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Memoria de las especies (2022), Frangi

NOVELA

LUJÁN TRAVELA



Memoria de las especies (2022)
de Katherina Frangi

9789873746581

Hasta sacar alas de los hombros

Todavía sobrevive algo que se contrae

y se distiende debajo de algunas superficies

y fluye un cierto frescor de aguas remotas

y se escuchan tejidos agonizando

José Watanabe

 

Confusamente alegres, improbables, no acosan al mundo con preguntas. No le exigen trastiendas. La intensidad no busca recompensas.

María Negroni

     Todo texto literario conjura su propia teoría poética y ensaya una mirada del mundo. “Como animales”, sugiere desde su inicio Memoria de las especies, la primera novela de Katherina Frangi, publicada por Club Hem en julio del 2022. Como animales es la única garantía de vivir, más que tan solo sobrevivir, cuando el mundo se derrumba. En torno a esta premisa, la novela se despliega como un espiral de ruinas y desafía a le lectore a recomponer una imagen fragmentaria, en la que fulgura, pese a todo, como nos lo enseña Didi-Huberman, un secreto ardiente que nos atrae como mariposas.

     Dividida en dos partes, Memoria de las especies nos impone una permanente reconfiguración porque lo que está en juego es nuestra capacidad –nuestra creatividad– de adaptación. Así, en cada capítulo o fragmento, se produce un cambio de narradore y escenario, como si estuviéramos en una ronda reunida alrededor de un fogón en la que cada une ofrece una versión siempre inacabada, como piezas de un rompecabezas que no terminan de encajar. Se forma de este modo una ilusión coral y contamos apenas con indicios, retazos, para reconstruir los itinerarios parciales de cada personaje que toma la palabra y nos apostrofa, a nosotres, lectores, bajo la forma de una señora: estas voces reclaman nuestra atención porque solo si las escuchamos quedará el testimonio de su supervivencia. 

     Estamos ante los remanentes humanos de la Gran Inundación, el agua ha subido, o la tierra ha bajado, y ahora los mapas ya no ilustran el territorio, no hay dibujos que nos ayuden a entender, se ha perdido la posibilidad de representación porque el mundo es irreconocible, se han borrado los límites que delinearon la experiencia de la Modernidad, se han borrado sus instituciones, los fundamentos de la racionalidad y la civilidad. Subió el agua para lavarlo todo, darle a la humanidad un bautismo secular, ahora para ser a imagen y semejanza no de nadie sino de lo que vendrá. Lo que queda de las personas se han agrupado nuevamente en clanes, han formado comunidades cuyo sentido de pertenencia aún no se ha traducido en palabras pero que se expresa en un movimiento: el nomadismo, que es, a su vez, mutación y mudanza. Estos nuevos humanos han encontrado una clave para refundarse, con sus viejos restos, documentos benjaminianos de una barbarie ahora ilegible:

     “Las formas más originales empezaron a llegar a los diez días: los cuerpos desarmados, los intestinos que se anudaban y se resbalaban de las manos. Cuando apareció Fisón, por ejemplo, fue con el pulmón abajo del brazo y un tajo que dejaba ver hasta el apéndice. Nos volvimos locos tratando de adivinar el color original […] El pulmón lo perdimos en la montaña de cuerpos y él se cosió igual”.

     Como vemos, la catástrofe impuso la descomposición como principio constructivo de una nueva era, pero en un movimiento múltiple que implicará también una recomposición otra. Estos post-cuerpos –o pre-cuerpos– son la materia viva en la que se encripta una verdad originaria, que impulsará el devenir. Como explica Deleuze, los devenires son procesos que no deben ser juzgados por su resultado posible sino por la cualidad de su curso y la potencia de su continuación, y allí es donde nos coloca Memoria de las especies. Esta novela pone en juego “zonas de intensidad liberadas donde los contenidos se liberan de sus formas, y las expresiones, del significante que las formalizaba” (Deleuze y Guattari). La individualidad desdibuja sus fronteras para trazar, en el contacto y la superposición de los cuerpos, una curvatura en expansión que abarca todo lo existente y lo trastoca. Empíreo, uno de los personajes que crea Frangi, va a decir que “hay que tocar el centro del caos para salir intactos”. Pero del centro del caos, emerge la cifra que exacerba lo que estos cuerpos ya sabían, una memoria que vibra como un lenguaje antiguo y magnético que los reúne: los sujetos nunca se encuentran completos y acabados, la precariedad les es intrínseca y su potencia radica en la capacidad de agenciarse con otros (Butler). Esta es la memoria de las especies, una poética del devenir, y en especial, del devenir animal, en la medida en que podemos parafrasear a Vallejo y afirmar, con Katherina Frangi, que somos “antes y después del hombre”, animales.

     Así, mientras nos salen alas de los hombros, o nos debatimos si es mejor convertirnos en ratas, perseguimos una promesa, Meliquina, que tracciona nuestra lectura como una latencia de sentido(s). Avanzamos, como los personajes, por los senderos de un bosque confuso y en el Sueño, participamos con ellos de la construcción colectiva e hipnótica de otro mundo. Pero cuando llegamos, en Meliquina nos espera lo que ya habíamos visto en el Cine, escenario del primer apartado de la novela, donde “se podía ver todo”: el sentido como construcción única, hermética, autoconclusiva, es otra institución en descomposición. Por eso, también la lengua se descompone, es cambiante, quedan partes, deviene animal y arrastra las voces de quienes narran hasta convertirlas en graznidos, rugidos y chillidos. 

     ¿Quién nos habla? ¿Quién puede completar esta historia? ¿Qué retorno pregonan estos personajes? ¿Qué solución es la que propone Memoria de las especies? Katherina Frangi configura un dispositivo lúdico en el que le protagonista es le lectore. Su novela, como la Literatura, está ahí para formular preguntas, señalar el mundo y horadar sus sentidos cada vez más amenazados por olas y maremotos que tal vez se lo lleven todo. Ante esta evidencia, la autora nos arroja un relato que no es un anclaje, es una línea de fuga y transmigraciones, y cada quien tendrá que correr su propia suerte, encontrar en los huecos del laberinto un atajo (y reconocer, quizás, la ternura del animal). La sentencia es de Wilde: quien busca bajo la superficie lo hace bajo su propio riesgo. Mientras, la novela permanecerá, al igual que los cuerpos que la conforman, fragmento sobre fragmento, tejido sobre tejido, que, en palabras de Frangi, “cuando nos extingamos van a seguir mutando, van a dejar de ser sonido para convertirse en luz o en algo nuevo que todavía no hay. Y por ahí empieza todo de nuevo”.

LUJÁN TRAVELA

Es Profesora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. En abril del 2023 comenzó sus actividades como becaria del CONICET para realizar el Doctorado en Letras con una investigación sobre Alberto Szpunberg. En el 2022 publicó su primer libro de poemas Las marcas de lo que fui bajo el sello Charco editora.

Eva Perón. ¿Aventurera o Militante? (1966), Sebreli

ENSAYO/HISTORIA
ENRIQUE EUSEBIO Y ABEL RAMÍREZ (¿CARLOS OLMEDO Y OSCAR TERÁN?)*




Eva Perón. ¿Aventurera o militante? (1966)
de Juan José Sebreli

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J. J. Sebreli y la cuestión bastarda. A propósito de Eva Perón. ¿Aventurera o militante?

La rosa blindada, 1966

     Toda crítica pone sus propios límites. A la presente no le interesa sino ubicar la última obra de Sebreli en el nivel de análisis que nos permita señalar y superar sus limitaciones y sus equívocos, negándonos de este modo al holocausto del concepto puro de cierta izquierda que  se ha convertido en el objeto de su propia contemplación. Nos desentendemos, por eso, de las motivaciones – nobles o espurias, no nos interesa- que han llevado a su autor a publicar esta obra; ella está ante nosotros, y hay otras cosas acerca de las cuales interrogarla. 

     Finalmente, reiteramos uno de los lemas de nuestra sección: la crítica de una obra tildada de superficial no puede agotarse en el regodeo de esa superficialidad, a riesgo de padecer el defecto que pretende impugnar.

     Sebreli ha intentado el análisis de un fenómeno que por sí mismo es fundamental para nuestra tarea histórica, ya que implica una valoración del proceso peronista. ¿Responde su obra a tan alta expectativa? Veámoslo. 

     Eva Perón, aventurera o militante es un título que coloca a su autor desde el comienzo bajo la autoridad de Sartre, padrinazgo que, por otra parte, Sebreli se ha encargado de subrayar reiteradamente. 

     Por eso, para apreciar esta obra decidimos elevarla a la fuentes teóricas del maestro, una vez recortado el núcleo temático en torno del cual pueden leerse con mayor provecho sus significaciones. Ese núcleo –la “cuestión bastarda”- no es difícil de detectar. De ahí que el largo desarrollo que acerca de esta categoría hacemos no sea gratuito: discutir la utilización de este concepto, supone cuestionar toda la obra que nos ocupa. Pero veamos cómo somos conducidos a él.

     El objetivo explícito es el de delimitar “el papel que juega el individuo y la parte que corresponde a la situación histórica en la obra de Eva Perón”, con una concepción concreta y totalizadora que abarque, relacionándolas entre sí, las tendencias económicas, sociales, culturales, psicológicas y morales de la sociedad argentina. Se reconoce el intento: “En una estructura cada elemento no es una etapa intermediaria en la constitución del tono sino la expresión particular de la totalidad que se reflexiona inmediata y totalmente en ellas. No existe otro camino para superar la paradoja de la autonomía y de la dependencia simultánea del elemento en relación con el conjunto y para concebir la síntesis de la heterogeneidad”, nos ha dicho J. Poulion. Y ya para el Sartre de El ser y la nada era una “relación de totalidad a estructura parcial. La visión del proyecto total permite ‘comprender’ la estructura singular considerada (…) Se trata (…) de desprender las significaciones implicadas por un acto –por todo acto- y pasar a de allí a significaciones más ricas y  más profundas hasta que se encuentre la significación que no implique ya ninguna otra significación y que no reenvíe más que a sí misma.” Pero sólo cuando el existencialismo sartreano decide dejar de ser un “sistema parasitario al margen del saber”, esta línea metodológica se va a expresar en la búsqueda de una teoría de las mediaciones que integrará el psicoanálisis entre sus herramientas conceptuales, y que se pensará cómo un enriquecimiento de la teoría marxista. Se sabrá luego si Sebreli ha logrado movilizar esas “mediaciones”.

     La individualidad recortada es la de una mujer que experimentó a los siete años el sentimiento de “ser distinta”, al asistir –como hija natural- al velatorio de su padre: la impronta de la marginalidad –nos dice Sebreli- había caído pesadamente sobre ella. Ingresamos de este modo en la aplicación de la categoría de bastarda a Eva Perón quien, bastarda por ser hija ilegítima, lo será también por su doble pertenencia a clases distintas y por su condición de emigrada del campo a la ciudad. Y aprendemos que esta marginalidad (o bastardía) conlleva una cuota de lucidez: estos individuos, “extranjeros en el mundo”, con cierta “distancia para mirarlo”, pueden criticar a ese mundo y evadirse de su propia clase. ¿Ejemplos de bastardos?: “El lisiado, el judío, el negro norteamericano, el homosexual.” Es la condición de tantos personajes del teatro sartreano: el Orestes de Las Moscas, el Hugo de Las manos sucias, el Goetz de El Diablo y el bueno Dios, y el caso viviente de Jean Genet.

     Ha sido Francis Jeanson quien ha señalado con acierto este tema central de la obra de Sartre, y quien ha planteado objeciones de interés a la posición del existencialismo francés –si bien trata de “salvar” de ellas a una parte de la obra de aquél, aun contra el mismo Sartre  (que se relea si no la interpretación que hace de la libertad aristocrática de Las moscas). Veamos cómo describe la situación del bastardo Orestes: “La desesperanza está en este ´exilio´ fuera de la totalidad envolvente y protectora”, o de Hugo: “No estando fundado en nada, no teniendo su sitio en parte alguna, Hugo carece en sí mismo de realidad”. Es lo que expresará el bastardo Goetz: “Desde mi infancia miro el mundo por el ojo de la cerradura: es un bello y pequeño huevo pleno donde cada uno ocupa el lugar que le ha sido asignado, pero nosotros no estamos dentro. ¡Fuera!”

     Estos bastardos de Sartre cuestionan en su ser de bastardos el ser del sistema: helos aquí, carentes del “espíritu de seriedad” descripto en El ser y la nada (aquél ante cuyo paso “los valores se levantan como perdices”) distintos del burgués, cuya integración en el sistema es total -dueño de la cultura por serlo de la materia- y para quien el mundo es – como diría Leibniz- “el cálculo de Dios.” Y he aquí a Eva Perón, situándose a través de su relaciones sexuales no legalizadas por el sistema “al margen de la sociedad”, pero liberándose por su marginalidad de “la dominación de un solo hombre” y mostrando con su independencia “una superioridad respecto de la honesta ama de casa pequeño burguesa.” Ante estos resentidos lúcidos, nos dice Sabreli, el sistema peligra: “La amante, la mujer adúltera, la madre soltera, el hijo natural –como por otra parte el aborto y la homosexualidad- ponen en peligro la organización y la transmisión de la propiedad doméstica considerada como derecho natural”; …”Aquellos a quienes la sociedad arroja al margen intentan a su vez negar a la sociedad.” Empero, cabe preguntarse: ¿Puede la carencia de ser -la Nada, para decirlo de una vez- reconocer un empuje unidireccional hacia una opción social determinada?; ¿no hay marginalidades que se ofrecen como opciones dentro del sistema, y a las que el sistema absorbe y legaliza sin alterarse? Estas preguntas apuntan a un blanco preciso: suscribir las afirmaciones citadas es confundir marginalidad con negatividad, y esto tiene implicaciones en las que vale la pena detenerse.

     Entendámonos: no se trata de negar la importancia de los fenómenos de marginalidad dentro de la sociedad capitalista sino de interpretar con justeza el signo político de su dinámica. Porque si es verdad que la falta de inserción en una sólida estructura material prepara el surgimiento de un bastardo, no es verdad que un bastardo deba devenir un negador del sistema: la bastardía no define per se los límites de sus opciones sociales.  Y no son pocos por cierto los que han aceptado las opciones propuestas por el propio sistema: allí están, apoltronados en sus sólidos cargos, homosexuales, “amantes libres”, lisiados, judíos, partidarios del aborto y la iracundia. Pero lo más grave de las implicaciones que estamos examinando puede leerse en esta afirmación de Sebreli: “Y junto con las grandes conciencias de los bastardos… exiliados de la sociedad también lo están los proletarios, los colonizados, todos los oprimidos de la tierra”; afirmación que precede y prepara a esta otra: “Eva Duarte estaba destinada a reconocerse en estos hombres y encontrar en ellos a sus semejantes”. La confusión de marginalidad con negatividad ha rendido sus frutos: le ha permitido a Sebreli convertir el complejo proceso que articuló la historia personal de Eva Perón con la del proletariado argentino en una cuestión de destino. Y si basta apelar a la bastardía de Eva Perón para dar cuenta de semejante destino, no se ve cómo disolvería la “teoría del bastardo” los múltiples contraejemplos proporcionados por las vidas de los múltiples bastardos que no eligieron lo que Eva Perón, encarnando de ese modo las diferencias entre marginalidad y negatividad. Basta con repasar los ejemplos que se nos han propuesto de la categoría en cuestión para advertir una significativa heterogeneidad: el lisiado, el judío, el negro norteamericano, el homosexual, la prostituta, el proletario… No es que la heterogeneidad radique en que unos sean “grandes conciencias” y otros no; radica precisamente en el grado de negatividad radical latente en la marginalidad de cada uno de esos “casos”. Porque sólo para uno de ellos –el del proletariado- toda posibilidad de negar la marginalidad en que vive pasa por la necesidad de negar radicalmente la sociedad que la hizo posible. Por supuesto, esto implica una concepción del proletariado: en principio ella desecha la posibilidad de definirlo por el mero recurso a los criterios de explotación desnudez y pobreza, porque entiende que esos criterios se encuentran cargados de una significación decisiva: el proletariado no es una clase entre otras; no se cometen contra él desafueros parciales, sino el “desafuero total”. De otro modo: nos negamos a ver en la miseria sólo la miseria, vemos además su costado subversivo. Aún de otro: distinguimos al pobre -que, atormentado por el hambre, incapaz de alcanzar la conciencia política, desamparado por la huelga a la que vive como una amenaza, está solo y ciego- del proletario, ese hombre que se ha abierto a la conciencia revolucionaria por el exceso “natural” de sus privaciones y desdichas. Así, la voz del proletario “ejecuta el juicio que la propiedad privada pronuncia contra ella misma produciendo al proletariado, como ejecuta el juicio que el asalariado pronuncia contra sí mismo produciendo la riqueza de otro y su propia miseria.” Porque si el burgués es burgués en el consentimiento de su alienación, el proletario se hace proletario en el rechazo de la suya. (No se dice otra cosa cuando se habla de la burguesía como una clase objeto, definida desde afuera, y del proletariado como una clase sujeto, que debe definirse a sí misma en su acción revolucionaria. O cuando se dice que el proletariado será revolucionario o no será).

     En síntesis: todos los otros “casos” remiten cuando más a “clanes” y no a una clase social con “cadenas radicales”, “una esfera que posee carácter universal por sus sufrimientos universales” y “que no puede emanciparse sin emanciparse de todas las demás esferas de la sociedad y, al mismo tiempo, emanciparlas a todas ellas.” La marginalidad de estos “casos” no alcanza a una auténtica negación “desafuero puro y simple” por lo que éstos siempre tienen reivindicaciones particulares que reclamar: legalidad del aborto, del divorcio, de la homosexualidad.

     Porque es necesario ver que hasta tal punto el bastardo ingresa en su situación desde el punto de vista del individuo, que su subjetividad –que si es marginal lo es porque ha sido marginada por la estructura social- operará en múltiples circunstancias como una valla para integrarse incluso con sus hermanos de bastardía; de allí la imposibilidad de los bastardos para constituirse en grupo comunitario (imposibilidad expresada literariamente por las sirvientes y los negros de Genet, la prostituta y el negro de La mujerzuela respetuosa de Sartre). Y el drama de esta individualidad inesquivable se ubica en el marco de todas las negaciones inmediatas. Hegel ha ejemplificado este tipo de movimiento en la actitud del cristianismo ascético: negando el cuerpo por la flagelación no alcanza su superación sino, por el contrario, su existencia en el dolor. El bastardo que niega a la sociedad que lo margina lo hará asumiendo las connotaciones de que el sistema lo ha cargado: el negro asumirá la “negreidad”, el judío la “judeidad”, la mujer la “femineidad” como su esencia. Pero este movimiento legítimo como toma de conciencia primera de su situación, se esteriliza si no opera una negación de la primera negación. Así, el bastardo sólo devendrá revolucionario si advierte que su bastardía tiene su origen en un orden social que desborda su situación particular y que se asienta en la esencia del capitalismo. De lo contrario, si permanece en la negación inmediata, su movimiento estará condenado a la particularidad: la lucha por el reconocimiento del judío deviene sionismo, la lucha por el reconocimiento de la mujer deviene feminismo, etcétera. Movimientos que el orden actual acepta porque canonizan su “tolerancia liberal”. Y no podría ser de otro modo, porque ¿qué es lo que cada bastardo pide que se le reconozca sino su esencia? (el negro su “negreidad”, la mujer su femineidad, etc.) Y bien, sucede que esta esencia es la que el sistema mismo les ha constituido… Por otra parte, la sociedad burguesa vive en una “economía de compensación” por la que no vacila a veces en confesar los conflictos accidentales para enmascarar mejor los fundamentales: las rebeldías de los bastardos juegan entonces un papel catártico, “inoculando un poco de libertad bajo la costra de los valores burgueses.” 

     A esta altura nuestro análisis cree haber extraído las consecuencias de la heterogeneidad que impugnáramos en la  casuística bastarda que nos propone Sebreli, por lo que las razones de tal impugnación pueden ahora reexpresarse de este modo: hacer del proletariado un  “caso” del bastardo es hacer del proletariado una clase “bastarda” (ya que lo que constituye al proletariado no es la suma de los proletarios, sino la interacción de sus perspectivas). Hacer del proletariado una clase bastarda no es más que impostar una categoría para hacerla coincidir con los individuos señalados como bastardos. Y de allí a las “cuestiones de destino” no hay más que un paso.

     La pretendida universalidad de la categoría de bastardo la hace sospechosa: el bastardo que se nos propone deviene un tipo inmemorial que termina por representar la Pasión del Hombre Desolado. En suma, la categoría de bastardo postula para sus “casos” lo que Hegel llamará una mala identidad – “esa identidad abstracta que no integró las diferencias y no sobrevivirá a sus manifestaciones”.

     Hemos visto la imposibilidad de aplicarla al proletariado, si al mismo tiempo denota casos cuya marginalidad puede intentar negarse sin negar radicalmente la sociedad que la produjo. Por otra parte, podría pensarse que, siendo la bastardía drama de individualidades, mal podría vinculársela con clase alguna. Pero hay sin embargo una clase cuyos miembros viven justamente en la negación de la existencia de las clases –verdaderos Cruzados de la Persona y la Familia-: la clase que consume esas patrañas es la pequeña burguesía (la gran burguesía vive de ellas, las utiliza).

     Así, no carece de sentido retomar ahora la categoría de bastardo, situándola en el marco de la experiencia vivida por los miembros de la pequeña burguesía. Porque estos pertenecen a una clase que no se autoabastece de realidades, y que por ello está “condenada a ser libre”: su libertad, empero, es meramente formal; cuando pretendan darle contenido descubrirán la negación que la habita: los términos de sus opciones no podrán hallarlos sino afuera, en la gran burguesía o en el proletariado. Vaciada de realidad por su inexorable proceso histórico, a esta clase sólo le queda el formalismo del “deber ser”. A falta de materialidad, vive en una hipertrofia de la conciencia moral: donde el burgués y el proletario tienen causas reales, intereses materiales, el pequeño burgués tiene “problemas morales”, “razones éticas”. Ya nos lo decía El ser y la nada: “La conciencia es el ser que es lo que no es y que no es lo que es”… “El para sí, al ahondar en el mismo como conciencia de ser ahí, no descubrirá en sí sino motivaciones…, será remitido perpetuamente a sí mismo y a su libertad.” Condenándola a vivir en lo ilusorio, en lo imaginario, “la cámara oscura” de la sociedad burguesa impone a la pequeña burguesía las imágenes invertidas de un mundo sin clases, de un Hombre Universal y Eterno, de una vida esencializada en destino, de una violencia a la que se da el nombre de Fatalidad. El pequeño burgués encuentra preparado de este modo un “menú ideológico” compuesto de sobrantes: consumiendo normas y representaciones degradadas y envejecidas, repite en Comedia lo que alguna vez se hizo en Tragedia. Toda dialéctica real suprimida, toda complejidad de los actos humanos abolida, este mundo sin contradicciones se desprende de todo rastro que denuncie su producción por los hombres: su historia se evapora, se naturaliza

     Sobre este fondo podremos recortar ahora ciertas figuras concretas de bastardos, cuya segregación se opera, o bien por el resentimiento creado por las violencias sufridas en este Orden que se piensa como el Orden de las esencias, o bien por la afección de ciertas conciencias que salen al encuentro de la ideología del sistema –las conciencias de los intelectuales pequeño burgueses disconformes-. Estos “exiliados de la Totalidad” gritarán el carácter irrespirable de la atmósfera pequeño burguesa: sus conciencias “fuera de la ley” denunciarán la farsa. (El Orestes de Las moscas hará a los pobres hombres de Argos “el regalo de la soledad y la vergüenza”, les arrancará los paños con que Júpiter los había cubierto y les mostrará súbitamente su existencia, que les ha sido dada para nada.)

     Puestos “fuera del fuego”, verán lo que los otros no ven o logran disimularse: el carácter tramposo de las reglas. Lúcidos por bastardos, tanto más bastardos cuanto más lúcidos, sus magníficas libertades hallarán sin embargo que el cielo de su vuelo los remite sin cesar a disyuntivas terrestres: optaron por la Justificación y exigirán que se les reconozca, u optarán por la Justicia, y accederán a la efectividad, uniéndose a quienes pueden introducir en el mundo cambios reales –encontrando en la lucha de clases la dimensión concreta de sus conflictos (con los que su apuesta por la justicia deja atrás toda moral del Bien o de la intención, sustituyéndola por la eficacia de una praxis.) En otros términos: elevarán su voz para denunciar la limitación social del bastardo, o contribuirán a superar la limitación bastarda de la sociedad. O el gesto de la rebeldía o el acto de la militancia.

      Y, sin embargo, para quien llega desde la pequeña burguesía, la bastardía puede ser una mediación necesaria. Es decir, la bastardía puede albergar una militancia potencial: si la lucidez del bastardo no se castra en iracundia, aquella lo habrá colocado en situación de disponibilidad para el ingreso a la lucha revolucionaria. Pero por cierto, si en en algunos casos la bastardía puede ser condición necesaria, de ningún modo es condición suficiente. (Cuando el Mathieu de La Edad de la Razón es invitado por un militante –que considera que este bastardo ya ha realizado en su conciencia la negación del orden estatuido- a ingresar en el partido revolucionario, Mathieu rechazará el ofrecimiento: la bastardía se destina a la revolución). Es que el intelectual pequeño burgués puede caer en la trampa de pretender quebrar las estructuras en el orden exclusivo de la conciencia.

     La harto tematizada “incomunicación “de nuestros días, por ejemplo, será un problema vivido entre conciencias puras: el “juego de la verdad”, burgués en su fibra más íntima, se pretenderá la quiebra exasperada de esa incomunicación (y apelará para ello a la magia de la revelación inmediata, sin advertir que las relaciones de conciencias pasan por las estructuras materiales y por la “mediación laboriosa” del trabajo). Alineación ésta que a su vez se funda en la división estatuida por el capitalismo entre el trabajo manual y el trabajo intelectual: la clase social desligada de la transformación material de la naturaleza se agota en la contemplación; su único modo de relación aceptado es la relación mediada por la conciencia (El Marx de los Manuscritos nos dice que “todo lo que parece ante el trabajador como actividad de enajenación, aparece ante el no trabajador como una condición de enajenación. En segundo lugar, la actitud real, práctica del trabajador en la producción y en la relación con el producto … aparece ante el no trabajador que se enfrenta a él como una actitud teórica”) Si las relaciones entre los hombres se ejercieran inmediatamente de conciencia a conciencia, las enajenaciones entre esas subjetividades podrían ser liquidadas sin revolucionar las relaciones sociales de producción sobre las cuales se asientan: las “human relation” encuentran aquí su cuota de justificación ideológica. Si recordamos ahora el terreno de la bastardía podremos desenmascarar el “trozo de ideología” existente en las apelaciones a la comprensión que merecen los negros americanos, o a la Razón, que nos indica que debemos reconocerles sus derechos civiles porque también son seres humanos; como si los vejámenes sufridos por los negros pudieran explicarse por la mera irracionalidad de algunas conciencia, o como si la irracionalidad de esas conciencias nada tuviera que ver con la irracionalidad de las relaciones materiales mismas entre los hombres. Cuando lo cierto es que si hay fetichismo en nuestra sociedad es porque el capitalismo es en sí mismo fetichista.

     En síntesis: evitado el riesgo de identificar inmediatamente el gesto de la rebeldía con el acto de la militancias nos negamos a caer en el error simétrico de enfrentar al aventurero y al militante como categorías especializadas, con lo que todo tránsito entre una actitud y la otra se haría imposible.

     Retomemos ahora la opción que precisáramos: aún cuando se crea haber optado por la Justicia, esa decisión, mediada por la conciencia, habrá debido desechar algunas cosas. Porque, como ha señalado Sartre, “no es militante el que quiere. Si el Yo viene primero (diríamos mejor: si el Yo sigue siendo lo primero) se está separado para siempre.” Y en nombre de la Justicia correrá otra vez hacia la Justificación, hacia el Reconocimiento, hacia la propia salvación: el Bastardo seguirá soñando con emancipar su Yo sin emancipar a la sociedad del bastardismo. Es el sueño del héroe, del aventurero. Y si esa “disyuntiva terrestre” que describiéramos es finalmente inesquivable veremos que el aventurero dibuja con su vida –y con su muerte- la figura de una Pasión inútil librada al mundo como a un irresistible destino, haciendo de la Historia una fatalidad opaca en la que se inscriben sus gestos; veremos en su Acción todos los vicios de su clase –egoísmo, orgullo, mala fe: lo veremos en suma ligado con la suerte de la sociedad que dice combatir, pues su victoria sería un fracaso (y el héroe se dirá: “la realización, si viene, será una gran desilusión”).

     Nadie ha brindado modelos más acabados de estas conciencias rebeldes que André Malraux: sus novelas le ahorran el trabajo de una autobiografía.

     Nadie ha visto más claramente el hecho de que la “eficacia de nuestros aventureros les está prestada por hombres apasionado y tenaces que sólo obedecen sus órdenes para utilizarlos mejor”, que “la sociedad que los militantes quieren edificar excluye rigurosamente a los desesperados y a sus magníficas liberalidades”, que un hombre que alguna vez dijera a los comunistas franceses: “Yo soy más revolucionario que vosotros, porque yo declaro que no hay ninguna esperanza revolucionaria y a pesar de eso me uno a vosotros en la acción.”

     Y cuando en su “Retrato del aventurero”, después de iluminar tan felizmente la situación de aquel por su cotejo con la situación del militante, la voltereta de su análisis lo reconcilie de pronto con su lenguaje malrauxiano de posguerra, este hombre, el Sartre de 1950, nos estaría dando cuenta de su propia situación; en efecto, tras afirmar que un Lawrence de Arabia “no volverá jamás, sobre todo después de la liquidación de la sociedad burguesa”, dirá pocas líneas más adelante que “sin embargo, una sociedad socialista donde los futuros Lawrence fueran radicalmente imposibles, me parecería esterilizada”, y terminará jurando: “Aventurero o militante: yo no creo en ese dilema.” Curioso modo éste de hacerse pasar por las propias armas, porque parece que es preciso optar. Si la sociedad burguesa es la condición de posibilidad de los bastardos (aunque Sartre los llame ahora “hombres de acción”), querer recuperarlos no es más que negarse a destruir la sociedad burguesa.

     Y si se tiene en cuenta que el aventurero testimonia para el Sartre de este artículo “a la vez la existencia absoluta del hombre y su imposibilidad absoluta”, probando que “el hombre existe porque es imposible”, se advertirá que lo que está subyaciendo es la ontología del Ser y la Nada : la concepción del para sí como distancia perpetua del sí (“Corremos hacia nosotros mismos y somos, por eso, el ser que no puede alcanzarse”).

     ¿Nos adjudicará Sebreli una dosis del “espíritu de seriedad pequeño burgués” si creemos en el “dilema” aventurero o militante, y si señalamos las dificultades que traería aparejadas la integración de este Sartre a la “totalidad histórica del marxismo”?

     Como no podía ser de otro modo, el fiel discípulo pega también su voltereta: encabeza su libro con el “dilema”, llega a mostrar como imposible su superación (ver nota 16), pero cuando se le pide que adjudique a Eva Perón uno de los términos de la disyunción nos dice que Evita era ¡aventurera y militante!

     Obviamente, la solución es inaceptable. Ya hemos señalado que afirmar que esa disyunción remite a una elección inesquivable (lo que significa que la disyunción es legítima) no implica convertir la cuestión en un enfrentamiento absoluto de dos categorías esenciales entre las cuales todo tránsito sería inconcebible. Lo que queda por verse es si el descartar aquella seudosolución nos compromete a rubricar toda interpretación de la figura de Eva Perón con una de las dos categorías que Sartre utilizara en su Retrato. Respondiendo negativamente a esto último estaremos dando al mismo tiempo una respuesta negativa a nuestro interrogante inicial. Al respaldar ambas negaciones se verá que se trata de una sola. En efecto: ¿tiene algún sentido movilizar categorías como las de aventurera o militante para interpretar el papel de Eva Perón si no se lo hace sobre el fondo de la organización política concreta (y de la historia política concreta que esa organización contribuye a hacer) dentro de la cual Eva Perón jugara su rol? El aventurerismo no requiere un partido político que sea expresión de la clase obrera para manifestarse. Puede desarrollarse en medios diversos. La militancia revolucionaria, en cambio, lo necesita ineludiblemente (y si ese partido no existe, contribuye a crearlo; de todos modos la medida de su eficacia remite al partido revolucionario). Pero entonces surge para el problema que plantea la figura de Eva Perón la posibilidad de un enfoque radicalmente distinto: en lugar de hacer girar al peronismo en torno de Eva Perón (como de hecho lo hace Sebreli) deberíamos explicar a E. P. por el fenómeno social que se manifiesta con el peronismo. Así, vemos que el nivel al que un proyecto tan ambicioso (Sebreli promete “mostrar la interacción entre la subjetividad individual y el mundo objetivo del proceso económico“ –para lo cual se compromete a “integrar el sexo en la totalidad del ser humano” y el “psicoanálisis en la totalidad histórica del marxismo”) coloca sus límites (Sebreli nos aclara que no ha pretendido hacer una historia política del peronismo) no puede dejar de tener consecuencias decisivas para la validez de la obra toda. Y cuando la perspectiva teórica global desde la que se la analiza es el marxismo esa limitación se llama escamoteo

     Decíamos al comienzo que el peso específico del tema de la obra de Sebreli era muy alto porque implica una valoración del proceso peronista. Escamoteada esa valoración, el resultado es el cúmulo de equívocos e inconsecuencias que nos fueron ocupando.

     A esta altura, es preciso puntualizar algunas cuestiones: 1) Quien recurre a la teoría psicoanalítica (en verdad Sebreli no se vale de tal teoría, sino de una terminología psicoanalítica brutalmente simplificada) comprometiéndose a integrarla en el marxismo, debe mostrarnos el modo de leer en el nivel de lo psicológico –y con sus modos específicos de manifestación- la relevancia de las estructuras. 2) Si toda dialéctica supone un proceso de totalización –en el que el nivel privilegiado por el análisis se ve remitido y reinterpretado a otros niveles, sin que la especificidad de las leyes de cada nivel se vea disuelta- no todo recurso a la categoría de Totalidad asegura el carácter dialéctico de un análisis. Olvidado esto, los intentos omnicomprensivos derivan en fácil eclecticismo para el que el todo no será finalmente sino la mera suma de las partes: Proudhon pretendiendo la síntesis y no alcanzando más que el error compuesto. Y no podrá apelarse a experiencias privilegiadas que nos hagan accesible la Totalidad (aunque Sebreli piense que “para conocer una ciudad basta caminar por sus calles y mirar las caras de su gente”). Porque si al cabo el conocimiento se hace cargo de esa Totalidad ese logro será el de una praxis científica para la que lo real no es dado a priori y que por ello se propone la articulación de saberes parciales de un Saber que no se piensa desligado de la responsabilidad de su verificación.

     Por fin, vale la pena detenerse en el último párrafo del Eva Perón de J.J.Sebreli: se nos dice que la tarea desmitificadora es tarea del escritor más que del político. Este escritor de moda, “esta especie de tábano que se prendió del anca de Buenos Aires”, ha reivindicado ya en otras ocasiones el derecho del intelectual a instalarse no por supuesto en la vapuleada “torre de marfil” sino –y la distinción debe ser sutil- en un “observatorio” para observar desde allí con serenidad y agudeza este gran oleaje caótico del mundo, buscando con mirada de lince lo que de él surja e interpretarlo sine ira et studio”.

     Como en tantos otros casos, Sebreli apela a una categoría con cuyos compromisos metodológicos no cumple: esta vez se trata de la de mito. Porque hay un Logos del mito en el seno del mundo social: se llama Mitología y se halla en plena elaboración de sus herramientas conceptuales. Su tarea se desarrolla a un tiempo en dos frentes: el formal (o semiológico) y el histórico (o ideológico). Sebreli se siente mitólogo (su libro se propone “atacar prejuicios, convencionalismos muy arraigados, profanar tabúes y desacralizar mitos”). El examen del abismo que media entre sentirse mitólogo y hacer Mitología merece un artículo especial. Por eso, no haremos aquí más que extraer de la afirmación de Sebreli que mencionáramos una conclusión intranquilizadora para su autor: este ensayista que no ha hecho suya la potencia descriptiva y explicativa de la Mitología, carga empero con todo el peso de la mayor de su limitaciones: el hiato que a menudo se presenta para el mitólogo entre hacer la historia e interpretarla. Cuando eso ocurre, el “extrañamiento necesario” del mitólogo es el nombre eufémico de la condición del francotirador: una asocialidad en la que no podrá negar la negatividad de su tarea (la demitificación, el desenmascaramiento), en la que su protesta no alcanzará jamás la reconciliación. Porque no basta develar el sentido de las cosas para participar de una comunidad humana: hay que sumarse al trabajo por la creación de otro sentido. Porque “exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas vale tanto como exigir que se abandone un estado de cosas que necesita de ilusiones”.

 

Notas:

 

*El Diccionario biográfico la izquierda argentina (2007) dirigido por Horacio Tarcus y, luego y fundamentalmente, el libro de Omar Acha, Cambiar de ideas: cuatro tentativas sobre Oscar Terán (2018), permiten sospechar -y un poco más también- que quienes firmaban como Enrique Eusebio y Abel Ramírez eran Carlos Olmedo y Oscar Terán. 

 

1 Esa antinomia es analizada por Sarte en “Portrait de l’aventurier (traducido por Losada en “Problemas del marxismo”, Buenos Aires, 1966, pp. 7 a 17. Con respecto al sartrismo de Sebreli, ver “Marcha” del 14 de enero de 1966: “¿Exitismo o verdad?”.

2  Cf. “Le Dieu caché l’histoire visible”, “Temps Modernes”, Núm. 141

3  Sartre, “L’Etre et le Neant”, Paris, Gallimard, pp. 549 y 535

4 Sebreli, “Eva Perón, aventurera o militante” Buenos Aires, Editorial Siglo XX, 1966. Pp, 30 y 31

5  Cf. “Sartre par lui meme”, Paris, Ed. du Seuil.

6 Sebreli, op. cit., pp. 52, 53 y 43

7 El diario El Mundo del 18 de mayo del corriente nos informa que la Liga Patriótica de Homosexuales Norteamericanos ha reclamado los derechos de sus miembros para combatir en Vietnam…

8 Cf. Marx: “Miseria de la filosofía”, vs. edics.

9 Cf. Marx: “La sagrada familia”, vs. edics.

10 Cf. Marx: “En torno a la crítica a la filosofía del derecho”. Empero sabemos que aun la clase universal, el proletariado, puede caer en la trampa de la particularidad si se proclama como un grupo parcial con intereses particulares: entonces su movimiento se transforma en “sindicalismo”. Y como lo ha mostrado Regis Debray “no hay una línea recta que conduzca del Sindicato al Partido revolucionario, de la Economía a la Política. (ver sus artículos en “La Rosa Blindada” Núm. 8)

11 La expresión de R.Barthes, “Essais critiques”, p.81. Desde esta perspectiva es posible interpretar “los inocentes escándalos” de las “vanguardias estéticas.”

12  La figura es de Marx, “La ideología alemana”.

13 Este último grupo constituye una gruesa porción de la población universitaria, y los recientes sucesos de Ecuador nos están que la combatividad efectiva no le está definitivamente vedada, aunque el contraejemplo que nos brinda Indonesia nos conduce a verificar históricamente nuestra afirmación: una clase vaciada de intereses históricos propios no puede encontrar inscriptos en una materialidad de la que carece de proyectos únicos; y entonces a falta de materia que aporte contenidos, la opción se define por el grado de conciencia. Leamos a Marx: “…el pequeño burgués se hace socialista de una parte y economista de la otra, es decir, se siente deslumbrado por la magnificencia de la gran burguesía y experimenta a la vez simpatía por los sufrimientos del pueblo. Es al mismo tiempo burgués y pueblo… Ese pequeño burgués diviniza la contradicción porque la contradicción constituye el fondo de su ser…(carta de Marx a Annenkov, del 28 de diciembre de 1846).

14 Pero al marcharse de la ciudad Orestes nos revela que no atiende sino a su Acto: les ha dado la libertad; no le preocupa su materialización en la praxis cotidiana de la comunidad. El Hugo de “Las manos sucias” no quiere cambiar el mundo, quiere “hacerlo saltar”. Los héroes de Malraux brillan en la destrucción y en el combate; jamás participan en la construcción de una sociedad nueva.

15 ¿Hace otra cosa Sebreli cuando afirma que “el militante surgido de la clase media como Eva Perón … entra inevitablemente en la lucha social por razones personales, y ‘conserva por lo tanto, aún militando’, todos los defectos del individualismo burgués: orgullo, vanidad, egoísmo, narcisismo, exhibicionismo, exitismo”? (89). Después de esto, sólo podrá apelarse a la “astucia de la razón” hegeliana para explicar porque “la rebeldía y la pasión de Eva Perón” no cayeron en el absurdo y la gratuidad (90).

16 Se parafrasea aquí la proposición central del análisis de Marx “Sobre la cuestión Judía”.

17 Una página del diario de Mauriac nos dirá acerca de las relaciones de este aventurero y su sociedad: “…vivimos en una sociedad extraña: ella es anciana, ella se aburre, ella perdona a quien sabe distraerla, aunque le cause temor… Podría verse en esa indulgencia el instinto profundo de una muy vieja sociedad que dice a su hijo vuelto contra ella: ‘Tus acciones son hermosas, a pesar de los ultrajes de que me colmas, eres mío por inteligencia, por tu cultura, por tu estilo; tú eres mío por todos los dones del espíritu.”(Journal, páginas 206-7).

18 Afirmación de Sartre en el diario francés de posguerra “Action”. Citado por Lucien Goldmann en “L’importances de concept de conscience possible”, aporte a “Le concept d’information dans la science moderne”, ed. de Minuit, 1965.

19  L’etre et le neant. Qualité et Quantité

20  Cf. Marcha, art. cit.

21  La expresión es de H. Koncke, en Marcha, art. cit.

22  Cf, “Respuesta a S. Fiorito”, en Marcha, 21 de mayo de 1965. J.J. Sebreli cita a Isaac Deutscher.

23  Una exposición del método de la mitología, sus alcances y sus límites, puede hallarse en R. Barthes, Mythologies, Ed. du Seuil.

24  La expresión es de Sebreli, en Testimonios de una generación, Marcha 23 abril 1965.

25  Quien lo afirma es Marx. Cf. “En torno a la crítica de la filosofía del derecho”.

CARLOS OLMEDO (1944-1971)

Luego de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras, continúa sus estudios en La Sorbona. Se recuerda que con apenas 23 años dictaba cursos de posgrado en la UBA. Fue ideólogo principal y fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) que hacen su aparición pública con la toma de Garín, en julio de 1970. No hay prácticamente duda de que es él quien responde las preguntas en la entrevista “Los de Garín” que, seguida por una discusión con miembros del ERP, constituye uno de los documentos teóricos y políticos más importantes de las organizaciones políticas armadas. Hasta 1970 tuvo un alto cargo en Gillette. Es herido y muere rematado el 3 de noviembre de 1971 en un enfrentamiento con la policía en la localidad de Ferreyra, Córdoba, cuando fracasó el intento de secuestro de un directivo de FIAT.

OSCAR TERÁN (1938-2008)

Filósofo, historiador y docente, su vasta y compleja obra recorrió temas fundamentales de la Historia y la política argentina y latinoamericana. Militante político de la “nueva izquierda” en los años sesenta y exiliado durante la dictadura regresó al país en 1983 para desplegar desde entonces el núcleo más importante de su obra nutrida por la tradición marxista y más tarde por el pensamiento de Michel Foucault. Participó de las revistas La rosa blindada y Punto de vista. Algunas de sus obras más importantes son: En busca de la ideología argentina (1986), Las palabras ausentes: Para leer los Escritos póstumos de Alberdi  (2004), Para leer el Facundo. Civilización y Barbarie. Cultura de fricción (2007) e Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810-1980 (2008).

Free Yourself (2019), The Chemical Brothers

MÚSICA

MÁXIMO ESEVERRI



Free Yourself (2018)
de The Chemical Brothers

free-yourself

    

     Podemos escucharlos, pero ya casi no podemos verlos. Un grupo de hombres se manifiestan a las puertas de un sitio, que aún no discernimos. Llevan pancartas fabricadas artesanalmente, cantan canciones breves y repetitivas, sin rima ni entonación. Lo rítmico de sus cantos y sus cuerpos agitados tendrán pronto su correlato en la pequeña historia que narra este video clip

     Un cartel se yergue tras un alambrado. Dice “RoboForce”. Por momentos las pancartas tapan la marca con otras frases, entre las que llegamos a leer “Jobs not bots” (“empleos y no robots”).  De pronto, un automóvil aparece por el camino. Un huevazo se incrusta contra la ventanilla del conductor. Éste porta un uniforme. Podría ser un policía. Es sólo un guardia de seguridad privada. Atraviesa el portón, estaciona, se baja, se pone la gorra. Mira a los manifestantes entre sorprendido y enojado, y se aleja lentamente mientras dice por lo bajo “pajeros…”

     Quienes se manifiestan posiblemente se encontraron alguna vez del otro lado de la reja. Sólo una persona entra ahora en soledad, para tomar la posta de otro igual que él. Se saludan rutinariamente. “Deséame suerte” dice el saliente, y al darse vuelta notamos que tiene varios prolijos huevazos, ya secos, en su campera. El guardia entra a un inmenso depósito en el que sólo se escucha el eco de sus pasos. Hay grandes cajas por todo el sitio. Podrían ser ataúdes. Sobre un camión estacionado podemos leer “AI Labour Solutions” (“Soluciones laborales de inteligencia artificial”).

     Recién en este punto comienza la melodía. Con el big beat de la música electrónica, las cajas comienzan a abrirse y salen de ellas robots humanoides. Uno de ellos, el primero en asomarse, tiene rostro de mujer. Será la líder y repetirá obsesivamente a lo largo de todo el clip las mismas cinco líneas: Free yourself / Free me / Free us / Help to free me / Dance! (“Libérate / Libérame / Libéralos / Ayúdame a liberarme / ¡Baila!”).

     Free Yourself es el primer corte de difusión del nuevo álbum del dúo británico The Chemical Brothers. El clip de esta canción fue realizado por Nic Goffey y Dominic Hawley, alias Dom&Nic, quienes ya habían trabajado con ellos para cortes como Hey Boy Hey Girl (1999) y más recientemente Wide Open (2016), en los que se experimenta también con software de captura de movimiento. Volveré sobre esto último.  

     Los cuerpos mecánicos en las cajas recuerdan los autómatas que interpretaban en vivo, en lugar de los verdaderos músicos, la canción electro-pop The robots (1978) del conjunto alemán Kraftwerk. Las voces procesadas de aquella canción repetían: 

Estamos cargando nuestra batería
Y ahora estamos llenos de energía
Nosotros somos los robots
Estamos funcionando automáticamente
Y estamos bailando mecánicamente
Nosotros somos los robots
Ja tvoi sluga (Soy tu esclavo)
Ja tvoi Rabotnik robotnik (Soy tu trabajador)
Estamos programados solo para hacer
cualquier cosa que quieras que hagamos.
 

     Llama la atención que las dos líneas en primera persona se cantan en ruso, mientras las demás son plurales, corales. La idea del trabajo trans-individual como fuerza de un colectivo es recurrente en diferentes culturas. El kanji japonés para “hombre/varón” (otoko), por ejemplo, reúne los kanas “arrozal” y “fuerza”, esto es, la esencia del individuo (varón) pasa por ser el componente energético que hace que la producción tenga lugar, en conjunto –indiferenciado– con otros. Los alemanes hacen aquella melodía, es necesario recordarlo, del lado occidental de la cortina de hierro, mientras que desde más allá llegan extrañas voces de desindividualización e igualación de los ciudadanos bajo el modelo del obrero fabril. La danza es contracara o reinterpretación de la coreografía de los cuerpos obreros que instaura la cadena de montaje, o su forma “liberada”. En el baile, el obrero preso de movimientos controlados, se desprende de la esclavitud que lo reduce a máquina.

     Coreografía de los cuerpos, orden maquínico y movimiento son coordenadas en las que se inscriben muchos de los trabajos de los Chemical Brothers, cuyo concepto se continúa y expande a través de la sociedad artística con diferentes realizadores audiovisuales. En el video clip de Go (2015), por ejemplo, el director francés Michel Gondry coloca unas bailarinas con vestuario propio del film soviético de ciencia-ficción Aelita (1924) realizando una coreografía-marcha que por momentos emula el avance de un tren. Las mujeres deambulan por el Front-de-Seine parisino, dominado por una arquitectura brutalista y ultramoderna, concretada en los setentas del siglo XX donde alguna vez hubo un parque industrial. Desplazamiento, montaje y encuadre dialogan con la disposición de los edificios, explotando las diagonales como podría haberlo hecho un Eisenstein. En una entrevista, Gondry dijo haberse inspirado en “La llegada del tren a la estación de la ciudad” (1895), de los hermanos Luis y Auguste Lumière.

     Mientras los Kraftwerk esperaban a los robots, los Chemical Brothers los reciben. A la orden de uno de ellos (“Dance!”) todos comienzan a bailar frenéticamente, cada uno con estilo propio, más o menos coordinado, como cualquiera de nosotros lo haría en una fiesta. Su euforia dancística estallando en un enorme galpón recuerda las warehouse parties de los tempranos noventas, antepasados para nada lejanos de las raves de principios del milenio, muchas de aquellas realizadas, justamente, en viejas fábricas abandonadas, es decir, sobre las ruinas del más antiguo sistema industrial, Inglaterra, tras el ataque masivo del neoliberalismo thatcherista. 

     Si los viejos autómatas subrayaban su condición de servidumbre y su total apego a las órdenes humanas, éstos del nuevo milenio, munidos de “inteligencia artificial”, nos convocan (¿nos obligan?) a liberarnos, piden (¿exigen?) ayuda. Y bailan. La danza sin más los exorciza de la racionalidad con arreglo a fines, de la que son (fueron/pueden dejar de ser) máxima expresión. Practicando la libertad a través del movimiento del cuerpo convocan/provocan las otras dos antiguas metas: la igualdad (a través del éxtasis rabelesiano de la fiesta sin jerarquías) y la fraternidad (que el clip resuelve, de manera brillante, en una breve toma poscréditos).

     Los manifestantes del inicio, por su parte, ya no protestan por la vida que llevarían en el predio frente al que se encuentran, sino por haber sido erradicados de él. Ya no son obreros. El fin de la explotación no ha significado para ellos más que el comienzo de la marginalidad. Quien llega y aún puede entrar no es en rigor un agente del orden: su traje pseudo policial, con gorra y todo, es más producto del marketing que de una tradición o función: emula el uniforme, pero no es un efectivo; tiene el aspecto de un servidor público, pero no es más que un empleado privado, seguramente tercerizado. Está allí para cuidar, pero ya no queda nadie a quien proteger. Su función es vigilar, pero (supuestamente) no hay nada que controlar en esos cuerpos inertes guardados en cajas de madera. Podemos verlo sentado en su garita, tragando una merienda, leyendo una revista, escuchando la radio. Tras él, en las pantallas pueden verse a los robots correteando por los pasillos. Uno de ellos se planta frente a la cámara y agita los brazos reclamando atención, sin suerte. Y frente a la eventualidad, finalmente, no habrá nada que este guardia sepa ni pueda hacer. 

     Los robots del clip, por el contrario, revelan en sus acciones toda la humanidad, la frescura y las ganas de ser que su contraparte humana ya no puede expresar. Uno ensaya una “guitarra aérea”, otro se quita la piel del rostro e intercambia su aspecto con un robot cualquiera, un tercero realiza femeninos movimientos de cadera aunque su cara posee un abultado bigote. Más allá, otro juega con una grúa haciendo trompos, otro convierte un tablero de luces en patchera audiorrítmica y otro unos embalajes en improvisados instrumentos de percusión. Como si se tratara de drogas alucinógenas, algunos cambian chips en su cabeza y de pronto ven a sus compañeros de juerga como enormes vegetales danzantes. En el colmo del paroxismo, uno de ellos practica pasos de break dance que refieren, a su vez, los toscos movimientos de un robot. Cuando el agente de vigilancia finalmente se levanta a ver qué sucede, puede percibirse fugazmente en segundo plano (minuto 4:17) a un robot que salta desde una galería, cae torpemente al suelo y se levanta con dificultad: ha tenido un accidente, ha cometido un error. Ya no es una máquina strictu senso. Los planos finales, tanto los visuales como los sonoros, preanuncian lo peor: combinan pinceladas fascistoides con referencias al horror clásico de los “muertos en vida”, a la manera del Thriller de Michael Jackson. Y sin embargo…

     El término “robot” fue gestado en el siglo XX. Usualmente se considera su primera aparición en una obra teatral de 1920, Robots Universales Rossum (RUR), del checo Karel Čapek. Dicha palabra había sido ideada por el hermano del autor, Josef, a partir del vocablo checo «robota», que refiere el trabajo de los siervos de la gleba. Similar raigambre tiene el verbo eslavo “trabajar”, relacionado a su vez con los términos “esclavo” o “esclavitud”, así como el arbeit germano, que el nazismo supo vincular con la noción de libertad. La idea del hombre artificial puede remontarse al Golem de la tradición judía y reconoce antecedentes mucho más cercanos en el tiempo, como la Olympia de Hoffman, aunque aquí aparece por vez primera vinculada a lo industrial y el trabajo. También los robots de Čapek se rebelan y toman el control: acaban conquistando el mundo y sosteniendo una superproducción industrial ya sin sentido. En un texto sobre el americanismo, el cine y el robot, Peter Wollen señala que esta rebelión expresa el terror a la revolución bolchevique.

     En el video clip, sin embargo, una empatía se redescubre en este acto de libertad, de anti-productividad. Aquí la danza no es disciplina, sino su opuesto: es descuido, puro fluir, joda. La liberación a través de la fiesta no tuvo lugar en las teorías sociales de la izquierda hasta la aparición de autores genuinamente preocupados por “lo popular” (Bajtin, Benjamin, Gramsci). Persiste hasta hoy la idea de la fiesta popular, la intoxicación a través de la ingesta de sustancias o el sexo recreativo como formas de un ocio que no es más que la contracara (que permite, que sostiene) la alienación del obrero. En el clip, la sublevación es secreta: se realiza cuando los humanos no están. Y una de las formas de esconderla es realizarla allí donde no debería suceder: en la factoría. La cultura dance británica posee una honda raigambre popular, que comparte con el rock y el fútbol. La identidad obrera de los Beatles y la marginal de los Sex Pistols se funden en el cambio de milenio para constituir la genuina contracara (aunque desde luego no exenta de porosidades) de una cansada cultura hegemónica, burguesa. Y en la sucesión de generaciones, logra superar su imagen estrictamente juvenilista.

     Es indispensable subrayar un último elemento: La distancia entre los robots filosoviéticos de los Kraftwerk y los autómatas ravers de los Chemical Brothers no está hecha sólo de moda, de época: el componente audiovisual, revolucionado por la informática digital, es esencial en ese pasaje. Pero dista de serlo en el sentido que usualmente se brinda a las “nuevas tecnologías de la información y la comunicación”. En la era de las masas la preocupación por capturar la esencia de la corporalidad y el movimiento humanos se encuentra presente desde la primera hora. El cine mismo puede entenderse de esta manera. Durante casi un siglo, fotografía (registro) y dibujo (creación) compitieron en torno al establecimiento de una via regia a través de la cual diferentes sistemas de audiovisión podían lograr tales objetivos. A la fecha, la historia del cine y el audiovisual sigue enseñándose a partir de aquellos pioneros (Lumière, Edison, Paul, etc.) que optaron por los dispositivos fotoquímicos para dar cuenta de las cosas del mundo. Sin embargo, ya a comienzos del siglo XX, dibujantes como el francés Émile Cohl exploraron las posibilidades del dibujo animado para crear “mundos de fantasía”. Poco después, en Estados Unidos los hermanos Fleischer lograron traducir al cine animado números de baile de algunas estrellas de la música popular norteamericana a partir de la técnica del rotoscopiado, con un realismo capaz de sorprender a un espectador del siglo XXI. Desde los cincuentas, la informática no ha cesado en el perfeccionamiento de una emulación verosímil de la imagen fotográfica, el movimiento y el sonido. Por ese camino, a fines del milenio la animación audiovisual abandonó casi todo parentesco técnico con el cine tradicional. Los actuales sistemas de captura de movimiento han logrado borrar finalmente toda frontera entre registro de cosas del mundo e imagen generada. Como sucedía con los primeros espectadores del cinematógrafo, hoy nuestros ojos apenas pueden distinguir entre aquello tomado del mundo y aquello introducido en él. Y también hoy como ayer, esa frontera importa, a los efectos de la comunicación social, cada vez menos: su normalización permite al creador erigirla en herramienta creativa. Es desde la (casi) invisible distancia técnica que brindan los algoritmos informáticos que los actuales realizadores invocan el mundo y reflexionan sobre él. Cineastas de nuevas generaciones como Neil Blomkamp (el hacedor de Distrito 9) o la dupla de británicos que realizó este clip continúan perforando las capas de sentido de lo contemporáneo como un siglo atrás lo hicieron pioneros de la ciencia-ficción como Čapek. O tal vez, incluso, mejor, porque logran inyectar humor, sátira, a través de herramientas creadas tan solo para deslumbrar. Una vez más, el arte nos ofrece una sombra desde la que contemplar y pensar nuestros peores fantasmas.  

     Link del video clip en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=7wzR_BVFsUU   

MÁXIMO ESEVERRI

Es graduado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Docente en el grado y secretario académico de la Maestría en Periodismo en esa casa de estudios. Dirige la colección Cosmos, sobre temas de cine, de Eudeba.

Pasajeras esas nubes (2022), Iannamico (comp)

POESÍA
MARÍA EUGENIA RASIC


Pasajeras esas nubes. 7 poetas bonaerenses (2022)
de Roberta Iannamico (Comp)

Pasajeras-esas-nubes-Poetas-bonaerenses

Me llega este libro en un momento en que me encuentro pensando ciertas relaciones, e implicancias, entre poesía escrita por mujeres, archivo, voz y paisaje en territorios rurales de la provincia de Buenos Aires del siglo XX. Me llega en un momento, además, en el que me mudo del querido barrio ferroviario Tolosa a un pueblo del centro noroeste de la provincia atravesado por históricos y patriarcales (Segatto 2018) procesos de desertificación (Rozitchner et al 2010) y despaisamiento (Canal Feijóo 1934), pero que, sin embargo, comenzó a volver a escuchar, hace poco y cada tanto, la bocina del tren. Por último, en un momento político (y, entonces, aquí también editorial) en el que pareciera empezar a importar qué, cómo y para quiénes se mira, se dice, se escucha, se lee y se escribe allá lejos de los grandes centros letrados. Y lo que es mejor aún: un momento en el que parecieran intentar reconfigurarse las vías de intercambio de bienes culturales (no solo económicos-productivos) de la provincia con una lógica diferente al diagrama trazado en los comienzos fundacionales. Entonces, abro este libro en Carlos Casares con la esperanza de la lluvia y el desparramo que nos prometen las nubes (también los trenes para pasajerxs) cuando pasan por estos lados. Porque estas nubes no nublan, no vacían, no silencian. Estas nubes señalan aquello que por el suelo fue escondido detrás/al costado/debajo de las horizontales líneas de frontera: una conversación sincopada entre voces y paisajes. Un murmullo inquietante que nos permite incorporar en las lecturas actuales y en las tradiciones del futuro aquellas que durante más de cien años no habíamos alcanzado a escuchar. Eso también hacen estas nubes que pasan: ponen la oreja en los lugares donde no vemos el fulgor del relámpago. 

Con una selección hecha por la poeta, cantautora, tallerista y editora bahiense-serrana Roberta Iannamico (1972) –quien reúne, compila, escucha atenta dónde acontece la poesía y escribe el prólogo de este libro–, el primer paisaje que abrimos de esta antología es el que aparece en la voz de Lorena Curruhinca (Viedma-Carmen de Patagones, Bahía Blanca, 1981). Le siguen Laura Forchetti (Coronel Dorrego, 1964), Natalia Molina (Bahía Blanca, 1973), Eva Murari (Bahía Blanca, 1974), Agostina Paradiso (Intendente Alvear, La Pampa, Tres Arroyos, Ingeniero Maschwitz, s/f), Carolina Rack (Coronel Suárez, 1981), Alejandra Saguí (Bahía Blanca, 1987). Muchas de ellas llegaron por la ruta del sur a la provincia de Buenos Aires y continuaron en movimiento. Todas llevan y traen la poesía de un lugar a otro; la ingresan y sacan de las instituciones. “La militan, la enseñan, la llevan a las escuelas, la leen y la escuchan en lecturas públicas, la publican en sus propias editoriales, organizan festivales en sus pueblos, sus ciudades” (Iannamico, 11). Así, lo que habríamos de llamar siempre desde la ficción del centro “interior de la provincia”, se expone con justicia poética a un afuera urgente, con la cual los cumulonimbus se desarman para ofrecer nuevas percepciones y otros correderos de aire. 

Ya desde el comienzo, los versos de estas poetas se ponen “a tirar piedras para hacer sapito y perturbar la superficie” (Curruhinca, 23). Entre el recuerdo del mar, del río, de las sierras, de los arroyos, del campo, del jardín florecido, del baldío, de los márgenes urbanos –aunque también del dormitorio, de la cocina, del cuerpo– la poesía se convierte en impulso, tanto para “buscar paraísos en medio del desierto” (Forchetti, 82), como para dejar de mirar el patio “con ojos de gringa extranjera” (Saguí, 169). Entonces, la serenidad con la que, en la poesía nacional escrita por algunos varones porteños del ’20, se derramaba el cielo en la casa, es interrumpida “por el viento del campo que mueve las ventanas” (Molina, 89). También por la fuerza que la historia de las aguas del Napostá remueve “en pequeños círculos” y delata “con olor descompuesto” (Murari, 99). Ya sabemos: de brazo armado contra las comunidades originarias a regadero de terratenientes agricultores; de los insistentes entubamientos y parquización a su contaminación profunda. La tarea de estas nubes que pasan es inmensa, hasta arqueológica: rastrear por debajo de la tierra, “alrededor de los caños de agua o gas/ bajo el cordón de la vereda”, las huellas de los trabajadores que hicieron el cordón cuneta o las huellas de los chicos que ya no vuelven sobre el cemento fresco (Rack, 141-142). Rastrear, a su vez, un tiempo y un horizonte cuya medida la señala el verso: “Hasta que el edificio” (Saguí, 158). Ante las políticas del olvido que la modernización ha construido (Rivera Cusicanqui 2018), la poesía aquí editada (y muchas por primera vez) es el insistente elogio de aquel árbol que crece por debajo de la vereda (Rack, 141-142). 

Así, cada poema puede ir tornándose también en una gran epopeya, cuyo heroísmo no radica en dar espectaculares batallas, incluso dentro de la misma tradición literaria. Aquí, más bien, radica (y por eso la labor es inmensa) en la minuciosa recuperación de pequeños relatos de infancia y en el valiente atrevimiento que implica “agrandar los ojos” para volver a mirar a lxs otrxs “con cuello de jirafa” (Rack, 136). También, la épica consiste en volver a mirar el propio cuerpo como territorio capaz de hacer crecer la marea en el centro de la estepa y de dar a luz un nuevo lenguaje (Paradiso 128) “desde el vértice vientre rojo de la lengua” (113). En este territorio, poblado a su vez, por momentos, de una memoria mapuche y guaraní, la poesía es el deseo de “conjugar palabras/ que sean semillas en la salita/ en el jardín del suburbio” (Paradiso. 112). La docencia en los espacios formales y no formales de educación, nos recuerdan varias de las poetas de este libro, puede ser, entonces, “una escoba de trigo/ que limpia todo aquello/ que se aglutina y soberbia (112). ¿Qué paisajes reescribimos allí, una vez que la escoba, además de barrer, empieza a dar lugar a lo que no se nombra o a lo que hasta entonces aguardaba en la voz como una “inoportuna flema/ gargareando” (Saguí, 151)? ¿Qué contornos, peso, colores y formas tiene? Si los puntos y las líneas fueron los trazos utilizados a la hora de diseñar el mapa provincial (y nacional), las letras, los versos y el ritmo son aquí, por su materialidad –a veces suaves y flexibles, a veces ásperas y pedestres–, por sus cortes, por sus bordes y por su irregularidad, paisajes con potencia reterritorializante. En el aquí y ahora que cada una de estas voces instala, puede aparecer

“por acá atrás: el gallinero                                                  y por allá: el baldío” (Saguí, 158).

También el aullido de un auto (Paradiso, 114), un faro al costado (Curruhinca, 21), el rumor nocturno de la sierra y un sapucay (Molina, 78), plumas rosas en la arena y una laguna florecida (Forchetti, 61), la sombra de un mandarino en la pared (Murari, 102). “Pasajeras son esas nubes” (Saguí, 153), y sin embargo y sin embargo, como nos enseñó a leer otra poeta (Kamenszain, 2021), en este libro “el arcoíris de la pampa nunca se apaga” (Rack, 137).  Entonces, hay resto, hay poesía, hay promesa de aires buenos.

 

 

 

Referencias utilizadas:

 

 

-Canal Feijóo, Bernardo (1934). “El asalto a la selva”. En Ñan Revista de Santiago, 2; p. 60-76.

-Kamenszain, Tamara (2021). Chicas en tiempos suspendidos. Buenos Aires: Eterna Cadencia.

-Rivera Cusicanqui, Silvia (2018). Un mundo ch’ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta limón.

-Rozitchner, León; González, Horacio; Sorin, Jaime; Ferrer, Christian y otros (2010). Vías argetninas. Ensayos sobre el ferrocarril. Buenos Aires: Milena Caserola.

-Segatto, Rita (2018). “Ningún patriarcón hará la revolución Reflexiones sobre las relaciones entre capitalismo y patriarcado”. En ¿Cómo se sostiene la vida en América Latina? Feminismos y re-existencias en tiempos de oscuridad. Quito: Fundación Rosa Luxemburg/Ediciones Abya-Yala; p 3-11. Disponible en: https://www.unsam.edu.ar/pensamientoincomodo/files/NINGUN-PATRIARCoN-HARa-LA-REVOLUCIoN.pdfa

MARÍA EUGENIA RASIC

Es Doctora en Letras por la FaHCE-UNLP. También es docente de Literatura en escuelas secundarias públicas. Actualmente, en su formación posdoctoral, se encuentra investigando las relaciones entre arte-poesía-archivo-comunidad en territorios rurales de la provincia de Buenos Aires.

Lexikón (2022), Raimondi

POESÍA
MARTÍN BAIGORRIA


Lexikón (2022)
de Sergio Raimondi

lexicon

     En 2001 Sergio Raimondi publicó Poesía civil. Más de veinte años después saca su segundo libro. En el medio hubo un proyecto titulado “Para un diccionario crítico de la lengua”, cuyo eje era un análisis de las palabras que conformarían al mundo actual. El Lexikón reformula ese propósito y sugiere la posibilidad de un vocabulario dirigido a épocas venideras: “Cuando hay un tiempo falto de lexicografía / específica tal vez se esté configurando / (…) la que lo dirá en el futuro” (“Zukunftpoesie”). Entre ambos proyectos queda una idea: la necesidad de armar un lenguaje nuevo o alternativo, no contemplado por los diccionarios al uso. Esta fricción con el saber de las instituciones deja entrever una de las ambiciones que caracterizan al libro. Porque no hay citas ni bibliografía secundaria, ni una enumeración más o menos reconocible de los términos centrales que integrarían nuestro “léxico social y político”. En lugar de ello, el lector se encuentra con un vocabulario conjetural hecho de siglas, palabras en otros idiomas y términos presentados con alfabetos no occidentales. Para colmo el uso del verso prioriza un discurso lleno de marcas subjetivas que abre otro abanico de preguntas: cuáles son los “temas actuales de interés”, cuándo una estrofa interviene en las connotaciones de una frase, o por qué no definir un problema a través de las formas epigramáticas. El primer libro de Raimondi poseía ya alcances muy amplios para el promedio de temas manejados por la poesía argentina, pero en el Lexicón vemos cómo las referencias se expanden drásticamente. Su propósito es asimilar la diversidad de datos producidos por la realidad planetaria –las últimas innovaciones del sistema capitalista, la historia de un organismo microcelular, el proyecto de fundar colonias en el espacio exterior, una reflexión sobre la Biblioteca Ayacucho, etc.–. 

 

     Junto a los asuntos económicos, políticos e históricos, la novedad del Lexikón es la fuerte presencia del discurso científico: “(…) un mundo apenas visto de mil atmósferas / con dorsales interminables valles fosas de subducción / inyecciones de magma basáltico y fauna batipelágica” (“Bathymetric chart”). Surgen con muchos detalles seres animados o material geológico invisibles a los ojos humanos, como si el saber técnico-científico de avanzada hubiera pasado a ser parte de la mirada objetivista. Esto también se nota en el vocabulario de los poemas, quizás irónicamente un léxico híper-específico que lleva al lector a buscar un diccionario. No vemos ahí sin embargo un gesto de exclusión –a fin de cuentas las temáticas son elucidables–; habría más bien un desplazamiento entre lo no-perceptible y los hechos grandiosos ya que el Lexikón entiende que ambos enfoques deben combinarse para pensar las alternativas de la organización social: “leer los estudios recientes de microbiología / como tratados de renovada ciencia política” (“Quorum sensing”). 

 

     Por eso, aunque se nos hable de elementos frágiles e imperceptibles, no por ello se elige el lenguaje de los susurros o retóricas similares. Además del léxico específico, domina el realismo lleno de detalles historicistas junto a una energía argumentativa que absorbe a la enunciación o la invade mediante la apostilla punzante. Ese impulso racional se nota en las regularidades métricas, la hipotaxis insistente o en la extensión misma de los poemas, que a veces recorren todas las alternativas de un problema lógico. 

 

     Pero tampoco es difícil notar que tanta preocupación ubicua e híper-sofisticada inscriben a este libro en eso que habitualmente se denomina “universalismo cosmopolita”. Solo que, a diferencia de este último (o de la mayoría de sus versiones), este no es un gesto de reconocimiento emitido desde el subdesarrollo hacia la metrópolis: “la verdadera tarea hercúlea es evitar / la idea de haber nacido en la latitud incorrecta” (p. 119); “estar en la periferia era elemento clave / para entender el concepto de desequilibrio regional” [“Estudios (nuevo plan de)”]. Raimondi propone re-pensar la cuestión nacional sin caer en los enunciados esencializantes. Se nombran zonas geográficas, también los gentilicios “chipriota”, “argentino”, etc. poseen ese sentido, y eso es parte de la intención que busca ver al planeta como un mismo objeto. El enfoque cosmopolita es constante, pero sus reflexiones atienden a los dilemas de las coyunturas locales, la diversidad de eventos y azares que las empujan de un lado a otro. Esta es una de las paradojas que atraviesa al libro: permanece la geopolítica, el conflicto y la competencia entre países; y a la vez no son tan importantes las identidades como las situaciones, sus problemas organizativos. 

 

     Entonces, si Heidegger y Adorno sospechaban de la ciencia y la tecnología, el poeta Raimondi encuentra en el programa iluminista otra noción de lo universal. Ella nos ofrece una experiencia de la técnica hecha con versos de  precisión eufónica: “desguaza la segadora pieza a pieza hasta hallar / floja la tuerca del alemite en la zona de la zaranda” (“Tester”). Sería otra manera de reescribir las condiciones del sistema planetario: quien trabaja la tierra posee un “oído absoluto” para captar el rendimiento de una máquina importada. Aunque otras veces se discuten las consecuencias del progreso donde manda la expansión de la frontera extractivista: en un mismo poema se puede usar la cabeza de Kant “coronada con un penacho de plumas variadas”, o recurrir a la ironía para señalar los presupuestos míticos del “buen vivir anhelado” (“Tekohá”). 

 

     De este modo, el Lexikón avanza hacia una comunicación más riesgosa, porque muchas de las experiencias aludidas surgen como un debate en la zafra de Camagüey: “otros no entendían bien por qué trabajar tanto / para que llegue el día en que no se trabaje más”. Esta es una perspectiva empática con las disidencias planteadas por los explotados. Menos contemplativa es la mirada frente a los enemigos de clase, sucintamente enviados a la construcción de una represa (p. 106). Las referencias a revoluciones y distintos proyectos comunitaristas buscan mostrar esos otros hechos, poco visibles frente a una historia del siglo XX pensada en clave de catástrofe. No pocas de esas escenas sugieren significados contradictorios entre sí, cabos sueltos y núcleos dramáticos renuentes a las generalizaciones. Mirada lateral sobre episodios célebres, escenas  marginales, sin  nombres conocidos; no casualmente rasgos afines al objetivismo. Porque esta ampliación del arco temático hacia los traumas del pasado es otro aspecto de un interés ya presente en Poesía civil. Mediante el objetivismo el poema pasa a discutir, como si dijéramos “de igual a igual”, con un arco variado de géneros –no solo historia nacional y economía, sino ahora también historia mundial, filosofía, psicoanálisis, informática… –. El Lexikón llega a extremos acaso impensados en los años ochenta, cuando esa corriente reclamaba para el verso las ventajas de la prosa.  

 

     El libro conecta así con otras cajas de Pandora, otros textos híbridos y ambiciosos: el Paterson de W. C. Williams, los Cantos de Ezra Pound o el último Ernesto Cardenal, el de los Versos del pluriverso. No es exagerado afirmar que Raimondi acepta las intenciones de esas obras. Véase sino el poema “Danteum”. El texto describe una construcción nunca iniciada, pensada en la época del fascismo europeo, que anhelaba reproducir la estructura de la Divina Comedia. Mientras subimos por su interior descubrimos los detalles de un monumental proyecto, ya finalizado. Si no fuera por las referencias arquitectónicas y las preocupaciones funcionales, este recorrido se parecería a un ejercicio de sublimación, tal como lo sugiere el movimiento de ascenso indicado en el poema. Pero lo que vemos es el traslado al espacio físico de una épica fundadora, un “símbolo-objeto” sobre el cual se impone la mirada racionalista: “(…) solo hay tradición si se actualiza / brindando además un material estable / ante la previsión verosímil de incendios”. El texto omite el escándalo frente a los auspiciantes del edificio; más bien por el contrario, en términos de relato histórico surge un gesto análogo al clinamen: modificar la dirección de los elementos sería darle otra resolución al desastre. 

 

     Pero ¿no hay algo más solemne que un monumento? ¿No se fetichizan ahí todos los esfuerzos humanos, convertidos en representaciones manipulables en favor de tal o cual ideología? A Raimondi quizás estas preguntas le interesen, aunque no al punto de verse inmovilizado por ellas. Como vimos en “Danteum”, no hay temor al monumento. Muy por el contrario el Lexikón lleva grabado este antipático ADN; su deseo es ocupar dicho espacio simbólico combinando las herramientas clásicas y modernistas de la poesía. Estaríamos así ante un objeto monumental –por qué no– ya que, como dijimos, a eso también aspira la concepción formal de estos “dieciséis mil doscientos cuarenta y ocho versos”. Y tampoco esa desmesura debería intimidar a los lectores, porque al Lexikón le interesa explotar las ambigüedades genéricas del enciclopedismo: “(…) era hora de discutir de una vez / la superioridad de la música sobre el arte / de ensombrecer el terciopelo calibrar / la juntura de dos maderas o conseguir la espuma / perfecta en la elaboración de la cerveza” [“Encyclopedie (ou Dictionnaire raisonné)”]. El libro posee esa doble faz: compendio de saberes que a la vez puede leerse como una hilera de pensamientos ocasionales, ya que se permite opinar sobre cualquier asunto, no importa lo distante o cercano que sea. 

 

     El resultado es un discurso universalista de izquierda que desconfía de las jerarquías intelectuales y busca otro tipo de enunciación para las determinaciones que atraviesan la experiencia humana –tema constante en Raimondi, aunque cabe advertir que la palabra “determinación” o sus equivalentes idiomáticos no están en el índice…–. Sea como fuere, quizás sea más importante señalar que en el Lexikón cada situación no tarda en ser examinada desde otra perspectiva. Esa discusión pertinaz se nota en el uso de litotes y construcciones adversativas. Actitud recalcitrante del monumento, en rigor no muy lejana a otras poéticas objetivistas. Pero todos esos debates sugieren un discurso en devenir permanente, siempre atento a un replanteo de las circunstancias en las cuales se escribe. Y ese es otro hallazgo del libro.  

MARTIN BAIGORRIA

Es crítico literario, docente e investigador.

El Método Rebord

RADIO/STREAMING
DIEGO LABRA


El Método Rebord (2022)
de Tomás Rebord

metodo rebord

     El pasado sábado 2 de julio, mientras Cristina Fernández de Kirchner hablaba en Ensenada, el por entonces Ministro de Economía Martín Guzmán hizo pública su renuncia vía Twitter. El calibre político del hecho garantizaba que la siguiente entrega de M.A.G.A., el programa que Tomás Rebord realiza semanalmente por Nacional Rock, sería dedicado por completo a discutir las ramificaciones de lo sucedido, en un contexto de crisis aguda del Frente de Todos y del gobierno nacional en general. El apoteótico cold open, que reemplazó el collage sonoro de argentinidad al palo que abre usualmente cada emisión por el réquiem del Dies Irae, no hizo sino reforzar la sospecha de que se venía una arenga exacerbada. Pero entonces, cuando después de un minuto la música paró, la voz del conductor rompió el silencio para disertar inesperadamente sobre “las películas del Planeta de los Simios, las nuevas”. 

     Es “importante” charlar sobre ellas, justificó Tomás Rebord, no solo porque “son todas espectaculares”, sino porque en ellas se pueden encontrar “tres preceptos filosóficos” pertinentes a la hora. Representado de manera memorable con unas ramitas por el líder mono César (un magistral Andy Serkis bañado en CGI), el primero de ellos reza que “los monos juntos son más fuertes”. El segundo, introducido en la secuela, es el mosaico “mono no mata mono”. Más tarde en la misma película, un César derrotado le transmite a su hijo, ansioso por recuperar el mando de la tribu de manos del belicoso Koba, un tercero precepto. El más interesante, según el conductor. “Los monos se cuelgan de la rama más fuerte. Si la rama es débil, cuando el mono se cuelga, nos caemos todos”. Es decir, lo que necesitan los monos (y también los argentinos) es un liderazgo fuerte, cosa que no abundaba dentro del oficialismo por esos días.

     Mucha agua, demasiada, pasó desde entonces bajo del puente. No solo a nivel de la política nacional, sino en la carrera del propio Rebord, quien en los últimos meses se arrimó más al mainstream gracias a su sociedad con Felipe Pigna y las repercusiones de su entrevista a Fernando Vaca Narvaja y Máximo Kirchner. Pero el análisis de coyuntura se quedó conmigo porque destila la operación simbólica que a mi entender motoriza su éxito, posicionándose en un lugar destacado entre los llamados “influencers militantes” ¿Cuál es la fórmula de la Coca-Cola del éxito de Rebord?

 

¿Es esto novedoso?

     Rebord es joven, todavía no cumple treinta. Además, produce mayormente contenido para internet (su programa de radio es transmitido en simultáneo por Twitch, y está pensado para ser visto, no solo escuchado). Por lo tanto, parte de su atractivo debe ser su novedad ¿no? Como escribió Mariano Schuster al destacar la naturaleza rupturista de El Método Rebord, su formato de entrevistas y producción más exitosa, el entrevistador se permite celebrar haber descubierto la pólvora, prerrogativa de cada nueva generación. Programas de entrevistas mano a mano holgados de tiempo los hubo antes, aunque quizás no hayan sido transmitidos por Youtube. La deuda del formato con Joe Rogan, controversial podcastero norteamericano que le vendió la exclusividad de sus transmisiones a Spotify por una millonada, es blanqueada por el portarretrato con su cara que adorna la mesa del Método

     En este sentido, quizás lo nuevo pueda hallarse antes en el “cómo” que en el “qué”. Las plataformas de streaming como Youtube, o la más “gamer” Twitch, permiten la elasticidad cada emisión de El Método, durando cada uno lo que demande la “comunión entre las almas” del entrevistador y el entrevistado. Más novedoso aún es el sistema H.A.G.O.V. Llamado así por las siglas Hacer a Argentina Grande Otra Vez, el streamer montó un dispositivo de financiación directa mediante el cual sus seguidores pueden pagar básicamente para que Rebord siga siendo Rebord. En dicho sitio web podemos ver que el dinero está destinado a solventar la producción de contenido exclusivo, como las “epístolas” que envía a sus suscriptores, pero también programas que se podrían consumir sin poner un peso y que ya cuentan con una infraestructura profesional detrás, sea la de Nacional Rock, Corta o El Destape. 

     El medio de Roberto Navarro es una referencia importante, no solo porque Rebord haya hecho allí sus primeras armas, sino porque su éxito probó que se podía levantar un multimedio digital a partir de la contribución recurrente de un público pequeño pero fiel. Es decir, volver al viejo sistema de suscripción que puede rastrearse hasta los albores de la prensa nacional como solución a la atomización de los públicos y la inviabilidad del modelo masivo de producción cultural que se impuso durante el siglo XX. En este nuevo paisaje de medios, Rebord como marca y emprendimiento de un solo hombre se posiciona entre el tuitero que pone un link de Cafecito en su bio y una empresa con todas las letras como puede ser Futurock. 

     Ante la disyuntiva que plantea la dispersión del consumo multimedia y la falta crónica de capital que sufren a nivel local las PyME de la cultura, la respuesta que se ha encontrado es “construir comunidad”: hacer de la suma de tus espectadores un “fandom”. Es decir, el modelo Disney, pero aplicado a dos tipos que hablan sobre juegos de rol y minar cripto en una casa de Villa Crespo. Y construir “fandom” es algo que Rebord sabe hacer muy bien. Junto con un ajustado equipo de producción, cubren todas las bases a través de múltiples redes sociales, interactuando permanentemente con el público y desplegando estrategias novedosas, como el libre franquiciado de su marca mediante el incentivo a la creación de cuentas “hagov” o “bord” en Twitter. Rebord es un tipo de casi treinta que hace entrevistas, pero también es un “multiverso” de contenidos que amenaza con independizarse de su persona física.

     En su Método, Julia Mengolini no puede reconocer que Futurock sea “un buen negocio”, a pesar de describir a la empresa que fundó como un multimedio con casi 100 empleados, una editorial con 19 títulos en la calle, una productora de eventos que puede llenar Tecnópolis, “500.000 oyentes únicos mensuales” de la radio y miles de aportantes que ponen su plata todos los meses. “No quiero hacer guita”, afirma ante la repregunta, “no quiero ser rica”. Rebord no tiene este problema, no sufre de “pepemujiquismo”, como él mismo lo llama. De hecho, el tipo no es todavía del todo famoso y ya está cobrando cheques de multinacionales. Como su sonada renuncia de Spotify dejó en claro, ya fue eso de producir contenido gratis ¿Acaso “venderse” ya no es tabú? En tiempos de traperos self-made y capitalismo de plataformas, la pose “under” del arte por el arte hasta que duela la panza ya no genera los mismos dividendos simbólicos que antaño. No hay (tanta) vergüenza en admitir que la cultura también es negocio.

     No faltará quien señale que este giro “entrepreneur” de la producción cultural tampoco es tan novedoso, ni quien trace la descendencia genealógica entre Rebord y su entrevistado y empleador Mario Pergolini. Lo cual el mismo Rebord no contradeciría. En la subversión de las expectativas que representó el citado monólogo sobre El Planeta de los Simios con el que abre la nota, en el diálogo cómplice y risueño con los operadores (“está todo bien en cabina, todo en orden”, se escucha entre tentadas), conviven la obsesión metanarrativa del streamer, las referencia a la cultura masiva importada y el tono juguetón con que Tinelli pinchaba a Hoppe detrás de cámara. Si Rebord es algo, es un hijo sano de los noventa, en el sentido más literal de la expresión.

 

¿Es esto peronismo?

     Martín Rodríguez escribió que a lo largo de la última década del siglo XX, la fuerza centrípeta que tendió a sostener juntas las partes de una sociedad argentina cada vez más desigual y fragmentada fue la promesa del consumo. Un “derecho no escrito” que vino a suplir tantos otros que fueron suprimidos durante esos años. “La gran transformación de la época es que el ‘consumo’ se convirtiera en el verdadero (o posible) derecho de masas”, afirma Rodríguez. Un consumo de nuevo talante, moderno y globalizado, que hacía posible que tus viejos te llevaran al shopping a ver la nueva de Disney y luego a cenar una Cajita Feliz que venía con un juguete del protagonista por menos de diez pesos. Fue durante esa década que descubrimos que Tribilín en realidad se llamaba Goofy y aprendimos a decirle Bruce Wayne a Bruno Díaz. Quien quisiera podía tener en sus manos el viernes una historieta de Batman que se había publicado en Nueva York ese mismo miércoles. A medida que el mundo se hacía más chico, nosotros sentíamos que cosas antes imposiblemente lejanas estaban ahora al alcance de la mano (de quien pudiera pagarlas).

     Rodríguez también estima que, si bien el kirchnerismo se construyó en oposición al menemismo, el nombre de la década, no hubo antagonismo en cuanto al consumo. “El kirchnerismo combatió a Menem, pero no a los noventa”.  Es más, los “usó a su favor”: “Frávega y derechos humanos”, “orden y progresismo”. La recuperación del poder adquisitivo, el atraso cambiario y el retorno del Estado presente (y subvencionador) generaron una década ganada del consumo cultural, incluyendo lo importado: la asistencia a los cines batió records año a año a caballo de los Rápidos y furiosos y los tanques animados de Hollywood, artistas internacionales y festivales musicales volvieron a llenar los estadios de Buenos Aires, y quienes no habían podido tener la Play 1 si pudieron comprarse la 2. Altos salarios en dólares permitieron volver a viajar afuera. En 2012 pude conocer Nueva York, paisaje del cine catástrofe y las sitcoms con que me había criado, con un sueldo de heladero y sin dejar de pagar el alquiler. 

     Este tren de consumo cultural aparece como una tensión dentro del ethos kirchnerista. Por un lado, el Estado propuso (y financió) una renovación estética del peronismo afín a la sensibilidad de las clases medias y bajas urbanas que se habían criado mirando cable, jugando videojuegos y navegando en el primer Internet. Encuentro y Paka Paka. Comicópolis en Tecnópolis y KEXP en el CCK. Fuerza Bruta volando a bordo del ARSAT. El citado Futurock es quizás el mayor emergente de esta apuesta, la prueba de su pregnancia. Pero por otro, la raigambre ideológica del movimiento obligó a presentar esa renovación como la antítesis de esos mismos consumos que, cuanto menos, influyeron dicha renovación. Pikachu o Zamba, y fíjate de qué lado de la mecha te encontrás. El drama existencial del peronismo Latte Machiato, diría Rebord. Denunciar al imperialismo y los poderes fácticos, tuiteando desde el Lollapalooza. Mirar la última de Marvel en Disney+ con Dorfman y Mattelart en la mesita de luz ¿Qué hace el peronismo cuando lo que quieren consumir los argentinos de a pie es importado? ¿Cuándo el ídolo popular es Goku? 

     Rebord viene a resolver esta tensión simplemente ignorándola. De todo dilema ideológico se sale por arriba. Quizás por eso Juan Tenembaum lo llama un “peronista extraño” en el perfil que hizo de él. Nacido en el seno de una familia de clase media con biblioteca, la madre le dio para leer El hombre mediocre de José Ingenieros cuando tenía doce. Viniendo de una casa donde “no había política”, se interesa por ella gracias al icónico poster “Hope” de Obama y termina en “un local radical”. El viraje al campo popular también tuvo una fuerte raigambre estética: lo ve hablar a Chávez y se le despierta el medidor de mística “¿Qué es este gordo mágico que se pone a hablar y todos se cagan de risa?”, pensó. Se “desgorilizó” militando en La Mella y Nuevo Encuentro, pero nunca renegó de su dieta cultural omnívora propia de un porteño millenial. 

     “Yo soy admirador de la cultura yanki, me gusta, me vuelve loco”, admite sin tapujos en el podcast Círculo Vicioso ¿Por qué no habrían de gustarle si “son buenos productos” y entretienen? En esa frase la operación es doble. No solo se blanquea el placer por las producciones hollywoodenses, sino que se encuentra valor en productos culturales a los que desde círculos críticos e ilustrados usualmente se les niega (aunque esto quizás sea más un espíritu de época, como denota el discurso de voces que protagonizan el recambio institucional de la cultura). Una rebelión contra “la figura del crítico de cine, que habita la cultura mediante señalar lo verga que es todo”, ilustra en una entrevista. Desintelectualizar el consumo cultural. No todo tiene que ser una operación ideológica (aunque efectivamente lo sea). Reconocer las cosas primero desde el disfrute que nos regalan, construir desde lo que nos gusta. Y “hay tanto por disfrutar”, afirma él.

     Ya sabíamos que se podía ser peronista y mirar Game of Thrones. Lo que hace Rebord es ensayar una renovación del repertorio simbólico del peronismo a partir de esta coincidencia. Política nacional, Star Wars, Boca, las historietas de Alan Moore, la poesía de Almafuerte, lo fi hip hop beats to study to, los Redondos, los Avengers. Todo colisiona y se retroalimenta dentro del multiverso Rebord. Pensar el desencanto de la militancia kirchnerista a través de la comparación entre Rings of Power y House of the Dragon. Contar la historia del profeta argentino Benjamin Parravicini con la lente de Spielberg y Los Expedientes Secretos X. King Kong versus Godzilla versus Carl Schmitt. Todas referencias culturales que conviven en el collage que es la cabeza de los argentinos y argentinas que se criaron con una computadora en el living y tuvieron un teléfono celular antes que título secundario. Si los pibes se la ingenian para mirar anime e instalar el Counter en las netbook del Conectar Igualdad, si una provincia promueve el turismo apelando al parecido de las salinas con el ficticio planeta Tatooine, como no va a aparecer un peronista haciendo proselitismo de baja intensidad mientras hace un stream jugando al Elder Ring

 

¿Es esto política o entretenimiento?

     A pesar de encontrarse ideológicamente en las antípodas, no pocos han señalado puntos de contacto entre Rebord y Javier Milei. Por su estilo crispado, por apelar a bases similares. Son “dos caras de una misma moneda”, escribe Alan Ojeda, presentándolos casi como adversarios de una novela fantástica destinados por sus estrellas a chocar en un combate épico hacia el final del libro. La relación ha sido azuzada por el mismo productor de contenido, quien célebremente preguntó al aire “¿Cómo le vas a tener miedo a Milei?”. “Me interesa la cultura en términos del [antropólogo argentino Rodolfo] Kusch, como táctica de permanencia”, contesta a cualquiera que le pregunte. En este sentido, la “táctica” ensayada por Rebord es desplegar una serie de referencias culturales, de reconocer aspiraciones de consumo que hasta ahora quedaban por fuera del universo simbólico del peronismo y por eso mismo eran capitalizadas por otros espacios políticos. Dar la (otra) batalla cultural.

     Se cansaron de citar a García Canclini, pero se lo leyó como denuncia de una distopía en el horizonte cercano antes que como el análisis de una realidad presente que realmente ofrecía el antropólogo. Si hace treinta años era cierto que la globalización de la tercera revolución industrial debilitó la identificación de los sujetos con su correspondiente cultura nacional en detrimento de referencias simbólicas de coordenadas globales, entonces hoy lo es aún más ¿Es este proceso producto de un comercio cultural desigual y asimétrico que refleja la realidad geopolítica del mundo? Sí, pero que el diagnóstico no sea percibido como justo no lo hace menos cierto. Quienes nacieron y se criaron al filo del siglo XXI encuentran sus deseos y aspiraciones irremediablemente atados a este universo simbólico globalizado. Por eso calan las promesas de la “vuelta al mundo”, o de convertir a Argentina en un país “normal” donde se pueda consumir productos culturales importados sin tanto problema. Alguien espera con ganas la próxima Fiesta Nacional del Sol, yo espero el estreno de Avengers: The Kang Dinasty en 2025, pero los dos estamos en el mismo padrón electoral.

     Ahí está la dimensión emotiva de la falta de divisas: el dólar como la moneda con la que se compran los sueños (y no me refiero acá al de la casa propia en un mercado inmobiliario dolarizado). Sobre esa herida tiraba sal la falsa declaración sobre Netflix atribuida a la exministra Silvina Batakis. No existe la sustitución de importaciones culturales, y demonizar esos consumos no hace más que alienar a quienes encuentran en ellos un lugar de pertenencia o se sienten frustrados por no poder acceder a ellos. Así lo entiende Rebord, quien señala que no hay razón por la cual quienes disfruten de jugar on-line, coleccionar historietas importadas o hacer cosplay se tengan que quedar fuera del peronismo. Si, podés votar peronista y aspirar a vivir en un país donde pagar los ciento veinte dólares anuales que cuesta la suscripción a Playstation Plus no sea ni un imposible económico ni un incordio burocrático.

     Esto no significa que Rebord renuncie a la “cultura nacional”. Todo lo contrario. Relaja sus fronteras, la sumerge en nuevas intertextualidades, y de esta manera la pone en valor para sus contemporáneos, quienes no ven en ella un valor inherente solo por ser argentina. Entrar a Borges vía Swamp Thing, y no porque es una tarea de la escuela. “La cultura no es necesariamente Víctor Heredia cerrando un acto de la CTA por decimoséptima vez […]. Capaz es generar productos de calidad que hagan que esa gente [que vive en Malvinas] quiera ser más argentina que inglesa. Quiero hacer productos que interpelen, que narren nuestra generación, que cuenten lo que somos”, declaró al Diario con Vos

     Dos corolarios pueden extraerse de esta frase. Primero, que como venimos desarrollando hasta esta parte, “lo que somos” los argentinos del año 2023, “nuestra generación” es esto: Sarmiento, Macedonio y el “Indio” Solari, pero también Coldplay, George Lucas y Akira Toriyama. No hay concesión alguna ahí, no hay juicio de valor, solo la descripción de una realidad. Segundo, que esta otra batalla cultural no se va a ganar en la Aduana, sino produciendo “productos” que interpelen a los consumidores dentro del mercado cultural. Si la poesía ya no los conmueve, entonces habrá que cantar trap o relatar la vida de próceres argentinos en clave hollywoodense. En la boca de Rebord la cultura nacional se revitaliza porque su confianza en la mística de la misma es contagiosa ¿Cómo no te vas a animar a poner a Lamadrid al lado de Alejandro Magno o Darth Vader, si el argentino fue el más corajudo de todos, casi inmortal? “Quiero ganar”, que la cultura argentina le gane a la norteamericana, la española, la que sea, arenga el streamer. “Quiero que un niño yanki mire la puta película del comando argentino” ¿Ustedes tienen superhéroes? Bueno, nosotros tenemos simuladores.

     Ese optimismo desbordante por lo propio y por el presente del “rebordismo”, explícitamente inspirado en la teoría maslatoniana del “bull market”, es leído como infundado o hasta un error fatal en tiempos peligrosos por los “refutadores de leyendas”, categoría tomada a préstamo de Dolina. Pero es también una de las características más atractivas para los “hagoveros”, como se etiquetan los seguidores del streamer. Rebord llama a “construir cultura”, a “construir comunidad” a través de las nuevas herramientas que ofrecen los medios digitales, pero también aclara que “no es suficiente”. No alcanza con la “lógica zapatista de la producción de la cultura” under o independiente, con la pyme amateur que no produce lo suficiente para vivir de ella. Si le vamos a ganar a Hollywood, si vamos a meter al Eternauta y a Lamadrid en los cines de California hay que ir “por todo” ¿Podrán?,

DIEGO LABRA

Profesor en Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. Ha escrito mayormente sobre industria editorial, tanto publicaciones periódicas como historieta. Posee un interés omnívoro sobre todos los aspectos de la cultura masiva.

Zona Sur (2022), Pinedo

SOCIOLOGÍA/HISTORIA
ROBERTO PITTALUGA


Zona Sur. Urdimbres de la acción colectiva popular en el Gran Buenos Aires (1974-1989) (2022)
de Jerónimo Pinedo

pinedo

Texto de la presentación del libro en la FaHCE, 28 de noviembre de 2022

Buenas tardes, 

 

      Ya me he referido a este libro, a su contenido, como jurado de la tesis de Jerónimo y también en la placentera tarea que significó la invitación que nos hiciera, junto a Laura Lenci, para escribir ese prólogo a dos manos; doble placer, el de escribir para este libro un pequeño aporte que incite a su lectura, el de escribir con mi amiga Laura.

     De modo que acá me voy a detener, más que en el contenido del libro, en su forma, en su continente —siguiendo con este asunto de la cartografía, el espacio, el lugar, pero también a lo que permite contener y ligar. Referirme entonces al libro como un lugar, receptáculo de voces y acciones pasadas que retumban hoy, en forma coral. Quiero hacer algunas breves menciones al modo de hacer el trabajo que puso en práctica Jerónimo, al cuidado arqueológico, al moldeado de alfarero, a su asunción de relator de cuentos populares, esos modos que —decía Benjamin— son los propios de la transmisión experiencial.

     Decía Reinhart Koselleck que “sin acciones lingüísticas no son posibles los acontecimientos históricos; las experiencias que se adquieren desde ellos no se podrían interpretar sin lenguaje. Pero ni los acontecimientos ni las experiencias se agotan en su articulación lingüística”.

     De todos modos, sabemos de la importancia de los nombres; importancia decisiva. Dardo Scavino, en su trabajo sobre Juan José Saer, sostiene que sin nombre, sin inscripción en el registro simbólico de la lengua, cualquier ente se disolvería en una multiplicidad inconexa de cualidades, como le pasaba a Ireneo Funes, el memorioso, que reclamaba distinguir el perro de las tres y catorce visto de perfil, del de las tres y cuarto visto de frente.

     Zona Sur viene a ser ese nombre. A exponer ese ser de una multiplicidad que de otro modo quedaría inconexa. Trabajadores de Rigolleau, vecinos del barrio, obreros de Peugeot o Saiar o Alpargatas, Madres de Plaza de Mayo, curas obreros, Novak y la diócesis de Quilmes, ocupantes de tierras en los ochenta, dispositivo represivo antes y luego de 1976; si cada experiencia quedara en su parcela, administrada por algún especialista del área tendría probablemente su buena investigación, su correcta tesis y su adecuado lugar en el anaquel correspondiente de la biblioteca. Pero le faltaría ese nombre que la constituye como algo más, que le da una sustancia que sin el nombre, le faltaría. No porque el nombre agregue algo a esas experiencias: se podría de decir, también con Saer y Scavino, que no agrega nada, pero que es justamente esa nada la que performativamente nos advierte de ese sentido, de esa significación, casi que llama a esa significación: la que Jerónimo urde en este libro, la de la acción colectiva popular.

     Pero a esas reflexiones de Saer habría que agregarle el problema de la elección ¿cómo se elige un nombre? Y acá hay que decir que la factura de ese nombre tiene un origen en la huella, en las voces de los y las protagonistas que Jerónimo escucha, como se advierte desde las primeras páginas del libro, cuando su autor atrapa al vuelo esa frase tan conmovedora de Nelson Collazo, ese operario de Rigolleau que quiere vivir apretujándose con sus amigos obreros en “esa zona maravillosa”. Agreguemos que se trata de un origen bien benjaminiano, como un remolino que interrumpe la corriente del río progresivo de la historia, y a eso atiende Jerónimo, a esos remolinos, y a sus conexiones larvadas, secretas, ocultas o borradas, que constituyen esa urdimbre de la acción colectiva popular que nos da a conocer el libro. 

     Aun cuando Zona Sur sea un nombre que Jerónimo rastrea y afirma en las voces y acciones de los distintos protagonistas —incluyendo las represivas, zonas y subzonas de la militarización del espacio— es también un nombre de ficción, una ficcionalidad en su sentido también originario: como forja, como hechura, como obra. Y Jerónimo es el fictor que se orienta en la nebulosa de registros documentales, de gestos y palabras, y lo hace de un modo particularmente interesante. Pues el modo ya está impuesto por el nombre, nombre parcial, incluso empíricamente impreciso, nombre relacional si se quiere. Porque, ¿dónde empieza y termina una zona —franja, cinturón? Incluso más, ¿dónde una “zona maravillosa”? ¿Y dónde queda el sur, ese término heredado, aparentemente, de alguna antigua lengua germánica que designaba “del lado del sol”?  Nombre parcial, nombre de una parte, de la parte de los sin parte podría decir alguien citando a Marx y Rancière. Nombre relacional, decía, que por eso deja establecido el reclamo de un todo, o al menos el reclamo de su intención. Un todo, u otras partes, que son reclamados por el trabajo de escritura propuesto: aun cuando la construcción histórica de cada experiencia es detallada, minuciosa, el autor no busca allí una clave, una llave interpretativa, un signo, ícono o concepto que, digámoslo así, resuelva el enigma de la entera pintura de época. Por el contrario, sin perder los significados de cada experiencia indagada, sería más apropiado filiar el trabajo de Jerónimo con esa modalidad metodológica que Georges Didi-Huberman —siguiendo las elaboraciones freudianas— piensa con la idea de trozo y de su inscripción en una cadena significante, pues el trozo, como en la metáfora del ánfora rota, reclama, llama, provoca la continuidad de una indagación que se sabe fragmentada, incompleta, plena de vacíos. Son trozos esos “momentos críticos” o “acontecimientos singulares” que Jerónimo enlaza, trozos que reclaman su vínculo con otros, pero se trata de un vínculo que no puede tener un ajuste perfecto como en un rompecabezas, un cierto hiato los separa, los discontinúa. (Digamos de pasada que hay allí un sustrato político-epistemológico de enorme criticidad). Ese reclamo de vinculación discontinua que en cada trozo-experiencia se expone gracias a la indagación del autor, hace aflorar un hilo rojo de la acción colectiva: aquello que podría designarse como la presencia de los pueblos.

 

     “El problema estaba en lo que podía reunirse, asociarse, juntarse o coaligarse para darle al espacio una cualidad indeseable desde el punto de vista del orden”, dice Jerónimo leyendo a contrapelo el archivo policial, en las partes finales del libro. Y agrega que autoridades y fuerzas represivas “habían comprendido una característica fundamental de las redes militantes: su capacidad de asociar y poner en movimiento, en un mismo espacio, actores sociales de devenir heterogéneo”.

     El libro nos da a ver que, precisamente es la heterogeneidad una característica de la activación popular, que la emergencia de ese pueblo irrepresentable —el de la toma de Rigolleau, el de las coordinadoras del ‘75, el de los curas obreros y las Madres de Plaza de Mayo, el de la tomas de tierras— no es un pueblo identitario sino lo que, apropiándonos de las formulaciones de Jean-Luc Nancy, podríamos denominar un singular plural, una singularidad pluralizada. 

     Acontecimientos singulares, los nombra Jerónimo, y precisamente esa singularización es la de un devenir político, es decir, una politización que transforma, que subjetiva, que es esa misma subjetivación. También lo comprende esto el archivo policial, en el que se anotaba —advierte Jerónimo— que había que “tener registrados a los buenos, para saber quiénes son cuando dejan de serlo”. Ninguna identidad está a resguardo de una politización.

     Subjetivaciones que también requieren de nombres, algunos vienen de antiguo y pueden recuperarse, otros son completamente novedosos y dejarán un sello indeleble en la historia de nuestro país y también mucho más allá, como el de Madres de Plaza de Mayo. En esos “momentos críticos”, esas singularizaciones, esas politizaciones se desprendieron, pienso, de sus identidades socio-jurídicas para asomarse a otras significaciones de sus propias nominaciones, aun cuando esa nominación permanezca, como es el caso de “los trabajadores” o, más claramente, en el término “madres”. 

     Zona Sur es el nombre que descubre, saca de la oscuridad, pone “del lado del sol”, esos lazos entre experiencias de politización. Sin el libro de Jerónimo, estas politizaciones quizás no nos serían desconocidas, pero se alojarían en esa memoria imposible de Funes, una memoria que impide el pensamiento, y dejarían de constituirse —y por ello devenir distintas en sus sentidos— en esa trama que da cuenta de la potencia de las subalternalidades, de las múltiples formas de la presencia del pueblo. Ese nombre de este libro establece un vínculo entre experiencias de activación que incluso muchos de sus protagonistas probablemente nunca hayan pensado conectadas.

     El problema es lo que pueda reunirse y darle al espacio una cualidad indeseable, advierte la ley, nos relata Jerónimo. Me detengo en ese reunirse. En la reunión. 

     La reconfiguración drástica, violenta, de largo aliento emergente de la combinación del dispositivo represivo del terror estatal y del cambio en las formas de explotación y opresión sociales del capitalismo posfordista, como se expone en el libro, tiene entre sus propósitos evitar la reunión: el poder separa, es su práctica, corta, a lo sumo deja los enlaces seriales, lo homogéneo, las identidades fijas, fijadas a tono con la reproducción de relaciones y jerarquías sociales. 

     La reunión es su contracara que se teje trabajosamente contra esas condiciones. En el seguimiento de esas singulares experiencias de reunión creo que el libro de Jerónimo hace un aporte consistente y considerable para pensar las experiencias democráticas y la política misma más allá de los sentidos que se convirtieron en hegemónicos desde los primeros años de la posdictadura, sentidos en las que ambas —democracia y política— quedaron reducidas ya a los aspectos procedimentales e institucionales, ya a la lógica del consenso —desde el cual, sabemos, no se pueden debatir las premisas indeliberadas de la misma situación de interlocución consensualista. Ese sentido de lo democrático constituyó a buena parte de la renovación historiográfica y gravitó sensiblemente en las significaciones de la política en los estudios históricos, al postular axiomáticamente una dicotomía entre la nueva política de base consensual y la anterior o contemporánea política confrontacionista o no representativa, calificada in toto como de corte autoritario. Este énfasis dejó en un cono de sombras aspectos cruciales de la historia de la dictadura como también de las diferentes y aun divergentes formas de la radicalización política de los años previos al golpe de 1976 y la emergencia de nuevas prácticas políticas de base democrática como las que pusieron en escena los movimientos de derechos humanos durante la dictadura y en las décadas siguientes.

     Ya el arco cronológico que constituye Zona Sur se erige como contrapunto a esas interpretaciones ochentistas, que aún son las dominantes. Pero mucho más es el trabajo de rescate de multiplicidad de experiencias democráticas que no pasan por el sistema de partidos, la conformación de masas electorales o la escena de la representación, sino por esas muy básicas (de base) formas de la reunión que se erigen por medio de la toma de la palabra, de una palabra antagonista, o por medio de las acciones y gestos que reconfiguran la escena interlocutiva, que toman y refiguran el espacio para que sea el lugar maravilloso en el que puedan abrazarse todos los oprimidos y las oprimidas, en la fábrica o el barrio, en la parroquia, el asentamiento, o la movilización callejera, en la Zona Sur, nombre de la multiplicidad de esa potencia del actuar rebelde. Y Jerónimo puede actuar de rescatista de esas experiencias porque no elude la dimensión litigiosa que es propia de la política, leyéndola en los mismos rastros que aquellas singularidades dejaron, no sólo en el archivo policial peinado a contrapelo, sino atendiendo también a las propias consideraciones litigiosas al interior de las acciones colectivas populares que también proponían futuros divergentes.

     Finalmente, ese nombre, Zona Sur, volviendo a Saer, es también un nombre que se juega en el deseo, que está unido a un deseo, a que efectivamente esa multiplicidad de la experiencia popular tenga este otro lugar escriturario, la acción rememorativa que haga algo de justicia a ese lugar forjado en las luchas, en las persecuciones, en las ausencias. Ese deseo es el ímpetu indagador de Jerónimo Pinedo, que también hace trama con esa urdimbre de deseos pretéritos de los y las protagonistas, actualizándolos. Y lo hace sin estridencias pero conmovedoramente, sin épica de grandes héroes o heroínas pero exponiendo el coraje y la tenacidad de los y las agentes de esas acciones colectivas, de esos pueblos, de esos acontecimientos singulares que reescriben la historia y por lo tanto nos reescriben a quienes leemos este “libro maravilloso”. Y

 

ROBERTO PITTALUGA

Es profesor en la UNLP, en la UNLPam y en la UBA. Sus temas de investigación cruzan las problemáticas de la memoria de los sectores subalternos con las reflexiones sobre las formas de escritura de la historia. Entre sus libros se encuentra Soviets en Buenos Aires (2015).

Una excursión a los mapunkies (2017), Paz Frontera

CRÓNICA / VIAJE

MARGARITA MERBILHAÁ


Una excursión a los mapunkies (2013)
de Agustina Paz Frontera

Mapunkies-portada

     ¿Qué define a lo comunitario cuando éste rebasa el Estado Nación, en tiempos en que las fuerzas económicas lo ponen en crisis sin desecharlo por completo? ¿Cuál es el territorio de una comunidad, su centro, sus límites dentro de la sociedad presente, qué comunican sus formas culturales y cómo se relacionan con lo contemporáneo? El libro de Agustina Frontera, ante las preguntas acerca de la relación entre determinadas formaciones sociales y el Estado, señala hacia los márgenes, las zonas de intemperie y de violencias en que se desarrolla la vida social. Invita a poner los ojos en lo molecular, allí donde la fuerza del Estado es horadada porque hay energías microscópicas que se resisten a ser incorporadas por completo. La excursión parte de esas premisas, que se anuncian casi al comienzo: “…pienso el lodo cultural como la puesta en práctica de los Teoremas de incompletud de Godel: ‘Ningún sistema consistente se puede usar para demostrarse a sí mismo’, nadie puede explicarse más que en el Otro” (p. 33). Si es cierto que las motivaciones que operan secretamente sobre nuestros temas de interés pueden ser apenas vislumbradas, se adivina sin embargo un sentimiento de malestar compartido, de identificación con un tipo de experiencia disidente. Por eso los mapuche (sin s, explica entre paréntesis) que la cronista va conociendo son para ella sus “compañeros de angustia social”. Más allá de las diferencias culturales, de origen y de vida (aunque hacia el final nos enteramos de que Agustina tuvo una vida punk unos años antes de su viaje), algo en el “fenómeno mapuche” produce en la autora un misterioso “chispazo mental” –así lo llama–que moviliza su deseo de entender, de interpretar, en fin, de saber. 

     Es diciembre en Buenos Aires, un tiempo propicio para fantasías crepusculares, de final de mundo, y algunas resoluciones. La narradora, una estudiante de Comunicación de la UBA, neuquina, está cerca del final de su carrera y se quedó sin su trabajo de runner en un restaurante de Retiro. Casi por descarte resuelve hacer un viaje que iniciará después de pasar las fiestas en su ciudad natal. Pero no quiere viajar por viajar. Será una ocasión para preparar el trabajo de tesis. El tema de la tesis ampliará un trabajo entregado para una materia, sobre mapuches punks en la Patagonia. Ahora quiere investigar sobre la “apropiación de herramientas winkas para luchar contra el colonialismo winka”. El libro es ante todo la historia de esa investigación, realizada en el verano de 2007 y narrada en clave autoficcional; habla de la historia de Agustina con la investigación del final de sus estudios. Es además la crónica de un viaje hecho en soledad, una crónica de los mundos que fue conociendo a medida que se acercó a los distintos colectivos mapuche de militantes, comunicadores y músicos en Argentina y en Chile. 

     La primera etapa comienza en San Martín de los Andes donde la autora visita dos iniciativas radiales: Radio Aucapán (de la comunidad mapuche de Linares) y AM Wajzugún (que está asociada a la radio opositora Pocahullo). En cada lugar, el viaje se relanza como en un juego de postas: Matías, el colaborador de la Wajzugín brinda a la investigadora algunos contactos en Temuco y así sucederá a lo largo del recorrido. Ya del otro lado de la Cordillera la cronista llega a Villarrica para conocer, en Likan Ray, la radio Wallon. Hay una escena que se vuelve emblemática respecto de la relación de conocimiento en que se funda la escritura, y también de la relación con lo político: el afuera del Estado, la fuga, la mezcla, la impureza. Mientras espera a Pancho, el responsable de la radio, un dirigente muy respetado de la corporación Xeg Xeg, en el estudio conoce a Cristian. Lo escucha pasar a The Police y explicarle que la música mapuche no se pone a cualquier hora del día debido, entre otras razones, a las energías positivas que hay que reservar solo para la mañana, cuando sale el sol. Entonces sucede la revelación: comienza a sonar una banda de hip hop en lengua mapuche, en mapudungún. Son los We Newen, que Agustina va a conocer unos días más tarde. En cambio, de la entrevista con Pancho, “nada es destacable”, y a esta altura, ya sabemos que lo estabilizado y el panfleto la dejan indiferente: “Una vez más, lo interesante no está en el centro sino en la periferia, en Cristian y no en Pancho”. Después de la radio Wallon, viene el festival de Los Sauces, del otro lado de la frontera. El viaje se relanza con un nuevo contacto que como una posta la impulsa a seguir hacia el otro lado de la frontera, en Temuco, donde tiene que ubicar a otro militante mapuche, Ronny, que es redactor del sitio informativo Mapuexpress. 

     Los gestos de investigación aprendidos durante la formación universitaria ocupan un plano muy visible en la crónica: la autora planifica las principales etapas de su viaje a partir de la información previa que reúne, se anticipa a contactar a los informantes clave, estructura ejes de preguntas, construye problemas teórico-políticos en torno al tema, se declara en sospecha respecto de su posición de saber. Durante las entrevistas, no sublima la palabra de los entrevistados sino que sitúa sus dichos en perspectiva y se atreve a pensar teóricamente lo que surge de las entrevistas. Sin complacencia, no oculta su enojo frente a quienes la tratan como winka, o descreen de su empatía, identificación o solidaridad con el “fenómeno mapuche”.   

     Pero además, en una fuga de su discurso hacia la literatura, la narradora “cala” mínimas señales comunicadas por los cuerpos y no prescinde de los detalles insignificantes (ropa, corte de pelo, consumos, estilos, ondas). Así es como sus creencias e ideas acerca de los modos en que las personas resisten al sistema capitalista en esta prolongada era neoliberal y deben enfrentarse al Estado adquieren cuerpo en cada persona y cada acción cultural que la cronista conoce y se propone describir. Como en las ficciones, hay protagonistas junto a personajes secundarios y voces de otros: están los mapuche como múltiples sujetos, con sus voces, historias, experiencias imposibles de comprender como una totalidad. Representan formas y prácticas siempre plurales, dadas por infinitos modos de ser mapuche y de relacionarse con los no mapuche. Están también los viajeros solitarios que podemos ubicar de acuerdo a su relación con el mundo mapuche: hay un biólogo que la cronista conoce en un ómnibus, al comienzo del viaje; poco después, un militante “antiglob” tunecino y neoyorkino. Este personaje –tan extranjero para los mapuche como para los no mapuche–ha viajado para entrevistar a los músicos mapuche porque le interesan las músicas locales que disputan los sentidos hegemónicos y para buscar rastros de cultura africana, como sucede en el rap. El biólogo argentino y el periodista tunecino son figuras de perfectos ignorantes que descubren una cultura desconocida, respecto de los cuales Agustina funge de instructora o de mediadora entre dos mundos. Ellos le permiten a la vez calibrar su propio conocimiento.  

     Finalmente, aun los tramos ensayísticos de la crónica, cuando se introducen cuestiones más teóricas (de teoría política) o meditaciones existenciales y éticas tienen su anticipo o su réplica en el cuerpo. En eso consiste la búsqueda de un lenguaje en los pliegues de la intimidad, que asuma lo ilegible y pueda abrirse a la duda, las inseguridades, antipatías y deseos apenas sospechados. Adivinamos una escritura afectada por el contacto con los otros y por la experiencia del “hueco” entre lo que cree ver y lo que se puede decir. Agustina lo describe como un estado físico, la “náusea eterna del trabajo con la pregunta” (p. 31), amplificada por la conciencia de ser winka y acechada por el fracaso en comunicar. Pero no deja de expresar su enojo ante las prevenciones y prejuicios de los propios mapuche. Tampoco renuncia a conocer ni a comprender. Y cuando ya no espera nada, se produce una suerte de bautismo: “estás mapuche”, le dicen. La “mapuchización” se adhiere a su visión de las cosas. Este término aparece al final del viaje. Es que, a pesar de todo, de la imposibilidad de totalizar lo que va percibiendo, algo se afirma, el libro se escribe, la riquísima trama hecha de “resistencias y libertades” se piensa y se comunica. 

     Al final del recorrido, en Santiago de Chile, aprendemos sobre formas de comunidad que plantean preguntas acerca de su afuera y de cómo protegerse, aunque encontramos algo más que acciones de resistencia y defensa de la tierra y la cultura. Se trata de formas de subjetividad que se definen por oposición al Estado opresor y excluyente pero que sitúan sus prácticas en zonas impuras y de mezcla: hip-hop en lengua mapundungún; recursos web mapuango; anticapitalismo y filosofía ancestral mapuche, lo mapurbe (mapuche en la cultura urbana). Encontramos modos de construir para sí identidades que no sean excluyentes de otras. Conocemos el mundo mapuche como multiplicidad de acciones, ideas, propuestas, que son capaces de resistir a cualquier forma de incorporación. Estos descubrimientos nos esperan al final del camino. En primer plano, solo asistimos a las entrevistas y observaciones que pautan la relación del viaje. 

     La cronista escribe su excursión a los mapunkies en el fin de la etapa estudiantil de la vida, que está asociada a las ilusiones adolescentes en torno a las múltiples formas de vida posibles, por hacer. Una de ellas aparece en perspectiva: es la experiencia de vida punk, que la cronista anuda con la “mapuchidad” en ese pensarse fuera y contra el Estado. Cuando la viajera está lejos de la capital –de la rutina que muy a su pesar pauta sus días–su angustia desaparece, como si el alejamiento le permitiera acceder a un puro vivir con los otros y otras del sistema. Sugestivamente, esta experiencia disidente se nombra en términos de angustia social. Lo incierto del futuro se presenta como un malestar compartido que la cronista se resiste a abandonar. Por eso, ya de regreso en Buenos Aires, usa su “gorra de Nación Mapuche en cualquier contexto” (p. 126).

     Entre sutiles indagaciones en clave postmarxista, inspiraciones teóricas a partir de Foucault, Espósito y Toni Negri y aproximaciones a una escritura que aloja lo íntimo, el amor y otras formas de relaciones, Agustina Frontera consigue una verdadera hazaña: omite alusiones a la pregnante coyuntura local: su viaje transcurre entre enero y febrero de 2007 pero no contiene una sola alusión a los años kirchneristas. Si en Chile, hacia el final del viaje, uno de los entrevistados menciona en su charla los términos de “peronista de derecha”, “peronista de izquierda”, la narradora elige, con sugestiva ambigüedad, poner esas palabras en boca de otro. Quizás porque aquellos años de reconstrucción institucional y social posteriores a la crisis del 2001 le permiten aventurarse a explorar las formas de organización colectiva que persistían en los límites. Abiertas e inacabadas, provisorias, disímiles, estas formas moleculares, cada una como comunidades-micro, proponen vías de liberación política, en un mientras-tanto tan prolongado como indefinido.

MARGARITA MERBILHAÁ

Es docente de la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UNLP) e investigadora del Conicet. Ha escrito trabajos sobre temas de historia literaria e intelectual y de la edición, y sobre las relaciones entre literatura, política y memoria en Argentina.

La producción del espacio (1974), Lefebvre

GEOGRAFÍA/SOCIOLOGÍA
BELÉN MIRALLAS/LUDMILA CORTIZAS/SANTIAGO BAEZ/DAMIÁN GIAMMARINO/ARIEL ARAMAYO

La producción del espacio (1974)
de Henri Lefebvre

Reflexiones y aportes teórico-metodológicos para pensar el espacio urbano a partir de la obra de Lefebvre

Introducción. Objetivo y fundamentación

 

     En el transcurso del año 2021, se desarrolló en el Centro de Investigaciones Geográficas de la Universidad Nacional de La Plata, un taller de lectura y debate conformado por estudiantes de posgrado de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UNLP), con la finalidad de fortalecer nuevas instancias de aprendizaje y espacios de reflexión. Por un lado se buscó generar ámbitos y mecanismos de discusión y debate provenientes del campo disciplinar geográfico, y por otro lado intercambiar conocimientos, perspectivas innovadoras y opiniones para enriquecer la etapa formativa de los/as graduados/as investigadores y docentes.

     En este contexto se abordó la lectura y análisis de un clásico de Henry Lefebvre La producción del espacio (1974), traducido al castellano en el año 2013, con el objetivo de reflexionar sobre los tópicos teóricos y metodológicos propuestos por el autor para pensar problemáticas espaciales y urbanas de la realidad actual. De esta manera la instancia de taller permitió debatir estados y avances de las investigaciones en particular, considerando relevante la diversidad de trayectorias formativas con el desafío de generar espacios de construcción colectiva.

     Con respecto a la organización de los encuentros, a partir del interés detectado en la relectura del clásico lefebvriano, el grupo se construyó de manera abierta y esencialmente horizontal. Existió la figura del coordinador, quien a partir de su trayectoria docente y la capacidad de despertar debates, supo guiar el espacio de intercambio. En encuentros regulares a lo largo del año, nos organizamos para tener un encuentro posterior a la lectura de cada capítulo. Para enriquecer el debate, en el último encuentro, además de discutir las conclusiones del libro, se debatieron también dos textos de autores que reinterpretaron la obra.

     La dinámica de cada encuentro se acordó inicialmente y luego mutó. Como el grupo de lectura comenzó en contexto de pandemia, los primeros encuentros fueron experiencias compartidas en la virtualidad. Los dos iniciales, se organizaron a partir de una exposición síntesis del capítulo por parte de una pareja de participantes, con apoyo conceptual y gráfico en presentaciones de diapositivas. Dicha presentación inicial fue disparadora de debates entre todo el grupo. Los capítulos siguientes fueron guionados mediante una serie de preguntas elaboradas por algún miembro del grupo. Hacia la mitad del cronograma de encuentros, el grupo tuvo la posibilidad de continuar con el taller de manera presencial, en la universidad, lo que promovió encuentros con mayor nivel de debate, diálogo fluido e intercambio, el uso de la pizarra para realizar esquemas y lluvias de ideas, y posibilitó un mayor vínculo entre los participantes. Los últimos capítulos y las reflexiones finales tuvieron un carácter orgánico, facilitado, en primer término, por los encuentros presenciales, y en segundo lugar, por el grado de avance teórico alcanzado por los participantes. 

     La metodología de trabajo implementada no es algo novedoso, pero la compartimos porque este espacio en definitiva permitió no solo la lectura y relectura de un texto complejo y extenso, escrito por un autor clásico, sino también que cada participante logre un nivel de análisis crítico que sirvió para comprender los capítulos finales donde se retoman conceptos clave, y a su vez, para abordar futuros textos de similar complejidad.  

 

Breve contextualización del autor 

 

     Henri Lefebvre (1901-1991) fue un filósofo y sociólogo francés, que desde la perspectiva marxista, realizó un gran aporte en torno a la reflexión y análisis de  la espacialidad de la sociedad moderna. Su hipótesis consistió en que el espacio (social) es un producto social de cada tiempo y a su vez generador de las nuevas condiciones sociales de la sociedad futura.

     Podemos dividir sus obras en dos grandes grupos, el primero vinculado a discusiones filosóficas y el segundo, en torno al espacio (social) en el contexto de la crisis del modelo fordista-keynesiano y el mayo francés, durante el cual se producen una serie de protestas espontáneas iniciadas por grupos estudiantiles contrarios a la sociedad de consumo, el capitalismo, el imperialismo, el autoritarismo, y que en general desautorizaban las organizaciones políticas y sociales de la época -como los partidos políticos, el gobierno, los sindicatos o la propia universidad-. Al movimiento estudiantil inicial pronto se le unieron grupos de obreros industriales, sindicatos y el Partido Comunista Francés, llevando adelante huelgas en los grandes centros industriales franceses,  y con objetivos principalmente laborales. 

     Si bien Lefebvre no participó activamente del movimiento que encabezaba las protestas, fue profesor y persona de consulta para los estudiantes que llamaron a movilizarse. Es precisamente durante este acontecimiento cuando centra sus esfuerzos en reflexionar sobre la problemática del espacio como eje a través del cual analizar la complejidad del mundo moderno, de la vida cotidiana y las prácticas sociales. Para ello, su primera tarea fue combatir los reduccionismos y las simplificaciones a las que se había sometido este concepto, rescatándolo así de abstracciones y devolviéndolo al estudio de la realidad social, de los modos de producción en el marco de la sociedad capitalista y eminentemente urbana. Esta etapa de conflictividad y reflexión en torno al espacio (social) trajo como resultado la escritura del libro objeto de este trabajo.

 

Estructura del libro y metodología de lectura

 

     La obra de Lefebvre está compuesta por un prólogo titulado “Henri Lefebvre y los espacios de lo posible”, escrito por Ion Martínez Lorea; y una introducción “Ciudad, espacio y cotidianidad en el pensamiento de Henri Lefebvre”, por Emilio Martínez Gutiérrez. Luego, cuenta con un prefacio y siete capítulos (incluidas las conclusiones). 

     ¿Cómo leer a Lefebvre en clave metodológica? A medida que avanzamos en la lectura, identificamos que el autor llevó adelante una escritura de forma dialéctica e histórica. A lo largo de la obra, realiza un ida y vuelta del pasado al presente,  de lo abstracto a lo concreto, y retoma conceptos, definiciones e ideas de otras disciplinas para fundamentar el estudio del espacio, validándolo como categoría. 

     A su vez, parte de distintos interrogantes y construye una serie de hipótesis a las que trata de dar respuesta a medida que avanza en la escritura. Algo que llamó mucho la atención y que sin dudas significó un desafío para la lectura, fue la utilización de la “contradicción” para estudiar y analizar el espacio. El autor entiende que la contradicción no es únicamente oposición, sino que implica conflicto y permite el pensamiento dialéctico; a su vez, cuando hay contracción hay movimiento. Con ello, supera el estudio descriptivo, lineal y evolutivo, lo que significó un gran aporte no solo en términos conceptuales sino también metodológicos.

     ¿Qué contradicciones encuentra a lo largo del escrito? Obra/producto; cantidad/calidad; producción/consumo; homogeneización/fragmentación; valor de uso/valor de cambio; consumo productivo (plusvalía)/consumo improductivo (placer y encanto); apropiación/dominación. A partir de dichas contradicciones, Lefebvre encuentra la manera de realizar distintos aportes. Del pensamiento dialéctico surgen distintas tríadas: 1) forma, función y estructura; 2) la teoría unitaria del espacio: físico, mental y social; 3) la trialéctica del espacio, entendiéndolo como espacio percibido (prácticas espaciales), espacio concebido (representaciones del espacio), y espacio vivido (espacios de representación); 4) espacio absoluto, abstracto y diferencial. 5) global, privado e itinerarios.

     También, realiza un abordaje del rol del Estado, quien a través de la fragmentación, ejerce el control. El poder político no es per se productor del espacio, pero lo reproduce en tanto que lugar y medio de la reproducción de las relaciones sociales, es decir que organiza el espacio. En otras palabras, el uso político del espacio deviene en instrumento de control por parte del Estado y del capital. Proliferan imágenes, símbolos, normas, jerarquías, roles y valores; en definitiva, representaciones que imponen un orden y prescriben ideas y acciones. Es un espacio de dominación estatal donde se despliegan estrategias tendientes a favorecer la acumulación del capital, y que tiende a la homogeneización. 

     Ante el rol adoptado por el Estado, surge la resistencia. La única posibilidad de incomodar al Estado centralizado y de (re)introducir cierto pluralismo ligado al cambio, donde la capacidad de acción de las fuerzas locales o regionales inmediatamente vinculadas al territorio en cuestión toman fuerza. Esta acción a la contra sostiene o hace surgir entidades territoriales particulares dotadas de una autogestión y autonomía. La revolución crea espacio. Una transformación revolucionaria se verifica por su capacidad creativa, generadora de efectos en la vida cotidiana, en el lenguaje y en el espacio, aunque su impacto no tenga por qué suceder necesariamente al mismo ritmo y con similar intensidad. La lucha y la resistencia es una de las principales líneas de acción en la búsqueda por el espacio diferencial, el contraespacio. Así, toda propuesta de contraespacio cuestiona el espacio existente, cuyas estrategias y objetivos apuntan a imponer la homogeneidad, un orden preestablecido y la ilusión de la transparencia.

 

Interpretaciones y reflexiones

 

     Sin dudas leer, interpretar y analizar la obra de Lefebvre fue un gran desafío, y del intercambio surgieron diversas reflexiones que vale la pena compartir. El autor a partir de la trialéctica del espacio plantea tres conceptos que la componen y que se interrelacionan. El primero es que existe una representación del espacio, un espacio concebido, planificado, proyectado desde el Estado y actores que promueven la lógica de acumulación del capital, que tienden a querer ordenar el espacio a través de la dominación, y en vinculación con la práctica espacial, impuesta a partir de la producción y la reproducción de la vida. Este espacio se encuentra en tensión con el espacio de representación, espacio vivido y apropiado por los sujetos (espacio simbólico y resistido a la dominación ejercida por los actores de poder). De esa tensión surge el espacio producido, resultado de una práctica social y entendido no sólo como producto (condición de inicio o punto de partida de un nuevo proceso), sino también como productor o medio de producción, dominación y poder. 

     Entonces el espacio (social) va a tener una serie de implicancias:

  • El espacio-naturaleza desaparece.
  • Cada sociedad produce su espacio.
  • El espacio social incorpora los actos sociales.
  • El espacio es producto y proceso histórico.

     Es decir, el espacio es producto en tanto se consume en el mercado (valor de cambio) e implica un proceso productivo, pero a su vez es obra y producción (tiene un valor de uso). Su mercantilización contiene y oculta las relaciones sociales que lo producen. 

      Si bien a lo largo de toda la obra el autor juega con la trialéctica representación del espacio, espacio de representación y práctica espacial como si fueran aspectos separados, lo hace únicamente de forma expositiva, siempre remarcando que son dimensiones que debieran analizarse por separado, pero que necesariamente se encuentran imbricadas. En esta línea, un estudio sobre el espacio necesariamente debe ser holístico y contemplar estas tres dimensiones y sus interrelaciones, para no caer en reduccionismos. Lo mismo ocurre con su propuesta de Teoría Unitaria del Espacio: critica la fragmentación del estudio del espacio en los planos mental, social y físico por parte de diversas disciplinas, para proponer una teoría que lo haga desde un enfoque integrador. 

     A su vez, lo realmente interesante para la lectura, interpretación y posterior debate, resultó el planteo del autor sobre el “espacio abstracto”, concepto que resultó inquietante por la dificultad y complejidad que significó definirlo en sí mismo. Las reflexiones al respecto, resultaron en un cuadro síntesis (figura 1) donde pudimos visualizar cómo la tensión entre la representación del espacio -expresada en la dominación por parte del Estado y el capital- y el espacio de representación, es decir los sujetos, quienes viven el espacio y se lo apropian, caracterizan el espacio abstracto que es homogéneo, fragmentado y jerarquizado a la vez. ¿Cómo lo homogéneo implica fragmentación? Lo homogéneo tiene dos caras (contradicciones) y es la condición previa a la fragmentación. A partir de la intercambiabilidad, el espacio se vende en partes, y termina convirtiéndose en un medio de segregación, de la dispersión de los elementos de la sociedad, y así es como el espacio logra expandirse. Lefebvre al respecto escribía 

     El espacio así definido posee un carácter abstracto y concreto. Abstracto en la medida en que no tiene existencia sino por la intercambiabilidad de todas las partes que lo componen; concreto en tanto que es socialmente real y está localizado como tal. Se trata, pues, de un espacio homogéneo y sin embargo fragmentado (Lefebvre, 2013:375).

      De allí surge el espacio (social) producido, en tanto producto y productor, implica proceso (lo abstracto) y resultado (concreto). Este espacio termina siendo resultado de una o varias prácticas sociales, y constituye la condición de inicio de un nuevo proceso.

 

Figura 1: Cuadro síntesis de los conceptos trabajados por el autor y reinterpretados por los participantes del taller.

Fuente: Elaboración propia en base a la lectura de La Producción del Espacio de Lefebvre.

 

Lo que La producción del espacio de Lefebvre nos dejó

 

      El grupo coincidió en que la obra nos dejó tanto aprendizajes como herramientas teórico metodológicas que vale la pena mencionar. Comenzamos la lectura con la idea de que se trataría de un libro eminentemente teórico, sin embargo, desde el punto de vista metodológico la obra hace un gran y valioso aporte no solo para el abordaje de este libro, sino para la lectura de otras obras. Nos referimos a que no solo pudimos comprender su análisis sobre el espacio en términos teóricos, sino que también nos brindó una manera de leer e interpretar un libro en clave dialéctica, promoviendo un “escape” de la lectura lineal. Un ejemplo de ello fue la comprensión de las contradicciones en el espacio, entendiéndolas no únicamente como la existencia de una oposición, sino que implican movimiento y fluidez. Esto permitió que la interpretación de dichas contradicciones supere el análisis evolutivo y lineal del espacio.

      A su vez, nos dejó un concepto, al principio confuso pero, que al comprenderlo como método de pensamiento promovió la salida de la generalidad y la búsqueda de la particularidad en cada una de las partes. Estamos haciendo referencia a la abstracción como método que permitió identificar lo que tienen o no en común aquellos componentes del espacio, y que dan lugar a contradicciones, otro concepto que el autor utiliza mucho para su análisis.

     Y no menos importante, creemos y sostenemos que la obra de Lefebvre implica una continua revalorización que nos permite analizar problemáticas actuales. De hecho, Baringo Ezquerra (2013) y De Mattos (2015), entre otros autores que lo reinterpretaron, remarcan la vigencia que tienen los postulados lefebvrianos en el estudio de la sociedad actual, marcando que lo que el autor preveía allá por la década de los 60 y 70, hoy es una realidad. Para ejemplificar esto último, queremos destacar dos trabajos que actualmente realizan dos participantes del grupo de lectura, y que a su vez son autoras de este escrito, en el marco de sus tesis doctorales. En primer lugar, una de las investigaciones trata sobre la vivienda obrera alrededor del Puerto de La Plata, ubicado en el Gran La Plata, Buenos Aires. Para su estudio, toma la trialéctica del espacio propuesta por Lefebvre y la incorpora como categorías, y como instancia de aproximación inicial a los barrios que selecciona como estudios de caso para su investigación. El trabajo de campo le permitió identificar tres categorías que propone el autor en torno al espacio: el espacio percibido, concebido y vivido. Las prácticas espaciales representan un desafío como objeto de reflexión ya que al observar las trayectorias cotidianas de las personas, la compañera se encontró con la dificultad de discernir el grado en el que se ven condicionadas por las representaciones del espacio, es decir, por el planeamiento que dictan las normativas. Sin embargo, encontró algunos rincones urbanos y particularidades en la atmósfera de las calles que no han sido sobredeterminadas por las reglas del espacio concebido. Allí identifica el espacio vivido, el cual florece en la trama rectificada de calles y canales portuarios que forman parte de su objeto de estudio, lo que permite generar de forma simultánea múltiples lecturas sobre las mismas trayectorias.

      A su vez, Lefebvre hace una exploración crítica de la cotidianeidad como la totalidad de las relaciones entre los individuos y los grupos. Según la introducción elaborada por Martínez Gutiérrez (en Lefebvre, 2013), el urbanismo se plantea como una herramienta eficaz para alienar a la población de los procesos, “bajo la apariencia de la racionalidad, la dominación se expresa en una cotidianidad programada donde se manipulan las necesidades y los deseos” (Martínez Gutiérrez, en Lefebvre, 2013:40). De esta concepción surge una de las dimensiones que la compañera comenzó a utilizar en su tesis doctoral: el “programa” como denominación de las actividades que se permiten y se realizan en el entorno urbano (tradicionalmente conocido como los “usos”). El carácter de este término implica imposiciones en el devenir cotidiano, bajo una racionalidad aparente. En el entorno urbano-portuario que abarca su estudio, esto supone la interpretación de un palimpsesto normativo que incluye al Estado municipal, provincial y nacional, como así también al ente público no estatal que se encarga de la gestión del Puerto.

      La otra investigación apunta a analizar la producción del espacio urbano, identificando los procesos de ocupación de áreas vacantes de la ciudad, en particular los frentes de agua urbanos de tres partidos del sur de la Región Metropolitana de Buenos Aires, los aspectos normativos y el rol del Estado en la construcción de este espacio urbano, y los conflictos que se producen en torno a las transformaciones que este proceso produce. ¿En qué sumó Lefebvre a este estudio? En primer lugar, entendió que en el espacio se materializan y se conjugan distintos procesos, vastas relaciones sociales y decisiones en un contexto determinado. Pero además, estas relaciones sociales y también de poder naturalizan un proceso de dominación que acompaña al modo de producción (Lefebvre, 2013). En los frentes de agua de la ciudad, en los últimos años se han venido materializando diversos procesos, a través de la conjugación de distintos intereses de vastos actores sociales. A través del proceso de urbanización sobre las áreas ribereñas, lo natural se hace artificial, el territorio se convierte en fuerza productiva, y en capital (Lefebvre, 2013). 

     Teniendo presente esta noción de espacio en tanto producto social, según Lefebvre va a tener antes que nada, un uso, es decir, un valor de uso. Distintos actores involucrados con este tipo de espacios y que se organizan en asambleas de vecinos y ambientalistas –entre otros-, se apropian del espacio desde el punto de vista simbólico, y lo habitan, se lo apropian. Asimismo, en este contexto donde el capital tiende a reproducirse en la ciudad, el espacio también va a adquirir un valor de cambio. Aquí las reglas y objetivos del modelo capitalista van a tener un rol central, a través de la búsqueda de mayores ganancias y la primacía de la propiedad privada. Esto se traduce en la presencia de actores de gran poder económico (empresas, desarrolladores inmobiliarios, inversionistas), quienes orientan sus necesidades a la acumulación de capital (espacio de consumo, mercancía, reservas de valor), promoviendo un espacio que tiende hacia el dominio del valor de cambio. De allí que el espacio como mercancía discrepa con la idea de apropiación simbólica, lo que permite evidenciar las contradicciones, discrepancias y conflictos entre actores que tienen diferentes lógicas y diversas maneras de apropiarse del mismo (Lefebvre, 2013) 

     Todo esto no sería posible, sin la intervención del Estado. En tanto actor social que tiene mayor participación en la manipulación del espacio como instrumento político, se alía con los actores de gran poder económico para que el capital se desarrolle (Lefebvre, 2013). El Estado es quien gestiona las políticas urbanas, y quien en las últimas décadas ha estado fuertemente sesgado hacia una tendencia de facilitación para la realización del capital en el espacio urbano, con una fuerte impronta privatista (De Mattos, 2007). De esta manera, y retomando a Lefebvre, la asociación Estado y capital implica dominación, que se puede percibir en dos instancias. Por un lado, sobre áreas de la ciudad que por sus características resultan marginales y periféricas, que estaban por fuera de la lógica de expansión, transformación y revitalización. Y por otro, sobre quienes ejercen una valorización simbólica de esos espacios, que a su vez, no solo resisten al avance del capital desde el punto de vista de la preservación de la naturaleza (lo ambiental y las funciones ecosistémicas que estas áreas proveen como la regulación hídrica), sino también frente a la exclusión que el sistema realiza sobre sectores que no logran acceder a la ciudad formal.

 

Bibliografía que permitió este escrito 

 

BARINGO EZQUERRA, David (2013). “La tesis de la producción del espacio en Henri Lefebvre y sus críticos: un enfoque a tomar en consideración”, en Revista Quid, vol. 16, N°3, Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA, 119-135. Recuperado de: https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/quid16/article/view/1133 

DE MATTOS, Carlos A. (2015). “Lefebvre, producción del espacio, revolución urbana y urbanización planetaria”, en De Mattos, y Link (eds.) Lefebvre revisitado: capitalismo, vida cotidiana y el derecho a la ciudad (37-56). Santiago, Chile: RIL editores. Recuperado de:  https://www.researchgate.net/publication/292978596_Lefebvre_produccion_del_espacio_revolucion_urbana_y_urbanizacion_planetaria 

DE MATTOS, Carlos A. (2007) “Globalización, negocios inmobiliarios y transformación urbana”, en Revista Nueva Sociedad, N° 212, 82-96.

LEFEBVRE, Henry (2013). La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing. (Versión original, 1974).

 

BELÉN MIRALLAS

Es Becaria Doctoral CONICET – Centro de Investigaciones Geográficas, Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales – CONICET/UNLP. Arquitecta egresada de la UNC.

LUDMILA CORTIZAS

Becaria Doctoral CIC/PBA – Centro de Investigaciones Geográficas, Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales. Departamento de Geografía, FaHCE, UNLP. Magister en Políticas de Desarrollo, Licenciada y Profesora de Geografía, egresada de la UNLP.

SANTIAGO BAEZ

Es Becario Doctoral CONICET – Centro de Investigaciones Geográficas, Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales – CONICET/UNLP. Licenciado en Geografía egresado de la UNLP.

DAMIAN GIAMMARINO

Becario Doctoral CONICET – Centro de Investigaciones Geográficas, Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales – CONICET/UNLP. Departamento de Geografía, FaHCE, UNLP. Licenciado en Geografía egresado de la UNLP.

ARIEL ARAMAYO

Es Docente Adjunto del Departamento de Geografía, FaHCE, UNLP. Licenciado en Geografía egresado de la UNLP.

Medio siglo con Borges (2020), Vargas Llosa

ENSAYO
ANTONIO CAMOU

Medio siglo con Borges (202o)
de Mario Vargas Llosa

     El universo de escritos sobre la vida y la obra de Jorge Luis Borges (que otros llaman la Biblioteca)  se compone de “un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales”. La distribución de las galerías y de las estanterías que tapizan las paredes es invariable: “cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras…”. A una de esas innumerables repisas imaginadas por el autor de “La Biblioteca de Babel” (1941), a medio camino entre la fantasía lógica y la turbadora  pesadilla, cabe agregar el penúltimo libro del prolífico Premio Nobel peruano. 

     El volumen reúne un conjunto de materiales de diferente tenor que se hallaban dispersos en diarios, revistas o libros previos del autor de Conversación en La Catedral (buena parte de los textos, además, ya se encontraban disponibles en internet). Esas contribuciones van desde un temprano reportaje en París, realizado en noviembre 1963, hasta un análisis de la presencia de Borges en la obra de Juan Carlos Onetti, firmado en 2018, pasando por otra entrevista efectuada en 1981 y un poema –que me considero indigno de juzgar- que data del 2014. El núcleo del análisis de la producción borgeana está compuesto por un par de trabajos, “Las ficciones de Borges” (1987) y “Borges en París” (1999), a los que se suman tres reseñas: una sobre Borges en Sur (“Borges, político”, 1999); otra sobre Textos cautivos (“Borges entre señoras”, 2011); y la última sobre Atlas (“El viaje en globo”, 2014).

     Del conjunto destaco especialmente la temprana entrevista parisina, cuando Borges recién comenzaba a labrar su vasto porvenir de reconocimiento internacional, y el texto fechado en 1999, en ocasión del ingreso de la obra del autor argentino a la célebre colección de la Pléiade. El ensayo rescata los recuerdos de un joven Vargas Llosa, cuando escuchó las fascinantes conferencias que Borges impartió en la capital francesa a comienzos de los años sesenta, así como también reconstruye el modo en que los focos de atención de la crítica, la prensa y la intelectualidad “progre” de entonces (desde Roland Barthes a Michel Foucault pasando por Jean-Luc Godard) inmediatamente se apropiaron, a la vez que potenciaron la difusión, de algunos de los reconocidos juegos literarios borgeanos.

     También es interesante el cotejo entre la primera entrevista de 1963 y la que el autor de La ciudad y los perros le hace a Borges en Buenos Aires, en junio de 1981. A esa segunda entrevista la precede un texto de presentación que aborda un punto de interés: el cambio en los modos de enunciación que el autor de Ficciones articula en sus diferentes diálogos (p. 24). Esos modos podrían organizarse  -al menos- a partir de dos coordenadas diferentes. Desde un vector cronológico, tenemos los reportajes más antiguos, donde aparece un autor más franco y espontáneo, que va tanteando el marco de la plática, a la vez que va midiendo a sus interlocutores, hasta los últimos reportajes, donde ya ha construido un personaje que –como bien dice Vargas  Llosa- ya no tenía “interlocutores”, sino meros “oyentes”, y acaso tenía una especie de partenaire único y abstracto, frente al cual Borges “iba deshilvanando un curioso, interminable monólogo, detrás del cual se había recluido… para huir de los demás y hasta de la realidad” (p. 71). 

     La otra línea de diferenciación viene dada por la posición del interlocutor o interlocutora de turno: hay diálogo en algunos contados casos, cuando media algún tipo de reconocimiento intelectual o de estatus social (esto se ve muy claro, por ejemplo, en los diálogos que mantiene con Victoria Ocampo), pero también cuando Borges se pone en guardia frente a una discusión política (como en las entrevistas que le hacen algunos escritores jóvenes en la década del setenta); en la mayoría de los casos, en cambio, el entrevistador se coloca (o es colocado) en el lugar de la admiración y el homenaje, y entonces el intercambio pierde toda tensión dialógica para convertirse en un largo monólogo auto-celebratorio. “La primera vez que hablé con él –recuerda el autor peruano-, en aquella entrevista de 1963, estoy seguro de que, por lo menos en algún momento, de verdad hablé, conecté con él. Nunca más volví a tener esa sensación en los años siguientes. Lo vi muchas veces, en Londres, Buenos aires, Nueva York, Lima…, y hasta lo tuve en mi casa varias horas la última vez. Pero en ninguna de aquellas ocasiones sentí que hablábamos” (p. 71).

     Si las contribuciones anteriores cabe anotarlas como las fortalezas del volumen, no puedo dejar de mencionar algunas de sus corregibles debilidades. En una época de proliferación de fake news, el libro hubiera merecido una revisión editorial acorde con la estatura de los involucrados, que habría permitido subsanar algunos flagrantes derrapes. Así, por ejemplo, Vargas Llosa enfatiza que el autor de El Aleph mantuvo “su hostilidad a la dictadura de Perón, consistente y sin fallas los doce años que duró” (p. 80); ciertamente, se puede emitir cualquier juicio de valor sobre los dos primeros gobiernos democráticos peronistas, pero es asunto algo menos opinable que el régimen -“de oprobio y soberbia”- duró nueve años y no doce. A esta falla historiográfica, o aritmética, se le puede agregar otra vinculada con la política migratoria: Vargas Llosa reproduce en este libro algunas páginas del volumen que le dedicó a la obra de Juan Carlos Onetti, El viaje a la ficción (2008); tanto en el texto original como en el fragmento reproducido ahora, le ha quedado fijado al Premio Nobel (y a sus distraídos revisores) que el autor de La vida breve residió en Buenos Aires “de 1941 a 1959” (p. 89), cuando en realidad habitó en la capital argentina –en una primera estadía- desde 1930 a 1934, y en una segunda estancia, de 1941 a 1955. 

     De las fallas que pueden señalarse subrayo una última porque incurre en un sesgado malentendido, que a su vez retroalimenta una típica estrategia borgeana de negación frente a cierto sector de la crítica argentina; esa inexactitud, diseminada en varias entrevistas, es repetida aquí por Vargas Llosa sin chistar ni cotejar sus fuentes. En el reportaje de 1981 Borges reitera que no tiene libros suyos en su casa, y que tampoco tiene “libros sobre él porque –nos dice- el tema no le interesa”. Y a renglón seguido acota el peruano: “sólo ha leído el primero que le dedicaron, en 1955, Marcial Tamayo y Adolfo Ruiz Díaz: Borges, enigma y clave”; lo leyó porque “el enigma ya lo conocía y tenía curiosidad por averiguar la clave” (p. 24). La boutade no alcanza para ocultar el obvio desliz: como se sabe, el primer libro dedicado al autor de “La muerte y la brújula”, Borges y la nueva generación, del por entonces joven crítico rosarino Adolfo Prieto, es de 1954.

     Pero dejando de lado estas minucias vernáculas, tampoco al laureado arequipeño se le da el chusmerío de trastienda literaria a escala global. Así, por ejemplo, dice Vargas Llosa que “en 1981 Borges fue jurado del Premio Cervantes, en España, y en la votación final, entre Octavio Paz y Onetti, votó por el mexicano” (p. 91). No discuto la verosimilitud del chisme, en el sentido de que Borges habría votado contra el autor de El astillero en certámenes de esta naturaleza, aunque me veo obligado a enmendar el anacronismo: Paz ganó efectivamente el Cervantes en el año señalado, pero Onetti lo había ganado  en 1980 (!), por lo cual, difícilmente el uruguayo pudo volver a competir con el creador de El laberinto de la soledad un año después.  

     Como se sugirió al principio, Medio siglo con Borges -con sus luces y sus sombras- hace su aporte a una paradójica situación que no soy el primero, ni seré el último, en observar. Según es fama, la obra borgeana -la que salió de su obsesiva pluma o del autorizado dictado de su voz-, no alcanza a cubrir un anaquel de una estantería; en el mejor de los casos, si le agregamos los reportajes que concedió o la transcripción de las conferencias que impartió, cubre trabajosamente dos. Mientras tanto, la otra Biblioteca, la que segregan casi diariamente -en distintos puntos del orbe- una industriosa masa de críticos, docentes, becaries, entrevistadores, tesistas, biógrafos, comentaristas, ex alumnos, amigos, familiares, vecinos, intérpretes, ex novias, periodistas, fotógrafos, blogueros, reseñistas (como el que elabora esta clasificación), cinéfilos, musicólogos, dibujantes, charlistas, admiradores, epígonos de toda laya, y académicos de cualquier disciplina universitaria (desde la trigonometría a la física cuántica, sin desestimar la odontología o la obstetricia), crece de manera incesante, incontenible, implacable. 

     Es tan enorme esa babélica producción “que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal”; y si bien cada ejemplar es único, como la Biblioteca es total “hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma”. Salvo por un par de contribuciones dignas de crédito, me temo que el libro de Vargas Llosa es uno más de esos iterativos ejemplares. 

ANTONIO CAMOU

Es profesor-investigador del Departamento de Sociología (FaHCE-IdIHCS- UNLP) y docente de postgrado de la Universidad de San Andrés.

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