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El libro expandido (2020), Borsuk

ENSAYO
VERÓNICA STEDILE LUNA

El libro expandido (2020)
de Amaranth Borsuk

Expansiones

     Como sabemos, los anuncios apocalípticos acerca del fin del libro impreso solo han tenido un efecto de diferimiento respecto de eso que nombran como causa de la ruina (la radio, el cine, las nuevas tecnologías, internet, Amazon). En El libro expandido. Variaciones, materialidad y experimentos, Amaranth Borsuk –quien había publicado originalmente este trabajo como The book– parte de esa misma idea e intenta desarrollar, en un recorrido extenso que va desde la invención de las tablas de arcilla al libro digital, una serie de hipótesis que tienen en el centro de su interés al libro de artista como inflexión y condensación de los problemas históricos de lo que conocemos como libro. Según la autora, es en este tipo de producciones donde encontramos líneas y preguntas acerca del futuro de los libros. 

     La autora nos propone una serie de saltos, a través de la historia de la lectura y la escritura, como así también entre perspectivas disciplinares abocadas a la materialidad del texto y la tradición del libro de artista. En ese recorrido, donde busca mostrar que “los libros surgen en el momento de su recepción: en las manos, los ojos, los oídos y la mente del lector”, y por lo tanto, “lo que está más allá del libro sigue siendo el libro” (Jabès en Borsuk), no encontramos una definición de este término, sino que esta resulta expandida y reformulada por distintxs investigadores cuyas voces leemos en páginas negras que condensan y cortan nuestra lectura lineal del texto. Así, Borsuk va dando vueltas en torno a una serie de palabras clave que son también interrogadas, y que serán puestas en perspectiva histórica: “libro” como dispositivo portátil de almacenamiento, recuperación, distribución y diseminación del texto; soporte material de la lengua inscripta; interfaz a través de la cual nos encontramos con las ideas; medio interactivo. Una de las insistencias del recorrido propuesto es desnaturalizar lo que este término designa, mostrando que el libro ha tenido innumerables transformaciones siempre articuladas con las necesidades de cada sociedad donde surgieron. Por ese motivo, estas definiciones son modeladas por cuatro miradas: el libro como objeto, como contenido, como idea y como interfaz.

     Si bien estas cuatro aristas no tendrían un sentido cronológico lineal, podemos advertir que cada época privilegió una de esas dimensiones por sobre las otras. De esto último se desprende una de las observaciones más interesantes que articula la historia de la propiedad intelectual con la del diseño y al del libro de artista como un momento de expansión: lo que hoy llamamos copyright tuvo que ver originalmente con el derecho a la reproducción de las copias, es decir, un problema que estaba inicialmente vinculado al libro como “objeto” y en torno al cual los contendientes eran impresores, libreros o editores –muchas veces la misma persona era todo eso; la gran novedad se sucedió hacia fines del siglo XIX cuando ese derecho fue transferido del objeto al texto, y entonces pasaron a ser lxs autorxs quienes tenían la posesión de la obra. Anota Borsuk al respecto: “el estatuto actual del derecho de autor puede explicar hasta qué punto este privilegia la idea de una obra a la que me he referido como ‘contenido’”. Casi simultáneamente, en el área del diseño, fue ganando terreno una mirada que se propuso inventar lo invisible, es decir, que la tipografía y la impresión fueran tan invisibles como una copa de cristal. Así, afirma Borsuk, el siglo XX urdió una concepción popular del libro donde este es una trasmisión de ideas, imágenes y pensamientos de una mente a otras, y el objeto o las interfaces mediadoras tienden a hacerse imperceptibles al punto de que las habríamos naturalizado. Este señalamiento es importante porque monta el marco donde el libro de artista sería un punto de inflexión. El surgimiento de propuestas como Fluxus, Oulipo o El arte nuevo de hacer libros de Ulises Carrión tendría su origen en una crisis del sistema editorial antes que en la literatura como forma, poética, relato o institución. 

     Para mostrar cómo es que el libro de artista opera desde lo que llama “remediaciones” –actos de edición que evocan formas del libro anteriores y a la vez cambian fundamentalmente la lectura y la escritura por medio de soportes materiales modificados– describe algunas de las intervenciones más significativas en el desarrollo del libro de artista. Este último es definido, a partir de Druker, como “zona de actividad” donde artistas y escritores crean libros como obras de arte originales; mientras que no sería ni un catálogo de obras ni un texto con ilustraciones lujosas. Williams Blake y Catherine Blake con las “impresiones iluminadas” o aguafuertes que permitieron imprimir a la vez poemas e imágenes en 1788, y Stephan Mallarmé con la “crisis del verso” a finales del siglo XIX son considerados antecedentes del libro de artista. Luego analiza las propuestas de Ed Ruscha y “los múltiples democráticos”, Ulises Carrión y los wordbooks, Alison Knowles y The big book – una instalación que consistía en un libro de dos metros de altura donde se podía habitar, recorrer, subir escaleras, ir al baño, cocinar -, Raymond Queneau, Cai Guo-Quiang, Emmet Williams, Bob Brown y Cecilia Vicuña, la artista chilena que a partir del quipu quechuasistema de escritura “por fuera de la línea del códice”, que asentaba los registros a través de nudos – produjo treinta ejemplares del Chanccani Quipu

     Este tipo de trabajos, al igual que muchos de los libros digitales, desnaturalizan nuestra concepción del libro como “códice” y ponen en el centro, según Borsuk, lo mismo que habría preocupado a los antiguos y nos preocuparía aún hoy: las mediaciones. Por eso a la autora le interesa pensar los momentos en los cuales la interfaz se visibiliza, se integra a la narrativa, y empezamos a ver “hasta qué punto todo libro es una negociación, una performance, un evento dinámico que ocurre en el momento y nunca dos veces”. Así, el libro expandido no es el resultado de “un mejoramiento teleológico de la legibilidad, la distribución y el vínculo con la lectura”, sino momentos que se han dado a lo largo de la historia donde nuestro vínculo con el registro y la lectura muta. 

VERÓNICA STEDILE LUNA

Es Dra. en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, becaria de CONICET y docente en la misma Universidad. Integra proyectos de investigación vinculados con problemas de teoría literaria y la historia de las publicaciones periódicas y la edición. También se desempeña como editora en EME Editorial.

Aloners (2021), Hong Seong-eun

CINE
ESTEBAN BARROSO

Aloners (2021)
de Hong Seong-eun

     Mira su celular mientras recibe una llamada. Brinda la información que le piden, de manera diligente y efectiva. Sigue mirando el celular. No parece tener ningún problema en hacer lo que hace. No parece tener ningún problema en tomarse el colectivo cada día, en volver desde su trabajo en el call center hasta su casa, con la mirada fija en su celular, con los auriculares puestos. Ocupa solamente una de las habitaciones de su departamento. Podemos ver una cama de dos plazas, un perchero, una heladera, un microondas. La ventana tapada con una cortina. Cada día se sienta frente al televisor, un televisor que está siempre prendido. Come. Duerme. Se despierta. Agarra la campera, los auriculares, el celular. El colectivo, el call center. Y volver a empezar. 

     Una película que parece, por momentos y especialmente al principio, circular. Una película sobre la soledad cotidiana, sobre una soledad que parece elegida. Jina atiende las llamadas, una detrás de la otra. Su jefa irrumpe en una escena y nos cuenta que Jina fue nuevamente la empleada del mes. Empleada del mes a pesar de haber tenido que faltar dos días por la muerte de su madre. Jina no dice nada, sigue atendiendo las llamadas. Una lista de consumos cotidianos. Un señor que dice haber inventado la máquina del tiempo. Gastos que figuran con nombres que no deberían. Pequeños enojos de los clientes. Pequeños pedidos de disculpas. Y así, las horas y los días transcurren, como una historia sin principio ni final. 

     El televisor prendido. Mientras duerme, mientras trabaja. Un televisor que instaura la presencia del ruido, de un falso contexto, allí donde no hay demasiado. Pero algo de lo externo irrumpe en esa vida monótona que no sabemos si Jina desea, disfruta, padece. ¿Es una forma de vida? ¿Podemos pensar la soledad como posibilidad, incluso en sus contornos más extremos? Jina parece obstinada en seguir así. Parece no querer responder los pequeños diálogos que intenta abrir su vecino, su vecino también solitario. Pequeñas afirmaciones, por aquí y por allá, pequeñas historias sobre soledad, sobre jóvenes que parecen no encontrar su lugar en el mundo. Pequeñas historias que se van entrecruzando sutilmente, conformando un panorama que parece ser más social que individual. Jina como extremo, tal vez. Jina como muestra de un sistema que nos tienden una trampa.

     ¿Es Jina un éxito de ese sistema? Su vecino muere. Ella solo se entera por el olor que empieza a desprender su cuerpo en descomposición. Solamente el olor como huella. El padre le recrimina a Jina por el vínculo, por su no vínculo con su madre ¿Cómo te enterarías de su muerte? El olor de la carne, de la carne hecha carne como último vestigio de lo que somos, o de lo que alguna vez fuimos. Jina tiene una cámara escondida en la casa de sus padres, desde allí puede espiar con el celular, como si fuera un pequeño Gran Hermano, pequeño pero real. Su vecino muere, su vecino intentó hablar con ella apenas un par de días antes, su vecino muerto intentó hablarle, su vecino como fantasma. ¿Pudo hablar con su vecino? ¿No estaba muerto ya? ¿Se está volviendo loca? Jina no desespera, intenta mantener la rutina cotidiana. Sin embargo, empiezan a aparecer algunos síntomas que revelan que la fortaleza de la soledad, las incontables comidas en solitario, en su pieza o en un restaurante, los auriculares permanentes y las conversaciones entrecortadas, todo aquello comienza a mostrar sus primeras grietas. 

     Un nuevo vecino, una charla sobre fantasmas, una señal de televisión que empieza a fallar. Lo externo que sigue irrumpiendo. Jina se ve obligada a enseñarle a una nueva compañera el oficio de atender llamadas, de pedir disculpas, de repetir todos los consumos diarios a personas, posiblemente, igual de solitarias. ¿Eligió ser así, eligió la soledad extrema? Es eso, o son sus despojos. Es eso, o es lo que hicieron con ella. Es el éxito de una estructura que nos maneja como si fuéramos marionetas, o es la soledad respetable, fruto de la libertad. ¿Era libre su vecino? ¿Libre de morir así, sin que nadie se diera cuenta, aplastado por una montaña de pornografía? ¿Era libre de transformarse en un fantasma de la sociedad moderna? Jina parece estar bien. Pero habla con fantasmas. Está bien pero espía, espía de una forma casi obsesiva. Observa a su padre fingiendo una enfermedad. Haciendo como que baila. Organizando una reunión. Recibiendo gente. Entre las grietas que se van formando, algo del vestigio de vidas ajenas empieza a penetrar.

     Aloners es una película sobre la soledad, sí, pero no de la soledad como algo abstracto. Es una película sobre la soledad hecha sistema, hecha artefacto para la repetición, para el consumismo sin sentido, para la nada misma que tiende a la reproducción pacífica. Una soledad quizás falsamente elegida, quizás falsamente disfrutada. Un lugar de comodidad fingida. Jina dice: comer sola es más fácil. Puede ser que haya algo de verdad en aquella sentencia, puede ser que la soledad sea más fácil. Para quién, es una pregunta. Por cuánto tiempo, es otra. Por último, cuánto de vida, sin calificativos, existe en esa soledad para el trabajo, en esa soledad con auriculares eternos. Cuánto de vida puede haber en la metáfora, en la realidad de un televisor permanentemente prendido como ruido de fondo. Cuánto de vida hay en todo aquello, mientras un desconocido hecho fantasma, fantasma que nos habla, muere aplastado y sin nadie que lo recuerde, a apenas unos metros de donde vivimos.

ESTEBAN BARROSO

Es Profesor en Historia (UNLP) y becario doctoral del CONICET.

El amor después del amor (1992), Fito Páez

MÚSICA
HERNÁN CÁNEVA

El amor después del amor (1992)
de Fito Páez

“Yo era un pibe triste y encantado”: Fito Páez y su música

     Un hombre sentado al piano contempla activamente el paso del tiempo; el sonido y el silencio le permiten externalizar su entreverado mundo interno. Su actitud no envejece, aunque sus prematuras primeras composiciones anticipan una madurez inaudita. A lo largo de toda su obra, el “amor” (palabra tan dicha y olvidada en nuestra cultura) será un tópico recurrente. 

     Desde su arribo a la ciudad de Buenos Aires, a comienzos de los años 1980, junto con La Trova Rosarina, Fito Páez ha logrado convertirse en un referente ineludible de la canción popular Argentina, y quizás, latinoamericana. Se trata de un artista “popular” no porque haya elaborado un cancionero para las grandes masas, sino porque modeló un concepto tan simple como necesario para la humanidad, poniendo de testigos su voz, sus gestos y sus palabras: la libertad de expresión. Una idea que se volvió sello identitario, junto con todas sus contradicciones. 

     Creo que, en el caso de Fito, el mensaje cifrado de su obra es que no importa tanto cuál sea el “contenido” de la expresión (aunque siempre sea de relieve considerar lo que se dice), sino la transmisión de una experiencia liberadora de emociones y pensamientos. “Liberadora”, al menos, en dos sentidos: como habilitación y como desprendimiento. Así, las palabras -amándose y odiándose- con las melodías nos interpelan habilitando canales de transmisión casi terapéuticos. De modo que, aunque uno se resiste al comienzo, a la larga se regodea en su dolor, y más temprano que tarde descubre que recordar es también una forma de olvidar. Desprenderse de las mochilas, habitar la negatividad para convertirla en imaginación y creatividad. Esas doctrinas rigen autoritariamente su cancionero. 

     Y es que el mundo de la imaginación y la creación están tatuados en el repertorio de Fito, curiosamente montado sobre los escombros del dolor. Escuchar sus discos es una excusa para citarse con fantasmas que vienen y van, o que el autor atrae y aleja a su antojo. Imágenes de amores que se espolvorearon en el aire, escenas de madres y tías que ya no están, filmografías de épocas doradas que no regresarán; también, vivencias del dolor en crudo y la sensación de rehabilitarse el músculo cardíaco cuando ya no quedan restos. Los acordes menores se mezclan con los jazzeros, la música de Brasil y el tango, conformando una música que “funciona”. El viaje es hacia el dolor, pero con respiros de aire fresco por la ventana. Muchas veces, he sentido que la música de Fito nos hunde en el malestar para volvernos más resistentes a él. 

 

“El amor después del amor”: a 30 años 

 

     Su disco más reconocido, comercializado y, probablemente, el más recordado, celebra sus primeros 30 años. “El amor después del amor” fue presentado en junio de 1992. Si vale la evocación autobiográfica, por aquel entonces yo cursaba sala azul del jardín de infantes. Era un niño de barrio. Mi padre trabajaba en su taller de tornería y mi madre se desdoblaba para atendernos a mi hermano y a mí. Mis recuerdos de infancia de clase media-baja me saben felices, entre otras cosas, por la música maravillosa que sonaba. 

     Mientras habitaba un mundo de películas, patios y meriendas, el país ensayaba su ingreso en el modelo de la convertibilidad, y la cultura televisada se sumergía decididamente en el proceso de globalización, que el neoliberalismo traía como promesa de un mundo más y mejor interconectado. En ese marco histórico convulsionado (aunque en mi recuerdo infante, maravilloso), un disco como el que lanzó Fito, después de haber creado el ciertamente contestatario “Tercer Mundo”, tenía muchas posibilidades de pasar desapercibido. Pero llamativamente (o no tanto) un disco que no pretendía meterse (al menos no manifiestamente) con el estado de la sociedad, se incrustó en el corazón del inconsciente colectivo, activando pasiones, afectos y memorias que aún nos identifican, frente a un sistema que nunca ha cesado de intentar la fragua del lazo social. 

 

“Aromas que no voy a olvidar”: algunas frases en el recuerdo

 

     En un escrito sobre “Clics modernos” de Charly García, me pregunté si era posible describir o analizar con palabras un disco de música. Esa pregunta no me detuvo, porque entendí que la idea no es que las palabras le hagan justicia a un disco ni a sus canciones, sino que narren la relación que une a las personas con la música. Esa relación, si bien intransferible de persona a persona, tiene su episodio en nuestra memoria. Una memoria que es racional y a la vez emotiva; que busca ordenar el disparate de las imágenes y dejar un registro de sentido sobre un pasado que se desluce y escamotea. 

     El disco “El amor después del amor”, a lo largo de los años, me obsequió una orquestación para mis corrientes y probablemente absurdas experiencias amorosas. Algunas frases estuvieron en mi memoria durante muchos años; mientras la vida me vivía (o yo la vivía) las fui conservando y resignificando. Mientras vivía, y me equivocaba, las canciones del disco seguían allí, esperando revelarme su verdadero espesor. Por ello, conforme el paso del tiempo hizo su trabajo, algunas de ellas se volvieron para mí contundentes revelaciones. 

     Mientras estoy escribiendo este artículo, suena la canción “Tumbas de la gloria”, que comienza con aire melanco-tanguero, con la frase “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal; tu amor cambió mi vida como un rayo, para siempre, para lo que fue y será”. La rumeo una y otra vez,  cayendo en la cuenta de que el amor es una gran herida abierta, pues por alguna extraña y curiosa razón, somos las víctimas y los victimarios de quienes amamos más profundamente; todavía no puedo entender por qué el amor y la muerte se aman tan apasionadamente, y por qué lo que nos hace bien nos hace mal. Algo de ese disparate queda en nosotros, como una reminiscencia del ser del otro/a, cuando el amor se hace finalmente ausencia. 

     La ciudad, enloquecida y frenética, que narra la canción “Pétalo de sal”, me hace sentir que a nadie le importa quién soy, y que nadie me espera. Todo se mueve tan pero tan rápido que no hay tiempo para quienes caminan lento. Cuando Luis Alberto Spinetta le agrega la frase “algo tienen estos años, que me hacen poner así, y decirte que te extraño, y voy a verte feliz”, me da la sensación que el río del tiempo arrastra con todo casi sin dejar sedimento. La canción me recuerda que los grandes amores nunca se olvidan, y que su ausencia puede significar la consagración de un noble deseo de libertad. 

     Otras canciones, como “Detrás del muro de los lamentos”, me han provocado similar sensación.  El tiempo, que suelta toda amarra, y solo deja una leve brisa esperanzadora de que lo vivido siga existiendo en otro sitio, o en alguien más. La frase “Todo lo que hicimos, la mentira y la verdad; todo lo que hicimos, sigue vivo en un lugar” me ha puesto a pensar cuál podría ser el sitio, más allá de la memoria, en el que viven los secretos, las pasiones tristes, las miserias y las virtudes humanas. Si hubo mapa alguno, su cartografía la tuvo la gran Mercedes Sosa, cuya voz que le dio a esa frase su inmenso océano. 

     Me senté innumerables veces en el piano, creyéndome Fito, a tocar los acordes de “Un vestido y un amor”. Nunca pude entender cómo se producía la alquimia entre una historia romántica, la cadencia y suavidad de la narración y el estallido controlado del estribillo, cuando Fito canta “Todo lo que diga está demás, las luces siempre encienden en el alma”. Creo que en esa canción, hay una gran mentira, cuando se afirma “yo no buscaba a nadie y te vi”. Por el contrario, creo que no hay en el enamoramiento una completa imprevisión; ya que alguien está buscando ser buscado/a, y alguien está queriendo encontrarlo/la.

  

 “¿Dónde va la gente y su corazón?”: Fito, mi adolescencia y la fantasía de amar

 

     Recuerdo escuchar la canción “Brillante sobre el mic” al finalizar los años escolares. La sensación infanto-juvenil de finalizar una etapa, incomprendiendo por qué se terminaba y por qué me querían convencer de que debía empezar una etapa nueva. Mi experiencia subjetiva acerca del inicio y del fin de las cosas, probablemente, haya estado acompañada por esta canción. Algunas etapas se terminan, pero nadie les viene a poner fin y es allí donde nuestra vida se pone en piloto automático.

     Por alguna o varias razones, la música de Fito quedó marcada en mi adolescencia y luego en mi etapa de estudiante de sociología. Particularmente la de aquel disco, asumió en mi experiencia biográfica, un estatuto superior al de la realidad material, puesto que se convirtió en una compañera espiritual en momentos de desasosiego y soledades. 

     Presiento que esta compañía, algo desmesurada y omnipresente, que elegí pero que me eligió sorpresivamente, ocupó prematuramente el lugar de oídos que no me escucharon, de ojos que no me miraron, de abrazos que quise recibir. 

     Cuando adolescente, me perdía en amores que creía imposibles; o mejor dicho, yo los volvía imposibles por mis precarias actuaciones, por una falla en la comunicación, o quizás, por relacionarme con ideas más que con personas reales. El carácter fantasioso de mi subjetividad así como la fantasía del amor (o los amores de fantasía), fueron claramente regados por “El amor después del amor”. Sus destinatarios cambiaron de rostros, de miradas, de edades, pero nunca cambiaron en su esencia, tan prístina como inalcanzable. 

     Mientras me despido, tranquilo y despacio, de esta nota, me pregunto ¿dónde va la gente y su corazón?. Mastico desde hace largo tiempo el interrogante, transitando estos tiempos difíciles. Propongo que escuchemos el disco, cristalino y posible, como pocas cosas de hoy. Porque en definitiva, el amor está en todas partes, y en ningún lugar; ayer, hoy o mañana. Pero sobre todo, está dentro de uno mismo.

HERNÁN CÁNEVA

Es Licenciado en Sociología de la Universidad Nacional de La Plata. En 2019 defendió su tesis de Doctorado en Ciencias Sociales, titulada “Disputas por el aborto en Argentina. Análisis de discursos en dos organizaciones (2014-2016)”.

Suave es el relincho (2021), Pujol Buch

RELATOS
CAMILA SPOTURNO GHEMANDI

Suave es el relincho (2021)
de Valeria Pujol Buch

     El primer libro de Valeria Pujol Buch, Suave es el relincho, adelanta en su imagen de tapa el ritmo suave y constante de la Singer que se mueve a paso firme y laborioso como los doce relatos breves y el poema-manifiesto que componen la obra. La ilustración deja ver un conjunto hecho de retazos: una máquina de coser, un cigarrillo recién prendido en su cenicero y un portarretratos que exhibe a una niña sonriente con su bicicleta detrás. Esta escena misteriosa que conjuga infancia, ocio y trabajo está atravesada por lo rasgado y envuelta en diversos tonos de naranja como una promesa festiva que se completa con la sonrisa rodeada de flores en la foto de la solapa.  

     Así, con la certeza de que será un viaje ameno, de disfrute y con algo de curiosidad entramos al libro Suave es el relincho, una apuesta por abarcar gran variedad de tonos y voces que narran breves episodios de la vida de los personajes recortados con precisión. En el medio de estos relatos acerca de la muerte, el deseo, la maternidad, la escritura, la infancia y la amorosidad (entre otros) se incluye un manifiesto, en forma de poema, que quiebra la estructura tradicional y que con voz provocadora relincha y lo hace con pisada de carnaval:

 

“Así chueca

Ladeada

Me paro aquí 

Y relincho,”

 

     Este relincho que puede leerse como un pronunciarse y un poder decir desde una postura singular reverbera hacia todo el libro dejando una estela de pequeños ecos, voces, risas, aplausos, gritos, palmas, trinos, patadas y otros sonidos que a veces acarician el oído y lo envuelven en algún hechizo del que cuesta salir y otras resultan cortantes y hasta dañinos. Sin embargo, este vaivén nos deja una certeza: el entretejido sonoro se hace oír.

     Así, en el primer cuento que abre el libro: “Samurái frente al espejo” la niña que se disfraza y quiere ser otra haciendo uso de su reflejo, arma un espectáculo donde suenan risas y aplausos. Hace falta solo la palabra de la madre para acabar con el entusiasmo: “Adela, ¿estás?”. En “Brillarás hasta que acabe” es el ruido del viento entre las pocas hojas que quedan en los árboles de otoño el que marca el principio del fin que ya se prefiguraba cuando ese ojo testigo sigue a la ventisca de verano que se pasea por la esquina de Florida, Mitre y Diagonal Norte. “Corrientes y Acuña de Figueroa”, otro de los relatos, comienza con un baile entre amigas que se improvisa en un bar: la patada de burlería y el zapateo “hasta exorcizar el aliento del público”, abren las historias que se cuentan allí. 

     Pero a veces se deja atrás la calle, la esquina, el bar y los lugares públicos bulliciosos y transitados para aquietarse y contar, esta vez, para adentro.  Son momentos donde los personajes se apaciguan, encuentran en lugares íntimos como un cuarto propio o un diario poder decirse en silencio y refugiarse en la escritura y la lectura. 

      Así, en “Retales” el viernes 7 de septiembre del 2018 se abre el diario contando los kilómetros que una mujer hizo en tren a lo largo de toda su vida. En el medio de la maternidad, el trabajo y las cargas diarias se sigue contando: los kilómetros que faltan y la propia historia. Cuando descubre la suma se libera de la estocada que le hace la cama por las mañanas y vuela. En otro de los relatos, “Bienvenida”, una mujer desempolva escritos viejos, reseñas veinteañeras, libros queridos, cartas y notas íntimas que traen recuerdos construyendo así un espacio de tregua con su compañero que la ayuda en su quehacer. Ya no hay lugar para el grito; sí para la palabra amorosa y el brindis. En “Para vestir santos” la apuesta por contar está vinculada al goce: el orgasmo se puede contar con los dedos de la mano, escribir y sentir placer se entremezclan. 

     Si contabilizar resulta liberador y repasar el trayecto recorrido da seguridad para continuar con más fuerza; para otros personajes, más vulnerables, contar es agobiante, nunca es suficiente. Así, en el anteúltimo relato, “Antes que se propague el fuego”, se cuentan las monedas para pagar la comida del día y la que escribe es la doña con letra clara y prolija, las tareas que Marga debe cumplir. “Me clavó el visto”, relato que cierra el libro, hace justicia a las infancias y a sus modos de explorar y ser creativos. Hay una voz que cuenta en letras mayúsculas: “HAY UN NIÑO QUE ESTÁ DESCUBRIENDO EL MUNDO. ESTA ES SOLO UNA ADVERTENCIA” y la voz obturadora es la que se quiebra cuando le sacan la lengua. ¿Burla o venganza? Por qué no las dos.

     Si Suave es el relincho cierra con una advertencia a modo de juego, una que se cumple y que se lleva a cabo en este último relato, nos abre un modo de leer lúdico que pone el acento en salvaguardar lo creativo en palabras mayúsculas. Quizá haya que tomar como premisa el juego de palabras que le propone el aparato electrónico a Erica en el último cuento: “Armardesarmar como el mar” y jugar para encontrar qué otras sorpresas encierra el libro.

CAMILA SPOTURNO GHEMANDI

Nació en San Carlos de Bariloche en 1985, pero vive en La Plata desde el 2003. Actualmente reside en Villa Elisa con su marido y sus dos hijos. Se recibió de Lic. en Letras (UNLP) en 2011 y ha publicado artículos sobre literatura en revistas académicas. Cursa actualmente su Doctorado en Letras (UNLP) (acerca de Stevie Smith, una escritora británica cuya producción está atravesada por la guerra y las cuestiones de género.) Ha publicado dos cuentos de su autoría en la antología Una admiradora burra y otros relatos (2020, Servicop) y un libro de cuentos No quiero volver a mi casa (Malisia Editorial, 2021). 

Indios, ejército y frontera, Viñas (1982)

HISTORIA
MACARENA BOCCIA

Indios, ejército y frontera (1982)
de David Viñas

     David Viñas escribió un libro que se editó por primera vez en México en el año 1982 donde se preguntó si los indios fueron los desaparecidos de 1879. David Viñas se encontró en el exilio al que lo forzó la última dictadura militar argentina y revisó los archivos de la Biblioteca Iberoamericana de Berlín. Así creó este libro que publica en ese año tan nuestro en el otro extremo de la América nuestra. Polémico collage lo llama el propio autor. El adjetivo casi no falta agregarlo, en la firma reconocemos el tono de aquel personaje de robustos bigotes, que probablemente much@s descubrimos en aquel gran video que circula en internet donde Viñas (que entre otras cosas dice una frase maravillosa “la locura no es una enfermedad de los pies”) hace que Beatriz Sarlo se levante y se vaya al decirle funcionaria (1997). Signo de los tiempos, ineludible quizás, Beatriz Sarlo (a la que much@s vimos por primera vez al decir “conmigo no, Barone”) efectivamente era funcionaria. Pasaron 40 años de la primera edición del libro en cuestión y lo que llamamos polémico ha cambiado sus efectos. 

     Pero volvamos a ese primer planteo que según Julio Vezub fue cuestionado por la simpleza de la comparación indios-desaparecidos. Es un movimiento que no tiene su fundamento sólo en una comparación de, perdón por la palabra otra vez, efectos. Es decir, no se cimenta solamente en la luz que echa la palabra desaparecidos sobre la palabra indios (y cómo no pensar al revés). Sino que se estructura en un pensamiento mayor y a la vez más complejo. La historia de las clases dominantes argentinas y su revés dialéctico, claro, la historia de los dominados, bien valdría decirlo al revés. Si bien el libro es un examen lúcido sobre la ideología de lo que comúnmente llamamos generación del 80 decir eso es decir poca cosa. Viñas no delinea solo los caracteres principales de los  planteos que podemos ver en la literatura de esos gentlemen. Sino que durante los tres núcleos que componen la obra, incrusta esa ideología en la red del capitalismo mundial, del pensamiento que se produce en Latinoamérica (pero que no precisamente es latinoamericano), del entramado autóctono de jerarquías que definen a la generación, de la historia colonial y neocolonial de estas tierras. No pensamos en esta trama tan a menudo como deberíamos. 

     Lleno de citas y citas y citas – célula primera del collage- el libro se monta sobre tres bloques con sus ritmos diferentes. El primero se ocupa de las diferentes líneas que debemos ensamblar para comprender el hecho histórico al que llamamos Conquista del Desierto o roquismo, y que en realidad se configura como sometimiento final del indio. No solo nos lleva por el laberinto de sus concepciones militares, de su ideología condensada de nacimiento del Estado liberal,  de  su concepción positivista que no puede con la “opacidad esencial” de los indios. Aquí Viñas introduce también -por ejemplo- la secuencia colonial que nota en la literatura de los gentleman, también en la literatura de frontera. Para estos muchachos, entiende el autor, ese pasado colonial conquistador es el que se enhebra en su serie histórica y los habilita. Escribe Viñas: “Si la colonia es Grecia y el roquismo Roma, ellos son Plutarco”. Así la Campaña del Desierto como continuación de la Guerra del Paraguay y también de la eliminación de los caudillos aparece como el momento final de conformación de una clase dominante pero también de la estructuración del capitalismo dependiente argentino.  En este punto algo llama nuestra atención: Roca se hace personaje en la medida que esta historia avanza porque ese itinerario de la nación también es el de Julio Argentino. 

     El segundo momento, titulado “Anexos”, analiza por un lado la redefinición (¿momentánea?) del conflicto territorial con Chile, subyacente al conflicto con el indio que se delineó en el primer bloque y  por otro lado la reconfiguración de la región del Chaco y de la relación del Estado con los pueblos que allí habitaban. Estos dos problemas estatales aparecen como los necesarios a resolver para esas élites en su maduración, pero una vez definidos se ligan íntimamente al surgimiento de la primera gran crisis de la república conservadora: lo que Viñas llama “inversión de la dicotomía de Sarmiento”. Esta primera gran crisis es en realidad producida por las falsas expectativas en la civilización que podría traer a estas barbáricas tierras la inmigración europea, también por una falsa lectura de lo que Europa era /es. Entonces la inversión de la dicotomía de Sarmiento es el deslizamiento de la figura del dominado de un sujeto a otro: del indio al inmigrante, del toldo al conventillo. Y un tiempo después, claro, a los militantes revolucionarios. 

     El último bloque “Presentaciones y testimonios” es un análisis más fino de algunos productores de ideología de la república conservadora en cuestión. Algunos “Anteriores” al hecho que contribuyen a su legitimidad, como por ejemplo José Hernández en una lectura sobre su obra paradigmática que trae luz sobre el autor más que su propia historia. Donde entre otras frases brillantes aparece ésta: “La palabra clave de Martín Fierro radica en el “pero”; la del indio es “no” y comprendemos algo sobre esa extraña idea argentina que ve en el gaucho un folklore y en el indio suciedad. Algunos protagonistas del momento de la “Culminación” como Sarmiento y su obsesión fundamental. Otros “Tardíos” entre los que encuentra a Roberto Payró y confiesa que es de los escritores con los que se puede sentir más cerca de todos los analizados por la denuncia que hace de las atrocidades y porque en parte se pretende de izquierdas. Y por último algunos más “Tangenciales” como el empresario Castro Boedo con un falso indigenismo que repite a conveniencia la mentira que se ha dicho también sobre la esclavitud en América, aquella sobre que es más conveniente un asalariado que un esclavo en términos económicos, por lo que “matar a un toba o a un mataco – desde una perspectiva empresarial- siempre es un mal negocio”. 

     Hasta aquí el repaso por el argumento del libro. Ahora algunas cosas que llaman la atención. En esta obra aparecen, callan y reaparecen algunas ideas como una luz artificial que titila en un cielo estrellado y por eso llama más la atención. Entre esas ideas, la concepción sobre una élite adjetivada en tempos: madura, reactualizada, en crisis, decadente, renovada. Y siempre hablada en singular. Arriesgamos sobre esto una hipótesis aunque el libro no vaya objetivamente más allá de 1910. Para Viñas la élite se transforma pero esencialmente es siempre la misma, de genocidio a genocidio no olvidemos la famosa celebración de la dictadura sobre los 100 años de la Campaña del Desierto que casualmente cayó en sus  manos. Los procedimientos de ambos momentos de la élite,  pero también el lugar donde ésta ubica a sus futuros dominados, que no enemigos porque la categoría de personas les es tantas veces vedada desde una óptica positivista nunca del todo desarraigada como lo comprueba el hecho de que el conflicto del Estado con el indio persiste y se actualiza en el tiempo. Amargamente lo sabemos. 

     Un problema aquí. El de la circularidad fatal, no por ley de la historia, sino casi por desgracia frente a la fuerza oscura del tiempo. Incompatible parece si lo colocamos al lado de las formas que tienen las ciencias sociales de pensar hoy. Ellas están buscando siempre el matiz, la diferencia, adecuarse a la prohibición académica no dicha de no marcar las repitencias de la historia sin antes enumerar una cantidad de matices que borre de hecho la idea misma de reiteración. No sé si eso está mal o bien. Pero Indios, ejército y frontera ayuda a pensar casi 150 años de historia. También queremos decir que esto lo hace un libro molesto, que a medida que más lo pensamos más nos indigestamos quienes queremos creer de una forma u otra que el Estado es un buen lugar desde donde –al menos- disputar sentidos.

     Un comentario casi al margen y por eso breve, pero también como una luz que titila, quizás con menos frecuencia en la obra pero igualmente destacable, la reflexión sobre las indias. No es que lo preocupe a Viñas un pensamiento feminista o una mirada de género, sino más bien nace ese pensar sobre las mujeres indígenas de la perspectiva de un intelectual algo más honesto que muchos de los de su época al pensar los problemas que atraviesan a l@s dominad@s. 

     Otra luz que titila: las ideas aquí, las ideas en este libro, las ideas dichas cómo las ideas venidas de dónde, las ideas que se van transformando en, las ideas que se juntan y hacen a. Es decir, una poética de la ideología asoma en esta obra. Cómo se construye una ideología y qué pasa con lo que le coexiste, cómo se arma un imaginario capaz de producir genocidio.  Y asoma de la mejor manera que es la implícita, la que sabe que la mejor manera de decir algo es no decirlo del todo, la manera que nos hace buscar entre líneas, subrayar y, de merecerlo, doblar la punta de la página. La que hace que volvamos a este libro 40 años después de su primera edición.  

     Dice Carlos Magnone, en un espacio muy pequeño que le dedica la revista “Punto de Vista” a este libro (y que realmente no aporta mucho), que aquí se deconstruye ese discurso de la generación del 80. A mí me gustaría decir que más bien se reconstruye. Porque para el momento en que la dictadura sucede ya habíamos olvidado tantas cosas, y otras tantas para el año de Malvinas, y otras tantísimas hemos olvidado hoy. Entonces la necesidad es de reconstruir una trama que posibilitó qué. Para eso este libro. 

     Y ese es el poder de los libros que se van transformando en clásicos. No dejan de hablar, se ponen preguntones, un día nos parece que dicen una cosa y al tiempo otras. Y pasa algo más, y al tiempo vuelvo a pensarlo distinto. 

     Quiero decir que a este libro ya debemos ponerle el mote de clásico. No sabemos a ciencia cierta en qué carreras se lee, si efectivamente forma parte de esa serie de libros que el pensamiento nacional categoriza, no sé si Viñas suele entrar en esos anaqueles. Pero lo merece. Ítalo Calvino escribió que “es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo” y que  “es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone”. Así este libro en Argentina donde el conflicto mapuche (pero también más ampliamente indígena) se reactualiza una y otra vez, eleva su voz, se silencia y al cabo de un tiempo resurge. Este libro nos habla de ese estribillo de la historia argentina con el que ni los gobiernos de mejores intenciones parecen poder lidiar. Punto límite o punto cero de la dominación occidental que hoy se reconfigura tantas veces como un punto ciego de quienes creemos –buscamos – la justicia social.  

MACARENA BOCCIA

Es profesora de Historia por la UNLP

1982: Mercedes Sosa y Charly García, a dos puntas

MUSICA
JAVIER TRÍMBOLI

1982: Mercedes Sosa y Charly García, a dos puntas

     Se sabe: 1982 fue un año que se partió al medio; más que imposible, inaudito hubiera sido que la guerra de Malvinas no lo desgarrara. Pero no se trató de un desgarro cualquiera, mucho menos del que hubiera cabido suponer. Tan cierta es esta partición como que ni una punta ni la otra de ese año se terminan de revelar con nitidez, y en su opacidad le agregan bruma a la llamada recuperación democrática que hoy con renacido y tenue fervor muchos festejan. La epopeya estilizada que complace.

     Entre el 18 y el 28 de febrero, Mercedes Sosa ofrece en el Teatro Ópera, a cuadra y media del Obelisco, un mismo recital que cada noche, con músicos invitados que varían, escuchan dos mil doscientas personas. Finalmente serán trece funciones. Para lo que nos interesa en este comentario, este acontecimiento artístico ineludiblemente político abre el año que tiene broche, aunque uno que a todas luces tuvo otra gestación y procede de otra fábrica, con Charly García en la cancha de Ferro colmada por una multitud que se estimó cercana a las treinta mil personas. Policía uniformada y de civil no sólo se apostaba en los alrededores del Ópera, sino adentro mismo del teatro. El 26 de diciembre, en la cancha del barrio de Caballito, no se vio ni un agente de seguridad. Se dijo que fue la clave de que no hubiera habido  desbordes, de que se sortearan los hechos de violencia. 1982: despertar con Canción con todos e ir a dormir con No bombardeen Buenos Aires.

     Poco más de un mes antes de la movilización de la CGT que no llegaría a la Plaza de Mayo por la represión, Mercedes Sosa invita a creer que no sólo sus pies habían vuelto a pisar suelo argentino sino que con su cuerpo retornaba algo sustancial de un pasado que la dictadura había hecho mucho por erradicar. Incluso, y sobre todo, de los setenta. “Siempre ha sido mi objetivo volver a cantar en la patria. La patria significa algo muy importante para mí, es donde inicié mi carrera, donde me he casado, donde tuve mi hijo, donde fundamos el movimiento Nuevo Cancionero en 1962, por el cual recibimos burlas –decían que era cosa de locos-, donde encontramos a esa juventud fuerte y pujante.” Patria dicha por esta tucumana, por la Negra como se la vuelve a llamar en diarios y revistas, rezuma sentidos que se creían olvidados. Patria y vida, patria y juventud maravillosa. Sobrevuela este asunto en las crónicas, la que más explícitamente lo plantea es la de Jorge Aulicino en Clarín: “Fácil era ver que gran parte de la concurrencia era la misma que había asistido a los primeros pasos de Mercedes Sosa a fines de la década del sesenta. Bien pasados los treinta, muchos de ellos ostentando bigotes poblados, aunque sin esa caída a lo Emiliano Zapata que fue característica. El clima ‘revival’ –si se excusa esta palabra- era perceptible incluso en algunas conversaciones: ‘Te acordás cuando la escuchamos cantar en aquella peña? Fue la vez que…’” El dedo que aprieta pausa pero esta vez para desactivarla. Si se nos permite, digamos que mucho antes de 2019 lo desplazado había vuelto y mejor, depurado, sin ferocidad, limpio de rabia. ¿Todo eso encierra el cambio sutil en los bigotes? En el prólogo de 1982, cantar ‘tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitando’, tiene un significado prácticamente unívoco. Una señal, de las primeras, que indicaba que, en línea con lo que propone Pilar Calveiro, la sociedad había sobrevivido a la dictadura y a los campos. Incólumes, se está del mismo lado, en la misma posición.

     Charly García en Ferro, entre la Navidad y el brindis de fin de año, expresa lo nuevo, lo inesperado si en la mano se tiene la brújula que aporta el pasado, incluso incomprensible para algunos. Por supuesto, el rock ya había dado señales muy claras de renovación, Virus era una de las bandas que la encarnaban, pero las voces de quienes resistían ese giro –el mismo Serú Girán petulante de ‘mientras miro las nuevas olas yo ya soy parte del mar’- eran lo suficientemente poderosas para apenas permitirle que levantara cabeza. En diciembre de ese año bélico y veleidoso, García es la apoteosis de lo nuevo. Que se entienda: de lo nuevo que comunica con un público también inimaginado, que ya no precisa butacas para escuchar música. O sea, sintonizan el rockero que presenta su primer disco solista, Yendo de la cama al living, y esa multitud, se aceptan. De la despedida de Serú Girán en el estadio cerrado de Obras en los primeros días de marzo de ese mismo año –o de la de Sui Generis 1975 en el Luna Park-, a esta otra dimensión que se tornará común para el rock. (Ya que  estamos, recordemos, y el contraste sirve tanto para los trece Óperas como para Ferro, que Alfonsín por el momento sólo había llenado la Federación de Box un mes después del final desastroso de la guerra; y que el 17 de octubre, en Atlanta, el acto se partió y por muy poco los enfrentamientos no fueron  severos.) Quizás, con la música en los oídos, valdría atenuar estas afirmaciones, porque no son más que cuatro los temas que decididamente se alejan de su propuesta musical previa, de Sui Generis, de La máquina de hacer pájaros y de Serú Girán. En “Yendo de la cama al living”, en “No bombardeen Buenos Aires”, en “Peluca telefónica” y, hasta ahí no más, en “Yo no quiero volverme tan loco” no queda huella folk o de pretenciosidad sinfónica. Los demás, a no ser por algunas líneas de las letras, no desentonarían en esos viejos caminos. O sea, es lo que sigue de su obra, esos discos que vienen como ametralladora, lo que marca claramente la ruptura. Entonces, si no es enteramente la música, ¿la impresión de novedad se impone por Fiorucci, por el inusual contrato con una marca de ropa que esponsorea el “show”? ¿Es por el halo de superestrella que llega en un Cadillac rosa hasta el escenario y es presentado en francés por Jean Francois Casanovas? ¿Es por el despilfarro escénico que recrea con fuegos artificiales el ataque que no fue sobre Buenos Aires? ¿O es el poderosísimo juego que propone la iluminación en esa hermosa noche de verano? Cada una de estas cosas, si se quiere extramusicales, desafía a la autenticidad, un viejo valor con el que parece que se saca chispas este Charly de ocaso de dictadura. El efecto es por los cuatro temas y todo lo demás, pero si la balanza se mueve e al fin se inclina mucho es por un estado de ánimo que impregna todo y se impone como una consigna: a pesar de la seguidilla de desmadres que a punto estuvieron de dejarnos sin quicio, hay que pasarla bien, la alegría no puede ser sólo brasileña. “Vamo’ a bailar”. Charly anuncia que no salió de la dictadura como el que había sido, advierte que “es muy duro sobrevivir”, que de esa experiencia nació la desconfianza. Por lo tanto, que no se está donde se está sin costos. De otra manera hubiera sido inhumano.

     Por más que suene feo, que incluso nos moleste, desconfiemos de la vuelta de la cigarra, del sobreviviente que canta al sol. Que Daniel Grinbank haya sido el productor de este capítulo de la carrera de Mercedes Sosa empieza a decir algo sobre lo flamante que, sotto voce, arrastra lo viejo. También, claro, es lo que termina de sellar la enorme afinidad y simpatía entre la Negra y García, lo que une a un recital con otro. No menos significativo en este sentido es que sea el diario de Ernestina Noble, aún bajo influencia decisiva del frigerismo, el que amplifica su regreso a los teatros argentinos y funcione, en palabras de Mariano del Mazo, como ‘el gran escudo mediático’ que la proteja de cualquier represalia trasnochada. Reportajes y notas exclusivas son de Clarín que le hace sombra desde que aparece por la escotilla del avión. Pero tal vez más que en estas cosas sea necesario reparar en cierta dureza del gesto, en el mármol que pesa y satura, en cierta exageración. Demasiada bondad hay en cada tema que interpreta la Negra, demasiados buenos sentimientos. Canta, a través de Violeta Parra, que “perfecto” distingue “lo negro del blanco”, o que mira “al bueno tan lejos del malo”; la gente se pone de pie y aplaude con ganas, como si haber sobrevivido no haya precisado de maestría para manejarse con eficacia en la confusión de grises. Entre el 18 y el 28 de febrero, por la noche tarde, se llegó a creer que no hubo contaminación. Tanto énfasis huele a derrota, permite ver el agitarse de una bandera blanca que discretamente pide tregua. Después de todo, sólo queremos ser libres, es decir, que nos dejen expresar.

     Una nota de Félix Luna, obviamente en Clarín y se confunde con una editorial, es fundamental para captar lo que hay de nueva hora en la vuelta de la Negra. Estuvo entre el público, como Augusto Bonardo, Carlos Alonso, Cipe Linkovsky, Martha Lynch, Silvina Bullrich entre otros nombres propios de la “cultura”; la reverencia, orgulloso de que interprete canciones cuya letra le pertenecen. Comienza así:  “Mercedes Sosa hizo su esperada reaparición en el Opera. ¿Se conmovió el país en sus cimientos? ¿Hordas enfurecidas salieron de la sala recorriendo las calles con su torva faz? En suma, ¿pasó algo en el país después del recital de la Negra? No, desde luego.” Que nada haya ocurrido produce el mejor resultado, nos libramos como sociedad –seguimos su razonamiento- de la “estupidez” que suponía que esta artista y sus canciones podían ser peligrosas, que su aliento iba a implicar algo serio para la realidad tozuda, se lee también que encaminada, del país. En paralelo, no deja de resaltar que fue un “misterio”, y Clarín pone en negritas la palabra, de dónde provino la decisión de prohibir sus actuaciones. Reconoce, no obstante, que la cantora incluye temas en su repertorio que a él no le gustan y que “suscitan el entusiasmo fácil de ciertos sectores del público, que quisieran ver a la Negra agitando una bandera roja y poniéndose al servicios de cualquier extremismo.” Pero está en su derecho de interpretarlos. Este historiador de larga trayectoria en nuestra vida pública –funcionario de la revolución libertadora, militante del frondizismo, en uno años será Secretario de Cultura del alfonsinismo en la ciudad de Buenos Aires-, se complace en recordarles a los gobernantes, y también a los “extremistas”, que una canción es sólo una canción, y que no cambia el mundo, no colabora en tal tarea. Por el piso queda la apuesta del cancionero de protesta, celebrar estos recitales, defenderlos incluso, obedece a una cuestión estrictamente artística y de libertad de opinión.

     En Ferro, 26 de diciembre de 1982, más que un exorcismo, hay una pelea cuerpo a cuerpo con el pasado. Incluso León Gieco y Mercedes Sosa que se hacen presentes en el impresionante escenario que es obra de Renata Schussheim están midiéndose y lidiando con él. Charly es quien acelera. A Nito Mestre lo presenta como a un amigo de la infancia, uno de esos con los que “ya no quiere vivir así/repitiendo las agonías del pasado”, como había cantado en “Canción de dos por tres”. Según cuenta él mismo, a principios de año fue la Negra quien quiso interpretar “Cuando ya me empiece a quedar solo” y lo vuelven a hacer en diciembre. Y si el tema de 1973, de Confesiones de invierno, es casi existencialista, el viento que sopla en Yendo de la cama al living es de respuesta impiadosa a ese ánimo solemne y triste: solo y pronunciando hasta el hartazgo la primera persona, viendo el mundo desde ahí, se puede hacer muy buena música, otra música. Y, además, desembarazada de melancolía. La soledad, incluso el encierro, no es el fin. El egoísmo de Charly se exacerba y la multitud delira con él que nada habría peor que un bombardeo ya no sobre Buenos Aires, sino sobre el barrio más tradicional y selecto. Se prodiga como nunca antes en marcas de clase que sólo de lejos le pertenecen y, al mismo tiempo, incluye sin veladuras la política muy a tono con la hora a través de “Inconsciente colectivo” y “Los dinosaurios”. Las consignas contra la dictadura estallan. Martín Zariello recoge en su libro No bombardeen Barrio Norte el desconcierto con algo de enojo de las juventudes políticas que renacen ante estas combinaciones de Charly. La desfachatez, cierta promiscuidad, empieza a distribuir señales de la baja intensidad de la democracia que vendrá. Para un proyecto futuro: narrar la democracia argentina al ritmo de la locura ascendente de Charly, al ritmo de que dejan de funcionar las barreras para no volverse tan loco.

     Concluyamos provisoriamente que la llamada primavera democrática se compuso tanto de sentidos viejos que parecían volver, suponiendo que su aggiornamiento no les restaba nada sustancial, como de anuncios más o menos impiadosos de que éramos otros en una sociedad que, tan cómplice como sobreviviente de la dictadura, no había dejado de ser tal, sino que era otra también. En ella, el rock se erigió como sensibilidad y como espectáculo de masas, produciendo adhesiones y convocatorias que lo que quedaba de la política aún abierta a la chance emancipatoria no tendrá cómo empardar. ¿Fue el rock la lengua de estos años postdictatoriales y democráticos? Más para el proyecto futuro… Así hasta el 2001 y luego vino otra historia en la que por lo menos se amontonan Cromagnon, Peter Capussotto y sus videos, Charly García tironeado entre el Colón y el CCK y los revivals en el Movistar Arena. Sin lengua.

 

     Pd: En primera persona, si es que interesa, no estuve en ninguno de estos recitales. En los días de arranque de enero de 1982 me llené de tierra en el Festival de Pan Caliente en la cancha de Excursionistas. Entre las fiestas de ese diciembre no podía parar de pensar en la movilización del 16, lo que se abría en el horizonte, y, me parece, sobre todo tenía ganas de escuchar a los cubanos.

JAVIER TRÍMBOLI

Es profesor en la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UNLP). Su último libro es Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución (2017). 

El agujero en la pared (1982), Kohon

CINE/HISTORIA
MARCELO SCOTTI

El agujero en la pared (1982)
de David José Kohon

Presente continuo

     “Pasás al otro lado y chau”, invita el canchero Mefi al gris Bruno Sánchez, después de abrir de golpe y con sólo sus poderes mentales un boquete en la pared del cuarto que comparten y en el que acaban de realizar juntos una estafa de poca monta que ofició, como el mismo personaje lo anticipaba, de “examen de ingreso” para ver si Bruno estaba apto para el viaje. Y sí que estaba… 

     Una breve leyenda en la secuencia de títulos anuncia que lo que veremos se inspira vagamente en el mito de Fausto y en sus múltiples versiones; la otra clara referencia, no explicitada, es la Alicia de Lewis Carroll, recreada un par de años antes por Serú Girán en uno de sus clásicos. De hecho, el film de Kohon podría llamarse Bruno en el país, porque las referencias políticas, en clave alegórica o alucinada, son parte inescindible de los sentidos de la historia caleidoscópica que despliega su relato. La referencia al espejo y al a través del espejo conecta además directamente con el desenlace de la película anterior del director ¿Qué es el otoño?, estrenada en 1977 y protagonizada también por Alfredo Alcón. Hay continuidad entonces entre el film del comienzo de la dictadura y el del ocaso, un dato que se deja integrar a la historia y al tratamiento narrativo que le dedica el director. Pero no nos detengamos aún en situaciones recurrentes…. 

     El pacto fáustico se encuadra aquí en una Buenos Aires tan setentosa como aún reconocible. Kohon, que filmó la ciudad a lo largo de toda su obra y que le confirió siempre el estatuto narrativo de un personaje, la recorre de arriba abajo y de norte a sur y la expone desde múltiples ángulos. Más allá de que todo tratamiento de un espacio real por la cámara tiene un valor documental, lo singular del cine de Kohon es su apuesta radical, presente ya en su notable cortometraje “Buenos Aires” de 1958, contra toda pretensión objetiva; no hay aquí ningún documento exterior a la puesta en escena y el espacio urbano en su cine es siempre parte del drama, proyección de las sensibilidades puestas en relato, nudo entre subjetividades, lugar y tiempo realizado ante la cámara, connotado por el ángulo y la distancia, soportado y sostenido por el montaje. Una rareza para un cineasta argentino de su generación, Kohon fue, tal vez, el más profundamente convencido de que en el cine lo real procede de una invención. En nuestro film, el primer viaje urbano es el de Bruno –Alcón hizo algunos de sus mejores papeles en cine trabajando con Kohon, este es uno de ellos-, a pie, del cumple infantil al que fue contratado a sacar fotos hasta la propia casa en el sur de la ciudad, donde lo espera una madre postrada y quejosa o, menos aún, la voz de una madre postrada y quejosa que lo fastidia y le reclama que se case pronto. Treintañero frustrado, el protagonista apenas vacila cuando su insólito nuevo amigo le propone “un trato” que lo llevará de una existencia mediocre a la fortuna de un magnate. Pero no nos enredemos en el argumento, al menos no todavía…

     El tal Mefi, un jovencísimo y carismático Mario Alarcón, aparece a lo largo de la película desempeñando varios oficios: canillita, empleado de limpieza, agente inmobiliario, carcelero, sepulturero, una vez más vendedor de diarios y ¡fotógrafo!…. el orden no importa mucho, sino más bien la ubicuidad del personaje, una especie de diablito saltarín como el conejo de Alicia, que se presenta repentinamente y le da vueltas al destino de un Bruno cada vez más envuelto en el paquete. El motivo inicial es la foto de un suicida que se arroja desde las alturas, que nuestro fotógrafo de cumpleaños capta en el momento justo de la caída y que Mefi le ofrece vender con un contacto importante. De ahí en más, Bruno empieza su viaje al otro lado, ese en el que viven “los que no trabajan, los que flotan sobre el esfuerzo ajeno, los que tienen la información que importa”, que se concretará a través del agujero. Pero no nos adelantemos a los hechos…

     Insólitamente, el viaje de Bruno empieza en una estrafalaria orgía organizada por unos enanos en la que, entre tantas sorpresas, se encuentra con la modelo del momento, que se le ofrece al natural ante el clamor fervoroso de la fauna presente; Bruno acomete pero en el lance el cuerpo de su tentación se desinfla entre sus manos mientras la multitud alrededor estalla en carcajadas. “Vos siempre haciendo el gil”, le canta la justa Mefi café de por medio, antes de lanzarlo al viaje que sí importa al otro lado del agujero: pasaje hacia un acético cuarto blanco en el que al presionar un timbre, una voz de locutora de FM anuncia la cotización de las acciones al día siguiente…. De pronto, convertido en un cerebro del mundo financiero, el nuevo Bruno Sánchez, de porte enderezado y peinado a la gomina, deviene en gran empresario, compra un yate, un diario, un canal de televisión y se asocia con promesas de la política. Ahora la tiene clara, no se trata de la guita si no de manejar la “bocineta”, el control de la información e incluso la invención de la realidad por medio de los grandes medios. No sorprende, claro, que pregunte “¿Cómo, ya son las once?”, cuando uno de sus nuevos empleados corre a avisarle que acaba de caer el presidente. Pero no nos atropellemos que el trance es más complicado…

     Al otro lado, Bruno se casa nomás con la chica perfecta, la de los posters y la telenovela de su propio canal, una María Noel que encarna la suma del ideal femenino de la publicidad y, a la vez, exhibe la temperatura de una muñeca inflable. Con gran pompa, la boda se pone en escena para la tele, pero de pronto su mujer lo invita a celebrar con ella el aniversario de su separación. Al pasar, en la calle, Bruno tropieza con Lucía, la vecina del barrio del otro lado, el amor idílico de su juventud que le cuenta que trabaja con un titiritero y le pregunta si consiguió lo que deseaba, Bruno se paraliza y se queda haciendo la mueca de los títeres. Los negocios van bien pero se enredan y, bueno… llegado el caso habrá que mandar a matar a alguno y sacrificar a otros; la alianza con la política lo pone al borde del gobierno, pero nuestro módico héroe se siente cada vez menos convencido del trato que ya no puede deshacer. En un intento por volver al otro lado del agujero las cosas ya no son como eran y tampoco lo son a su regreso ¿su madre murió o está a punto de volver a caminar? Mefi le bate otra vez la justa, no se trata del tiempo, lo que cambia es el “aquí”, vas pasando de un aquí a otro y las cosas se parecen pero no son exactamente iguales, se diferencian pero no son del todo distintas. Pero no nos dejemos llevar por las vueltas de la trama…

     Kohon persevera en su apuesta al enrarecimiento y la inestabilidad del relato, y el montaje es el recurso central de esta apuesta. Entre escenas y secuencias, el tipo de corte y apertura procede contra toda linealidad, el ritmo se acelera o la narración se superpone o se repliega, y no hay certeza de que una situación suceda cronológicamente a la precedente. La lógica, si se puede clasificar, es más cercana a la de los sueños que a la de la experiencia social cotidiana y el repliegue del relato sobre sí mismo resulta coherente con este tratamiento imprevisible de la narración. Uno nunca sabe qué va a venir después e incluso si se trata efectivamente de un después. El conjunto se puede leer en la clave de la transformación histórica de un sujeto y, por extensión, de una sociedad, en tránsito desde una cierta forma tradicional a otra en la que priman el oportunismo, la especulación y la codicia; pero el asunto no se agota en esta posible lectura socio histórica y la recurrente aparición de los enanos y su papel de mediadores polivalentes que organizan festicholas y desfilan con lanzallamas en el centro de la ciudad, como salidos de un film de David Lynch, desajusta cualquier intelección cerrada y descompone toda interpretación lineal; Kohon imagina un espejismo dantesco, pero no se propone delimitar sus posibles reflejos. La secuencia final deja varios cabos sueltos en el juego dialéctico y las sonrisas entre Lucía –el ángel que no ha caído- y Mefi y, al cabo, hay quienes no aceptan las propuestas que el fausto porteño va soltando aquí y allá para pasar al otro lado. De pronto, a los ojos del mismísimo, la ciudad del lujo y las tentaciones se vuelve un inmenso basural en el que se pierde la vista. Pero no es cuestión de adelantarnos en el tiempo…

     Recargada de información alegórica, subrayada quizá en demasía en unos u otros pasajes, puesta a salvo de la gravosa solemnidad que sería tan frecuente en el cine argentino posdictadura por un inusitado y preciso sentido del humor, El agujero en la pared es una película imprescindible para quienes se interesen en esto que hemos dado en llamar la historia argentina reciente, en las marcas de la dictadura y en las formas en las que ciertos artistas maniobraron para representar y narrar una sociedad puesta en abismo en unos pocos años. Sorprendente incluso por la lucidez con la que anticipaba buena parte de la realpolitik de los años venideros, la película de Kohon guarda cuatro décadas después y entre sus muchos pliegues conexiones no tan cifradas con nuestro presente. Lo que en ella se atisbaba, incluso más allá de la conciencia de su protagonista, es que ese paso al otro lado suponía el comienzo de una nueva época en la que ya no cabría siquiera la ilusión del regreso. Con todo, el director se guarda en la manga un truco que suelta al final y que retuerce la historia hasta volverla arena escurridiza entre las manos, fotografía sin película o, más insidiosamente, la anécdota de un cuerpo desaparecido o tapado por los diarios. Pero no revelemos el desenlace ni sus posibles correlatos… Retengamos de momento una idea que Bruno Sánchez apenas alcanza a entrever: una pesadilla siniestra se termina o, tal vez, sólo acaba de comenzar.  

“El agujero en la pared” se puede ver aquí: 19820603 – El Agujero En La Pared (Película Completa HD720p) – YouTube

MARCELO SCOTTI

Es profesor del Departamento de Historia (FaHCE-IdIHCS- UNLP) y docente de posgrado en FLACSO, Argentina.

Los autonautas de la cosmopista final (1983), Cortázar y Dunlop

CRÓNICA/NOVELA/LIBRO DE VIAJES
ANTONIO CAMOU

Los autonautas de la cosmopista (1983)
de Julio Cortázar y Carol Dunlop

El penúltimo viaje de los autonautas

     Hace cuarenta años, entre el domingo 23 de mayo y el miércoles 22 de junio de 1982, Julio Cortázar y Carol Dunlop emprendieron un “viaje atemporal” por la autopista que conecta París con Marsella. Si Google no miente ni se equivoca por mucho, los 775,2 kilómetros se pueden recorrer en 7 horas y  26 minutos, pero los expedicionarios se tardaron treinta y tres largos, delirantes y felices días, en virtud de las estrictas reglas que se fijaron para la inusual travesía: cumplir el trayecto “sin salir ni una sola vez de la autopista”; explorar “cada uno de los paraderos, a razón de dos por día, pasando siempre la noche en el segundo”; efectuar “relevamientos científicos de cada paradero, tomando nota de todas las observaciones pertinentes”; e inspirándose en los relatos de viajes de los grandes exploradores del pasado, “escribir el libro de la expedición” (p. 29). 

     Mezcla de crónica, parodia de las narraciones de viaje, novela por entregas y lúdico collage de fotos, dibujos, mapas, planos, reflexiones al paso y otras yerbas, Los autonautas de la cosmopista –publicado originalmente en 1983- es un libro escrito por cronopios para ser leído especialmente por otros locos y locas lindas. “Dedicamos esta expedición y su crónica –nos dicen de entrada les autores- a todos los piantados del mundo y en especial al caballero inglés cuyo nombre no recordamos y que en el siglo dieciocho recorrió la distancia que va de Londres a Edimburgo caminando hacia atrás y entonando himnos anabaptistas”.

     A diferencia del caso de Cristóbal Colón y de otros temerarios navegantes con menor fortuna, uno de los principales objetivos de la expedición -verificar la eventual existencia de Marsella- se cumplió ampliamente, según lo demuestran unas profusas fotografías tomadas por los viajeros en el puerto de llegada. Y aunque no contemos con documentación fidedigna a mano, entendemos que el rotundo éxito de la epopeya ha suscitado múltiples réplicas de otros expedicionarios –desde entonces hasta hoy-, que han acometido excursiones con análoga finalidad civilizatoria, tal como corroborar la discutible realidad de San Clemente del Tuyú, de Venado Tuerto o de Salsipuedes. 

     Claro que Los autonautas es también, a su manera, un libro militante. Por supuesto, en un registro muy distinto a Libro de Manuel (1973) o a las colecciones de ensayos y artículos de opinión escritos a lo largo de varios años, y que de manera simultánea con la expedición, Cortázar había comenzado a reunir en volúmenes integrales: desde Nicaragua tan violentamente dulce (1983) hasta Argentina: años de alambradas culturales (1984), que aparecería de manera póstuma. Así, de entrada se nos advierte desde la primera página: “Los derechos de autor de este libro, en su doble versión española y francesa, están destinados al pueblo sandinista de Nicaragua”. Y ese posicionamiento se traslada a un hecho -cargado de inquietud y de dolor- que acompañará a los viajeros a lo largo de todo el itinerario, en particular por las noches, cuando sintonicen las noticias de la BBC de Londres para rescatar alguna información medianamente creíble sobre la Guerra de Malvinas. Se trata de una confrontación que el libro no trepida en calificar de “imbécil”, “siniestra” o “estúpida”, y con filosa lucidez nos entrega un análisis que nos sigue interpelando hoy:

     ¿Cómo no llenarse de angustia ante la siniestra pantomima de una junta militar que, sabiéndose rechazada por la población civil, opta por una fuga hacia adelante y se lanza a la reconquista de las Malvinas, sabiendo perfectamente que eso manda a la muerte a millares de conscriptos mal entrenados y equipados? ¿Cómo no sentir náuseas frente a la estúpida adhesión de una mayoría de argentinos que en estos últimos años han vivido día tras día la opresión, los asesinatos, la tortura y la desaparición de millares de compatriotas? (pp. 87-88).

     Pero tal vez el sentido político más sugerente que entrega el libro haya que buscarlo por otro lado. Mirada en perspectiva, la obra es en buena medida la contracara, y hasta cierto punto también la lejana prolongación, del cuento “La autopista del sur”,  publicado por Cortázar en 1966, en el volumen Todos los fuegos el fuego. Ambientados en la misma ruta, y más o menos en la misma época del año, sería demasiado largo constatar la ristra de parecidos y diferencias entre ambos textos, aunque algunas pocas observaciones nos ofrecen tela para cortar en la dirección que insinuamos. 

     De entrada, una pequeña discrepancia  espacial y una coincidencia temporal: en un caso, el viaje parte de la capital francesa a Marsella, mientras que en el relato del embotellamiento los viajeros marchan de regreso a París –también un domingo- luego de un fin de semana. Claro que el mayor contraste se da entre el aire kafkiano de pesadilla urbana que respira el cuento –automovilistas atascados varios días en el camino por causas que nunca se develan, expuestos a las inclemencias del tiempo, sin agua ni provisiones, etc.-, y el destino elegido de vacación feliz que anima a Los autonautas

     No obstante, en los dos textos se ponen de manifiesto los trazos de un orden social emergente y paralelo al de la realidad cotidiana de la ciudad, con sus problemas y desafíos. En “La autopista del sur” el orden social precario y vacilante surge de la propia interacción de los protagonistas, forzados por las circunstancias adversas e imprevistas que deben enfrentar, y de las que tratan de escapar. Sólo la resignación ante el hecho consumado de que el problema de tráfico no se resolverá de un momento a otro, mueve a los afectados a aceptar el “acuerdo tácito” de descansar y recargar fuerzas para estar mejor pertrechados en la lucha del día siguiente. Podríamos decir que se trata de un tipo de orden inter-accional, especialmente analizado en diversas obras por el sociólogo canadiense Erving Goffman, fallecido prematuramente en el mismo año que se produjo el viaje. Así, como señala en “El orden de la interacción” (1991), su obra póstuma, la co-presencia corporal –constituida en un espacio y un tiempo determinados– “lleva implícitos riesgos y posibilidades”, por lo cual da lugar a una amplia gama de “técnicas de control social” a través de las cuales los participantes tratan de manejar los posibles resultados de sus acciones. Un punto por demás interesante es que en ese orden circunstancial, contingente, fruto de la misma emergencia, se cuelan las marcas discriminadoras del otro orden más profundo y estructural en el que han sido socializados los viajeros y viajeras que sufren el inusitado percance. Por ejemplo, cuando hay que organizar las distintas tareas destinadas a garantizar la supervivencia, las mujeres serán las encargadas de atender a los niños y de cuidar a los enfermos, mientras los hombres son los exploradores que van en busca de agua y de comida. 

     En la obra de Cortázar y Dunlop, en cambio, el orden surge por la construcción deliberada de un juego de reglas consensuadas que organiza la vida de los protagonistas; no importa que esas normas puedan parecer estrambóticas a simple vista para el común de los mortales, lo significativo es que son voluntariamente aceptadas por los jugadores; e incluso son acatadas por sus amigos y amigas que los visitan y les traen alimentos frescos, o les hacen compañía en algunos paradores estrictamente prefijados para recibir huéspedes provenientes del mundo normal, al que, más temprano que tarde ambos tienen la certeza de regresar. Se trata, además, de un orden equitativo, donde los protagonistas se reparten las tareas domésticas que involucra el viaje: los dos alternativamente hacen la comida, lavan la ropa o mantienen limpio el vehículo, que por derecho propio es el tercer personaje de la historia, el dragón Fafner.   

     En El cemento de la sociedad (1997), desde un enfoque de elección racional, Jon Elster analiza dos tipos de orden social: por un lado, el de “configuraciones de conducta estables, regulares, predecibles”; por otro, el de “conducta cooperativa”. En paralelo, habría entonces dos tipos de desorden: el primero es la visión del mundo que nos entrega Shakespeare en Macbeth, esto es, la vida concebida como “ruido y furia”, un cuento “contado por un idiota”; el segundo tipo de desorden queda bien expresado por la visión que Thomas Hobbes ofrece del estado de naturaleza en el Leviathan: un espacio de relaciones donde la vida humana es “solitaria, pobre, sucia, brutal y breve” (pp. 13-14). Una curiosidad no menor del texto de Cortázar y Dunlop es la de construir –desde una racionalidad con “arreglo a valores”, diríamos en los clásicos términos weberianos- un nuevo orden cooperativo, si bien acotado en el tiempo y el espacio, que pone en cuestión la estabilidad, la regularidad y la predictibilidad del orden dominante. 

     En el marco de la discordancia entre las dos historias llama la atención el uso de una misma figura -para caracterizar un aspecto común de ambas situaciones- pero con una valencia diametralmente opuesta. En un caso, los autonautas hacen un explícito elogio de la lentitud y se congratulan de todo lo que pueden llegar a “descubrir al entrar en un ritmo de camellos después de tantos viajes en avión, metro, tren” (p. 42); en el otro, los indignados viajeros varados en el camino se quejan a viva voz por el atropello de “someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos” (p. 12). Pero justamente es ese ritmo lento, planeado por unos y padecido por otros, el núcleo de la incongruencia con respecto a la conducta habitual y esperable en una autopista: ir a gran velocidad. Por eso, al concluir el cuento publicado en 1966 –cuando los automovilistas pueden retomar su marcha habitual-, el relato deja en suspenso una clave de interpretación que abre una fisura entre lo corriente y lo extraño, entre lo aceptado y lo posible, entre lo normal y lo diferente; y a partir de ese desplazamiento en la mirada es posible empalmar esa historia con la aventura que van a emprender una década y media después. Dice Cortázar: “…y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia delante”.

     Finalmente, Los autonautas nos cuenta una historia de amor -bella y breve, intensa y triste-, porque para quienes conocemos el final de la película el texto respira un perfume de paraíso perdido y de ilusiones truncas: “Volvimos a París llenos de planes: terminar juntos el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir todavía más intensamente”. Y aunque ellos todavía no lo saben en su eterno presente de papel, de mapas y de dibujos, nosotros sabemos que a los dos trotamundos los persigue la sombra terca de una inminente despedida. 

     Apenas terminada la expedición, los infatigables viajeros emprenden una nueva visita a Nicaragua “donde había y hay tanto que hacer”. Allí Carol –cuenta el Enormísimo Cronopio en la última página- reanudó “su trabajo de fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad”. Pero el destino había marcado las cartas: la salud de la joven mujer –tenía apenas 36 años- “empezó a declinar, víctima de un mal que creímos pasajero porque en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los pronósticos, y yo compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso”.

     Los autonautas de la cosmopista se publicó poco tiempo después del fallecimiento de Carol Dunlop y apenas cuatro meses antes de la muerte de Cortázar. Ambos están enterrados en la misma tumba del Cementerio de Montparnasse, por donde desfilan peregrines venides de los cuatro puntos cardinales que dejan flores, libros, cigarrillos, botellitas de whisky, lápices de fieltro, boletos de metro, tickets de peaje, mensajes garabateados en cualquier idioma, y piedritas de todas las formas y colores para seguir jugando a la rayuela.   

 

ANTONIO CAMOU

Es profesor-investigador del Departamento de Sociología (FaHCE-IdIHCS- UNLP) y docente de postgrado de la Universidad de San Andrés. 

Carta de Sara Ahmed a Lauren Berlant

EPISTOLAR
LUCAS SAPOROSI

Carta a Lauren Berlant (2020)
de Sarah Ahmed

Escribimos para estar en la reverberación del mundo. Sara Ahmed y su carta a Lauren Berlant

“We write to be in the reverb of world and world”

Lauren Berlant y Kathleen Stewart (2019, p. 131)

I.

 

      El 28 de junio de 2021, hace ya más de un año, Lauren Berlant falleció luego de pelear contra una terrible enfermedad. Un tiempo después, Sara Ahmed publicó una carta en su blog feministkilljoys en conmemoración de Lauren. No fue (solo) una carta de despedida, ni un homenaje a su trayectoria, sino una reflexión sobre el vínculo que las unió durante más de veinte años. Una reflexión que tomó la forma de un ejercicio de memoria y puso de relieve lo que implicaba la pérdida de una compañera y de una referente político-intelectual: una marca, una herida abierta, un quiebre en la brújula de la tarea de la crítica. “¿Qué ocurre cuando la persona que perdés es aquella que mejor puede describir esa pérdida para vos?”, señala Ahmed al inicio de su carta, restaurando esa inconmensurable habilidad de Lauren para construir el haz de las palabras adecuadas sobre las superficies que deja una herida.

     Lauren Berlant y Sara Ahmed son (y han sido) reconocidas investigadoras, docentes y activistas feministas que han desarrollado su tarea en el campo de la crítica cultural y de la teoría de los afectos. Ahmed fue profesora de Estudios Culturales en Goldsmiths, en la Universidad de Londres, y directora del Centro de Investigaciones Feministas. Berlant, fue docente en las áreas de Género y Literatura en la Universidad de Chicago, desde 1984. Asimismo, sus intervenciones públicas han ido mucho más allá de la academia y se han convertido en referentes político-intelectuales del movimiento feminista y queer en Estados Unidos y Gran Bretaña.  

     En este texto, no nos ocuparemos de hacer un análisis de los enormes aportes de Ahmed y Berlant al campo de la crítica cultural y política. Para ello, se pueden consultar los diferentes trabajos de Cecilia Macón (2014; 2020), de Helena López (2014, 2015) y de Mariela Solana y Cecilia Macón (2015), entre otros. También, la entrevista que Magalí Haber le hiciera a Berlant (2020) resulta una contribución importante para comprender el trabajo de la autora. Aquí, se trata de hacer una breve reflexión acerca de la carta que Ahmed escribió con motivo de la muerte de Berlant y contribuir con una lectura sobre la memoria, el duelo, los afectos y las formas de comprender el vínculo feminista y los distintos trazos en común de la vida de colegas y compañeras dentro (y fuera) del campo de la academia. 

     Desde allí, Sara propone una reconstrucción íntima y, por tanto, pública y profundamente política de su biografía y de sus encuentros con Lauren. Justamente, (lo) íntimo y (lo) público ha sido una de las articulaciones conceptuales más relevantes en la teoría de Berlant. Así, referir al o a lo “público íntimo” (o “intimate pubilc”), en tanto “espacio de mediación en lo que lo personal es refractado a través de lo general”, como lo definió en The Female Complaint (Berlant, 2008, citado en Macón, 2020, p. 11), le permite a Sara colaborar en la construcción de una escena de contacto útil para esta meditación sobre el duelo. Ahmed, entonces, encuadra una trama que evidencia los cruces, los diálogos, las tensiones y, ante todo, la potencia de la práctica político-intelectual cuando se la propone como una tarea feminista sobre todos los órdenes de la vida. 

     Sara no tiene palabras para nombrar la pérdida de Lauren, pero las encuentra en la memoria de su experiencia con ella. “No tener palabras es también poner palabras, apuntando hacia algo, conectándonos con alguien”. En esa memoria, o reverberación para usar las palabras de Berlant y Stewart (2019), es donde se funde el despliegue de la carta. En efecto, un “trabajo de memoria” (recuperando el clásico aporte de Elizabeth Jelin, tan pertinente para este vínculo) puede ser una forma de la reverberación; o bien, un “trabajo de traducción”, como señaló Ahmed (2015), en la medida en que nos permite comprender que la ausencia de palabras también puede ser una forma de escucharlas desmontadas, tardías, como si estuvieran desincronizadas o viniesen desde lo lejos; precisamente eso, una reverberación. 

     En este punto, la carta alude al recuerdo de la primera vez que Sara Ahmed leyó el nombre de Lauren Berlant, allá por mediados de los años noventa, cuando una colega, Sarah Franklin, le acercó una copia de una convocatoria a un dossier (un CFP o un “call for papers”) impulsado por Lauren. El encuentro entre Sarah, Sara y Lauren efectivamente constituye una escena de contacto en la carta: Sara Franklin, investigadora y docente feminista, se convirtió luego en la compañera de vida de Sara Ahmed. El nombre de Lauren allí inscripto es entonces un gesto en esa complicidad amorosa. Y lo hace explícito: “vos [Lauren] estuviste merodeando durante ese devenir”, en referencia a ese encuentro afectivo. ¿Cuánto de esa potencia de la segunda persona del singular (ese vos, ese tú) nos interpela y nos incluye en esa escena? Pareciera revelarse allí un intencionado reconocimiento múltiple: Ahmed le habla a Lauren pero, en el pacto de lectura, quienes leemos también nos vemos aludidos por esa voz (y ese vos); al mismo tiempo que suscita esa referencia amorosa a su compañera, Sarah Franklin.     

     Ahmed, por entonces una joven investigadora feminista, recientemente graduada del programa de doctorado del Centro de Teoría Crítica y Cultural de la Universidad de Cardiff y buscando abrirse paso en el mundo académico de Gran Bretaña, le escribió un mail para participar del dossier y le propuso un artículo sobre el cruce entre intimidad y autobiografía, muy vinculado a su libro Strange Encounters (2000). Pero la respuesta de Lauren no cumplió con las expectativas de Sara: “no puedo recordar exactamente las palabras que usaste, pero fue algo así: -resulta bastante obvio un acercamiento a la intimidad a través de la autobiografía”, con un sutil énfasis en ese adjetivo, obvio, que le asignaba un tono crítico e impugnatorio. Siguieron, tal como lo recuerda, una serie de intercambios un tanto tensos entre las colegas que, en algún punto, permitieron confluir en preocupaciones teóricas y epistemológicas comunes sobre cómo abordar problemas en el campo de la crítica cultural. 

 

II.

 

     A partir de entonces, la voz temblorosa de Sara recuerda los intercambios posteriores con Lauren, los cálidos encuentros y conversaciones, así como también las diversas tensiones que enredaron la atmósfera de sus diálogos. La obra de ambas tiene la particularidad de poder leerse como un testimonio de esos cruces, como un archivo afectivo que pone en evidencia cómo esa intimidad fue vivida y asumida. Sara subraya permanentemente estas referencias cruzadas donde las palabras de una se vislumbran en la obra de la otra, no sólo como un registro de la intimidad sino también como un posicionamiento respecto a la política de citación. En este punto, la cita deja de ser comprendida como una mera exigencia académica para asumirse como una tarea que visibiliza un reconocimiento, una marca de la escucha atenta. En otras palabras, citar es una práctica de ubicación, de delimitación de coordenadas que orienta el modo en que nos vinculamos con la tarea y con lxs colegas en un determinado territorio de saber. Por tanto, estas mutuas referencias, también ampliadas a otras autoras, recomponen el mapa de un vínculo y de una trama de voces con preocupaciones comunes. 

     Aquí resuenan las palabras de Arlette Farge respecto al uso y a los peligros de la cita. “La cita jamás puede ser una prueba”, sugiere la historiadora francesa; es decir, no puede ser (únicamente) una prueba de lectura, una prueba de conocimiento ni una prueba ante un/x otrx que, en tanto tal, asume el lugar de evaluador/x. Señala Farge que “la cita debería responder a un trabajo de incrustación” (1989, p. 59), o de montaje podríamos decir, precisamente porque toma sentido en la medida en que forma parte de un encadenamiento. Para estas autoras, relocalizar las palabras ajenas es una forma de aludir a esa escena compartida de enunciación y de pronunciar los nombres que la componen, Sara, Lauren, Sarah. Nuevamente, las reverberaciones de la práctica intelectual. 

     Ahmed al rastrear sus diálogos y tensiones teóricas con Lauren las vuelve parte de su duelo. En la carta, recuerda que Berlant refirió críticamente a su trabajo en El Optimismo Cruel (2011) [2020] y la posicionó entre las teóricas más interesadas en la cuestión de las “emociones” que en la de los “afectos”. Una inscripción de la que la misma Ahmed ha intentado desplazarse frecuentemente, tal como lo explicitó en la introducción de La política cultural de las emociones (2004) [2015], sobre todo, con el concepto de “economías afectivas”. En ese sentido, la segunda edición del libro incorporó una réplica al argumento de Berlant, puntualizando no sólo en esa crítica, sino también redoblando la apuesta y marcando su profundo interés en objetos de estudio que, en la jerga de esta teoría, podrían enmarcarse en esas indagaciones sobre “lo afectivo” o en lo que resulta difícil de codificar en una superficie discursiva

     Entre esos objetos, Ahmed propuso más tarde la idea de “promesa” (de felicidad) entrecruzada, a nuestro entender, con la de “optimismo” (cruel), ambos conceptos fundamentales para comprender las nuevas formas de vulnerabilidad y precariedad en el marco del neoliberalismo y, específicamente, las condiciones del ascenso de Trump en Estados Unidos. En este punto y parafraseando a las autoras, podríamos preguntarnos: ¿cuáles han sido esas “formas de apego” que han mantenido a ciertos individuos vinculados con determinados discursos, representaciones, fantasías y expectativas de vida, que no han hecho más que ocasionarles una profundización en sus experiencias de opresión y vulnerabilidad? Según Berlant: “una relación de optimismo cruel (…) que se establece cuando eso mismo que deseamos obstaculiza nuestra prosperidad. Puede ser la comida, una forma de amor, una fantasía de la buena vida o un proyecto político” (2020, p. 19). O, según Ahmed, “una promesa de felicidad” pensada desde su condición directiva, como un mandato a seguir, cuando “la felicidad se convierte en un punto final (…), de modo similar al de la expresión porque sí” (2019, p. 415).    

     En este mismo diálogo cruzado, se puede trazar también la reciente conceptualización de Ahmed sobre la queja (o “complaint”) y de Berlant, sobre la molestia o la inconveniencia (“inconvenience”). Justamente, durante el proceso de escritura de Complaint! (2021), Sara recuerda el último encuentro en persona con Lauren. Fue en Chicago en el año 2015. Se reunieron en la peluquería y luego pasaron un buen rato juntas. Allí le contó sobre los pormenores de aquella escritura y del modo que había surgido como parte de su experiencia con un grupo de estudiantes que habían iniciado una queja colectiva para denunciar el abuso sexual en la universidad. También le comentó que el compromiso asumido ante las activistas la llevó a renunciar a su cargo en la institución. Por tal motivo, Sara ha intentado no sólo poner en evidencia la violencia de género inherente a las instituciones sino también dar una respuesta pública frente a ella. 

     Berlant también ha tomado a la queja como un motivo de teorización en su libro The Female Complaint, el último trabajo de su trilogía sobre la sentimentalidad nacional norteamericana, compuesto además por The Anatomy of National Fantasy: Howthorne, Utopia and Everyday Life (1991) y The Quieen of America Goes to Washington (1997). Ahmed lo ha tenido como una referencia pero, en su caso, se ha orientado por un abordaje desde un lugar diferente: para Sara, Complaint!, más que un “género” o una “teorización”, ha sido un objeto de trabajo concreto y material, una respuesta colectiva a una situación de violencia de género contra estudiantes. “Ellas [las víctimas] fueron mis teóricas”, le dice a Berlant, marcando cierta distancia con su trabajo. “En mi caso, se trata menos de una queja femenina que de una queja feminista”, le señala Ahmed. Así se lo comentó en un mail un tiempo después y la respuesta de Berlant fue contundente e interpelatoria: “Entiendo que lo que me decís es que apenas pensás con la idea de queja femenina. Es una pena para mí porque hemos sido interlocutoras por tanto tiempo. Deberíamos entrevistarnos una a la otra, como en los viejos tiempos. ¿Te gustaría?” Ahmed admite que fue triste escuchar ese “una pena para mí” pero lo comprendió como tal, como una invitación a continuar sus diálogos. Un diálogo es precisamente eso, “una forma de estar en una intimidad”, señala

     Se trata precisamente de estar en diálogo, “in dialogue”, tal como reza el título de la carta. Al reconstruir estas escenas, Ahmed rescata esa forma de configurar marcos de escucha para comprender y hacerse cargo de las circunstancias que rodean a los vínculos, circunstancias de las que justamente son (y somos) parte. En este punto, Sara propone construir una escucha feminista (“a feminist ear”) para evitar el juicio y atender tanto al contenido como a la constelación alrededor de las interpelaciones: ¿qué dicen? ¿qué nos dicen sobre nosotrxs? ¿sobre lo que ocurre y ha ocurrido? ¿qué puedo hacer con ello? Una escucha atenta y genuina, sin por ello, condescendiente y autocomplaciente; una escucha que reconoce en su agencia a quien la pronuncia y responde. 

     Así lo recuerda: “Mirando hacia atrás, gracias a tu presencia cercana, pude ver cuánto de mi propio trabajo sobre las emociones y los afectos fue contribuido por el hecho de haber estado en diálogo con vos”

     Ahmed escribe con un profundo dolor pero sin romper en llantos. Necesita así hacerlo para construir su duelo y reflexionar sobre su vínculo con Lauren, en tanto colegas y, sin decirlo, en tanto amigas, o al menos asumiendo alguna forma de la amistad. Y, en ese sentido, tanto las escenas de reconocimiento y complicidad como las incomodidades y las tensiones constituyen formas de habitar esa relación amistosa; en palabras de Ahmed, “estar en una relación, como me enseñaste, es la alegría (también la incomodidad) de estar con alguien que no es una”.  

           

III.

 

     En esta forma de elaborar el duelo, Sara Ahmed también señala que “la gratitud puede estar cerca del dolor” y puede traducirse “en una sensación de cuánto alguien nos da” pero también en “una sensación de cuánto podrías perder; podrías perder y efectivamente perdés”. Según la autora, esa gratitud, cuando se toca con el dolor, configura una medida de la pérdida pero también una forma de reactualizar esa marca. En otras palabras, es el signo de una relación que nos ha conmovido y nos ha permitido crecer en un sentido integral, adoptar nuevas habilidades, aguzar la mirada, perfeccionar nuestras preguntas; puede ser tal vez una referencia de que hemos cambiado nuestra posición o fortalecido el terreno de nuestro sendero intelectual, personal y político. 

     El duelo, siguiendo a Ahmed, implica una política del dolor que no debiera intentar “dejar ir” al objeto perdido, como afirmara Freud en sus tesis sobre el duelo y la melancolía, sino que impulse el deseo de mantener vivo el vínculo con aquello que se pierde. No hay vocación de distanciamiento, hay un acto afectivo de aproximación. Y en ese acto, la pérdida vislumbra “el reconocimiento de la deseabilidad de lo que se tuvo alguna vez: quizás tenemos que amar para perder” (Ahmed, 2015, p. 240). 

     Gratitud, reconocimiento y pérdida. Una tríada que Ahmed inscribe en su recuerdo de Berlant. También rememora una vieja pregunta de su colega sobre la cuestión del amor: “Soy una teórica del amor, ¿cómo ocurrió eso?”, a lo que Sara responde de manera encriptada, como si fuese parte de un código que sólo Lauren pudiera comprender: “una teórica del amor, o una teórica amorosa, una teórica sobre el amor, la pérdida y las relaciones que culminan en lugares inesperados”. Una respuesta actual a un viejo interrogante pero también una réplica que modifica aquella pregunta, la reinterpreta, la vuelve presente. Y lo hace intentando reinstaurar una concepción del amor alejada de las ideas románticas e idílicas. En todo caso, se acerca bastante a la concepción de Eve Sedgwick (1998) y de Judith Butler (2007) sobre el amor: el amor nos permite dudar, más que construir certezas; el amor nos vuelve impropios en nuestra experiencia. Abre preguntas, incomodidades, interpelaciones. Pero, sobre todo, Ahmed se hace eco de la perspectiva de Berlant respecto al amor.  En “A properly political concept of love” (2011), Lauren revisa críticamente la “teoría del amor” de Michael Hardt y sugiere que lo “políticamente apropiado” del concepto de amor es, precisamente, su “impropiedad”: una experiencia, una forma de apego, que se presenta “sin garantías” y sin definiciones apriorísticas.

 

IV. 

 

     La rememoración sobre su vínculo con Lauren Berlant, además de un “trabajo de memoria”, es una suerte de apunte pedagógico sobre la tarea de la crítica que va mucho más allá de la desarrollada en la academia. Como señalamos al principio, si la obra de ambas podía recorrerse siguiendo un conjunto de pistas entrecruzadas del acervo de sus discusiones, las lecciones que Sara reconoce de Lauren en la carta también forman parte de ese archivo común. En ese sentido, para quienes la leemos en esta clave, se nos revelan elementos de un proyecto pedagógico útil para la tarea intelectual y para la vida en ese territorio. Es habitual encontrar estas referencias y recursos en la obra de Ahmed: sus trabajos suelen estar poblados de lecciones y aprendizajes, expresados a partir de citas y reconocimientos explícitos o de “kits” para desenvolverse en la esfera personal, política e intelectual; o, en sus palabras, para “vivir una vida feminista”. 

     Efectivamente la cuestión pedagógica atraviesa toda la carta. Entre los numerosos pasajes que refieren al tema podemos destacar aquella enseñanza orientada a valorar las estrategias que se ponen en práctica para “salir del paso” cuando nos encontramos confundidxs; o la lección acerca de cómo posicionarse para desarrollar una descripción sobre lo que ocurre: “Sí, me enseñaste cómo describir lo que está ocurriendo, la actividad habitual de la vida; cómo advertir lo que, tal vez, importe a medida que se desarrolla, un desdoblamiento como una forma sostener algo de manera ligera”. Una lección, como señala Ahmed, que abarca a todas las formas de producción, “a todo aquello que creamos” y que por tanto “es frágil porque lo necesitamos para sobrevivir”

     La confusión, la fragilidad, la supervivencia; todas estas experiencias se vuelven objetos de la reflexión, sobre los que se debe hacer y decir algo, pero abjurando de los manuales, de la clase magistral y de los modos canónicos (o patriarcales) de pensar. Son, por el contrario, lecciones que no pueden separarse de quienes las compartió y, por eso mismo, se vuelven parte de una pedagogía feminista de la memoria. Son las enseñanzas aprendidas en una escena de contacto, con alguien que nos conmovió y que nos reveló que la fragilidad es una condición inseparable de cómo nos asumimos sujetos. Y, por tanto, una enseñanza que devela esa marca y la convierte en un blanco para la interpelación.  

     Sara Ahmed finaliza con la promesa de mantener y transmitir esa actitud pedagógica para así “quedar en contacto” en una suerte de diálogo permanente: Lauren, lo prometo. Prometo seguir aprendiendo de vos. Pensar con vos, estar en contacto, estar en diálogo”

1 La carta se puede leer en: https://feministkilljoys.com/2021/08/31/in-dialogue-a-letter-to-lauren/ 2 La carta no se encuentra traducida al castellano, de modo que las citas utilizadas han sido traducidas por el autor. En cada caso, se adjuntan los pasajes en el idioma original. En este caso: “What if the person you lose is the one who could best describe that loss for you?” 3 En nuestro trabajo (2018a) elaboramos el concepto de escena de contacto, inspirado en la obra de Sara Ahmed, para analizar la dimensión afectiva en una serie de producciones culturales de hijos/as de militantes detenidos desaparecidos. En su caso, la autora desarrolló la categoría de “escritura de contacto” (Ahmed, 2015, p. 42). 4 “I have no words, but then I do, no words are words, edging for something, connecting us to someone” 5 “(…) you were around during that becoming!” 6 “I can’t remember the words you used, but it was something like, it is a bit obvious to approach intimacy through autobiography.” 7 La distinción entre “afectos” y “emociones” ha sido un punto de debate recurrente en el marco de la teoría de los afectos. Al respecto se puede consultar, el prólogo de Cecilia Macón y Mariela Solana en Pretérito Imperfecto (2015), o el trabajo de Helena López (2015). 8 Berlant sugiere pensar la relación entre actores, discursos sociales y representaciones como “formas de apego”, atravesadas por las condiciones normativas y los diferentes modos de “sentimentalidad”. Al respecto, se puede consultar Berlant (2011). 9 Tanto el último trabajo de Sara Ahmed, Complaint! (2021), como el de Lauren Berlant, On the inconvenience of other people (2022) no han sido traducidos al castellano. A nuestro entender, el concepto de “complaint” puede ser traducido como queja, asociada a la idea de una respuesta feminista y de una denuncia frente a determinadas violencias de género en distintos espacios institucionales. La idea de “inconvenience” podría ser traducido como molestia o inconveniencia. Agradezco la colaboración y la sugerencia de Nayla Vacarezza en esta tarea. 10 “(…) My discussion is more about feminist than female complaint”. (…) “They became my theorists” 11 “You wrote, “I’m gathering you’re telling me that you barely think with the female complaint. It’s a shame for me because we have for so long been interlocutors. We should interview each other like old times when it comes out. Would you like to?” 12 “A dialogue can be what we are in, a space, a zone, an intimacy” 13 “Thinking back, to the good hap of that, you being around there, then, I can see how much my own work on emotion and affect was enabled by being in dialogue with you” 14 “To be in relation, as you taught, is the joy (also inconvenience) of being with someone you are not.” 15 “Gratitude can be near grief, a sense of how much someone gives as a sense of how much you could lose; could lose, will lose.” 16 “You asked, “I am a love theorist, how did that happen?” I think I know how it happened. A love theorist, a loving theorist, a theorist of love and loss and relationships that end up, as we do, in unexpected places.” 17 Al respecto, se puede consultar el artículo de Natalia Tacetta (2015). También, en mi ya mencionado trabajo (2018a), hago un desarrollo sobre esta cuestión. 18 “We muddle through. You taught me to attend to what we do to muddle through”. 19 “Yes, you teach me how to describe what is happening, the usual activity of life, how to notice what will perhaps matter as it unfolds, to notice an unfolding as a way of holding something, lightly”. 20 What we create is fragile because we need it to survive.

LUCAS SAPOROSI

Es sociólogo y doctor en Ciencias Sociales por la UBA y magíster en Historia y Memoria por la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente se desempeña como becario posdoctoral por el CONICET con sede en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (UBA). Sus temas de investigación están vinculados al campo de estudios de la memoria y, específicamente, al proceso de memoria, verdad y justicia en Argentina y en el Cono Sur. Es docente universitario de estudios de memoria, género y teoría feminista en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

Diez palabras (2020…), Marcela Basch

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LUCÍA FAYOLLE/SARA GUITELMAN

Diez Palabras (2020...)
de Marcela Basch

Imagen de Bárbara Adinolfi

Acaso te convoco sin saber a donde

“Las palabras están ahí desde siempre, 

como la carta robada de Poe en el tarjetero; 

la cuestión es verlas nomás” 10P

     ¿Qué es Diezpalabras? Una obra o, más precisamente, una performance. Marcela Basch, cual DJ, pone a sonar un cruce de palabras que arman un artefacto siempre en movimiento. Es también un laboratorio en el que sucede lo inesperado, porque en la mezcla silvestre que propone, explotan todo el tiempo los sentidos y se movilizan los afectos. Es un gesto destinado. Su formato, una carta que nos llega cada domingo a la mañana, desborda de marcas de un nosotrxs. Una invitación a la curiosidad y a un deseo que recuerda la espera infantil de la Billiken cada fin de semana. Diezpalabras es una contraficción, que  se mete benjaminianamente en las hendijas de la técnica de su época para inventar ahí -con ella, en ella- una forma de comunidad que escapa a lo que estas tecnologías proponen en el mundo de lo común. Y que “abre una brecha entre las formas de vida mediatizadas por el consumo”, porque está lleno de porque sí nomás, de arbitrariedades y sinuosidades. Palabras que disfrutan tanto recorridos por saberes tecnocientíficos o eruditos como por zonas de lo más barriales y caseras; y en esa convivencia nos proyectan a lo impensado jamás. Pero sobre todo porque al pescar palabras les hace tiempo, inventa desde ellas una forma de hablarnos y relacionarnos que se corre de la linealidad acelerada propia de estos medios en los que todo circula a la velocidad de lo invisible. Palabras que generan una convivencia de temporalidades, que desacomodan del tiempo de línea recta: las tecnologías que anticipan el futuro se yuxtaponen a los pasados más remotos y sus resonancias en el presente. Hay tensiones entre temporalidades posibles, más o menos justas. Hay huellas de otros tiempos, anteriores o posteriores, en las circunstancias puntuales de la semana que pasó y se recuerda cada domingo. Hay resonancias de esos otros tiempos en las palabras presentificadas y hay actualizaciones de conceptos que existen desde antes, desde casi siempre. Astucias y contraficciones que van y vuelven, están y se ausentan. Y hay también abuelas que viven hoy en otro siglo, para recordar lo que fue. Entre las catástrofes y las esperanzas. Entre los diagnósticos y las propuestas, los deseos, las alternativas. De una semana a la otra, en ese juego de los tiempos, se agrandan y se achican los tonos esperanzados y esperanzadores. 

 

 

Consteladas, hilvanadas

 

 

     En esta galaxia que tiene ya casi mil palabras, descubrimos -también como en la primaria- constelaciones con fulgores propios pero cruzados. Podríamos ponerles nombre, y hasta robar irrespetuosamente algunos títulos de entre los 94 que Marcela puso a sus envíos: así por ejemplo inventar la constelación Imaginarnos ese cielo alienígena” (cli-fi, ifixit, metaverso, hiperstición, fictosexuales, NFTDP, robotaxi, cryptokicks, sextear, airbnbización y muchas más) que en su brillante tecnoexpansividad, intersecta a la constelación “Un mundo para quién” (bailecito, simpapeles, rajá, changüí, wallmapu, warrah, igualada, nanai, indios, seré, nadies, normalistas, maradoniano, onas, piquetero, aguinaldon´t), para acercarse a la constelación Equis(Higui, Tehuel, cabras, indispensables), y desde ahí hablar con ikigai, la constelación de las sabidurías. Que ahora se cruza con “A donde vamos no necesitamos olfato” la isotopía que dice, en la voz de Marcela ¡qué biológico se ha vuelto el mundo! (intensivista, semivacunado, twindemia, covidiota, invacunades, plasma, barbijo, gripalización, tercera dosis), para encontrarse con “Quien soy yo si no me explotan” o “Por una vida vivible”  (algoactivismo, permacomputación, striketober) desplazándose hacia “Uno necesita el mar para esto”, la constelación donde el lenguaje habla de sí (palabra-valija, retrónimo, autoantónimo, texticidio). Es en esta última donde asoma la punta del hilo de amor con el que las palabras están hilvanadas. Tanto amor que hasta nos encontramos con Montserrat ¡una tipografía! O con el silencio, el 28 de noviembre: muerto.

     En medio del remolino, atrapamos brevemente glitch y veredear. Porque nos gustan y porque cada una y las dos juntas cual binomio fantástico, tensionan el ojo del huracán que moviliza esta galaxia. Glitch es “Un accidente que desata algún tipo de caos”. Vinculada a la tecnocultura, parece que fue usada por primera vez por los astronautas: “un error, una equivocación, una falla en el funcionamiento”, dice Marcela que dice Librenauta que dice Legacy Russell. Es la potencia de lo que se descontrola como punto de inflexión hacia otra cosa. Reiniciando: cuerpos, género, raza, pandemia. Nosotras también queremos hilvanar: glitch con veredear, un verbo aparentemente acuñado en Formosa. “Dícese de la acción de una o más personas que se sientan en la vereda de una casa, transitando el tiempo sin ningún fin productivo, o de consumo. En ocasiones la acción -o inacción- puede ir acompañada de la ingesta de tereré o mate”, define. Y agrega: “El tiempo por estos lados es muy barato, así que la gente se junta a compartirlo, o a perderlo en compañía.” Basch veredea con sus palabras que buscan salir, quieren compañía, y también verdean (sí, de verde, porque florecen) cuando se hacen poesía en esa destinación.

 

 

62, lo inesperado también acontece

 

 

     Entramos así en una de las 94 entregas de cada domingo, con las diez palabras de la semana que pasó. La séptima palabra de la entrega número 62 (allá por el 20 de noviembre de 2021) fue niño. Podrían haberse desplegado montones de significados a partir de esta palabra pero el jueves 18 de noviembre la policía de la Ciudad de Buenos Aires había matado a Lucas González cuando volvía de probarse para jugar al fútbol en Barracas. Es por eso que la palabra “niño” estuvo cargada solo de los sentidos más tristes: injusticia, reclamo, conmoción, hartazgo. Marcela Basch recuerda la noticia a la vez que hace presentes la voz de la madre de Lucas y la poesía de Cristina Peri Rossi, “Proyectos”, que expone al  asesinato (a este: callejero, fácil y en manos de la policía) como un obstáculo posible para los proyectos de maternidad. Su poema enumera los planes para hacer con unx niñx pero esa enumeración se corta rápida y abruptamente, porque aparece el miedo de que “al llegar a la pubertad/un fascista de mierda le pegara un tiro”. El asesinato de Lucas irrumpió de igual manera, deteniendo sus proyectos e ideas, pero también reavivando nuestro terror de que suceda y siga sucediendo: el miedo no es solo poesía, aunque también. 

     Niño convive con desconexión y mientras la primera escribe hechos que “parecen de otra época”, que deberían haberse extinguido; la otra trae proyectos de avanzada en países que tienen otros problemas diferentes a los nuestros: “Portugal prohíbe a las empresas ponerse en contacto con los empleados fuera de horario y exige otras protecciones para el trabajo a distancia”. Y también la palabra reparabilidad, porque algunos objetos se están volviendo -parece- más reparables. Pero esa convivencia, ese trío niño-desconexión-reparabilidad pone en evidencia que hay cosas que siempre serán irreparables. No se puede, no hay manera de volver el tiempo atrás. No se pueden revivir los Proyectos (de Peri Rossi), las niñeces (de tantxs). Solo queda hacer presencia en las palabras que tenemos.

     Más allá de la palabra en la que posemos la mirada, más allá de toda constelación posible, hay siempre algo desencadenado en diezpalabras. Por las asociaciones libres, el fluir, la deriva de un anarchivo signado por la sorpresa que deviene de no temerle a la improvisación, y por los desplazamientos irreverentes entre registros que surfean lo académico, lo periodístico, lo cientificista, lo poético, las expresiones coloquiales, rebalsando de tensiones y contradicciones. De ahí sale el salvajismo de esta exquisita textura que lentamente, a su tiempo, semana a semana, la artesana hilvana con las palabras de un mundo injusto, impiadoso, hostil. Una textura hecha con el amor y detallismo del gesto manual. Ahí está la potente rebeldía de este discurso amoroso que hace brillar como lentejuela, alguna confianza en que otro mundo es posible, porque “lo inesperado también acontece”. Empezar por las palabras, puede ser. 

 

SARA GUITELMAN

Diseñadora en comunicación visual, profesora e investigadora, Facultad de Artes – UNLP.

LUCÍA FAYOLLE

Es profesora en Letras en Educación primaria, secundaria y superior. Está realizando su Doctorado en Letras sobre archivos y literaturas del Noroeste de la provincia de Buenos Aires.

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