina y Latinoamericana por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. 

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